Capítulo 6:El Límite del Amor

La luz tenue del atardecer se filtraba por las grandes ventanas de la oficina de Shiro Takamachi, iluminando apenas los papeles esparcidos sobre su escritorio de madera oscura. Shiro, con una expresión serena pero profundamente reflexiva, leía el informe con atención. Sus dedos tamborileaban lentamente sobre la superficie del escritorio mientras procesaba cada palabra. Frente a él, Fiasse permanecía de pie, recta y en silencio, como una sombra constante y leal.

Finalmente, Shiro levantó la mirada hacia ella, sus ojos analizándola con una mezcla de curiosidad y exasperación.

—¿Es cierto lo que dice este informe?—preguntó, su voz calmada pero cargada de una autoridad innegable.

Fiasse, con un movimiento apenas perceptible, inclinó la cabeza.

—Sí, señor. Cada palabra.

Shiro soltó un largo suspiro, dejando caer el informe sobre la mesa. Los papeles se dispersaron, y entre ellos destacaron varias fotografías cuidadosamente tomadas de Saori. La belleza de la mujer en las imágenes era innegable, y Shiro se permitió una pequeña sonrisa de incredulidad.

—Lindy está haciendo movimientos sin avisarnos—murmuró, más para sí mismo que para Fiasse. Luego levantó una ceja y, después de un breve silencio, agregó—. Aunque debo admitir que tiene buen gusto. Dos esposas... ¿Cuán codicioso puede ser alguien?

Fiasse respondió con un tono serio y sin vacilar.

—La chica es hermosa, mi señor.

Shiro soltó una carcajada, una risa corta y llena de ironía. Se recostó en su silla, tomando una copa de sake que descansaba cerca.

—¿Hermosa, dices? Claro que lo es. Lindy siempre ha sido una mujer que sabe lo que quiere. Y ahora parece que lo que quiere es actuar por amor… raro en ella. Dos veces en su vida, según parece.

Fiasse, siempre serena, le observó atentamente mientras él bebía de su copa.

—¿Quiere que actúe en algo, mi señor?—preguntó, dispuesta a recibir cualquier orden que él pudiera darle.

Shiro bajó la copa lentamente, su mirada fija en ella. Después de un momento de silencio, negó con la cabeza.

—No. Los Takamachi no interferiremos. Dejaremos que los Harlaown hagan sus movimientos. Es su juego, y por ahora, no nos afecta. Quizá debería enviarle una felicitación… ¿Qué opinas?

Fiasse frunció levemente el ceño, sabiendo que esa acción podría levantar sospechas.

—Eso podría hacerla pensar que la estamos vigilando, señor.

Shiro asintió, reconociendo la sabiduría en sus palabras. De nuevo, se llevó la copa a los labios y terminó el sake de un solo trago. Dejó la copa a un lado y, sin previo aviso, clavó su mirada en Fiasse.

—Tienes razón, como siempre—dijo con una sonrisa calculadora. Luego, su tono cambió, volviéndose más bajo y cargado de intención—. Desvístete.

Fiasse, sin mostrar ni un rastro de emoción, obedeció de inmediato. Comenzó a quitarse la ropa con movimientos mecánicos, como si fuera un acto rutinario, desprovisto de cualquier voluntad propia. Shiro se levantó de su silla y caminó lentamente hacia ella, observándola con ojos que no mostraban más que un frío dominio.

—Agáchate—ordenó con voz firme—. Y abre las piernas.

Fiasse lo hizo sin dudar, su expresión completamente vacía, como si su mente se hubiera desconectado de su cuerpo. Shiro la observó durante unos segundos, su sonrisa transformándose en una mueca cargada de poder.

—Por amor, ¿eh?—murmuró, mientras comenzaba a desatarse el cinturón del yukata—. ¿Qué tan lejos llegaría alguien por algo tan fugaz?

En el silencio de la habitación, solo se escuchaban los movimientos metódicos de Shiro y la respiración contenida de Fiasse. La escena era un retrato perfecto de lo que verdaderamente eran: él, un hombre cuya corrupción no conocía límites, y ella, una mujer que había sido vaciada de todo, excepto su obediencia absoluta.

En esa habitación, el "amor" era solo una palabra que carecía de significado, una herramienta más para ser manipulada en el intrincado juego de poder que Shiro Takamachi jugaba con maestría.

La luz cálida de la lámpara en el buró de Nanoha iluminaba la habitación, creando un ambiente acogedor. Nanoha estaba acostada en la amplia cama que compartía con Fate, con un pijama cómodo que consistía en una camiseta holgada y unos shorts. Sus pies descalzos se movían ligeramente mientras hojeaba un libro sobre administración y dirección de empresas, subrayando de vez en cuando con un lápiz.

A su lado, Fate estaba recostada contra los cojines, vestida con un camisón ligero y su ropa interior. Sin embargo, su postura relajada contrastaba con la expresión pensativa que dominaba su rostro. Sus ojos estaban fijos en el techo, como si buscara respuestas a preguntas que solo ella entendía.

El silencio que llenaba la habitación era habitual durante sus noches de estudio, pero esta vez tenía un peso diferente. Nanoha, inmersa en sus apuntes, tardó unos minutos en notar la quietud de Fate. Finalmente, alzó la vista del libro y ladeó la cabeza al observar la expresión distante de su esposa.

—¿Fate? —preguntó Nanoha con suavidad, intentando captar su atención—. ¿Estás bien?

Fate no respondió de inmediato, lo que hizo que Nanoha cerrara su libro y se girara hacia ella, apoyándose en un codo.

—Fate, ¿qué pasa? —insistió con un tono más preocupado.

Después de un momento, Fate giró lentamente la cabeza para mirar a Nanoha. Su expresión era seria, algo poco habitual en ella cuando estaban solas.

—Nanoha… —comenzó Fate, vacilando un poco antes de continuar—. ¿Tengo que prepararme para aceptar a otra esposa?

Nanoha parpadeó, confundida por la pregunta.

—¿Disculpa? No entiendo…

Fate suspiró y se incorporó un poco, apoyándose en los brazos mientras mantenía su mirada fija en Nanoha.

—Quiero saber si tengo que prepararme para aceptar a una segunda esposa que tú elijas. Pero quiero que quede claro: yo soy la primera y la principal.

Nanoha parpadeó varias veces, procesando las palabras de Fate, antes de estallar en una carcajada que resonó en la habitación. Se llevó una mano al estómago mientras intentaba controlar su risa, pero no pudo evitar que las lágrimas se le acumularan en los ojos.

Fate frunció el ceño, cruzando los brazos con indignación.

—No es gracioso, Nanoha. Estoy hablando en serio.

Nanoha se recompuso lentamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Todavía con una sonrisa en los labios, se acercó más a Fate y le tomó las manos.

—¿Esto es por lo de la tía Lindy? —preguntó Nanoha, todavía con un tono de diversión.

Fate asintió, sus labios formando un ligero puchero.

—Sí. Es hermoso lo que hizo por Saori-san y Ruby. Pero me hizo pensar en cómo podrían cambiar las cosas en el futuro.

Nanoha ladeó la cabeza con curiosidad, una chispa juguetona iluminando sus ojos.

—¿Entonces estás preocupada porque podríamos agregar a alguien más a nuestra relación? —preguntó, tratando de ocultar una sonrisa.

—Exacto —respondió Fate con seriedad—. Pero quiero que quede claro: yo siempre seré la primera.

Nanoha soltó una leve risa antes de añadir:

—Bueno, ¿te fijaste bien en el cuerpo de Saori-san? Es impresionante…

Fate enrojeció instantáneamente y, sin pensarlo dos veces, tomó una almohada y se la lanzó a Nanoha, golpeándola suavemente en el hombro.

—¡Nanoha! ¡No digas esas cosas! —exclamó, visiblemente avergonzada.

Nanoha rió y atrapó la almohada, sosteniéndola contra su pecho.

—Era una broma, Fate. Solo una broma —dijo entre risas.

Fate apartó la mirada, todavía con las mejillas teñidas de rojo, pero con una leve sonrisa curvando sus labios.

Nanoha dejó la almohada a un lado y se inclinó hacia Fate, sosteniendo su rostro con ambas manos para que la mirara directamente.

—Fate, escucha. Solo tengo ojos para ti. No necesito ni quiero a nadie más. Tú eres todo para mí.

Fate la miró con intensidad, buscando en sus ojos alguna señal de duda, pero solo encontró amor y sinceridad.

—¿Lo juras? —preguntó Fate en un susurro.

Nanoha asintió con una sonrisa cálida.

—Lo juro. Eres el amor de mi vida, y no quiero compartir mi corazón con nadie más.

Convencida, Fate dejó escapar un suspiro de alivio y se permitió sonreír ampliamente. Sin embargo, un destello travieso cruzó por sus ojos.

—Está bien, pero como castigo por tu comentario sobre Saori-san… dormirás en el borde de la cama esta noche.

Nanoha abrió los ojos como platos, incrédula.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Por pervertida —respondió Fate, cruzando los brazos con determinación.

—¡Pero era una broma! —protestó Nanoha, aunque sabía que Fate no cambiaría de opinión.

Fate apagó la lámpara de su lado de la cama y se acomodó entre las sábanas.

—Buenas noches, Nanoha. Te amo —dijo con un tono satisfecho.

Nanoha suspiró, resignada, mientras apagaba su propia lámpara y se acomodaba cuidadosamente en el borde de la cama.

—Mujeres… —murmuró para sí misma antes de cerrar los ojos, aunque una sonrisa divertida permaneció en su rostro.

Desde su lado de la cama, Fate sonrió en la oscuridad, sabiendo que tenía a la persona que más amaba a su lado.

Ruby se encontraba sentada en el centro de su habitación, rodeada por montones de bolsas de compras que no podía creer haber realizado. Su vida había dado un giro tan drástico que aún le costaba asimilarlo. En una esquina, Ririka, su maid personal, colocaba cuidadosamente cada prenda en un armario que parecía tan enorme como los sueños que Ruby nunca se había permitido tener.

"Señorita Ruby," dijo Ririka con una voz suave pero firme, "déjeme este trabajo a mí. Usted merece relajarse después de un día tan agotador."

Ruby miró hacia Ririka, observando con algo de timidez cómo la joven maid trabajaba con una precisión impecable. Pero su mirada pronto se dirigió hacia el documento sobre la mesa. El nuevo apellido que figuraba en él, "Ruby T. Harlaown," parecía más un sueño lejano que una realidad tangible. Tocó el papel con la punta de los dedos, como si quisiera asegurarse de que no desapareciera.

"Riri-chan," dijo finalmente, con una voz apenas audible, "mañana tengo que ir a la escuela." Su tono denotaba una mezcla de inseguridad y nostalgia. Aunque las Harlaown le habían ofrecido todo, su antigua vida seguía pesando en su corazón.

Ririka sonrió con una dulzura que parecía natural en ella y, sacando una pequeña libreta, revisó un apunte. "Eso ya está programado, señorita. Todo está organizado para que pueda asistir sin preocupaciones."

Ruby inclinó la cabeza con curiosidad. "¿Pero cómo voy a llegar? No tengo idea de qué autobús tomar desde aquí."

La maid dejó escapar una risita baja y tranquila. "Oh, mi señorita, ya no tiene que preocuparse por cosas como esa. Se le ha asignado un chofer. Él nos llevará y traerá."

Ruby levantó una ceja, sorprendida. "¿Nos llevará? ¿A las dos?"

"Así es," respondió Ririka con naturalidad, sin detenerse en su tarea de doblar una falda. "Una maid no puede abandonar a su señorita. Es mi deber velar por su bienestar. Por supuesto, asistiré con usted a la escuela."

La idea era tan abrumadora que Ruby sintió que un rubor cálido se extendía por su rostro. "Eso es… demasiado," murmuró, aunque su corazón se sintió reconfortado al saber que no estaría sola. "¿Es realmente necesario?"

"Es una orden de sus madres," explicó Ririka con una seriedad profesional que dejaba claro que no era negociable. "Las tres desean lo mejor para usted. Ahora que es una Harlaown, su seguridad y bienestar son prioritarios."

Ruby bajó la mirada al suelo, jugando con la tela de su vestido. "Entiendo," dijo en voz baja, resignada pero también agradecida. "Supongo que así será."

Ririka se acercó con un pijama nuevo, uno que Ruby no recordaba haber visto antes, y lo colocó en sus manos. "Es hora de cambiarse, señorita. ¿Quiere que la ayude?"

Ruby abrió los ojos como platos, su rostro completamente encendido. "¡No, no! ¡No soy una niña! Puedo hacerlo sola."

Ririka rió suavemente ante la reacción de Ruby. "Es un deber de una maid ayudar a su señorita en todo, incluso en esto."

La firmeza en la voz de Ririka dejó a Ruby sin más remedio que ceder. "Está bien," murmuró con un suspiro. Alzó los brazos con cierta timidez, permitiendo que Ririka comenzara a cambiarla.

Mientras Ririka deslizaba la tela con movimientos rápidos y eficientes, Ruby no pudo evitar pensar en cómo todo esto era completamente diferente a su vida anterior. Y aunque se sentía abrumada por los cambios, había algo reconfortante en la presencia constante de Ririka.

Saori estaba tumbada en el centro de la amplia cama, sintiendo el calor envolvente de sus dos esposas. La atmósfera en la habitación era tranquila, solo perturbada por el suave sonido de las respiraciones y risas ocasionales. Precia, con su cabello suelto cayendo en ondas naturales, se acurrucaba contra su costado izquierdo, mientras Lindy, con su porte elegante pero protector, estaba a su derecha. Ambas la abrazaban con un cariño que la llenaba de una calidez indescriptible. Saori, que aún no se acostumbraba a esta nueva vida, alzó su mano, observando el anillo que Lindy le había dado hace unas horas.

Era un diseño delicado pero lleno de significado: el aro dorado tenía incrustaciones de pequeños diamantes en forma de espiral, representando la eternidad. Aunque lo miraba a menudo, todavía no podía creerlo. "Yo pensé que nunca me iba a casar," confesó con una mezcla de incredulidad y felicidad en su voz. Aquel símbolo, que antes solo había visto en otras personas, ahora era suyo.

Precia se removió levemente, apoyando su mejilla en el pecho de Saori. "Y yo agradezco mucho que ese tonto oficial se equivocara y nos citara a las tres juntas," dijo con una sonrisa traviesa. "No sé qué habría pasado si no hubiéramos coincidido ese día."

Saori dejó escapar una risa suave. "Gracias a ese imbécil las conocí," respondió, su tono cargado de humor y afecto. Aquel error burocrático había dado inicio a algo que ninguna de ellas había planeado, pero que ahora no cambiarían por nada.

Lindy, siempre atenta a cada palabra, se inclinó con elegancia hacia sus esposas. Sus labios rozaron primero los de Precia y luego los de Saori en un gesto lleno de ternura. "Yo las voy a proteger de todo," prometió, su voz firme, como si con esas palabras pudiera sellar su determinación. Saori, sintiendo el peso de esa promesa, la rodeó con sus brazos, atrayéndola aún más cerca. Lindy, con naturalidad, cruzó una pierna sobre las de Saori, reforzando ese vínculo físico y emocional que compartían.

La habitación se llenó de risas suaves y complicidad. Las manos de Precia se deslizaron por el brazo de Saori, mientras Lindy acariciaba su rostro con una ternura que parecía no tener fin. Era un momento perfecto, uno de esos que parecen existir fuera del tiempo, en un espacio donde nada podía romper la paz que compartían.

Después de un rato, Saori rompió el silencio. Había algo que la preocupaba y que no había podido quitarse de la cabeza. "Ruby necesita ir al instituto el próximo año," dijo finalmente, su tono reflejando una mezcla de responsabilidad y preocupación.

Lindy asintió, como si ya hubiera anticipado ese comentario. "Sí, lo sé bien," respondió, su mano acariciando suavemente el cabello de Saori. "Además, nuestra hija necesita tomar clases adicionales. Tanto ella como tú deben ser presentadas a las demás familias."

Saori la miró con un poco de aprensión. No estaba acostumbrada a ese mundo, y el peso de las expectativas comenzaba a hacerse sentir. "¿Es realmente necesario?" preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

"Sí," afirmó Lindy, con un tono que mezclaba suavidad y determinación. "Los demás necesitan saber quiénes lideran la casa Harlaown. Hay un evento importante de cierre de año donde todas las familias se reúnen. Ahí te presentaré a todos."

Saori suspiró, tratando de procesar la información. La vida que llevaba ahora era tan diferente de lo que alguna vez había conocido. Por mucho que amara a Precia y Lindy, el cambio aún la desafiaba. Lindy, notando su tensión, besó su mejilla con ternura. "Estaras bien," dijo en un susurro reconfortante. "Nunca vas a estár sola. Siempre nos tendrás a nosotras."

Precia, que había estado escuchando en silencio, también se inclinó para besar la mejilla de Saori. "Te amamos," le dijo, sus ojos brillando con un cariño que no dejaba lugar a dudas.

Saori cerró los ojos por un momento, sintiendo cómo la calidez de sus palabras disipaba cualquier duda o miedo. Abrió los ojos y miró a ambas mujeres con gratitud. "Y yo las amo a las dos," respondió, su voz cargada de emoción. Luego, se inclinó hacia ellas, repartiendo besos en los labios de cada una, sus risas mezclándose con el sonido del amor que compartían.

La conversación derivó hacia temas más ligeros, con Lindy comentando detalles sobre el evento de fin de año y Precia bromeando sobre cómo Ruby reaccionaría a la etiqueta formal. Saori, aunque nerviosa, se sentía fortalecida por el apoyo de sus esposas.

Lindy, siempre calculadora y estratégica, comenzó a explicar con detalle lo que se esperaba del evento. "Este será un espacio donde estarán presentes representantes de todas las familias importantes. Es una oportunidad clave para afianzar nuestra posición y demostrar que somos un frente sólido y unido. Ruby también debe empezar a familiarizarse y relacionarse con este ambiente. Aunque al principio será desafiante, con el tiempo se adaptará. Además," agregó Lindy con una leve sonrisa, "es nuestra hija, y su belleza no pasará desapercibida. Estoy segura de que más de una familia querrá estrechar lazos con nosotros proponiendo alguna alianza… o matrimonio."

Saori frunció el ceño, su incomodidad evidente. "No me gusta esa idea," dijo con firmeza, dejando su sentir claro. "No quiero que entreguemos a Ruby en bandeja de plata. Ella no es un objeto ni una herramienta para negociar."

Lindy la miró con comprensión, acercándose más para tomar su mano con ternura. "No vamos a hacer eso," aseguró en un tono tranquilizador. "Ruby es nuestra hija, y jamás la entregaremos a nadie que no sea la persona indicada. Pero debemos aceptar que atraerá atención, por su belleza y por quién es. Nosotras estaremos ahí para protegerla y asegurarnos de que solo esté rodeada de quienes realmente valgan la pena."

Precia, notando la tensión en el aire, intervino con una sonrisa juguetona. "Y si las cosas se ponen aburridas, siempre podemos escaparnos, ¿verdad?" bromeó, provocando una risa colectiva que aligeró el ambiente.

La noche continuó con más risas y momentos íntimos. Saori, Precia y Lindy se acurrucaron juntas, compartiendo caricias y palabras dulces. Era un recordatorio de que, a pesar de los desafíos y expectativas externas, lo más importante era el amor y el apoyo inquebrantable que se tenían.

Cuando finalmente el sueño comenzó a vencerlas, Saori se quedó mirando el techo por un momento, agradeciendo en silencio por la vida que ahora tenía. Aunque no todo era perfecto, sabía que con Lindy y Precia a su lado, podían enfrentar cualquier cosa.

La mañana había llegado con la serenidad característica del invierno en Sapporo. Fuera, el viento soplaba suavemente, transportando pequeños copos de nieve que se depositaban delicadamente sobre los techos y las ramas desnudas de los árboles. En el interior de la habitación de Ruby, el ambiente era cálido y acogedor, un contraste marcado con el frío del exterior.

Ririka, la maid personal de Ruby, entró con paso silencioso, como era su costumbre. Con movimientos suaves, dejó una bandeja con un vaso de agua tibia y unas toallas frescas sobre una pequeña mesa junto a la cama. Observó a su señorita por unos segundos, sonriendo con ternura al verla profundamente dormida, envuelta en las sábanas.

—Señorita Ruby, es hora de levantarse. —Ririka habló en un tono amable, casi como si cantara.

Ruby, aún inmersa en su sueño, giró un poco y murmuró:

—Cinco minutos más, Riri-chan…

Ririka no pudo evitar reírse. Decidida, caminó hacia las ventanas y corrió las cortinas, permitiendo que la luz de la mañana llenara la habitación. Los primeros rayos de sol reflejaron los copos de nieve que caían afuera, iluminando el espacio con un resplandor suave.

—No podemos permitirnos llegar tarde en su primer día con el nuevo sistema, señorita. —La voz de Ririka tenía un toque de diversión mientras se acercaba nuevamente a la cama.

Ruby, en su típica lucha contra las mañanas, trató de cubrirse el rostro con la almohada, pero Ririka, con su infinita paciencia, se sentó a su lado y le apartó suavemente los mechones dorados de la cara. Acarició su cabello con delicadeza antes de inclinarse y susurrar:

—El baño está listo, el agua tibia y las burbujas perfectas. Vamos, señorita. Yo la ayudaré a prepararse.

A regañadientes, Ruby comenzó a abrir los ojos, aún medio dormida. Antes de que pudiera reaccionar, Ririka ya estaba ayudándola a sentarse. Ruby, sin darse cuenta, permitió que la maid le quitara el pijama con movimientos precisos y rápidos. Para cuando la joven notó que estaba envuelta en una bata de baño, era demasiado tarde para protestar.

—Riri-chan… —murmuró Ruby, medio confundida, pero Ririka, con una sonrisa tranquila, la ayudó a ponerse de pie y la guió hacia el baño.

Al llegar, el calor del vapor se sentía reconfortante. Las burbujas llenaban la bañera y el aroma a lavanda inundaba el espacio.

—¿Quiere que la ayude a bañarse, señorita? —preguntó Ririka con una mezcla de seriedad y humor.

Ruby reaccionó al instante, despertando completamente y sonrojándose intensamente.

—¡No! Yo puedo hacerlo sola. —Su voz tembló ligeramente, y Ririka se retiró con una pequeña risa, dejando a Ruby sola en el baño.

Mientras se deslizaba en la bañera, Ruby recordó cómo Ririka la había ayudado a cambiarse sin que ella pudiera objetar. Su rostro se puso rojo nuevamente, y, en un intento de disipar su vergüenza, hundió el rostro en el agua, dejando que las burbujas cubrieran su cabeza.


Después de su baño, Ruby regresó a su habitación, donde encontró a Ririka esperándola con su uniforme de la escuela secundaria de Sapporo perfectamente planchado. La maid se acercó con una sonrisa profesional.

—Déjeme ayudarla a vestirse, señorita. Es mi deber como su maid personal.

—Riri-chan, de verdad, yo puedo hacerlo sola. —Ruby trató de protestar, pero Ririka la ignoró, como siempre, con su eficiencia habitual.

La incomodidad de Ruby era evidente mientras Ririka la ayudaba a ponerse la camisa blanca y ajustarle la corbata. Pero la maid, imperturbable, continuó con su labor, asegurándose de que cada detalle estuviera perfecto. Cuando terminaron, el uniforme de Ruby estaba impecable, y la joven, aunque avergonzada, no pudo evitar sentirse agradecida.

—Está lista, señorita. Vamos a desayunar. Sus madres la están esperando.


El comedor estaba iluminado por los primeros rayos de sol. Lindy, Precia y Saori ya estaban sentadas, conversando animadamente mientras el aroma a café recién hecho llenaba la sala. En el centro de la mesa, un desayuno completo estaba dispuesto: croissants, frutas frescas, y platos tradicionales japoneses.

Cuando Ruby entró, Lindy la saludó con una sonrisa amorosa.

—Buenos días, rayito de sol. Ven, siéntate con nosotras.

Ruby notó de inmediato a la figura desconocida junto a la mesa. Era una mujer alta, con cabello rubio recogido en un moño perfecto y ojos violetas que parecían observarlo todo con una intensidad casi intimidante. Su porte era elegante, pero firme, como si estuviera siempre alerta.

—Ruby, te presento a Evelyn. —Lindy hizo un gesto hacia la mujer. —Ella será tu guardia personal. Puedes confiar en ella para cualquier cosa.

Evelyn dio un paso adelante y se arrodilló frente a Ruby, con un aire de respeto solemne.

—Es un honor protegerla, señorita Harlaown. Mi vida está al servicio de su seguridad.

Ruby se sonrojó violentamente, sintiéndose completamente abrumada. Saori, siempre dispuesta a aliviar la tensión, bromeó:

—Evelyn, no seas tan formal. Ruby apenas es una niña.

Evelyn, sin inmutarse, respondió:

—Señora Harlaown, es mi deber proteger a la princesa de esta casa. Haré lo necesario para garantizar su seguridad. —Su mirada se suavizó levemente mientras miraba a Ruby, que apenas podía sostenerle la mirada.

Ririka, divertida por la situación, dejó escapar una risa suave mientras ayudaba a Ruby a sentarse. Lindy aprovechó para añadir:

—Evelyn estará contigo cada vez que salgas de la residencia. Es importante que te sientas segura, Ruby.


Al terminar el desayuno, Evelyn esperaba junto al auto, un elegante Mercedes Benz plateado que brillaba bajo la luz del invierno. Ruby, todavía no acostumbrada a tantos lujos, miró el vehículo con algo de incertidumbre antes de subirse al asiento trasero. Ririka, siempre cerca, la siguió, ajustando el cinturón de seguridad de Ruby antes de sentarse a su lado.

Evelyn, en su asiento de conductora, ajustó su auricular y habló con un tono profesional:

—VIP saliendo de la residencia.

Una respuesta afirmativa se escuchó del otro lado. Evelyn cerró la puerta del auto, revisó los retrovisores y arrancó con fluidez, navegando por las calles cubiertas de nieve con precisión. Ruby, mientras miraba por la ventana, dejó que sus pensamientos vagaran, aún adaptándose al cambio radical en su vida.

El auto avanzó en silencio, con el motor apenas audible, mientras Evelyn mantenía una expresión seria y atenta. Para Ruby, todo se sentía irreal. Pero mientras observaba los copos de nieve caer lentamente, un pequeño destello de emoción y esperanza comenzó a surgir en su interior.

El Mercedes Benz plateado se detuvo suavemente frente a la entrada de la escuela secundaria pública de Sapporo. El ruido habitual de los estudiantes charlando y corriendo por el patio disminuyó considerablemente cuando el lujoso auto apareció. Las miradas de curiosidad y asombro comenzaron a multiplicarse cuando Evelyn bajó del vehículo, abriendo la puerta trasera con la precisión profesional que la caracterizaba.

Ruby, todavía acostumbrándose a su nueva realidad, descendió del auto con un sonrojo intenso en su rostro. Evelyn le ofreció una mano para ayudarla, y aunque Ruby trató de disimular su nerviosismo, los murmullos de los estudiantes a su alrededor no hacían más que intensificar su incomodidad. Detrás de ella, Ririka bajó del auto con una elegancia impecable, ajustándose los guantes blancos mientras seguía a su señorita con una sonrisa tranquila.

Los cabellos dorados de Ruby caían perfectamente sobre sus hombros, con las puntas ligeramente onduladas, reflejando la luz de la mañana. Aunque llevaba el uniforme estándar de la escuela, su porte y apariencia natural la hacían destacar como si fuera una princesa. Algunos estudiantes, impresionados por su belleza, susurraban entre ellos, mientras otros se limitaban a mirarla fijamente.

Ruby avanzó hacia la entrada del edificio escolar, pero Evelyn, siempre atenta, la detuvo con un gesto firme y respetuoso.

—Señorita Harlaown —dijo Evelyn en un tono profesional pero educado—, permaneceré aquí hasta que salga. Si necesita algo, no dude en llamarme.

Mientras hablaba, Evelyn sacó su teléfono y, con precisión, envió un mensaje al Line de Ruby. Cuando el celular de Ruby vibró, Evelyn añadió:

—Este es mi número personal. Guárdelo y úselo si necesita algo.

Ruby, aún sonrojada, asintió tímidamente y murmuró un "gracias" antes de guardar el número. Ririka, fiel como siempre, comenzó a seguir a su señorita hacia el interior de la escuela, pero Evelyn la detuvo sujetándola firmemente del brazo y con fuerza.

—Tú serás mis ojos donde yo no pueda estar —dijo Evelyn con seriedad, clavando su intensa mirada en Ririka—. Si algo le ocurre a la señorita Ruby, me aseguraré de que lo pagues caro. ¿Entendido?

Ririka, lejos de inmutarse, mantuvo su sonrisa tranquila y respondió con un tono dulce pero seguro:

—Lo sé, señorita Evelyn. Haré todo lo necesario para protegerla.

Evelyn asintió, liberando su brazo, y observó cómo ambas entraban al edificio. Luego, regresó al Mercedes, aparcándolo en un lugar estratégico cerca de la escuela. Desde allí, con su mirada atenta, observaba el edificio como una guardiana inquebrantable.


Dentro de la escuela, Ruby no podía evitar sentir todas las miradas sobre ella. Los pasillos, normalmente bulliciosos, parecían más callados de lo habitual. Los estudiantes que la conocían desde antes apenas podían reconocerla. Aunque siempre había sido bonita, su nueva apariencia y presencia irradiaban una sofisticación que antes no estaba ahí. Ahora, Ruby se veía como alguien que pertenecía a otro mundo, uno lleno de lujos y privilegios.

Al llegar a su salón de clases, el murmullo de sus compañeros llenó el aire. Los comentarios eran inevitables.

—¿Esa es Ruby? —murmuraba una voz—. Se ve como una modelo o algo así.

—¿Viste el auto del que bajó? —añadió otro—. Seguro ahora es millonaria.

Ruby, roja de vergüenza, entró al aula y se dirigió a su asiento con la cabeza baja, tratando de ignorar las miradas. Ririka, por supuesto, estaba a su lado, con su eterna sonrisa, observando atentamente a todos los que se acercaban.

Kanako, una de las amigas de Ruby, se levantó y corrió hacia ella con emoción.

—¡Ruby! ¿Qué te pasó? ¡Estás preciosa! —dijo mientras intentaba tocar su cabello, que caía en ondas perfectas.

Antes de que pudiera lograrlo, Ririka intervino con una sonrisa amable pero cargada de autoridad.

—Niña, está prohibido tocar a mi señorita —dijo con dulzura, aunque había un tono inconfundible de advertencia en su voz.

Kanako, sintiendo una ligera amenaza en la sonrisa de Ririka, retrocedió lentamente, levantando las manos en señal de disculpa.

—Lo siento, no quise incomodarte, Ruby —murmuró antes de regresar a su asiento.

Ruby miró a Ririka con una mezcla de reproche y vergüenza.

—Riri-chan, no tenías que ser tan estricta —le dijo en voz baja.

Ririka simplemente inclinó la cabeza ligeramente y respondió:

—Es mi deber, señorita, protegerla de todo. Incluso de los toques innecesarios.

Ruby suspiró y se hundió un poco en su asiento, aún roja de vergüenza.


El sonido de la puerta al abrirse llamó la atención de todos. El tutor de la clase entró con su característico porte serio, ajustándose las gafas mientras avanzaba hacia el frente del salón. Su mirada se detuvo brevemente en Ririka, que estaba de pie detrás de Ruby, sonriendo como si no fuera nada fuera de lo común.

—Siéntense —ordenó el tutor, observando a sus alumnos antes de continuar—. Tengo un anuncio importante que hacer.

Los estudiantes, que ya estaban intrigados por la presencia de Ririka, guardaron silencio, esperando lo que venía. El tutor tomó un papel de su escritorio y lo leyó en voz alta.

—Como algunos ya deben saber, nuestra alumna Ruby… —hizo una pausa, como si dudara por un momento— Testarossa…

El salón quedó en silencio, y las miradas se posaron en Ruby. Sin embargo, antes de que pudiera continuar, la gélida mirada de Ririka se clavó en él, haciéndolo carraspear incómodo.

—Perdón, me equivoqué. La señorita Ruby T. Harlaown. —El tutor corrigió rápidamente, aclarando su garganta antes de añadir—. Su maid personal estará presente durante las próximas dos semanas, hasta que finalicen las clases. No interferirá con las actividades del aula.

Los murmullos comenzaron de inmediato.

—¿Harlaown? —se escuchó entre los alumnos—. ¿Es en serio? ¿Ahora es millonaria?

—Seguro que tiene una mansión —añadió otro.

El tutor golpeó la mesa con la palma de la mano, silenciando el bullicio.

—Eso es todo. Ahora, comencemos con la clase.

Ruby, que había estado roja desde que entró al salón, hundió el rostro entre sus brazos apoyados en el pupitre. Ririka, siempre atenta, se inclinó ligeramente y susurró con una sonrisa tierna:

—No se preocupe, señorita. Estoy aquí para ayudarla en todo.

Ruby, sin levantar la cabeza, suspiró profundamente y murmuró:

—Esto va a ser un día muy, muy largo…

Ginga Nakajima estaba al borde de un ataque de nervios. Su respiración era errática, y sus ojos, llenos de desesperación, recorrían cada rincón del pequeño departamento vacío que una vez habían habitado Saori y Ruby. Todo estaba en silencio, como si nunca hubieran estado allí. No había rastro de ellas, ni una pista de a dónde habían ido. Ginga apretó los dientes mientras su mente trataba de comprender lo imposible: ¿cómo había logrado Saori salir de ese infierno? ¿Cómo había escapado de Leon y seguía viva?

Leon había sido claro. Saori se había jubilado del negocio, algo inaudito en su mundo. Nadie dejaba el prostíbulo de Leon sin pagar un alto precio, y ese precio solía ser la vida. Pero ahí estaba la verdad frente a sus ojos: Saori lo había logrado. ¿Cómo? Ginga necesitaba respuestas, y las necesitaba ahora.

Después de horas de búsqueda, Ginga seguía con las manos vacías. Sin más opciones, tomó un vaso de vidrio y lo arrojó contra la pared, rompiéndolo en mil pedazos. Su frustración y enojo se desbordaron, y comenzó a romper más cosas, maldiciendo el nombre de Saori. Su mente estaba al borde del colapso cuando, de repente, recordó algo: Ruby. Si no podía encontrar a Saori, tal vez podría encontrar a su hija. Ruby era la clave.

—¡La escuela! —exclamó, mirando el reloj. Todavía era horario de clases. Con las pocas esperanzas que le quedaban, Ginga salió corriendo del departamento, con tacones y ropa de trabajo aún puestos. No le importaba nada más en ese momento.


El día en la escuela de Ruby había sido agotador. Las miradas, los murmullos y las preguntas constantes la habían dejado mentalmente exhausta. Sentía como si hubiera estado en el ojo de un huracán durante todo el día. Ririka, siempre atenta, tomó las cosas de Ruby mientras ambas se dirigían hacia la salida.

—Hizo un buen trabajo, señorita —le dijo Ririka con una sonrisa cálida—. Ahora descanse. Yo me encargo.

Ruby, completamente agotada, asintió y siguió avanzando, tratando de ignorar las miradas de admiración y los susurros a su alrededor. Su rostro se sonrojó aún más cuando escuchó comentarios sobre lo hermosa que se veía. Apresuró el paso, tapándose el rostro con las manos.

Cuando finalmente llegaron a la entrada de la escuela, Evelyn estaba allí, esperándolas. Su figura imponente y su mirada vigilante inspiraban respeto y seguridad. Ruby suspiró al verla, sintiendo un pequeño alivio al saber que pronto estaría en el auto, lejos de todo el bullicio.

Sin embargo, un grito repentino interrumpió el momento.

—¡RUBYYYYYYYY! —se escuchó desde la calle de enfrente.

Ruby y Ririka voltearon rápidamente, sorprendidas por la voz. Una figura apareció corriendo desde la distancia. Era Ginga, desaliñada, con su ropa manchada de suciedad y los tacones en la mano. Su rostro mostraba una mezcla de desesperación y esperanza. Cuando finalmente vio a Ruby, sus ojos se iluminaron. Pero antes de que pudiera llegar a ella, algo ocurrió.

En un movimiento veloz y calculado, Evelyn derribó a Ginga al suelo, inmovilizándola con una llave precisa. Ginga cayó boca abajo, incapaz de moverse.

—¡Ruby! —gritó Ginga con la poca fuerza que le quedaba—. ¡Tu mamá! ¿Cómo lo hizo? ¡Dímelo, Ruby, por favor...!

Antes de que pudiera terminar su súplica, Evelyn, con una expresión fría y calculadora, le dio un golpe certero en la nuca, dejándola inconsciente al instante.


Las sirenas de la policía iluminaron la escena momentos después. Dos oficiales se acercaron rápidamente, observando a Evelyn encima de la desmayada Ginga. Los policías intercambiaron miradas de incertidumbre antes de dirigirse a Evelyn.

—¿Qué ocurrió aquí? —preguntó uno de los oficiales, sacando una libreta para anotar.

Evelyn se levantó lentamente, ajustándose los guantes antes de responder con su tono profesional.

—Esta mujer intentaba acercarse de manera sospechosa a la señorita Harlaown. Soy su seguridad privada. La neutralicé para protegerla.

Los oficiales se miraron entre sí, aún dudando, pero antes de que pudieran decir algo más, Evelyn les mostró un anillo con el sello de los Harlaown. La reacción fue inmediata. Ambos reconocieron el emblema, pues durante su entrenamiento les habían enseñado a identificar los símbolos de las familias más poderosas. Sin más preguntas, los policías asintieron respetuosamente.

—Entendido, señora. Nos encargaremos de esta acosadora. —Uno de ellos cargó a Ginga, inconsciente, y la llevó hacia la patrulla.

Evelyn observó cómo los oficiales se llevaban a Ginga antes de volverse hacia Ruby y Ririka. Su expresión se suavizó al mirar a Ruby, quien estaba visiblemente afectada por lo ocurrido.

—Evelyn, yo la conocía... —murmuró Ruby, mirando al suelo—. Ella trabajaba con mi mamá...

Evelyn, notando la preocupación en su voz, se inclinó suavemente y le acarició la mejilla con un gesto lleno de ternura.

—No tiene que preocuparse por nada, señorita. Está a salvo, y no dejaré que nada malo le pase a nadie cercano a usted.

Ruby, aún sonrojada, asintió lentamente, confiando en las palabras de Evelyn. Ambas subieron al Mercedes, mientras Ririka cerraba la puerta tras ellas. Evelyn ajustó sus guantes una vez más antes de arrancar el auto.

El motor del Mercedes rugió suavemente mientras se alejaban de la escuela, dejando atrás los murmullos, las miradas y, sobre todo, la sombra de un pasado que Ruby esperaba nunca volver a enfrentar.

Ginga despertó lentamente, su visión borrosa y su cabeza palpitando por el golpe que había recibido. Mientras parpadeaba para despejar la niebla de su mente, la realidad comenzó a tomar forma: estaba en una celda. Las paredes grises, los barrotes oxidados y el frío suelo de concreto le confirmaron que estaba detenida. Sus dedos buscaron instintivamente algo de apoyo, hasta que su mano se cerró alrededor de los barrotes frente a ella.

—Ruby… —murmuró al recordar por qué estaba allí. Su voz sonaba quebrada, como si cada palabra pesara toneladas. Se aferró a los barrotes con más fuerza y gritó con desesperación—. ¡Ruby! —Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro mientras su cuerpo temblaba.

Había estado tan cerca de obtener respuestas. Había visto a Ruby, aunque fuera por un instante. Pero ahora estaba atrapada, y lo peor era que no tenía idea de quiénes eran esas personas que la habían detenido. ¿Quién era la mujer que la había noqueado? ¿Y esa sirvienta que siempre estaba cerca de Ruby? Nada tenía sentido. Ruby no solo estaba viva, sino que parecía estar floreciendo, como si todo su pasado hubiese desaparecido.

Pero para Ginga, las cosas no eran tan fáciles. Estar detenida significaba que no podría trabajar esa noche, y si no producía para Leon… las consecuencias serían mortales. Su mente se llenó de imágenes de los castigos que Leon imponía a quienes fallaban. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Si no regresaba pronto, Leon enviaría a alguien a buscarla, y si eso sucedía, sabía que no sobreviviría.

—¿Así termina mi historia? —susurró con una amarga risa que pronto se convirtió en un sollozo. Las lágrimas caían libremente mientras Ginga se dejaba caer al suelo, apoyando su frente contra los barrotes.

Mientras su llanto llenaba el aire frío de la celda, un sonido la hizo levantar la cabeza. Voces. Provenían del pasillo, acercándose lentamente. Las palabras comenzaron a ser más claras:

—Mayor, entendemos los pormenores, pero fue una orden directa de los Harlaown. Lo lamentamos profundamente, pero no podemos hacer nada —dijo una voz masculina, temblorosa.

—No me importa sus malditas órdenes —respondió una voz firme y cortante, claramente femenina—. O me dejan pasar ahora mismo o los designo a la frontera de Sapporo, donde pueden pudrirse en el frío por el resto de sus vidas.

Hubo un silencio tenso, seguido por el sonido de una cerradura girando. La puerta del pasillo se abrió con un rechinar, y Ginga vio una figura uniformada entrar con pasos decididos. El uniforme estaba impecablemente planchado, y la placa de policía brillaba en su pecho. La figura tenía una postura rígida y una mirada llena de determinación. Cuando sus ojos finalmente se encontraron con los de Ginga, esta última sintió como si todo el aire hubiera sido extraído de sus pulmones.

—¿Subaru…? —susurró Ginga, incrédula.

La mujer frente a ella cruzó los brazos, observándola con una mezcla de desdén y decepción.

—Te ves lamentable… —dijo Subaru Nakajima con frialdad, su tono era como una daga que se clavaba en el corazón de Ginga.

Las palabras de su hermana menor fueron la gota que rompió la represa. Ginga comenzó a sollozar, primero en silencio y luego con más fuerza. Se aferró a los barrotes con ambas manos, como si al hacerlo pudiera cerrar la distancia entre ellas.

—¡Subaru! —gritó entre lágrimas, apretando los barrotes hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. ¡Subaru, eres tú! ¡Por favor, sácame de aquí!

Subaru no respondió de inmediato. Su mirada se mantuvo fija en Ginga, analizando cada detalle de su apariencia. Sus ojos no mostraban compasión, sino algo más cercano al enojo. Dio un paso adelante, inclinándose ligeramente hacia la celda.

—¿Esto es en lo que te has convertido, Ginga? —preguntó con tono ácido, ignorando momentáneamente los sollozos de su hermana—. ¿Una mujer rota, atrapada en un lío del que no puede salir por sí misma?

Ginga intentó responder, pero su voz se quebró bajo el peso de su llanto. Finalmente, dejó caer la frente contra los barrotes, incapaz de soportar la mirada acusadora de Subaru.

—No lo entiendes… —murmuró Ginga entre sollozos—. No sé cómo escapar de esto. No sé cómo hacer lo que Saori hizo. ¡No quiero morir, Subaru!

La frialdad en los ojos de Subaru comenzó a desmoronarse, reemplazada por algo más complicado: una mezcla de tristeza, ira y una pizca de compasión. Dio un paso atrás y suspiró profundamente, pasando una mano por su cabello corto.

—Levántate, Ginga —dijo finalmente, su tono más suave, aunque aún firme—. No voy a dejar que te pudras aquí. Pero esto no será fácil. Si quieres salir de este agujero, tendrás que pelear. ¿Estás dispuesta a hacerlo?

Ginga levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas y esperanza.

—Sí… lo haré. Haré lo que sea necesario. Por favor, ayúdame, Subaru.

Subaru asintió con la cabeza, aunque su expresión permaneció seria.

—Bien. Pero no esperes que sea indulgente. Te sacaré de aquí, pero después de eso, tú te encargas de arreglar el desastre en el que te has metido.

Con esas palabras, Subaru giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la salida, dejando a Ginga sola por un momento. La mayor de las Nakajima no pudo evitar sentir una chispa de esperanza arder en su pecho por primera vez en mucho tiempo. Subaru estaba aquí, y tal vez, solo tal vez, todavía había una oportunidad para cambiar su destino.

Subaru estaba en su oficina, la penumbra y el silencio envolviéndola mientras la pantalla de su computadora parpadeaba en un bucle interminable de informes sin leer. Su mente estaba demasiado abrumada para enfocarse. Las imágenes de su hermana mayor, Ginga, detrás de los barrotes, seguían repitiéndose como un eco que no podía callar. Ginga, rota, desesperada, atrapada en una situación imposible.

El peso de las palabras de Signum resonaban en su cabeza:"El sistema está podrido, Subaru. Intentar cambiarlo desde dentro es inútil. Por eso me fui con los Takamachi."Pero Subaru no podía evitar preguntarse si ese cambio realmente era posible o si ella simplemente se negaba a aceptar la realidad.

Finalmente, soltó un suspiro de frustración y se recostó en su silla, mirando al techo con los ojos cerrados. Sabía lo que debía hacer, pero odiaba tener que hacerlo. Pedir ayuda a Shiro Takamachi significaba entrar en un juego peligroso. Nadie recibía algo de Shiro sin un precio. Y Subaru lo sabía bien: pedir un favor al magnate de los Takamachi era el equivalente a venderle tu alma.

—Mierda… —murmuró, finalmente rindiéndose al dilema moral que la consumía. Tomó su teléfono y marcó un número que no quería tener en su lista de contactos. El tono sonó tres veces antes de que la línea se conectara.

—¿Mayor Nakajima? —la voz de Shiro Takamachi era profunda, controlada, con un tono que sugería que nada en el mundo podía perturbarlo.

—Señor Takamachi —dijo Subaru, luchando por mantener su voz firme—. Necesito su ayuda… por favor.


Unas horas después, Subaru estaba parada junto a Shiro frente a la celda donde Ginga estaba detenida. La mayor de las Nakajima estaba de pie, sujetándose a los barrotes con ambas manos, su rostro lleno de incredulidad al ver no solo a Subaru, sino también a Shiro Takamachi. El hombre irradiaba una presencia imponente, su traje perfectamente ajustado y su porte elegante dejaban claro que era alguien que no debía ser subestimado.

Ginga apenas podía procesar lo que veía. Shiro Takamachi no era un desconocido para nadie. Era una figura omnipresente en Japón, una leyenda viviente, dueño de un imperio y símbolo de poder absoluto.

Shiro rompió el silencio con una voz calma pero cargada de autoridad.

—Entonces, mayor Nakajima, ¿ella es tu hermana? —preguntó sin apartar la mirada de Ginga.

Subaru asintió con firmeza, aunque evitó el contacto visual con su hermana.

—Sí, señor Takamachi. Ella es mi hermana.

Shiro inclinó ligeramente la cabeza hacia Ginga y le dijo:

—Preséntate.

Ginga, con torpeza, se enderezó y balbuceó:

—Ginga Nakajima… —sus palabras temblaron bajo el peso de la mirada de Shiro.

—¿A qué te dedicas, señorita Nakajima? —preguntó con una sonrisa apenas perceptible, como un depredador jugando con su presa.

Ginga bajó la mirada, avergonzada, antes de murmurar

—Prostitución.

Subaru apretó los labios, tratando de contener su enojo y vergüenza. Shiro no reaccionó de inmediato, pero su sonrisa se ensanchó ligeramente antes de hacer su siguiente pregunta:

—¿Por qué estás aquí?

—Yo… solo quería hablar con Ruby… —dijo Ginga, evitando la mirada de ambos—. Eso es todo.

Shiro asintió lentamente, como si estuviera evaluando sus palabras.

—Estás aquí porque intentaste acercarte y acosar a una de las herederas de los Harlaown —declaró con una calma que hizo que las palabras golpearan como un martillo.

El rostro de Ginga se congeló.¿Harlaown? ¿Dijo Harlaown?Era un apellido que no necesitaba explicación. Era una de las familias más poderosas de Japón. El peso de la revelación comenzó a asentarse en su mente.

—¿Ruby… es una Harlaown? —preguntó en un susurro.

Shiro simplemente asintió. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en la mente de Ginga. Si Ruby era una Harlaown, entonces Saori debía serlo también. Esa era la clave. Así había logrado salir del infierno del burdel. Se había casado con una Harlaown.

—Qué hija de perra suertuda… —murmuró Ginga con una mezcla de asombro y amargura.

Desesperada, volvió su mirada hacia Subaru.

—¡Subaru, por favor! ¡Ayúdame! No sé qué hacer…

Subaru negó con la cabeza, su voz quebrándose ligeramente.

—Ginga, ni siquiera mi rango puede sacarte de esto. No estoy autorizada…

Las palabras hicieron que Ginga comenzara a llorar, su cuerpo temblando mientras se apoyaba contra los barrotes. Pero Shiro dio un paso adelante, inclinándose ligeramente hacia Ginga, su expresión se tornó oscura, sus ojos se encontraron con los de ella.

—¿Cómo se llama el dueño del burdel donde trabajas? —preguntó con voz baja, pero con una intensidad que heló la sangre de Ginga.

Por un momento, Ginga dudó, sintiendo el vacío en la mirada de Shiro. Finalmente, con un temblor en sus labios, susurró:

—L-Leon.

Shiro sonrió, satisfecho, y se volvió hacia Subaru.

—Libera a tu hermana, mayor Nakajima. No te preocupes por nada. Yo me encargaré de todo.

Sin esperar una respuesta, Shiro giró sobre sus talones y salió de la sala, dejando a Subaru y Ginga solas. Subaru sacó las llaves de la celda y abrió la puerta.

—Vámonos —dijo en voz baja.

Ginga dio un paso hacia adelante, sus piernas tambaleándose antes de lanzarse hacia Subaru y abrazarla con fuerza.

—Gracias… te amo, Subaru. —Las palabras salieron entre sollozos mientras lágrimas corrían por su rostro.

Subaru, aunque rígida al principio, finalmente devolvió el abrazo.

—Yo también te amo, Ginga… y te extrañé más de lo que imaginas.

Ambas permanecieron abrazadas por un momento, pero en el fondo, Ginga sabía que Subaru había vendido su alma al diablo para salvarla. Ahora solo quedaba esperar a ver qué consecuencias traería ese pacto con Shiro Takamachi.

En el centro de una habitación mal iluminada, con paredes descascaradas y el hedor a tabaco rancio impregnando el aire, Leon Krauze, un hombre que se consideraba invulnerable en su mundo, se encontraba reducido a una sombra de sí mismo. Amarrado a una silla con sus extremidades incapaces de moverse, su cuerpo destrozado mostraba la furia que había enfrentado antes de llegar a este punto. Frente a él, Shiro Takamachi se encontraba de pie, su traje impecable y su porte sereno contrastando con el caos que había desatado.

Fiasse, la centinela personal de Shiro, permanecía a un lado. Sus guantes estaban manchados de sangre, y su expresión era imperturbable. Sus puños eran herramientas precisas que habían reducido a Leon a una masa de carne magullada. En ese momento, Fiasse limpiaba tranquilamente su rostro con un pañuelo, como si el acto de golpear a Leon fuera una tarea doméstica rutinaria.

Shiro dio un paso adelante, sus zapatos resonando contra el suelo de madera vieja. Su sonrisa era una mezcla perturbadora de cortesía y sadismo, un reflejo de la serpiente que habitaba en su interior. Se inclinó ligeramente hacia Leon, su voz suave pero cargada de una amenaza implícita.

—Buenos días, Leon. —La cortesía de Shiro era tan afilada como una daga—. Tengo una solicitud que hacerte respecto a una de tus chicas.

Leon, a pesar del dolor insoportable en su cuerpo, intentó procesar las palabras. Su mente estaba nublada por el miedo, pero su instinto de supervivencia lo obligó a responder.

—S-señor Takamachi… si alguna de ellas lo ofendió… o le hizo algo… le aseguro que yo mismo me encargaré… —Su voz se quebró, y un espasmo de sangre brotó de su boca, salpicando el rostro de Shiro.

El silencio que siguió fue más mortal que cualquier amenaza. Los ojos de Shiro se entrecerraron ligeramente, mientras Fiasse, sin dudar, propinó un puñetazo certero en el rostro de Leon, derribando tres de sus dientes con el impacto. Leon gritó de dolor, su voz reverberando en la habitación.

Con una elegancia calculada, Fiasse sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió el rostro de su amo, quitando la sangre como si fuera polvo en un mueble.

—Disculpas… l-lo siento… —balbuceó Leon, su tono inaudible, sus palabras ahogadas por el dolor y la humillación.

Shiro suspiró, como un maestro cansado de explicar lo obvio.

—No estoy aquí por una disculpa, Leon. —Su tono se volvió más frío, la amenaza ahora palpable—. Estoy aquí para hacerte una solicitud muy específica. Quiero que liberes a una tal Ginga Nakajima. Es un favor que hago por alguien cercano, y deseo que esta chica quede libre de cualquier vínculo con tu… "establecimiento".

Leon, aterrorizado, asintió frenéticamente con la cabeza, ignorando el dolor en su cuerpo.

—Está hecho… —gimió con desesperación—. Ginga no está… y nunca estuvo aquí… ella está libre.

Shiro sonrió, un gesto que carecía de cualquier calidez humana. Se inclinó hacia Leon, acercándose lo suficiente como para que sus palabras fueran susurros de una sentencia inevitable.

—Eso es excelente, Leon. Me alegra ver que podemos llegar a un entendimiento. —Shiro levantó una mano y acarició la cabeza de Leon con un gesto que, lejos de ser reconfortante, era humillante.

Luego, sin perder un ápice de calma, Shiro giró su cabeza hacia Fiasse.

—Necesitamos una garantía, ¿no te parece? —dijo con una voz que contenía una nota de sadismo apenas perceptible.

Fiasse, entendiendo la orden sin necesidad de más explicaciones, dio un paso adelante. Antes de que Leon pudiera reaccionar, un cuchillo de precisión apareció en la mano de la centinela. En un movimiento rápido y eficiente, tomó una de las manos de Leon y cortó su dedo anular.

El grito de Leon llenó la habitación, un sonido de puro horror que resonó como un eco interminable. El dedo cayó al suelo, y la sangre comenzó a manchar la madera desgastada. Fiasse, imperturbable, limpió la hoja del cuchillo con el mismo pañuelo que había usado antes.

Shiro, sin inmutarse por el espectáculo, se inclinó una vez más hacia Leon.

—Esto es solo un recordatorio, Leon. No hagas nada en contra de la chica. No olvides que yo no soy Lindy. —Sus palabras eran un veneno que se grabaría en la mente de Leon.

Shiro se enderezó, ajustándose la chaqueta con la calma de alguien que acababa de concluir una reunión de negocios. Fiasse lo siguió, limpiando meticulosamente sus guantes ensangrentados. Ambos abandonaron la habitación sin mirar atrás, dejando a Leon en el suelo, amarrado, magullado y con un dedo menos.

La puerta se cerró detrás de ellos, y el silencio volvió a apoderarse de la habitación, salvo por los sollozos ahogados de Leon. Su cuerpo temblaba, y su mente estaba atrapada en el abismo del miedo. Sabía que nunca olvidaría esa sonrisa, ni el vacío en los ojos de Shiro Takamachi. El diablo había visitado su vida, y había dejado su marca.