Este capítulo se correspondería con «Primer Encuentro». Transcurre el Martes, 18 de enero de 2005.
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CAPÍTULO 5:
Maltrecha – Bloodied
Sin dejar de mirarla, me quise apartar de ella.
No sé si iba a salir corriendo de clase entre alaridos o a pedir auxilio al profesor, pero no pude intentarlo siquiera. Mis dedos, tiznados ligeramente de tinta y de sudor, se habían quedado adheridos al otro extremo de la hoja, como un pegajoso gekko en una pared, y Gail Rouse no cejaba en su empeño de salvaguardarlo, con su mirada clavada en la mía.
Su rostro, aunque palmariamente severo, no parecía tan furibundo como antes...
Sólo estaba irritada.
Aquello me recordó a una de las escasas lecciones de las girl scout que había recibido en Phoenix, una tarde que estaban enseñando a diferenciar a varios animales salvajes. La monitora utilizaba para ilustrar su clase grandes láminas de fotografías a todo color con los ejemplares en distintas poses.
La clase de los pequeños mamíferos fue la que más impresión me causó.
Me acuerdo que nos había presentado a un mapache correteando alegremente para que nos fijáramos en sus distintivas marcas en el pelaje y a continuación nos expuso la del aterrador carcayú, agazapado con la boca abierta y los largos dientes a plena vista:
—Este animal puede haceros trizas nada más veros —comentó después de que las chicas acertáramos el nombre e identificáramos sus diferencias—. Es uno de los más agresivos y territoriales que existen, no se amedrentará jamás ante cualquier oponente que vea, por muy grande que sea, llegando a atacar a pumas y osos. La única opción es huir lo más rápido posible hasta un lugar seguro y alejarse de su territorio. Pero hoy, scouts, quiero que comprendáis que hay amenazas mayores que ésta, tan evidente.
La señorita Svensson (¡con el corazón bombeando tanta adrenalina recordé su nombre!) nos mostró la instantánea del tejón en una postura juguetona, como la del mapache, que ya nos había enseñado al comienzo de la clase.
—¿A que ninguna de vosotras pensaríais que un tejón es peligroso? —preguntó y a continuación, sin esperar a que respondiéramos, le dio la vuelta a la lámina dejándonos con la boca abierta—. ¿Y ahora?
No era el mismo tejón, o al menos no lo parecía, ya que ahora mostraba los dientes y tenía el lomo arqueado como un gato salvaje a punto de atacar. La señorita Svensson, había cambiado de lugar la lámina de doble cara, quitándola de al lado del retozón mapache para situarla junto al atrabiliario carcayú.
«Son idénticos, salvo en el pelaje». Fue lo que pensé esa tarde a los siete años.
—El tejón casi nunca es agresivo a menos que lo comprometierais o que lo provocarais de algún modo —explicó, hincando los codos en las rodillas, para agacharse más a nuestra altura—. Un tejón os atacará sin dudarlo al instante si ve amenazada su vida o la de sus crías, y al igual que el carcayú puede llegar a matar a criaturas muchísimo más grandes que él... Recordad, scouts. Nunca. Irritéis. A. Un. Tejón —enfatizó su discurso exageradamente, convirtiendo cada palabra en una frase independiente.
A continuación, para rebajar el ambiente, nos instruyó sobre la sin par mofeta, de la que no debíamos reírnos, porque cuando pensáramos que nos daba la espalda para huir de manera cobarde, en realidad se disponía a atacarnos con su pestilencia.
De Gail Rouse no esperaba que fuera a darse la vuelta de pronto y tirárseme un pedo.
Sus ojos, como faros azules en la noche más oscura, se desviaron rápidamente hacia abajo y volvieron a alzarse para mirarme persistentemente, tres veces consecutivas y fulminantes. Era una señal muy clara para que me despegara de lo que le pertenecía.
Quité el dedo meñique y el pulgar, con el corazón latiéndome desbocado en el pecho, como queriendo escaparse y viajar de regreso a Phoenix por su propia cuenta. Uno a uno, separé los demás de aquel trozo de papel, sin dejar de observar a Gail Rouse, que permanecía tensa y agazapada, atenta a un error por mi parte para saltar encima de mí.
Pude oír el chirrido de la hoja sobre la arenilla del suelo cuando lo apartó bruscamente, pero no despegué mis ojos de los suyos, que me tenían totalmente encadenada.
Dobló tranquilamente el papel por la mitad tres veces antes de meterlo en el bolsillo de su chaqueta y a continuación se deslizó (¡aún medio agachada y sin hacer ruido!) a su asiento. Fue todo en un único y asombroso movimiento, con ayuda sólo de los tobillos y de las rodillas. Muy al estilo de lo que llamaban parkour, que había oído a mis antiguos compañeros de clase de Phoenix, pero también como una serpiente contorsionándose.
Yo no tuve tanto donaire al erguirme, estaba anquilosada y no sólo me crujieron las articulaciones, sino que mi columna seguía rígida de tanta tensión. El rostro del señor Banner se agrió cuando mi cabeza despuntó entre las demás, chasqueó sonoramente la lengua y prosiguió con su discurso en un tono mucho más alto y grave. Taladrándome con su rabia pasiva-agresiva hasta que pude posar mi trasero en mi nuevo asiento y desaparecí entre el resto de la clase como si me hubiera internado en un campo de maíz.
Cruzó por mi mente una frase: «Si las miradas matasen…»
¡Aquello era tan injusto!
¡Encima yo me llevaba la reprimenda!
No giré la vista hacia la derecha cuando abrí mi libro, pero cambié un poco de postura. Me incliné en la dirección opuesta a mi compañera de clase, sentándome casi al borde de la silla, temblando involuntariamente. Aparté el rostro y dejé caer mi pelo sobre el hombro derecho para crear una pantalla oscura entre nosotras e intenté prestar toda mi atención al profesor para serenarme.
Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema que ya había estudiado. De todos modos, tomé apuntes con cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.
Necesitaba mantener mi mente alejada de lo que acababa de suceder.
Pero no me pude controlar y de vez en cuando eché un vistazo a través del pelo a Gail Rouse. Su brazo izquierdo descansaba sobre la mesa negra de laboratorio, marcando una frontera incuestionable entre nosotras. Pero ella permaneció con los ojos cerrados todas las veces que la atisbé, cualquier habría pensado que estaba durmiendo a pierna suelta, pero su rostro estaba tan tenso y contrito de dolor que parecía a punto de desmoronarse.
Pude sentir todavía su hostilidad e ira, repeliéndome como si fuéramos polos de imanes que no estuvieran alineados, haciendo que me deslizara más y más al borde de la silla.
Intenté seguir el discurso de la clase, cuando el señor Banner comenzó con las partes del retículo endoplasmático y su función en la síntesis de proteínas y la homeostasis, pero fracasé miserablemente. Me sabía al dedillo todo ese temario y realmente no había nada nuevo, ni lo suficientemente interesante, para desviar mi tren de pensamiento de la estación que estaba evitando.
«¿Qué había en ese papel?» susurró insidiosamente una vocecita desde lo más recóndito de mi cabeza... Era la versión más suave de lo que mis neuronas estaban gritándome a pleno pulmón y haciéndome temblar de arriba abajo: «¡¿QUÉ DEMONIOS HABÍA EN ESE #%&%# PAPEL PARA QUE ELLA SE PUSIERA COMO UN BASILISCO?!»
Abandonándome al terreno de las especulaciones, empecé a reflexionar en un intento de racionalizar su comportamiento. Debía de ser algo demasiado vergonzoso o secreto para que le disgustara de esa manera. ¿Quizás una carta romántica de un admirador o novio? ¿Una caricatura suya que habían puesto en el cuarto de baño de las chicas para mofarse? ¿Las respuestas robadas al examen de alguna asignatura? ¿El mapa secreto de unas instalaciones militares que se autodestruiría diez segundos después de leerlo...?
Vale, mi cerebro no daba para mucho más en ese estado de inquietud extrema.
Mi pie se resbaló sobre un lápiz que había olvidado recoger del suelo y de pronto me incliné sobre el filo del taburete, en un ángulo peligrosamente mas pronunciado que el de la Torre de Pisa. No me di un segundo porrazo contra el suelo porque el brazo de Gail Rouse salió tan escopetado en mi dirección que fue un borrón en mi visión lateral, me agarró firmemente por los hombros y de un vertiginoso tirón me situó de nuevo en el centro del asiento sin que nadie advirtiera mi segundo descalabro del día, antes de liberarme al instante.
Yo jadeé suavemente, con la guardia baja por la repentina forma en la que Gail Rouse me había puesto las manos encima.
—Gra... graci... as —articulé sólo con los labios, sin poder sacar aire suficiente de los pulmones para poder hablar en susurros, creo que empezaría a hiperventilar de un momento a otro si tenía un sobresalto más.
Con el súbito traqueteo se le había subido la manga de la cazadora hasta casi los codos.
Podía verle el antebrazo, sorprendentemente sólido y fibroso, rodeado por el enorme pañuelo de bandana negro, dándole vueltas y más vueltas, en un nudo que rivalizaría con el Gordiano. Me demoré unos segundos de más en aquella contemplación hasta que la maño de Gail Rouse se cerró de golpe en un puño y alcé la mirada. Me estaba examinando otra vez con esos ojos celestes suyos, llenos de amargura condescendiente.
«¡Oh, mier...!» me angustié al recordar la clase de rumores de los que me había hablado Jessica en la cafetería. No era mi intención al... «¡Oh, vaya!».
Un leve cambio en las cejas de Gail Rouse alteró su gesto, volviéndolo inconmovible.
¡Ella sabía lo que yo había oído!
¡Ella creía que yo me había tragado esos chismes!
Aunque se había marchado antes de que hubiera podido leerles los labios a las amigas de Lauren, seguro que no era la primera vez que la criticaban de esa manera.
Giré el rostro de regreso a la pizarra de la clase, cuyas palabras y dibujos con tiza me parecieron un completo galimatías.
La lección parecía prolongarse mucho más que las otras. ¿Se debía a que mi cerebro estaba saturado o porque estaba esperando a que Gail Rouse abriera el puño que cerraba con tanta fuerza?
No lo abrió.
Me atreví a mirarla a hurtadillas una vez más a través de mi cortina de cabello y lo lamenté. Estaba otra vez con sus ojos cerrados y la mandíbula prieta de dolor. Despegué mis labios, que se me habían quedado secos, para preguntarle si se encontraba bien...
El timbre sonó en ese momento.
Yo di un bote al oírlo y Gail Rouse abandonó su asiento, saltando como accionada por un resorte. En un visto y no visto cruzó la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla.
Me quedé petrificada, contemplando con la mirada perdida cómo se iba sin tener la más minima oportunidad de disculparme. Era realmente despreciable. Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras intentaba reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que se me llenaran los ojos de lágrimas.
Solía llorar cuando me enfadaba, una costumbre humillante.
—Eres Bella Swan, ¿no? —me preguntó una voz masculina.
Al alzar la vista, me encontré con un chico guapo, de rostro aniñado y el pelo rubio en punta cuidadosamente arreglado con gel.
Me dirigió una sonrisa amable.
—Sí —le contesté con una sonrisa, aliviada porque mi aféresis estuviera cuajando.
—Me llamo Mike.
—Hola, Mike.
—¿Necesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?
—Voy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.
—Es también mi siguiente clase.
Parecía emocionado, aunque no era una gran coincidencia en una escuela tan pequeña.
Fuimos juntos. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi toda la conversación, lo cual fue un alivio. Había vivido en California hasta los diez años, por eso también entendía cómo me sentía ante la ausencia del sol. Resultó ser la persona más agradable y equilibrada que había conocido aquel día. Quizás la extravagante teoría de las tres semanas fuera cierta y sólo tuviera que aguantar hasta que me acostumbrara a este clima de mil demonios.
Cuando íbamos a entrar al gimnasio se detuvo y me preguntó muy preocupado:
—Oye, ¿le clavaste un lápiz a Gail Rouse, o qué? Jamás la había visto comportarse de ese modo.
«Tierra, trágame», pensé con una pizca de alivio. Al menos no era la única persona que había notado ese súbito cambio tan espeluznante y, al parecer, aquél no era el comportamiento habitual de Gail Rouse.
Decidí hacerme la tonta.
—Le habré pisado un dedo del pie sin querer —improvisé encogiéndome de hombros.
Tras el desastroso tropezón que había tenido ya no le veía sentido a ocultar mi torpeza.
—Sí —respondió—. Tenía cara de dolor o algo parecido... Normalmente ella es de lo más guay, pero hoy parecía molesta. No se lo tomes en cuenta —añadió disculpándose del comportamiento de su amiga—. Es muy buena en Biología, aunque Banner nunca le ha dejado que ella tenga compañía en sus clases, porque piensa que haríamos trampa.
Le sonreí antes de cruzar la puerta del vestuario de las chicas. Era amable y claramente interesado en que nos lleváramos bien las dos, pero eso no bastó para disminuir mi enojo ni un poco.
El entrenador Clapp, el profesor de Educación física al que no le veía el atractivo-estilo-orco que decía Jennifer por ningún lado, me consiguió un uniforme, pero no me obligó a vestirlo para la clase de aquel día. En Phoenix, sólo teníamos que asistir dos años a Educación física. Aquí era una asignatura obligatoria los cuatro años. Forks era mi infierno personal en la tierra en el más literal de los sentidos.
Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y recordar los muchos golpes que había dado, y recibido, cuando jugaba al voleibol.
Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a la oficina para entregar el comprobante con las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y soplaba con fuerza. Me envolví con mis propios brazos para protegerme.
Estuve a punto de dar media vuelta e irme directamente a mi camioneta cuando me acerqué al edificio principal. Gail Rouse se encontraba apoyada al lado de la motocicleta (¡como no, la única que había en todo el campus tenía que ser la suya!) con la misma actitud de falsa displicencia que había mostrado durante el almuerzo.
«¿Con qué me va a salir ahora?» Empezaba a pensar que la «chiflada chica chippewa» era un mote que sí le venía como anillo al dedo, sus impredecibles cambios de humor no hacían otra cosa que desconcertarme.
Fingió hacerse la sorprendida al verme acercarme lentamente (¡no me pude girar a tiempo!) y con un expedito movimiento se despegó de su moto, dando dos pasitos para interponerse en mi camino.
—Bella, te estaba esperando —exclamó con un tono risueño y nada amenazador.
—... —me quedé totalmente en blanco, sin poder responderle, porque tuve un flashback de mis reprimidos años de primaria, en cuarto grado. Cuando la matona oficial de la clase, Eloise Hammond, me arrinconó en un pasillo al final de las clases y me arrastró hasta los baños para sumergir mi cabeza en la taza del váter. Con la de charcos de agua estancada que había en el aparcamiento no le haría falta un retrete cercano a Gail Rouse.
—Lamento haberte asustado antes en clase —se disculpó inesperadamente con una leve sonrisa, pero entonces desapareció toda evidencia de broma y añadió en un tono más bajito de voz:— Es que me bajó la regla.
Dejé caer un poco la mandíbula de la sorpresa, aunque me recuperé rápido y no llegué a abrir la boca de manera ridícula por aquella revelación tan inesperada e íntima.
«¡Oh, vaya! ¡¿Cómo no había caído en ello?!», rumié con mi más cáustico sarcasmo y evité hacer rodar mis ojos de pura exasperación. Que estuviera con la menstruación era una perfecta explicación para algunas de sus conductas... Pero, ¿a qué demonios venían sus extraños ataques de terror? Vale que yo también me ponía de los nervios esos días y tenía las emociones a flor de piel, pero no dejaba de pensar que había algo más...
—¿Estás bien? ¿Necesitas... algo...? ¿Tampones? ¿Compresas? —le ofrecí por puro reflejo automático de camaradería femenina, desarrollado durante un lustro teñido de rojo cada hoja del calendario, pero tardé unas pocas décimas de segundo en darme cuenta que no había traído nada de eso hoy al instituto y ni siquiera a Forks. Mi «semana del terror» había sido justo antes del viaje, igual que mi madre.
Con la mala suerte que tenía, seguro que acabaría sincronizándome con Gail Rouse.
—No te preocupes, voy servida —me sonrió, pero sus ojos no terminaban de camuflar su expresión convaleciente y dolorida.
—Podías haberme dicho algo en clase, en lugar de... —objeté ofendida, con un ligero tono osado que me brotó inesperadamente de mis entrañas. La chiflada chica chippewa estaba socavando mi paciencia.
—¿Actuar como una energúmena integral? —completó Gail Rouse, encogiéndose de uno de sus hombros—. Tampoco podía explicarte nada, no con Mike Newton pegando la oreja todo el rato en nuestra conversación, ¡tiene mejor oído que un Murciélago! Me sentía muy mal, así que he estado tomando el aire fresco hasta que me he despejado...
—¡¿Te has saltado la sexta clase?! —interrumpí incrédula.
Sonrió ampliamente con su boca de tal manera que me recordó a un sapo del desierto que hubiera encontrado un charco de agua fresca.
—Es saludable hacer novillos de vez en cuando —comentó sacando a relucir sus piezas de marfil blanco y cambiando de pie su peso— Sólo era clase de Español y la profesora Goff me deja escaquearme si no hay vocabulario nuevo. Deberías de probarlo algún día.
Negué inconscientemente con la cabeza ante su alentador y tentador tono.
—No, yo no podría... nunca —murmuré cohibida, ajustándome la correa de la mochila al hombro. Era demasiado cobarde para arriesgarme a que me pillaran haciendo pellas.
—Ya sabes lo que dicen: Nunca digas nun... ¡Hey, Samantha! —se interrumpió cuando una alumna pasó justo a nuestro lado, dirigiéndose con muchas prisas hacia la oficina principal y saliendo raudamente como una flecha al instante—. ¡Hasta mañana, iguana!
—¡Adiosito, Abi! —se despidió, también en Español y con un jadeo, la chica de cabello corto y castaño, antes de esfumarse.
—Esto, ¿por dónde iba? —exclamó Gail Rouse con un fruncido de sus cejas elípticas en una perfecta uve, como si fuera el pico de una gaviota...
«¡Basta ya!» Tuve que reprenderme mentalmente y dejar de usar esos ridículos símiles. Gail Rouse no era un zoológico de alegorías andante, sólo una muchacha de undécimo grado, igual que yo.
—Intentabas en vano minar mi integridad —argüí con un deje socarrón.
Continuará…
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Twilight-curiosidades: Aunque a mí me parecía raro (en comparación con España) el horario de Bella Swan es siempre el mismo, todos los días:
Abren las puertas a las 8:00.
Lengua y Literatura (English) de 8:15 a 9:13, en el edificio «3».
Historia (Government) de 9:17 a 10:15, en el edificio «6».
Un descanso entre las 10:19 y 10:36.
Trigonometría (Trigonometry) de a 10:40 a 11:38, en el edificio «5».
Español (Spanish) de a 11:42 a 12:40, en el edificio «7».
El almuerzo de 12:44 a 13:16.
Biología (Biology II) de a 13:20 a 14:18, en el edificio «2».
Gimnasia (P.E.) de a 14:22 a 15:20.
Todos los miércoles (y ciertos días del calendario) la duración de las clases se reduce a sólo 45 minutos y también los descansos, por lo que salen a las 14:15. La semana anterior al día de Halloween tienen cuatro días de media jornada, en los que salen a las 12:00. Esta información ha sido extraída del Quilllayute Valley School District Student and Parent Handbook. Las asignaturas cambian cada semestre por lo que he podido investigar.
