Este capítulo transcurre el viernes 21 de enero de 2005. Se correspondería cronológicamente con «Libro abierto».

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

CAPÍTULO 9:
Luz de gas – Gaslighted

Fue una nota discordante, incongruente y extrañamente no alarmante, que venteé en el aire de mi habitación, lo que me sacó de mi profundo sopor. Después de que lograra acostarme y cerrara los ojos, caí a plomo. Colapsé sobre mi consciencia de una manera que no podía explicarme. Más que dormir, debía de haber sufrido algo cercano a un desmayo sin sueños, porque no tuve pesadillas de bodas a las que no quería asistir ni paseos interminables por el bosque rodeada de figuras fatuas y tenebrosas, ni nada oscuro y sin forma definida se deslizó a hurtadillas entre mis sabanas para atormentarme.

Nada de nada.

Encendí la lámpara y miré el reloj de la mesita de noche que marcaba las 6:45, junto al vaso de plástico con agua a medias (no tenía siquiera ánimos para reconsiderar verlo medio-lleno o medio-vacío), por lo que una pequeña parte de mi mente, que parecía reacia a juzgar lo acontecido a altas horas de la madrugada un delirio, se retorció de orgullo, figuradamente hablando, entre mis jaquecas y el hambre al contemplar ésa prueba fehaciente de que me había despertado en medio de la noche.

El resto de mis neuronas seguían empecinadas en racionalizar lo sucedido y atribuirlo a una indigestión, al estrés acumulado o una broma pesada de algún vecino de Forks, como ese exhibicionista merodeador llamado Jimmy Tibi-no-sé-cuántos.

Eché un vistazo al resto de mi habitación, el biombo amarillo estaba plegado a un lado, exactamente igual que como lo había dejado al despertarme, pero la luz de la luna ya no bañaba el costado occidental de la casa con su resplandor de plata. Cuando me atreví a levantarme del colchón y me asomé, los cielos de Forks volvían a ser esa monótona manta, algodonosa en algunos tramos y deshilachada en otros, de plúmbeas nubes y el asfalto húmedo de la calle Fern Hill no brillaba como una vía Láctea de ensueño.

La nota discrepante captó toda mi atención cuando la pude identificar, era el olor de algo dulce que se hubiera cocinado en exceso o a una temperatura imprudente. Algo así como a medio camino entre un leño requemado y una gota de caramelo recalentado.

«¿Qué ha cocinado Charlie?» me intrigué, desperezándome y quitándome los últimos restos de legañas de mis párpados con el borde la camiseta que usaba como pijama.

No era el habitual sahumerio mañanero de sus aceitosos huevos revueltos, sus tostadas poco hechas de pan blanco y su café caliente, entibiado con un chorrito de leche, que mi mente y mi nariz ya filtraba de manera automática. Su acostumbrado desayuno no era muy copioso porque, al igual que a mi, nos daba mucha flojera ponernos a cocinar algo mucho más elaborado a primera hora.

Yo hacía años que había decidido no andarme con rodeos y pasarme a cualquier marca blanca de cereales azucarados medio decentes a la que pudiera añadir leche fría, para matar el hambre hasta la media mañana. Cuando terminé de lavarme, adecentarme y vestirme, aun medio adormilada, bajé las escaleras de caracol dando sólo un ligero traspié en el penúltimo escalón.

En la cocina me esperaba sobre una tapadera de metal, como la que usaba mi madre para servir el pavo de Acción de Gracias en bandeja, un post-it que decía:

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Buenos días, Bells.
Esta noche traeré pizza para cenar.
Que disfrutes el desayuno y anímate.
Con cariño, papá.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al despegarlo de la superficie caliente vi que había escrito algo más en el reverso:

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Pizza SÓLO DE QUESO.
Ya sé que odias los ingredientes raros.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Leer la nota me sacó casi de mi torpor de inmediato, logrando que esbozara una leve sonrisa. Charlie aún se acordaba que las pizzas con piña me sentaban muy mal. Mi madre por el contrario siempre probaba todas las combinaciones que se le podían ir ocurriendo, ¡como brócoli, maíz dulce y tofu! ¡Ugh!

Destapé la tapadera y me quedé con los ojos como platos al ver el origen del aroma.

«¡Tortitas!» Había recortado los bordes de algunas y parecían un poco chuchurrías, como si hubieran desinflado al enfriarse, pero el olor dulzón y agradable que me inundó el rostro con una vaharada me hizo salivar de puro placer como a un perro de Pavlov.

Después hice algo que nunca había hecho antes: tomarme una enorme taza de café, vaciando incluso la jarrita de la cafetera y echándome hasta los más amargos pozos. Normalmente no hubiera necesitado semejante chute de cafeína, pero estaba tan grogui que temía quedar dormida al volante de camino al instituto y provocar un accidente. Afortunadamente pude soportar ese desagradable sabor, gracias a los dulces trozos de tortitas que iba intercalando entre sorbito y sorbito.

Recogí la mesa y retiré los restos de los platos con un cuchillo redondo, antes de cerrar de un tirón del asa la bolsa de la basura. Dónde habían terminado los restos requemados, que había olido antes, de las tortitas que no habían sobrevivido al experimento culinario de Charlie.

Mientras estuve dentro de casa preparándome, mental y académicamente hablando, para un nuevo día de clase podía sentirme casi segura. Pero cuando cerré la puerta y me giré para encaminarme a tirar la basura al contenedor, la visión de la calle desierta bajo la luz del crepúsculo me apabulló. Mi ojos inmediatamente rodaron sobre las cuencas y enfocaron el punto exacto de la cuneta en el que aquello, fuera-lo-que-fuera, se había detenido en medio de la noche. Sentí un torrente de adrenalina e intenté mirar por el rabillo a ambos lados del bosque para detectar algún movimiento o alguna presencia, pero por mucho que me esforzara no lograba ser tan buena oteando como Gail Rouse.

No me quedaba otro remedio, no podía alegar falsamente que me encontraba enferma y regresar de nuevo al interior de la casa para saltarme las clases. No era tan cobarde... ¿Para qué me estoy mintiendo? ¡Claro que lo era! Pero esa vocecita molesta que iba en contra de toda lógica me decía que debía de comprobarlo con mis propios ojos.

Que sería mucho peor si no lo hacía...

Don′t you know I'm caught in a trap?
I can′t walk out
Because I love you too much, baby
Don't you know I′m caught in a trap?
I can't walk out
Because I love you too much, baby

Pensé que un poco de música me serviría para levantarme la moral, cuando arranqué el motor del trasto y durante unos segundos incluso me animé al reconocer la voz de Elvis, era uno de los preferidos de mi madre, pero de pronto la letra de la canción y su voz no me sonaron más que inapropiados y desafinados. Apreté con encono uno de los botones al azar de las presintonías y el dial saltó mecánicamente, con un súbito chasquido nada halagüeño, al otro extremo de las ondas.

Hello, darkness, my old friend
I've come to talk with you again
Because a vision softly creeping
Left its seeds while I was sleeping
And the vision that was planted in my brain
Still remains
Within the sound of silence

—¡¿Tienes que estar de broma?! —siseé dirigiéndole una ceñuda mirada al aparato, casi parecía empecinado en destrozar todas mis canciones predilectas, aportándoles un giro lúgubre y retorcido... O quizá sólo fuera yo, la que estaba viendo cosas dónde no había.

Apreté otro de los botones.

No pasó nada, no se movía.

Lo aplasté con más fuerza, pensando que se habría obstruido debido a la suciedad que se acumulaba en las rendillas, pero en lugar de entrar recto se torció en un ángulo extraño. Cambió de emisora durante un segundo saltando debido a la vibración del motor, como brincaría la aguja de un tocadiscos en un terremoto. Intenté apagarlo, pero se me quedó en la mano la clavija al soltarse alguna pieza interna. Cerré la llave rápidamente y apagué el motor al comprender que se estaba desmoronando todas las piezas ante mí.

«¡Me lo he cargado!». No llevaba ni una semana y ya había logrado estropear la radio con aquel arranque violento. Quizás yo sobreviviera a las tres semanas de adaptación de Forks, pero parecía que el trasto no iba a tener tan buena suerte adaptándose a mí. Probé a bajar el volumen moviendo un poco la rueda, pero también se resistía más de lo acostumbrado, así que transigí y lo solté antes de que se descuajeringara del todo.

No podía hacer más. Sabía que debía de haber alguna manera de extraer la radio del dichoso salpicadero pero no veía otro modo que con una palanqueta o golpearlo con un martillo, así que crucé los dedos y volví a arrancar el motor esperando tener suerte.

Por una vez, así fue:

And himself and everybody around
'Cause he ain't got nobody to listen
I'm blue
Da ba dee, dabba da-ee
I'm blue
Da ba dee, dabba da-ee

No era una de mis favoritas, pero a falta de pan, buenas son tortas. Un poco de estática dada un eco reverberante a la canción, casi como un teremín, pero no parecía que se desbaratara aún más. Aquel ridículo ritmo al menos consiguió quitarme las dudas. Me encaminé lentamente por la calle Fern Hill con el viejo Chevy, antes de que consiguiera que le diese un infarto al motor.

Blue are the words I say and what I think
Blue are the feelings that live insid...

Frené de sopetón y casi salí desbandada de la cabina cuando alcancé aquel tramo de la cuneta. No podía ponerme a titubear ni un segundo sobre lo que estaba haciendo, porque sabía que si me lo replanteaba, me echaría para atrás y huiría a toda pastilla. Di la vuelta por detrás contemplando la calzada y examinando frenética cada sombra que arrojaban los árboles, pero sólo se escuchaban revoloteos de pájaros y algún sapo croando. No había sonidos raros de pisadas en la quietud, ni nada espeluznante emboscándome. Desde ahí podía verse un lateral del hogar de nuestros vecinos más próximos, con las luces del piso inferior encendidas, aunque no parecía hubiera mucho trasiego.

Miré hacia la fachada lejana mi casa intentando orientarme y quise reírme de mi propia estulticia al no ver huellas ni rastros en aquel punto, pero entonces giré un poco más la cabeza hacia la izquierda y lo localicé, aunque realmente no quisiera:

Un montón de hierbas verdes y flores silvestres aplastadas contra el suelo, formando un círculo perfecto de metro y medio de diámetro. Recordaba muy poco de las lecciones de la señorita Svensson pero aquella no era la clásica forma de una cama que haría un animal para reposar, aparte de que aquel lugar ofrecía poco amparo en medio de la noche, estaba el hecho de que no habían removido la tierra, sólo algo se había posado.

Algo más grande y mucho más pesado que un ciervo.

Seguí con los ojos el camino que habría recorrido y salí escopetada hacia la estrecha zanja de tierra suelta, para buscar algún indicio de qué era. No sabía mucho de huellas, menos de lo que en ese momento hubiera deseado, pero rescaté de los rincones más ignotos de mi mente lo poco que nos instruyeron en las girl scouts. Los caballos y burros tenían cascos con una forma similar a la letra «C», mientras que los ciervos, las vacas y las cabras tenían la pezuña hendida en dos partes. También, fruto de los nervios, recordé algo referente acerca de la comida Kosher… pero no venía a cuento.

—Vale, ¿qué demonios es esto? —me quedé a cuadros, intentando comprender lo que estaba viendo. Las huellas que habían quedado plasmadas en la maleable tierra blanda no tenían sentido. El contorno se parecía al de un helecho abriéndose hacia ambos lados, como seis pares de ramas simétricamente dispuestas alrededor de un eje. No, aquello no eran las pezuñas o garras de un animal, eran dedos, largos dedos confrontados entre sí...

«Pero, ¿qué clase de ser tenía doce pulgares?» Empecé a hiperventilar cuando me fijé en la disposición de las cinco huellas que se distinguían, algunas no iban en la misma orientación que el movimiento, y tuve que salirme para apoyarme en el costado del trasto antes de que me mareara por la falta de aire.

¡Era real!

No un delirio de mi mente, ni un mal sueño, ni me estaban haciendo una jugarreta.

Por algún motivo, que hubiera semejante espécimen a menos de noventa metros de casa de Charlie no me preocupaba debidamente, era mucho más inquietante que sintiera un profundo alivio al creer que no estaba loca. La vocecita que antes me susurraba, parecía estar ganando más fuerza y confianza, pero no sabía si sin quererlo estaba perdiendo la cordura al prestarle tanta atención.

De todas formas, ¿qué narices estaba haciendo aquel... «ser» en medio de la noche? No había excrementos de ningún tipo donde se había posado y a esas horas ningún coche cruzó para asustarle. Lo único que pudo hacer que se detuviera fue que me viera a mí...

Un minúsculo movimiento en mi visión periférica hizo trizas mis nervios y casi salí corriendo de regreso a mi casa. Pero sólo se trataba de mi desconocida y nueva vecina, que se me quedó mirando a medio camino de su vehículo con gesto de preocupación y andando un poco más despacio.

Era pelirroja, pero no me sorprendí, ¡parecía que en Forks brotaran como champiñones!

Sus pasos vacilaron unos segundos y temí que decidiera dirigirse hacia aquí. No quería que lo viera, no sabría dar explicaciones sin parecer una perturbada. Así que fingí que estaba examinando el estado de las ruedas, mientras mi pulso se acercaba a la arritmia, y después recordé que era muy mala mintiendo y tirándome faroles, por lo que me puse en faena y me agaché para ver realmente las condiciones de las llantas.

Las marcas de rodadura estaban bien, no demasiado desgastadas. Y la presión también, duras al apretarlo, aunque no recordaba si con un suelo mojado tenían mejor tracción...

Dejé aquella pantomima cuando la chica no encendió su coche al subir en él, así que di la vuelta a la camioneta, abandonando a mis espaldas aquellas huellas que acabarían siendo borradas con la lluvia, y me subí a la cabina.

And if she
Wanna be a freak and
Tell it on the week-end
It's none of your business.

«¿Qué otras cosas escondes, Forks?» reconsideré a ritmo de irreverente rap.

Continuará…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Tortitas: nombre que se le da en España a los pancakes.

Disclaimer musical: las canciónes que Bella escucha son fragmentos de Suspicious Minds de Elvis Presley; Sound of silence de Simon & Garfunkel; Blue (Da Ba Dee) de Eiffel 65 y None Of Your Business de Salt N Pepa.

Twilight-curiosidades: la vecina pelirroja de Charlie y Bella se llama Katie Marshall, sin embargo, en el libro «Luna Nueva» cambiaron inexplicablemente su apellido por el de «Webber», el de Angela, cuando se encuentran durante el almuerzo, al traducirlo al castellano. No sé si en reediciones posteriores arreglaron el fallo.

Twilight-curiosidades II: la importancia que da Bella a las ruedas en este capítulo es un asunto que no se toma debidamente en consideración en la obra original de Stephenie Meyer. En el libro «Sol de medianoche», en cierta escena, se desvela el dato de que el Volvo S60R de Edward lleva unos flamantes neumáticos semi-slicks para carreras. Muy chulos y fardones, sí. Pero bastan diez minutos de documentarse en páginas de Internet para descubrir que ese tipo de llanta es contraproducente con un asfalto mojado (como el de Forks), yendo a alta velocidad lo más probable es que se saliese a la primera curva. De nada sirve una potencia inmensa de motor, si no puede mantenerse pegado al asfalto.