-Paradoja-
Capítulo 16. Otra vida
Bardock frunció el ceño bruscamente al escuchar las palabras de Videl, que lo miraba directamente a los ojos. La sonrisa socarrona de sus labios se esfumó de un plumazo ante la serenidad que el rostro de la humana reflejaba.
Sus ojos azules se le antojaron como un océano inmenso, profundo, inexpugnable; igual de azul que se imaginaba el mar de la Tierra, aquel que había escuchado tantas veces describir a su hijo y a su nuera. Imaginaba que observar esa inmensa masa azul de agua era idéntico a mirar los iris de Videl. Parecía que lo trataban de ahogar.
Ahí estaba la clave, la solución. No podía creer que fuera ella misma quien le hubiera dado respuesta a la incógnita de cómo podía salvar a su nieto de sus propios sentimientos, que, sabía él bien, acabarían convirtiéndose en su perdición.
Ni siquiera lo había pensado, pero aquello era lo más lógico sin duda alguna. Vender a la humana supondría darle un cierre definitivo a aquel episodio lleno de ese melodrama tan intenso que tanto lo agobiaba. Y lo mejor de todo era que nadie se lo podría impedir, pues era su dueño legal.
Sin embargo, tomar esa decisión podría desatar una tormenta de dimensiones bíblicas en la familia. No solo Gohan se la recriminaría, sino todos los demás también. Videl había conseguido construir un vínculo sólido, diferenciado y único con todos ellos. Se había amoldado a cada una de sus personalidades, entendiéndolas y valorándolas tal y como eran, y, a su vez, ella había encontrado un refugio en esa familia saiyajin de clase baja.
Bardock no tendría ningún problema con su relación con Gohan si su condición legal fuera otra. Videl era humana, pero su carácter inquebrantable le gustaba —sabía que a su nieto mayor también— y la descendencia híbrida entre los de su raza y los humanos no presentaba anomalías significativas, aparte de ese estúpido sentimentalismo que todos parecían adquirir. Aunque, en el fondo, era consciente de que la bondad Gohan la había heredado de Gine, a pesar de que ella era una hembra saiyajin.
¿Qué pensaría su esposa de sus acciones? ¿Estaría de acuerdo con su decisión de haber comprado una esclava para ayudar a Chichi meses atrás? ¿Querría que, por proteger a Gohan, la vendiera ahora que la situación había derivado en todo ese sinsentido extraño?
De todas formas, daba igual, porque nunca podría saberlo. Tenía que tomar esa decisión solo, sin apoyarse en nadie, tratando de ser lo más racional posible para velar por el bienestar de su familia.
Sin embargo, pensó que, si realmente llegaba a vender a Videl —sabía que compradores no le faltarían—, Gohan no se lo perdonaría jamás. Lo perdería para siempre y, así, los dos lazos más férreos que había forjado en su existencia se desgastarían por completo, dejándolo sumido en una inevitable y oscura soledad que, aunque no lo reconociera, le daba miedo. El dilema radicaba en que importaba más mantenerlo con vida que verlo alejado de él definitivamente.
Los pensamientos se le agolparon en el cerebro, se le solaparon unos contra los otros, impidiéndole aclararse con totalidad.
Se sujetó el puente de la nariz, volvió a mirar a Videl y suspiró. Se levantó de la silla, puso la taza de café, ya vacía, dentro del fregadero y se dirigió hacia la puerta en silencio. No tenía ganas de hablar con ella más, no quería cruzarse con Gohan esa mañana, no quería pensar que la clave de la salvación de su nieto la tenía él mismo entre las manos, aunque las consecuencias de ponerlo a salvo fueran devastadoras para su relación. Si finalmente decidía vender a la humana, eso supondría sin duda un cambio irreversible en la familia. Debía meditarlo todo bien, con calma, sin apresurarse.
Justo antes de cruzar el umbral de la puerta, escuchó la insistente voz de la humana, que le exigía una respuesta.
—¿Y bien? —le preguntó, la impaciencia resonando con intensidad en sus palabras apresuradas.
Bardock giró la cabeza. Estaba sentada, con las manos formando un puño tenso, con la mirada profundamente azul atravesándolo completo, con una determinación absoluta.
—Déjame pensarlo. En una semana te comunicaré mi decisión.
Salió de la cocina, sin darle opción a réplica.
Se sintió, de repente, increíblemente cansado, como si los años y la ausencia le pesaran más que nunca. Casi arrinconado. Hastiado. Y muy enfadado. Pero lo estaba consigo mismo más que con la humana, con Chichi o con su nieto. Había sido ingenuo, estúpido y distraído. No había sabido fijarse bien en el trasfondo de las miradas que los jóvenes se lanzaban, confiando en que Videl le tenía tal animadversión a su raza entera que jamás sería capaz de relacionarse tan íntimamente con uno de ellos, aunque tuviera ADN humano también.
Fue a su habitación y, mientras se cambiaba, escuchó los movimientos de la familia por la casa. Se puso el traje de entrenamiento despacio, dándole tiempo a su nieto pequeño a que desayunara y se preparara para ir a entrenar.
Seguía sintiéndose asombrado por sus progresos y por la increíble evolución de su relación en tan poco tiempo. Goten era un niño risueño, charlatán, agotador en ocasiones, mucho más para alguien que apreciaba tanto la tranquilidad y el silencio como él. Pero era listo, era empático y, cuando estaban juntos, los silencios eran frecuentes, prolongados, cómodos; justo como le gustaban.
El niño había sido el que se había dado cuenta por sí solo de que su abuelo era alguien de pocas palabras, que se molestaba con facilidad, y se había ido adaptando a su forma de ser. Cuando estaba con él, era mucho menos intenso, más analítico y sosegado. Apreciaba y agradecía que fuera así.
Sin duda, se parecía mucho a su padre, pero Kakarotto nunca había sido capaz de encontrar esa fuerza de voluntad que le permitiera apagar su intensidad y hacía años que no se llevaban demasiado bien. Que casi no hablaban. Suponía que le tenía rencor por arrancarlo de la Tierra, aquel planeta pacífico en el que verdaderamente había encontrado su sitio. En el que había comenzado a formar una familia. Él lo rompió todo por sus ideales, por hacer las cosas como debía ser, según le habían enseñado sus arraigadas tradiciones. Gine siempre se lo recriminaba. Entendía que su hijo también lo hiciera, aunque fuera de forma indirecta.
Sacudió la cabeza y se miró brevemente en un espejo pequeño que tenía en su habitación. No le gustaba mirar su reflejo por lo general, pero esa mañana, sin saber por qué, se quedó mirando atentamente su rostro, y observó con minuciosidad las sombras oscuras que se extendían debajo de sus ojos.
Se fue sin mirar atrás. Qué más daba si estaba cansado, si estaba desesperado, si se sentía solo y… ¿triste? ¿Eso era lo que le pasaba? ¿Era la tristeza la que lo acechaba o era rabia? ¿O tal vez era decepción? No lo sabía y tampoco quería pensar más, así que fue a la cocina, donde Goten estaba acabando de desayunar, y ambos se fueron juntos a la sala de entrenamiento de turno tras esperarlo tan solo unos pocos minutos.
Al llegar, el entrenamiento comenzó y se sintió liberado. Era justo lo que necesitaba para no sentir, para no pensar más. Los golpes lo aturdieron, lo vaciaron, lo tranquilizaron. Se sintió renovado y, cuando el descanso llegó, se separó de Goten para ir a secarse el sudor de la frente y del cuello y para coger algo que había estado buscando con tanto anhelo y ahínco que no sabía cómo se le había podido olvidar.
Bardock se había pasado muchos días encerrado en el archivo del ejército, en la facción de los soldados rasos, los más inútiles y principiantes. No había rastro del scouter de Gine. Aquello no tenía sentido, pues sabía que había estado unos meses en el ejército, justo antes de que sus padres se la ofrecieran para contraer matrimonio y él aceptara por pura inercia. Porque era lo que tenía que hacer, lo que le tocaba hacer.
En esa época, Gine tenía una compañera muy cercana. Intentó recordar su nombre durante días, porque tal vez en su scouter hubiera grabaciones de la voz de su mujer, pero no lo logró, y eso que le hablaba mucho de ella, porque su amistad había continuado incluso después de casarse. No podía creer que su mala memoria fuera a provocar que fallara en su nueva obsesión.
Sin embargo, dos días atrás, mientras observaba fijamente la humedad del techo de una de las habitaciones de la posada en la que se hospedaba —porque no quería volver a su casa durante unos días tras el encontronazo con Gohan—, el nombre le apareció repentinamente en el cerebro, como si alguien se lo hubiese soltado directamente allí: Fenn.
Fue directamente al archivo, estuvo cinco horas buscando y por fin lo encontró. Por lo visto, sí recordaba bien que esa hembra se había retirado hacía años y había entregado su scouter. Suspiró aliviado al encontrarlo, pero pronto el ánimo que sentía se disipó, pues quedaba lo más tedioso: escuchar horas y horas de audio.
Lo hizo. Las horas se sucedieron una tras otra y Bardock empezó a perder la paciencia. Hasta que, por fin y justo cuando había decidido que no iba a perder más tiempo escuchando explosiones, pasos o la risa histriónica de esa mujer, la voz suave de Gine llegó a sus oídos, casi acariciándole la piel en el proceso.
El corazón le dio un vuelco. Ni siquiera supo qué sentir. Le empezaron a temblar incluso las manos. Gine hablaba nimiedades sobre la misión. Concretamente, sobre su última misión. Su voz jovial no era exactamente la que recordaba de la etapa final de su vida, sino la de aquella joven insolente que osó plantarle cara aun sabiendo que podría aplastarle el cráneo con una sola mano si le apetecía. Sin embargo, también era la voz de la chica que, con tan solo diecinueve años, le había dicho por primera vez que lo amaba.
Sintió que los ojos y la garganta le escocían, así que carraspeó enseguida para deshacerse de esa sensación que tanto odiaba. Apretó ligeramente el scouter pero soltó el agarre enseguida para no dañarlo.
Continuó escuchando. En un momento dado, oyó a Fenn diciendo «fin del reporte» y, cuando creyó que el audio se cortaría, el aparato continuó grabando. Los scouters de esa época solían tener ese fallo y él mismo, tras proferir probablemente un molesto «puto aparato de mierda», había tenido que romper algunos por pura desesperación al comprobar que no había forma de que se apagaran.
Tras preguntarle Fenn cómo iba a afrontar su nueva vida alejada por fin del ejército, Gine le contestó que estaba aliviada por alejarse de aquella institución en la que solo era un lastre y por comenzar a trabajar en otro lugar, pero que le aterraba la idea de tener que compartir espacio con su futuro esposo.
Sonrió con melancolía mientras la escuchaba despotricar sobre él. Que si era demasiado serio. Que si tenía un carácter horrible. Que si la cicatriz de su rostro le parecía espantosa. Y eso que, por ese entonces, solo se habían visto una vez. Realmente ella lo detestaba con una intensidad que, si era sincero consigo mismo, comprendía a la perfección.
Se escuchó a Gine suspirando y Fenn le dio ánimos, le dijo que tal vez eso era solo pura fachada y que incluso era posible que fuera un compañero de vida aceptable al menos, aunque no se quisieran.
—Quién sabe… En realidad, le veo en los ojos algo que… creo que es miedo. Y resentimiento, mucho resentimiento. Ojalá pueda lograr hacerle la vida un poco más sencilla.
Bardock se llevó las manos al rostro. Había llegado a un punto en el que quería llorar, pero las lágrimas ni siquiera le salían de los ojos.
No es que le hubiese hecho la vida más sencilla, es que se la había cambiado por completo, se la había mejorado, llevándole a sentir unos niveles de felicidad que siempre creyó que no eran para él; le había dado, por fin, un propósito, que era nada más y nada menos que amarla.
Lo había rescatado del abismo en el que siempre había estado atrapado.
Tras algunas palabras más e incluso bromas de carácter sexual por parte de su amiga, que sabía que la pusieron nerviosa y la hicieron sonrojar furiosamente, las mujeres se dieron cuenta de que el aparato seguía grabando. Se escuchó la voz de su esposa diciendo «dichoso cacharro» y el audio definitivamente se cortó.
De nuevo, sonrió. Acarició el scouter y en ese preciso instante decidió que quería reencontrarse con su recuerdo, honrar su memoria. Así que, aunque le costara muchísimo, se había propuesto que al fin iba a hablar de ella. Empezaría enseñándole a sus nietos esa preciada grabación de su voz, aunque de momento lo haría solo con Goten, pues con su nieto mayor no se hablaba todavía.
Mientras Goten comía sus bolas de arroz, Bardock se sentó a su lado en silencio. Cogió una, la que le pertenecía, aunque algo extrañado porque Chichi había preparado una para él incluso en esas circunstancias, tras la grieta que los había alejado todavía más, y la mordió.
Cuando el niño acabó de comer, le soltó el scouter en el regazo sin decir nada. Él lo miró, con los ojos negros repletos de incomprensión.
—Escucha el último audio que hay guardado.
Goten asintió. Presionó el botón y el audio comenzó a reproducirse. Al escuchar la voz de la mujer que parecía más joven lo volvió a mirar, con un asombro inusitado en su rostro, cuyas facciones eran cada día menos infantiles.
—¿Es…?
—Sí, es Gine. Es tu abuela.
Las lágrimas se le arremolinaron en el borde de los ojos, sonrió ampliamente y arrulló el aparato entre sus manos como si fuera su bien más preciado. Cuando el audio finalizó, Goten lo miró, sus ojos tan brillantes que parecían dos soles negros. Susurró un tenue y tembloroso «gracias» que le estrujó el corazón.
Y entonces, sin saber realmente lo que estaba haciendo o el porqué, le posó la mano en la cabeza, le acarició con paciencia el cabello azabache y le asintió mientras sus labios se curvaban en una tenue mueca que se asemejó a una sonrisa genuina.
Gohan estiró los músculos de los brazos. Estaba sentado en la silla de su escritorio y le dolía un poco la espalda, pues llevaba muchas horas trabajando. Miró a Zucch de reojo, que seguía concentrado en el ordenador sin apenas parpadear. Su trabajo le gustaba mucho, pero esas jornadas maratonianas lo dejaban muy cansado.
Miró el reloj de la pared; faltaba un cuarto de hora para que el cuartel cerrara. Solo quedaban Zucch, él y Celery, que entrenaba sola en una de las salas contiguas. Era hora de marcharse.
—Zucch, ¿nos vamos ya?
—Me queda poco. Unos diez minutos.
El chico no apartó la vista de la pantalla ni para contestarle, así que Gohan se cruzó de brazos. Tenía que ir a la sala de entrenamiento a avisar a Celery para que recogiera sus cosas y así el guarda pudiera cerrar.
—¿Te espero? —le preguntó.
—No, no. Adelántate. Quiero terminar esto hoy.
Los hombros de Gohan se encogieron. Decidió ir a la sala donde estaba su compañera y marcharse a casa, tal vez le propondría que juntos. Antes de levantarse, abrió el cajón de su escritorio y cogió, con cierto nerviosismo, un estuche que tenía guardado. Lo metió en una pequeña mochila que siempre llevaba y, tras despedirse de Zucch, se encaminó hacia la sala de entrenamiento.
Suspendió el bloqueo de la puerta desde fuera, sin avisar. Al ser el líder de ese pequeño escuadrón, podía hacer ciertas cosas que los demás no. Celery lo fulminó con la mirada en cuanto comprobó que la había interrumpido.
Era una hembra saiyajin prototípica, pero bastante misteriosa a veces. No le gustaba acatar órdenes y todo lo hacía a regañadientes, y lo comprendía, pero el ejército saiyajin era una institución muy jerarquizada, en la que el respeto por los superiores era prácticamente un mantra que ella no llevaba demasiado bien.
—Nos tenemos que ir ya.
Celery simplemente asintió, el gesto serio y los ademanes secos. Recogió sus cosas y ambos se marcharon, por inercia, juntos a casa. A ella no se le pasó por alto que Zucch seguía en su escritorio trabajando, pero Gohan la tranquilizó asegurándole que solo terminaría un informe de forma rápida y también se iría.
Esa tarde, la vuelta a casa fue más silenciosa de lo normal, probablemente porque ella estaba molesta por su interrupción. Pero eso le permitió pensar, concretamente en el estuche que llevaba guardado en el interior de su mochila.
Hacía un par de días, su madre le había dicho que, por casualidad, Videl había mencionado que el martes de la semana siguiente era su cumpleaños. A él nunca se le había ocurrido preguntarle la fecha y no era un tema que hubiera salido espontáneamente, pero se alegraba de que esa referencia fortuita se hubiera producido.
Los saiyajin no celebraban los cumpleaños, pero en su casa siempre lo hacían por la influencia terrícola de su madre, que preparaba un pastel enorme y una fiesta pequeña en la cocina, en la que todos participaban en otros tiempos. Desde que Gine murió, Bardock no quiso asistir a las celebraciones de los cumpleaños de los distintos miembros de la familia, pues alegó que le parecían una soberana idiotez.
Chichi le había contado que quería prepararle una fiesta sorpresa, pues se lo merecía y en pocos meses, además, se cumpliría un año desde que Videl había llegado a sus vidas para cambiarlo todo por completo. Su madre decía que era motivo de celebración y él estaba completamente de acuerdo. ¿Cómo no iba a ser razón para festejar la existencia de la mujer que amaba?
Entonces, decidió que le compraría un regalo. Pensó en un libro, pero no le convencía del todo, porque pensaba que debía ser algo más romántico, quizás. Así que una mañana, antes de ir a trabajar, pasó por el mercado. En el puesto de una mujer que no era saiyajin, vio una pequeña joya que relucía. La tendera, de piel verdosa y estatura baja, vio cómo se quedaba mirándola con intensidad y le contó que era una piedra preciosa de su planeta, y que la cadena estaba hecha de un metal que no se veía en casi ningún sitio en todo el universo.
Indudablemente, le recordaba a ella; la piedra era de un color azul casi tan intenso como sus ojos y la cadena, dorada y resplandeciente. Le costó algo caro aquel colgante, pero se lo llevó sin dudar.
El problema era que no sabía si le gustaría, no quería consultarlo con su madre porque se podía ir de la lengua y arruinar la sorpresa —bastante estaba aguantando con el tema de la fiesta— y no tenía más allegadas que pudieran tener ese gusto femenino que él no conseguía entender a veces.
Excepto Celery.
Aunque, claro, ella era una hembra saiyajin; tal vez, las joyas le parecían una nimiedad o una estupidez. Se detuvo a medio camino, sabiendo que ella también lo haría. Lo miró con la rareza impregnándole la oscuridad de los ojos.
—¿Te puedo preguntar algo? —se animó Gohan a decir.
Celery puso los brazos en jarra y, sin rodeos, le espetó:
—¿Es que quieres que nos apareemos?
Gohan sintió que todo el calor del cuerpo se acumulaba de golpe en su rostro. Titubeó, dirigió la mirada a mil sitios que no fueran el cuerpo de su compañera y, finalmente, tras mucho esfuerzo, pudo hablar otra vez.
—¡Cl-claro que no!
—¡Ah, menos mal! —exclamó la joven con alivio—. No te ofendas, pero no eres mi tipo. A mí me gustan… más sumisos —finalizó, con una sonrisa burlona en los labios.
Gohan arqueó una ceja, intentando comprender por qué le estaba contando eso. Sacudió la cabeza enérgicamente para enfocarse, dejar atrás esa confusión y poder cambiar de tema.
—En fin, da igual —balbuceó, aún nervioso y avergonzado. Se centró un poco, sacó el estuche de la mochila y lo abrió para mostrarle lo que guardaba en su interior—. Quería que me dieras tu opinión.
—¿Sobre eso? —le dijo ella resuelta, inclinándose sobre el collar y señalándolo con el dedo. Gohan asintió y Celery se enderezó y se cruzó de brazos—. Es brillante.
Se restregó la cara con hastío, cerró el estuche y lo guardó de nuevo.
—¿Qué clase de respuesta es esa? —le recriminó él.
—¡Pues es mi opinión, que es lo que me has pedido! Machos… No hay quien os entienda.
Gohan empezó a caminar y Celery lo siguió. Se hizo el silencio de nuevo y meditó si realmente no se había equivocado enseñándole el regalo que tenía para Videl. No era tan inteligente como Zucch, pero sabía que era analítica y sacaba conclusiones con velocidad, aunque podía decirle que estaba conociendo a una hembra saiyajin o que era un obsequio para su madre.
—¿Estás emparejado con alguien? —le preguntó arrastrando las palabras, mostrando un desinterés que sabía que era falso.
—Más o menos… —musitó Gohan. No tenía que darle detalles en realidad.
Pronto, llegaron a su casa y Gohan abrió la puerta mientras Celery, que parecía estar clavada al suelo, lo seguía mirando.
—Bueno, nos vemos mañana.
—Sí —le dijo ella en un susurro extraño—. No te preocupes, Gohan, supongo que le gustará.
El semisaiyajin frunció el ceño y luego se echó a reír. Esa era una forma curiosa de darle ánimos, sin duda alguna. Le agradeció y se despidieron. Antes de ir a la cocina y encontrarse con Videl y su madre, fue a su habitación a dejar allí el colgante.
En el pasillo, se encontró a Bardock, pero se cruzaron sin apenas mirarse. Algo apenado, entró a su cuarto, guardó el regalo y pensó que debía dejar que el tiempo pasara para intentar tener una conversación con su abuelo.
Le contaría cómo se sentía, le hablaría desde el corazón, y sabía que Bardock, por mera empatía, por haber vivido lo que es verdaderamente el amor y ser consciente de lo que se puede llegar a hacer por la persona de la que se está enamorado, acabaría aceptando sus sentimientos y perdonándole su imprudencia.
Era, simple y llanamente, un día como cualquier otro. Solo era un aniversario más de su nacimiento, un acontecimiento que no celebraba desde hacía años. La última vez que sopló las velas fue cuando cumplió los dieciséis. Después, sus cumpleaños dejaron de tener sentido e incluso algunos años se olvidó del día.
Esa ocasión no sería diferente tampoco. Nadie en esa casa sabía nada y no pensaba contarlo.
La situación entre Gohan y su abuelo no parecía mejorar. Bardock y Chichi apenas se miraban y parecía que Goku había notado la incomodidad que se producía en cada mínima interacción entre ellos, pues en una ocasión lo había visto serio, observando a su mujer mientras pasaba al lado de su padre. Al darse cuenta, aquel saiyajin al que en ese planeta llamaban Kakarotto, suavizó el gesto y le sonrió. Sin embargo, no pasó desapercibido para Videl que ese hombre de gesto tranquilo se percataba de más cosas de las que parecía.
A la misma vez, la culpa que Videl tenía atrapada en el pecho no dejaba de crecer. Porque aunque Gohan le hubiera restado importancia a su responsabilidad en esa situación, ella era más que consciente de que en efecto, todo lo que estaba ocurriendo en el seno de esa familia, todo lo que se estaba resquebrajando, era culpa suya.
Finalmente, Videl fue a la cocina, donde Chichi la recibió con su sonrisa templada de siempre y una taza de té sobre la mesa.
El día trascurrió con normalidad, de manera incluso monótona. Pasó la tarde casi entera leyendo en su habitación y, tras observar a través de la ventana que la noche cubría casi completamente el cielo, fue a la cocina para ayudar a Chichi a preparar la cena.
Al abrir la puerta de su habitación, la oscuridad que envolvía toda la casa la sorprendió. Incluso la abrumó ligeramente. Encendió la luz del pasillo, se aproximó a la cocina. Entró en total oscuridad, le dio al interruptor de la luz y, cuando la estancia se iluminó, el ensordecedor ruido de las felicitaciones la sobresaltó.
Tras mirar un par de segundos hacia el interior de la estancia, consiguió comprender qué estaba pasando. En el techo había una guirnalda colgada, en la que estaba escrito «¡Feliz cumpleaños, Videl!». Y allí, alrededor de la mesa repleta de comida y coronada por una gigantesca tarta, estaban Chichi, Goten, Gohan e incluso Goku. Todos la miraban sonrientes y ella se limitó a pensar que no entendía qué había hecho para merecer todo eso.
Fue Chichi la que recortó la distancia que las separaba y la abrazó con tanto cariño que le pareció que quien le estaba dando esa caricia amorosa era su propia madre.
—Feliz cumpleaños, cariño. —Se separó de ella, le apretujó la cara y después los hombros. Le sujetó la mano y la instó a entrar a la cocina y a acercarse a la mesa—. ¡No sabes lo que me ha costado callármelo durante todo el día!
—¿Cómo lo sabías?
—Me lo dijiste la semana pasada.
Videl la miró, pensativa. Ni siquiera recordaba habérselo comentado, pero probablemente lo había mencionado como algo completamente anecdótico, como algo que ni siquiera tenía importancia. Sin embargo, ellos querían compartir ese día a su lado, querían celebrar su vida; una vida que le había resultado tan insulsa en los últimos años que no se podía creer que alguien la considerara mínimamente relevante.
Goku y Goten la felicitaron con la idéntica sonrisa amable adornando sus rostros y Gohan se acercó a ella, le acarició el hombro ante la mirada de los demás y le susurró un tierno «felicidades, Videl».
—¡Venga, a soplar las velas y después comemos!
Chichi dio dos saltitos de pura felicidad, puso las velas en el centro de la tarta y las encendió. Colocó a Videl al lado de la mesa y ella pudo ver sus caras radiantes mientras la miraban. Se sintió un poco fuera de lugar, avergonzada, inquieta por verse siendo el centro de atención tras tanto tiempo.
La típica canción que se canta en todos los cumpleaños sonó en la pequeña cocina de la casa de Bardock y, cuando finalizó, Videl observó que Gohan le sonreía con una devoción que la emocionó.
—No te olvides de pedir el deseo —le recordó, y ella solo asintió.
Cerró los ojos, se inclinó sobre la tarta y sopló sobre las velas, apagando el fuego. Cuando se enderezó, todos le aplaudieron y rápidamente Chichi lo dispuso todo para que empezaran a comer.
Mientras cenaban, entre risas sinceras y conversaciones amenas, Videl se dio cuenta de lo afortunada que era, porque realmente sentía que ese grupo de personas que hacía tan solo unos meses le producía repulsión se había terminado convirtiendo en su familia.
Se echó en la cama en cuanto se fue a su habitación. No creía que la sonrisa pudiera írsele de los labios. Se sentía tan contenta, tan en paz, que incluso la culpa que había sentido durante días completos se disipó entre la felicidad.
Se llevó las manos al pecho, cerró los ojos y escuchó dos toques suaves en la superficie de la puerta. Se levantó con premura, abrió a Gohan y tiró de su antebrazo para que pasara enseguida. Lo abrazó en cuanto escuchó la puerta cerrándose.
Se separaron, él acunó su rostro y le acarició las mejillas. Sentía que el ritmo absurdo de su corazón iba a hacer que le estallara. Y entonces, mientras observaba la forma en la que sus ojos negros le gritaban su amor, Videl pudo al fin reconocer que estaba profundamente enamorada de Gohan.
Lo sintió como una explosión caótica en su interior que, paradójicamente, le proporcionó una paz que nunca antes había sentido. Lo quería, y la confirmación de sus sentimientos hacía que su alma se desgarrara por el grito que resonaba en su mente y que le repetía una y otra vez que él estaría mucho mejor si se alejaba de su vida.
Gohan se metió la mano en el bolsillo, le pidió que cerrara los ojos y Videl accedió. Sintió que se colocaba detrás de ella; su respiración le acarició el pelo. Algo frío, ligero y fino se posó sobre su cuello y escuchó un susurro que le indicó que abriera los ojos.
Miró el colgante que adornaba su cuello y se giró instantáneamente. Gohan parecía contento pero algo nervioso.
—¿Te gusta?
—Me encanta —afirmó, y sujetó la pequeña piedra azul brillante para mirarla. Después, sus ojos se alzaron de nuevo para observarlo—. No era necesario, Gohan.
—No lo era, pero quería hacerlo.
—No sé cómo voy a agradecerte todo lo que haces por mí.
—No tienes que agradecerme nada. Todo lo que hago es porque te lo mereces y porque te quiero.
Videl le acarició el rostro con delicadeza y él se restregó contra su mano como si necesitara imperiosamente que le demostrara su amor. En un movimiento inesperado por los dos, le puso las manos sobre los hombros y colocó las suyas en su cintura mientras él componía un gesto de extrañeza.
—¿Qué música te gusta? —le preguntó Videl sin saber siquiera por qué.
Gohan enarcó una ceja.
—No sé, no es muy común que escuchemos música. Mi madre no se pudo traer sus cintas de la Tierra. Aquí prácticamente solo se escucha el himno del ejército.
Videl comenzó a tararear una canción que siempre sonaba en su cumpleaños cuando vivía en la Tierra, que siempre le cantaba su padre, aunque no lo hacía muy bien. Después de muchos años, había sentido la necesidad de escucharla en ese día, que además estaba siendo muy especial.
Se movió de manera lenta, en un ligero vaivén que Gohan siguió sin decir una sola palabra.
Mientras tanto, recordó lo que él le había contado algunos días atrás; estaba prácticamente convencido de que existían diversas líneas temporales, en las que versiones alternativas de ellos mismos tenían distintas vidas.
Gohan le hablaba mucho sobre conceptos muy complejos, pero ella siempre lo escuchaba. Nunca se había caracterizado por ser inteligente y muchas de las hipótesis que le planteaba no las terminaba de comprender. Y aunque era cierto que la teoría de las líneas temporales, de esos universos paralelos en los que otro Gohan y otra Videl existían y se construían de forma distinta por sus diversas circunstancias, no la entendía completamente, la idea se le había grabado a fuego en la memoria.
En ese momento, pensó en esos Gohan y Videl, en esas personas que en otra vida se habían encontrado, libremente, y habían sido felices juntos.
Dejó de tararear la canción, se detuvo y Gohan la imitó.
—¿Crees que en otro universo también estamos juntos?
La cara de Gohan reflejó un absoluto asombro, probablemente motivado por esa expresión. Nunca lo había verbalizado de ese modo, pero sí, sin duda estaban juntos, aunque no pudieran pasear por la calle de la mano o comportarse como cualquier pareja.
En la mente de Gohan, además, pronto iban a escapar a otro planeta. Pero ella sabía que Bardock cedería, que la vendería y sus caminos se separarían para siempre. Se lo había puesto en bandeja, se lo había dejado tan fácil que no había apenas posibilidades de que el saiyajin de la cicatriz rechazara su propuesta.
—Estoy seguro de que sí.
Videl besó los labios de Gohan mientras posaba las manos sobre su cuello, acariciándolo. Aprovecharía todo el tiempo que le quedaba para estar a su lado.
Él la desnudó pronto, se quitó la ropa y le enroscó las piernas en su cintura. La aprisionó contra la pared, cerca de la estantería, y se adentró en su interior en un movimiento ágil que la hizo vibrar.
Sus embestidas ávidas se volvieron muy intensas de repente e incluso sintió su cola envolviendo su muslo izquierdo. Se quedó mirándola un instante, pensando en que esa era una parte de su cuerpo que le llegó a producir mucho rechazo. Ahora, de forma involuntaria, le abrazaba la cintura, le enroscaba la piel y no le importaba.
—¿Estás bien? —le jadeó Gohan sobre los labios, intentando frenarse porque su ímpetu ya le había jugado antes una mala pasada.
Videl asintió, fue ella la que entonces se movió y gimió, escondiendo después el rostro en su cuello. El vaivén de los cuerpos continuó, se afianzó, se intensificó hasta el punto de no retorno y entonces la explosión los arrastró sin remedio, haciendo que Videl se sintiera incluso algo aturdida.
Gohan la llevó a la cama, la tumbó y se colocó a su lado. La abrazó. Le besó los hombros todo el rato, le acarició la cintura, como si quisiera imprimir su tacto en su pálida piel.
—¿Te quieres quedar a dormir conmigo? —le preguntó de forma queda.
Ya no tenían que esconderse, ya le daba igual que alguien los viera o las malas caras que Bardock les dedicara, porque estaba convencida de que, pronto, se iría de esa casa, aunque ya fuera su hogar.
Pronto, no volvería a escuchar las risas de Goten, ni a Goku quejándose porque su esposa no le dejaba comer, ni a Chichi dándole consuelo con su amor incondicional, ni siquiera a ver la cara de pocos amigos de Bardock.
Todo aquello lo echaría increíblemente de menos.
Y, por sobre todas las cosas, extrañaría a Gohan. Extrañaría sus sonrisas tranquilas, sus conjeturas sosegadas, su pasión cuando hablaba de aquello que le gustaba, sus ojos negros que siempre la miraban con un destello de amor insondable.
Nunca imaginó que pudiera enamorarse de un saiyajin, que pudiera siquiera acercarse a él de alguna forma, pero había acabado siendo inevitable, aunque se había resistido con todas sus fuerzas. Ese era su destino y no podía hacer nada para cambiarlo.
Gohan asintió con energía, con una alegría indescriptible. La abrazó con más fuerza, le besó la nuca y, tras hablar algunos minutos, escuchó su respiración tranquila, indicándole que se había dormido.
Arropada aún por su abrazo, Videl se giró. Le acarició la frente, el rostro, el mentón. Se acomodó en su pecho, arropada por su calor, y se durmió mientras deseaba que, si en realidad existían aquellas otras versiones de ambos en otro universo o en otra vida, pudieran encontrar la felicidad que tanto merecían.
Continuará...
Respuesta a los reviews anónimos:
Guest(1): Sí, claro, en este contexto, realmente puede pasar cualquier cosa mientras sea verosímil; por eso te preguntaba cómo utilizarías tú aquí las bolas de dragón, porque a mí no se me ocurre nada más que eso que te comenté jaja. Muchas gracias por tu comentario. :)
Guest(2): Mil gracias por dejarme saber todas tus teorías, hay algunas cosillas que, claro, no te puedo contestar jaja. Me encanta que os guste que Goku y Goten pasen tiempo juntos. En mis historias, siempre será Goku papá presente. Y, por cierto, sobre eso que comentabas de que Goku leyera el ki de Chichi, realmente, no conocemos su punto de vista, así que tal vez sí que lo sintiera y supiera que algo le ocurría. Ya veremos qué pasa en los próximos capítulos. Gracias por tu comentario. :)
SSG: ¡Gracias! No creo que este haya sido un capítulo con giros inesperados jaja pero sí con algo de drama, sobre todo por Videl. La decisión está en el tejado de Bardock y puede desencadenar todo tipo de situaciones. Me llama la atención eso que comentas, de que pueda haber un interés de Zucch por Videl, pero ya veremos también. Muchas gracias por animarte a comentar. :)
Una vez más me repito: a los usuarios registrados les contesto por privado y a los que no, si os animáis a comentarme vuestras teorías e impresiones, os contesto en este espacio. Muchísimas gracias de todo corazón, a todas y todos.
Nota de la autora:
¡Aquí estoy! Esta semana he estado hasta arriba, con mil cosas, pero en cuanto terminé algo que tenía que entregar, me puse a escribir (y a trasnochar mientras edito). Este capítulo es más corto y encima os he dejado con las ganas de saber si Bardock venderá a Videl jajajaja. En el próximo sí que lo resolvemos.
Por cierto, me ha encantado escribir ese momento de Bardock con el scouter y con Goten. Espero que a vosotras y vosotros os haya llegado de la manera en que pretendía.
En la escena de Gohan y Celery hay una pequeña referencia a un fanfic que estoy leyendo y me está encantando: Más allá del tiempo, de Stacy Adler (ya que me basé de forma inconsciente en su personaje para crear a Celery xd). Es un romance de desarrollo lento entre Gohan del futuro y su OC, Kioran (que, como siempre ella indica, no es self-insert jaja), en una historia llena de acción. Y yo sé que aquí estamos porque amamos a Gohan y Videl, pero os recomiendo mucho que le deis una oportunidad, porque no os vais a arrepentir.
Por otro lado, Videl se está "despidiendo" a su manera de Gohan. Es un poco injusto que ahora que ha reconocido sus sentimientos (porque lo ha hecho) y que siente que esa casa es su hogar, exista la posibilidad de que se marche. Es que realmente dejaría a toda la familia destrozada, creo que eso ni siquiera lo ha llegado a pensar.
En fin, me despido por hoy. Intentaré seguir con este ritmo de actualizaciones y aprovechar todo mi tiempo libre para dedicarlo a esta historia, porque me gusta mucho escribirla. Antes, por supuesto, os agradezco infinitamente todos los comentarios, los amo, me emocionan y me animan muchísimo.
¡Nos leemos!
