Este capítulo transcurre el miércoles 19 de enero de 2005. Se correspondería con el comienzo de «Libro abierto».
¡Y LA RADIO VOLVIÓ A FUNCIONAR!: Muchísimas gracias a Caelum Whisper por su sugerencia para reencender la radio de Bella. En este capítulo sólo se escuchaba estática en la primera edición porque tenía una canción preparada para ella (From Yesterday de 30 seconds to Mars) pero al revisar la fecha de lanzamiento vi que era por varios meses incompatible con la escena.
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CAPÍTULO 7:
Echada en falta – Missed
El día siguiente fue peor... y mejor.
Fue peor porque estaba agotada. El ulular del viento alrededor de la casa no me había dejado dormir y en mis sueños veía, una y otra vez, siluetas oscuras con pares de ojos brillantes acechando tras las esquinas y esfumándose en cuanto miraba en su dirección. También fue peor porque el Sr. Varner me llamó en la clase de Trigonometría, aun cuando no había levantado la mano, y di una respuesta equivocada. Rayó en lo espantoso porque al final tuve que jugar al voleibol y la única vez que no me aparté de la trayectoria de la pelota y la golpeé, ésta impactó en la cabeza de un compañero de equipo que seguro que me tendría ojeriza el resto de su vida.
Fue mejor porque no llovió, aunque persistió la nubosidad densa y oscura; y más fácil, porque sabía qué podía esperar del día. Eric Yorkie, el que parecía miembro de un club de ajedrez, se sentó a mi lado durante la clase de Lengua y me acompañó hasta la clase siguiente, igual que ayer, mientras Mike lo fulminaba con la mirada al cruzarse nuestros caminos. Me sentí halagada. Nadie me observaba tanto como el día anterior ni me volvió a llamar Isabella. Durante el almuerzo me senté con un gran grupo que incluía a Mike, Eric, Jessica y otros cuantos cuyos nombres y caras ya recordaba un poco. Empecé a sentirme como si flotara en el agua en vez de ahogarme.
Y fue muchísimo mejor porque Gail Rouse no apareció por la escuela, ni por la mañana ni por la tarde.
Que llegara la hora del almuerzo me estuvo poniendo frenética durante toda la mañana. Por un lado, deseaba plantarle cara delante de su mesa-de-comedor-barra-atalaya-de-exploración y cantarle las cuarenta. Mientras permanecía insomne en la cama llegué a imaginarme incluso lo que le diría, pero me conocía demasiado bien para creer que de verdad tendría el coraje de hacerlo.
En comparación conmigo, el león cobardica de El mago de Oz era Terminator.
Sin embargo, cuando entré en la cafetería junto a Jessica, vi que la zona central estaba ocupada por otros alumnos que habían formado un grupillo, intenté contenerme y no recorrer toda la sala con la mirada para buscarla, aunque fracasé rotundamente y mis ojos bailaron frenéticamente en todas las esquinas de la sala.
Mike nos interceptó en el camino y nos desvió hacia su mesa. Jessica parecía eufórica por la atención y sus amigas pronto se reunieron con nosotros. Pero estaba incomodísima mientras escuchaba su despreocupada conversación, a la espera de que ella acudiese. Deseaba que se limitara a fingir ignorarme cuando llegara, como hacía con todo el mundo, mientras se comía su ración de carne misteriosa en forma de alitas de búfalo de los miércoles, con su dentadura sacada de un anuncio de dentífricos.
Pero no llegó, y me fui poniendo más y más tensa conforme pasaba el tiempo.
Cuando al final del almuerzo no se presentó, me dirigí hacia la clase de Biología con más confianza. Mike, que empezaba a asumir todas las características de los perros golden retriever, me siguió fielmente de camino a clase. Contuve el aliento en la puerta, pero Gail Rouse tampoco estaba en el aula. Suspiré y me dirigí a mi asiento. Mike me siguió sin dejar de hablarme de un próximo viaje a la playa y se quedó junto a mi mesa hasta que sonó el timbre. Entonces me sonrió apesadumbrado y se fue a sentar al lado de una chica con un aparato ortopédico en los dientes y una horrenda permanente. Al parecer, iba a tener que hacer algo con Mike, y no iba a ser fácil. La diplomacia resultaba vital en un pueblecito como éste, donde todos vivían pegados los unos a los otros. Tener tacto no era lo mío, y carecía de experiencia a la hora de tratar con chicos que fueran más amables de la cuenta.
El tener la mesa para mí sola y la ausencia de Gail Rouse supuso un gran alivio. Me lo repetí hasta la saciedad. Pero no lograba quitarme de la cabeza la sospecha de que el motivo de su ausencia era esa extraña conversación con su tutor que había escuchado sin pretenderlo. Resultaba de un egocentrismo presuntuoso la idea que empezaba a arraigarse en mi mente de que Gail Rouse no regresaría al instituto por culpa de mi intromisión. Que yo fuera capaz de afectar tanto a alguien era del todo imposible, ¿no? Y aun así la pequeña posibilidad de que fuera cierto no dejaba de inquietarme.
Cuando al fin concluyeron las clases y hubo desaparecido mi sonrojo por el incidente del partido de voleibol, me enfundé los vaqueros y un jersey azul marino y me apresuré a salir del vestuario, feliz de esquivar por el momento a mi amigo, el golden retriever. Me dirigí a toda prisa al aparcamiento, ahora atestado de estudiantes que salían a la carrera. Me subí al coche y busqué en mi bolsa para cerciorarme de que tenía todo lo necesario.
La noche pasada había descubierto que Charlie era incapaz de cocinar otra cosa que huevos fritos y beicon, por lo que le pedí que me dejara encargarme de las comidas mientras durara mi estancia. Él se mostró dispuesto a cederme las llaves de la sala de banquetes.
También me percaté de que no había comida en casa, por lo que preparé la lista de la compra, tomé el dinero de un jarrón del aparador que llevaba la etiqueta «dinero para la comida» y ahora iba de camino hacia el supermercado Thriftway.
Puse en marcha aquel motor ensordecedor, hice caso omiso a los rostros que se volvieron en mi dirección y di marcha atrás con mucho cuidado al ponerme en la cola de coches que aguardaban para salir del aparcamiento. Mientras esperaba, intenté fingir que era otro coche el que producía tan ensordecedor estruendo.
El Thriftway no estaba muy lejos de la escuela, unas pocas calles más al sur, otro ramal junto a la carretera. Me sentí muy a gusto dentro del supermercado, me pareció normal. En Phoenix era yo quien hacía la compra, por lo que asumí con gusto el hábito de ocuparme de las tareas familiares. El mercado era lo bastante grande como para que no oyera el tamborileo de la lluvia sobre el tejado y me recordara dónde me encontraba.
Pero el transitorio momento de abstracción del que disfruté mientras empujaba el carrito en dirección a la caja registradora se vino al traste cuando percibí un bramido mecánico y vi la silueta de una moto cruzando por delante del escaparate de cristal de la entrada.
Apreté los dedos alrededor de la barra metálica del carro para no desmayarme cuando se giró y aparcó a poco más de veinte metros. Por un segundo pensé a la desesperada que podía fingir que me había olvidado algo y regresar al precario refugio de estanterías y expositores en el que podía ocultarme. Sin embargo, en cuanto la figura se desprendió del casco, y miró hacia las luces fluorescentes que me iluminaban, pude respirar del todo tranquila.
Era tan sólo un hombre rubio de unos treinta años y barba de unos pocos días.
«¡Estas paranoica!» me reprendí, mirándole por segunda vez sin que el miedo nublara mi juicio. Ni siquiera vestía una cazadora de cuero, sino de tela vaquera con solapas blancas imitando a la lana de oveja, ni llevaba el mismo tipo de casco. Y la motocicleta que había rugido de manera ensordecedora era de un estilo mucho más ostentoso, con manillares adornados con borlas, junto con un chasis enorme cromado.
No sabía de marcas de motos, apenas sabía distinguir las de coche, y nunca pensé que hiciera realmente falta, porque siempre estaban escritas en el costado con letras bien visibles. Así que cuando salí del supermercado me aproximé discretamente a esa monstruosidad y me cercioré que era una Triumph, antes de salir en pos del trasto a toda pastilla con las bolsas de papel bajo los brazos. Me sonaba haber oído hablar de ellas en la televisión o en el cine, nada más.
I want to travel south this year
I won't, won't prevent safe passage here
Why you act crazy?
Tamborilee los dedos sobre volante siguiendo los matices lentos de aquella balada para serenar mi corazón y miré de refilón al motorista que se perdía en el laberíntico interior de la tienda.
Yeah, hey yeah
Tears that soak a callous heart
Why you act frightened?
—Tengo que hacer algo diferente —murmuré para mi misma. Quizás no fuera un buen síntoma que empezara a hablar sola en voz alta, pero mis nervios estaban destrozados.
Your weakness builds me
So someday you'll see
I stay away
Al llegar a casa, saqué los comestibles y los metí allí donde encontré un hueco libre. Esperaba que a Charlie no le importara. Envolví las patatas en papel de aluminio y las puse en el horno para hacer patatas asadas, dejé en adobo un filete y lo coloqué sobre una caja de huevos en el frigorífico.
Subí a mi habitación con la mochila después de hacer todo eso. Antes de ponerme con los deberes, me puse un chándal seco, me recogí la melena en una coleta y abrí el IMac por primera vez desde que me había mudado. Por suerte quién fuera el que se lo había vendido a Charlie le había instalado Xpresso, el mismo sistema operativo gratuito que utilizaba en Phoenix, por lo que accedí a mi cuenta privada de email en un plis plas.
Tenía tres únicos mensajes nuevos.
Ninguno de mis antiguos compañeros de clase de Phoenix se había acordado de mí.
Mi madre era la que me había escrito.
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Bella:
Escríbeme en cuanto llegues y cuéntame cómo te ha ido el vuelo. ¿Llueve? Ya te echo de menos. Casi he terminado de hacer las maletas para ir a Florida, pero no encuentro mi blusa rosa. ¿Sabes dónde la puse? Phil te manda saludos.
Mamá
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Suspiré y leí el siguiente mensaje. Lo había enviado ocho horas después del primero. Decía:
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¿Por qué no me has contestado? ¿A qué esperas?
Mamá.
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El último era de esta mañana.
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Isabella:
Si no me has contestado a las 17:30, voy a llamar a Charlie.
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Miré el reloj. Aún quedaba una hora, pero mi madre solía adelantarse a los acontecimientos.
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Mamá:
Tranquila. Ahora te escribo. No cometas ninguna imprudencia.
Bella
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Envié el mail y empecé a escribir otra vez, explayándome un poco más.
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Mamá:
Todo va fenomenal. Llueve, por supuesto. He esperado a escribirte cuando tuviera algo que contarte. La escuela no es mala, sólo un poco repetitiva. He conocido a unos cuantos compañeros muy amables que se sientan conmigo durante el almuerzo.
Tu blusa está en la tintorería. Se supone que la ibas a recoger este viernes.
Charlie me ha comprado una camioneta. ¿Te lo puedes creer? Me encanta. Es un poco antigua, pero muy sólida, y eso me conviene, ya me conoces.
Yo también te echo de menos. Pronto volveré a escribir, pero no voy a estar revisando el correo electrónico cada cinco minutos. Respira hondo y relájate. Te quiero.
Bella
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Había decidido volver a leer Cumbres Borrascosas por placer, era la novela que estábamos estudiando en clase de Literatura, y en ello estaba cuando Charlie llegó a casa.
Había perdido la noción del tiempo, por lo que me apresuré a bajar las escaleras, sacar del horno las patatas y meter el filete para asarlo.
—¿Bella? —gritó mi padre al oírme en la escalera de caracol.
«¿Quién iba a ser si no?», me pregunté.
—Hola, papá, bienvenido a casa.
—Gracias.
Colgó el cinturón con la pistola y se quitó las botas mientras yo trajinaba en la cocina.
Que yo supiera, jamás había disparado en acto de servicio. Pero siempre la mantenía preparada. De niña, cuando yo venía, le quitaba las balas al llegar a casa. Imagino que ahora me consideraba lo bastante madura como para no matarme por accidente, y no lo bastante deprimida como para suicidarme.
—¿Qué vamos a comer? —preguntó con recelo.
Mi madre solía practicar la cocina creativa, y sus experimentos culinarios no siempre resultaban comestibles. Me sorprendió, y entristeció, que todavía tuviera ese trauma.
—Filete con patatas —contesté para tranquilizarlo.
Parecía encontrarse fuera de lugar en la cocina, de pie y sin hacer nada, por lo que se marchó con pasos torpes al cuarto de estar para ver la tele mientras yo cocinaba. Preparé una ensalada al mismo tiempo que se hacía el filete y puse a punto la mesa del comedor.
Lo llamé cuando estuvo lista la cena y olfateó en señal de apreciación al entrar y ver los salvamanteles con los platos que lucían una pinta estupenda.
—Huele bien, Bella —Charlie también era un Sabueso Swan y se fiaba por completo de su olfato.
—Gracias —exclamé, ligeramente fastidiada porque Gail Rouse me viniera a la mente.
Comimos en silencio durante varios minutos, lo cual no resultaba nada incómodo. A ninguno de los dos nos disgustaba el silencio. En cierto modo, teníamos caracteres compatibles para vivir juntos.
—Y bien, ¿qué tal el instituto? ¿Has hecho alguna amiga? —me preguntó mientras se echaba más.
—Tengo unas cuantas clases con una chica que se llama Jessica y me siento con sus amigas durante el almuerzo. Y hay un chico, Mike Newton, que es muy amable. Todos parecen buena gente.
Con una notable excepción.
—Newton es un buen chico y de una buena familia. Su padre es el dueño de una tienda de artículos deportivos a las afueras del pueblo. Se gana bien la vida gracias a los excursionistas que pasan por aquí.
—También hay otra chica de mi curso, pero hoy no ha venido a clase —comencé vacilante, sin saber muy bien cómo encarar el tema—. Conduce una motocicleta…
—Esa es Gail —irrumpió Charlie repentinamente, masticando rápidamente un trozo de patata asada que se había llevado a la boca—. Está muy bien que te hayas hecho amiga suya, Bella. No conozco a nadie más responsable y digno de confianza en tu instituto.
Me quedé patidifusa, no sólo porque ya no tenía pie para explicarme, sino que encima Charlie la había llamado únicamente por su nombre de pila, sin apellidos. ¡Su nombre acortado y sin apellidos! Una familiaridad que él se reservaba para muy pocas personas.
Me sentí tan traicionada como Julio César después de la puñalada de su hijo Brutus.
—He oído algunas cosas sobre ella y su tutor... —musité como de pasada.
El aspecto repentinamente enojado de Charlie me sorprendió.
— ¡Cómo es la gente de este pueblo! —murmuró entre dientes, negando varias veces con la cabeza—. Roth Burns es muy valioso para la comunidad, su empresa de rehabilitación de edificios y su taller de restauración han dado empleo estable a más de un centenar de personas en todo el condado. Podría trabajar desde Seattle como cualquier pez gordo, pero prefiere dirigir sus negocios en persona y mancharse las manos trabajando codo con codo, junto con sus peones —continuó en voz más alta—. Tenemos suerte de que ha reinvertido gran parte de sus beneficios en varios de los negocios particulares de Forks y en proyectos nuevos, cuya financiación nunca habría superado los criterios del banco. ¡Por primera vez, en más de diez años, están viniendo gente de otras ciudades para vivir acá! Albergué ciertas dudas cuando llegó de Alaska con su tutelada, incluso les investigué un poco. Pensé que podría haber algo turbio, pero Gail siempre ha sido muy madura para su edad y no ha dado el más mínimo problema en su conducta. Y no puedo decir lo mismo de los hijos de algunas familias que han vivido en este pueblo desde hace generaciones. Se mantienen unidos ellos dos, no tienen a nadie más y son casi una familia de verdad. Gail trabaja a menudo en las casas que él arregla y se van de caza a los bosques durante la temporada alta, en septiembre... Bueno, la gente tiene que hablar sólo porque son recién llegados.
Era el discurso más largo que había oído pronunciar a Charlie.
Debía de molestarle mucho lo que decía la gente.
Di marcha atrás y probé otra estrategia.
—¿Con que 'arreglan casas'? —pregunté y señalé con la mirada los techos y las paredes del nuevo comedor. No hizo falta que dijera más, porque su rostro le delató ante mí. Burns & Company o como-se-llamara-su-negocio-de-chapuzas habían metido mano a los cimientos de esta casa.
«Ella ha visto mi cuarto incluso antes que yo», me soliviantó ese pensamiento mezquino de improviso y tragué el trozo de filete casi sin masticarlo de la rabia.
—Sí, puede que no sea muy imparcial —comentó Charlie removiendo el interior de una patata asada como un augur retorcería las tripas de un ave para saber el futuro—. Ellos se encargaron de la reconstrucción, si hubiera traído mano de obra desde Hoquiam o Port Angeles me habría arruinado a la mitad del proyecto.
—Papá, ¿has gastado mucho dinero en repararla? —le miré con los ojos desorbitados temiéndome lo peor. Charlie estaba serio y circunspecto, pero no parecía avergonzado.
—Tenía... tengo todavía suficientes ahorros, Cariño —se aclaró la garganta antes de corregirse—. Ser jefe de policía, aun de un pueblo tan pequeño, está muy bien pagado, tampoco tengo que pagar un coche propio, ni gasolina, ni su seguro. Además de que mis únicos vicios son unas pocas cervezas e irme de pesca los fines de semana al río.
Seguí escrutándole con las dudas reflejadas en mi altiva ceja.
—El cebo está muy barato, Bella —afirmó categóricamente.
Nos quedamos callados y terminamos de cenar. Recogió la mesa mientras me ponía a llevar los platos a la cocina. Regresó al cuarto de estar para ver la tele. Cuando terminé de rascar los platos y meterlos en el lavavajillas, subí con desgana a hacer los deberes de Matemáticas. Sentí que lo hacía por hábito o más bien para mantener la mente distraída. Normalmente fregar los platos a mano me habría servido para disipar los nervios con algo de trabajo manual repetitivo y de nulo esfuerzo mental. Pero el novísimo lavaplatos de Charlie, me había quitado mi sustituto barato de las clases de yoga.
Seguía muy enfadada.
No pude quitarme de la cabeza la voz de Gail Rouse haciéndome esa maldita pregunta, de la misma manera que no podía desprenderme del aroma de creosota de su remedio casero. Aunque me fastidiase tener que usarlo, debía de admitir los resultados, los pocos moratones que se habían extendido más después del porrazo en la clase de Biología, se habían desinflado y adquirido un tono amarillento pálido de varias semanas.
Casi parecía cosa de magia.
Seguían doliéndome al presionar un poco, pero era algo que podía aguantar en silencio.
No podía decir lo mismo de mis pensamientos para con la chiflada chica chippewa.
Esa noche fue silenciosamente seca, por fin.
Agotada, me dormí enseguida.
Continuará...
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Xpresso: Sistema operativo (ficticio) multiplataforma que utiliza el lenguaje de programación (completamente ficticio) Java Plus de código abierto, desarrollado por una empresa que controlan las Almas.
Car-and-Driver: la moto que aparece en el supermercado es una Triumph Speed Triple 955i del año 2000. Para que luego no digáis que dejo puntada sin hilo.
Disclaimer musical: la canción que Bella escucha es I Stay Away de Alice in Chains.
Twilight-curiosidades: No sé si Stephenie Meyer fue consciente de la diferencia horaria entre los estados de Arizona y de Washington al escribir la escena de los emails, o dejó que Bella fuera inconsciente adrede. En Phoenix se rigen por el horario de las Montañas (Mountain Time Zone, abreviado MTZ) que es –7 UTC (siete horas menos que la hora que se utiliza de referencia para los cálculos, que no es la de Greenwich), mientras que en Forks se rigen por el horario de la Costa de Pacifico (Pacific Time Zone, abreviado PTZ) que es –8 UTC. ¡Es decir, cuando Bella lee los mensajes, presumiblemente sobre las 16:30 de Forks, en realidad son las 17:30 en Phoenix! No sucede lo mismo durante el horario de verano (que en Estados Unidos empieza el segundo domingo de Marzo y termina el primer domingo de Noviembre), en el estado de Washington el huso horario cambia (Pacific Saving time Zone, abreviado PST) a –7 UTC y en Arizona no se aplica el cambio de horario de verano, por lo que no tienen diferencia alguna en sus relojes.
