Conociendo a los Saotome

A pesar del cansancio, el descanso había tardado en llegarles. Cada una de las hermanas Tendo pasó la noche dando vueltas en su cama, arrastrando pensamientos distintos que, sin embargo, nacían de una misma raíz: el matrimonio.

Kasumi había repasado una y otra vez la conversación, preguntándose si su aparente calma era fortaleza… o resignación. Nabiki, por su parte, estaba demasiado ocupada planeando posibilidades, estrategias, ventajas. Y Akane… simplemente no podía dejar de sentir rabia, hacia la situación entera. Dormir había sido casi imposible.

El único miembro de la habitación que parecía haber disfrutado de un sueño reparador era el pequeño cerdito negro, que emitía sonidos suaves, casi como el ronroneo de un gato, acurrucado en su diminuta cama.

El sonido de unos golpes suaves en la puerta las sacó de su adormilado estado, sorprendidas vieron entrar a una mujer mayor de aspecto jovial.

—Buenos días, señoritas —dijo una voz amable del otro lado—. Soy Hinako. El desayuno será servido en quince minutos.

Llevaba un delantal impoluto y una libreta de anotaciones bajo el brazo.

Las hermanas se miraron entre sí. Nadie tenía muchas ganas de bajar… pero tampoco podían darse el lujo de parecer descorteses tan temprano.

—En un momento bajamos —dijo Kasumi amablemente.

Akane, sin embargo, dudaba. Observaba a P-chan, que ya se había despertado y daba vueltas por la habitación, inquieto. No sabía si dejarlo ahí o bajarlo con ellas, temiendo que hiciera ruido.

Hinako, que había notado la escena, sonrió con ternura al pequeño animal. Con sorprendente naturalidad, se agachó y lo tomó en brazos. Para asombro de todos, P-chan no protestó.

—No se preocupe, señorita —dijo con suavidad—. Yo me haré cargo de él mientras ustedes bajan a desayunar.

Finalmente, Akane sonrió, agradecida. Si P-chan la aceptaba, era porque Hinako debía ser una buena mujer.

—Gracias —le dijo con sinceridad.

Luego de vestirse bajaron a desayunar, Akane se sentía un poco más tranquila que antes.

Al llegar al comedor, el aroma del desayuno tradicional japonés ya llenaba el aire: arroz, sopa de miso, pescado asado, y panecillos recién horneados. La mesa estaba perfectamente dispuesta. Nodoka ya estaba sentada, con su porte impecable y su sonrisa serena. A un lado, Ryoga desayunaba en silencio, y del otro, Mousse murmuraba algo para sí mientras hojeaba un periódico doblado por la mitad.

Solo faltaba Ranma.

Pero su ausencia no pasaba desapercibida: la cabecera de la mesa estaba vacía, su taza de té ya servida, y un espacio claramente reservado para él. Todo indicaba que no tardaría en unirse.

Nodoka las saludó con amabilidad al verlas entrar.

—Buenos días, queridas. Espero que hayan podido descansar bien. Por favor, tomen asiento. Mi hijo seguramente bajará en unos minutos.

Las hermanas se acomodaron en silencio, cada una tomando asiento con distinta energía. Nabiki, con una sonrisa social perfectamente colocada; Kasumi, con tranquilidad habitual; Akane… sin ocultar del todo su incomodidad.

La conversación estaba por comenzar… y con ella, el verdadero primer día en la casa Saotome.

El silencio inicial en la mesa se mantuvo solo unos segundos antes de que Nodoka, con su habitual elegancia, decidiera romper el hielo.

—Espero que la habitación haya sido de su agrado —dijo con una sonrisa amable, mirando principalmente a Kasumi, como si ya hubiera decidido que era con ella con quien se podía tener una conversación más fluida.

—Sí, muchas gracias —respondió Kasumi con gentileza—. Es una casa muy bonita. Se nota que ha sido cuidada con dedicación.

—Oh, gracias. Esta casa ha pertenecido a la familia Saotome por generaciones. Me alegra que la encuentren acogedora —dijo Nodoka, claramente complacida.

Nabiki aprovechó la pausa para intervenir, apuntando con tono casual:

—Y cuéntenos… ¿ustedes siempre desayunan así? Porque debo decir que huele increíble.

Nabiki ya había tomado su desición si estaba obligada a vivir ahí lo aprovecharía al máximo.

—Siempre —respondió Nodoka con orgullo—. Es importante comenzar el día con orden y buena energía. El desayuno es fundamental.

Mousse levantó la mirada, dejando los palillos un segundo sobre el cuenco de arroz. Era el menor de los Saotome, de complexión delgada, cabello oscuro y lentes que se empañaban levemente por el vapor del té.

—Ayer no tuvimos oportunidad de hablar mucho —dijo, con voz suave pero firme—. Pero es un gusto tenerlas aquí, yo soy Mousse el menor.

—Sí, lo mismo digo —añadió Ryoga, el del medio, algo más reservado, pero con un tono que reflejaba sinceridad. Su presencia imponía más que la de su hermano menor, pero se notaba menos cómodo en ambientes formales—.Yo soy Ryoga el hermano de en medio... fue todo muy rápido ayer.

Akane asintió con una sonrisa apenas esbozada, más por educación que por otra cosa. Aún le costaba procesar que estos chicos, simpáticos o no, formaban parte de esa absurda realidad que su padre y tío habían impuesto.

—Soy Nabiki la de enmedio. Supongo que eso nos hace algo parecidos, ¿no, Ryoga? —dijo, Nabiki rompiendo el hielo con más intención

Él asintió, con un leve gesto de complicidad

—Puede ser. Aunque aquí no hay muchos rangos —dijo, echando una mirada a Mousse—. Cada quien hace lo que quiere en esta casa.

—¿Y tú, Mousse? —preguntó Akane, curiosa a pesar de sí misma—. ¿Qué opinas de esto?

El menor se encogió de hombros, algo despreocupado.

—No es como si me tocara decidir —dijo con una sonrisa traviesa—. Pero si se trata de elegir, yo prefiero desayunos tranquilos y dramas mínimos. Aunque dudo que eso pase aquí con ustedes tres.

Kasumi soltó una pequeña risa, apenas audible, pero sincera. Nabiki cruzó las piernas con gracia, interesada en la dinámica.

Cuando se oyeron unos pasos que anunciaban una presencia. Y ahí estaba él.

Ranma Saotome acababa de llegar, impecable, con esa mezcla de informalidad elegante que parecía venirle natural. Su mirada recorrió la mesa rápidamente. Asintió hacia sus hermanos, dedicó una sonrisa a su madre… y luego a ellas.

—Buenos días. Veo que todos llegaron antes que yo.

La tranquilidad que, aunque frágil, se había formado en el comedor, desapareció de inmediato con su llegada.

No hubo necesidad de que Ranma alzara la voz ni diera órdenes. Bastó su presencia para cambiar la energía del lugar. Mousse y Ryoga se sentaron más rectos casi de forma instintiva, como si una figura de autoridad hubiera entrado, aunque su porte no fuera autoritario.

Fue imposible para las hermanas Tendo no notarlo.

Kasumi, siempre observadora, captó de inmediato el respeto silencioso que sus hermanos le profesaban. Nabiki entrecerró los ojos, registrando la jerarquía no dicha. Y Akane… bueno, ella apretó la mandíbula. Detestaba lo natural que se veía todo eso en él.

Ranma caminó con seguridad hacia la cabecera de la mesa y tomó asiento sin apuro, como si el tiempo mismo se adaptara a su ritmo.

—Así es, hijo, pero no te preocupes —dijo Nodoka con una sonrisa maternal—. Sabemos lo ocupado que te encuentras.

Ranma asintió apenas, agradecido, mientras tomaba la taza de té que ya lo esperaba.

—¿Cómo va la compra de esas acciones? —preguntó Nodoka, con los ojos brillando. Algo bueno había traído toda esta situación, y era que Ranma, aunque fuera por una corta temporada, estaba de nuevo bajo su techo.

Ranma se permitió una pequeña sonrisa.

—Mejor de lo esperado. El consejo aún duda, pero ya tenemos a la mayoría. Para mañana al mediodía será oficial.

Mousse silbó, impresionado.

—Eso fue rápido…

—Solo era cuestión de encontrar el ángulo correcto —respondió Ranma con calma—. Y saber cuándo presionar.

Akane lo miró de reojo. Había algo en esa manera de hablar que le molestaba. No era arrogancia abierta… era peor. Era confianza absoluta, basada en resultados.

—Y hablando de presionar… —añadió Nabiki, sonriendo con interés mientras giraba su taza con los dedos—. ¿Siempre haces que todos se acomoden así cuando entras a una habitación?

—Solo cuando me estoy sirviendo té —dijo con humor—. Aunque admito que es cómodo.

Mousse soltó una risa. Ryoga bajó la mirada, pero se notaba que también sonreía.

Las hermanas Tendo se miraron por un segundo. La dinámica en esa casa era más clara que nunca… y Ranma Saotome no solo era el mayor. Era el centro.

Durante el desayuno, quedó aún más claro lo que las hermanas Tendo ya habían empezado a notar: Ryoga y Mousse, aunque distintos en temperamento, buscaban constantemente la atención de su hermano mayor.

Era casi divertido ver cómo se interrumpían entre ellos para hacer comentarios, lanzar bromas o reportar alguna "hazaña" reciente.

Mousse intentaba impresionar con su agudeza, mientras Ryoga competía desde la práctica y la acción. Lo curioso era que ninguno parecía consciente de esa rivalidad implícita… pero ambos anhelaban el reconocimiento de Ranma.

Sin embargo, bastaba una sola mirada del mayor para que el caos se disipara.

Ranma no necesitaba alzar la voz ni fruncir el ceño. Con un gesto leve, una mirada directa, lograba que sus hermanos bajaran el tono, retomaran el orden. Autoridad sin esfuerzo, como si fuera algo natural.

Al terminar el desayuno, Ranma fue el primero en levantarse. Su presencia había dominado la mesa, pero su partida fue igual de marcada.

—Nos vemos más tarde —dijo, con tono tranquilo, mientras dejaba su taza perfectamente colocada sobre el platillo.

Se acercó a su madre y le dio un beso en la mejilla, respetuoso, como si nunca olvidara quién era la mujer que lo había criado.

—No trabajes tanto, hijo —le dijo Nodoka, acomodándole el cuello del saco como si todavía fuera un niño.

Ranma solo sonrió y se giró hacia sus hermanos. Con un movimiento rápido y juguetón, les revolvió el cabello a ambos, como si fueran aún unos niños.

—¡Tsk! ¡No hagas eso! ¡Ya no somos niños!—refunfuñó Ryoga, acomodándose el cabello con fastidio.

—¡Y menos en frente de ellas! —agregó Mousse, mirando de reojo a las hermanas Tendo.

Ranma soltó una carcajada despidiéndose de las Tendo con una ligera inclinación de cabeza mientras se dirigía hacia la salida.

No había mucha diferencia de edad entre ellos, pero en ese momento, para Akane, Kasumi y Nabiki, parecía más un padre joven que un simple hermano mayor. Alguien que llevaba la carga de toda una casa sobre los hombros… y no se quejaba por ello.

La puerta se cerró tras él, y la casa pareció, de pronto, más tranquila.

O más vacía.

—Odio que trabaje todo el día… —murmuró Ryoga, con una expresión entre frustración y resignación, clavando la vista en su taza de té vacía.

—Es cierto —añadió Mousse, dejando los palillos sobre su plato—. Aunque… ahora que regresó, al menos lo vemos más.

Las hermanas Tendo intercambiaron una mirada rápida. Había algo en ese "regresó" que las impacto. Kasumi frunció apenas el ceño, Akane levantó una ceja con recelo, pero fue Nabiki, como siempre, la que se adelantó.

—¿Regresó? —preguntó, con voz ligera pero con ese filo curioso que siempre tenía cuando olía una historia interesante.

Fue Nodoka quien respondió, su voz suave, casi nostálgica:

—Lo que sucede es que mi hijo dejó de vivir aquí desde los dieciséis. Decidió que era el momento de volar solo… —Hizo una pausa, y sonrió con una mezcla de tristeza y orgullo que se notaba genuina—. Siempre fue así. Independiente desde pequeño. Un niño que no esperaba permiso para hacer lo que consideraba correcto.

—Mi hermano nunca ha necesitado de nadie. Ni siquiera de nuestro padre —agregó Ryoga, con admiración abierta, sin ningún matiz de envidia. Más bien orgullo. Casi devoción.

Ese comentario sorprendió especialmente a Akane. Su ceño se frunció un poco mientras observaba a Ryoga, como si no pudiera entender por qué hablaba de Ranma con tanto respeto… incluso cariño. ¿Tan grande era su admiración? ¿Tan importante era ese hermano?

"Sé que Ranma no es culpable de lo que pasa pero aunque me digan esto no puedo evitar detestarlo", pensó…, recordó su sonrisa de esa mañana. Esa forma en que parecía tan cómodo, tan dueño de todo. Esa mirada que parecía verla por completo… y, al mismo tiempo, no verla en absoluto.

Akane sacudió la cabeza, con rabia contenida.

Más tarde, la casa Saotome se fue llenando de actividad. Cada uno, como por instinto, había encontrado algo que hacer, buscando adaptarse a ese nuevo entorno, aunque con motivos diferentes.

Kasumi, siempre práctica, había insistido en ayudar en la cocina. A pesar de que el personal doméstico tenía todo bajo control, su tono suave y su cortesía innegable hicieron imposible negarle la petición. Con el delantal puesto y las mangas recogidas con elegancia, se movía entre ollas y tablas de cortar con naturalidad. Para ella, más que una distracción: era una manera de observar, de entender los ritmos de la casa… y sí, una forma discreta de conocer los gustos de su posible futuro marido.

Mientras tanto, Nabiki había encontrado refugio en la biblioteca. Mousse, con su aire más intelectual y una clara intención de impresionar, se ofreció de inmediato a mostrarle cada rincón. Ella aceptó con una sonrisa medida, dispuesta a ver hasta dónde podía sacar ventaja de la situación. La biblioteca era enorme, llena de volúmenes antiguos, documentos financieros, y un sinfín de secretos probablemente útiles. Nabiki no buscaba relajarse, sino información. Conocimiento era poder, y estaba en territorio desconocido.

Akane, por su parte, no soportaba quedarse quieta. La tensión acumulada desde su llegada la estaba consumiendo, y aunque trataba de calmarse, el nerviosismo no hacía más que crecer. Fue entonces cuando escuchó la voz de Ryoga, quien, de alguna manera, parecía haber captado su necesidad de desahogo.

—¿Sabías que hay un dojo en el ala lateral de la casa? Puedes venir conmigo a entrenar si gustas—le dijo él, casi como si adivinara lo que necesitaba.

Sin pensarlo dos veces, Akane asintió.

—Perfecto. Necesito moverme. Voy a cambiarme y traer a Pchan.

Ryoga no dijo nada más, y Akane, agradecida por la oportunidad, subió rápidamente a su habitación. Se puso su uniforme de entrenamiento, ese que solía usar cuando las cosas se volvían difíciles y necesitaba liberar su mente a través de la acción. No era gran cosa, pero al menos podía sentir el contacto de la tela contra su piel, recordándole la disciplina que tanto valoraba. Luego fue a buscar a P-chan, que estaba en la cocina con Hinako y Kasumi.

El aire fresco del pasillo la recibió al salir, llegó a la sala con calma. Para su sorpresa, Ryoga ya la esperaba allí, de pie, con una actitud seria y dispuesta a entrenar. Ella pensó que tal vez, solo tal vez, podría ser lo que necesitaba para liberar un poco la tensión. La imagen de Ranma, las palabras de sus hermanas, la incertidumbre… todo eso tenía que dejarlo atrás, aunque fuera por un rato.

No esperaba mucho de Ryoga en términos de combate, pero lo que vio cuando comenzó la práctica la sorprendió. Ryoga no solo estaba a la altura, sino que su habilidad era bastante impresionante. Cada movimiento de él era preciso y rápido, y aunque no tenía la misma experiencia que otros luchadores que había conocido, su enfoque era sólido. Akane, aún sorprendida por la habilidad de su compañero, le respondió con fuerza. Fue una pelea práctica, sin un objetivo de vencer al otro, sino simplemente de liberar energía. Y, en ese momento, al enfrentarse a él, Akane por fin experimentó un respiro.

Desde que el desayuno terminó, Nodoka había estado observando discretamente a las hermanas Tendo. Cada una de ellas parecía moverse por la casa con una gracia natural, pero de una manera distinta, y cada comportamiento suyo despertaba algo en ella, algo que no podía pasar por alto.

Veía a Kasumi desenvolverse con la misma suavidad y elegancia con la que siempre lo hacía en la cocina, sirviendo el té y organizando la mesa. Su manera de moverse, casi como una esposa modelo en formación, no era pasada por alto. Nodoka se sentía atraída por la calma y la sencillez con la que Kasumi trataba todo, como si estuviera completamente preparada para asumir el rol de esposa, de madre… Pero algo en su interior

le decía que Kasumi, aunque dulce y perfecta en apariencia, podría estar escondiendo una profunda resignación bajo esa calma.

A Nabiki la observaba con una mirada más afilada. La joven se reía con cortesía en la biblioteca, entretenida en conversaciones ligeras con Mousse o cualquier sirviente que cruzara su camino. Pero lo que más captaba la atención de Nodoka eran sus ojos. Siempre alerta, siempre analizando, como si estuviera

esperando la oportunidad de jugar sus cartas en cualquier momento. Nabiki era una mujer inteligente, astuta, que sabía cómo moverse en un mundo de intereses y beneficios, y eso no era algo que Nodoka pudiera pasar por alto. Aunque ella no lo admitiera, algo en su interior le decía que con Nabiki habría que tener especial cuidado. Esa joven no era fácil de manejar.

Y luego estaba Akane. Nodoka no podía evitar fijarse en ella con una mezcla de preocupación y fascinación. Su carácter fuerte, su determinación al entrenar con Ryoga en el dojo… le recordaba tanto a Ranma. En muchos sentidos, Akane parecía ser una versión femenina de su hijo: decidida, impulsiva y lista para pelear por lo que quería. Pero ese temperamento también podría ser una fuente de problemas. A Nodoka le preocupaba que Akane, con su intensidad, pudiera desafiar a Ranma de una manera que no fuera fácil de resolver. Esa era una joven que no se dejaría someter por nada ni por nadie.

Todavía no terminaba de confiar en ellas. No completamente. Eran educadas, bellas, bien habladas, sí, pero algo en su instinto le decía que el camino no sería sencillo. Quizás su hijo podría encontrar consuelo y compañía en alguna de ellas, pero lo que más temía era que, en lugar de darle paz, podrían añadirle más problemas.

Nodoka observó a cada una desde lejos, con el ceño ligeramente fruncido. En su mente, las piezas de este complicado rompecabezas familiar aún no encajaban. Su preocupación por Ranma era más profunda de lo que cualquier palabra pudiera expresar. Si tan solo pudiera estar segura de que estas chicas no serían una carga para su hijo… pero hasta entonces, no dejaría de observar.

La tarde comenzaba a caer sobre la casa Saotome. El sol teñía las paredes de tonos cálidos y largos haces de luz se colaban por las ventanas altas, mientras el aroma de la comida se empezaba a extender por los pasillos.

Akane, aún algo sudada tras su entrenamiento con Ryoga, había decidido ir por agua antes de subir a ducharse.

Caminaba, seguida por P-chan, por el pasillo lateral —ese que conducía a la entrada principal— cuando un suave crujido la detuvo: era el sonido inconfundible de una puerta abriéndose

Y ahí estaba él.

Ranma Saotome acababa de regresar.

Vestía un traje impecable, pero sin corbata, como si se la hubiese arrancado en cuanto dejó la oficina. Traía la chaqueta al hombro, y el primer botón de la camisa desabrochado. Aún no había notado su presencia. Se veía más relajado que por la mañana, pero seguía teniendo ese aire… indomable.

Akane se quedó inmóvil unos segundos, como si no supiera si seguir caminando o esconderse. Finalmente, se decidió por lo más natural: avanzar como si no lo hubiera notado.

Pero él sí la notó.

—Hola ¿Entrenando? —preguntó, sin mirarla del todo, mientras dejaba las llaves en la mesa de entrada.

—¿Te molesta? —respondió ella, cruzando los brazos.

Ranma se giró entonces, mirándola de frente. Una pequeña sonrisa ladeada apareció en su rostro.

—No. De hecho, me alegra. El dojo fue construido para uso público, pero papá nunca lo permitió… No sé si notaste su segunda entrada, esa que da hacia la calle. Cuando yo dejé de usarlo, pensé que nadie más lo aprovecharía, aunque Ryoga parece haberle tomado gusto..

Su mirada se suavizó un poco al recordar los momentos en que había entrenado allí. Parecía que el dojo, ese lugar que había sido su refugio en muchas ocasiones, había quedado olvidado bajo el peso de los años y la indiferencia de su padre. Ahora, al ver a Ryoga entrenando allí, se dio cuenta de que, al menos, no estaba completamente vacío.

—Me agrada que alguien más lo use—añadió Ranma con un tono que denotaba una leve diversión—. Después de todo, nunca es malo tener más gente que lo respete y lo aproveche.

Akane frunció el ceño. No esperaba esa respuesta.

—Ryoga me lo mostró. Es… impresionante —admitió, a regañadientes.

Ranma le lanzó una mirada de reojo, casi divertida, y sonrió ligeramente.

—Él entrena ahí seguido. Creo que a veces arrastra a Mousse también, aunque a él no parece agradarle mucho —dijo Ranma, quitándose finalmente la chaqueta por completo mientras una sonrisa traviesa asomaba en su rostro al recordar a sus hermanos—. Suele romper cosas cuando se emociona.

Akane soltó una risa leve, que rápidamente intentó borrar de su rostro. Ranma no dejó pasar el gesto.

—¿Te sorprendió? —preguntó, con una sonrisa divertida en su rostro.

—¿Qué cosa? —respondió Akane, claramente evitando el tema, aunque su tono era ligeramente nervioso.

Ranma la miró fijamente, sin perder su expresión juguetona.

—Que Ryoga sea bueno. O que esta casa tenga algo que valga la pena —dijo Ranma, con un tono burlón que reflejaba su acostumbrada forma de ser.

Akane lo observó un momento, sorprendida por la pregunta. No estaba segura de qué había sido lo que la había sorprendido más, el hecho de que Ranma hablara de la casa con una ligera actitud de sorpresa o que estuviera hablando con ella.

Ella lo miró directo a los ojos.

—Me sorprendió que no vinieras a no nos vigilaras.

Eso lo hizo reír, genuino esta vez.

—¿Crees que necesito hacerlo? —respondió Ranma con una sonrisa traviesa, cruzando los brazos.

Akane lo desafió con la mirada, sin apartar los ojos de él.

—Creo que te gusta tener el control de todo —dijo con un tono seguro, aunque su voz tenía un leve matiz de desafío.

Ranma dio un par de pasos hacia ella. No de forma amenazante, pero sí con esa seguridad que parecía envolverlo siempre.

—No me gusta el control. Me gusta la claridad —dijo con voz firme, sin apartar la mirada de Akane.

Ella no se movió. Mantuvo la distancia entre ellos, aunque su tono se volvió más agudo, como si, por fin, hubiera encontrado algo que la descolocaba.

El pequeño cerdito, que hasta ese momento solo había observado, notando la inquietud de su ama, comenzó a morder el pantalón de Ranma. Este se agachó para acariciarlo, lo que desconcertó al animal por completo.

Akane no se movió, aunque lo observaba con sorpresa por la forma en que trataba a su mascota, a pesar de que esta lo había atacado. Sin embargo, no pensaba ceder; mantuvo firme su postura. Su tono se volvió más agudo, como si finalmente hubiera encontrado algo que realmente la descolocaba..

—¿Y obligar a alguien a casarse contigo es tu forma de claridad? —preguntó, las palabras saliendo con más intensidad de lo que había esperado. Su ceño se frunció mientras esperaba una respuesta, dispuesta a escuchar cualquier justificación.

Hubo un instante de silencio. La pregunta quedó flotando en el aire. Ranma no se molestó, pero le inquietó notar que Akane parecía no haber comprendido lo que se había dicho en la reunión. Se puso de pie, cargando al cerdito, se lo entregó y respondió con calma.

—No estoy obligando a nadie, Akane. Lo dije ayer… esto me molesta tanto como a ustedes. Yo solo estoy cumpliendo el capricho de un padre muerto… y viendo si acaso hay algo bueno en eso.

Akane sostuvo a su mascota sin prestarle verdadera atención; su mirada estaba fija en Ranma, con un nudo formándose en su estómago. Había algo en sus palabras que la hizo darse cuenta de que él no estaba tan alejado de la frustración que ella misma sentía. Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Él no lo había elegido—simplemente estaba atrapado en la misma red de expectativas que todos los demás..

—¿Y? ¿Lo hay?

Pregunto porque aunque lo entendiera, no significaba que aceptara la situación con facilidad.

Sus ojos se oscurecieron con la rabia que no se atrevía a mostrar completamente. "Nadie debería verse arrastrado a esto por un capricho ajeno."

Ranma suspiró, su mirada un tanto distante, como si estuviera pensando en todo lo que había sucedido hasta ese momento.

—Eso es lo que estoy tratando de averiguar.

Se aproximó más a Akane.

En ese momento, la voz de Nodoka se escuchó desde el comedor.

—La comida está servida. ¿Ranma, ya volvió? (Preguntó, ya que había escuchado la puerta).

—Sí, mamá. En un momento voy.

Akane bajó la mirada y dio un paso atrás, recuperando su espacio personal. No había notado cuando se acercaron tanto. A pesar de que la conversación había tomado un giro inesperado, la atmósfera seguía cargada, y ella no estaba lista para hablar más.

—Será mejor que vayas. Deben esperarte con ansisas —dijo, con una ligera sonrisa forzada sujetando con firmeza a su cerdito, tratando de restar importancia al momento.

Ranma la observó en silencio por un segundo, como si estuviera evaluando si seguir conversando o simplemente dejar que la situación se calmara por sí sola. Finalmente, con una ligera inclinación de cabeza, respondió:

—¿Y tú?

Akane lo miró de nuevo, pero esta vez con algo más de tranquilidad en su rostro. Sabía que no estaba en el mejor de los estados para compartir una comida en familia, no después de todo lo que había pasado. estaba procesando muchas cosas, y en ese momento, no sentía que pudiera encajar del todo en esa mesa.

—Yo iré después de bañarme —dijo de todas formas, aunque en el fondo no quería estar allí. Pero, al ser una invitada, no podía desairarlos.

Ranma asintió, pero antes de irse, dijo algo sin volverse:

—Tú también tienes esa mirada… igual que tu hermana mayor. Como si vieras más de lo que dices.

Y entonces se fue, dejándola en el pasillo, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo que habría querido admitir.

—¿Qué va a suceder, P-chan?—Miraba fijamente por donde Ranma se había ido, perdida en sus pensamientos.

El pequeño contestó con un ligero "oink" que Akane interpretó como un "no sé", aunque sabía que el cerdito realmente no le entendía.

continuara...