-Paradoja-

Capítulo 15. Temblor


Se asomó por la ventana antes de salir de su habitación; hacía buen día. Esa mañana no debía ir al cuartel y Goten se había ido con su padre, pues ese era el día libre del pequeño y normalmente los dos aprovechaban esos ratos para estar juntos.

Eso significaba que no tenía nada que hacer. Su abuelo parecía estar ocupado, pues le había cancelado un par de entrenamientos. No sabía qué estaba haciendo y tampoco le iba a preguntar. Bardock era alguien a quien no le gustaba que se inmiscuyeran en sus asuntos. Si quería contar algo, lo hacía cuando quisiera y a quien quisiera. Gohan lo había aprendido tras muchos años de convivencia. Cuando era pequeño y pasaba algunos días fuera, principalmente en misiones, le hacía mil preguntas al volver y él nunca le contestaba. Solo le hablaba sobre sus hazañas en el ejército cuando le apetecía, aunque Gine lo solía regañar por ignorar a su nieto.

Pensó que tal vez era buen momento para escribir cuando acabara de desayunar. Era temprano y podría aprovechar la mañana entera. De todas formas, no podía hacer lo que quería, que era estar con Videl, así que se tenía que entretener de alguna forma, y era cierto que llevaba algún tiempo sin dedicarse a una de sus aficiones favoritas.

Tras el incidente del día anterior, a Gohan le había quedado claro que debía ser mucho más cauteloso. Todo en su plan se había desarrollado con tanta facilidad que había pecado de confiado. En cierto modo, había tenido suerte de que quien lo vio fue Zucch y no alguien como Celery, con quien habría tenido un enfrentamiento mucho más potente, pues ella sí servía para pelear y era más que probable que le hubiese plantado cara.

Cada vez que pensaba que había estado a punto de asesinar a su compañero, se le revolvía el estómago. Pero quizá Videl tenía razón y si hablaba con él y le explicaba la situación lo entendería y, sobre todo, lo perdonaría. El problema era que no sabía muy bien cómo acercarse a él. Seguía siendo su superior, así que no tenían más remedio que continuar comunicándose entre sí, pero sabía que la situación, de primeras, sería compleja y muy incómoda.

Desde que había despertado había estado pensando en su plan de huida y había llegado a la conclusión de que debía pisar el freno. No importaba que tardara un poco más en lograr escapar del planeta, porque lo fundamental en realidad era que Videl y él pudieran hacerlo. Tenía que entender eso a como diera lugar, porque la impaciencia podría convertirse en su perdición. No quería arrojar todos sus esfuerzos e ilusiones por la borda.

El problema era que Gohan necesitaba imperiosamente estar con Videl sin esconderse. A veces incluso pensaba que el amor que sentía por ella le tenía el juicio nublado, pero no le molestaba, ya que, por el contrario, aquella sensación le resultaba incluso agradable. Sin embargo, era alguien racional y sabía que sus sentimientos también podrían convertirse en su mayor debilidad. Tal vez, ya lo eran.

Igualmente, no le quedaba más remedio que ser paciente e ir paso por paso. Y el primero debía ser disculparse con Zucch y convencerlo de que no lo delatara ante sus superiores. Zucch era buen chico, le caía bien, pero sobre todo no quería perder sus avances. Podría sonar egoísta, interesado, pero realmente era lo que sentía. Tampoco quería tener remordimientos, no quería sentirse culpable ni que su relación de mutua admiración se resquebrajara. Seguiría el consejo de Videl; cuando esa tarde lo viera en el cuartel, le propondría que fuera a comer un día a casa. De esa forma, lo haría parte de su mundo y tal vez así llegara a comprender sus razones.

Salió de la habitación y fue a la cocina, donde su madre y Videl charlaban animadamente. Se quedó mirándolas desde el quicio de la puerta mientras sonreía. Le encantaba que las dos mujeres más importantes de su vida se quisieran tanto, que Videl hubiese encontrado un apoyo en Chichi tan especial, que probablemente ni siquiera él fuera capaz de brindarle. Le dolería mucho separarlas, pero rezaba para que, algún día, pudieran volver a reencontrarse, estando ya muy lejos de allí.

Se acercó a ellas y le dio un beso en la frente a su madre, al que la mujer contestó con un breve abrazo.

—Buenos días, hijo —lo saludó ella, con el amor desbordándole en cada simple palabra, como siempre sucedía.

—Buenos días, mamá. —Dirigió su mirada a Videl, que lo observaba seria, pero con el gesto sereno—. Buenos días, Videl.

—Hola, Gohan.

Gohan le sonrió y no supo por qué, pero la chica no le contestó el gesto, sino que se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja con cierto nerviosismo. Ese detalle lo preocupó. Aunque fueran precavidos incluso delante de su madre, siempre se dedicaban gestos cómplices, miradas o sonrisas que podían pasar desapercibidas para los demás.

No sabía si aún no había asimilado bien lo que le había contado la noche anterior o si simplemente se sentía decepcionada por su comportamiento. Videl era ininteligible, al contrario que él, que se expresaba a todas horas de forma abierta, tal vez demasiado.

Decidió poner en suspensión esos pensamientos. Se colocó de espaldas a la cristalera, de pie entre las dos, que esa mañana no estaban sentadas a la mesa como acostumbraban.

—¿Hoy no sales? —le preguntó Chichi, algo extrañada, pues conocía bien su estricta rutina, que se había endurecido mucho más incluso después de conseguir el puesto nuevo.

—No tengo turno hasta esta tarde y el abuelo, no sé por qué, últimamente me cancela todos los entrenamientos.

Chichi se encogió de hombros.

—Quién sabe lo que pasa por la cabeza de ese hombre.

—Ya —afirmó Gohan, riendo ligeramente—. ¿Dónde han ido papá y Goten?

—Creo que hoy se han ido a entrenar juntos a la montaña. No entiendo cómo no os aburrís de hacer todos los días lo mismo.

—Supongo que… es parte de nuestra sangre.

Chichi sonrió con resignación y se dio la vuelta para poner la tetera a hervir en uno de los fogones. Por su parte, Gohan ladeó la cabeza y miró a Videl, que seguía seria. No creía que a su madre le importara mucho que se ausentara algunos minutos para hablar y, como su abuelo no pasaba últimamente por casa, no habría problema.

—¿Va todo bien? —le preguntó, casi susurrando, aunque por la distancia su madre los oiría perfectamente.

—Sí, claro —afirmó ella, y su semblante pareció relajarse, haciendo que la ansiedad de Gohan disminuyera un poco.

—¿Crees que podemos hablar?

—¿Ahora? —Gohan asintió—. Tenemos que hacer muchas cosas. Mejor más tarde, antes de comer.

La firmeza de sus palabras lo llegó a abrumar ligeramente. Ni siquiera le había dicho algo malo, pero estaba tan inseguro con respecto a los sentimientos que Videl le profesaba que cualquier cambio, por mínimo que fuera, se sentía como si se abriera un abismo gigantesco entre los dos.

—¿Quieres té, Gohan? —le dijo su madre.

—Sí, mamá, gracias.

Gohan sabía que ella había hablado para cortarles aquella conversación. Tal vez, así era mejor.

Videl, ajena a todos los pensamientos —seguramente injustificados— que le recorrían el cerebro, se sentó a la mesa. Y él pensaba acompañarla, hasta que vio a su abuelo entrando en la cocina.

Llevaba el traje de entrenamiento puesto y estaba muy serio, aunque eso realmente no era ninguna novedad. Parecía enfadado, pero Gohan supuso que estaba frustrado porque había fallado en ese nuevo cometido del que se estaba encargando, que nadie conocía y que le había hecho pausar los entrenamientos, que era una de las cosas que más disfrutaba.

Si Gohan hubiera aprovechado las explicaciones que su padre le había dado sobre el ki, sin duda habría sabido que estaba furioso por completo y que toda esa rabia se dirigía hacia él.

Cuando Goku vivía en la Tierra, entrenó con distintas personas que le enseñaron algunas cosas; entre ellas, a leer el ki de los demás, que básicamente se trata de la energía que todos los seres desprenden. Gohan tenía unas nociones básicas de lo que era, sabía leer el de los demás y suprimir el suyo, pero, al contar con los scouters en su vida diaria en el Planeta Vegeta y en las misiones, no solía aprovecharse de esa habilidad, que claramente era una ventaja, ni tampoco podía percibir cambios bruscos si no se concentraba mucho.

Por lo tanto, no fue capaz de predecir los movimientos de su abuelo, que se acercó tan velozmente a él que apenas lo vio. Lo único que sintió fue un gran puñetazo en la mejilla. La fuerza y la agresividad del impacto hicieron que su cuerpo atravesara el cristal y que se incrustara finalmente en el muro del jardín tras un golpe fuerte y seco, que lo dejó sentado en el suelo.

Se le nubló un poco la vista debido al golpe de la parte posterior de su cabeza contra el muro, así que parpadeó en algunas ocasiones para enfocarla. Cuando lo logró, vio que su abuelo se acercaba a él, a paso decidido, pero pausado. Parecía que le estaba dando tiempo para prepararse.

Sintió un ardor punzante e intenso en el pómulo izquierdo; le había hecho una gran brecha. Le ardía y podía notar la sangre escurriéndole por la piel. Algunos cristales se le habían clavado en la espalda por el impacto y también sangraba. Escuchó, como si estuviera muy lejos, la voz alarmada de su madre pronunciando su nombre.

—¡Gohan! —gritó Videl, que acudió presurosa a su lado, sin achantarse por la presencia imponente de Bardock, que no la interceptó ni la detuvo.

Se agachó al llegar donde se encontraba, le acarició el hombro y él la miró. Le sujetó la mano y empezó a examinarlo. Se dio cuenta de que tenía una herida en la frente, probablemente porque uno de los cristales le había cortado la piel al destrozarse y salir despedido.

—No te preocupes, estoy bien.

Quería continuar hablando, decirle que fuera a curarse la herida de la frente para que no se le infectara, pero Bardock llegó a donde estaban, aunque dejó cierto espacio al detenerse. Lo miraba desafiante, como si le estuviese retando a un combate.

—Levántate —le ordenó.

Gohan no se inmutó. No le plantaría cara a su abuelo. Aquello sería una falta de respeto, porque ese hombre era su máxima figura de autoridad. Además, sospechaba que su nivel de fuerza era ya mayor. Si lo enfrentaba, lo lastimaría y no estaba dispuesto por nada del mundo a hacerlo. Si, por el contrario, se dejaba ganar y fingía debilidad, heriría su orgullo saiyajin y eso sí que no se lo perdonaría jamás.

—¡¿Es que te has vuelto loco?! —le dijo Videl al cabecilla de la familia sin levantarse, sin moverse de su lado, visiblemente enfadada.

—¿Loco yo? —Los labios de Bardock se deformaron en una sonrisa sardónica—. ¿Qué hacías anoche en la habitación de mi nieto, humana?

A Gohan le molestó tanto ese apelativo que apretó los dientes con fuerza. Parecía que no llamar a Videl por su nombre era una forma de recordarle que era una esclava, que le pertenecía y que nunca podría escapar de esa condición.

Ninguno de los dos se atrevió a contestarle. Habían intentado mantener el secreto, pero, si Gohan se detenía a pensarlo, era lógico que su abuelo los hubiera descubierto. A fin de cuentas, esa casa no era tan grande, eran una familia con bastantes miembros y Videl se deslizaba hasta su habitación prácticamente todas las noches.

—Te lo advertí, Gohan. Te dije que te alejaras de ella, porque si no tendrías un problema conmigo. Espero que al menos el polvo te haya merecido la pena.

Gohan estuvo a punto de levantarse para encararlo, pero Videl le dio un sutil apretón en el brazo que se lo impidió. No estaba dispuesto a defenderse de sus ataques si iban dirigidos hacia él, pero no permitiría que le faltara el respeto a Videl y tampoco que se refiriera a su relación, que ni siquiera sabía cómo era, en esos términos.

Volteó el rostro y la miró. Le notaba la rabia concentrada en el azul de sus ojos, que, tensos, parecían querer fulminar a Bardock. Cuando volvió a girar la cabeza, se fijó en que Chichi había llegado y se había interpuesto entre su abuelo y él.

—Hazme el favor de quitarte de en medio y dejar que Gohan afronte las consecuencias de sus actos —le espetó con cierta repulsión.

—No vas a volver a tocar a mi hijo.

Bardock frunció el ceño y Gohan se preparó para esquivar a Videl y levantarse en cualquier momento. No creía que su abuelo fuera capaz de hacerle nada a su madre, pero no se arriesgaría a comprobarlo.

—Quítate.

—No. Si quieres que me quite, me tendrás que apartar.

El saiyajin de la cicatriz escupió en el suelo. Miró de arriba abajo a Chichi, que, desafiante, no se movió ni un solo centímetro. La tensión era tal que Gohan empezó a notar que el corazón le estaba latiendo a un ritmo más acelerado de lo normal. Intentó respirar todo lo profundamente que pudo, porque no era momento de que algo así le ocurriera.

—Has criado a dos mestizos débiles, blandengues y estúpidos. Que no te quepa la menor duda de que morirán antes de tiempo. Y tú serás la única responsable.

Gohan observó cómo su madre se quedó completamente quieta, como si estuviera clavada en el suelo. Tras algunos segundos, le propinó una bofetada a su abuelo que no hizo que su rostro se moviera ni un ápice. Por el contrario, fue ella la que se sujetó la mano por el dolor que la dureza de la piel del saiyajin le había provocado, pero no dejó de mirarlo ni un solo instante.

Bardock no dijo nada más. Le dedicó una última mirada llena de furia y desconcierto a Gohan y alzó el vuelo para marcharse. Chichi aprovechó para darse la vuelta, llegar hasta él y agacharse a su lado. Las lágrimas le recorrían las mejillas con premura, pero las ignoraba deliberadamente, ya que toda su atención se centraba en su hijo.

—No le hagas caso —le dijo, porque sabía que las palabras de su abuelo habían sido peores y más dolorosas que el golpe que había recibido él.

Chichi negó con la cabeza, quitándole importancia al asunto. Pero él sabía que esos comentarios le habían afectado mucho. Por fin, se secó las lágrimas.

—Vamos a llevarte a un tanque de recuperación.

—No, mamá. Da igual.

—Pues déjame al menos que te cure.

Videl entonces le posó la mano en el hombro. Le limpió los restos de lágrimas que se había dejado, como si fuera ella su protectora y no al revés, y le sonrió con dulzura.

—No te preocupes, yo me encargo.

—Pero…

—Déjame hacerlo, Chichi, por favor —insistió la joven—. Date un baño mientras para relajarte. Después haré té y recogeremos todo este desastre juntas.

Chichi, algo dubitativa, asintió despacio.

—No le digáis nada a Goku-sa de lo que ha pasado, por favor.

—No se lo diremos, a Goten tampoco. Más tarde iré a buscar a alguien a la zona de los obreros para que arregle la cristalera y el muro antes de que lleguen —añadió Gohan.

Videl lo ayudó a levantarse. Lo llevó a su habitación y él se quedó esperando en la cama, sentado, a que regresara. Seguramente había ido a prepararle el baño a su madre y a por el botiquín.

Habían metido la pata hasta el fondo. Sabía que su abuelo no los delataría, pero le daban miedo las decisiones que pudiera tomar con respecto al futuro de Videl, porque eso supondría adelantar unos planes de escape que aún no tenía perfeccionados. Sería una locura abandonar el planeta en ese momento. Aun así, si tenía que hacerlo, lo haría sin dudar.

No permitiría que sus absurdas creencias y unas leyes arcaicas lo separaran de la mujer de la que estaba enamorado y que le acababa de demostrar, con su reacción y su preocupación, que también lo amaba a él.


Le quitó el último trozo de cristal que tenía clavado en la espalda, lo dejó en un recipiente con los demás y le curó la herida con cuidado. Después se la tapó. Se bajó de la cama, ya que estaba sobre ella de rodillas, y se sentó al lado de Gohan, que se giró para mirarla.

Solía estar siempre calmado, pero no entendía que lo estuviera en esa situación. Videl, por su parte, se sentía muy culpable, porque realmente Bardock la había visto a ella saliendo la noche anterior de la habitación de Gohan y finalmente había descargado toda su ira contra él.

Lo que más le había sorprendido de todo aquel suceso era la inquina que Bardock le había mostrado a su nuera. Chichi era una buena mujer, era la mejor de todos ellos. La cuidadora, la madre, la esposa, la que se cargaba todos los pesos posibles en la espalda y lo hacía parecer sencillo. No se merecía que la tratara así. Si fuera por ella, le contaría al padre de Gohan lo que había pasado, para que le dejara las cosas claras a Bardock, porque sospechaba que estando enfadado tenía una actitud opuesta a la amigable y distraída que siempre mostraba. Pero no podía hacerlo, porque le había prometido a Chichi que así sería. Gran parte de su bienestar se lo debía a ella, así que no podía fallarle.

Cogió un algodón y lo empapó con el líquido desinfectante. La herida del pómulo de Gohan era aún más profunda que las de la espalda, provocadas por los cristales. Era un milagro que no necesitara puntos de sutura.

—Esto va a escocerte un poco más.

—No hay problema.

Videl le dio algunos toques sobre la brecha con el algodón, apartando la sangre seca y limpiando la zona, pero Gohan apenas se inmutó. Era increíble la capacidad que tenían los miembros de esa raza para aguantar el dolor. Cuando terminó de hacerlo, le colocó un apósito grande, que le logró cubrir toda la herida. Por la cercanía a la que se quedaron, Gohan eliminó rápidamente la distancia que los separaba y le besó los labios. Ella le correspondió. Le posó las manos en el borde del rostro, a ambos lados, para no hacerle daño.

—¿Por qué no te has defendido? —le dijo cuando el beso finalizó, por mera curiosidad, porque incluso había evitado un enfrentamiento entre ambos.

—Sinceramente, no me lo esperaba. Y tampoco sé si habría sido capaz de hacerlo. Es mi abuelo después de todo.

En cierto modo, lo comprendía. Además, una pelea entre los dos podría haber supuesto incluso la destrucción total de la casa.

Videl suspiró profundamente. Sobrepasada por todo lo que acababa de ocurrir, cerró los ojos, apoyó la frente en la de Gohan y susurró:

—Lo siento mucho.

Esta vez, fue Gohan quien se separó de ella, le alzó el rostro sujetándole el mentón y miró sus ojos trémulos, indecisos, que no sabían bien donde posarse por la inquietud que nacía de su corazón, pero que se extendía con vigorosidad por su cuerpo completo.

—¿Por qué me pides perdón?

—Porque todo esto ha sido por mi culpa —argumentó. Notaba que los dedos incluso le temblaban levemente. Aquel suceso le había afectado mucho más de lo que pensaba.

—Era cuestión de tiempo que lo descubriera. Nada de esto es culpa tuya.

Una melancolía desesperanzada se apoderó de la sonrisa de Videl, que se materializó apenas sin fuerzas en sus labios.

Se le estaban acumulando demasiadas preocupaciones: el plan de huida de Gohan, sus propios sentimientos, que ya era capaz de admitir, pero con los que no sabía siquiera cómo lidiar, el incidente que él había tenido con ese chico… y ahora surgía este enfrentamiento con su abuelo, del que se seguía considerando responsable.

Quería decirle tantas cosas. Tantas. Que tal vez lo mejor para ambos sería separarse, que no quería interponerse entre él y su destino o su familia. Que no quería ser la piedra con la que siempre tropezaba —con la que incluso parecía que le gustaba tropezar—. Que no debía estropear su vida y su futuro por una promesa, por el bienestar de otra persona que no fuera él mismo, por mucho que la quisiera.

Pero no le dijo nada. Sabía que Gohan era muy testarudo con respecto a ese tema, que le expondría sus sentimientos sin darle oportunidad de replicar y que la terminaría convenciendo con sus sonrisas tranquilas, como si todo lo que estaba haciendo no pusiera en peligro su propia vida de manera constante.

No estaba de acuerdo con las formas de Bardock, pero sí que entendía sus motivos. Nadie querría que alguien cercano, alguien amado, se expusiera de esa forma tan absurda, movido solo por el corazón. Aunque, en realidad, la reacción violenta e incontrolada del saiyajin de la cicatriz había surgido justamente del centro de su pecho y, estaba convencida, del miedo que tenía de perder a su nieto mayor.

Todos nos movemos por sentimientos, incluso los saiyajin. Videl pensaba que los miembros de esa raza solo conocían el ego y la ira, pero estaba equivocada. Al menos, en el seno de esa familia sabían lo que era el amor, sabían lo que era el terror y la desesperación. Pero estaba claro que no controlaban cómo canalizar esas emociones. Aunque quién sabe hacer eso; nadie cuenta con un manual de instrucciones para algo tan complejo.

Se levantó entonces de la cama y Gohan la observó con curiosidad.

—Voy a ver qué tal está tu madre. No quiero dejarla mucho rato sola. Descansa mientras tanto. Cuando acabemos de recoger, puedo ir contigo a la zona de los obreros si quieres.

Él asintió.

—Muchas gracias por todo, Videl.

—No es necesario que me las des.

—Sí que lo es. Desde que llegaste a mi vida, soy alguien completamente distinto, alguien mucho mejor. Y eso te lo debo solo a ti.

Los labios de Videl se apretaron en una delgada y tensa línea. ¿Acaso eso era tan bueno como parecía? ¿Era beneficioso en algún aspecto para su vida?

Sin detenerse a pensarlo más, se marchó de la habitación y se dirigió hacia la cocina para prepararle el té a Chichi e intentar así tranquilizarla, aunque fuera un poco.

Tras poner la tetera en el fuego y mientras barría los cristales, que se habían desperdigado por el suelo de la estancia, se afirmó en su determinación. Tenía que ponerle solución, darle un cierre a toda esa enrevesada situación. Y solo había una manera de hacerlo, aunque la gran perjudicada resultara ser ella.


Chichi se tapó con la sábana, se dio la vuelta e intentó dejar la mente en blanco para dormirse por fin. No podía. Los pensamientos, los recuerdos de aquella mañana y, sobre todo, las palabras de Bardock, que se repetían en su cerebro como si estuvieran encerradas en un bucle infinito, no la dejaban.

Agradecía mucho que, tras el incidente, Videl se hubiese ocupado prácticamente de todo. No solo le había preparado el té y se había interesado por su bienestar, sino que se había encargado sola de recoger todo el desastre que la furia de su suegro había provocado, porque ella estaba muy afectada y no podía casi moverse. Además, incluso había acompañado a Gohan a contratar a un par de obreros, que habían reparado los desperfectos antes de que llegaran Goku y Goten. Los tres debieron actuar estupendamente, porque ni padre ni hijo se dieron cuenta de que había pasado algo grave con Bardock.

Videl era una chica muy especial. Entendía que Gohan se hubiese enamorado de ella, porque era cierto que tenía carácter, que podía ser bastante mordaz incluso si se lo proponía, pero era gentil, amable, desinteresada y atenta. Algo que también era una realidad era que Gohan y ella no podían estar juntos. Y, aunque era más que consciente de la imposibilidad de esa relación, la había permitido, fingiendo que no la conocía. Tal vez, se había equivocado.

Chichi no estaba preparada para criar a dos hijos en ese planeta. Realmente, ninguna mujer tiene conocimientos innatos sobre maternidad. Lo había hecho lo mejor que había podido, intentando que sus hijos crecieran sanos y alegres, como si su infancia hubiera trascurrido en la Tierra. Aquello era lo que conocía. ¿Cómo los iba a criar, si no?

Si Bardock no se hubiese empeñado en llevarlos a todos al Planeta Vegeta, estaba completamente segura de que esa familia hubiese sido mucho más feliz, hubiese prosperado de manera radicalmente distinta y se hubiesen evitado muchos problemas.

Él no era nadie para reclamarle absolutamente nada. Chichi también sabía ser cruel y herir con las palabras y por un momento pensó en decirle que, por muy fuerte y despiadado que fuera —como quería que fueran unos hijos que ni siquiera eran suyos—, no había sido capaz de proteger a su esposa de un destino desolador.

Sin embargo, meditó antes de verbalizar esas palabras, que solo acarrearían tensiones y tiranteces entre ellos. Y ya tenían suficientes. No quería que aquella casa se convirtiera en un lugar insoportable, lastrado por su mala relación. Tampoco ensuciar de esa forma la memoria de Gine.

A pesar de que sabía que lo había hecho lo mejor que había podido, las dudas la asaltaban a cada minuto, porque las acusaciones de Bardock le habían calado muy hondo y era una persona que solía lidiar ella sola con sus pensamientos y sentimientos, sin compartirlos con nadie, sin dejar que absolutamente nadie la ayudara o la aconsejara. Y eso la carcomía por dentro.

Se dio la vuelta una vez más. Miró a su esposo entre la penumbra. A pesar de la oscuridad que la noche proporcionaba, podía intuir sus rasgos. Ni siquiera le podía decir lo que le pasaba, porque no quería que Goku se enfadara con su padre, se acabaran encarando y el conflicto se agrandara aún más.

Se colocó esta vez bocarriba y entonces la luz de la mesita de noche de su marido se encendió. Giró el rostro y lo vio. Estaba de lado, mirándola con la curiosidad propia de un niño en los ojos.

—Perdona —musitó Chichi—. No quería despertarte. No paro de moverme, ¿verdad?

—¿Qué te pasa? —le preguntó Goku con un deje de preocupación en la voz.

—Nada. Es solo que hoy me está costando un poco dormirme. Apaga la luz.

—¿Seguro? —insistió él de nuevo, aunque sabía que eso no le gustaba demasiado a su mujer.

Chichi se giró, le sonrió para tranquilizarlo.

—Seguro. Estoy bien, no te preocupes.

Goku le dio un beso en la frente, apagó la luz y volvió a colocarse en la misma posición. Cerró los ojos. Sin embargo, Chichi no conseguía calmarse. No quería molestarlo, mucho menos preocuparlo, pero sentía que necesitaba hacerle una pregunta, para que su respuesta la sosegara, aunque la conocía de antemano.

—Goku-sa.

—¿Sí?

—¿Crees que soy una buena madre? —cuestionó con miedo, no por la contestación de su esposo, sino por la que su cerebro le llevaba dando todo el día cuando se planteaba esa incógnita.

Sin contestarle aún nada, Goku la atrajo hacia su cuerpo, abrazándola con anhelo.

—La mejor —le dijo finalmente.

La respuesta fue simple, directa, breve. Sin embargo, le llenó el alma de una paz exuberante, que consiguió por fin brindarle un poco de quietud tras un día repleto de caos y que había conseguido descolocarla por completo.

Después de todo, se dio cuenta de que la opinión que más le importaba sobre su desempeño como madre era la del padre de sus hijos.


La mesa tenía tantos platos encima que Videl creía que no cabría ni uno más. Sin embargo, Chichi seguía consiguiendo hacer huecos y meter más cuencos, más bandejas y más comida. Cocinar era como una terapia para ella y, como ese día tenían visita, se había esmerado al máximo; tanto que incluso había evitado que Videl la ayudara.

El incidente entre Gohan y Bardock había trascurrido hacía ya cuatro días, en los que el saiyajin de la cicatriz había estado desaparecido. Gracias a su ausencia, Chichi se había calmado y su ánimo había mejorado considerablemente. Sin embargo, a Videl no le cabía ninguna duda de que volvería pronto.

Gohan había seguido yendo al trabajo como si nada. En ese planeta, tener secuelas de golpes provocados por una pelea no era nada extraño, así que ni siquiera su propio padre se había interesado por la marca que tenía en el rostro ni por el ojo amoratado, que evidenciaba que tenía el pómulo roto. La violencia era parte de la cotidianidad y ella, al meditarlo, solía tener escalofríos. Aunque le alegraba que su cuerpo aún albergara ese tipo de reacciones ante la barbarie, porque eso significaba que seguía teniendo alma.

La tarde del día en el que su abuelo lo golpeó, Gohan acudió al cuartel. Esa misma noche informó a Videl de que había hablado con Zucch y, aunque el chico apenas era capaz de mirarlo a los ojos, le había aceptado la invitación para comer en su casa en el fin de semana.

Desde que Chichi se había enterado de que recibirían a uno de sus compañeros, había estado eufórica, ya que, según le contó, amaba tener invitados porque aquello le recordaba a sus años en la Tierra.

Videl decidió ir a preparar la mesa del comedor. Como Bardock no estaba, almorzarían todos juntos. Le pareció buena idea incluirse aunque no solía hacerlo, pero quería que aquel chico se sintiera cómodo entre la familia. Que la viera a ella como a una más y no como a un simple objeto que formaba parte de los utensilios de la casa.

Mientras observaba la ingente cantidad de platos que estaban encima de la mesa, Goku entró en la cocina. Los ojos le brillaron al observar tal abundancia de comida. Estiró la mano para coger un buen trozo de carne que tenía al alcance.

Sin embargo, en ese justo instante, Chichi se dio la vuelta. Al comprobar sus intenciones, le dio un manotazo que le impidió rozar siquiera el hueso por el que pensaba agarrar aquel pedazo de carne.

—¡Ni se te ocurra tocar nada! —gritó con impaciencia, mientras su esposo se achantaba considerablemente.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Porque todavía no es la hora de comer.

—¡Pero todo tiene una pinta deliciosa, Chichi! Déjame aunque sea probar algo —suplicó él. Parecía incluso que iba a hacer un puchero en cualquier momento.

—¡Te he dicho que no! Hoy viene a comer un compañero de Gohan, quiero que todo esté perfecto cuando llegue.

—Pero, Chichi…

—¡Que no! —le interrumpió ella, con la molestia incrementándose cada vez que pronunciaba una nueva frase—. Sabes que hace mucho tiempo que quiero que Gohan tenga un amigo. Quiero que le demos buena impresión.

Videl arqueó una ceja. ¿En esa familia había acaso alguien normal para darle buena impresión? Por lo que Gohan le había contado de aquel chico, era bastante retraído, así que acabaría abrumado por la insistencia de Chichi o por la confianza desproporcionada que le mostrarían Goten y su padre. Tenía suerte de que Bardock y su cara de pocos amigos no estuvieran por allí, porque no creía que pudiera aguantar tanta intensidad.

El rostro de Goku formó una mueca extraña, como si hubiera tenido una rabieta más propia de Goten que de un hombre adulto, pero finalmente se marchó. Lo más seguro era que hubiese decidido quitarse de en medio para no caer en la tentación y que Chichi no se enfadara con él aún más.

Videl se rio un poco cuando Goku se fue. Ese matrimonio era muy raro. Pero se querían y se respetaban mutuamente, que era lo importante.

Se fue al comedor y empezó a preparar la mesa. Puso un mantel, los vasos y los cubiertos encima, y comenzó a llevar todos los platos por tandas. Mientras colocaba una bandeja llena de carne, escuchó voces provenientes de la cocina.

Fundamentalmente, escuchaba la de Chichi. Le pareció oír un «espero que tengas hambre» y algo como «estás muy delgado». Incluso un beso sonoro, probablemente estampado con fervor en una de las mejillas del compañero de Gohan. Volvió a reír. Esa mujer realmente era un huracán. Esperaba que su energía no lo hubiese asustado demasiado.

Tras algunos minutos, las voces comenzaron a aproximarse hacia el comedor. Videl dirigió la mirada hacia la puerta hasta que lo vio entrar, acompañado de Gohan y su madre.

En efecto, tenía una complexión delgada, el pelo corto y era más bajo que Gohan. Se le notaba nervioso, cohibido y muy preocupado. Videl sabía que ese chico, aparte de ser introvertido, estaba atemorizado. Y no precisamente por el recibimiento de Chichi.

—Ella es Videl.

—Hola.

El joven apenas la saludó con un asentimiento de la cabeza, pero la miraba mucho, de forma bastante prolongada, como si su apariencia le llamara poderosamente la atención. Lo vio sentándose donde Gohan le sugirió. Chichi y él se marcharon, seguramente para acabar de preparar el guiso que aún estaba en el fuego, servirlo y llevarlo a la mesa.

—Me llamo Zucch —profirió cuando comprobó que se habían quedado solos.

—Lo sé. Gohan me ha hablado mucho de ti. Encantada de conocerte, Zucch.

Recibió otro leve asentimiento como respuesta. El silencio se hizo el protagonista de la estancia. Videl decidió colocar algunas copas en la mesa, tras cogerlas de un armario que tenía dentro la vajilla buena, para «acontecimientos especiales», como le había dicho Chichi esa misma mañana.

Mientras estaba organizando la mesa, vio a Zucch mirándola de nuevo, pero apartó los ojos en cuanto ella se dio cuenta. Finalmente, dejó lo que estaba haciendo y se sentó enfrente de él. Pensaba reservar la conversación para más tarde, pero en realidad aquella parecía una buena oportunidad para llevarla a cabo.

—¿Por qué me miras tanto? —le preguntó ella sin malicia alguna, solo por pura curiosidad.

Las mejillas del compañero de Gohan se tiñeron de rojo. Desvió la mirada hacia el suelo en un par de ocasiones hasta que fue capaz de anclarla en su rostro de nuevo.

—Es que… —titubeó al inicio. Tras un leve carraspeo, pareció ganar algo más de confianza—. Tienes los ojos muy azules. Nunca los había visto. Dicen que el hijo del Príncipe Vegeta también los tiene así.

—Los heredé de mi padre. Los humanos podemos tener los ojos oscuros como vosotros, pero también de colores claros: azules y verdes.

—Son bonitos… —musitó despacio, pero Videl pudo oír sus palabras perfectamente. Le sonrió.

—Muchas gracias.

Zucch se mordió el interior de la mejilla con nerviosismo. Era como si quisiera decirle algo, pero no se atreviera a hacerlo. Aunque al final consiguió comentárselo.

—También te miraba tanto porque no tienes la apariencia de una esclava. En casa nunca hemos tenido, así que los únicos que he visto han sido los de los demás. Suelen estar en unas condiciones penosas.

—Sí, también los he visto —afirmó Videl—. Yo he tenido más suerte. Aquí me tratan muy bien.

El muchacho sonrió por primera vez en toda la conversación. Sin embargo, la voz de Gohan se escuchó desde la cocina y su semblante cambió por completo, llegando a ensombrecerse incluso.

Iba a ser muy complicado quitarle el miedo del cuerpo a ese chico y verdaderamente lo entendía. Había visto la parte más agresiva de Gohan, aquella que lograba que su espíritu racional y amable lo abandonara de vez en cuando y que poseía su cuerpo para convertirlo en una especie de demonio.

Videl suspiró, intentando encontrar las palabras, el coraje que necesitaba para tratar de convencerlo de que la persona que lo había intentado asesinar era genuinamente alguien que se caracterizaba por su bondad.

—Me gustaría decirte algo antes de que todos se sienten. —Zucch se quedó serio, observándola con firmeza para escucharla—. Sé lo que te ha pasado con Gohan, él mismo me lo contó. No creo que lo conozcas lo suficiente, pero te puedo asegurar que merece la pena hacerlo.

—Sí, bueno —le dijo el chico mientras se pasaba el dedo por el cuello de la camiseta con nerviosismo, dejándole de forma inconsciente ver las marcas que las manos de Gohan le habían dejado en la piel.

—Más tarde te lo explicará todo, pero dale una oportunidad, por favor —le pidió en un tono suplicante.

Alzó la mano y la colocó encima de la de Zucch, que la había dejado sobre la mesa tras tocarse el cuello. La apretó con afecto, siendo consciente de que hacía tan solo unos meses no habría considerado siquiera tocarlo, mucho menos darle una caricia tan sincera y cariñosa a un saiyajin al que no conocía. Tal y como Gohan le había expresado, su relación también la había cambiado a ella para bien.

—Está bien, pero ¿te podrías sentar a mi lado? Así estaré más tranquilo.

—Claro que sí —afirmó Videl y después le sonrió de nuevo.

Acabó de poner la mesa, ayudó a Chichi y a Gohan a llevar el resto de los platos y, como le había garantizado a Zucch, se sentó a su lado.

Comieron en un ambiente relajado y distendido, principalmente debido a la intervención de Chichi, que se encargaba de conducir la conversación en todo momento y de acribillar a preguntas al pobre chico, que comprendió muy rápido que en esa casa no había cabida para la timidez.

En mitad de la comida, Videl cruzó su mirada con la de Gohan, que le sonrió a modo de agradecimiento. Ella le asintió en silencio, dándole ánimos para afrontar aquella complicada situación.


A pesar de que el día estaba bastante despejado y el sol se alzaba en el cielo con un brillo esplendoroso, no hacía calor. Era un buen momento para pasarlo en el jardín y para cumplir con su cometido.

El jardín de su casa era su lugar preferido desde siempre. Cuando era pequeño, allí jugaba con su abuela, su abuelo le contaba las historias de sus conquistas y su padre lo entrenaba a su manera, mucho más relajada que la del entrenamiento formal del que se encargó Bardock unos años más tarde.

En ese lugar, Videl lo había besado por primera vez. Habían pasado muchas noches conversando, abrazándose o mirando la oscuridad del cielo en silencio.

Era, sin duda alguna, un buen lugar para explicar todo lo que le había pasado en los últimos meses.

Miró hacia la izquierda, donde Zucch estaba sentado a su lado, tomándose el té que su madre le había ofrecido.

Chichi y Videl habían acabado de recoger la cocina hacía un buen rato y se habían marchado para no molestarlos, porque podían verlos a través de la cristalera. Por su parte, Goku se había llevado a Goten a dar un paseo y Gohan le agradecía mucho el gesto a su padre, porque sabía que el niño, por su naturaleza curiosa y juguetona, habría querido quedarse con ellos.

Observó el perfil tenso de su compañero. Lo había visto relajado a ratos, cuando hablaba con Videl o con su madre sobre todo. En realidad, cuando hablaba con cualquiera que no fuese él. Era comprensible; después de todo, lo había atacado sin miramientos.

Abrió la boca para comenzar a disculparse, pero entonces Zucch giró el rostro para mirarlo, con los ojos negros temblándole de miedo, y habló tan rápido que pudo entenderlo a duras penas.

—Por favor, Gohan, no me mates. Te prometo que no le diré a nadie dónde estabas, no volveré a sacar este tema nunca más, me lo llevo a la tumba. Pero no me hagas daño. Mi madre es viuda, tengo dos hermanas pequeñas, no sé qué harían sin mí, no puedo…

—Zucch, no te voy a hacer nada —le dijo Gohan para cortar su verborrea incesante.

El chico se calló repentinamente, abrió mucho los ojos, atónito ante sus palabras. Parecía estar completamente convencido de que esa invitación era también su sentencia de muerte.

—¿Eh? Entonces, ¿qué hago aquí?

—Te he invitado para que conozcas a mi familia. Para que conozcas a Videl.

Gohan lo vio moviendo el rostro, mirando el muro que acababa de ser reparado. Entrelazó los dedos tras soltar la taza de té, ya vacía, en una zona encementada contigua al césped donde estaban sentados.

—¿Solo… para eso?

—Bueno, no exactamente. También te quiero pedir perdón. Lo que te hice no tiene justificación. Podrías elegir no volver a hablarme nunca más si no es de algo relacionado con el trabajo, pero al menos quería explicarte por qué actué contigo como lo hice.

—Está bien —susurró Zucch, dándole pie a continuar.

—Estoy muy enamorado de Videl —explicó de forma directa, sin dar rodeos, haciendo que el saiyajin lo mirase de nuevo, completamente desconcertado—. Muchísimo. Pero es una esclava. Y ya sabes lo que supone.

—Creo que… puedo entender que sientas eso por ella.

Gohan le sonrió. Le había bastado apenas unas horas con Videl para comprender lo especial que era.

—Quiero sacarla de aquí, para que pueda ser feliz. Me la voy a llevar lejos, a un planeta que el radar no pueda detectar. Por eso me viste intentando acceder a ese archivo. Por eso ingresé en la facción Z.

—Oh, ya veo.

Ambos se quedaron algunos segundos en silencio. Era una situación algo compleja de asimilar, eso lo sabía bien. Como le había dicho al inicio de su conversación, su propósito no justificaba el ataque, eso estaba claro. Pero tal vez podría así ponerse en su lugar, entender su actuar y perdonarle por lo que había hecho.

—No te voy a pedir que me ayudes con esto ni mucho menos, es algo que debo hacer yo solo. Pero, por favor, no le cuentes a nadie que me viste allí. Por favor.

Los ojos negros de Zucch se quedaron esta vez clavados en la hierba azulada que crecía en ese planeta. La tocó despacio, arrancó algunas briznas con nerviosismo, como si estuviera meditando qué hacer. Como si estuviera debatiéndose internamente si debía perdonarlo, si debía confiar en él después de que casi acabara con su vida.

—No te preocupes. No le diré nada a nadie. Tienes mi palabra —dijo finalmente.

Gohan suspiró con alivio y le dio una palmada en la espalda, haciendo que el cuerpo entero de Zucch respingara. Cesó todo contacto enseguida, entendiendo su incomodidad.

—Lo siento.

—No pasa nada —le contestó.

—¿Crees que… podríamos volver a estar como antes?

—Eso creo —afirmó tras dar un gran suspiro—. Pero me va a costar un poco.

—Lo entiendo —dijo el semisaiyajin con comprensión. Ese era un gran paso, así que no apresuraría las cosas de más—. Puedes venir a casa siempre que quieras. Ya has visto que mi madre está encantada.

—Su comida es deliciosa. Por supuesto que volveré. —Lo miró de nuevo, con el semblante mucho más calmado, recordándole al Zucch de siempre por fin—. Y, Gohan, a mí puedes contarme lo que sea.

Gohan asintió. Se quedaron charlando un rato más de otros temas y, tras una media hora, Zucch se marchó.

El encuentro y la conversación supusieron un gran alivio para él. Zucch no lo delataría, sus planes no estaban en peligro y, además, recuperaría a alguien que era importante en su vida y a quien tenía afecto, aunque tal vez le llevara algo de tiempo.


Bardock había estado fuera de su casa una semana en total. Cuando volvió, mantuvo una actitud distante prácticamente con todos y, cuando se cruzaba con alguien por la casa, el ambiente se volvía pesado e incómodo. Parecía que, extrañamente, con el único con el que más hablaba era Goten.

Videl se fijó en su rutina durante un par de días. Se iba a entrenar temprano, solo, volvía para recoger a su nieto pequeño y regresaban a la hora de comer. Uno de los dos días se fue tras almorzar y llegó cuando estaba atardeciendo y el otro se fue a entrenar de nuevo con Goten. Así que había decidido madrugar tanto como él e interceptarlo antes de que se marchara. De ese modo, podría verlo para hablar. Si la dejaba hacerlo, claro. Además, así se aseguraría también de que nadie los interrumpiera ni los escuchara.

Se fue a la cocina, se sentó a la mesa mientras lo esperaba y, unos diez minutos después, apareció por allí, con sus ademanes bruscos y su semblante serio. No se dignó a mirarla siquiera, mucho menos a saludarla. Se sirvió una taza de café y puso rumbo hacia la puerta de nuevo, hasta que se frenó en seco tras escuchar su voz.

—¿Crees que podríamos hablar un momento?

Bardock se giró, extrañado. Pensaba que le iba a negar la palabra, que se iba a marchar, pero ese hombre era tan impredecible que simplemente fue hacia la mesa y se sentó enfrente de ella mientras comenzaba a tomarse el café.

La miró con un brillo desafiante en sus ojos oscuros, indescifrables. Meneó levemente la cabeza, dándole pie a que comenzara a hablar. No podía negar que estaba nerviosa, pues ese saiyajin imponía de una forma extraordinaria, como ninguno de sus otros dueños, pero no quería que se le notara. No quería que la percibiera insegura, acobardada.

—Me gustaría hacerte una petición.

Bardock sonrió de una forma parecida a la que le había visto en el encontronazo que había tenido con Gohan.

—¿Piensas que estás en posición de hacer peticiones, humana?

—Me llamo Videl —le dijo ella, pronunciando las palabras despacio y con seguridad—. Y sí que lo pienso, porque es algo que te podría beneficiar a ti también.

El saiyajin siguió mostrándole una sonrisa burlona en los labios. Con paciencia, bebió tranquilamente un sorbo de café y le volvió a incrustar los ojos negros en el rostro, aunque le pareció que tenía el poder de mirarle dentro del cuerpo, de saber qué pasaba por su mente, qué sentía, incluso qué añoraba. Le daba un poco de miedo relacionarse con ese hombre, que le resultaba tan enigmático como peligroso.

—A ver, dime.

Videl suspiró, cerró los ojos durante un breve instante. Debía mostrar determinación. Lo que le iba a pedir a Bardock no era un reflejo de sus deseos, pero sabía que era lo mejor para todos y cada uno de los integrantes de esa familia. Que era, sin atisbo de duda, lo mejor para Gohan.

Apretó un poco los labios, le devolvió la mirada y, con aparente serenidad, le dijo:

—Quiero que me vendas.


Continuará...


Respuesta a los reviews anónimos:

Guest: Mmmm, podría ser. Estaría interesante. Pero en este contexto ¿para qué las usamos? Porque podría ser para que Videl deje de ser esclava, pero entonces todo sería muy fácil. O no jaja no sé qué opinas tú. En todo caso, muchas gracias por dejar el review. :)

Como siempre, las respuestas de los reviews de usuarios registrados van en privado. Y los demás, si me queréis dejar un review pues yo encantada y os contesto por aquí. Mil gracias a todas y todos.


Nota de la autora:

Antes de empezar la nota en sí, quiero aclarar que "un polvo" o "echar un polvo" es una manera coloquial/vulgar de referirse a las relaciones sexuales aquí en España. No sé hasta qué punto se usa en otros países y realmente yo trato de evitar modismos en las historias, pero es que en esa frase venía como anillo al dedo jaja así que no tuve más remedio que usar la expresión. Bueno, aclaraciones hechas, vamos con los comentarios de la historia.

Pues sí, al final era Bardock quien vio a Videl saliendo de la habitación de Gohan. Supongo que, en efecto, era cuestión de tiempo. Creo que también podía esperarse esta reacción por su parte, porque en él el miedo y la rabia se manifiestan de forma simultánea.

Sé que este capítulo es bastante largo y que han pasado un montón de cosas, pero no quería cortarlo porque en mi cabeza estaba así y la estructura me sirve para el siguiente. Y para dejaros un poquito con la intriga también, claro jaja.

¿Accederá Bardock a vender a Videl? Visto objetivamente, se quita un buen peso de encima y además de forma bastante sencilla. Ya veremos cuál es su decisión.

Muchísimas gracias por leer. Y a los que comentan: me dais la vida, gracias infinitas. He visto que hay personitas nuevas por aquí siguiendo la historia, así que ¡bienvenidos a todos! Espero que la disfrutéis.

¡Hasta la próxima!