Capítulo 8: Un Amor Silencioso

Utena Yamauchi estaba en su oficina, un lugar austero y perfectamente organizado, donde los muebles de caoba oscura contrastaban con la fría luz que se filtraba por las ventanas. Las paredes estaban decoradas con grabados antiguos de la dinastía Yamauchi, así como con diplomas y reconocimientos que demostraban el poder y la influencia que la familia había acumulado durante siglos. En la gran mesa de madera frente a ella, había un sinfín de documentos, todos perfectamente alineados. Utena sostenía un bolígrafo de oro con incrustaciones de zafiro, pero su mirada estaba perdida, absorta en sus pensamientos.

El evento de fin de año no era solo una celebración más; era un campo de batalla político. Las familias más poderosas de Japón, así como delegaciones de países cercanos, como Rusia, estarían presentes. Para Utena, el honor de la casa Yamauchi estaba en juego. No podía permitirse errores, y definitivamente no podía repetir el incidente que ocurrió el año pasado en los territorios Takamachi.

De repente, un golpe firme en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—Adelante —ordenó, su voz firme y serena.

La puerta se abrió, y Alexei Ivanovich, su jefe de seguridad personal, entró con paso decidido. Su imponente figura destacaba aún más con el uniforme negro que llevaba, adornado con detalles dorados que indicaban su rango. Alexei era un hombre de pocas palabras, pero su presencia hablaba por sí sola. Había jurado lealtad a la casa Yamauchi tras años de servicio en una de las fuerzas militares más influyentes de Rusia.

—Señora Yamauchi —comenzó Alexei, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto—. Su hija, Reiko, ha regresado al recinto, pero… no está colaborando con las instrucciones. Ninguno de los miembros del personal ha podido convencerla de que se prepare para el evento.

Utena cerró los ojos un momento, exhalando un suspiro largo y cansado. Murmuró una maldición en perfecto ruso, una que hizo que Alexei, acostumbrado a su seriedad, levantara apenas una ceja. Colocó el bolígrafo sobre los documentos con precisión y se puso de pie, alisando su impecable traje negro.

—Me encargaré de ella personalmente. —Su tono no admitía discusión.

Cuando Utena llegó al salón principal, la escena que encontró no hizo más que aumentar su molestia. Reiko, su hija, estaba sentada en un amplio sillón tapizado en terciopelo negro, con las piernas cruzadas y los ojos clavados en la pantalla de su teléfono. Frente a ella, un diseñador extranjero de aspecto nervioso sostenía una cinta métrica y un cuaderno. Parecía suplicar.

—Por favor, señorita Reiko, necesito tomar sus medidas para hacerle un yukata a la medida. Son órdenes de su madre —insistía el hombre con una mezcla de desesperación y miedo.

Reiko ni siquiera levantó la mirada del teléfono. Su expresión era de absoluto desdén. Finalmente, dejó el dispositivo a un lado y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Se quitó los zapatos con calma, dejando al descubierto sus pies delicadamente cuidados. Luego estiró uno hacia el hombre, con un aire de superioridad que solo alguien como ella podía proyectar.

—Entonces, ponte de rodillas y gatea hacia mí. Lámeme los pies y suplica para ver si me digno a hacerte caso —dijo con voz fría, pero con una chispa de diversión sádica en los ojos.

El diseñador, atrapado entre la humillación y el miedo a desobedecer, comenzó a arrodillarse. La escena era grotesca y perturbadora, pero Reiko simplemente sonrió con satisfacción. Sin embargo, antes de que el hombre pudiera cumplir con su absurda demanda, una voz gélida resonó en la habitación.

—Detente ahí. —La autoridad en el tono de Utena era incuestionable.

El diseñador se congeló en su lugar y giró la cabeza hacia ella.

—Señora Yamauchi… —balbuceó, intentando justificarse.

Utena ni siquiera le dirigió una mirada. Su atención estaba completamente centrada en Reiko, quien ahora jugueteaba con un mechón de su cabello blanco y negro, claramente sin arrepentimiento.

—Largo —ordenó Utena al diseñador, con una simpleza que lo hizo salir del salón casi corriendo.

Cuando estuvieron solas, Utena cruzó los brazos y observó a su hija con una mezcla de decepción y cansancio.

—Reiko —comenzó, su voz firme pero más suave que antes—. ¿Por qué te empeñas en comportarte de esta manera? Te he dado instrucciones claras sobre lo que necesitas para el evento. Es en dos días, y ni siquiera tienes un vestido, un yukata, ni nada listo. ¿Así planeas recibir a nuestros invitados?

Reiko levantó la vista lentamente, su mirada apática chocando con la de su madre.

—Son gente sin gracia, madre. No merecen mi atención —respondió con indiferencia, encogiéndose de hombros.

La paciencia de Utena comenzaba a agotarse.

—No importa si tienen gracia o no. Son nuestros invitados, y al venir a nuestros dominios, representan una oportunidad para fortalecer nuestras alianzas. ¿Crees que un rey puede gobernar si su pueblo se rebela? Es lo mínimo que debes entender.

Reiko dejó escapar un suspiro exagerado, poniéndose de pie con un movimiento elegante pero cargado de desgano.

—Está bien, madre. Iré a tomarme las medidas. —Dio unos pasos hacia la salida antes de detenerse para añadir con sarcasmo—. ¿Algo más, Su Majestad?

Utena, reconociendo el sarcasmo, decidió ignorarlo.

—Espero grandes cosas de ti, Reiko. No me decepciones.

Sin responder, Reiko salió del salón, dejando a su madre sumida en una mezcla de frustración y preocupación. Aunque sabía que su hija era brillante y capaz, su actitud distante y fría la hacía difícil de manejar. Utena se quedó mirando el lugar vacío donde había estado Reiko, preguntándose si algún día encontraría a alguien que pudiera romper ese muro de hielo que su hija había construido a su alrededor.

Reiko permanecía frente al diseñador con una expresión de total aburrimiento. Había aceptado seguir las órdenes de su madre, pero su desdén era evidente en cada movimiento. El hombre, esforzándose por mantener una actitud profesional, hacía su mejor intento para no incomodarla.

—Señorita Yamauchi, necesito que mantenga los brazos extendidos mientras tomo las medidas de su torso —pidió el diseñador con cautela.

Reiko obedeció de mala gana, sus movimientos lentos y sin esfuerzo, como si incluso esa pequeña tarea le costara una eternidad. Mientras el diseñador rodeaba su cintura con la cinta métrica, ella observaba con frialdad cada uno de sus movimientos.

—¿Falta mucho? —preguntó en tono cortante.

—Estoy por terminar, señorita. Solo un momento más —respondió el hombre, ocultando su incomodidad.

Finalmente, cuando el diseñador terminó de tomar las medidas, hizo una pequeña reverencia antes de recoger sus herramientas.

—Haré lo mejor posible para diseñar un yukata que esté a la altura de sus expectativas, señorita Yamauchi.

Reiko levantó la vista del teléfono que había tomado nuevamente y lo miró con desinterés.

—Haz tu trabajo. Eso es todo lo que importa.

Sin esperar una respuesta, salió de la sala, dejando al diseñador boquiabierto ante su actitud. Mientras caminaba por los pasillos de la mansión, su mente estaba llena de pensamientos de frustración."Todos esperan algo de mí, pero nadie se molesta en preguntarme qué quiero. Como si realmente importara,"pensó con sarcasmo.

Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta de un portazo, arrancándose los tacones con un gesto brusco. Encendió su sistema de sonido y conectó su teléfono, seleccionando su lista de reproducción favorita de heavy metal. En segundos, los intensos riffs de guitarra llenaron la habitación, y Reiko se dejó caer en la cama, mirando al techo mientras el ritmo pulsante resonaba en sus oídos.

"Todos son iguales. Hipócritas que solo buscan su propio beneficio. Y yo estoy atrapada en este circo,"murmuró para sí misma. Cerró los ojos, tratando de bloquear el mundo exterior mientras la música se convertía en su única compañía.

El día de la ceremonia finalmente había llegado. La mansión Yamauchi lucía más imponente que nunca, rodeada por vastos terrenos cubiertos de nieve que reflejaban la luz del sol. Los arcos de entrada estaban adornados con luces blancas y plateadas, creando un contraste perfecto con el frío paisaje invernal.

Guardias de seguridad patrullaban los alrededores, supervisando el flujo constante de invitados que llegaban en autos de lujo y limusinas. Cada familia representaba a una parte clave del círculo de poder, desde magnates nacionales hasta personalidades internacionales.

Dentro del salón principal, Utena estaba en su elemento. Vestida con un kimono negro y plateado que irradiaba autoridad, supervisaba cada detalle con precisión. Reiko, por su parte, permanecía a su lado, vestida con un yukata que el diseñador había terminado a última hora. Aunque su atuendo era impecable, su rostro reflejaba un profundo aburrimiento.

—Saluda con respeto a los invitados, Reiko. Esto no es una opción —dijo Utena en un tono bajo pero firme.

Reiko rodó los ojos, cruzándose de brazos.

—Sí, sí. Lo que digas, mamá.

Cada vez que llegaba un invitado, Utena los saludaba con cortesía, mientras Reiko lo hacía con una inclinación mínima de cabeza, claramente desinteresada. Su falta de esfuerzo no pasó desapercibida para su madre, quien le lanzó una mirada de advertencia.

—Compórtate. Los Takamachi están aquí —le dijo Utena en un susurro.

Reiko soltó un bufido y murmuró en tono sarcástico:

—Oh, qué emoción. Otra familia más de hipócritas.

Sin embargo, cuando los Takamachi comenzaron a acercarse, Reiko no pudo evitar prestar atención. Shiro Takamachi lideraba al grupo con su presencia imponente y elegante. Vestido con un traje negro que irradiaba confianza, caminaba con paso firme, rodeado de sus hijas y familiares. Nanoha, Fate, Alicia, Miyuki y Momoko vestían trajes de gala que reflejaban sus personalidades únicas.

Miyuki caminaba con gracia natural, pero Alicia luchaba visiblemente con su vestido largo.

—Compórtate, Alicia. —El reproche de Miyuki fue apenas un susurro.

—¡Estoy intentando! Este vestido es ridículamente largo. —Alicia tropezó ligeramente, pero logró estabilizarse.

—Es un vestido de gala. Aprende a usarlo —respondió Miyuki, claramente frustrada.

Shiro llegó hasta Utena y tomó sus manos con cortesía, depositando un beso caballeroso.

—Yamauchi-sama, es un honor estar en sus dominios y en su distinguida presencia.

Utena inclinó la cabeza ligeramente.

—Los Takamachi siempre serán bienvenidos aquí, Takamachi-dono.

Shiro sonrió, proyectando una imagen de humildad.

—El honor es nuestro al estar en una casa tan noble como la suya.

Reiko, incapaz de contenerse, soltó un bufido audiblemente.

—Hipócrita —murmuró en voz baja.

Shiro desvió su atención hacia ella, su expresión se tornó seria pero controlada.

—Lady Reiko, es un placer verla en un evento tan importante.

Reiko lo miró con frialdad y respondió con indiferencia:

—Sí, lo que sea.

La tensión entre ellos era palpable, pero Utena intervino rápidamente.

—Por favor, pasen, Takamachi-dono. Espero que disfruten de la velada.

Shiro inclinó la cabeza en agradecimiento y condujo a su familia hacia el interior. Nanoha y Fate intercambiaron miradas rápidas con Reiko, pero ella las ignoró completamente.

Cuando los Takamachi se alejaron, Utena se giró hacia su hija con un susurro furioso.

—Reiko, ¿qué demonios te pasa? Los Takamachi son aliados importantes.

Reiko se encogió de hombros.

—Son unos oportunistas, especialmente el patriarca. Puedo ver lo que realmente quiere y lo que quiere es acostarse contigo.

Utena frunció el ceño.

—No digas esas cosas sin pruebas. Esa es una acusación seria.

—No necesito pruebas. Está en su mirada —insistió Reiko con frialdad.

—Basta. Los Harlaown acaban de llegar —dijo Utena, cortando la conversación con un gesto de mano.

Reiko soltó un suspiro, preparándose para otro tedioso encuentro. Sin embargo, cuando levantó la vista hacia los recién llegados, todo su mundo cambió.

Allí, caminando con una gracia celestial, estaba Ruby Harlaown. Su cabello dorado brillaba bajo las luces, y sus ojos rojos irradiaban una pureza que parecía desarmar cualquier defensa. Su vestido, diseñado con un equilibrio perfecto entre elegancia y delicadeza, la hacía parecer una princesa salida de un cuento de hadas.

Reiko quedó completamente inmóvil, incapaz de apartar la mirada. Su corazón comenzó a latir con fuerza, algo que nunca antes había sentido."¿Quién es ella? ¿Cómo puede existir alguien tan perfecta?"pensó, incapaz de formular otra idea.

Mientras Ruby caminaba junto a su familia, saludando con elegancia, Reiko sintió algo dentro de ella que nunca había experimentado: una mezcla de admiración, deseo y confusión. Por primera vez, la fría y calculadora Reiko Yamauchi había encontrado algo —o alguien— que lograba atravesar su impenetrable muro de indiferencia.

El aire helado de los terrenos Yamauchi se sentía casi ceremonial. Las luces brillaban intensamente, destacando la magnificencia de la mansión y los terrenos que parecían un castillo en medio de un reino nevado. Los invitados llegaban en sus vehículos de lujo, deslumbrando con vestidos y trajes que mostraban el poder y la riqueza de las familias más influyentes de Japón. Sin embargo, todos los murmullos se apagaron cuando una limusina negra, con un emblema dorado en el capó, se detuvo frente a la entrada principal.

El valet, con movimientos calculados, abrió la puerta, revelando primero un par de tacones dorados que tocaban la nieve sin miedo. De la limusina emergió Lindy Harlaown, la famosa "Leona de Galia", vestida con un vestido negro con bordados dorados que brillaban bajo la luz y un elegante abrigo largo, coronado por la majestuosa cabeza de un león en el cuello, que emanaba poder y elegancia. A cada lado de ella, sostenía los brazos de sus esposas. Saori, con su cabello rubio corto y su vestido rojo ceñido al cuerpo, caminaba con una confianza que solo ella podía exudar. A su otro lado, Precia, con un vestido plateado y su cabello cenizo cayendo como cascadas, irradiaba una calma angelical. Juntas formaban una imagen que nadie podía ignorar.

Las miradas seguían a Lindy y sus esposas mientras avanzaban, pero lo que ocurrió después robó completamente el aire de la noche. Desde el vehículo, Chrono Harlaown bajó, vestido impecablemente con un traje azul oscuro que realzaba su figura atlética. Pero fue quien bajó después de él quien se llevó todos los murmullos y suspiros.

Ruby Harlaown apareció con una gracia que parecía casi irreal. Vestía el deslumbrante vestido diseñado por Vice, su figura resaltada por la confección impecable y sus joyas brillando con cada paso que daba. Su cabello dorado recogido en un moño elegante, con pequeños mechones sueltos que enmarcaban su delicado rostro, complementaba perfectamente su mirada serena y cautivadora. Cada paso que daba era un testimonio de las lecciones de Alexandria Seraphine, y la joven no solo caminaba: flotaba, dejando un rastro de admiración a su paso.

Reiko Yamauchi, que estaba junto a su madre en la entrada, sintió cómo su mundo se detuvo al instante. Hasta ese momento, la noche había sido un desfile de aburrimiento y falsedad, un mar de sonrisas vacías y palabras insulsas. Pero ahora, frente a ella, estaba esa criatura celestial. La hermosa chica de cabellos dorados no era solo hermosa; era como un sueño hecho realidad. Sus cabellos dorados brillaban como si fueran tocados por la misma luz de las estrellas, y sus ojos, de un rojo puro, parecían mirar directamente dentro de su alma. Reiko, quien siempre había mirado a todos desde una distancia fría y calculadora, sintió su pecho apretarse, su respiración acelerarse. "¿Qué me está pasando?", pensó con desesperación. Lindy avanzó con sus esposas, saludando con una sonrisa impecable.

—Yamauchi-sama, muchas gracias por recibirnos. Es un honor estar en su magnífico hogar.

Utena, acostumbrada a los protocolos, respondió con la misma cortesía mientras dirigía su atención a las esposas de Lindy.

—Harlaown-sama, el honor es mío. Por favor, permitan que les dé la bienvenida a usted y a sus maravillosas compañeras. —Sus ojos recorrieron a Saori y Precia con admiración, reconociendo la presencia de ambas como un reflejo del poder de Lindy.

Sin embargo, Utena no pudo evitar notar algo extraño. Reiko, quien usualmente era rápida con sus comentarios sarcásticos, no había dicho nada. Giró discretamente su cabeza hacia su hija, solo para encontrarla completamente embelesada, con la mirada fija en la niña de cabellos dorados frente a ella, su rostro ligeramente sonrojado y sus labios entreabiertos como si no pudiera procesar lo que veía. Utena sintió una mezcla de sorpresa y alarma."¿Mi hija… sonrojada?"

Lindy dio un paso al costado, dejando a Chrono y Ruby avanzar para presentarse. Chrono saludó con la elegancia que correspondía a un heredero Harlaown.

—Es un placer verla, Yamauchi-sama. Agradecemos su hospitalidad en esta velada tan especial.

Luego, Ruby, con una sonrisa dulce y una inclinación que parecía salida de un cuento de hadas, se presentó.

—Ruby Harlaown, a su servicio, Yamauchi-sama. Es un honor estar aquí esta noche. Gracias por recibirnos en su maravilloso hogar.

Utena, todavía desconcertada por la presencia de Ruby, giró hacia Lindy con una ceja elevada.

—No sabía que los Harlaown tenían otra hija, Lindy.

Lindy respondió con una sonrisa astuta.

—Oh, Yamauchi-sama, los Harlaown siempre guardamos nuestras mejores cartas para el final.

Mientras tanto, Reiko no podía apartar la vista de Ruby. Su mente, usualmente fría y organizada, estaba en completo caos. Cada palabra de Ruby resonaba en su mente como una melodía."Es perfecta,"pensó. Su corazón, que nunca antes había sentido más que indiferencia, latía ahora con una intensidad que la asustaba. Cuando su madre le dio un discreto golpe con el pie para que reaccionara, Reiko salió de su ensueño y dio un paso adelante.

—Reiko Yamauchi. Es un placer conocerte, Ruby Harlaown. —Su voz, aunque firme, tenía un temblor sutil que revelaba su nerviosismo.

Ruby sonrió nuevamente, y esa sonrisa fue suficiente para que Reiko sintiera que el suelo bajo sus pies desaparecía.

—El placer es mío, Lady Reiko. Espero que esta noche sea memorable para todos nosotros.

El sonrojo en las mejillas de Reiko se intensificó. Nunca en su vida se había sentido tan… vulnerable. Intentó decir algo más, pero las palabras parecían haberse quedado atrapadas en su garganta.

Utena, dándose cuenta de la situación, intervino rápidamente.

—Por favor, Lindy, pasen al salón principal. Estoy segura de que encontrarán todo a su gusto.

Lindy agradeció con un gesto elegante, y los Harlaown comenzaron a avanzar. Ruby siguió caminando con la misma gracia que había mostrado desde el principio, mientras Reiko la observaba como si fuera un sueño del que no quería despertar."La tengo que conocer,"pensó con determinación."No sé cómo, pero tengo que estar cerca de ella."

Desde la entrada, Utena observó todo con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Aunque era consciente de los intereses de las familias en esa noche, jamás habría esperado que su hija mostrara interés en alguien. Con una mirada fija en Ruby y Reiko, no pudo evitar pensar:"Esto… podría ser interesante."

El salón principal de la mansión Yamauchi resplandecía bajo los candelabros de cristal que reflejaban la luz cálida en las paredes decoradas con intrincados grabados. Los invitados, vestidos en su mejor gala, conversaban entre sí en grupos dispersos, disfrutando de los licores finos y el sutil ambiente musical. La atmósfera estaba cargada de una mezcla de superficialidad y tensión, algo que Reiko conocía demasiado bien. Estos eventos no eran más que un espectáculo elaborado para las familias poderosas, un juego de alianzas y competencia, y ella los despreciaba profundamente.

A unos metros, Ruby estaba de pie junto a sus hermanas, Nanoha y Miyuki. Fate hablaba con suavidad, explicándole los detalles de cómo funcionaban estos eventos. Nanoha, elegante y radiante, sostenía un martini mientras mantenía un brazo alrededor de la cintura de Fate. Ruby, con su sonrisa gentil y ese aire angelical que parecía iluminar todo a su alrededor, escuchaba con atención, absorbiendo cada palabra como una estudiante aplicada.

Reiko observaba la escena desde un rincón del salón. Desde que su madre le había dado permiso para abandonar la recepción, su único objetivo había sido acercarse a Ruby."Solo una conversación. Algo casual, nada más,"se repetía en su mente como un mantra, intentando calmar los nervios. Pero cada vez que miraba a Ruby, su resolución tambaleaba. Había algo en esa sonrisa, en esos ojos carmesí que la dejaban sin aliento."Mierda, realmente me gusta,"admitió con un suspiro.

Respiró hondo, reuniendo el valor para dar el primer paso. Sin embargo, justo cuando se disponía a avanzar, una voz masculina la interrumpió.

—Reiko-sama, es un honor verla en esta velada —dijo un joven, inclinándose ligeramente.

Reiko giró la cabeza bruscamente, irritada por la interrupción. Y sin poder contenerse, exclamó:

—¡Carajo, ahora no!

El tono de su voz fue lo suficientemente fuerte como para que las conversaciones cercanas se detuvieran momentáneamente. Pero lo peor no fue eso. Al levantar la mirada, sus ojos se encontraron con los de Ruby, quien la observaba con una mezcla de sorpresa y curiosidad desde el otro lado del salón.

"¡Mierda! ¡Lo he arruinado!"pensó Reiko mientras el calor subía a su rostro. Incapaz de soportar la vergüenza, se dio la vuelta y salió rápidamente del salón hacia el patio trasero, ignorando al desconcertado joven que había intentado hablar con ella.

El patio trasero de la mansión Yamauchi era un espacio amplio y sereno, rodeado de altos árboles que se alzaban como guardianes bajo el cielo estrellado. Luces suaves colgaban de las ramas, creando un ambiente mágico que contrastaba con el bullicio del interior. La seguridad en esta área era estricta; los guardias rusos, con su distintivo emblema del cráneo y la mano en los uniformes, patrullaban con precisión militar.

Reiko apenas notó su presencia. Se dejó caer en las escaleras de piedra que conducían a los jardines, sacó sus auriculares más grandes y los colocó sobre sus oídos. Con un par de toques en su teléfono, activó su lista de reproducción de heavy metal, subiendo el volumen al máximo. La música estridente llenó sus oídos, aislándola del mundo exterior mientras enterraba su rostro en sus manos.

—Eres una genio, Reiko. —Murmuró para sí misma entre dientes, sintiendo una mezcla de frustración y autodesprecio—. ¿Por qué siempre arruinas todo?

Los minutos pasaron lentamente mientras la música seguía resonando en sus auriculares. Los guardias la observaban de reojo, aunque ninguno se atrevía a acercarse. Reiko era la heredera de los Yamauchi, y su estado de ánimo podía volverse peligroso si alguien la provocaba en ese momento.

De repente, un toque ligero en su hombro la sacó de su ensimismamiento. Molesta, giró rápidamente con la intención de mandar al intruso al diablo.

—¿Qué demonios…? —comenzó a decir, pero las palabras murieron en su garganta al encontrarse con el rostro de Ruby.

Ruby estaba de pie frente a ella, con una sonrisa gentil y una mirada llena de curiosidad. Reiko, completamente desconcertada, se quitó los auriculares apresuradamente, dejando que el sonido del heavy metal escapara por un momento antes de apagarlo.

—Perdón si te molesto, pero te estaba llamando y no me escuchabas, así que tuve que tocarte el hombro. Espero no haberte incomodado —dijo Ruby con una voz suave y educada.

Reiko, aún en estado de shock, balbuceó torpemente:

—No, no… está bien. Es mi culpa. Estaba… distraída.

Ruby sonrió nuevamente, y el corazón de Reiko dio un vuelco. Había algo en esa sonrisa que la desarmaba por completo, dejándola vulnerable.

—Parecías algo irritada hace un momento —continuó Ruby—. Quise venir a ver si estabas bien. Después de todo, se supone que estos eventos son para disfrutar, ¿no?

Reiko soltó una carcajada seca.

—¿Disfrutar? ¿Esto? —dijo, señalando hacia la mansión—. Estos eventos son un desfile de poder y apariencias. No tienen nada de divertido.

Ruby rió suavemente, un sonido que hizo que Reiko olvidara momentáneamente toda su frustración.

—¿Y si intentas divertirte un poco? Aunque sea por mí —dijo Ruby, inclinando ligeramente la cabeza.

Reiko, sin pensar, respondió impulsivamente:

—Si me lo pides, te bajaría hasta la luna.

El silencio que siguió hizo que Reiko se diera cuenta de lo que acababa de decir."¡Idiota! ¿Qué estás haciendo?"se regañó mentalmente. Pero antes de que pudiera retractarse, Ruby rió nuevamente, esta vez con más ternura.

—Eso es lo más bonito que me han dicho desde que llegué aquí —dijo Ruby, con una sonrisa que hizo que Reiko sintiera que su corazón se derretía.

Antes de que pudiera responder, una voz interrumpió el momento.

—¡Ruby! —gritó Alicia desde la entrada del patio trasero. Bajó las escaleras con dificultad, luchando contra el largo de su vestido. Al llegar junto a Ruby, la tomó del brazo.

—Te estuve buscando. Todos te esperan adentro —dijo Alicia, lanzando una mirada rápida a Reiko.

Ruby se volvió hacia Reiko con una sonrisa amable.

—Fue un gusto hablar contigo. Espero que podamos hacerlo de nuevo pronto. —Con una ligera inclinación de cabeza, siguió a Alicia hacia el interior.

Alicia, antes de desaparecer, giró ligeramente hacia Reiko y, con una expresión burlona, le sacó la lengua. Reiko, sorprendida por el gesto, se quedó inmóvil por un momento. Entonces, todo encajó."Alicia es una Harlaown entonces es su hermana… eso significa que Fate también lo es. Y las dos están relacionadas con los Takamachi."

Reiko chasqueó la lengua, exasperada, mientras se dejaba caer nuevamente en las escaleras. Pero esta vez, en lugar de frustración, sentía una determinación creciente.

—Bien. Si quiero acercarme a Ruby, primero tendré que ganarme a su familia. —Miró al cielo estrellado, con una sonrisa torcida en los labios."No importa lo difícil que sea. Haré que se fije en mí."

El salón seguía siendo un ir y venir de personas, todas buscando establecer conexiones, alianzas, o simplemente ser vistas entre las élites. Ruby, con una elegancia innata y una sonrisa suave, recibía a cada nuevo invitado que se acercaba. Cada saludo era impecable, cada inclinación y cada palabra cuidadosamente calculada según lo que Alexandria le había enseñado."Una Harlaown nunca se equivoca,"le había dicho su mentora en más de una ocasión, y Ruby se esforzaba por estar a la altura de esas palabras.

Sin embargo, en su interior, el entusiasmo inicial se iba desvaneciendo poco a poco. Los gestos repetitivos, las conversaciones vacías, y la constante necesidad de mantener una imagen impecable comenzaban a pesarle."¿Es esto lo que significa ser parte de una gran familia?"se preguntaba Ruby mientras ofrecía una sonrisa encantadora a una pareja mayor que la felicitaba por su gracia y porte.

Fue entonces cuando recordó el incidente de Reiko. Ese grito que resonó por el salón como un rayo. Ruby había sentido curiosidad en el momento, pero también lo vio como una oportunidad perfecta para excusarse y salir del salón bajo el pretexto de investigar."Quizás no fue algo educado,"pensó mientras recordaba la expresión avergonzada de Reiko,"pero me dio un respiro que necesitaba."

Ruby volvió a enfocarse en el presente cuando otra familia se acercó. Esta vez era una pareja con un joven apuesto que intentaba captar su atención con miradas y sonrisas coquetas. Ruby respondió con la misma gracia y cortesía que había demostrado toda la noche, pero en el fondo no podía evitar comparar a aquel joven con la figura de Reiko en el patio.

Ruby había salido al patio trasero con pasos firmes, pero su mente estaba inquieta. Necesitaba unos momentos para despejarse de la monotonía del evento y respirar aire fresco. Fue entonces cuando la vio. Reiko estaba sentada en las escaleras, con su espalda ligeramente encorvada y sus auriculares grandes cubriendo sus oídos. Desde la distancia, Ruby podía escuchar la música pesada que escapaba de los auriculares, un ritmo estridente que chocaba con la atmósfera tranquila del patio.

"¿Cómo puede escuchar algo tan ruidoso?"pensó Ruby, frunciendo ligeramente el ceño, aunque una leve sonrisa apareció en sus labios. Había algo curioso en aquella escena. Reiko, la hija de una de las familias más estrictas y tradicionales, escuchando un género de música tan rebelde y caótico. Era como si estuviera declarando su independencia en silencio.

Ruby se acercó lentamente, no queriendo interrumpir. Observó los detalles de Reiko: su cabello bien cuidado, su postura relajada pero cargada de tensión, y cómo su expresión cambiaba con cada pensamiento que cruzaba su mente. Había algo hipnótico en ella, algo que Ruby no podía explicar del todo.

Al final, decidió tocarle el hombro para llamar su atención, sin imaginar que aquel pequeño gesto desencadenaría una serie de interacciones que la dejarían pensando durante el resto de la noche.

Mientras otra familia se despedía, Ruby dejó escapar un suspiro imperceptible. Sus pensamientos volvieron una vez más a Reiko. La forma en que había intentado justificarse en el patio, el rubor en sus mejillas cuando hablaban, y, sobre todo, esa frase impulsiva que había soltado:"Si me lo pides, te bajaría hasta la luna."

Ruby no podía evitar reírse en silencio al recordarlo. Había algo refrescante en la forma directa y torpe de Reiko, algo que contrastaba completamente con la falsedad medida de los eventos sociales. Era una sinceridad que Ruby comenzaba a encontrar encantadora.

En ese momento, alguien la llamó nuevamente. Era Fate, que le entregaba una copa de agua con una sonrisa.

—Aquí tienes. Has estado trabajando demasiado duro.

Ruby tomó la copa con gratitud, y mientras bebía, no pudo evitar pensar en lo curioso que sería volver a encontrarse con Reiko durante la noche."Quizás debería buscarla yo esta vez,"pensó, dejando que una pequeña sonrisa se asomara en sus labios."Después de todo, sería interesante saber más de ella."

La velada seguía su curso, y la atmósfera en la mansión Yamauchi era un reflejo de su anfitriona: fría, calculada y profundamente estratégica. Utena Yamauchi, con su porte imponente, se movía entre los asistentes con la gracia de una reina en su corte. Cada conversación parecía ser un intercambio trivial, pero quienes conocían a Utena sabían que en cada palabra había un significado oculto. Los gestos, las miradas, y sobre todo, las frases cuidadosamente seleccionadas eran su forma de enviar mensajes a los miembros del círculo interno.

La frase que resonó una y otra vez fue:"Después del baile, la luz de la luna brilla en un cielo claro donde solo los elegidos pueden verla."Un mensaje enigmático para quienes no pertenecían a su mundo, pero un llamado claro para los miembros del círculo interno: una reunión secreta, reservada para las cabezas de las familias más poderosas.

Utena se acercó a los Takamachi con su habitual elegancia. Shiro, que se encontraba conversando con algunos empresarios internacionales, se giró hacia ella al verla llegar. Su respeto por Utena era evidente, reflejado en la ligera inclinación de su cabeza al saludarla.

—Yamauchi-sama, es un honor compartir esta velada bajo su hospitalidad —dijo Shiro, manteniendo su tono educado pero cálido.

Utena respondió con una leve sonrisa.

—Takamachi-sama, siempre es un placer tenerlo aquí. Espero que esté disfrutando de la noche.

Tras unas breves palabras de cortesía, Utena dejó caer la frase.

—"Después del baile, la luz de la luna brilla en un cielo claro donde solo los elegidos pueden verla."

Shiro asintió, su expresión se volvió más seria, entendiendo perfectamente el mensaje.

—Allí estaré.

Más tarde, Utena se acercó a Lindy, quien estaba acompañada por Saori y Precia. Las esposas de Lindy estaban ocupadas observando a Ruby, quien en ese momento conversaba con Nanoha y Fate, ambas riendo entre sí. Utena interrumpió la conversación con su presencia dominante.

—Harlaown-sama —saludó Utena con formalidad, haciendo una breve inclinación de cabeza.

—Yamauchi-sama —respondió Lindy, sonriendo con la misma educación.

Tras intercambiar unas palabras formales, Utena repitió el mensaje.

—"Después del baile, la luz de la luna brilla en un cielo claro donde solo los elegidos pueden verla."

Lindy asintió, su rostro reflejando la comprensión inmediata del mensaje.

—No faltaré.

Cuando Utena se retiró, Saori y Precia la observaron con curiosidad. Ambas habían escuchado la frase, pero no entendían su significado. Saori, siempre la más directa, no tardó en preguntar.

—¿Qué significa eso, Lindy? ¿De qué están hablando?

Precia, más reservada pero igualmente interesada, mantuvo su mirada fija en Lindy, esperando una respuesta.

Lindy sonrió y tomó con delicadeza las manos de ambas, acariciándolas con ternura.

—No tienen que preocuparse. Es simplemente una reunión de trabajo, algo que las cabezas de las familias solemos organizar en eventos como este.

—¿Trabajo? —preguntó Saori, arqueando una ceja. Su desconfianza hacia lo que Lindy definía como "trabajo" era evidente.

Lindy rió suavemente y, con un gesto cariñoso, se acercó para besar a Saori en los labios, seguido de un beso igual de amoroso para Precia.

—Es importante, pero no tienen que preocuparse. Será después del baile central. Mientras tanto, pueden quedarse con Ruby y las demás chicas. Estoy segura de que podrán disfrutar juntas.

Saori cruzó los brazos, aún no del todo convencida.

—¿Y cuánto tiempo durará esa reunión?

—Lo necesario —respondió Lindy con una sonrisa juguetona antes de besar nuevamente a Saori, y luego a Precia, esta vez con un poco más de intensidad para disipar cualquier posible molestia.

Precia, aunque seguía curiosa, no pudo evitar sonreír ante el gesto de Lindy.

—Está bien. Pero no te tardes demasiado, ¿sí?

Lindy asintió, dedicándoles una mirada llena de amor.

—Nunca me tardo más de lo necesario cuando sé que ustedes me esperan.

La sinfónica tocaba un suave vals que resonaba en cada rincón del gran salón principal de los Yamauchi. El sonido de los violines y el piano llenaba de elegancia el ambiente, y las primeras parejas ya se encontraban en la pista de baile, girando con gracia al compás de la música. Los murmullos y risas de los invitados se mezclaban con las notas musicales, mientras los más tímidos observaban desde los laterales.

Reiko Yamauchi había regresado al salón principal con un solo objetivo en mente: bailar con Ruby Harlaown. Su corazón latía con fuerza al pensar en verla, sostener su mano, y, aunque no lo admitiría en voz alta, sentir su cercanía. No importaba lo que tuviera que hacer, no iba a permitir que alguien más tocara a Ruby.

Con determinación, sus ojos buscaron a través de la multitud. Su yukata oscura, combinada con su imponente presencia, hizo que varias personas se apartaran de su camino mientras ella avanzaba, ignorando las palabras de aquellos que intentaban llamar su atención o incluso invitarla a bailar."No ahora, no ellos,"pensaba, con un leve gruñido que reflejaba su impaciencia.

Y entonces la vio. Ruby estaba a unos metros de distancia, rodeada por un par de personas que parecían estar en una conversación educada con ella. Pero lo que realmente hizo hervir la sangre de Reiko fue ver a Andrew Ashford, el joven heredero de una de las familias menos importantes del círculo interno, inclinarse hacia Ruby con una sonrisa ensayada, ofreciendo su mano para invitarla a bailar.

"¿Ese tipo? No, no voy a permitirlo,"pensó Reiko, con una ira que burbujeaba en su pecho.

Con pasos firmes y seguros, Reiko cruzó la distancia que los separaba. Antes de que Andrew pudiera siquiera tocar la mano de Ruby, Reiko tomó su brazo con una firmeza que no dejaba lugar a discusión y lo apartó con brusquedad.

—Ella va a bailar conmigo. Aléjate.—Su tono era autoritario, casi como una orden que no podía ser desobedecida.

Andrew, sorprendido y claramente molesto, giró para replicar, pero cuando sus ojos se encontraron con los de Reiko y reconoció quién era, sus palabras murieron en su garganta. La mirada de Reiko era como un filo cortante, y el peso de su apellido Yamauchi caía como una amenaza sobre él.

—¿Vas a decir algo, Andrew?—Reiko repitió, su tono más peligroso aún.

Andrew tragó saliva y bajó la mirada, apretando los labios con frustración antes de darse la vuelta y marcharse en silencio. Reiko ni siquiera se molestó en mirarlo irse, centrando toda su atención en Ruby.

Ruby, quien había observado todo con una mezcla de sorpresa y confusión, levantó la mirada hacia Reiko.

—Yamauchi-sama...—dijo con una voz suave, un poco insegura.

El corazón de Reiko dio un vuelco al escuchar su nombre en la dulce voz de Ruby. Se aclaró la garganta para calmar su nerviosismo y la miró con una expresión más serena.

—Él solo quería bailar conmigo, no estaba siendo irrespetuoso,—dijo Ruby, tratando de suavizar la situación.

Reiko suspiró, sabiendo que su reacción había sido excesiva, pero no estaba dispuesta a retractarse.

—Ese tipo solo quería manosearte,—murmuró, su voz cargada de una honestidad brutal.

Ruby se sonrojó intensamente, sus mejillas tornándose de un tono rosado que hizo que Reiko pensara que nunca había visto algo tan adorable. Durante un breve instante, ambas quedaron en silencio, mirándose a los ojos. Reiko podía sentir cómo la tensión en su pecho aumentaba, mientras su nerviosismo empezaba a traicionarla.

Moviendo sus pies con inquietud, Reiko finalmente reunió el valor suficiente.

—¿Te gustaría... bailar conmigo?—preguntó, sus palabras saliendo más rápido de lo que había planeado, acompañadas de un claro rubor en sus mejillas.

Ruby parpadeó, sorprendida por la invitación, pero luego, recordando las lecciones de Alexandria sobre etiqueta, asintió con una leve sonrisa.

—Por supuesto, Yamauchi-sama.—Dijo Ruby, extendiendo su mano con elegancia.

El corazón de Reiko se detuvo por un momento."¿De verdad está pasando esto?"pensó, mientras extendía su mano para tomar la de Ruby. Lo hizo con extremo cuidado, como si estuviera tocando un objeto precioso y frágil. Guiándola con delicadeza, la llevó al centro de la pista de baile.

La orquesta, al notar la presencia de la heredera Yamauchi en la pista, cambió a una pieza más solemne y elegante, que parecía hecha para el momento. Reiko, con la mano de Ruby en la suya, sintió un nerviosismo que nunca antes había experimentado. La otra mano de Ruby se posó en su hombro con ligereza, y ese simple contacto hizo que Reiko cometiera un par de pasos torpes al comienzo.

Ruby rió suavemente, rompiendo el hielo.

—Yamauchi-sama, se supone que debes tomar mi cintura.—dijo con un tono divertido, pero amable.

Reiko se congeló por un segundo."¿Su cintura?"pensó, sintiendo que el calor subía hasta sus orejas. Ruby, al notar su vacilación, tomó con suavidad la mano de Reiko y la guió hasta su cintura, colocándola en la posición correcta.

—Así está mejor,—dijo Ruby con una sonrisa alentadora.

Reiko, aunque todavía sonrojada, comenzó a seguir el ritmo de la música. Con cada giro y cada paso, su confianza crecía, impulsada por la guía de Ruby y la música que llenaba el salón. Las personas alrededor comenzaron a observarlas, admirando cómo ambas formaban un cuadro perfecto: Ruby, con su vestido blanco y radiante, representaba la luz, mientras que Reiko, con su yukata oscura y su cabello de tonos negros y plateados, era la sombra que la complementaba.

Desde su lugar, Utena observaba la escena con una mezcla de incredulidad y diversión. Su hija, que siempre había despreciado estos eventos, estaba bailando con una sonrisa genuina en el rostro."Interesante,"pensó Utena, una sonrisa de satisfacción formándose en sus labios."Muy interesante."

Ruby y Reiko continuaron bailando, sus movimientos cada vez más coordinados y fluidos. Para Reiko, este era un momento que jamás olvidaría. Por primera vez en su vida, sentía que quería detener el tiempo, que quería que este instante con Ruby durara para siempre.

El vals seguía llenando el salón con su melodía serena, y Reiko, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba en el lugar correcto. A pesar de que el baile no era su fuerte, Ruby parecía tener el don de hacer que todo fuera más fácil. Con su guía gentil y su sonrisa radiante, Reiko comenzó a relajarse, disfrutando del momento más de lo que hubiera imaginado.

Ruby, con su carácter dulce pero curioso, rompió el silencio con una pregunta sencilla, pero que resonó en los pensamientos de Reiko.

—¿No te gusta bailar, Yamauchi-sama?—preguntó Ruby con una sonrisa tímida, mirándola a los ojos.

Reiko sintió un pequeño tirón en su pecho al escuchar su nombre seguido de ese formalismo. Su mirada se suavizó, y, sin pensarlo mucho, corrigió:

—Reiko. Solo Reiko. No me llames Yamauchi-sama.

Ruby se sonrojó ligeramente y apartó la mirada al piso, insegura.

—Reiko-sama, está bien…

—Reiko,—insistió Reiko, inclinándose un poco para acortar la distancia entre ambas—,solo Reiko.

Ruby, todavía un poco sonrojada, murmuró en un susurro apenas audible:

—Reiko…

El corazón de Reiko latió con fuerza al escuchar su nombre de esa manera. Fue un sonido dulce y melódico, como si Ruby hubiera dado un pequeño regalo solo para ella. No pudo evitar reír con suavidad, sintiéndose inexplicablemente feliz.

—¿Sí, Ruby?—respondió Reiko con un tono juguetón, su sonrisa ensanchándose.

Ruby frunció el ceño con un puchero adorable, mirándola con ojos brillantes.

—¡Moo! No juegues conmigo, Reiko.

La risa de Reiko se tornó más ligera, disfrutando de la forma en que Ruby decía su nombre.

—¿Cuántos años tienes, Ruby?—preguntó de pronto, genuinamente interesada.

Ruby levantó la mirada hacia ella, como si estuviera evaluando la pregunta.

—Tengo 14 años.—respondió con una sonrisa suave.

Reiko se detuvo un momento, sorprendida. Sabía que Ruby era bajita y que tenía un aire juvenil, pero no había esperado que fuera tan joven. Aún así, eso no disminuía lo que sentía en su interior.

—¿Y tú, Reiko?—preguntó Ruby, mirándola con curiosidad.

Reiko se aclaró la garganta, un poco nerviosa.

—Tengo 19.

Ruby soltó una pequeña risa, su voz musical resonando entre ellas.

—Eres mayor que yo.

—Sí, pero la edad no importa mucho.—respondió Reiko rápidamente, pero se dio cuenta de que había hablado de más. Ruby ladeó la cabeza, intrigada.

—¿No importa para qué?—preguntó con genuino interés.

Reiko, notando que había dicho algo que no debería, trató de cambiar de tema.

—Es solo que nunca te había visto en reuniones como esta.

Ruby asintió, todavía sonriendo.

—Es mi primera vez en un evento de este tipo.

Reiko miró a Ruby con una mezcla de fascinación y orgullo.

—Los Harlaown siempre esconden lo más preciado de ellos para el resto.

Ruby inclinó ligeramente la cabeza, sin comprender del todo.

—No entiendo, ¿qué significa eso?

Reiko sonrió, suavizando su tono.

—No importa, Ruby. Solo estoy contenta de haberte conocido.

La música llegó a su fin, marcando el cierre de la pieza. Reiko no quería que el momento terminara. Estaba a punto de pedirle a Ruby otra danza cuando sintió un toque brusco en su hombro. Giró rápidamente y con una notable molestia, solo para encontrarse cara a cara con una joven de cabello rubio que tenía una mirada seria y una ceja alzada.

Era Alicia.

—Voy a bailar con mi hermanita.—La voz de Alicia era firme y autoritaria. No era una petición ni una sugerencia; era una declaración. Antes de que Reiko pudiera protestar, Alicia tomó la mano de Ruby con determinación.

Ruby, aunque sorprendida, sonrió cálidamente a su hermana mayor y le permitió llevarla a la pista de baile. Reiko observó con incredulidad cómo Alicia tomaba el control de la situación y comenzaba a bailar con Ruby, guiándola de manera torpe pero decidida.

Reiko apretó los dientes, sintiendo una mezcla de frustración y resignación."¿Cómo puedo competir con las hermanas?"pensó, observando cómo Ruby sonreía con ternura mientras trataba de seguir el ritmo desigual de Alicia. Reiko sabía que no podía hacer nada en ese momento. Si quería estar más cerca de Ruby, tendría que ganarse primero a las hermanas."Un paso a la vez,"se dijo a sí misma, mientras cruzaba los brazos y trataba de calmar su creciente frustración.

Desde la distancia, Utena observaba todo con una leve sonrisa en los labios. Su hija, normalmente fría y distante, estaba mostrando emociones humanas reales por primera vez en mucho tiempo. Esto era interesante, muy interesante.

El ambiente en el salón principal se relajaba a medida que el baile llegaba a su fin. Los sirvientes volvían a desfilar por el lugar, ofreciendo bandejas llenas de comida y bocadillos cuidadosamente preparados. Ruby, agotada después de haber bailado con todos sus seres queridos, disfrutaba de un breve descanso cerca de una de las mesas, su sonrisa todavía iluminando el rostro mientras conversaba con su madre Precia.

No muy lejos de allí, Alicia estaba de pie junto a su prometida, Miyuki, con una copa de vino en la mano. Sus ojos, sin embargo, estaban fijos en una figura que se encontraba al otro lado del salón: Reiko Yamauchi. La heredera de los Yamauchi no apartaba la mirada de Ruby, y eso tenía a Alicia visiblemente molesta. Dio un sorbo a su copa antes de murmurar con desdén:

—Esa víbora quiere aprovecharse de Ruby.

Miyuki, acostumbrada al temperamento protector de Alicia, suspiró pesadamente mientras le daba una mirada de advertencia.

—Alicia, estás exagerando. Yamauchi-sama solo bailó con Ruby una pieza, nada más.

Alicia giró hacia Miyuki, claramente molesta por la respuesta de su prometida.

—¿Exagerando? ¿Acaso no ves cómo la mira? Se le cae la baba. Si esa estúpida cree que voy a dejar que se acerque a Ruby para llevársela, está muy equivocada.

Miyuki le dio un suave toque en el brazo, intentando calmarla.

—Compórtate, Alicia. No puedes hablar así de Yamauchi-sama. Además, Ruby no es una niña pequeña. Puede decidir por sí misma.

Alicia resopló con frustración antes de imitar a Miyuki con un tono exageradamente aniñado:

—"Compórtate, Alicia. Ruby puede decidir por sí misma."

La burla fue acompañada de una mueca exagerada, pero antes de que pudiera continuar, Miyuki le dio una palmada en el brazo con un poco más de fuerza.

—Deja de ser infantil. —le reprendió, sin perder la calma.

Alicia se sobó el brazo, fingiendo dolor, y lanzó una mirada acusadora hacia Miyuki.

—¡Eres una mujer violenta! —exclamó dramáticamente, haciendo un puchero.

Miyuki no pudo evitar sonreír ligeramente ante el teatro de Alicia. Aunque era protectora hasta el extremo, también sabía cómo aliviar la tensión con su humor.

—Solo digo la verdad. —continuó Alicia, volviendo a mirar a Reiko, quien seguía observando a Ruby desde lejos—. Esa chica tiene intenciones. Y si no hacemos algo, podría salirse con la suya.

Miyuki tomó otro sorbo de su copa antes de responder con serenidad:

—Alicia, no puedes controlar con quién Ruby decide interactuar. Además, ¿no crees que deberías confiar más en ella?

Alicia apretó los labios, claramente en desacuerdo, pero no respondió de inmediato. Sabía que Miyuki tenía razón, pero eso no hacía que le gustara menos la situación. Ruby era más que su hermana menor; era un tesoro que sentía la obligación de proteger.

—Confío en Ruby. —dijo finalmente, con un tono más suave—. Pero no confío en Yamauchi. Esa chica es... peligrosa.

Miyuki la miró con un leve destello de diversión en los ojos antes de responder:

—Tal vez deberías intentar conocerla antes de juzgarla. Podría sorprenderte.

Alicia soltó una carcajada sarcástica.

—¿Conocerla? Por favor, Miyuki, no necesito conocerla para saber que no es buena idea.

Mientras ambas continuaban su conversación, Reiko seguía debatiendo internamente si acercarse nuevamente a Ruby o no. Pero algo en sus ojos reflejaba una determinación renovada. Si quería estar cerca de Ruby, tendría que enfrentarse no solo a su propio nerviosismo, sino también a la familia protectora que la rodeaba. Y aunque no lo admitiera en voz alta, ese desafío solo hacía que Ruby le pareciera aún más especial.

La noche se volvía más densa a medida que las ceremonias y bailes concluían. Utena Yamauchi, con la majestuosa calma que la caracterizaba, se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia el interior de la mansión, flanqueada por Alexei, su guardia personal. Aquella señal silenciosa era clara para los convocados: el Círculo Interno debía reunirse.

Uno a uno, los líderes de las facciones más poderosas de Japón y otras partes del mundo comenzaron a dirigirse al interior de la mansión. Entre ellos, Shiro Takamachi se despidió de su esposa, Momoko, con un beso en la frente y un suave "No tardaré." Luego se inclinó hacia su hija y su nuera, ofreciéndoles una sonrisa cálida antes de marcharse.

Cerca de allí, Alexandria Seraphine, la sirvienta personal de Lindy Harlaown, se acercó discretamente a su señora, inclinándose para susurrarle algo al oído. El mensaje era tan silencioso que ni siquiera Precia ni Saori, las esposas de Lindy, pudieron escucharlo.

—Gracias, Lexie. —Lindy respondió con un gesto elegante y calmado. Alexandria hizo una reverencia impecable, levantando apenas su falda, antes de retirarse a la sombra para seguir a su señora. Lindy se volvió hacia Precia y Saori, besándolas a ambas antes de explicar:

—Mis queridas, tengo que asistir a una reunión. Espero no tardar demasiado.

Con esas palabras, Lindy se encaminó hacia el interior de la mansión, con Alexandria siguiéndola como su sombra.

La mansión interior de los Yamauchi albergaba una sala inmensa, diseñada específicamente para encuentros del Círculo Interno. La habitación estaba decorada con un lujo sobrio, pero lo que destacaba eran las máscaras que portaban todos los asistentes, símbolos de sus respectivas facciones.

Shiro Takamachi llevaba una máscara de un zorro japonés, representando astucia y malicia. Lindy Harlaown lucía una imponente máscara de león, reflejo de su espíritu audaz y ambicioso. Utena Yamauchi, como anfitriona, llevaba una máscara elaborada inspirada en Yamata no Orochi, la serpiente mitológica de ocho cabezas, símbolo de poder y estrategia.

Otros asistentes también portaban máscaras que representaban animales, figuras y símbolos variados, cada una reflejando la identidad de sus casas y clanes.

Cuando todos estuvieron en sus lugares, Utena se adelantó al centro de la sala, alzando su voz para romper el murmullo de las conversaciones:

—Antes de continuar, ¿alguien tiene alguna queja?

Un hombre de estatura media, pero con una presencia intimidante, se levantó de su asiento. Su máscara, adornada con el símbolo de una rosa, contrastaba con la furia que emanaba de su postura.

—Sí, yo. —dijo con voz firme y acusadora—. ¿Qué hace la desolladora de Walles aquí en esta reunión?

Apuntó con un dedo acusador hacia Alexandria Seraphine, quien permanecía detrás de Lindy, con una expresión fría y calculadora. La sala cayó en un silencio pesado, todos los ojos se dirigieron hacia Lindy.

La señora Harlaown, lejos de intimidarse, dejó escapar una suave carcajada, inclinando la cabeza hacia un lado mientras respondía:

—¿Acaso tiene miedo, Lord Verhoeven? ¿No se siente seguro en los dominios de Yamauchi-sama?

La pregunta cargada de sarcasmo provocó un murmullo en la sala. Mathius Verhoeven, con su máscara de rosa, se tensó aún más. Su rostro, parcialmente visible bajo la máscara, mostraba una molestia que era imposible de ocultar.

Utena, con su característica autoridad, aclaró su garganta para silenciar las posibles respuestas de Mathius.

—Lord Verhoeven, no estamos aquí para acusaciones personales. Harlaown-sama tiene permiso para asistir a las reuniones del Círculo Interno con su sirvienta personal. Esto no es un delito.

La tensión en la sala disminuyó ligeramente cuando Verhoeven, aún molesto, se sentó sin más palabras. La sonrisa de Lindy se ensanchó, pero mantuvo su postura elegante, como si aquel intercambio no hubiera sido más que un juego de niños.

Utena retomó la palabra, su voz clara y directa:

—El motivo de esta reunión es crucial. Es evidente la ausencia de la facción china.

El murmullo regresó, y los asistentes comenzaron a compartir miradas de incertidumbre.

—La facción china no está aquí porque están considerando abandonar el Círculo. ¿Por qué? Porque consideran que los Takamachi están acumulando demasiado poder.

Todos voltearon a mirar a Shiro, quien permanecía impasible bajo su máscara. La absorción reciente de la familia Fortis, conocida por sus recursos industriales y tecnológicos, había incrementado considerablemente la influencia de los Takamachi dentro del Círculo. La noticia de esta alianza había despertado inquietudes en varias facciones, pero la facción china había decidido dar un paso más allá.

—No podemos permitir que esta fragmentación debilite nuestra unidad. —continuó Utena—. El Círculo Interno debe fortalecerse mediante alianzas más sólidas. No es el momento de dividirnos; es el momento de unirnos. Y, como anfitriona de esta reunión, tomaré el primer paso.

Las palabras de Utena cayeron como un relámpago en la sala. Todos los presentes esperaban su siguiente movimiento, y Utena no los decepcionó.

—Propongo una alianza entre la familia Yamauchi y los Harlaown.

Las miradas se dirigieron a Lindy, quien inclinó ligeramente la cabeza, interesada.

—¿Y cuál es el método que sugieres para esta alianza, Yamauchi-sama? —preguntó Lindy con calma.

Utena, sin titubear, respondió:

—Propongo comprometer a mi hija, Reiko Yamauchi, con Ruby Harlaown.

El silencio se apoderó de la sala. Incluso los más experimentados del Círculo quedaron momentáneamente sin palabras. La propuesta no solo era inesperada, sino también una declaración audaz de intenciones. Utena buscaba aliarse con los Harlaown, pero también consolidar el poder de su familia a través de un lazo que sería difícil de romper.

Lindy no sonrió, su mirada mostrando una mezcla de seriedad y desconcierto.

—Es una propuesta interesante, Yamauchi-sama. —respondió Lindy finalmente—. La tendré que conversar con mi familia pero agradecería que dejara a mi hija fuera de esto.

Utena simplemente se quedo mirando a Lindy, no muy satisfecha con la respuesta, la acepto. La reunión continuaría, pero todos sabían que aquella propuesta marcaba el inicio de un nuevo capítulo en las dinámicas del Círculo Interno.

Mientras tanto, en otro rincón de la mansión, Ruby se encontraba charlando con Fate y Nanoha, completamente ajena al destino que comenzaba a dibujarse para ella en las palabras de Utena Yamauchi.