Capítulo 2

"Es más fácil construir niños fuertes que reparar hombres rotos."
— Frederick Douglass

El murmullo constante de la vida en Hogwarts llenaba los pasillos mientras los estudiantes se desplazaban de clase en clase. Para Hermione, esos ecos solían ser reconfortantes, una señal de que el mundo seguía avanzando, pero últimamente los sentía como cuchicheos dirigidos hacia ella. Desde que se había anunciado que trabajaría junto a Draco Malfoy en el proyecto de Encantamientos, las miradas curiosas y los comentarios susurrados habían crecido en intensidad, alimentados por años de enemistad entre Gryffindor y Slytherin.

Los pasillos del castillo, antes un refugio de estudio y rutina, ahora se sentían como un escenario donde cada movimiento suyo era observado. Hermione intentaba concentrarse en sus responsabilidades, pero no podía ignorar la presión que pesaba sobre ella.

—Granger y Malfoy, trabajando juntos… ¿quién lo habría imaginado? —susurró una voz al pasar.

Hermione no giró la cabeza, aunque su mandíbula se tensó. Sabía que cualquier reacción solo alimentaría más los rumores.

Ginny y Neville, intentaban suavizar y normalizar, en la medida de lo posible, la situación. Ginny lo hacía con comentarios sarcásticos que buscaban hacerla reír, mientras que Neville trataba de distraerla hablando de plantas exóticas o sus nuevos descubrimientos en Herbología. Pero incluso con su apoyo, Hermione sentía el peso de las expectativas.

Un día particularmente frío de octubre, mientras caminaba hacia la biblioteca con Ginny, la conversación inevitablemente giró hacia Draco Malfoy.

—¿Cómo es trabajar con él? —preguntó Ginny, mirando de reojo a su amiga.

Hermione dudó antes de responder.

—Es... complicado.

—Eso no es una sorpresa —dijo Ginny, entrecerrando los ojos—. ¿Te ha dicho algo desagradable? Porque si lo ha hecho, puedo hacer algo en su próximo entrenamiento de Quidditch.

Hermione no pudo evitar sonreír ante la amenaza.

—No, en realidad no. Está... diferente. Más reservado, diría yo.

Ginny arqueó una ceja, claramente escéptica.

—¿Diferente? Hermione, hablamos de alguien que pasó años llamándonos "sangresucia" y "traidores a la sangre".

Hermione suspiró.

—Lo sé, Ginny. Créeme, no he olvidado nada de eso. Pero tampoco puedo ignorar que, al menos por ahora, parece estar haciendo un esfuerzo por... no ser el Draco Malfoy de antes.

Ginny se detuvo frente a la puerta de la biblioteca y la miró con seriedad.

—Espero que tengas razón, Hermione. Pero ten cuidado. Las serpientes no siempre cambian su naturaleza.

Al llegar a la biblioteca, Draco ya estaba allí. Era algo que Hermione había comenzado a notar: siempre llegaba antes que ella, ocupando el mismo rincón apartado, rodeado de libros. Aunque nunca lo admitiría en voz alta, parecía tomarse el proyecto más en serio de lo que ella esperaba.

—Granger, estás causando revuelo —comentó Draco mientras ella se sentaba frente a él.

Hermione arqueó una ceja, sacando sus pergaminos y pluma. —No es mi culpa que a la gente le encante especular.

Draco se inclinó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos.

—Bueno, no puedo culparlos. Yo también estaría intrigado si la "querida heroína de Hogwarts" decidiera trabajar con alguien como yo, sin queja alguna.

—¿Y qué significa "alguien como tú"? —replicó Hermione, alzando la vista de sus notas.

Draco sostuvo su mirada durante un momento antes de encogerse de hombros.

—Alguien que todo el mundo asume que debería estar en Azkaban, o al menos fuera de este castillo.

El eco de sus palabras colgó en el aire. Hermione notó la vulnerabilidad en su tono, aunque él intentaba disimularla con su típica indiferencia.

—Si realmente creyeras eso, no estarías aquí —dijo finalmente, suavizando su tono.

Draco bajó la mirada hacia el libro frente a él.

—No estoy seguro de si estar aquí fue una decisión o un castigo.

Hermione quiso responder, ofrecer algún tipo de consuelo, pero no encontró las palabras adecuadas. Así que dejó que el silencio llenara el espacio entre ellos, volviendo a concentrarse en su trabajo.

A medida que avanzaban en su investigación sobre los encantamientos de refuerzo, Hermione empezó a notar algo curioso. Draco no solo era inteligente; también tenía una manera particular de abordar los problemas. Donde ella era metódica y analítica, él era intuitivo y creativo, encontrando soluciones en lugares que ella nunca habría considerado.

En una de sus sesiones, Hermione estaba profundamente inmersa en un texto cuando Draco rompió el silencio.

—Granger, ¿alguna vez te cansas de ser tan... perfecta?

Hermione levantó la vista, confundida.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

Draco dejó la pluma con la que estaba escribiendo y la miró directamente.

—Eres perfecta. O al menos, así es como todos te ven. Siempre tienes la respuesta correcta, siempre haces lo correcto. ¿Nunca te cansas de esa presión?

Hermione lo miró fijamente, intentando descifrar si se trataba de una burla o de una pregunta genuina. Para su sorpresa, parecía completamente serio.

—No soy perfecta, Malfoy —dijo finalmente—. Cometo errores como todos los demás. Solo que... supongo que no puedo permitirme fallar demasiado.

—¿Por qué no?

Hermione dudó. Esa era una pregunta que nunca se había permitido responder.

—Porque hay personas que dependen de mí. Siempre ha sido así. Desde que éramos niños, Harry, Ron y yo estábamos en situaciones en las que... si yo no hacía algo, nadie más lo haría.

Draco se quedó en silencio, su expresión suavizándose mientras procesaba sus palabras.

—Debe ser agotador.

—A veces lo es —admitió Hermione—. Pero eso no significa que no lo haría todo de nuevo.

Draco asintió lentamente, como si entendiera algo que nunca antes había considerado.

—Eres más fuerte de lo que pensé, Granger.

Hermione parpadeó, sorprendida por el comentario.

—¿Eso es un cumplido, Malfoy?

Él sonrió de lado, un gesto que era se parecía más a una mueca que a una verdadera sonrisa.

—No te acostumbres.

Las semanas pasaron, y aunque el trato entre ellos continuaba siendo profesional, los bordes de la desconfianza inicial empezaban a desdibujarse. Hermione no podía negar que Draco estaba cambiando, o al menos intentándolo.

Sin embargo, no todos compartían su perspectiva.

Una tarde de octubre, mientras regresaba al castillo tras una larga caminata, Hermione encontró una lechuza esperándola en el alféizar de su ventana. Reconoció de inmediato la letra apretada y algo temblorosa en el sobre: era de Ron.

Con una punzada de inquietud, rompió el sello y comenzó a leer:

Hermione,

No sé si escribirte es lo correcto. Tal vez debería dejarte en paz, dejarte seguir con lo que estás haciendo… pero no puedo. No después de este silencio. No después de todo.

He oído que estás trabajando con Malfoy. Me costó creerlo, al principio. Pero ya no sé qué pensar. Siento que hay un océano entre nosotros, y no sé cuándo empezó a formarse.

O quizás sí lo sé, y no he querido admitirlo.

Pienso mucho en ese día de verano. ¿Te acuerdas? Estábamos solos en la cocina de la Madriguera. Era tarde, y la luz de la lámpara apenas iluminaba la mesa. Mamá había dejado una tarta de melaza y tú te reías porque yo me la estaba comiendo con las manos. Y tú, con esa voz tan tuya, dijiste: "Eres insoportable… y te quiero igual."

Yo te miré como un idiota, con la boca llena, y te dije lo mismo. Que te quería. Y lo decía en serio, Hermione. Nunca lo había sentido tan claro como esa noche, contigo, en esa cocina.

Pero al final del verano, cuando me dijiste que necesitabas irte, que necesitabas encontrarte, me sentí como si me hubieran vaciado por dentro. Entendí que estabas rota, que aún estabas destrozada por dentro porque tus padres... porque no te recuerdan. No sé cómo es eso. No sé cómo se sobrevive a eso. Solo sé que desde ese día he sentido que te estoy perdiendo.

Y ahora, con Malfoy… Hermione, lo intento, de verdad. Intento confiar en ti, en tu juicio, pero me cuesta. Me cuesta imaginarte cerca de alguien que te hizo tanto daño, que nos despreció tantas veces. Me cuesta no sentirme… reemplazado.

No sé si sigues pensando en mí como lo hacías en la cocina de la Madriguera. No sé si aún hay algo de ese "te quiero" entre nosotros. Pero necesitaba escribirte esto, aunque solo sea para decirte que todavía me importas. Que todavía me duele. Que no sé cómo seguir sin que al menos lo sepas.

Ron

Al terminar de leer, Hermione sintió cómo el corazón se le apretaba contra las costillas. Ron estaba ahí, en cada línea, en cada palabra rota que le hacía recordar el verano, la tarta, el calor de la cocina, la forma en que él la miraba como si fuera suficiente.

Pero no lo era.

Y entonces, el recuerdo la golpeó con fuerza.

Era un día brillante en los jardines de la Madriguera, uno de esos veranos que parecían no querer terminar nunca. Acababan de jugar un partido improvisado de Quidditch: Ron volaba como si fuera parte del viento, los Weasley gritaban, reían, y ella lo miraba desde abajo, animándolo como si fuera el único en el cielo.

Cuando bajó de la escoba, aún con el rostro enrojecido y el pelo revuelto por el viento, Ron fue directo hacia ella. Sin decir una palabra, levantó una mano y le apartó un mechón de pelo que se le había pegado a la mejilla por el sudor y la brisa.

Eres el amor de mi vida —le susurró, como si fuera la verdad más simple del mundo.

Hermione lo había mirado, sorprendida, con los ojos vidriosos de emoción. No había respondido en voz alta. Solo se inclinó hacia él y lo besó. Ese día pensó que, tal vez, eso bastaría para siempre.

Pero no lo fue.

Cerró los ojos por un momento, respiró hondo y dobló cuidadosamente la carta antes de guardarla. Sabía que su decisión de alejarse había sido necesaria, pero eso no la hacía menos dolorosa. Al un lado de su escritorio un pergamino en blanco la esperaba junto a una pluma. Por un instante, pensó en responder a Ron. Luego pensó en Harry, en él y Ron entrenando en la Academia de Aurores, tan lejos de todo esto. Tan lejos de ella.

¿Debería escribirle? ¿A él? ¿A Harry?

Suspiró y apartó la mirada.

Hoy no era el momento

Miró por la ventana; las hojas caían lentamente de los árboles, marcando el cambio de estación. Y, quizás, el comienzo de algo nuevo