Capítulo 3: Sombras del Pasado

Fate se encontraba en la comodidad de su casa privada, rodeada de lujos que apenas comenzaba a procesar como parte de su nueva vida. Ella y Nanoha, como esposas recién casadas, habían decidido mudarse a una de las casas privadas dentro de los terrenos de la familia Takamachi. La idea era tener algo de privacidad, pero dentro de las propiedades Takamachi, esa palabra parecía un lujo inalcanzable.

La casa estaba perfectamente equipada: un chef privado, sirvientas encargadas del orden, limpieza y etiqueta, e incluso una ama de llaves que gestionaba cada detalle del hogar. La seguridad estaba a cargo de Vita, quien había demostrado ser una guardaespaldas excepcional, aunque su lengua afilada solía meterla en problemas. Signum, responsable de la seguridad general de los Takamachi, confiaba plenamente en ella. A pesar de todo, Vita seguía siendo Vita, eficiente, feroz y, en ocasiones, demasiado honesta.

Fate, sin embargo, intentaba desconectarse de todo eso. Vestida con un camisole ligero y ropa interior, estaba acostada boca abajo en el sofá, moviendo las piernas al aire mientras cambiaba de canal. La televisión no parecía ofrecer nada interesante, pero eso no le impedía seguir buscando. Nanoha, por su parte, estaba sentada en un escritorio, en pijama: un simple short de dormir y una camiseta larga. Entre sus manos, sostenía un cuaderno lleno de anotaciones mientras estudiaba temas relacionados con las empresas de su familia.

De vez en cuando, Nanoha levantaba la mirada del cuaderno hacia Fate. La manera en que las piernas de su esposa se movían provocativamente y cómo su ropa dejaba entrever sus curvas le hacía perder la concentración. Finalmente, suspiró con una mezcla de frustración y diversión.

—¿Lo haces a propósito? —preguntó Nanoha, cerrando el cuaderno.

Fate volteó hacia ella con una sonrisa traviesa, sacando la lengua provocativamente.

—¿Hacer qué? —respondió con un tono inocente.

Nanoha se levantó de la silla, caminó hasta el sofá y se inclinó sobre Fate, abrazándola por detrás.

—Me vuelves loca… —murmuró en su oído antes de besarla suavemente en el cuello.

Fate soltó una risa, disfrutando del juego. Giró sobre sí misma para corresponder al beso, envolviendo a Nanoha con sus brazos. El momento se intensificó rápidamente, y ambas comenzaron a perderse en caricias y risas, olvidándose del mundo que las rodeaba. Pero justo cuando Nanoha empezó a recorrer el cuello de Fate con besos, un sonido rompió la atmósfera.

El teléfono de Fate, con un tono especial que ella había asignado para contactos importantes, comenzó a sonar desde la mesa cercana. Fate dejó escapar un gruñido frustrado, estirando el brazo para alcanzarlo mientras Nanoha dejaba caer su frente en el hombro de Fate con resignación.

—Es mamá… —murmuró Fate, mirando la pantalla. Nanoha se apartó a regañadientes, dándole espacio para que contestara.

Deslizando el dedo por la pantalla, Fate llevó el teléfono a su oído.

—¿Mamá? ¿Qué pasa? —preguntó, extrañada por la llamada a esas horas.

La voz de Precia sonaba seria, cargada de una tensión que Fate reconocía bien.

—Fate, ¿estás ocupada?

Fate miró a Nanoha, quien la observaba con una mezcla de curiosidad y preocupación.

—Nada que no pueda esperar. ¿Qué sucede?

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que Precia respondiera.

—Hija… ¿no ves las noticias?

Fate frunció el ceño, confundida.

—No, mamá. ¿Por qué?

El tono de Precia se tornó algo sarcástico, como si estuviera regañándola.

—Tal vez deberías hacerlo de vez en cuando. Esta mañana informaron algo importante… tu padre ha muerto.

El mundo de Fate pareció detenerse.

—¿Qué? —dijo, casi en un susurro. Nanoha, al verla tan afectada, se inclinó hacia ella, tocándole el brazo con suavidad.

—Nicolo fue asesinado —continuó Precia, ahora con un tono más neutro—. Todo indica que fue un ajuste de cuentas. Lo encontraron esta madrugada, y la noticia salió en todos los noticieros. ¿En serio no te enteraste?

Fate negó con la cabeza, incapaz de hablar. Nanoha tomó su mano, dándole un apretón de apoyo. Finalmente, Fate logró reunir las palabras.

—¿Cómo pasó?

Precia suspiró.

—Le dispararon, hija. Fue un tiro limpio a la cabeza. Todo lo demás… bueno, digamos que fue para deshacerse del cuerpo.

Nanoha abrió los ojos, horrorizada por la crudeza de las palabras. Fate tragó saliva, intentando procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Y… ya saben quién lo hizo?

—No todavía —respondió Precia—. La policía está investigando, pero ya sabes cómo es esto. Lo único que tengo claro es que esto fue por negocios sucios.

Fate pasó una mano por su rostro, sintiéndose abrumada. Pero antes de que pudiera responder, Precia continuó:

—Fate, hay algo más que necesitas saber.

Fate cerró los ojos, temiendo lo que estaba por venir.

—¿Qué cosa, mamá?

Precia tomó aire antes de soltar la bomba.

—Tienes una hermana menor.

Fate abrió los ojos de golpe, incorporándose en el sofá.

—¡¿Qué?!

Nanoha, sorprendida por el tono de Fate, la miró con los ojos abiertos como platos.

—¿Hermana menor? —repitió, incapaz de ocultar su sorpresa.

Fate puso el altavoz para que Nanoha pudiera escuchar.

—Sí. En la morgue me encontré con su madre. Es una niña de 14 años, Fate. Se llama Ruby.

Fate pasó una mano temblorosa por su cabello.

—Esto… esto es demasiado…

—Lo sé —dijo Precia con calma—. Pero creo que es importante que lo sepas. He invitado a Ruby y a su madre a la mansión Harlaown este fin de semana. Quiero conocerlas y, si es posible, que tú y Alicia estén presentes.

Nanoha miró a Fate, dándole una leve sonrisa de apoyo. Fate asintió lentamente y respondió:

—Hablaré con Alicia, pero creo que sí estaremos ahí.

Precia dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias, hija. No quiero enfrentar esto sola. Esa niña… ha tenido una vida muy difícil. Ya te enterarás.

Fate respiró hondo, tratando de calmarse.

—Está bien, mamá. Nos vemos el fin de semana.

—Cuídense. Adiós, Fate. Adiós, Nanoha.

La llamada terminó, dejando un pesado silencio en la habitación. Fate dejó el teléfono sobre la mesa y miró a Nanoha, quien la observaba con una mezcla de preocupación y cariño.

—Esto… esto es demasiado para procesar —murmuró Fate, dejando caer su cabeza en el respaldo del sofá.

Nanoha se inclinó hacia ella, acariciándole el cabello con ternura.

—Lo sé. Pero lo haremos juntas, como siempre.

Ambas permanecieron en silencio, dejando que la gravedad de las noticias se asentara. Lo que había comenzado como una noche tranquila ahora se sentía como el inicio de un torbellino de emociones y desafíos.

Alicia caminaba de un lado a otro en la habitación, con las manos apretadas en puños y los ojos encendidos de rabia. Fate y Nanoha estaban sentadas juntas en un sofá, observando con preocupación la forma en que Alicia lidiaba con la noticia. Miyuki, quien se mantenía de pie cerca de la ventana, cruzó los brazos, observando a su prometida con una mezcla de nerviosismo y preocupación.

—Ese malnacido… incluso muerto, nunca deja de decepcionarme —escupió Alicia, deteniéndose en seco y golpeando el respaldo de una silla cercana.

Miyuki frunció el ceño, claramente molesta.
—¡Alicia! No hables así de alguien que acaba de morir, ¡es tu padre!

Alicia giró bruscamente hacia ella, sus ojos centelleando de ira.
—¿Mi padre? ¿Tienes idea de quién fue mi padre, Miyuki? ¿De lo que nos hizo? —preguntó con un tono tan afilado que Miyuki dio un paso hacia atrás. Alicia dejó escapar una risa sarcástica, amarga.
—No, claro que no lo sabes, porque tú no creciste con él. Tú no tuviste que lidiar con su egoísmo, su ausencia, sus mentiras.

Miyuki apretó los labios, guardando silencio. Nanoha le lanzó una mirada preocupada, tratando de calmarla con un leve gesto. Fue Fate quien finalmente intervino, su voz suave pero firme.
—Alicia, entiendo cómo te sientes, pero… la niña no tiene la culpa de nada.

Alicia volteó hacia su hermana menor, su rabia perdiendo un poco de intensidad pero aún palpable.
—Lo sé, lo sé —respondió con un suspiro frustrado, pasando una mano por su cabello dorado—. No estoy molesta con ella. Estoy molesta con él… por todo. Por ser el idiota que siempre fue, incluso en la muerte.

El silencio llenó la habitación por unos momentos, roto solo por el sonido del reloj de pared. Alicia finalmente se dejó caer en una silla, apoyando los codos en las rodillas y cubriendo su rostro con las manos. Fate y Nanoha intercambiaron miradas antes de que Fate se atreviera a hablar de nuevo.

—¿Entonces es cierto que mamá las ha invitado a cenar el fin de semana? —preguntó Alicia, sin levantar la mirada.

Fate asintió.
—Sí. Ruby y su madre iran a la mansión Harlaown. Nanoha y yo iremos también, y espero que tú también vayas.

Alicia dejó escapar un suspiro largo y pesado, bajando las manos para mirar a su hermana.
—¿Por qué tendría que ir?

Fate la miró con calma, tratando de elegir cuidadosamente sus palabras.
—Porque Ruby es nuestra hermana, Alicia. Y aunque no tengamos la culpa de lo que hizo nuestro padre, tampoco podemos ignorarla. No sabemos por lo que ha pasado, pero creo que al menos merece una oportunidad.

Alicia apretó los labios, su mente claramente batallando con las emociones que la consumían.
—No entiendo por qué mamá quiere involucrarnos en esto. No hemos sabido de esta niña en 14 años. Ni siquiera sabíamos que existía. ¿Por qué ahora?

Nanoha, quien había estado en silencio hasta entonces, finalmente habló, su voz tranquila pero firme.
—Porque esto no se trata solo de papá, Alicia. Se trata de una niña que no tiene nada más. Tal vez esto sea difícil para ti, pero piensa en lo que Ruby podría sentir. Creció en circunstancias que ni siquiera podemos imaginar.

Alicia suspiró de nuevo, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Supongo que tienes razón… pero aún así, no puedo evitar sentir que esto es un desastre esperando a ocurrir.

Fate se levantó del sofá y caminó hacia su hermana, colocando una mano en su hombro.
—Alicia, no tienes que decidir ahora, pero creo que deberías ir. No por papá, ni siquiera por mamá. Hazlo por nosotras. Porque si alguien sabe lo que es crecer con cicatrices emocionales, somos nosotras.

Alicia levantó la mirada hacia su hermana menor, viendo en sus ojos una mezcla de tristeza y determinación. Finalmente, dejó escapar un leve suspiro y asintió lentamente.
—Está bien. Lo pensaré.

Miyuki, quien había permanecido en silencio durante gran parte de la conversación, se acercó y colocó una mano en la espalda de Alicia.
—Cualquiera que sea tu decisión, estaré contigo.

Alicia la miró, y aunque sus ojos aún mostraban una chispa de rabia, se suavizaron un poco.
—Gracias…

Nanoha sonrió levemente, mientras Fate regresaba a su lado. El ambiente en la habitación seguía tenso, pero el peso de la conversación parecía haber aliviado un poco la presión.

—Entonces… —comenzó Nanoha, rompiendo el silencio con un tono más ligero—. ¿Qué tal si pedimos algo de comer? Algo fuerte, porque creo que todas lo necesitamos.

Alicia dejó escapar una risa suave, casi sin querer.
—¿Sabes qué? Esa no es una mala idea.

Miyuki asintió, mientras Fate y Nanoha compartían una mirada cómplice. Aunque las sombras del pasado seguían presentes, al menos por ahora, había un pequeño respiro. Pero todas sabían que el verdadero desafío aún estaba por venir.


El pequeño cuarto de Ruby era un reflejo de sus sueños y aspiraciones infantiles. Las paredes estaban decoradas con pósters de idols japonesas, llenas de colores vibrantes y sonrisas brillantes, chicas que representaban lo que Ruby anhelaba ser algún día: alguien admirada, alguien con una voz que llegara a los corazones de los demás. La cama estaba cubierta con una manta llena de estrellas, algo desgastada por los años pero cálida, mientras que un peluche de conejo se encontraba en una esquina, testigo silencioso de muchas noches de lágrimas y esperanzas. Sobre el escritorio, cuadernos llenos de letras de canciones que ella misma había escrito, junto con algunos dibujos, aunque su habilidad para dibujar dejaba mucho que desear.

Era noviembre, y el frío del invierno comenzaba a hacerse sentir. El pequeño calefactor que Saori había comprado hace algunos años apenas lograba calentar la habitación. Ruby estaba enrollada en su manta, sentada frente a su escritorio, mirando su reflejo en el pequeño espejo que tenía colgado en la pared. Observaba su figura delgada, demasiado delgada según ella, y su cabello rubio que caía en suaves ondas hasta sus hombros. Sus ojos, de un color rojizo vibrante que le habían valido su nombre, eran su única característica que realmente le gustaba, pero incluso ahora le parecían demasiado grandes para su rostro delgado.

Se levantó y comenzó a dar vueltas en su habitación, nerviosa. ¿Había tomado la decisión correcta? Pensar en la cena del fin de semana le revolvía el estómago. No tenía idea de cómo iba a comportarse frente a sus hermanas mayores, personas que apenas conocía y que vivían en un mundo completamente diferente al suyo. "La ex mujer de mi papá…"pensó, esas palabras resonando en su cabeza con un peso especial. Sabía bien que ella y su madre siempre habían sido las segundas. Las sobras, como solía escuchar que su madre decía en momentos de frustración.

Se detuvo frente al espejo y miró su reflejo con desdén. "Delgada, sin gracia, nada especial", pensó para sí misma. Se mordió el labio inferior, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con caer nuevamente. Justo en ese momento, un suave golpe en el marco de la puerta la sacó de sus pensamientos.

—Ruby, ¿estás bien? —La voz de su madre, Saori, era más suave de lo habitual.

Ruby giró la cabeza, encontrando a su madre apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una mirada de preocupación que rara vez mostraba.

—Sí, estoy bien —murmuró Ruby, aunque era evidente que no lo estaba.

Saori negó con la cabeza, como si no creyera una sola palabra. Caminó hacia la cama de Ruby y se sentó en el borde, dando unas suaves palmadas sobre el colchón.
—Ven aquí, siéntate.

Ruby obedeció, caminando con pasos pesados hacia su madre y dejándose caer junto a ella. Miró al piso, incapaz de sostener la mirada de Saori.

—¿Qué pasa? —preguntó Saori, colocando una mano en la pierna de Ruby, dándole suaves palmadas para tranquilizarla.

Ruby suspiró profundamente antes de hablar.
—Estoy asustada, mamá… por lo del fin de semana.

Saori dejó escapar una breve risa, algo inesperada para Ruby.
—Si no lo estuvieras, serías una tonta.

Ruby levantó la cabeza, confundida.
—¿Qué?

—Es normal tener miedo a lo desconocido, especialmente con personas como ellas… esos millonarios —explicó Saori, con una sonrisa cansada. Luego suspiró y añadió—: Pero también es algo que tienes que enfrentar.

Ruby bajó la mirada nuevamente.
—No tengo nada que ponerme…

Saori soltó una carcajada, honesta y algo burlona.
—Yo tampoco. Pero da igual, ponte lo que quieras. Aunque nos vistamos como princesas, no vamos a competir con los vestidos de diseñador y la ropa cara que tienen. No pierdas el tiempo preocupándote por eso.

Ruby apretó sus manos en su regazo.
—No es solo eso… yo… yo quiero verme bonita…

Saori ladeó la cabeza, observando a su hija.
—Ruby, cariño, tú eres bonita.

Ruby negó con la cabeza, lágrimas comenzando a formarse en sus ojos.
—No lo soy. Soy… soy toda flacuchenta y fea.

Saori se rió suavemente y le acarició el cabello rubio, apartándolo de su rostro.
—Eres hermosa, cariño. Y no esperes tener pechos enormes o un culo grande a los 14 años. Todo a su tiempo.

Ruby dejó escapar una leve risa entre lágrimas, aunque no se sentía completamente convencida. Ambas quedaron en silencio por unos momentos, hasta que Saori volvió a hablar.
—Escucha, Ruby. Si realmente no quieres ir, no tienes que hacerlo. Ellos no nos deben nada, y nosotros no les debemos nada a ellos.

Ruby se quedó en silencio, mirando al piso, pensando en las palabras de su madre. Finalmente, levantó la mirada y dijo:
—Uno siempre tiene que cumplir lo que dice.

Saori levantó una ceja, sorprendida.
—¿De dónde sacaste eso?

—De la escuela —respondió Ruby, con una pequeña sonrisa.

Saori rió y le revolvió el cabello.
—Eres una buena niña, Ruby.

Después de un momento de silencio, Ruby levantó la mirada con determinación.
—Voy a ir, mamá. Quiero conocer a mis hermanas.

Saori suspiró profundamente, pero asintió con la cabeza.
—Está bien, cariño. Haremos esto juntas.

Ambas se quedaron sentadas en silencio por unos momentos más, antes de que Saori le diera un suave abrazo. Aunque el futuro seguía siendo incierto, al menos en ese momento Ruby sintió que no estaba sola.


El ambiente en el lobby principal de los terrenos Takamachi era una mezcla de lujo y formalidad. Los detalles de madera finamente tallada, las lámparas de araña que reflejaban la luz cálida en el mármol del suelo, y los arreglos florales estratégicamente colocados hablaban del estatus de la familia. Sin embargo, Subaru Nakajima, de pie junto a su esposa Morinoko, estaba más enfocada en la figura que tenía delante: Signum, quien parecía estar de un excelente humor.

—Hace tiempo que no pasábamos tiempo juntas, Mayor Nakajima. —Signum tenía una leve sonrisa en los labios, algo raro en ella, pero claramente influenciada por la nostalgia de ver a su antigua capitana.

—Lo sé, Signum. Y siempre es un placer verte —respondió Subaru con una sonrisa más relajada, claramente disfrutando de la interacción.

Morinoko, sin decir una palabra, observaba atentamente la dinámica entre ambas. No interrumpió ni una sola vez, pero su mirada fija dejaba entrever que estaba analizando cada gesto, cada tono de voz. Subaru lo notó, pero intentó no darle demasiada importancia.

Signum, al percibir la presencia de Shiro Takamachi cerca, encontró la excusa perfecta para retirarse.
—El señor Takamachi debería llegar en breve para recibirlas. Sin embargo, iré a confirmar su ubicación.

Subaru asintió.
—Gracias, Signum.

La mujer de cabello violeta se retiró con elegancia, dejando a Subaru y Morinoko solas en el lobby. Tan pronto como Signum estuvo fuera de vista, Morinoko cruzó los brazos y miró a Subaru con una ceja alzada.

—¿No que no era tu ex? —preguntó con un tono divertido, aunque su expresión era perfectamente seria.

Subaru dejó escapar un suspiro de frustración.
—Amor, no es mi ex.

—Mmm, no sé —respondió Morinoko, inclinando ligeramente la cabeza mientras mantenía su ceja alzada—. Se veían muy contentas de verse.

—¡Somos conocidas y lo sabes! —exclamó Subaru con desesperación, gesticulando con las manos.

Morinoko la miró fijamente durante unos segundos más, en un silencio que parecía eterno para Subaru. Finalmente, soltó una carcajada sonora que resonó en el amplio lobby.

—Lo sé, lo sé. Solo te estoy molestando.

Subaru la miró, incrédula, pero no tuvo tiempo de replicar. Una voz masculina resonó desde el fondo del lobby, interrumpiendo la pequeña broma entre ambas.

—Mayor Nakajima.

Subaru y Morinoko giraron al mismo tiempo, encontrándose con la figura imponente pero tranquila de Shiro Takamachi, quien caminaba hacia ellas con pasos firmes pero relajados. Su sonrisa era leve, casi imperceptible, pero denotaba una cortesía profesional.

—Señor Takamachi —respondió Subaru con un gesto respetuoso.

Shiro llegó hasta ellas y extendió la mano, que Subaru estrechó firmemente.
—No esperaba que llegara tan pronto. Su llamada del otro día fue… inesperada, debo admitir —comentó Shiro, con un tono que era tanto amistoso como profesional.

—Lamento la intromisión —dijo Subaru, bajando un poco la cabeza en señal de disculpa.

—No es problema, Mayor Nakajima. Sin embargo, creo que el lobby no es el mejor lugar para discutir temas relacionados al trabajo —respondió Shiro, mirando brevemente a su alrededor—. Por favor, acompáñenme a mi despacho.

—Por supuesto —respondió Subaru con firmeza, mientras Morinoko asentía en silencio.

Shiro se giró, liderando el camino por los largos pasillos de la mansión Takamachi. Subaru y Morinoko lo siguieron de cerca, observando los lujos que los rodeaban: los cuadros cuidadosamente seleccionados que adornaban las paredes, las alfombras que amortiguaban sus pasos, y los discretos pero atentos sirvientes que inclinaban ligeramente la cabeza al pasar.

Subaru, aunque acostumbrada a ambientes formales, no podía evitar sentirse un poco fuera de lugar en un espacio tan opulento. Morinoko, por su parte, observaba todo con curiosidad, pero sin decir una palabra.

Finalmente, llegaron a una puerta doble de madera maciza que Shiro abrió con facilidad. El despacho era amplio, decorado con una mezcla de tradición y modernidad. Una gran ventana al fondo ofrecía una vista espectacular de los jardines Takamachi, mientras que los muebles de madera oscura y los estantes llenos de libros antiguos completaban el ambiente.

—Por favor, siéntense —dijo Shiro, indicando dos sillas frente a su amplio escritorio.

Subaru y Morinoko tomaron asiento, listas para la conversación que estaba por venir. Shiro se sentó detrás de su escritorio, entrelazando las manos sobre la superficie pulida mientras las miraba con atención.

—Mayor Nakajima, creo que esta conversación será muy interesante —dijo, con una leve sonrisa que no revelaba del todo sus intenciones.

Subaru asintió, preparada para lo que estuviera por venir.

El despacho de Shiro Takamachi, con sus paredes decoradas por estanterías de libros y trofeos de negocios, irradiaba poder y estabilidad. La luz del sol, filtrada a través de las cortinas, iluminaba el rostro serio del patriarca mientras esperaba la explicación de Subaru Nakajima. La ex capitana, conocida por su franqueza y determinación, respiró profundamente antes de hablar.

—Señor Takamachi, gracias por recibirme. El motivo de mi visita es el caso del asesinato de Nicolo Testarossa —comenzó Subaru, con un tono que denotaba tanto respeto como urgencia.

Shiro inclinó la cabeza ligeramente, invitándola a continuar. Subaru colocó un informe sobre el escritorio de madera oscura.
—El caso es particularmente inusual por las circunstancias en las que se encontró el cuerpo. Si bien el descuartizamiento fue realizado post mortem, la causa de muerte fue un disparo en la cabeza. Lo que más llama la atención es el arma utilizada: una Smith & Wesson Model 29, un revólver de colección, extremadamente caro y poco común.

Shiro tomó el informe y comenzó a leer los detalles técnicos del análisis balístico. La mención del arma no parecía sorprenderle, pero su expresión se endureció mientras procesaba la información. Subaru continuó:
—Quisiera preguntarle si conoce a alguien dentro de su círculo que coleccione este tipo de armas. No busco acusaciones ni insinuaciones, pero esta es la única pista concreta que tenemos en este momento.

Shiro dejó el informe sobre la mesa y cruzó las manos frente a él. Sus ojos penetrantes se fijaron en Subaru, evaluándola.
—Mayor Nakajima, su pregunta es directa, quizás demasiado. Está insinuando, aunque no lo diga explícitamente, que alguien de las familias más influyentes podría estar involucrado en este asesinato.

Subaru sostuvo la mirada de Shiro con firmeza.
—No, señor Takamachi. No estoy insinuando nada sin pruebas. Mi único interés es encontrar la verdad y seguir las pistas donde nos lleven.

Shiro mantuvo el silencio por unos segundos que se sintieron eternos antes de hablar.
—Entiendo. Sin embargo, esta es una pregunta compleja. El círculo en el que se mueve mi familia es amplio y diverso. Muchos coleccionan armas, antigüedades y otros artículos exclusivos. —Se recostó en su silla, su voz volviéndose más reflexiva—. No conozco personalmente a alguien con un interés particular en ese revólver, pero puedo hacer algunas indagaciones.

—Se lo agradecería enormemente, señor Takamachi —respondió Subaru, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto.

Shiro la observó por unos momentos más antes de esbozar una pequeña sonrisa.
—Mayor Nakajima, ¿y si se quedan a comer? Es raro tener visitantes que no sean parte de mi familia o socios de negocios. Me encantaría que se quedaran.

Subaru compartió una mirada rápida con Morinoko antes de responder con una sonrisa amable:
—Le agradezco mucho la invitación, pero ya tenemos un compromiso previo. Tal vez en otra ocasión.

Shiro se levantó, extendiendo la mano hacia Subaru.
—Entendido. Hasta una nueva oportunidad, Mayor Nakajima.

Subaru estrechó su mano con firmeza, mientras Morinoko también hacía una pequeña inclinación de cabeza.
—Hasta pronto, señor Takamachi.

Las dos mujeres salieron del despacho, dejando a Shiro en silencio. La puerta se cerró suavemente detrás de ellas, y él permaneció sentado, mirando la madera tallada de la puerta cerrada. Pasaron varios minutos antes de que pronunciara, con voz firme:
—Fiasse.

La puerta oculta en una de las paredes del despacho se abrió sin un solo sonido, revelando a Fiasse Crystela, la guardia personal más leal de la familia Takamachi. Con una postura impecable y una mirada profesional, se acercó al escritorio.

—¿Qué necesita, señor?

Shiro se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana, mirando los jardines perfectamente cuidados. Su voz, aunque baja, tenía un peso que era imposible ignorar.
—Recupera el revólver de Fortis. Asegúrate de que sea destruido.

Fiasse inclinó ligeramente la cabeza en señal de afirmación.
—Entendido. Lo haré de inmediato.

Sin decir una palabra más, Fiasse salió del despacho con pasos ágiles pero silenciosos. La puerta oculta se cerró tras ella, devolviendo al despacho su atmósfera de calma.

Shiro permaneció mirando por la ventana, su mente claramente lejos de los jardines. Finalmente, murmuró para sí mismo:
—Fortis, aún muerto sigues dando problemas.

Suspiró profundamente, dejando que el peso de las sombras del pasado se asentara brevemente en sus hombros antes de regresar a la realidad.


El sol se alzaba lentamente en el horizonte, iluminando los jardines perfectamente cuidados de la mansión Harlaown. El rocío matutino aún brillaba en las hojas, y una suave brisa llenaba el aire con el aroma fresco de las flores. Dentro de la majestuosa construcción, Precia Harlaown caminaba con rapidez por los pasillos principales, sus tacones resonando en el suelo de mármol.

—¡Las flores en el salón principal no están alineadas! ¿Dónde está el personal encargado? —preguntó con una mezcla de autoridad y frustración.

Una sirvienta apareció rápidamente, inclinándose.
—Señora Harlaown, estamos en ello.

Precia chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—En ello no es suficiente. Esto tiene que estar perfecto.

Desde el umbral de la puerta, Lindy Harlaown la observaba con una sonrisa que mezclaba diversión y ternura. Se acercó en silencio y, antes de que Precia pudiera continuar con sus instrucciones, tomó su mano con suavidad pero firmeza.

—Mi amor, ¿por qué no te detienes un momento? —preguntó Lindy, su voz calma y segura.

Precia la miró con exasperación.
—¿Detenerme? Lindy, hay demasiadas cosas que supervisar. Esto es importante.

Lindy entrelazó sus dedos con los de Precia, su toque cálido e inquebrantable.
—Precia, entiendo que quieras que todo salga perfecto, pero tenemos personal que se encarga de esto. No necesitas cargar con todo tú sola.

Precia suspiró, aunque el peso en su pecho no disminuyó del todo.
—Siempre me he encargado de estas cosas yo sola, Lindy. No sé cómo hacer las cosas de otra manera.

Lindy le acarició la mano con el pulgar, su mirada irradiando amor y confianza.
—Lo sé, pero ahora eres mi esposa. Eres la señora Harlaown, y eso significa que tienes responsabilidades más importantes que asegurarte de que los arreglos florales estén alineados.

Precia intentó desviar la mirada, pero Lindy inclinó su cabeza para mantener el contacto visual.
—No tienes que hacerlo todo sola, mi amor. Ahora me tienes a mí.

Las palabras de Lindy, cargadas de sinceridad, hicieron que el ritmo acelerado de Precia se detuviera. Antes de que pudiera responder, Lindy se inclinó y le dio un beso suave en los labios, un gesto que era tanto un recordatorio como una promesa.

El momento fue interrumpido por un carraspeo. Ambas se giraron para ver a Chrono, quien estaba de pie en las escaleras con una ceja alzada y los brazos cruzados.

—Madres —dijo con un tono ligeramente burlón—, creo que hay tiempos y lugares para todo.

Lindy rió abiertamente, sin rastro de vergüenza, y soltó a Precia.
—Tienes toda la razón, hijo.

Precia intentó recuperar la compostura, alisando su vestido con las manos.
—Chrono, pensé que estabas revisando la lista de invitados.

Él sonrió con calma y descendió los escalones.
—Lo hice. Pero vine a revisar los últimos detalles y asegurarme de que todo esté en orden. Parece que alguien tiene que mantener la calma por aquí.

Lindy puso una mano en el hombro de su hijo.
—Eres un buen hombre, Chrono. Me enorgulleces todos los días.

Precia observó a su hijo por un momento y suspiró.
—Ojalá mis hijas fueran tan maduras como tú.

Lindy rió suavemente, aunque su risa tenía un toque de complicidad.
—Los hijos son como son, mi amor. Y eso es lo que los hace únicos.

Chrono miró a su madre con una mezcla de cariño y paciencia.
—Tal vez sea mejor que ustedes se preparen para recibir a las invitadas. Yo puedo encargarme de los detalles.

Precia pareció dudar, pero Lindy ya había tomado una decisión.
—Escucha a tu hijo, Precia. Es más sabio de lo que aparenta.

Precia suspiró una vez más, pero permitió que Lindy la guiara hacia las escaleras. Mientras subían, Lindy bajó la voz para hablar únicamente con Precia.

—Sabes que tiene razón, ¿verdad?

Precia la miró de reojo.
—No lo admito tan fácilmente.

Lindy sonrió, inclinándose hacia ella.
—¿Y qué tal esto? —susurró—. Después de la cena, me aseguraré de que te relajes.

El rubor subió al rostro de Precia, y aunque intentó disimularlo, Lindy lo notó.
—¡Lindy! Es de día.

Lindy se rió con picardía, pero no dijo nada más, dejándola con sus pensamientos mientras subían las escaleras.

Mientras tanto, en el salón principal, Chrono revisaba los detalles con precisión militar. Asegurándose de que todo estuviera en orden, no pudo evitar mirar hacia las puertas principales de la mansión. Sabía que ese día no solo sería significativo para su madre y Precia, sino también para Fate, Alicia, y especialmente para la misteriosa Ruby, la hermana menor que ni siquiera sabía cómo encajaría en este mundo de lujos y expectativas.

Con un suspiro, Chrono murmuró para sí mismo:
—Espero que todo salga bien. Por el bien de todos.

El personal seguía moviéndose de un lado a otro, asegurándose de que todo estuviera perfecto. Mientras tanto, en el piso superior, Lindy y Precia se preparaban, ambas conscientes de que este no sería un encuentro cualquiera. Había demasiadas sombras del pasado rondando, y el futuro de varias personas estaba en juego.


El sol brillaba con fuerza en el cielo despejado, pero dentro de la habitación principal de la casa de Fate y Nanoha, el ambiente estaba cargado de emociones. Fate se encontraba frente al espejo, arreglándose cuidadosamente. Llevaba un elegante vestido negro de líneas sencillas, pero que acentuaba su figura con gracia. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado, con algunos mechones cayendo suavemente a los lados de su rostro.

A unos metros de ella, Nanoha estaba sentada cómodamente en un sillón, con las piernas cruzadas y un libro abierto entre sus manos. El título del libro, Dirección y Liderazgo: Claves para el Éxito Empresarial, era suficiente para indicar que estaba enfocada en aprender más sobre su nuevo rol en la familia Takamachi. Sin embargo, de vez en cuando, levantaba la vista para observar a su esposa con una mezcla de ternura y admiración.

—¿Cómo me veo? —preguntó Fate, girándose hacia Nanoha mientras ajustaba un pequeño broche en su vestido.

Nanoha levantó la mirada brevemente, esbozó una sonrisa y respondió con calma.
—Te ves bien, Fate-chan.

Acto seguido, volvió su atención al libro, pasando la página con tranquilidad.

Fate frunció el ceño y dejó escapar un suspiro. Se giró nuevamente hacia el espejo, pero la falta de entusiasmo en la respuesta de Nanoha empezaba a afectarla. Mientras intentaba colocarse los pendientes, no pudo evitar mirar de reojo a su esposa, quien parecía completamente absorta en su lectura.

Finalmente, Fate dejó los pendientes sobre el tocador con un leve golpe y caminó hacia Nanoha con decisión.
—¡Nanoha!

Nanoha alzó la vista, manteniendo el libro abierto en sus manos.
—Te estoy escuchando, Fate-chan.

—¡No, no me estás escuchando! —exclamó Fate, señalando el libro. Sin pensarlo dos veces, tomó el libro de las manos de Nanoha y lo arrojó sobre la cama.

Nanoha parpadeó, sorprendida, y levantó la mirada hacia Fate, quien ahora la observaba con los brazos cruzados y una mezcla de frustración y ansiedad en su rostro.

—¿Qué te pasa? —preguntó Nanoha con calma, aunque su tono mostraba un toque de curiosidad.

Fate apretó los labios y luego suspiró, dejando caer los brazos a sus costados.
—Estoy aterrada, Nanoha. No sé qué esperar de esta reunión. Es mi hermanastra, pero ni siquiera sé cómo hablarle.

Nanoha se puso seria por un momento y luego suspiró profundamente. Se levantó del sillón y tomó las manos de Fate entre las suyas, entrelazando los dedos.
—Fate, no tienes por qué estar aterrada. Ni tú ni Ruby tienen la culpa de las circunstancias en las que se encuentran.

Fate bajó la mirada, claramente luchando con sus pensamientos. Nanoha inclinó la cabeza, buscando sus ojos, y continuó hablando con suavidad.
—Déjame preguntarte algo. Si hubieras sabido de la existencia de Ruby desde que nació, ¿habrías seguido tu vida como si nada? ¿La habrías ignorado?

La pregunta golpeó a Fate como una ráfaga de viento. Su mente comenzó a repasar las posibles respuestas, pero ninguna de ellas parecía suficiente. Finalmente, negó con la cabeza y, después de un momento, respondió con sinceridad.
—No. Si lo hubiera sabido, la habría contactado. Habría intentado estar en su vida.

Nanoha asintió con una sonrisa tranquila.
—Entonces ya sabes la respuesta. Esto no es algo que tú o Ruby hayan buscado. Simplemente pasó. Y ahora tienes la oportunidad de arreglarlo.

Fate suspiró, dejando que las palabras de Nanoha calmaran un poco sus nervios.
—Tienes razón, como siempre.

Nanoha sonrió y, sin soltar las manos de Fate, la atrajo hacia sí para abrazarla por la espalda. Apoyó el mentón en su hombro y le dio un beso suave en la mejilla.
—Todo va a estar bien, mi amor. No estás sola en esto.

Fate sintió el calor del abrazo de Nanoha, y por un momento quiso agradecerle por estar siempre a su lado. Pero antes de que pudiera decir algo, sintió cómo Nanoha le daba un apretón en las nalgas, presionándolas con intención.

—¡Nanoha! —exclamó Fate, alejándose de ella con las mejillas rojas.

Nanoha soltó una risa traviesa y se encogió de hombros.
—Eso es por haber arrojado mi libro.

Fate hizo un puchero adorable, su rostro aún más sonrojado.
—¡Eres imposible!

—Y tú eres adorable cuando te enojas. —Nanoha sonrió ampliamente antes de girarse y comenzar a caminar por la habitación.

Pero Fate no iba a dejarlo pasar tan fácilmente.
—¡Vuelve aquí!

Nanoha se giró rápidamente para esquivar a Fate, y así comenzó una pequeña persecución por la habitación. Ambas reían como niñas, olvidando por un momento las tensiones del día. Después de varias vueltas alrededor de la cama, Fate logró atraparla, y ambas cayeron juntas sobre el colchón, riendo a carcajadas.

Fate la miró a los ojos, con una sonrisa que ahora reflejaba más tranquilidad que antes.
—Gracias por estar conmigo, Nanoha.

Nanoha acarició suavemente la mejilla de Fate y respondió con ternura.
—Siempre voy a estar contigo, Fate. Siempre.

Las dos permanecieron allí, abrazadas, disfrutando del momento de paz antes de enfrentarse a lo desconocido.

La habitación de Miyuki era un espacio tan impresionante como ella misma. Los grandes ventanales permitían que la luz del mediodía entrara a raudales, reflejándose en los muebles de madera oscura y las sutiles decoraciones doradas que adornaban el lugar. Pero lo más impactante de todo era el armario, un espacio más grande que algunas habitaciones promedio, lleno de filas interminables de vestidos, zapatos y accesorios de diseñador. Era un paraíso para cualquier amante de la moda… o una pesadilla para alguien como Alicia.

Alicia estaba tirada en la cama, despreocupada y completamente ajena a la lucha interna que su prometida parecía estar teniendo con su guardarropa. Estaba más interesada en su pelota de goma, que lanzaba hacia el techo una y otra vez, contando cada bote con la precisión de un reloj.

—Cincuenta y ocho… cincuenta y nueve… —murmuraba, mientras sus ojos seguían el recorrido de la pelota.

Mientras tanto, dentro del armario, Miyuki estaba inmersa en su propio mundo. Sacaba vestidos, los colocaba contra su cuerpo frente a un espejo, y luego, insatisfecha, los devolvía al riel. Después de un rato, salió cargando varios vestidos, organizándolos cuidadosamente en el diván. Colores, telas, cortes… todo estaba clasificado como si se tratara de una operación militar.

Finalmente, se decidió por un vestido perla con detalles elegantes y se lo puso frente al cuerpo, girando hacia el espejo. Hizo una mueca de duda y luego miró hacia Alicia, esperando algún tipo de reacción.

—¡Alicia! —exclamó, sosteniendo el vestido frente a ella—. ¿Qué te parece este?

Alicia ni siquiera apartó la vista de su pelota.
—Te ves hermosa. Sesenta.

Miyuki frunció el ceño, claramente molesta.
—¿Puedes prestarme atención de verdad, por favor?

Alicia atrapó la pelota sin mucho esfuerzo y respondió, todavía sin mirarla:
—Te estoy prestando atención. Estás preciosa. Sesenta y uno.

Miyuki respiró profundamente, intentando mantener la calma. Pero la paciencia tiene límites, incluso para alguien como ella.

—Si no sueltas esa estúpida pelota ahora mismo —dijo con los dientes apretados—, te juro que te la haré tragar.

Alicia, distraída, calculó mal el siguiente bote. La pelota rebotó torpemente y le cayó directo en la cara. Soltó un quejido y se sentó en la cama, frotándose la frente mientras miraba a Miyuki con ojos acusadores.

—Ya, ya. Estás hermosa —dijo con tono resignado, aunque sus palabras carecían de entusiasmo.

Miyuki suspiró, dejó el vestido a un lado y cruzó los brazos.
—Eso no ayuda, Alicia.

Alicia bajó la mirada, sosteniendo la pelota entre sus manos.
—Lo siento… Es solo que todo esto me tiene de los nervios.

—¿Qué cosa? —preguntó Miyuki, suavizando su tono.

Alicia dudó por un momento antes de hablar.
—Todo esto. Conocer a Ruby… Saber que tengo una hermana pequeña… No sé cómo manejarlo.

Miyuki se sentó a su lado en la cama, colocando una mano en su pierna.
—¿Por qué te preocupa tanto? Es tu hermana, Alicia.

Alicia hizo una pausa antes de responder.
—Lo sé. Pero solo por parte de mi padre.

—Al igual que Fate y tú —apuntó Miyuki con lógica—. Las tres comparten al mismo padre. Es algo que no puedes negar.

Alicia apretó los labios, claramente molesta.
—Eso es lo que odio. Cualquier cosa que me relacione con él…

Miyuki tomó su mano con delicadeza.
—Alicia, entiendo cómo te sientes. Pero por más que odies a tu padre, Ruby no tiene la culpa. Ella no pidió nacer en estas circunstancias, igual que tú no pediste tenerlo como padre.

Alicia cerró los ojos, dejando escapar un largo suspiro.
—Tienes razón… como siempre.

Se giró hacia Miyuki y la miró con una mezcla de gratitud y cariño.
—Eres demasiado buena para mí.

—Lo sé —respondió Miyuki con una sonrisa, inclinándose para besarla suavemente en los labios.

Después del beso, Alicia la miró y señaló el vestido que había dejado en el diván.
—Pero no te pongas ese vestido. Es demasiado revelador. No llegaremos a la reunión si lo usas.

Miyuki arqueó una ceja, divertida.
—Lo sé. Solo lo tomé porque sabía que estabas distraída.

Alicia negó con la cabeza, riendo.
—Eres imposible.

—Y tú me amas por eso. —Miyuki se levantó y extendió la mano hacia ella—. Ahora ven. Para despejarte, vas a ayudarme a elegir el vestido adecuado.

Alicia miró hacia el armario gigantesco, soltando un suspiro teatral.
—Oh, no…

—Oh, sí. —Miyuki la tomó de la mano y la arrastró hacia el mar de vestidos.

—Esto va a llevar horas, ¿verdad? —preguntó Alicia con resignación, mirando las filas interminables de ropa.

—No tantas… si cooperas. —Miyuki le guiñó un ojo y comenzó a revisar los vestidos nuevamente.

Alicia suspiró, pero no pudo evitar sonreír. Aunque detestaba el armario y el caos que representaba, sabía que esos momentos con Miyuki eran únicos y valían la pena.

La fría brisa de noviembre acariciaba los rostros de Ruby y Saori mientras ambas se encontraban frente al Mercedes-Benz SUV que parecía salido de un sueño. Saori, quien nunca había tenido la oportunidad de estar tan cerca de un vehículo de lujo, respiraba profundamente, tratando de mantener la calma. Ruby, por su parte, no podía dejar de observar cada detalle del automóvil: los brillantes acabados cromados, las impecables ruedas y la presencia imponente del chofer.

El hombre, un caballero impecablemente vestido con un traje negro, guantes blancos y una postura perfecta, les dirigió una leve inclinación de cabeza antes de presentarse con una voz firme pero educada.
—Soy su conductor. Las llevaré a la residencia Harlaown.

Ruby, incrédula, susurró a su madre:
—¿Esto está bien, mamá?

Saori, tragando un poco de su propio nerviosismo, tomó la mano de Ruby con fuerza y le respondió:
—Todo está bien, cariño.

El chofer caminó hasta una de las puertas del SUV, abriéndola con una caballerosidad que parecía sacada de una película. Saori y Ruby subieron al vehículo, sentándose con sumo cuidado, como si temieran que cualquier movimiento en falso pudiera romper algo. Saori no dejaba de mirar las superficies brillantes del interior del auto, y aunque no lo mostraba, estaba inquieta. Sabía que si algo llegaba a dañarse, ni con toda una vida de trabajo podría pagar las reparaciones.

Ruby, más nerviosa que su madre, se sentó con las piernas juntas, sujetándose las rodillas con ambas manos. Temblaba ligeramente, su mente llena de preguntas y dudas sobre lo que estaba por venir.

—Por favor, abróchense los cinturones de seguridad —indicó el chofer, con el tono profesional que lo caracterizaba.

Ruby, confundida, comenzó a mirar a su alrededor, sin saber muy bien cómo seguir la instrucción. Saori, suspirando, se inclinó hacia ella para ayudarla a abrocharse el cinturón. Luego, hizo lo mismo con el suyo, acarició la mano de Ruby y le dijo con una leve sonrisa:
—Tranquila, todo estará bien.

El vehículo arrancó con suavidad, alejándose del vecindario humilde donde vivían. Mientras el SUV avanzaba, Ruby no podía apartar la vista de la ventana. El paisaje comenzó a cambiar drásticamente: las calles deterioradas dieron paso a avenidas amplias y limpias, y las viejas construcciones fueron reemplazadas por casas grandes, bien cuidadas, con jardines impecables.

—Es como otro mundo… —susurró Ruby, casi sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Saori, sin embargo, no compartía el asombro de su hija. Miraba por la ventana opuesta, con el ceño ligeramente fruncido. En el fondo, sabía cuánto Ruby deseaba tener algo parecido a lo que estaba viendo, y la simple realidad de no poder dárselo la llenaba de una frustración silenciosa.

Conforme avanzaban, el paisaje urbano desapareció por completo, dando paso a un bosque denso y frondoso. Ruby se inclinó un poco hacia adelante, intentando ver a dónde las llevaba el camino. Después de unos veinte minutos de recorrer la sinuosa carretera rodeada de árboles, el bosque se abrió y reveló una vista impresionante: la mansión Harlaown.

La edificación era majestuosa, con una arquitectura claramente inglesa que hablaba de la herencia y el poder de la familia Harlaown. La mansión se alzaba como un castillo de cuento de hadas, con enormes ventanales, torres decorativas y jardines que parecían sacados de un catálogo de lujo. Ruby dejó caer su mandíbula, incapaz de contener su asombro.

—Es… un castillo —susurró, maravillada.

Saori, en cambio, chasqueó la lengua y desvió la mirada. Aunque no lo mostraba, sabía que Ruby soñaba ser una princesa y vivir en un castillo, como en los cuentos de hadas. Y aunque odiaba admitirlo, sabía que jamás podría darle nada que se acercara a esto.

El SUV se detuvo frente a la entrada principal, donde Amy Limietta, una mujer de porte firme y ojos atentos, las esperaba. Amy había trabajado antes como parte del equipo de Signum, pero ahora servía como jefa de seguridad en la mansión Harlaown, una recomendación directa de Chrono. Vestía un traje profesional y mantenía una postura impecable, irradiando confianza y autoridad.

—Bienvenidas —dijo Amy, inclinando ligeramente la cabeza.

Ruby se ocultó un poco detrás de su madre, mientras Saori simplemente asintió con la cabeza, manteniendo su expresión neutral.

Amy las guió a través del jardín principal, un espacio que parecía sacado de una obra de arte. Los arreglos florales estaban perfectamente organizados, creando un arco iris de colores, y las fuentes ornamentales emitían el relajante sonido del agua fluyendo. Ruby no podía dejar de mirar a su alrededor, maravillada por la belleza y el cuidado de cada detalle.

Finalmente, llegaron a la puerta principal de la mansión, donde Precia y Lindy las esperaban. Precia lucía impecable, con un vestido elegante pero discreto, mientras que Lindy mantenía su presencia serena y cálida, con un leve toque de autoridad que la hacía destacar sin necesidad de palabras.

Ruby sintió cómo su corazón comenzaba a latir más rápido, y sin darse cuenta, apretó la mano de su madre con fuerza. Saori, sintiendo la presión, apretó la mano de Ruby en respuesta, como una señal de apoyo.

Precia dio un paso adelante, esbozando una sonrisa que parecía sincera, aunque nerviosa.
—Bienvenidas a nuestra casa.

Ruby miró a su madre, buscando algún tipo de orientación. Saori respiró profundamente, miró a Precia y luego a Lindy, y finalmente asintió.
—Gracias por recibirnos —respondió, manteniendo su tono neutral, pero con una ligera inclinación de cabeza como muestra de respeto.

Ruby tragó saliva, sintiéndose pequeña en comparación con la magnificencia de todo lo que la rodeaba. Sabía que estaba a punto de entrar en un mundo completamente diferente al suyo, un mundo que no estaba segura de poder entender. Pero también sabía que no estaba sola, y eso, al menos, le daba un poco de valor para dar el siguiente paso.

Precia Harlaown estaba ansiosa, aunque intentaba no mostrarlo. Alternaba su mirada entre Ruby y Saori, intentando descifrar a través de los pequeños gestos y miradas lo que cada una sentía en ese momento. Ruby, pequeña y delgada en comparación con sus propias hijas, tenía un aire de fragilidad que hacía imposible ignorar lo nerviosa que estaba. Sin embargo, su belleza destacaba, con esos característicos ojos rojos que hablaban del linaje Testarossa. Eran inconfundibles, un espejo de los que alguna vez miraron a Precia con amor antes de que todo se desmoronara.

Ruby, por su parte, seguía escondiéndose detrás de su madre. Sentía la mirada de Precia sobre ella y la incomodidad crecía. Sabía que eventualmente tendría que enfrentarse a la situación, pero aún no estaba lista. Saori, al notar la tensión que estaba creciendo en el aire, soltó un suspiro profundo y finalmente rompió el silencio.

—Ruby, esta es Precia Harlaown. —Saori señaló a la mujer que ahora estaba de pie frente a ellas con una postura firme pero amable. Luego, miró a Precia y agregó: —Precia, ella es Ruby, mi hija.

Precia, al escuchar las palabras de Saori, sonrió suavemente y se agachó, poniéndose en cuclillas para quedar a la altura de Ruby. Quería evitar parecer imponente y ofrecerle un gesto cálido que le diera confianza.

—Hola, pequeña —dijo Precia con una voz calmada y maternal, acompañada de una sonrisa que pretendía tranquilizar a Ruby.

Ruby respiró profundamente, reuniendo el valor que necesitaba para presentarse. Sentía que su corazón estaba a punto de salirse del pecho, pero no quería decepcionar a su madre ni mostrar más nerviosismo del que ya tenía. Con una voz suave y algo torpe, murmuró:
—Ho… hola. Soy Ruby Testarossa. Mucho gusto.

Precia no pudo evitar reír con ternura ante la adorable torpeza de la niña.
—Eres encantadora, Ruby —dijo mientras asentía.

—Te lo dije —intervino Saori desde atrás, con un tono que mezclaba orgullo y cautela.

Precia, aún en cuclillas, extendió la mano hacia Ruby, pero antes de tomarla, levantó la mirada hacia Saori, como pidiendo permiso de manera silenciosa. Saori, entendiendo el gesto, se encogió de hombros y respondió:
—Es decisión de Ruby.

Precia volvió su atención a la niña, esperando su respuesta. Ruby, visiblemente nerviosa, miró a su madre, quien le devolvió una mirada de ánimo. Finalmente, Ruby asintió tímidamente con la cabeza, permitiendo que Precia tomara su mano.

Precia, con la mayor delicadeza posible, tomó la pequeña mano de Ruby entre las suyas y la apretó suavemente.
—Ven, vamos a entrar. No nos quedemos aquí en la puerta —dijo, poniéndose de pie con una gracia natural.

Ruby se dejó guiar por Precia, dando pasos cortos pero firmes hacia la entrada de la mansión. Saori las seguía de cerca, su rostro mostrando un gesto serio y contenido. Lindy, por otro lado, mantenía su usual semblante tranquilo y sereno mientras caminaba al lado de Saori.

—Deja de poner esa cara —le susurró Lindy a Saori, sin apartar la vista del camino.

—No puedo —respondió Saori con un leve tono de frustración. Luego, sin mirar directamente a Lindy, agregó: —No es tu hija la que está dejando su hogar.

Lindy guardó silencio por un momento, permitiendo que las palabras de Saori resonaran en el aire. Finalmente, suspiró y dejó que Saori se adelantara para seguir más de cerca a Precia y Ruby.

Dentro de la mansión, la atmósfera era cálida y acogedora, a pesar de la magnitud del lugar. Los arreglos florales, los muebles elegantes y los detalles decorativos hablaban del buen gusto y la tradición de la familia Harlaown. Ruby no podía evitar mirar a su alrededor con asombro, sus ojos grandes reflejando la luz de las lámparas de araña que adornaban el techo.

Precia se detuvo por un momento y miró a Ruby con una sonrisa.
—¿Qué te parece, pequeña?

—Es como un cuento de hadas… —murmuró Ruby, completamente fascinada.

—Un cuento de hadas hecho realidad, para algunos —añadió Saori en un tono más bajo, casi para sí misma.

Lindy, quien había escuchado el comentario, miró a Saori de reojo pero decidió no decir nada. Sabía que el día estaba lleno de emociones y no quería encender ninguna chispa innecesaria.

Precia condujo a Ruby hacia una sala de estar donde ya habían dispuesto un espacio cómodo para recibirlas. Había un pequeño buffet con té, café y algunos bocadillos, todo dispuesto con una precisión impecable. Precia, aún sosteniendo la mano de Ruby, la guió hasta un sillón cómodo y le hizo una señal para que se sentara.

—Ponte cómoda, cariño. Esta es tu casa también, al menos por hoy —dijo Precia con una sonrisa tranquilizadora.

Ruby asintió, aunque su postura aún reflejaba nerviosismo. Se sentó con cuidado, como si temiera arruinar algo, y miró a su madre, buscando algo de seguridad en su mirada. Saori, por su parte, se quedó de pie un momento antes de finalmente tomar asiento al lado de su hija.

Lindy y Precia se acomodaron en otro sillón frente a ellas, y por un instante, el silencio llenó la habitación. Precia fue la primera en romperlo.
—Ruby, hay tanto que quiero saber de ti… ¿Te importa si charlamos un poco?

Ruby tragó saliva, mirando a su madre por un instante antes de volver la vista a Precia.
—Está bien…

Mientras tanto, Lindy observaba con atención, notando cada pequeño gesto y expresión. Sabía que este era un momento crucial, no solo para Precia, sino también para Ruby y Saori. La tensión en el aire era palpable, pero la determinación en los ojos de Precia era inquebrantable.

Saori, quien rara vez se sentía fuera de lugar, se acomodó en el sillón y se cruzó de brazos, preparándose para lo que estaba por venir. Sabía que la conversación no sería fácil, pero por primera vez en mucho tiempo, decidió guardar silencio y dejar que su hija hablara por sí misma.

Una vez todos estuvieron sentados en la elegante sala, Precia se acomodó en su sillón, intentando transmitir calma y calidez. Se dirigió a Ruby con una sonrisa amable, buscando hacerla sentir segura.

—Bien, Ruby, déjame presentarme formalmente. Soy Precia Harlaown, aunque creo que ya lo sabes. —Hizo una pausa breve, señalando con una mano a su lado—. Y ella es mi esposa, Lindy Harlaown. Nos casamos hace algunos meses, y desde entonces hemos trabajado mucho para construir esta familia.

Ruby asintió lentamente, sus ojos viajando entre Precia y Lindy. La serenidad de ambas mujeres comenzaba a disipar el nerviosismo en su interior, aunque aún le costaba relajar del todo su postura.

Precia continuó, suavizando aún más su tono:
—Sé que esto puede ser abrumador. No estamos aquí para juzgarte, ni a ti ni a tu madre. —Miró a Saori, quien mantenía una expresión neutral mientras escuchaba—. Solo queremos conocerte. No hay rencor, no hay expectativas. Solo queremos que te sientas tranquila.

Las palabras de Precia, dicha con genuina sinceridad, parecían llegar a Ruby. Poco a poco, sus hombros comenzaron a relajarse, y aunque aún no se atrevía a mirar a los ojos de Precia por mucho tiempo, su respiración se tornó más pausada.

Lindy, quien había permanecido en silencio, intervino con una voz cálida:
—Es un placer conocerte, Ruby. Eres bienvenida aquí. Espero que podamos conocernos mejor con el tiempo.

Ruby levantó un poco la mirada, observando a Lindy. La serenidad de su tono y su sonrisa tranquila le dieron algo más de confianza. Asintió nuevamente, sus labios dibujando una pequeña sonrisa tímida.

Precia la observó con ternura, sintiendo que el hielo comenzaba a romperse. Pero antes de continuar la conversación, decidió dar el siguiente paso.

—Ruby —dijo con suavidad—, hay algunas personas que también están muy emocionadas por conocerte. Espero que no te importe que las haya invitado.

Ruby sintió un nudo en el estómago. Sabía perfectamente de quién hablaba. Aún así, reunió valor y asintió tímidamente con la cabeza.

Precia sonrió ante la adorable reacción y se puso de pie. Caminó hacia la puerta de la sala y la abrió con un gesto fluido.

—Ya pueden pasar —anunció con una sonrisa.

La puerta se abrió por completo, revelando a Fate, Nanoha, Alicia y Miyuki. Entraron con pasos seguros pero tranquilos, cada una mostrando expresiones diferentes, desde la calma hasta la curiosidad.

Ruby, al verlas, sintió cómo su corazón se aceleraba nuevamente. La primera impresión fue inmediata: eran inconfundibles. Tanto Fate como Alicia compartían los mismos rasgos familiares, con sus cabellos rubios y ojos rojos que reflejaban la herencia Testarossa. Pero lo que realmente la impactó fue lo idénticas que eran Fate y Alicia. Ruby, que había visto fotos y reportajes en televisión, nunca se imaginó cuán similares podían ser en persona. Era como mirar dos espejos.

Por otro lado, también notó lo altas que eran en comparación con ella. Ambas parecían torres a su lado, lo cual la hizo sentirse aún más pequeña e insegura. Internamente, Ruby se deprimió un poco al darse cuenta de todas las diferencias físicas entre ellas.

Fate y Alicia se acercaron a Ruby con cuidado. Sus miradas eran de reconocimiento, de conexión. Desde el primer instante, ambas supieron que era su hermana. Los rasgos estaban ahí, tan claros como el día.

Ruby miraba de un lado a otro, sin saber qué hacer o decir. Finalmente, fue Fate quien rompió el silencio. Dio un paso al frente, respiró profundamente y habló con un tono dulce y calmado:

—Hola, Ruby. Soy Fate. —Hizo una pausa, observando cómo Ruby la miraba con ojos grandes y nerviosos—. Al fin nos conocemos.

Con una sonrisa maternal, Fate se agachó hasta ponerse a la altura de Ruby y le acarició suavemente la mano. El contacto cálido y el gesto afectuoso lograron calmar un poco a Ruby, quien asintió tímidamente.

Alicia, siendo quien era, no podía quedarse atrás. Dio un paso adelante, con un gesto más tosco pero no menos sincero. Se inclinó un poco y acarició la cabeza de Ruby, desordenando ligeramente su cabello rubio.

—Encantada de conocerte, enana —dijo Alicia con una sonrisa confiada.

El gesto de Alicia, aunque brusco, fue reconfortante para Ruby. Era algo tan simple pero tan lleno de significado. Ruby murmuró un suave "me gusta" al sentir la mano de Alicia en su cabeza, lo cual hizo que Precia, que observaba la escena, no pudiera evitar sonreír. Una pequeña lágrima escapó de su ojo, pero rápidamente la limpió antes de que alguien más la notara.

Lindy, que estaba a su lado, no pudo evitar comentar en voz baja:
—Te preocupaste demasiado, ¿lo ves?

Precia asintió, sin apartar la vista de Ruby.

—Sí, supongo que tienes razón —respondió con una voz llena de emoción.

Finalmente, Precia, con un gesto rápido, aplaudió para captar la atención de todos.
—Bueno, creo que es hora de comer. Podemos seguir conversando en el comedor. Es mejor hacerlo con la barriga llena.

Todos estuvieron de acuerdo. Ruby, ahora sintiéndose un poco más cómoda, tomó la mano de Fate y Alicia, una en cada lado, mientras caminaban juntas hacia el comedor. Por primera vez en su vida, Ruby sintió algo completamente nuevo y cálido la presencia de hermanas mayores que, aunque no las conocía bien todavía, le transmitían un sentido de protección y pertenencia que nunca había experimentado antes.