«Sabía que era injusto, pero las emociones no se pueden controlar. Nacen, crecen, se extienden como raíces que se alimentan de ti y te rodean. Puedes fingir no sentirlas. Convencerte de que no existen, pero eso no las hará desaparecer. Son sombras con vida propia. No importa cuánto corras, cuánto trates de alejarte, siempre estarán ahí, pegadas a tus pies. Las proyectarás incluso en los días nublados.»

Cuando no queden más estrellas que contar, María Martínez.


-Paradoja-

Capítulo 14. Todo lo que anhela el corazón


Necesitaba dormir. Necesitaba cerrar los ojos y que el sueño la venciera para, así, lograr apagar la frenética actividad de su cerebro. Pero no podía. Sentía un dolor punzante en la frente. Los ojos le escocían. Claramente, estaba cansada, pero no podía hacer nada para acallar a su consciencia y por fin conseguir descansar. Las palabras que le pululaban constantemente en la mente no la dejaban. Estaba segura de que serían, al menos, las dos de la mañana. Dio otra vuelta sobre el colchón; ya había perdido la cuenta de cuántas llevaba.

Había sido una noche extraña. No había estado en la habitación de Gohan; ella no se lo había propuesto ni tampoco él la había invitado a que compartieran juntos algún tiempo antes de que se durmiera entre sus brazos, como solía suceder prácticamente todas las noches desde la primera vez en la que reconocieron que necesitaban acercarse más.

Por primera vez desde que lo conocía, había visto a Gohan asustado de ese modo tan concreto. El miedo brillaba en sus ojos oscuros, los cuales le revelaban que le aterraba perderla. También lo había visto enfadado, recriminándole, y eso tampoco lo había experimentado con él jamás. Lo entendía. Solo le reclamaba amor, cuidados, reciprocidad, y ella no estaba segura de si podía proporcionarle ese tipo de compromiso. Por eso, al verlo con una mujer saiyajin en una actitud tan distendida, se le había ocurrido que tal vez ella era la salida. La salida para que Gohan se librara del amor que sentía, que lo estaba arrastrando a una espiral oscura y que lo llevaría a saltarse todos los límites.

Videl había visto a esa chica por primera vez ese día, mientras fregaba los platos en la cocina. Chichi la había dejado sola un momento y ella sabía bien la hora a la que Gohan llegaba a diario, desde que comenzó a trabajar en aquella nueva facción del ejército. Lo esperaba siempre con ansias, mirando el camino a través de la ventana para verlo llegar.

Su sorpresa fue enorme cuando, por primera vez, lo vio regresando acompañado. Gohan era alguien bueno, pero bastante retraído, y no solía tener contacto con saiyajin ajenos a su familia. Además, las únicas mujeres con las que lo había visto hablar eran su madre y ella misma, así que no podía apenas creer que estuviera conversando de forma tan sosegada y animada con una saiyajin hembra.

Al verlos juntos, sintió una punzada en el centro del pecho, pero no apartó la vista de la ventana en ningún momento. Videl estaba celosa de esa chica, que era fuerte, que era bella, que, presumiblemente, era inteligente, pues Gohan le había contado que a esos puestos solo podían acceder saiyajin cualificados intelectualmente, pero, sobre todo, que era libre. Que podía pasear, luchar, trabajar, engendrar hijos libremente. Que podría estar con Gohan sin problemas, amarlo sin esconderse, de la forma en la que él se merecía.

Videl no sintió celos de aquella mujer por pensar que fuera a conquistar a Gohan, eso era imposible. El semisaiyajin solo tenía ojos para ella desgraciadamente, la amaba con una visceralidad que la llegaba a asustar en algunas ocasiones, porque el amor también enceguece a las personas y las hace actuar desde la pasión, desde la irracionalidad, desde la imprudencia y casi la locura. No quería que Gohan centrara su pensamiento únicamente en ella y en su plan de huida, que apenas acababa de conocer, porque tenía una vida antes de que llegara y no quería ser causante de ninguno de sus problemas. No quería desestabilizarlo aún más. No era justo.

Pensar en escapar del Planeta Vegeta la aterraba tremendamente. Había un resquicio de esperanza e ilusión cuando lo imaginaba, no podía negarlo, pero había tantas cosas que podían salir mal… Podrían descubrir el plan de Gohan, del que aún no conocía todos los detalles, podrían descubrirlos huyendo e interceptarlos o simplemente podría ser su abuelo el que finalmente se enterara de su relación. Todas las opciones podían tener resultados catastróficos y que la aterrorizaban.

No le había mentido, claro que confiaba en él, y estaba enormemente agradecida por sus intenciones, pero la vida no es tan fácil. Si algo le habían enseñado aquellos años de esclavitud era a ser desconfiada, negativa y pesimista, porque siempre hay alguna cosa que puede salir mal, y con más probabilidad si se trata de un plan de tal peligrosidad.

Videl apretó los ojos con fuerza, se llevó la mano derecha al corazón. No quería que le pasara nada malo a Gohan, que había sido el único hombre que la había tratado con un mínimo de decencia en los últimos años. Intuía lo que sentía por él, pero no quería verbalizarlo, no quería expresarlo ni siquiera en la profundidad y soledad de sus pensamientos, porque le daba miedo que fuera tangible, que fuera tan real. Le daba miedo confirmar que Gohan se había abierto paso en su interior, ocupándolo todo, no dejándole ya ni un solo espacio dentro de ella que no anhelara su presencia, su compañía, sus cuidados.

Recordaba que, en un principio, aquella relación había nacido de la atracción física, sí, pero sobre todo de la necesidad que tenía de ser amada, de sentir que a alguien le latía el corazón cuando la miraba a los ojos, porque eso le devolvía el sentido a su existencia, le hacía sentir que aún era un ser humano pleno más allá de su condición.

Con el tiempo, Gohan había calado tan hondo en su ser que no sabía si realmente aquello era algo bueno o si era lo correcto, ni siquiera si le agradaba aquella sensación. Porque él merecía tener una vida normal, sin estar atado, sin tener que dejar atrás a aquellos que amaba simplemente porque quería hacerla libre, porque quería desterrar el sufrimiento de su existencia.

Esa compañera saiyajin que lo había acompañado a casa le podía proporcionar todo lo que ella no. Podrían estar juntos, emparejarse, tener hijos, formar una familia. En esa casa, la aceptarían sin dudar. Videl sobraba. Pero en el fondo, no quería que eso ocurriera porque, como todos en mayor o menor medida, era egoísta. Porque quería seguir siendo amada por Gohan aunque fuera de forma clandestina, aunque fuera injusto atarlo a un imposible, que era ella. Todo dentro de su cabeza se sentía confuso, toda ella era una pura maraña de contradicciones enorme que no la dejaba razonar correctamente.

De momento, consideraría ser paciente, esperar a comprobar qué pasos daría Gohan y soñar. Soñar con un futuro mejor, con una vida lejos de ese planeta que no les permitía simplemente ser.

A pesar de la inseguridad y el temor, en el fondo deseaba de todo corazón que lo que Gohan le había prometido y todo aquello que ella había imaginado y que anhelaba profundamente, algún día, pudiera hacerse realidad.


Bardock apenas se había dado cuenta de que habían pasado casi dos meses desde que sus entrenamientos con Goten comenzaran. Su rutina se había actualizado por completo y, aunque seguía costándole mirar a su nieto pequeño directamente a los ojos, su cerebro actuaba por inercia y la costumbre había hecho que no le supusiera una suerte de castigo pasar tiempo a su lado, como sí le sucedía al principio.

La condición del joven mejoraba a pasos agigantados y ya estaba pensando en hacer combates a tres, en los que Gohan también participara de vez en cuando, porque sabía que tenía poco tiempo desde que ascendió en la facción Z.

A fin de cuentas, su descendencia no le había decepcionado, a pesar de ser fruto del mestizaje y de él mismo haber pensado en muchas ocasiones que serían débiles e ineptos. Sin embargo, había sucedido todo lo contrario.

Goten sería un guerrero formidable, pues tenía la astucia necesaria para prever golpes y construir estrategias. Era increíble cómo cambiaba estando en casa y en la sala de entrenamiento. Tenía una apariencia atolondrada y distraída, pero valía la pena verlo concentrado y parecía que eso solo sucedía cuando estaba peleando.

Por su parte, Gohan era un activo fundamental del ejército saiyajin. Además de ser uno de los más fuertes —tenía claro que a él ya lo había superado con creces—, destacaba mucho por su inteligencia, algo que había empezado a poner en valor el Rey Vegeta en los últimos tiempos. Una sociedad sin mentes brillantes no puede prosperar, solía decir en sus discursos institucionales. Y en un mundo en el que nunca se había desarrollado el intelecto era difícil encontrarlo.

Gohan llevaba poco tiempo en la facción científico-tecnológica del ejército y ya había ascendido en dos ocasiones. Tenía un equipo pequeño a su cargo y era líder de las misiones. Salía cada pocas semanas a explorar nuevos mundos, planetas que los superaban en inventos, tecnología y otros artefactos que él no comprendía del todo.

Hacía algún tiempo que no le sacaba el tema, porque sabía que no le agradaba, pero realmente necesitaba emparejarse pronto. Estaba en la edad perfecta para reproducirse. Su familia ya necesitaba una nueva generación y Gohan se la podía proporcionar con facilidad. Lo había visto regresando a casa del trabajo con una hembra interesante, que parecía fuerte, inteligente y fértil. Su descendencia sería perfecta.

Además, parecía que Gohan ya no estaba encaprichado con la humana y eso lo aliviaba a unos niveles inimaginables. No le molestaba específicamente que esa chica fuera humana, ya que su nuera lo era y, aunque al principio creyó que era un error mezclar su sangre guerrera con la de una raza mucho más débil, estaba claro que eso no afectaba a los hijos. El problema de esa chica era su condición de esclava. En secreto, cuando Videl llevaba poco tiempo en su casa, estuvo investigando alguna manera legal de darle la libertad. Pero descubrió que no era posible, pues procedía de un planeta perteneciente a los saiyajin, que ellos habían tomado por la fuerza a través de su conquista. En esos casos, los esclavos no podían ser liberados, pues había una remota posibilidad de que se aliaran e iniciaran una revolución contra el reino saiyajin.

Por suerte, al final no había pasado nada entre ellos. Era demasiado peligroso y las posibles consecuencias serían nefastas, pues Gohan podría ser desterrado o condenado a morir, mientras que el destino de la humana era una muerte segura y dolorosa, más aún si se quedaba embarazada.

Aunque no se lo solía reconocer ni a él mismo, Gohan era el pilar de su vida. Tras la muerte de su esposa, se refugió en sus entrenamientos con él y su compañía se convirtió en el alivio y el consuelo que su alma maltrecha y sangrante necesitaba. No podría soportar perderlo. Sería la grieta que destruyera su corazón para siempre y estaba convencido de que no podría recuperarse jamás de ese dolor.

En cualquier caso, esa amenaza había pasado. Probablemente, Videl había puesto límites y, aunque no parecían llevarse mal, las interacciones que solía presenciar entre ambos eran breves y distantes incluso.

Miró a Goten de soslayo, como siempre solía hacer. Se estaba secando el sudor de la frente. Como cada día, le había dado una buena pelea, mucho mejor que la del día anterior, pero que sabía que no tendría comparación con la del día siguiente. Había llegado a un punto en el que, cuando lo hería, dejaba que fuera al tanque de recuperación, aunque no ocurría con demasiada frecuencia. Observó cómo sacaba sus diarias bolas de arroz y empezaba a comérselas. Siempre llevaba cinco y se comía cuatro, esperando a que él le pidiera que le diera una. Pero nunca lo hacía. Hasta ese día, en el que se sentía tan agotado físicamente que necesitaba llevarse algo a la boca. O tal vez era su mente la que le imploraba que volviera a probar esos sabores que lo transportarían directamente a la época en la que su mujer aún continuaba viva.

Se acercó con sigilo, se sentó a su lado y cruzó las piernas para adoptar la misma posición que Goten tenía. Sin mirarlo siquiera o pronunciar una palabra, extendió la palma de la mano hacia su nieto, que la miró con desconcierto y dejó de masticar.

Al comprobar que nada sucedía, Bardock giró el rostro. Se dio de bruces con los ojos de Goten, que lo observaban sin pestañear, y estuvo a punto de levantarse y marcharse. Cualquier otro día, en efecto, lo habría hecho sin duda, pero aquella tarde, no supo por qué, no lo hizo. Se quedó quieto, serio, observando. Las mejillas de Goten estaban llenas del cereal rojizo que servía a Chichi como sustituto del arroz. Recordó cuando Kakarotto era pequeño, porque los dos comían de la misma forma, como si alguien fuera a quitarles la comida. En ese entonces, Bardock —más bien, el Bardock suave que el carácter amoroso y apacible de Gine había moldeado— le limpiaba el rostro entero a su hijo sin cuidado y, cuando terminaba, lo observaba reír. Su propio gesto formaba una tenue sonrisa y hablaban durante horas. Todo eso había acabado. Bardock nunca volvería a ser igual. Ojalá pudiera comportarse de aquella manera, más cercana, con Goten, que tanto lo anhelaba.

—Dame una.

Goten tragó la comida por fin. Parpadeó, perplejo, y sin abrir la boca le dio la bola de arroz que siempre le sobraba a su abuelo. A fin de cuentas, era para él.

Bardock la miró durante unos segundos y, sin pensarlo demasiado, la mordió. La degustó despacio, deleitándose con ese sabor que nunca podría olvidar. Le entraron hasta ganas de llorar, pero un saiyajin no hacía eso y mucho menos delante de alguien, ni siquiera de miembros de su familia. La única emoción permitida era la ira. Únicamente la rabia. Y, aun así… Bardock permitió hacía muchos años que el amor se adentrara en su corazón y lo manifestó una y otra vez y no solo con su esposa.

Acabó de comérsela y se quedó mirando a la pared sin moverse, con los dedos cruzados y las manos apoyadas sobre las rodillas.

—¿Te ha gustado, abuelo?

Bardock miró a Goten con un movimiento ágil. El niño vibraba con emoción y, en lugar de decirle que era hora de volver a entrenar, como probablemente debería haber hecho, le contestó a la pregunta que le había formulado.

—Sí.

—Es que mamá hace la mejor comida del mundo.

—La de Gine era mejor.

El silencio los abrumó de repente. Bardock no entendió por qué había pronunciado esas palabras, pero ya no podía volver el tiempo atrás. Sí que podía cortar de raíz la conversación, pero no le apetecía. No sabía por qué, pero ese día se sentía extraño. Era como si Goten le diera la confianza necesaria para poder referirse a su esposa sin remordimientos. De hecho, tal vez era la primera vez que había pronunciado su nombre en voz alta en años.

—¿La abuela cocinaba mejor que mamá? ¿Seguro? Eso es difícil, eh —argumentó Goten con tono risueño. No pudo ocultar la enorme sonrisa que se dibujó en sus labios.

—Pues claro que sí. Tu madre aprendió muchos platos de los que hoy cocina gracias a ella.

—¿En serio? —dijo con emoción—. Ojalá hubiera podido probar su comida.

—Sí, ojalá… —susurró Bardock, más bien como un pensamiento en voz alta, porque aquello implicaba que Gine seguiría viva.

—Abuelo… ¿Me podrías enseñar algún día una foto de la abuela?

—No tengo ninguna —mintió. Sentía cómo el corazón se le estrujaba cada vez más conforme avanzaba la conversación.

—¿Por qué?

—Porque las quemé todas. Además, ni siquiera deberíamos estar hablando de ella. Está prohibido.

—Lo sé, pero nunca lo he entendido. Mamá dice que las personas que queremos y que hemos perdido viven dentro de nosotros si las recordamos y que, cuanto más hablemos de ellas, más vivas están.

Bardock frunció el ceño con molestia. Le estaba permitiendo hablar demasiado. Quería recriminarle, gritarle con furia, dejarle claro que su madre no decía más que sandeces y que Gine estaba muerta y daba igual cuánto se hablara de ella porque nunca iba a volver. Sin embargo, justo antes de hacerlo, Goten se levantó, recogió el recipiente que contenía las bolas de arroz y se sacudió los pantalones.

—¿Seguimos con el entrenamiento, abuelo?

El saiyajin de la cicatriz solo asintió con seriedad y luego se levantó también. En el rato de entrenamiento que quedaba estuvo más distraído que de costumbre, Goten conectó muchos golpes y él no supo o no pudo esquivarlos bien.

Pronto, la luz de la sala de entrenamiento se volvió roja, indicando que se les había acabado el tiempo, y se marcharon a casa. El camino siempre era silencioso, pero Goten canturreaba ante su silencio sepulcral o le intentaba sacar una conversación que él solo contestaba con monosílabos. Esa tarde, ni siquiera eso sucedió, porque el niño también parecía afectado por la conversación.

Bardock se duchó, cenó con la familia y se acostó temprano como de costumbre. Esa noche, soñó con Gine. Ella le regañaba y ni siquiera sabía por qué, pero su ceño estaba permanentemente fruncido y su gesto estaba repleto de molestia. Aun así, estaba bellísima, pero no podía escucharla, porque la realidad era que ya no recordaba siquiera su voz.

Por la mañana, se despertó con lágrimas en los ojos y sonrió. Porque Gine, incluso sin estar allí a su lado, hacía que experimentara esas emociones tan intensas, que hacía unos años le resultaban inconcebibles para un saiyajin.

Goten tenía razón; Gine seguía viva en su interior. Su recuerdo estaba en cada rincón de la casa, en la comida que su nuera cocinaba, en la paz que desprendían los ademanes de Gohan, en la sonrisa bonachona de su hijo y en el brillo radiante de los ojos de su nieto pequeño.

Se levantó de la cama con premura, canceló el entrenamiento que tenía programado con Gohan y se fue al archivo del ejército, donde había miles de scouters almacenados. Gine estuvo en algún punto de su vida en el ejército, de eso estaba completamente seguro, así que debía haber algún registro, alguna grabación. No le importaba si debía pasar todo el día encerrado buscando, porque necesitaba imperiosamente volver a escuchar la dulce voz de la mujer que le había cambiado la vida para siempre.

Aquellos a quienes amamos y ya no pueden continuar a nuestro lado siempre estarán vivos en nuestro recuerdo. Hay muchos que piensan que nos ven, que nos velan, y Bardock supo entonces que Gine, aquella mañana, estaba de nuevo sonriendo mientras lo observaba.


Gohan comenzó aquella jornada laboral con la idea de acceder a una sala privada a la que no tenía permiso para entrar todavía. De hecho, ni siquiera sabía si algún día lo tendría, por mucho que escalara posiciones en el ejército.

Ese día se daban las condiciones perfectas para hacerlo: sus dos superiores directos tenían una reunión en el palacio con el Rey Vegeta que les ocuparía por lo menos cinco horas. El ejército era una institución muy ordenada y organizada jerárquicamente, así que nadie se movía de sus puestos si no se lo indicaban.

La sala a la que tenía pensado entrar estaba casi siempre desierta, porque era un archivo básicamente y porque estaba protegida por un sistema de seguridad férreo al que solo se podía acceder a través de identificaciones de altos mandos. Gohan había intentado hackearlo sin éxito, hasta que se le ocurrió robar durante una media hora la tarjeta de su superior y duplicarla sin dejar rastro. Había implantado un dispositivo en el programa informático de las cámaras que hacía que pudiera borrar contenido que no le interesaba y sustituirlo por imágenes anteriores en las que no había alteraciones. En todas ellas se iban actualizando la fecha y la hora de forma automática.

Había progresado a pasos agigantados en su plan en tan solo un par de meses. Poco a poco pero sin detenerse, había ido recopilando información tanto pública como clasificada, pues había ascendido dentro de la facción hasta en dos ocasiones. A su vez, Gohan había descubierto su gran pasión: la investigación. Quizá, cuando lograra escapar con Videl, podría seguir desarrollándose en ese campo en el planeta en el que se instalaran.

Le habían concedido un equipo a su cargo y, aunque no era demasiado cuantioso, en él se reunían las mentes más brillantes de la facción. Él los dirigía a todos. Zucch y Celery estaban allí también y, aunque no se fiaba de ellos por completo, pues finalmente no dejaban de ser saiyajin, estaba cómodo a su alrededor.

En otro contexto en el que los lazos de amistad fueran posibles, estaba seguro de que tendría una relación muy estrecha con el joven, que parecía admirarlo profundamente. Casi no se despegaba de él y en algunas ocasiones hasta había tenido que encomendarle tareas complejas y que le llevaran mucho tiempo para poder seguir recabando información de forma clandestina. Por su parte, Celery le caía muy bien, pero era un tanto fría, así que no habían llegado a establecer un vínculo tan cercano. Aun así, volvían a casa juntos prácticamente a diario.

Gohan sabía que Videl los observaba todos los días desde la ventana de la cocina mientras se despedían en la entrada. No le había vuelto a plantear la posibilidad de que le pidiera una cita y de que abandonaran su relación y eso lo tenía tranquilo. Pero sabía que en su mente seguía estando la idea de que ella sería una esclava de forma permanente y de que él estaría mejor iniciando un acercamiento con su compañera, aunque no se lo decía porque sabía que le dolía.

Las cosas entre ambos seguían bien. Sería absurdo negar que Gohan no sentía que por fin Videl lo quería, pero ella, de forma inconsciente, siempre daba un paso atrás. Aunque pasaban todo el tiempo que podían juntos y la tenía informada sobre todo lo que podía de sus avances de cara a escapar del planeta, había ocasiones en las que la notaba distraída y muy alejada, como si estuviera en otro lugar que él no podía alcanzar.

Se seguían reservando mucho para que su abuelo, sobre todo, no los descubriera. Tenían algunos descuidos, pero enfrente de su madre, que siempre los tapaba e imponía distancia pública entre los dos. En un principio, Gohan no lo tomaba demasiado bien, aunque por supuesto lo comprendía y la molestia inicial acababa esfumándose pronto.

Soñaba recurrentemente con su nueva vida. La anhelaba constante y profundamente, pero no podía compartir esos deseos con nadie. Lo había intentado hacer con Videl, pero el resultado había sido nefasto, porque ella parecía no creer en que aquel plan pudiera salir bien.

Normalmente, hacía comentarios aislados sobre sus expectativas de futuro con ella, pero Videl siempre respondía escuetamente o con ironía. Y esas contestaciones le hacían mucho daño. Sin embargo, la noche anterior decidió que extendería la conversación, porque quería hacerla partícipe de sus ilusiones.

Tras hacer el amor, Videl se recostó sobre su pecho y él, mientras le acariciaba el pelo, le contó que tenía en mente tres planetas para que se instalaran: el Planeta Kepler, el Planeta Rolland y el Planeta Hinx, que orbitaba alrededor de dos soles de color azul intenso. El que más le convencía era el primero, porque según había investigado, sus habitantes estaban protegidos pero eran pacíficos. Pedirían asilo y estaba convencido de que se lo darían sin problema.

Estuvo contándole que quería vivir cerca de una montaña, al igual que sus padres vivían en el Monte Paoz en la Tierra. Empezaría cultivando el suelo, construyendo una casa y después intentaría acceder a un puesto como investigador en el equipo científico, pues sabía que ese planeta estaba muy desarrollado en ese ámbito. Sobre esos planetas se tenía constancia de su existencia por registros e informes, pero no se conocían las coordenadas exactas porque estaban fuera del radar saiyajin. Sin embargo, estaba seguro de que podría dar con su localización exacta una vez que salieran fuera de la zona de control del ejército del Rey Vegeta.

Emocionado, Gohan le propuso a Videl que, una vez instalados, se profesionalizara en algo que le llamara la atención, porque era cierto que se había pasado los últimos seis años siendo una esclava, pero estaba seguro de que sería válida para cualquier cometido que se propusiera.

Estaba a punto de comentarle que le gustaría investigar un poco sobre los ritos matrimoniales que unían a las parejas cuando estuvieran allí y que tal vez le agradaría tener un par de hijos, aunque le diera vergüenza admitirlo. Sin embargo ella, con la más absoluta indiferencia, se levantó de la cama, se vistió en silencio y se marchó, depositándole antes un beso en la frente que le llenó el corazón de amargura.

A veces, Videl era tan inexpugnable que le resultaba imposible saber lo que estaba pensando o lo que sentía. Y le daba miedo hablar con ella, porque temía que sus sentimientos la abrumaran, que se alejara sin remedio y acabar perdiéndola. Porque había llegado a un punto en el que no concebía la vida sin ella.

Sin embargo, necesitaba que lo hablaran porque no se sentía bien. Porque creía que él lo daba absolutamente todo por ella —lógicamente de manera altruista, porque de eso se trata el amor— y que no recibía el mismo trato a cambio. Y esa era una de las normas implícitas de su relación, pero estaba llegando al límite. Necesitaba que Videl fuera más abierta con sus sentimientos, que al menos le aclarara por qué estaba tan desganada si Gohan todo lo que hacía era por construir un futuro en común.

Sería buena idea atajar aquella conversación, aunque resultara tensa e incómoda para ambos. Quizá podría hacerlo esa misma noche.

Intentando dejar aquellos pensamientos atrás y tras llegar la hora del almuerzo, en la que los edificios estaban aún más vacíos, Gohan se dirigió hacia la sala del cuartel de la que extraería información. Antes, manipuló las cámaras desde el dispositivo privado que tenía en su escritorio y que había reforzado con una barrera de seguridad prácticamente infranqueable.

Sin preocupación alguna, porque todo estaba saliendo como esperaba, se dispuso a ejecutar su plan. Recorrió tres pasillos, entró en la antesala y sacó la copia duplicada de la tarjeta para desbloquear la puerta.

Sin embargo, justo antes de hacerlo, escuchó una voz temblorosa musitando su nombre.

—¿Gohan…? —dijo Zucch con desconcierto—. ¿Qué estás haciendo?

El semisaiyajin no se lo pensó dos veces. Se giró en un movimiento veloz e impredecible y estampó el cuerpo débil y delgado de su compañero contra la pared de la antesala mientras le rodeaba el cuello con la mano.

Había sido un error garrafal confiar en que nadie podía seguirlo por la zona en la que se adentraría y la hora que era. Zucch siempre estaba detrás de él, pues le consultaba cada paso que daba, así que era normal que lo hubiera seguido tras observar que se dirigía a sitios restringidos. La antesala estaba comunicada con los pasillos principales a través de otro pasillo sin iluminación y más estrecho, pero no había puerta alguna y por eso y por ser demasiado confiado y estar distraído no se había dado cuenta de que estaba allí hasta que había escuchado su voz.

Lo tenía que matar. No había más opción. Zucch le tenía cariño, era su gran referente, pero también seguía las normas a pies juntillas y jamás dejaría sin notificar a sus superiores aquella gravísima infracción.

Gohan vio cómo los ojos se le desencajaron y el rostro se le cambió de color. Lo levantó algunos palmos del suelo. Él se resistía como podía, pataleaba, le arañaba las manos, pero el semisaiyajin no sentía ningún dolor.

Sería tan fácil… Si apretaba un poco más la mano le rompería el cuello y Zucch moriría al instante, sin apenas sufrimiento. Las disputas en los cuarteles del ejército eran habituales y en algunas ocasiones había muertos. No sería nada especial ni fuera de lo común.

Lo tenía que hacer, no le quedaba de otra. Si lo dejaba vivir, Zucch lo delataría, sería detenido —torturado, desterrado o condenado a morir incluso— y el sueño de libertad de Videl acabaría para siempre.

Estaba completamente convencido de que tenía que asesinar a su compañero y, sin embargo, cuando vio que estaba a punto de desmayarse por la falta de aire, lo soltó. El chico cayó al suelo en un golpe seco, se sujetó la garganta y comenzó a toser con dificultad tras percibir la entrada de oxígeno en su sistema. Miró hacia arriba. Sus ojos destilaban un miedo insondable, que nunca había observado antes, ni siquiera en sus escasas misiones de conquista, y, sobre todo, una decepción brutal.

No podía hacer eso. No quería seguir valiéndose de la violencia para conseguir sus objetivos y tampoco quería asesinar a uno de los pocos saiyajin con los que había logrado congeniar. Además, si Videl se enteraba de que había matado a alguien a quien tenía aprecio —aunque fuera un saiyajin— solo por ella, no lo volvería a mirar a la cara jamás.

Pensó en disculparse rápidamente con él, en explicarle la situación, pero, ante la desconfianza de que pudiera exponer sus intenciones, le habló con rabia, para asustarlo y así persuadirlo de que evitara cualquier confesión ante sus superiores.

—Si se te ocurre contarle esto a alguien, la próxima vez llegaré hasta el final.

Le pareció ver dos lágrimas pendiendo de los ojos del muchacho, pero se marchó sin mirar atrás, seguro de que él lo haría también en cuanto se recuperara.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan mal. No solo por haber creado un agujero en su plan perfecto, sino también por haber hecho que la única relación sincera que había tenido además de su vínculo familiar y de Videl estallara por los aires. Y no sabía si sería capaz de juntar todos los trozos y recomponerla algún día.


Tras acabar de cenar, Videl fregó el plato y el vaso que había utilizado, los secó y los guardó en los muebles de encima de la hornilla. Recogió un poco la cocina y fue a su habitación a ponerse una ropa más cómoda. La casa estaba oscura y en silencio, pero, al pasar por la habitación de Gohan, vio una rendija de luz que se colaba por debajo de la puerta.

Esa noche, lo había visto muy raro. Estaba más callado de lo normal, se veía nervioso e incluso le había parecido observar que tenía algún que otro arañazo en las manos. No le preocupó demasiado ese último detalle, pues se pasaba al menos una parte del día entrenando y podría ser consecuencia de uno de esos combates, pero sí que le preocupó su actitud.

Al principio, pensó que tenía que ver con lo que había sucedido la noche anterior entre los dos. Gohan y ella hablaban mucho, durante horas incluso, cuando sus encuentros íntimos finalizaban. Normalmente, se abrazaban desnudos y conversaban sobre su día a día, sobre el pasado o sobre convicciones e incluso miedos. Sin embargo, Gohan llevaba algunas noches hablándole exclusivamente de sus planes de huida y, aunque era cierto que le gustaba que la tuviera informada de sus avances, no entendía esa emoción con la que le contaba las cosas.

¿Es que no era consciente de todos los peligros que aquello implicaba? ¿De que se estaba jugando la vida? Era tan idealista que creía que debía ponerle los pies sobre el suelo otra vez. Sin embargo, ella tampoco había actuado bien, porque en lugar de comunicarse sanamente con él, de expresarle que todo aquello le daba mucho miedo y la tenía nerviosa todo el tiempo, simplemente se fue, dejándole con la palabra en la boca.

Era comprensible que ese no hubiese sido plato de buen gusto para Gohan, pero es que a veces se bloqueaba y no sabía expresarse. Hacía mucho tiempo que no compartía relaciones interpersonales de esa manera, así que la comunicación no era su fuerte. En su pasado como esclava, los demás siempre habían tenido una posición de poder sobre ella que habían aprovechado. Gohan, en cambio, le consultaba su opinión, le relataba sus vivencias pasadas y cotidianas y le expresaba sus deseos.

Ella no era capaz de ser tan asertiva y sabía que eso le dejaba una huella profunda llena de dolor a él. Pero no sabía cómo cambiarlo, ni siquiera si lo podía cambiar. Siempre intentaba paliar su falta de expresividad con caricias, pero parecía que ya eran insuficientes para un Gohan que cada día se veía más apagado. No quería robarle su brillo y, aunque era cierto que quería estar junto a él, no quería hacerlo de cualquier forma.

Era ella en esa ocasión quien tenía que rectificar, aunque le costara hacerlo. Intentaría expresarse de la mejor forma que supiera o pudiera, pero debía aclarar ese asunto con Gohan para que el problema no se enquistara, porque podía acabar resultando un abismo insalvable entre los dos.

Como siempre, fue sigilosamente hacia su habitación. Abrió la puerta sin hacer el mínimo ruido y la cerró de la misma forma.

—¿Te apetece que me quede un rato contigo? —le preguntó en voz baja, recelosa.

Gohan solo asintió y entonces lo observó. Estaba sentado en la cama, mirando al suelo y con los dedos entrelazados mientras apoyaba sus antebrazos en las rodillas. Llevaba un pantalón de chándal gris y una camiseta de tirantes blanca. Ni siquiera se atrevía a mirarla.

Videl sintió una culpa tremenda cayéndole sobre los hombros, como si un peso agudo le hubiera aplastado el cuerpo. Lo último que quería era hacerle daño. Gohan se había portado muy bien con ella siempre —aparte de ciertos incidentes que había dejado para siempre atrás—, le había devuelto la sonrisa y le había enseñado lo que es amar, aunque aquella fuera la primera vez que podía reconocérselo a sí misma.

Se le veía sobrepasado. Tal vez incluso necesitaba que ella no estuviera allí para gestionar bien sus emociones en soledad.

—Si no quieres que esté aquí, puedo irme a mi habitación.

—No te vayas, por favor —musitó el joven y entonces alzó el rostro y la miró. Las lágrimas le recorrían las mejillas con premura y, al verse al fin expuesto, los hombros le comenzaron a temblar.

Videl se acercó rápidamente a la cama, se sentó a su lado y, antes de que pudiera hacer nada, Gohan la abrazó, hundiendo el rostro en su clavícula y en su cuello. Podía notar su camiseta celeste mojándose incluso.

El corazón se le aceleró al verlo tan frágil, tan sincero, tan vulnerable delante de ella. Al comprobar que alguien fuerte, valiente y peligroso también podía sufrir de esa manera, aunque cada vez estaba menos segura de que ese estado emocional se debiese a su interacción de la noche anterior.

—¿Qué te pasa, Gohan? —le dijo, alzándole el rostro para mirarlo. Lo acunó entre sus manos con toda la dulzura que pudo.

—He estado… he estado a punto de matarlo, Videl —confesó entre sollozos incontrolables.

Finalmente, cuando lo logró tranquilizar un poco, Gohan se irguió, se secó las lágrimas y la miró. Sus ojos estaban completamente enrojecidos. No sabía cómo sentirse. No sabía tampoco a quién se refería, pero si Gohan al final había conseguido no arrebatarle la vida a alguien con quien había tenido un encontronazo, ese era un paso más que significativo.

Le contó lo que había pasado. Que Zucch, aquel saiyajin del que le había hablado desde que lo conoció y con el que se llevaba tan bien, lo había seguido en una de sus escapadas para recopilar información restringida y que él lo había atacado para silenciarlo y lo había intentado estrangular. Sin embargo, cuando estaba a punto de asfixiarse, había llegado a la conclusión de que no podía asesinarlo.

El corazón de Videl era un enredo de confusión y sus latidos, veloces, no detenían su intensidad. Sabía que Gohan haría cualquier cosa por ella y ahí estaba la prueba. Pero se sentía aliviada de que finalmente no hubiese matado a ese chico, que no tenía culpa de nada y que seguramente ni siquiera se atrevería a denunciarlo.

—No creo que diga nada, pero… ¿cómo lo voy a mirar a la cara a partir de ahora? Me va a tener miedo.

—¿Por qué no hablas con él y le explicas la situación?

—No va a querer hablar conmigo.

—Inténtalo —le aconsejó ella—. Tráelo aquí, preséntamelo y después habláis a solas en el jardín.

Gohan asintió. Se restregó la cara para secarse definitivamente los rastros de las lágrimas que habían caído como un torrente por su piel.

—Gracias, Videl. No sé qué haría sin ti.

«Estar tranquilo al menos y seguir con tu vida», pensó. Lo miró directamente a los ojos con seriedad. Todo aquello era una locura y no saldría bien, por supuesto que no.

—Tienes que ponerle fin a esto, Gohan. Vas a acabar mal.

Gohan la volvió a encarar, como aquella vez en el jardín, en la que le había propuesto que invitara a salir a Celery, obviando sus sentimientos. Sin embargo, no estaba molesto como en esa ocasión, sino decidido. Sus palabras fueron vehementes. Le agarró las manos con fuerza.

—No me pidas eso. Eso no lo voy a hacer.

—Pero todo esto se te está yendo de las manos. Es demasiado peligroso.

—Es que me da igual que sea peligroso. Porque yo te amo, Videl, te amo. Y eso es lo único que me importa. Quiero que seas feliz, que estés bien y eso no se va a cumplir si no estás lejos de aquí.

Videl se mordió el labio inferior. ¿Cómo podía rebatir eso si todo lo que estaba diciéndole era verdad?

No pudo hacer otra cosa que no fuera besarle los labios, abrazarlo con intensidad y dejar que su amor, de nuevo, la volviera a arropar.

Se tumbaron en la cama mucho rato, Videl le hizo prometerle que hablaría con Zucch y que aflojaría el ritmo y tendría más cuidado para no exponerse de ese modo de nuevo. Sabía que Gohan cumpliría con su palabra.

Cuando él se durmió, Videl se marchó de la habitación de forma sigilosa, como cada noche. Sin embargo, en esa ocasión unos ojos oscuros presenciaron con asombro aquel movimiento furtivo y del que nadie debía ser testigo.


Continuará...


Nota de la autora:

Increíblemente pronto, os dejo actualización. Estas semanas he estado muy inspirada y he conseguido organizarme de modo que iba dejando un hueco diario para escribir.

¿Quién será esa persona que ha visto que Videl salía de la habitación de Gohan de noche? Ya veremos en el próximo, sin duda.

Por cierto, gran parte de la reflexión que tiene Videl sobre Celery y sus celos se la debo a Stacy y a sus comentarios y a los mensajes que hemos ido compartiendo sobre la historia. Muchísimas gracias, querida, no sabes cómo me han ayudado todas tus palabras. Yo suelo tomar ideas interesantes de los comentarios casi siempre, porque es que en serio que me inspiran un montón.

Bardock está más blandito, Goten lo está consiguiendo poco a poco. Me encantó escribir esa escena entre ellos, de verdad, la tenía en la cabeza desde hace muchos meses y por fin hemos llegado a ella. No he comentado mucho sobre Gine, pero pensé en introducir un flashback sobre su historia con Bardock, aunque acabé descartándolo finalmente. Creo que ella está igualmente presente en la historia y quiero que siga siendo de esta manera (gracias de nuevo, Stacy, jaja). Veremos qué pasa con la búsqueda del scouter.

Es bastante difícil describir una relación amorosa así de desigual, y no digo que Videl no quiera a Gohan, eh, pero es cierto que no se lo demuestra tanto como él necesita y eso al final forma una grieta que se puede agrandar. Todavía no han abordado la situación por el incidente de Gohan con Zucch, que no sabemos cómo actuará en el futuro con la información que ha descubierto.

Por cierto, la cita del principio es de un libro hermoso que me ha encantado. Si tenéis ganas de leer una historia bonita, bien construida y que os enganche, dadle una oportunidad porque de verdad que es una maravilla. Creo que ese fragmento le va muy bien al sentir de Videl en esta historia.

Y bueno, no tengo mucho más que decir, la verdad, además de que, como siempre, agradezco mucho que paséis a leer, de corazón.

Nos leemos en la próxima.