Disclaimer 1: Fanfic sin ánimos de lucro. The Loud House es creación de Chris Savino, propiedad material de Nickelodeon Intl, y está bajo licencia de Viacom International Media y Jam Filled Entertainment.

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Disclaimer 3: basado en los sucesos del universo de Tierra de Sombras, de El Caballero de las Antorchas

Fiat tenebris

Bobby

Un muro de lamentaciones

Great Lakes City, Illinois

4 de enero de 2018

3:26 am

La habitación de Bobby

Tuvimos el cielo. Antes. Lo destruimos. Ahora tenemos lo que merecemos

-Robert Swindells, escritor inglés

Tenía muy presente esa noche amarga en su memoria.

Habiendo pasado las fiestas de fin de año -a pesar de que no hubo mucho qué celebrar, ni mucho menos-, la situación no dejaba mucho espacio ya a una gran esperanza de recuperación que se empezó a disipar como se esperaba la niebla en un día que prometía ser caluroso. Debido a los constantes saqueos y asaltos incluso de vecinos a falta de cualquier autoridad en los caminos, la comida y víveres que llegan a destino seguro llegaban en convoyes siempre escoltados con personal pertrechado con armas y munición de alto poder, cosa que disuadió a los asaltantes en carretera y a los saqueadores en la ciudad.

Esto último no era problema en el barrio. Al estar prácticamente a espaldas de un paso elevado del subterráneo, no han sido pocos los asaltos e intrusiones que se ha visto obligado a repeler lo mejor que pudieran si no fuera por varios grupos alternos de defensa civil, sin importar mucho la denominación.

No siente mucho aprecio por estos días en particular. Hace un año había tenido un encuentro bastante fortuito, y a decir verdad las cosas en la familia no han sido precisamente buenas, menos desde hace unos días. Una cosa es tener que sacar el cuerpo de un desconocido que apenas y se dignaba a mirarlo cuando venia, producto de una bala perdida que estuvo a nada de acertar en la cabeza de la señora Flores de no ser porque el ahora occiso se cruzó entre ella y la bala, y otra ser el responsable junto con CJ de cargar un ataúd hace ya más de cinco meses bajo la lluvia para Maybelle, la principal fuente de noticias de Héctor y de quien, supieron, era parte de un trío de música tropical, misma a la encontraron muerta y con señales de haber sido violentada, sin que el agresor dejara rastros aprovechables y sin guardarle alguna indignidad.

Así, entre una cosa y otra, Bobby todavía sigue pagando su deuda por el primer saqueo. Aunque por intervención de Rosa (para variar) se hizo un recuento por los últimos tres inventarios generales y los preinventarios registrados en una bitácora, lo cierto es que, pese a que Carl infló mucho la cifra y se redujo, el monto de la deuda seguía siendo elevado. Ello, mas aparte la rutina y el poco tiempo libre que puede disponer para sí le hicieron olvidar un detalle que, al menos desde que volviera con su hermana de la casa Loud, ha tenido en poca consideración.

De un tiempo a la fecha, no pocas veces se había visto masturbándose con cualquier cosa que Lori le enviase, pero eso lo tenía muy intranquilo. Y lo peor fue que, faltando la voz de la razón, Rosa tuvo la mala suerte de encontrarlo una vez en plena faena. Pudiendo ser cualquiera, a su abuela le tocó cortar de raíz el asunto.

-Será mejor que te dejes ahí -dijo Rosa, una vez que logró ajustar unas esposas a su cama-. No quiero que se te acabe la leche y tengas que adoptar.

-¿De dónde sacaste esas esposas? -cuestionó Bobby, molesto.

-Eso a ti no te importa -cortó Rosa-. María definitivamente los descuidó demasiado como para que tomaran esas mañas. ¿O quieres que te crezca vello en la mano o quedarte miope como tú tío Carlos? -cuestionó, asegurando bien el anillo de una de las esposas- Que vergüenza…

En todo el tiempo que ha transcurrido una de las cosas por las que había podido estar agradecido, una vez que el abuelo le volviera a tener un trato más o menos preferente, por lo menos hasta el día de hoy, eran poder seguir estando comunicado con Lori, pero el principal problema de Bobby era que las comunicaciones con su novia se habían reducido. Y aunque la suya era una relación sana para lo que eran sus propios estándares, estuvieron a nada de aumentar su apuesta como pareja de no ser porque en el último momento la posibilidad de ser padres en la presente situación le pasó por la cabeza a la rubia. Y luego de las restricciones que le impusieron tanto en el seno familiar como en el exterior, era más que comprensible que estas se vieron primero reducidas a una conversación a la semana, de ahí a la quincena y, cosa sorprendente, era un milagro si él tenía un día por cada veinte para conversar, por mucho material tan picante como pudieran intercambiar.

Por consiguiente, la distancia física era en este momento un obstáculo insalvable. No era como aquél día en que él y Ronnie Anne hicieran aquella visita a Royal Woods, en que por la adrenalina de tener que haber lidiado con ladrones que se metieron a robar a la casa del vecino mientras ellos estaban a nada de tener intimidad se tomaron incluso un rato para dejar las cosas en claro y una promesa que espera cumplir con todo lo que pudieran reunir. Desde entonces, y más todavía cuando empezaron a llegar refugiados de otras poblaciones de la región, las salidas no esenciales de la ciudad se recrudecieron debido a la Ley Marcial que ya habían impuesto desde la alcaldía.

La consecuencia natural de todo ello es que, por el distanciamiento y la cada vez menor duración de los videochats que tenían, empezó a tener deseos y fantasías con otras mujeres no solo del edificio, sino también de la cuadra. Impulsos por los que, no obstante, su fidelidad era un arma de doble filo que hasta ahora supo emplear con acierto reemplazando las caras de quién se le ofreciera con la de Lori. Una acción que, una vez terminada su sesión, desataba en él un río de lágrimas que se acallaba al poco tiempo, no así sus sueños. Allí era un suelo fértil para que el descanso se hiciera escaso y las tentaciones tomaran fuerza al despertar.

¿Mirar el trasero de Margarita, a quien Héctor dejaba entrar después de un tiempo en el que estuvo en lista negra cuando ella fingía no recordar lo ocurrido la primera vez que ella le cortó el cabello? Cuando lo hizo, imaginó que eran dos pañales de Lily que Lori acababa de cambiar con asco. ¿Una invitación de Georgia a cenar con ella y Miranda en Año Nuevo para que él y Ronnie Anne no la pasarán tan mal? No en esta vida al recordar el día de campo junto a Lori luego de que le extrajeron las muelas del juicio a una semana de haberse mudado. ¿La señora Flores se atoró en la lavadora, como en aquellos dibujos animados japoneses que Becky le hiciera el comentario una vez como una fantasía hace dos años? Primero recordar a Lynn y sus "pantalones de pipí" e ir por la abuela antes que abusar de la cortesía (y las bondades) de una madre soltera que tal vez si estaba montando el espectáculo para tener algo esa tarde. Incluso las insinuaciones de la señora Chang desde que se enteró que su marido tendría horas extra, a las que apenas y pudo lograr resistir de la forma más estoica posible, se volvieron un tema rutinario. Para colmo, los pocos ratos libres que tenía fuera de su tren y si Rosa no llegaba a sorprenderlo, si no los ocupaba para hablar con Lori (cosa ya poco frecuente), los dedicaba más a descansar y tratar de recrearse afinando las cuerdas de su guitarra o pegando estampas en un álbum que Ronnie Anne le diera de cuando en cuando.

Sin embargo, toda intención llevada por la necesidad siempre encuentra una forma de desfogue, y en Bobby eso ocurrió un día de mercado que acompañó a Rosa y tenía que llegar alguien poco antes del anuncio de la cancelación de los eventos de Halloween por la carencia de garantías de seguridad para los niños y sus padres o acompañantes. Alguien que, antes del verano de la clase Senior de la preparatoria, ya lo estaba sondeando cuando Lori ya había asentado su posesión.

Embobado por encontrarse a una vieja conocida de Royal Woods, por un segundo se recreó con algo que en su momento desafió a Lori como alguien digna de veneración y adoración. Cabello castaño, su misma altura, vestida de verde y rojo… por un momento, creyó ver una versión castaña de Lori, cosa imposible, mas al enfocar mejor la vista no resultó ser otra sino una compañera recién llegada de Royal Woods. Empero, si había algo que las separaba era que, mientras Lori era como una diosa anhelante de la idolatría de sus devotos seguidores, enfocada en su ego y en recibir un trato no menor al de reina, a la recién llegada la humildad de carácter y personalidad le brotaba por los poros como agua en un oasis en medio del desierto como en las películas. Y el nombre no podía, empero, ser más discordante, puesto que su apellido resuena como la pesadilla de las caballerías de la baja Edad Media mientras que su nombre, en la lengua de Cervantes, era una promesa permanente desde que el mundo es mundo.

Paz Halberd.

En ese día de mercado donde la nieve se había enseñoreado terriblemente del ambiente, la joven en cuestión estaba cargando un par de pesadas bolsas con comida y algunos enseres, mas tenía el paso al estacionamiento cortado por un militar de aspecto intimidante -en parte debido a su piel aceitunada y el marcado acento iraquí- al que ella le saca una cabeza de altura. Y de no haberla reconocido, el incidente habría tenido otro cariz. Si tan solo no hubiera flaqueado e hiciera la vista gorda…

-Llevas demasiadas cosas -dijo el militar en tono marcial, con una lista en manos-. Diga su nombre.

-Paz Halberd -respondió esta, viendo cómo el soldado hacía una inspección a fondo.

-Aquí dice -señala el militar, sacando algunos paquetes- que solo puedes llevar dos cajas de tampones por semana. Uno por mujer, y aquí hay cinco.

-Tenemos familiares que llegaron de… -explicó Paz antes de ser interrumpida.

-No me interesa que tenga familia de Cheboygan y Kalamazoo, señora -cortó el militar-. Devuelva el excedente y la dejaré pasar. Esta semana empezó el racionamiento de estos artículos.

-¡Ahí estás! -exclamó Bobby, teniendo ya un plan en mente e ignorando a su abuela- Miranda me mandó a buscarte.

-¿Conoce a esta joven? -cuestionó el soldado, dejando un poco a Paz.

-Es la prima de mi novia -mintió Bobby-. La conozco de la escuela.

-¿Responde por ella?

-Si.

-Quiero ver una identificación y registro.

-¿Sabe? Hay una enorme fila de gente que ya quiere irse a su casa -intentó persuadir el latino-, y si nos quedamos aquí con… papeles y esas cosas, ya sabe.

-No lo entiendo.

-Sé que tiene un trabajo pesado que hacer -continuó Bobby-, pero no quiere un motín como el de hace semanas con ese camión de cubanos sobre la calle 50, ¿verdad?

Tras ellos, Bobby señaló la multitud, ansiosa por salir, empezaba con quejas y súplicas por avanzar. No se puede quejar, pero cuando tiene una idea en mente y apela a la gente que está en fila, no calcula el alcance que puede tener. Podrá no ser tan listo como el tío Carlos u organizado como Lincoln, pero para Bobby el tener cierta capacidad de improvisación le ha hecho tener una mayor capacidad de reacción que a ellos, lo que le ha dado buenos resultados.

Con semejante hartazgo, el militar, admitió, no tener idea de cómo manejarse

-¡Muévanse! -ordenó el soldado, viendo el posible alzamiento en masa que tiene entre manos- Los estaré vigilando, chico.

-Gracias -respondió Bobby, tomando a Paz por el brazo en cuanto esta cargó con sus cosas.

Sin que él se diera cuenta, Paz le levantó el dedo medio al soldado. Este, ocupado con la inspección a una pareja blanca, ni siquiera se dio cuenta.

Unos metros más adelante, ya en el estacionamiento, ambos no se sienten tan cómodos como en su encuentro.

-Así que… ¿familia de algún lado? -preguntó Paz, rompiendo el hielo.

-Mentí -confesó Bobby, incómodo.

-¿Ah, si? -dijo Paz, algo intrigada.

-Si, bueno, es que solo… tú sabes, mi familia y…

-Deben de sentirse felices de tenerte cerca -cortó Paz.

Bobby, sin tener idea de qué decir, se descompuso en balbuceos algo inconexos de los que se podrían leer monosílabos aislados y nada más.

¿Sabes? -dijo Paz con un tono aparentemente tímido- A mi papá le vendría bien tener algo de compañía. Estar conmigo y mamá no lo pone tan de buen humor desde que cancelaron los deportes y ha visto todos los partidos repetidos de la temporada de fútbol solo… si me entiendes, ¿no?

-T-t-tengo algo de trabajo -dijo Bobby, tropezando un poco la lengua-, y la verdad es que…

-Sabes que no muerdo -insistió Paz, acercándose a su rostro-. Quien sabe si Lori venga hacia aquí, y las noches pueden ser algo… frías -añadió lamiendo un poco sus labios.

No podía negarlo. Con todo lo que Lori ha estado ocupada, lo cierto es que ella no puede materializarse a través de la pantalla de ningún aparato, y con la esperanza que ella tiene de que las cosas vuelvan a ser lo de antes de los toques de queda, no puede negarse siquiera a considerar las insinuaciones de algunas vecinas, como Georgia y Miranda del 4D, en el corredor, la primera hace dos semanas cuando bajó a lavar su ropa o la segunda en la escalera apenas que salió el día anterior a beber algo, la señora Flores el lunes que bajó por detergente y comida, o la maestra Valenzuela, que la semana pasada lo emboscó cuando vino de compras con Carlota y se fue sobre él sin miramientos. Al menos su prima tuvo la suficiente rapidez para sacarle de encima a la última, porque de las vecinas siempre presenta una videollamada casi inexistente con Lori o que tiene bastante trabajo por hacer por excusa.

-Luego nos vemos -dijo despidiéndose Paz, caminando de forma que le pareció descarada al chico, una vez que alcanzaron la salida.

-N-nos vemos -dijo nervioso Bobby, mirando el contoneo de esas caderas.

No evita hacer comparaciones. Aunque la piel de ambas chicas, Paz y Lori, es clara sin parecer enfermas, las dos tienen evidentes marcas de bronceado de sus correspondientes deportes antes de los toques de queda -una golfista, la otra arquera-. El cabello de cada una también era bastante diferente, y el cuerpo… con el perdón de Lori, pero siendo Paz un poco más gruesa sin llegar a gorda y teniendo su cuerpo bastante más proporcionado, la idea de dejar a una por la otra no puede sino ser un suicidio que podría disfrutar.

-¡Roberto Alejandro Martínez Millán Luis Santiago Casagrande! -gritó Rosa tras él, enfatizando en el apellido Casagrande por llamar la atención-, ¿dónde te habías metido?

-Este, yo…

-¡Ya ni me respondas! -cortó molesta la mujer- Me dejaste sola con las bolsas. ¿Qué estabas haciendo?

-Nada -mintió de nuevo Bobby.

-¿Y esa niña? -cuestionó Rosa- Espero que no pienses en engañar a Lori con ella.

-Es una conocida de la escuela -dijo el chico, mintiendo por añadidura-. Es lesbiana.

-¡Hum! -resopló Rosa- Sigo sin entender esas modas de los jóvenes. Si chicos salen con chicos o chicas con chicas o chicos escribiendo latino con "x" al final o esas tonterías… Mejor ya vámonos.

Echando un último vistazo a la vereda que tomó Paz, Bobby suspiró como si ser fiel a Lori fuese por vez primera una obligación antes que un gusto.

Con la llegada de Paz, no obstante, los problemas de la población empezaron de verdad en serio. Para una administración enteramente civil, sería más fácil en teoría alimentar a los refugiados que van llegando en pequeños números, pero el arribo de estos en mayor cantidad cada día representa un problema insalvable. Y la administración con asesoramiento militar no hizo sino empeorar las cosas, pues fue justo tras Halloween que se anunció la cancelación de toda celebración masiva hasta que todo volviese a algo parecido a la normalidad o se considere que las condiciones sean más convenientes.

Uno de estos problemas llegó una semana después del Día de Reyes, fecha solo observada por la mayoría de latinos en la ciudad y de la que, por desgracia, a Ronnie Anne apenas y le quedó el gusto de enterarse tarde, cosa . Ese día, como solía acostumbrar, había ido con Rosa al mercado de pescados y, entre tanto, aprovechaba de un momento para verse con Paz. Ese día había sido excepción, pues había llegado recién a la entrada del estacionamiento, agitada y echada junto a un caballo reventado por el agotamiento extremo, la maestra Bernardo.

-¡Aléjense de mi! -maldijo Kate, alterada pese a su cansancio- Ustedes solo me retrasarán, ¡en serio!

-¡Cálmese, señora! -dijo un militar que, en su brazo izquierdo, lucía sobre los galones un parche blanco partido en cuatro por una cruz roja.

Una de las pocas diversiones de Bobby era, por poco, imaginarse a algunos conocidos en situaciones tensas, más que nada para distraerse un poco en la monotonía que implicaba atender una tienda, escribirlo y, si era posible, leer aquello a su novia, aunque lo cierto es que jamás se le ocurrió que le pasará a una maestra que le fuera muy cercana. Fue la propia maestra Bernardo quien, presa de su acostumbrada teatralidad, le sugirió dejar brownies en el casillero de Lori. Por ello, le resultó raro verla caer del caballo blanco que galopaba sin apenas bridas y silla.

-¡No me toquen! -dijo alarmada Kate, dejando de lado toda su actitud y habituales modos- ¡Tengo que irme lejos de aquí!

-¡Contrólese, señora! -espetó el militar, asistiendo al caballo con mucha dificultad.

-¿Y a esa mujer qué le pasa? -preguntó una vendedora que estaba cerca.

-Solo tiene un ataque de histeria, es todo -negó Rosa, minimizando cualquier explicación racional.

-La conozco -intervino Bobby-, es de Ro…

-¡Solo está histérica! -cortó Rosa-. Vámonos, m'ijo, que aquí no tenemos nada que ver.

-Pero abuela

Un gesto fiero y el pie alcanzando la conocida medida disciplinaria al alcance de Rosa terminó con cualquier discusión que pudiera surgir.

Mirando atrás, Bobby alcanzó a ver a un oficial de campo de la Guardia Nacional ya estaba en el suelo y otros dos hacían lo posible por contener a la maestra Bernardo contra el suelo, en medio de alaridos bastante aterradores que está profería.

Todo cuanto recordó de lo que pasó con la maestra Bernardo fue lo que Dana le comentó tiempo atrás. Una obra de su autoría donde al pastor Ryker lo dejaba ver como si fuera un bufonesco rey, y aunque una vez intentó ponerse en contacto con ella -a causa de un comentario de esta por las noches de bingo a las que iba María-, no podía negar que, en cosa de semanas, cualquier intento de establecer contacto con ella cayó en nada y cada quien se ocupó de sus asuntos lo mejor que pudo.

Ese fue el fin de los días que Rosa podría echar mano de Bobby para los días que hacía sus compras. A la mañana siguiente, justo cuando su madre apenas llegó para descansar luego de dos infernales semanas en Terapia Intensiva y Carl armó un desastre en casa, Héctor le dijo que las cosas en el Mercado ya tenían una mayor prioridad y Carlota podía hacer mejor el trabajo de acompañar a su abuela. Para aumentar la tensión, los horarios se apretaron y ya los turnos serían de doce horas con una hora para comer en el propio local, lo que le privaba de tener cualquier vida social fuera de verse con cualquier cliente o Par.

En esos días, al menos, algo pudo alegrar sus días relativamente solitarios. Paz, a la postre, se instaló a dos edificios de distancia y se empezaron a ver, primero a las tres, que era la hora a la que solía hacer sus compras, dos veces por semana, y luego también a las cinco, con cualquier excusa que a la chica se le ocurriera, sea un olvido intencional, un antojo o su necedad de salir prácticamente a nada del toque de queda, pasada la cena.

Para este tiempo, la situación, como siempre, degeneraba de poco a poco. Ya en los últimos días habían tenido noticias de algunas ciudades e incluso países que ya habían caído en un estado total de anarquía. África, como era de esperarse, no tardó mucho, y entre los sitios que le preocupaban por una y otra razón, París estaba ardiendo en guerra, México estaba perdiendo terreno en una guerra a tres frentes (cárteles, rebeliones contra el gobierno apenas instalado de un candidato del que se decía ya era un Mesías tras años de acusar fraudes en su contra y los refugiados que buscaban asilo en EU) que era evidente que nadie podría ganar, Canadá cerró sus fronteras luego de un alzamiento masivo en la ribera este del lago Huron y Perú todavía tenía zonas estables al transferir la capitalidad del país a Cuzco, al interior de la Sierra, luego de un alzamiento que en Lima fuera rechazado a duras penas.

Eso lo puso de mal humor. Esperaba que en algún momento Arturo, su padre, lo llevase a conocer Machu Picchu aprovechando su trabajo en Perú, pero dadas las condiciones todo a lo que podría aspirar era, cuando menos, apegarse a la promesa que le hiciera a Lori el año pasado. Si acaso, podría esperar a que todo mejore y haya una "nueva realidad" que le permita viajar aunque sea a México.

Así las cosas, Bobby se tomó las cosas con calma, ya siendo siete, día en el que Carl terminó lanzando una vieja muñeca de Carlota por la ventana que le dieran como último juguete en su fiesta de Quince Años, misma que a Paz casi le cayó en la cabeza.

-Un poco más y esta chica lista me mata -dijo sonriente Paz, entrando al Mercado, muñeca en brazos.

-¿Y de dónde salió? -preguntó Bobby tras el mostrador- Esa muñeca es de Carlota.

-De seguro fue mi primo -dijo Bobby, bostezando al acabar-. Los Reyes no le trajeron nada.

-¿Qué reies? -preguntó Paz, pronunciando mal la palabra al no entender nada de español.

-Olvídalo, no lo entenderías -minimizó Bobby.

-Más te vale no perder mucho tiempo, Roberto -dijo Héctor, llevando en brazos una bolsa de frituras de la que comía-. Al rato tenemos que hacer un inventario y no quiero que haya pérdidas.

¿Y por qué vamos a salir perdiendo? -cuestionó Bobby.

-Todavía me debes lo que se perdió del último inventario y te quedan doscientos dólares por lo que dejaste que se robaran el año pasado y el jueves -detalló Héctor, saliendo a la calle-. Más te vale que todo esté en orden.

-Claro… viejo casca…

-¿Dijiste algo? -cuestionó Héctor, asomando la cabeza por la puerta.

-Que si, dije.

-Está bien, m'ijo.

-Wow. Eso es tener a alguien controlado -diji Paz con algo de suspicacia en cuanto viera por la puerta que Héctor entró de nuevo al edificio.

-Y eso que no lo viste cuando fue Halloween -dijo Bobby-. No me pagó dos semanas por todo lo que se perdió y todavía sigo pagando.

-¿Qué se perdió?

La curiosidad de Paz hizo mella inmediatamente y, en menos de lo que canta un gallo, Bobby empezó a detallar lo ocurrido. Y si bien olvidó un par de cosas, hizo lo posible por mantener su relato con la suficiente coherencia para que Paz no perdiera interés.

-Y todavía que nos detuvieron en Ann Arbour -relató Bobby, absorto mientras barría los pasillos-, me revisaron hasta donde no me da el sol.

-Eso es demasiada información -dijo Paz, algo perturbada por escuchar de un proceso que siempre ha sido incómodo de ejecutar y pasar-, pero ¿por qué Ann Arbour?

-Pues íbamos a…

"Pues íbamos a Royal Woods", estuvo a punto de responder Bobby, pero el recuerdo de Lori lo empezó a azotar. La última vez que habló con ella, apenas en Año Nuevo, le prometió estar en contacto tan pronto como le fuera posible, cosa que no había sido posible porque el trabajo no le dejaba mucho tiempo libre. Peor todavía, ella parecía algo hastiada de lo que recordaba por un pequeño asunto de dulces entre Lola y Lana y Lincoln, una pelea entre Lucy y Lisa que se fue a los golpes cuando sus padres no estaban y ("espero que no sea algo crónico", deseó) su propia frustración de no poder graduarse ni haber ido a Fairway, la universidad a donde había pensado ir en cuanto se graduara. Bien pudo compartir esa sensación, pues pese a que el golf -deporte cuyo programa escolarizado era calificado como el mejor de la región del Medio Oeste- quería ir por su Escuela de Economía, cosa que, en el fondo, Héctor reprobaba en extremo con un franco "¿para qué quieres estudiar negocios en la universidad cuando tienes el Mercado?" tan puntual como presente a la hora de sacar a colación su educación superior. Mientras tanto, había estado cumpliendo con su trabajo lo mejor que podía, cortándose de limpiar las puertas de los refrigeradores por fuera.

-… a ver a alguien -remató Bobby, buscando ocultar lo ocurrido.

-Ibas con Lori -musitó Paz.

-¿Perdón?

-Ah… cannoli -repuso Paz-, eso, olvidé que mis papás querían cannoli para la cena. ¿Tienes?

-No, no que yo sepa -negó Bobby, nervioso, viendo a Paz dejar algunas cosas en la caja y yendo él mismo para cobrar-. La abuela siempre prepara conchas de chocolate, pero nada de cannolis. Dice que los italianos no saben cocinar.

Una risa incómoda, producto de buscar cubrir una mentira a medias, lo termino delatando. Sin embargo, Paz comprendió la situación y decidió no decir nada y seguirle la corriente.

-Entonces creo que nos vemos luego -dijo Paz, despidiéndose una vez pagó su cuenta.

Nada más verla salir, Ronnie Anne y Frida bajaron con una bolsa de mandado algo cargada. Mientras que su hermana veía con cierto escepticismo, Frida notaba que la incomodidad podría traducirse en una inusual tensión con la que ha tenido experiencia.

-¿Quién te viera, Bobby? -dijo Frida con picardía propia de quién goza del chisme- Si Lori se entera de que alguien te coquetea, viene por ti.

-Tía, hay público -reprochó Ronnie Anne.

-Vas a cumplir trece, ya supéralo -minimizó Frida, tomando a su sobrina por encima del hombro-, ya estás en edad para saber sobre el amor.

-No es lo que crees, tía Frida -negó Bobby, nervioso.

-Yo sé bien lo que veo, a mí no me engañas porque le gustas a esa chica -insistió Frida, empezando a vaciar el contenido de la bolsa-. Ten, la abuela te manda esto…

Una vez vacía la bolsa con un contenedor triple con tacos dorados de papa y carne deshebrada de protoceratops, animales que se han vuelto algo populares por su sabor relativamente parecido al pavo, sopa de tortilla (con la misma en tiras, frita y en una bolsita aparte) y un par de buñuelos, Frida fue a recorrer los pasillos para buscar las compras del día, pues la orden que Héctor diera de no discriminar entre familia y clientes se ha mantenido a rajatabla. Ronnie Anne, por su lado, se quedó junto a su hermano.

-¿Ella no estaba en Royal Woods? -preguntó Ronnie Anne, dudosa.

-Vino hace un tiempo -respondió Bobby-. Me la encontré la semana pasada en el mercado de pescados cuando fui con la abuela y empezó a venir.

-¿No era la chica que dijiste que te coqueteaba antes de que Lori te dejara brownies en el casillero?

-Pues… -dijo Bobby, nervioso, llevándose una mano a la espalda.

-Te tengo noticias aunque no me guste todavía. Tienes novia y le prometiste que volverías por ella -dijo Ronnie Anne al tiempo que ponía sus manos en la cara de su hermano, apresándolo-. ¿Se te olvida Lori?

Bobby solo negó con la cabeza.

-Ella sigue sin caerme bien, pero sabes que si eres feliz tendría que acostumbrarme. Si sales con alguien más, actuarás justo como papá no quería que lo hiciéramos. ¿Entiendes eso? -dijo Ronnie Anne, a lo que Bobby solo asintió-. Bien, ya solo…

-Ya vámonos, Ronnie Anne -llamó Frida al pasar-. Bobby, dile a Héctor que lo cargue a mi cuenta. Rosa te puso jamaica...

-Pero tu cuenta se vence mañana… -replicó Bobby, zafándose de Ronnie Anne.

-Te veo luego -dijo Ronnie Anne, bajando del mostrador y siguiendo a Frida.

Bobby, algo consternado, veía que los números de su deuda se volverían a incrementar.

El día siguiente, se encontró en el mostrador esperando a Par. El repartidor vendría fuertemente escoltado, pues los asaltos a convoyes de suministros se intensificaron en algunas zonas, lo que debió forzar a que estos espaciaran o apretaran sus agendas dependiendo del tipo de carga que llevaban, ocasionando que algunas mercaderías básicas aumentasen o bajasen su precio. Por consecuencia, el malestar entre los clientes estaba yendo en aumento. Por otro lado, algunas cosas de importación dejaron de llegar, lo que tensó más el humor de varios más.

-¿Cómo que ya no tienes bolas de tamarindo? -cuestionó molesta Becca.

-Lo siento mucho, señora Chang, pero eran de México y ya no está llegando nada de allá -replicó Bobby, algo abrumado por tener un fuerte imprevisto.

-¿Y mi vainilla? -siguió una mujer de tez morena de amplio mentón.

-Oye, moreno. ¿Y mis frituras de camarón coreanas? -terció un chico robusto que, reconoció, era de su mismo curso de la preparatoria.

-¿Todavía no llegan mis ramas de vainilla de Veracruz? -añadió una segunda mujer, bajita y vestida de franela roja y negra.

-¿Y ya llegó el…?

-¿Ya tienes mis…?

-No te pagan para que retrases mi crema de aloe, ¿ya llegó?

Y demás preguntas y reclamos por el estilo le hicieron con el paso de los días. Sin embargo, al día de hoy la insistencia había sido bastante pesada. Y fue justo Becca la que preguntó por enésima vez por sus bolas de tamarindo que la mecha de una bomba de tiempo se acortó mucho.

-¿Te encargo mi…? -preguntó algo altanera Becky, aquella niña rubia de cejas pobladas de actitud salvaje que a menudo confrontaba a Ronnie Anne.

-¡No está llegando nada de fuera! -estalló Bobby, tras horas de esperar a que llegara Par- Miren, cualquier cosa importada no nos está llegando, así que pueden seguir esperando o buscar en otro lado. ¡Nos estamos quedando en lo más básico y preguntan y preguntan por cosas que ya sabemos que es muy probable que no van a llegar!

Molesto, Bobby sacó paquetes de sal, chile en polvo, azúcar y tamarindos secos, azotándolos contra el mostrador y retirándose a la bodega del local, donde soltó un grito como pocas veces en su vida.

-Meh, no vale la pena esperar mi paquete de leche -negó resignada Becky.

Entre insultos y quejas, añadido a que Becca se quedó esperando afuera por una explicación, los clientes que se habían arremolinado por sus despensas o antojos salieron molestos, cuando no furiosos por el -piensan- trato grosero que les fue dado.

-¿Qué fue todo eso? -preguntó Héctor al entrar junto a CJ, terminada su siesta y empezando su turno.

-Bobby actuó como una diva, eso pasó -respondió Becca.

-¿Cómo que se puso como diva?

-Dijo algo de que había cosas que no llegarían.

-Pues si -confirmó Héctor con algo de pesar-. Hay muchas cosas que ya no van a poder llegar. Y si llegan, valdría una fortuna pagarlos.

-¿Como la campana de la entrada? -preguntó CJ.

-La campana de quedaría como una baratija al lado.

-¿Entonces ya no puedo esperar por mis bolas de tamarindo? -preguntó consternada Becca, cayendo en cuenta.

-Solo tenemos unos diez kilos de tamarindo seco -respondió Héctor-. Si quieres, haz tus pruebas o le pides a Rosa que te las haga, pero no prometo que haya nada más en meses.

Una vez hecha la venta, Héctor entró a la bodega. Allí vio a Bobby armando bolsas para despachar a los próximos clientes con cara de no tener amigos y mascullando insultos.

-Ya puedes irte -dijo Héctor-. Veo que necesitas de un día libre con urgencia.

-Y hasta apenas me lo dices -gruñó Bobby.

-Creo que no me estás entendiendo, m'ijo. Necesitas descansar -insistió Héctor.

-No.

-Escúchame bien. No has parado en meses y creo que es mi culpa -admitió Héctor-. Por lo menos duerme un rato o ve a divertirte, pero no te quiero ver aquí hoy y mañana.

-Me faltan al menos tres mil dólares y seis horas -negó Bobby.

Dicho eso, a Héctor no le quedó de otra que usar la escoba para sacarlo en cosa de segundos.

-¡Y no vuelvas hasta pasado mañana! -dijo el anciano.

Bobby no se lo tomó bien. Era el primer y más que necesario día libre en meses que se tomaba, y siente que lo arruinó para que la jornada fuera una total pérdida.

Mirando la hora en el teléfono por séptima vez en el día, vio que ya eran las cuatro. Hora en que debía de tener su llamada del día con Lori… aunque ya no tenga mucho sentido. No hay muchos temas agradables para hablar, y cuando alcanzan a hablar de uno, Carl o alguno de los hermanos de Lori los interrumpía, llegaba algún cliente inoportuno o la videollamada simplemente se quedaba en un punto muerto.

Yendo al parque, se alegra de que esta semana no haya habido linchamientos ni intentos de los mismos. El último, supo que fue Devon, un antiguo compañero suyo en Biología que fue acusado de abusar de un niño, pero tuvo suerte de que se hiciera una breve investigación. Y si bien no había palomas de ninguna clase, extrañaba ver que estás se posaran en la estatua o alrededor de las bancas esperando las migas de pan que la gente solía tirar. Ahora, en lugar de eso, las pocas que se atrevieron a esperar comida comían con prisa como una a metros de una banca que lucía chamuscada. El ave apuraba pedazos de una rebanada de pizza abandonada antes de que un pequeño procompsognathus saltase sobre ella sin poder capturarla, soltando un chillido de frustración.

"¿No que no los dejaban entrar?", preguntó Bobby para sí, viendo al dinosaurio de un plumaje gris oscuro con un par de series de manchas blancas en los costados del cuello dar cuenta de la pizza con cierta reluctancia.

Luego de rendirse tras intentar llamar a Lori -se la veía conectada pero no iniciaba sesión, pese a haber hablado apenas ayer en la tarde ocultando lo ocurrido-, Bobby empezó a vagar un poco por la cuadra, mirando con cierta melancolía a los pocos paseantes con pareja. Lo mismo vio a aquella pareja de hipsters que tan a menudo se daban la vuelta en el Mercado como a Greta, aquella maga que lo hipnotizara poco antes de Acción de Gracias y le hizo comportarse como un gato por días. Por muy raro que sonara, empezaban a encontrar por fin un modo de vida más o menos tranquilo en un tiempo convulso, tal y como solía contar Héctor que le contaban sus abuelos a él, del tiempo en que lo más que tenían a temer quienes no se alineaban a nadie en los días de la Revolución era que los guerrilleros, soldados y bandoleros (ya que Carlos solía refutar esos relatos con la dudosa fidelidad de algunos "revolucionarios" a cualquier causa y caudillo y se dedicaban más al pillaje y al ultraje) reclutaran a cualquiera que pudiera empuñar un arma para su facción y tomara sus provisiones "para la causa".

Un último intento de videollamada y no fue Lori sino Lincoln. La conexión del parque era limitada, pero al menos había algo, y el chico apenas respondió cuando se cortó la transmisión.

"Seguro que acompañó a Lori a buscar cosas", concluyó Bobby.

La noche pasó sin pena ni gloria, pero la mañana siguiente tuvo una pequeña confrontación en el corredor.

-¿Qué es todo esto? -preguntó.

-Fue solo Carl -respondió CJ-. Dijo que los Reyes y el Ratón lo estafaron.

-¡Porque son unos malditos timadores! -chilló Carl, lanzando un pingüino con chistera de peluche de Carlitos- ¡Y encima Carlota dijo que ya estoy muy grande para creer en ellos!

-¡Porque lo eres y tomaste todo mi delineador para tu estúpida ruleta! -bramó Carlota.

-Eso no es cierto y lo sabes, ¡esto es diferente!

-¡Sé que fuiste tú! -aseveró Carlota- ¡Encontré los envases vacíos en tu cuarto!

-¿No pueden solo callarse? -pidió Bobby- Ya tengo demasiado en qué pensar sin que estén gritando.

-Como te dieron el día libre… -replicó CJ por debajo.

-¡No tienes por qué meterte en mis asuntos! -maldijo Carl.

-Como si no te merecieras que la abuela te nalgueara -respondió Carlota antes de ir a encerrarse en su cuarto.

¿Y qué es eso de que te dieron un día libre, primo? -cuestionó Carl, dudoso.

-Cosas de mayores -minimizó Bobby-, no lo entenderías.

-¿Entonces puedes llevarme a la calle 59? -preguntó Carl, interesado al ver posibilidades de fuga.

-La verdad, quiero estar solo -contestó Bobby, buscando salir.

-¡Nadie va a salir solo! -rugió Rosa- ¡Ninguno de mis niños saldrá solo mientras esté aquí! Y menos tú, Carl. Ni siquiera tendría que haberte descuidado el otro día como para que buscaras robar joyería de fantasía -añadió con una mezcla de molestia y pesar.

-Creo que no eran de fanta… -replicó Carl antes de que Frida los interrumpiera.

-¡Carl! ¡CJ! -dijo esta, llamando desde el otro departamento de la familia- ¡Ese cuarto no se va a recoger solo!

-¿Y por qué Bobby puede salir? -preguntó CJ.

-Porque el ya es mayor -respondió Rosa-. Por cierto, Bobby, quiero que me acompañes a…

Sin darle tiempo de acabar, Rosa miró en el corredor y se asomó por el tiro de la escalera.

Por poco, Bobby tenía ya el paso libre para entrar al Mercado. Héctor había sido muy tajante al respecto, y el hecho de que ahora esté con Carlos para cubrirlo en turno doble no dice realmente nada bueno. Sin darle vueltas al asunto, decidió que lo mejor que podría hacer sería ir por una lata de maní hervido

Nada más entrar, el cepillo de la escoba ya estaba a milímetros de su cara y, empuñándola, Héctor se veía molesto.

-Te dije que no vinieras por hoy -gruñó Héctor.

-Solo vine por… maní hervido -excusó Bobby.

-Carl me dijo que te acabaste el inventario ayer -expuso Héctor, bajando la escoba.

-Ni siquiera saqué las cajas, puedes ver las cajas en la esquina junto al escritorio.

Confiado, Bobby entró tras Héctor solo para asegurarse de sus palabras. Sin embargo los hechos parecían decir otra cosa muy diferente.

-¡No te comas la mercancía! -voceó Héctor en cuanto vio a Carlos hacer la contabilidad y comiendo ya de una segunda lata de maní hervido.

-Nadie ha bajado el desayuno y ya estaban pagadas -protestó Carlos, señalando tres de cinco latas y sin haber tragado todavía, haciéndolo-. ¿Qué haces aquí, Bobby?

-Él ya se iba -señaló Héctor, tomando a su nieto y llevándole a la puerta-. Ya sabes que aquí estamos bien sin ti por hoy y no necesitas volver hasta mañana.

-Pero abuelo, yo solo… -empezó a objetar Bobby, empujado ya fuera de la tienda.

-¡Nos vemos mañana! -gritó Héctor, azotando la puerta.

-Que carácter… -refunfuñó Bobby.

Sin tener mucho que hacer, y viendo a lo lejos que Carlota y Rosa iban al mercado de pescados tomando por la estación del paso elevado, Bobby se tomó su tiempo para pensar en qué hacer.

Par, no tendría ya mucho tiempo ni para su novia, pues con las constantes entregas y asaltos su agenda estaba repleta. No podría contar con su prima, y mucho menos tenía muchos conocidos en la ciudad fuera de Devon y Dana… de esta última prefiere mantenerse lejos, pues por su culpa los hermanos de Lori y Clyde (recuerda con cierta gracia) creyeron que él le estaba siendo infiel a su novia, y además pesan las noticias del reverendo Ryker.

Deambulando por las calles, notó la inusual calma de la ciudad por primera vez en mucho tiempo. No era normal, pero se agradecía que no resonaran ráfagas, gritos y estallidos que en los últimos días se había escuchado en más de un año. Incluso sonaba como un día normal si nada de eso hubiera pasado. Todo cuanto escuchaba era el ya regular trajín de lo que debía haber sido Great Lakes City en un momento cualquiera.

Sin saberlo, le dio la vuelta a cinco manzanas. Ello solo quería decir que las cosas por ahora andan bastante engañosas.

-Oye -llamó alguien tras él-, ¿me puedes dar la hora?

-Son las tres y cuarto -respondió Bobby, sacando el teléfono y redondeando la hora antes de seguir su camino.

Bajando la guardia, Bobby siguió de largo, y habría recibido un golpe seco con un bate de béisbol de no ser porque vio yendo hacia él.

-¡Bobby! -saludó efusiva Paz-, No sabía que tu tienda hacía servicio a domicilio.

-De hecho me des…

-¿Te pueden despedir? -preguntó consternada Paz, cortando la respuesta.

-No, solo me mandaron a descansar -respondió Bobby, algo preocupado-. La verdad, no tengo idea de qué hacer.

-Siempre le puedes ayudar a tu hermana con su tarea -planteó entusiasta Paz.

-Ella es la que me ayuda.

-¿De verdad?

Retomando su vagabundeo y ya entrando en pláticas, Bobby se enteró de muchos detalles de lo que se había vuelto Royal Woods desde que ella y sus padres la dejaron.

Casi nada fueron buenas noticias. Por Dana, negándose a creerlo en su momento y creyendo que eran todos los rumores al respecto como disparates, había escuchado que el reverendo Ryker se había sublevado hace un año y había sido expulsado con los pocos adeptos que le fueron fieles en desgracia. Ya antes de su rebelión había organizado motines y quemas, como si de un inquisidor hispano se tratara, pero el detonante fue, y eso si lo pudo creer con el pobre estado mental en que vio la última vez a la maestra Bernardo, una obra que está escribió y presentó. Varios de los actores y la propia Kate habían huido, buscando salvar la vida a donde tuvieran -o creyeran tener- una mayor oportunidad de sobrevivir ignorando cualquier peligro en los caminos.

El resto tampoco fueron buenas noticias. La región se había cerrado a cualquier tránsito a la espera de órdenes de cualquier gobierno superior al de la ya sin efecto en el cargo alcaldesa Davis, Flip seguía con sus costumbres, hay cada vez más descontento de la población y, por lo menos la semana que los Halberd abandonaron su hogar, las incursiones de dinosaurios y otras criaturas seguían siendo el pan de cada día.

Sobre estás últimas, cabe decir, no eran lo mismo en una gran ciudad que en una población suburbana fronteriza. Para Great Lakes City, Detroit o Chicago, un dinosaurio de las dimensiones adecuadas podría abastecer de carne fresca a la población por días e incluso semanas si se sabía trabajar con ella incluso cuando son herbívoros o incluso pequeños depredadores. Para otras, con a lo mucho hasta veinte mil habitantes, un dinosaurio o un animal de incluso mediano tamaño solo significaba problemas con los que nadie quisiera lidiar. Así, los Halberd apenas alcanzaron a salir antes de que una manada de bisontes causara estragos al ser perseguida por unos enormes lobos que jamás habían visto y pequeños raptores al mismo tiempo. Y, para rematar, varios de los lugares donde antes trabajaron fueron asaltados o reducidos a cenizas. Algunos con sus dueños y antiguos compañeros dentro de los locales al no ceder a presiones.

Bobby no lo sabía, pero Paz no era tonta. Esta se dio cuenta de que al chico le duele, entre otras cosas, que la ciudad que lo viera nacer se está cayendo a pedazos y él esté ausente en el acto final de esta. No como la sensación -a veces forzada como con Frida, otras más natural como el caso de sus abuelos- que supuestamente debería tener por México, sino por un apego necio a su hogar.

Mientras escuchaba, el humor de Bobby se ensombreció. Unos pocos de sus compañeros, sabiendo por Paz, lograron emigrar a otros lugares, pero algunos se habían ofrecido con las defensas locales. Esto lo terminó de desanimar, aunque por la compañía que le daba Paz le quedaba el amargo consuelo de no estar tan presente y entender que solo muy pocas personas no estarían entre quienes pueden hacer algo grande por cambiar el destino de las poblaciones si no es ganando poder, influencia, riquezas o las tres juntas. Para compensar y tratar de reanimarlo, Paz empezó recordando unas cuantas cosas que ocurrieran en Royal Woods antes de que ella se fuera, pero en algún momento estaban tan metidos estaban en su andar por las calles de Great Lakes City que el tiempo se les consumió sin darse cuenta.

-A todos los residentes de la ciudad -llamó una voz gruesa para venir de una mujer por medio de una bocina ubicada sobre un Humvee-, vuelvan a sus casas o esperen que el toque de queda termine a las seiscientas horas. A todos los residentes de la ciudad, tienen cinco minutos para…

-¿Qué? -exclamó sorprendido Bobby, sacando el teléfono y viendo que ya pasaban de las ocho y media, hora del toque de queda en la zona debido a que, hace unos días, la tienda de música de la calle donde están fue saqueada con varios heridos implicados- ¡Ni siquiera creí que fuera tan tarde!

-Vamos a mi casa -ofreció Paz-. Mis papás seguramente van a llegar tarde y nos queda más cerca que la tuya.

-Perdón, Paz, pero no puedo quedarme mucho tiempo. Es que…

-¿"Es que" qué, Roberto? -dijo Paz, algo animosa por volver a casa.

Mientras hablaban, una bomba Molotov hizo explosión sobre el toldo del Humvee del que hicieran el llamado al toque de queda. Acto seguido, un grupo variopinto confirmado de varios hombres con armamento variado e improvisado saltó sobre los militares sin darles mucho tiempo de reacción.

Aunque no tenían deseos de quedarse, Bobby se echó al suelo en cuanto empezó el intercambio de disparos. Por muchas películas de acción y de guerra que viera en su vida, muchas cosas que tenía por ciertas quedaron refutadas.

Si, los soldados y cualquiera con entrenamiento militar tiran a matar. No, no son tan veloces. Las torretas que instalan en los vehículos si están demasiado expuestas, si, pero son por completo inútiles en situaciones de combate urbano. Y como viera en sus clases de Historia, las calles se volvieron campo y los edificios, como el sitial desde el que los atacantes saltaron a la carga, se volvían fortalezas a disputarse haciendo de cada habitación y corredor una fortaleza.

Si bien la escaramuza no duró mucho y se saldó con una victoria pírrica para la Guardia Nacional, la gente que salió no hizo sino lanzar insultos, sea porque perdieran a un familiar o amigo o por los destrozos ocasionados a su patrimonio. Ello dio luz verde a Bobby y a Paz de levantarse y salir corriendo tan rápido como les era posible. Y dado que la chica era quien llevaba la guía, a Bobby se le dificultó mucho ir a su paso sin detenerse a tomar alguna referencia, está ni siquiera se tomó la consideración de darle un respiro hasta que llegaron a un edificio de tres plantas, de construcción algo más sobria sin caer en concesiones a ningún estilo en particular.

-Creo que ya pasó -dijo Paz, algo asustada-. Ya no hay de que preocuparse.

Metiendo la llave a la cerradura y abriendo la puerta, Paz le dio paso franco, ignorando cualquier etiqueta.

El interior de la casa era para él lo que nunca imaginó ver en Royal Woods. Siendo Great Lakes City un sitio donde los edificios de años variopintos no disimulan bien su fea hechura pese a los colores en que estaban pintados, el latino cayó en la cuenta, una vez más, de que no se puede juzgar un libro por su portada. En el caso del edificio donde residía la familia Halberd, este bien podría parecer una pensión, pero el hecho de que solo el primer piso es el de uso habitacional ya daba a ver que la familia era pequeña y bien podían ya vivir de alojar a algunos cuantos residentes o, bien, refugiar a varios de los casa vez más numerosos recién llegados a la ciudad. La sala, pequeña y acogedora, es dominada por un sofá de tres plazas y un sillón, ambas piezas forradas de vinipiel verde y protegidas todavía por el plástico del embalaje. En las paredes lucen varias fotos familiares y algún reconocimiento, así como una foto donde está y un par de chicas de la que debía ser la promoción de 2017, Bianca y Soo Young, celebraban por haber obtenido el primer lugar de una competencia de tiro con arco en la olimpiada estatal de 2015. Si bien el televisor en el centro de entretenimiento no era tan reciente, por lo menos esperaba que la señal fuera buena o tuviera las permutas y el cableado al día.

-No es mucho, pero es mi nuevo hogar -dijo Paz, queriendo dar la impresión de estar calmada.

-¿Cómo le hizo tu familia para encontrar algo así? -preguntó Bobby, asombrado.

-A mamá la despidieron de la fábrica de Festín Congelado de Granja y ganó el juicio por despido injustificado. Con eso pudieron comprar el edificio antes de venir para acá.

-Ah…

-Y… ¿no avisaste en casa?

-No.

-¿Me prestas la contraseña del internet? -pidió Bobby- Es para avisar.

-Junto al florero, al lado de la escalera -indicó Paz, dirigiéndose hacia la cocina y señalndo el módem-. ¿Quieres pollo, chuletas de cerdo, ensalada rusa o algo más…? -ofreció.

-Con que sea comida está bien -respondió Bobby, reprimiendo como pudo un fuerte gruñido abdominal.

Sin esperar, Bobby prendió el televisor y buscó algo en los pocos canales que quedaban al aire. Tarea algo complicada, pues había entre las transmisiones dos polos totalmente opuestos. Por un lado, los que todavía estaban en señal que buscaban hacer más ameno el proceso de descomposición en el que el mundo estaba, programas como Operación: Tormenta de Postres, el show de ARGGH!, retransmisiones del final de temporada de El Barco de los Sueños y especiales de talk shows como el de Camilla y Destino con Ernesto Estrella. Por el otro, los cada vez más descorazonadoras noticiarios que ya daban cuenta, como oscuros cronistas, de la caída paulatina de la sociedad en un infierno dominado por el caos y la anarquía.

En pantalla, estaba el noticiero que hasta hace poco dirigía Jim Sparkletooth, con un enlace en vivo con la BBC de Londres desde las rejas exteriores del castillo de Balmoral, antes de cambiar el canal.

-Apágala, por favor -pidió Paz desde la cocina-. No soporto ver las noticias.

Obedeciendo en el acto, Bobby se quedó con la noticia de que la Familia Real de Gran Bretaña se encerró con la poca servidumbre que le quedaba en Balmoral, evacuados de Buckingham por una turba furiosa que se cansó del papel de "marionetas" que acusaban grupos radicales y de migrantes. El cintillo que alcanzó a leer, Londres bajo fuego, acompañado de una grabación de un choque de hombres de a pie en bloques apretados armados con estacas y lanzas improvisadas y los Coraceros de la Guardia Real cargando a toda velocidad, daba fe de la brutalidad con que los pocos devotos de Su Majestad estaban menguando ante la furia de los recién llegados y de los resentidos que, hartos de la monarquía, exigían ya la República con la idea de que una democracia total contendría mejor los embates de cualquier frente que surgiera.

Los últimos periódicos, postrados y enrollados sobre la mesita de noche que dominaba el centro de la sala, no eran muy distintos. Titulares variados ya daban indicios de que antes se acabaría el papel que las noticias, aunque uno llamó su atención y se puso a leer sobre la foto de la Columna de la Independencia de la Ciudad de México cayendo a pedazos.

Furia azteca

Se desata la guerra en el corazón de México

Con la captura y ejecución del presidente la semana pasada por parte del Cártel de Veracruz, así como por la desaparición de todo su gabinete de gobierno, México se quedó sin un mando claro. Fuentes cercanas al inoperante gobierno en Querétaro confirmaron que, con la deserción en masa del personal de Marina y la dirigencia del Estado Mayor presidencial confirman que el presidente del Congreso en funciones es quien debería asumir el cargo…

Los siguientes dos no fueron menos pesimistas.

Au revoir, Paris, mon amour

Francia ha caído. Reportes desde el Palacio de la Conserjería nos informaron, previo a su evacuación, que la defección y huída del presidente Emmanuel Macron y su esposa se consumó. Mientras, las masas se levantaron en común y empezaron los saqueos y destrucción de innumerables obras de arte y piezas de alto valor histórico por parte de los rebeldes. En conferencia de prensa, se confirmó que no hubo tiempo para salvar nada, pues apenas inició el salvamento un grupo de saqueadores abrió fuego contra los curadores y se desató una verdadera guerra civil en la Ciudad del Amor. Está noche, las aguas del río Sena se tiñeron de rojo por la sangre derramada que constituye una gran herida de muerte para Francia.

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Se descubre población de animales extintos en la cuenca Zuni

Hay reportes confirmados de la existencia de criaturas reptilianas parecidas a enormes perros merodeando Morenci, en la Cuenca Zuni de Nuevo México.

Un testigo que accedió a darnos acceso a material exclusivo sobre estás líneas nos detalló que estaba arreando a su ganado cuando uno de los que llamó "perros del infierno" emboscó y persiguió a varias de sus cabezas de ganado, dando muerte a estas por días…

Si, no había nada que lo pusiera peor. O eso pensó cuando encontró un periódico con una nota al margen sobre el estado actual de Chicago y su zona conurbada, Green Bay y, cosa que le interesa, Detroit y el sureste de Michigan.

"Todo abasto está bajo control": Theresa Davis

En las últimas horas han surgido rumores de un posible retraso en la adquisición de suministros en la región del rio Detroit, pues en recientes horas y al cierre de la editorial se acusó al comerciante local Phillip Phillipini de acaparar alimentos en buen estado y suministrar caducados según fuentes.

"No sé quién sea el tal Phillipini, pero ojalá que le den lo que se merece", deseó Bobby con algo de rabia.

La ex-alcaldesa de Royal Woods, Theresa Davis, afirmó en exclusiva en el noticiario de Katherine Mulligan que, si bien las cadenas de suministros estaban algo entorpecidas, ya no había muchas garantías de seguridad. Añadió: "desde hace semanas las autodefensas suplicaron refuerzos al Gobierno, pero ni en Lansing ni en DC nos han respondido de forma satisfactoria".

Cabe preguntar si en algún momento podremos volver a algo parecido a la vieja normalidad, pero al cierre de esta editorial se nos reportó que la ex-alcaldesa Davis fue asesinada en su casa. Algo muy inusual, considerando que el Medio Oeste se consideraba una región segura para quienes huían del sur.

Mientras leía, Paz le dio la noticia de que sus padres ya no alcanzaron a salir de sus trabajos en una empacadora y se quedarían solos toda la noche y hasta media mañana. Todo esto en cuanto entró con sendos platos humeantes en las manos.

La breve cena, consistente en espagueti de lata, filetes de pechuga de pollo empanizados (congelados) y ensalada rusa (esta sí era del día), fue algo silenciosa. En otras condiciones, quizá, habría sido algo romántico, dejando de lado a Lori en la lluvia como a un triste perro apaleado por su amo… antes de que lleguen las dentelladas más salvajes que pudiera darle el can. Un escenario más propio de alguna fantasía oscura, en el mejor de los casos, momento previo a que el protagonista se embarque en un viaje de venganza estéril que acabará con su vida, que de una película romántica, más del gusto de ambos.

No hablaron el resto de la velada. Aunque por cortesía no debió, Bobby se vió obligado a aceptar dormir en el cuarto de su anfitriona mientras que está lo haría en un saco de dormir. Bobby por sentirse abrumado, Paz, por algo más.

La chica no tenía malas intenciones. Ya desde antes de haberse ido de Royal Woods tenía intenciones amorosas con Bobby, pero aunque creyendo que le rompió el corazón cuando dejó unos pastelillos en su casillero no tenía el suficiente resentimiento como para hacerlos sufrir. Por eso, cuando los Santiago se mudaron se sintió ligeramente bien, y en cuanto se mudó y se enteró que compartirían escuela, mejor que mejor. Ya incluso se imaginó que él y Lori habían terminado su relación.

El inicio de la Ley Marcial y la llegada de dinosaurios y demás criaturas puso fin a sus planes. Siendo que la promoción de 2017 vería frustrado todo plan de graduación, y debido a que sus padres tenían que trabajar, las opciones no eran muchas. En otras palabras, alguien tenía que quedarse a cuidar que no llegaran los saqueadores. Eso no era tan difícil, pues si familia hizo lo posible para que no estuviera tan sola y la casa no estuviera tan descuidada.

Medianoche, ya ambos dormían, pero el sueño de Paz era algo inquieto. Veía en su propio mundo onírico a un chico que, armado, veía que varias personas ya iba contra sus padres y terminaron masacrando a estos, obligándole a escapar y abandonar su fúsil, el mismo con el que uno de sus perseguidores apunta hacia ella y le obliga a despertar.

Lo único que había eran ellos dos y el frío que logró colarse por su ventana. Preguntándose por qué estaba abierta si la dejó cerrada, procedió a hacerlo, pero en cuanto volvía a meterse, escuchó un ligero sollozo.

-Lori… -susurró Bobby, sorbiendo los mocos en sueños.

Paz se sentó junto a su cama. Aunque se siente molida por el día que tuvieron, tomó el teléfono de este y lo desbloqueó. Cosa de saber que el patrón que usan muchos coincide con la numeración de su cumpleaños.

Con amargura, y obviando que prácticamente estaba viendo a Lori en todo su esplendor, a veces con ropa o sin ella, a veces mostrando lo justo en los mensajes, la galería la tenía mucho más presente con sus fotos y videos que con los de toda su familia, incluso muy por encima de Ronnie Anne, su hermana.

Conmovida, y tal vez motivada por un deseo que ya hacía tiempo que tenía, decidió tomar cartas en el asunto, pensó en sacarse de encima el camisón verde de algodón y la ropa interior y se metió entre las sábanas. Aunque vio el método en alguna película, desconfía de su eficacia.

-¿Eres tú, Bebé? -preguntó adormilado Bobby.

-Cuéntame qué te pasa, Bobby -susurró, un poco melosa, mientras se acomodaba.

-Perdón, pero… creí que eras Lori -dijo ofuscado Bobby, queriendo apartarse un poco-. Es que… siento que no les interesa mucho mi vida.

-¿A quiénes?

-A todo mundo -confesó Bobby, sollozante-. Mi abuelo me tiene como burro trabajando y pagando lo que le sigo debiendo, mamá ni siquiera tiene tiempo por estar en el hospital, mi abuela cree que soy un degenerado… y mi hermana se la pasa como si nada en sus asuntos.

-No es tan malo como parece -intentó animar Paz.

-Lo es cuando vives con primos, abuelos y amigos de mi hermana…

-No estás tan solo, Bobby.

-¿Crees que les interesa que esté bien? -preguntó Bobby, más bien dando voz a sus ideas- Mientras se benefician de que podemos salir y tener comidas gratis por tener el Mercado les importo tan poco como una piedra en el zapato. ¡¿Y por quién crees que la tienen además del abuelo?! ¡Por mi! ¡Por mi! Y no me hagas hablar de Lori -añadió-. No es lo mismo tenerla en una pantalla que tocarla de frente… me siento tan… tan solo

Paz lo consideró. Si fuera una película de romance reciente, ese sería un punto de inflexión en la línea argumental. El chico, mostrándose vulnerable y suplicando una ayuda que, como no, vendría de la "inesperada" protagonista de rostro pétreo y corazón noble. No obstante, el chico que tiene en su regazo siempre había sido dulce y gentil toda su vida, poco dado a la violencia. Y de hecho la única vez que lo viera molesto fue ese día de verano que tuvo la mala suerte de tener una feroz pelea de la que ella salió perdiendo. Sin embargo, fue porque en ese momento sus prioridades eran otras y la obligaron a cuestionarse si era ella o Lori lo que mandaba sobre él. Ahora, la situación era diferente, y cualquier idea de aprovechar su vulnerabilidad se convirtió en polvo.

-No tienes por qué estar así -dijo Paz, queriendo dar consuelo-. Tal vez no sea como ella, pero… cuando quieras, mi puerta está abierta.

-¿En serio? -preguntó Bobby, dudoso, mientras se alzaba para verla de frente.

-Puedes contar conmigo para lo que sea -añadió Paz-. Mientras estemos juntos, puedes…

"… confiar en mi", estuvo por terminar mas las palabras murieron en sus labios, pues estos, en cosa de un segundo, fueron presa de la ansiosa boca de Bobby.

Paz, sorprendida, correspondió el gesto, dudando de sus palabras antes de empezar a sacarse la ropa y entregarse por completo.

Bobby, por su lado, tenía en mente todo lo dicho por él a Lori aquella mañana, cediendo poco a poco a sus más primitivos impulsos por primera vez en su vida. Sin embargo, y contrario a lo que muchos esperarían, el acto no le hizo perderse del todo, pues había un gran remordimiento que, de momento, era sobrepasado por una necesidad.

Durante lo que le parecieran horas, se dejaron llevar. Las horas trabajando en el Mercado ya empezaban a mostrar sus frutos dándole a Bobby una buena resistencia y un ritmo que a otros más experimentados les parecería flojo pero consistente. Al latino le interesaba poco el "¿qué dirán?", enfrascado en desahogar sus penas y empezando a disfrutar de la experiencia.

Paz se sentía por completo realizada. Una parte de ella, supeditada por el deseo carnal que afloraba cada vez más a cada segundo, deseaba que esto fuera para siempre. Era doloroso, pero con cada arremetida que empezó a darle Bobby estando tendida sobre la cama se sentía dichosa. Llegó a un momento en que todo rastro de razón se desvanecía para dar paso contundente a una ola hormonal que se desató algo que no esperaba.

-Ay… ay, Bobby… -alcanzó a gemir, apenas audible-… te… ¡Ay! ¡Te amo!

Sintiendo la familiar sensación de venirse, Bobby escuchó claramente esas palabras. Y mientras eyaculaba dentro de Paz, se dejaba caer con pesadez. Algo en su subconsciente hizo "click", pero entre la intensidad con que había llegado al orgasmo en su primera vez teniendo sexo y el cansancio al haber estado un buen rato ella acostada y él encima, no hubo muchas palabras.

Luego de una media hora, con Paz dormida y enredada sobre él y estando desnudos, recobró el sentido por completo. No se le entregó a Lori. Lo hizo a alguien que le daba el respeto y la empatía que Lori no le ofrecía y necesitaba pero con la que dejó las cosas claras desde el principio. Y no solo eso. Siente que traicionó por completo a mi novia yendo directamente a casa de una abierta enemiga suya, aceptando todas sus atenciones y descargando sus propios deseos e impulsos en la persona a la que menos quería herir, con su única amiga en toda la ciudad.

Por unos instantes, se sintió una basura, pero algo en su mente le decía con claridad que no era tiempo para lamentaciones. Si, cometió un error. Uno muy gordo. Pero, aunque se siente mal, quiere creer que no hizo tanto daño si lo hubiera.

-Perdóname, Lori -dijo Bobby, una vez que se pudo zafar del agarre de Paz.

Viendo que su anfitriona intentaba buscarlo, le puso la almohada que usaba para que, pensó, ella no se sintiera tan sola. Acto seguido, buscó ropa a tientas y se la puso lo mejor que pudo sin importar demasiado si se sentía fresco abajo y salió tan silencioso como pudo.

Le tomó mucho volver a una zona que le fuera familiar, pero todavía estaba lejos de casa. Por momentos llegó a escuchar el silbido de una ráfaga sobre su cabeza o el grito de un sujeto maldiciendo a alguien antes de vaciarle el cargador. Poco le importaba, pues se sentía con la urgencia de buscar un refugio y esperar a que llegue el día.

Llegó a una calle bien iluminada, pero alguien le dio alcance por la izquierda que no alcanzó a ver.

-Oye -llamó el interceptor-, saliendo de noche, ¿no?

-¡Déjeme en paz! -exclamó Bobby.

En el acto, su interlocutor lo empujó contra la pared. Delgado, con rastros de tinte en el cabello, piel que se veía amarillenta a la luz de las lámparas y con una dentadura bien cuidada pese al aire agrio que desprendía. Oliendo, este se percató de una fragancia muy particular y que Bobby ignoró que se impregnó en su piel.

El perfume floral de Paz.

-Se ve que te divertiste, ¿no? -preguntó el asaltante- Dime dónde vive tu puta para ver qué esté bien -añadió con lujuria-. Seguro está bien bue...

Un disparo y el individuo se retorcía de dolor sobre el suelo entre chillidos y maldiciones. A lo lejos, Bobby veía ya a algunos militares trazando el perímetro antes de que pudiera decir nada.

Tardaron todavía dos horas para que pudiera ir a casa. Pasaron por el hospital de San Antonio para un examen médico breve, pero en cuanto terminó eso y hubo un breve interrogatorio del que apenas y tuvieron respuestas, lo dejaron enfrente del Mercado, entró y en el proceso botó la prenda que tomó para cubrirse abajo apenas la viera, siendo esta una falda roja entablillada con lunares blancos que quedó en la puerta del departamento 2-B antes de ir a su cuarto y echarse a dormir, teniendo pesadillas donde Lori lo juzgaba de mil y una formas, mismas de las que se repuso tomando un baño helado al amanecer.

Durante la mañana, una vez que Rosa lo despertó pese a dormir solo tres horas,y buena parte de la tarde lucía desganado, cosa que advirtió la anciana. Una pena que fuera por las razones equivocadas.

-Roberto, m'ijo, te ves horrible -dijo Rosa, sirviendo en el desayuno unos sopes, tortillas gruesas y con bordes cubiertas con manteca, frijoles, salsa y queso-. ¿No te andas manoseando de nuevo, cochino?

-Déjalo, Rosa -defendió Héctor-. Seguro ya no alcanzó a llegar del lugar a donde fue ayer y se quedó con un amigo para llegar hace rato.

-¿Pues dónde te agarró el toque de queda? -insistió Rosa.

-Déjalo, mujer -espetó Héctor-. Todavía que descansó del Mercado y amaneció cansado.

-¿Quién se quedó anoche? -bostezó Bobby queriendo atajar.

-Carlos y Carlota -respondió Héctor-. Ya era hora de que Carlota le entrara a trabajar en él. ¿Y qué tiene que Bobby se manosee? -añadió- Tarde o temprano todos los hacen.

-Carlos jamás lo hizo hasta el día de su boda -respondió Rosa mientras Frida se sonrojaba demasiado.

-¡Qué asco! -replicó asqueada Ronnie Anne, secundada por CJ. Carl y Carlitos, por su parte, ni siquiera entendían bien a qué se referían los mayores.

-Es algo natural, supérenlo -dijo Frida, quien ya se veía tensa por no poder dedicarse tanto a sus artes.

-Eso no es tema de conversación en esta casa -sentenció Rosa-. Mejor terminen de comer antes de que se enfríe.

Apenas cambió el turno en el Mercado, Bobby se quedó un rato con Carlota. Esta, bastante comprensiva en estos días, decidió darle espacio a su primo y se encerró en la bodega.

En cuanto trató su frustración trabajando, Bobby se centró tanto inventariando los anaqueles del pasillo de abarrotes cuando Paz apareció en la puerta.

-Disculpe -dijo esta al ver a Carlota en la caja en cuanto terminó de limpiar la bodega-, ¿está Roberto?

-En los abarrotes -señaló Carlota.

Con ganas de echarle en cara a su prima que no debió decir eso, Bobby se concentró en lo suyo mientras veía a Paz de reojo. En sus manos vio que esta traía una bolsa traslúcida que dejaba ver ropa por contenido. Ocupado como estaba con las latas de conservas en almíbar, hizo lo posible por ignorarla.

-Te… traje la ropa que dejaste anoche -dijo Paz, algo apenada.

No obtuvo respuesta.

-Mira… -continuó-… sé que lo de anoche fue…

-¿Qué pasó anoche? -cuestionó Bobby, teniendo en cuenta que Carlota podría estar escuchando.

-Bobby, no entiendo por qué actúas así -reprochó Paz, mostrándose afectada.

-No pasó nada entre nosotros, ¿si? -respondió Bobby, levantándose y sacándola a la calle-. Solo se me hizo tarde y me detuvieron cuando venía para acá.

Sin decir nada más, Bobby tomó el trapo y el rociador de mano con el que limpiaba las latas del anaquel y se dispuso a empezar con las ventanas.

-Bobby, solo quiero que sepas que…

-¿Qué sepa qué? -cortó Bobby en voz baja, esforzado en mantenerse tranquilo- ¿Que cometimos un error? ¿Qué podríamos… quedar mal si alguien se entera? ¿Y qué tal si las cosas se van al diablo? -añadió algo alterado, recomponiéndose- Ya tengo bastantes problemas aquí como para que algo así termine por arruinarnos. Lo mejor que podemos hacer es fingir que nada de eso pasó y seguir cada quien con sus asuntos, ¿de acuerdo?

-No te entiendo -dijo Paz, apenada.

-Entonces seré breve. Hagamos de cuenta que jamás pasó nada -expuso Bobby con tranquilidad-. Les dije que me quedé en el dojo de Par y me asaltaron, por eso llegué con lo que salí de… de allí. Mira… igual si fuéramos nosotros no hubiera funcionado, y mi familia conoce más a Lori que a ti. Para lo que debería de importarles prefieren hacerse a un lado, pero para meterse en mi vida privada son demasiado buenos y creen que… creen saber lo que me conviene.

-Bien… entiendo -suspiró abatida Paz-. Nunca se trató de "nosotros" sino de… de "ellos" -señaló Paz, desilusionada.

"Allá van mis sueños de quedarnos juntos", pensó con amargura mientras le daba la bolsa con su ropa y su teléfono.

-No es lo que…

-Ten -dijo Paz con el semblante caído-. Hojas de lavanda en la secadora por ocho minutos en la centrífuga y plancha ajustada para algodón. La vas a necesitar mucho.

Una vez entregada la bolsa, Paz dejó el local y salió corriendo sin importar demasiado si la gente a su paso

-¿Qué fue eso? -preguntó Carlota, asombrada en cuanto entró su primo.

-No pasó nada aquí, ¿me oyes? -dijo Bobby con naturalidad.

-Solo dime qué fue lo que…

-¡No pasó nada entre ella y yo! ¿si? -explotó Bobby- Estoy harto de que se metan en mi vida personal y crean saber lo que necesito cuando no tienen ni idea de eso.

Bobby lo desconocía, pero la actitud de Carlota no era para nada curiosidad para el chisme. Si bien su situación no le interesaba mucho si no era quién se quedaba a cargo, ahora las cosas habían cambiado. No para bien todas, pero si había una que lo hizo para bien fue la actitud de la chica. Y por mucho que le doliera reconocerlo, las cosas escalaron. Ya no era tanto la diva influencer de origen sencillo que renegaba del negocio familiar, sino alguien más enfocada a los suyos por mucho que sus propios hermanos fuesen tercos al grado de que Carlitos empezaba a verla más como una figura materna que a su propia madre.

La discusión, primero con Paz y luego extendida a Carlota, así como los eventos de la víspera, provocaron fuertes cambios en Bobby. Primero, Paz ya no frecuentaba tanto el Mercado si estaba Bobby en turno o en el piso de venta, y de estarlo lo evitaba tanto como era posible, hablando solo lo necesario. Aunque él agradecía la compañía, la primera vez que se encontraron después fue algo incómodo. A ella se le olvidó comprar una bolsa de verduras congeladas y un litro de leche, pero el trato llegó incluso a ser algo distante.

Luego, durante la cena con Héctor en la noche, Par hizo su arribo. El repartidor, notablemente desmejorado pese a mostrar un aspecto más duro, le comentó que todas las rutas fuera de la ciudad estaban cada vez más llenas de refugiados, entre exiliados y desesperados, a los que se les hacía más fácil asaltar los convoyes con carga o asolar las granjas de la periferia con tal de tener comida que ir directo a alguna otra ciudad como refugiados. En algún momento de su charla, Par le preguntó si había visto a Lori, recibiendo en respuesta un puñetazo del latino en la cara, disculpándose luego por la actitud grosera con la que reaccionó.

Creyendo que se trataba de una mayor insistencia de Bobby por masturbarse, Rosa estuvo a nada de hacerle un ritual de purificación con un manojo de hierbas y un huevo que le pasaría por todo el cuerpo, pero una fuerte exclamación por lo que vio durante la sesión la hizo desistir de darle ese tipo de ayuda y limitándose a sus rituales de protección y buena suerte sobre la gente del edificio. Al poco rato, Maria intentó calmarla alegando, con justa razón que la matriarca se negó a aceptar del todo, que todo el asunto era un proceso natural y solo estaba haciendo lo que cree necesitar en esos ratos a solas.

Último de todo ello, y eso preocupó a Ronnie Anne, el aspecto abatido y el hablar pesaroso que exhibía cuando lo hacía. Esto bien pudo contagiarla, pues así como a él le desagradaba que se metieran con ella, a esta le disgustaba que su hermano se guarde algunas cosas con las que puede tratar. Sin embargo, cuando probó preguntar, Bobby simplemente le dijo que se mejor evite meterse en los asuntos ajenos.

Entre una actitud hosca y aletargada, Bobby pasó todo el día en el Mercado, pero al mediar la tarde y al caer la noche estuvo meditando mucho lo que iba a confesarle a Lori. Estuvo meditando por largo tiempo hasta que, de la nada, su laptop estuvo sonando con la notificación de alguien esperando a abrir el videochat.

-¡Hola mi amor! -dijo Lori tratando de poner energía -¿Te encuentras bien?

-Hola Bebé -saludó Bobby, poniendo mejor cara-. Si, es solo que…

-Mucho trabajo ¿cierto? -preguntó Lori, sonando algo casual cuando está no estaba ni remotamente tranquila.

- Sí, es eso -contesto Bobby, queriendo evadir el tema.

-Descuida. Si literalmente no quieres hablar de ello podemos hablar de otra cosa -resolvió Lori-. Por ejemplo hay algo que debo de hablar contigo.

Lori paso a contarle lo que su abuelo les informo sobre el lugar donde estaba Clyde. Según le contó Lincoln en una de las pocas veces que habló con alguien que no fuera Lori, la casa de campo donde se refugiaron los McBride está a las afueras, a unos minutos de Bad Axe y cerca de Imlay City.

La zona, según una vista satelital al momento ya estaba declarada como una zona de muerte para los carnívoros, lo que se traduce en que era el sitio predilecto donde estos solían cazar sin distinguir si eran grandes dinosaurios, masivos lobos o incluso la ya menguada fauna nativa que no había sido extinguida del estado como comadrejas, lobos grises y perros ferales. Esto encogió el corazón de Bobby, pues Clyde le había caído bastante bien el día de la Feria del Condado y aún en el recorrido por la Casa de los Sustos con la maestra Bernardo.

-Por Dios -dijo sorprendido Bobby-, pobre chico. Pero ¿están seguros de que está muerto?

-Lincoln no ha recibido respuesta de él -contestó Lori, algo consternada, entendible siendo que ella era su amor platónico-. Y eso fue hace literalmente más de un año. Pensé que era por motivos de internet u otra cosa, pero tiene sentido que un espacio así sea reclamado por dinosaurios.

-Es verdad -afirmó Bobby-. Aquí no tenemos muchos de ellos, pero de tanto en tanto uno entra a la ciudad y digamos que es cuando las carnicerías aumentan sus ingresos.

Por un momento se vio tentado de contarle de lo ocurrido con Carlota y ese gran carnívoro. A él le sorprendió de forma poco grata que su prima y su proclamada némesis, Cindy Tran, estuvieran como si nada. No quiso decirle nada a nadie, pero él mismo vio la transmisión en el canal de la asiática porque Carlota cortó su propia transmisión y pudo atestiguar el horror de esa noche. No le dijo a nadie, pues, y asumió la resolución de Carlos como respuesta natural para ya no hablar más del asunto. Por lo tanto, optó por reservarse el incidente y mantener animada la charla antes de lo inevitable.

Lori se rio con el comentario sobre las carnicerías y, de cierta forma, eso ayudo a alegrarla un poco. Tras eso siguieron hablando un rato de diversos temas hasta llegado un punto, como un día que Carl estuvo viendo a un pequeño microrraptor ser perseguido por Lalo un día que se escapó de la casa o de cómo fue que Leni armó todo un guardarropa para Lily usando como base ropa vieja de Luna, Lynn y Lincoln que ya no les quedaba.

Había terminado de contarle que la semana pasada se quedó viendo una película con Ronnie Anne para que él no tuviera pesadillas cuando su semblante tomó un aire algo triste, casi melancólico.

-Oye Lori. Hay algo que debo de hablar contigo -dijo Bobby con un tono de voz tensa.

-¿Qué sucede? -preguntó la rubia.

-Bueno… No sé cómo decirte esto… Pero…

-¿Pero?

-Pero quiero decirte que volveré a ti pase lo que pase. No importa que haya afuera o si debo vencer a un ejercito o a quien sea para estar a tu lado mi amor. Y cuando eso pase será para siempre. Formaremos una vida juntos y nada podrá separarnos. Y si Royal Woods esta arruinada entonces la reconstruiremos juntos.

-¿Hablas enserio mi amor? -preguntó ilusionada Lori, casi con lágrimas, a la par que se oía una gran agitación en el pasillo de los Loud.

-Te lo prometo y te lo juro en este momento.

En ese momento, Bobby vio en pantalla que el abuelo de Lori, Albert, entro corriendo al cuarto tras abrir la puerta de golpe.

-¡Lori, arrójate al suelo! -dijo el veterano, tomándola de la mano y lanzándose al piso con ella.

- ¡¿Bebé?! -grito Bobby alarmado- ¡¿Qué pasa?!

Lo último que vio Bobby por la pantalla fue el rostro de Lori caer con estrépito de la cama y, por la ventana de su cuarto, un destello verde y morado que ilumino el cielo nocturno y el cuarto de Lori. Acto seguido, la transmisión se cortó poniendo fin a la llamada. No lo sabía, pero era el mismo destello que se podía ver desde varios edificios altos en la ciudad, mismo que llenó a los pocos testigos de ello de un asombro inquietante.

-Agh, ¡rayos! -oyó maldecir a Carl- ¡Eso fue genial y me lo perdí!

-¿Qué fue eso? -escuchó decir al señor Nakamura.

-¡Ya te dije que te fueras a dormir! -gritó Héctor, molesto, desde la puerta del Mercado.

-¡Estoy en mi cuarto! -gritó alarmada Miranda desde su departamento- ¿Qué pasó?

-¡Perdón! Creí que era Roberto -suspiró Héctor en voz alta-, ¡pero Rosa les dijo que no llamaran a nadie después de las nueve!

El silencio se hizo sepulcral en su cuarto. Como si el destino lo hubiese querido así, Bobby se desesperó en cosa de minutos y casi lanzó por la ventana su laptop. En lugar de ello, al haberse contenido, fue golpear la pared que daba al exterior.

Las semanas siguientes se la pasó con el ánimo decaído. No miserable, pero la preocupación por Lori lo orillaba a menudo a saltarse comidas, dormir poco y en horas poco adecuadas. En una de esas oportunidades, habiendo contratado Héctor a los amigos de Ronnie Anne como personal de seguridad, llegaron incluso a gente que logró saquear de nuevo el Mercado, lo que le ganó una paliza con el cinturón.

También se redujeron aún más las visitas de Paz. De hecho, estas se pasaron a los días en que estuvieran Carlos o Carlota en piso, y dado que el académico no le era precisamente agradable al ser su tutor en línea y la hija de este se mostraba un tanto insistente, terminó por dejarle las cosas claras y le convenció de que no pasó nada entre ella y Bobby, y esto no lo olvidó la chica Casagrande.

Unos días más y ya mediaba febrero en su segunda mitad. El frío seguía presente en el ambiente, y luego de haber pasado un conflictivo San Valentín las cosas siguieron su curso. Para entonces, sesiones de charla y una leve flexibilización en sus horarios por lo mal que Bobby dormía mediante, estaba mejor. No tan bien como quisiera ni tan mal como debiera, pero algo era algo y, así las cosas, para muchos ya era bien lo que se apreciaba bastante, pues su actitud mejoró lo suficiente como para que volviera a estar en cajas.

Ese día en concreto ya estaba cerca de mediar el día. Ocupado como estaba, atendía a Greta, la pelirroja maga de la cuadra. La susodicha, vestida de forma muy casera al no haber ya fiestas infantiles que animar -una camiseta púrpura y pantaloncillo negro a medio muslo- llevaba su racionamiento de la semana y un par de cosas extra, lo que a muchos otros clientes les hacía dudar de si en verdad vivía sola o si, de plano, estaba acaparando, cosa que no era para nada un delito pero que la gente, sobre todo los que aún tenían familiares que presenciaron y sufrieron el Jueves Negro, el Crack de 1929 y los días de la Gran Depresión, veía con muy malos ojos.

-Vamos, no tengo todo el día -urgió una mujer castaña en sus cincuentas, misma que llevaba poco menos para su propio consumo que cualquier otra cosa.

-Si me pagaran por cada acaparador que lleva más de lo que necesita -alegó molesta una mujer afroamericana detrás de la primera, más joven pero que tenía a su cuidado a un viejo senil al que empujaba en su silla de ruedas-, le daría mis razones para que no guarde tanto.

-¡Dese prisa, joven! ¡No tenemos todo el día! -terció un hombre bajito tras la segunda mujer, vestido más como si de un aristócrata yendo a una regata se tratara.

-¡Hago lo que puedo! -protestó Bobby tras el mostrador- Bien, temo que tendrás que dejar el medio litro de crema ácida o un paquete de toallas -señaló-. Llevaste la semana pasada y tocaría que recojas un nuevo en tres días.

-¡Estoy en mi periodo! -objetó Greta, molesta más producto de sus líos hormonales que por otra cosa- ¿De verdad no puedes hacer nada? Estoy en mi última toalla y no puedo usar ninguna copa.

-Lo siento, pero es una u otra -acotó Bobby.

-Bien, dejo la crema… -dijo Greta, aceptando de mala gana y pagando por las toallas sanitarias antes de irse.

-Necesito que me acompañes -dijo Frida, entrando al tiempo que la pelirroja salía-. Se nos acabó la carne y no voy a poder con todas las bolsas, m'ijo.

-Todavía me falta una hora para salir -objetó Bobby.

-Le dije a Carlota que te cubra -contestó Rosa-. Nada más baja y ya nos vamos.

Dicho y hecho, Carlota había bajado para cubrir a su primo. Cubierta con su habitual vestido celeste y un delantal de color amarillo canario, se ocuparon de ir primero a una carnicería a diez minutos en el subterráneo.

En el lugar, Bobby no hizo sino tratar de adaptarse a lo que sus ojos veían. En lugar de varias de las canales de reses, corderos y cerdos a la espera de ser trozados y preparados para consumo, algunos de estos fueron reemplazados por los cuerpos algo correosos de dinosaurios lo bastante grandes como para reemplazar incluso a un gran toro o al mayor de los verracos que pudieran encontrar. En una de las mesas, un mozo quitaba paciente las escamas, cerdas y plumas a un psittacosaurio, un pequeño dinosaurio herbívoro con pequeños apéndices protuberantes a los lados del rostro y un pico de loro de tonos entre amarillentos y pardos, mientras que otros dos se afanaban en despachar, sin distinción, lo mismo un costillar de cordero que piernas y muslos de algo que, agradece, prefiere no indagar a qué le pertenecían.

Como le contó a Lori en su momento, varias de las cosas que adquirieron fueron prácticamente gratis, para despertar un poco los celos de algunos clientes, mientras que otras tuvieron un descuento bastante significativo sin llegar al costo que salía de la producción y preparación. Las ventajas de ser propietarios de un negocio que fuera designado centro de distribución, una vez más, quedaban patentes. En cada oportunidad que ha tenido de usar esos beneficios lo ha tratado de hacer con discreción, pero las veces que Rosa lo hizo acompañarle eso no importaba demasiado. "Mientras más se pudiera aprovechar, mejor", era la idea en la mente de la matrona, extensible a cualquier oferta y beneficios que su situación pudiera reportarles. En cuanto a Frida, quien ya pasó por el trance de haber perdido amigos entre el saqueo e incendio de la galería Espaci-Arte y haberse puesto del lado de Rosa con lo de la muerte de Ernesto Estrella, siempre cabe aplicar la frase "no culpen al mensajero". O en este caso, al mandadero, si no llegaba a casa lo que se le pidió.

Mientras iban de nuevo bajo tierra para ir al mercado de pescados, Frida le tomó la temperatura y palpó su brazo derecho.

-¿No te habrás manoseando de nuevo? -preguntó inquisitiva Frida.

-No, para nada -respondió Bobby.

En respuesta, la artista solo entrecerró los ojos, desconfiando.

"Si supieras lo que hice…", pensó Bobby con nerviosismo.

-Te ves raro -razonó Frida-. De hecho, te ves raro desde hace un mes.

-¿Y eso qué? -minimizó Bobby.

-Te ves como si te pasara algo que no quieres contarme.

-Exageras.

-¿Tiene que ver con que…?

-No es nada, tía -insistió Bobby.

-¡A mí no me niegas nada! -cortó Frida, sacando de su bolsa de mano una bolsita con dulces de aspecto un tanto extraño, tomando uno y dándole el mismo en la boca- Debe ser que quieres pescar un resfriado.

El dulce, al que Bobby no le prestó atención, tenía azúcar en la cubierta. Al morderlo (y escuchar de Frida un "¡No lo muerdas!" seguido de una palmada en la nuca), el sabor era un poco más abrasivo y un tanto refrescante, como una pastilla de menta con algo que no podía identificar.

-No te tienes que malpasar, m'ijo -reprochó Frida en cuanto salieron de la estación de la calle Rivera entre una auténtica muchedumbre de la que no se fijaron bien-. Es malo para tu edad que pases mucho tiempo sin… ¡Oiga!

-Disculpe -dijo la persona que chocó por detrás de Frida, una mujer blanca de suéter y falda verde hoja y cabello rojizo que estaba enmarañado que a Bobby le parecía muy familiar por el timbre de voz, bastante cansada a juzgar por cómo sonó.

-No importa -dijo Frida con algo de desdén-. Se lo he dicho a Carlos desde que empezamos a salir. "No te pases largo el día", y lo primero que hacía era comer fuera de horas y…

-¡Quítese! -dijo una segunda persona, bastante más gruesa y baja de cabello rizado que parecía haber adelgazado por los rigores de su viaje, empujando a Bobby y echándolo por tierra.

-¡Pues usted fíjese por donde va! -recriminó Frida- ¿Estás bien, m'ijo?

-Si… -trastabilló Bobby, buscando levantarse.

-¿Bobby?

La voz tras ellos llamó la atención del chico y giró sobre sí. La adolescente que ya estaba frente a él resultó ser Carol Pingrey, pero su aspecto daba pena solo de verla. La ropa, aunque sucia de dos días, apenas y ocultaba las señas de las privaciones que podría haber pasado en Royal Woods. En su cara se apreciaban notablemente unas ojeras y, cosa muy inusual incluso de la antaño chica más popular de la preparatoria, unas patas de gallo que se antojaban más en una cuarentona solterona.

-¿Y quién es esa? -cuestionó Frida, molesta por un nuevo empujón.

-Es una a… -respondió Bobby, cortándose para corregir-… conocida. Íbamos en la misma escuela. Ya sabes, antes de dejar Royal Woods.

Sospechando, Frida solo los dejó un poco. Ya quisiera saber cómo lo tomará la familia si esa chica es una "novia secreta" con la que engañaba a Lori bajo sus narices.

-¿Qué haces aquí? -preguntó Bobby, ansioso mientras le tomaba los hombros a la recién llegada- ¿Cómo has estado? ¿Y dónde está…?

-¡No la agites! -exclamó Frida, sin darse cuenta de que alguien más pasaba tras ella- Nunca es bueno que le preguntes nada a nadie tan de repente. ¿Te sientes bien? -preguntó volviendo su mirada a Carol con gran desconfianza.

-Si, no se preocupe -respondió Carol.

-Dime cómo está Lori -insistió Bobby-. ¿Por qué viniste?

-No… no es algo que me guste recordar… -respondió Carol, bajando la mirada.

~x~

17 de enero

-¡Dejen todo! -llamó a gritos una vecina desde la calle- ¡Ya viene Ryker!

El ambiente no podía ser más agitado. Si de por sí tener las cosas listas en mochilas, bolsas, maletas o listas para cargar incluso en vagones de los niños para una evacuación ordenada, tener que hacerlo en un residencial acaudalado que hasta el día presente no conocía demasiado la adversidad y con posibilidades muy altas de salir heridos nunca ha sido una opción que ni el más desesperado podría tomar.

No podían esperarla por más tiempo. Hasta donde supo, le tomó mucho tiempo entender que las luces de varias noches atrás y la "muerte" de todos los aparatos eléctricos y electrónicos estaban vinculadas. Pese a ello, su familia estaba plenamente confiada de que la resistencia al ataque que los hombres del pastor Ryker podía aguantar en la periferia del residencial Huntington Manor. Sin embargo, la realidad les dio una buena sacudida que no previeron.

El "plan de campaña" que uno de los ancianos del asilo, alguien bajito y bastante miope que Carol recordaría de una jornada de voluntariado escolar en el asilo, era dejar que el residencial se convirtiera, en el ala norte, en una "zona de muerte" para las tropas montadas que Ryker dirigía personalmente. Por desgracia, los defensores eran pocos y, para colmo, la mitad desertó hacia el pastor, convencidos de que su causa era más razonable que las del sub-oficial superior Reynolds. De última hora, en el vecindario más acomodado de Royal Woods, la trampa se convirtió en una carnicería.

No había modo de pedir ayuda. El caos y la confusión que esperaría de las películas de zombies que vería el hermanito de Lori, pensó con consternación, ya los estaba viviendo de primera mano, y ni bien salió de la casa se escucharon los primeros silbidos de las balas y las flechas que se habían perdido. En algún momento perdió a sus padres de vista solo para ver que la casa donde estuvo toda su vida, producto de algún empleado resentido o algún inadaptado que por fin encontró acomodo, ardía en un brillante fuego. Todo orden se había ido al demonio en ese momento.

Le tomó un rato a los Pingrey, padre e hija, alcanzar la avenida Franklin, la calle más directa a la salida de Lansing, pues su madre les dijo que iría a la dicha salida. Dado que no tenían ya un auto funcional y las pocas cosas que cargaban eran mayormente ropa, joyería y comida para un viaje que se antojaban muy corto, no veían ya ningún sentido más que el de recoger o avisar a quien pudieran auxiliar. Las pocas casas con residentes que quedaban tenían a muchos de sus habitantes ya en plena estampida con tanto orden y concierto como ellos, mas algunos ya habían sido alcanzados por las balas perdidas de los campos de batalla.

En una de las casas, no recordó bien el número, veía asomada la cabeza blanca del hermano de Lori, Lincoln, y a esta asomando la cabeza por la puerta.

-¡Vámonos, Lori! -voceó Carol, aterrada- ¡Tenemos que irnos ya!

-¡Abandonen sus casas! -oyó vocear al director Huggins- ¡Corran! ¡Corran por su vida! -añadió, siendo alcanzado en la cabeza por una bala que le dio de lleno en el torso.

-¿Qué pasó? -preguntó Lori, alarmada.

-¡Todo se perdió! -respondió Carol- ¡Tomaron mi casa y la incendiaron!

-¿Y a dónde vas?

-¡A Great Lakes City! ¡Nos vamos de aquí!

-¡Vuelve dentro! -gritó una voz bastante mayor para ser de una mujer.

-¿Vienes? -ofreció Carol, preocupada.

-Tenemos que esperar a mi abuelo -contestó Lori.

-Nos vamos en media hora -dijo el señor Pingrey, que se despojó del suéter azul y se secó el sudor-. Vengan ellos o no, ¡vamos!

Vio por un segundo a su antigua rival. Aunque resuelta, la realidad es que los hechos abrumaban a toda su familia. Lo más que algunos de los Loud hacían era asomar con cierto nerviosismo y esconderse esperando noticias.

~x~

Con premura, Carol -sentados ya afuera del Mercado- dijo se arrepintió de lo que hizo ese día al abandonar a los Loud, pero con todo y eso fue el menor de sus males. En las siguientes semanas, para concluir su relato, ella y muchas otras personas padecieron de la hambruna, el frío y los depredadores que no migraron. Prueba de ello habían sido las gemelas Farrell, presa de una pareja de lobos gigantes, o el propio señor Bolhofner, que en principio vivía en las afueras y se las arregló para estar un tiempo en tregua tensa con la entrenadora Keck antes de verse mutilado al querer escapar de un Utahraptor al que, una vez muerto, le cortó una garra de sus patas como trofeo que le colgaba al cuello.

-¿Y qué pasó con Lori? -preguntó Bobby con necedad- ¿Por qué ya no se ha conectado? ¿Ya se encontró a otro? -añadió con una fuerte sospecha.

-Bobby… días antes de lo… de Ryker… pues…

-¡Dime o voy a…!

-Una noche vi unas luces en el cielo -contestó Carol, apenada-. Los aparatos murieron, se… ya no volvieron a encender. Por eso nadie de Royal Woods se conectó a internet. Y los Loud… no lograron salir.

-¿QUÉ?

-Me quedé con mis papás dos horas más antes de escapar para esperarlos -respondió Carol-. No lo lograron. Ni ellos, ni Errol… -añadió, pues su novio había desertado de los cuerpos de voluntarios para ponerla a salvo.

En los días siguientes, los ánimos de Bobby se derrumbaron por completo. Las pocas personas a las que interrogó luego de dejar sola a Carol le dieron noticias igual de desalentadoras, añadiendo algunas cosas que llegaron a rayar en la brutalidad por momentos, y entre los que escuchó él y lo que algunos más respondieron a Ronnie Anne no hizo sino confirmar noticias de verdad funestas.

-Incendiaron las escuelas -objetó la directora Ramírez, una mujer latina que llegó al Mercado al día siguiente y se arrastraba muy a duras penas con un bastón hecho con una rama de roble-. Me hice cargo de muchos de los estudiantes de secundaria que perdieron a sus padres y no quedaron muchos.

-¿Y qué me dice de los Loud?

-No había nadie de ellos.

-¿Los Loud? -preguntó Joey, de la banda de guerra de la preparatoria, solo y famélico mientras daba cuenta de una lata de salchichas que Héctor le regaló de mala gana- V-vine con esa chica de copete azul. D-dijo… -añadió atragantándose un poco-… que no vio a nadie salir de su casa. Que nadie en Franklin pudo haber sobrevivido si Ryker pasó por ahí.

-¿Dijiste Loud, niña? Vi a los hombres de Ryker -dijo una mujer asiática de lentes, con la ropa azul y negra hecha girones mientras refrescaba a una niña algo más alta de lo que a Ronnie Anne recordó a Rusty, misma que dormitaba en su regazo, que se presentó como Judy Zhau-. Mi Stella dijo que vio a una chica rubia como de dieciocho quemarse hasta morir cuando quiso ir por ese chico, Lincoln… no creo que él haya sobrevivido como sus amigos. Se nos pegó el niño de los Gurdle. ¡Pobres! Eran raros, pero todo lo que operaban funcionaba con electricidad y quedaron atrapados como debieron quedarse los Loud…

-Le dije a los Helmandollar que me siguiera -apuntó nerviosa la maestra Shrinivas, del preescolar-. Darcy le gritó a sus padres que no podían irse sin Lisa…

-Esos malditos saquearon mi granja -jadeó agotada Mimi Hunnicut, la primera persona que Ronnie Anne conocía bien-. Le dije a mi hijo y mis nietos que vinieran aquí, pero solo llegó Liam con el caballo. Mi granja, ¡todo se perdió! ¡Esos bastardos me quitaron todo! -agregó antes de colapsar por el llanto.

-Por mi, es mejor así -respondió Chandler McCann, que a juzgar por su aspecto pasó mejor que muchos por los rigores de la marcha-. El tarado de Dombrowski vivía frente a Lincoln Lelo y dijo algo de una casa en Franklin que ya se estaba quemando.

-Quise pasar por Leni y sus hermanos, pero una vecina que luchaba para Ryker mató a mi papá…

-No estoy segura -dijo la maestra Johnson a Ronnie Anne mientras le dejaban tomar una ducha en uno de los apartamentos vacíos-. Tal vez se fueron con los ancianos del asilo Cañón Sunset al sur…

Testimonios así y otros más terminaron con las pocas esperanzas que Bobby tenía de tener buenas noticias de los Loud. Todos coincidían en que nadie sobrevivió a la gran batalla que le llegaron a describir y, ayuda de Ronnie Anne mediante, le describieron.

Tomando los distintos testimonios, creyó haber armado una historia más o menos convincente. Las tropas de Ryker, si Bobby concluyó bien y acertó, empezaron su ataque aprovechando que unas luces que dejaron en silencio la zona al 19 de enero por la noche. La misma fecha en que, recordó, fue la última vez que habló con Lori. La lucha en el campo se encarnizó, continuando al amanecer del 20 con asaltos a las granjas y la purga de los que no cedían sus bienes de buen grado o de plano se opusieron, el traslado de la lucha a las calles y, eventos y horas más o menos, la caída de Royal Woods al tercer o cuarto día dependiendo de a quien le pregunte.

Bobby miró su calendario. Habían pasado ya dos días desde que llegó a interrogar a Pam, su antigua compañera de la tintorería. Esta le había dicho que no conocía personalmente a los Loud, que solo trataba con Rita por algunos encargos para los desfiles de Lola, y dejó incluso de comer, como si la pena lo hubiera hecho caer por tierra.

Le llegó a llorar a Lori en particular. Sin rodeos, inclusive Carl llegó a intentar animarlo, aunque lo cierto es que el niño le reprochó haber abandonado a Lori y no quedarse en su lugar porque lo suyo, su relación con Lori, tenía tanto futuro como una cucaracha en la cocina.

Una vez se calmó por fin luego de dos días de llorar por los Loud, ya en la madrugada, Bobby se levantó titubeante y caminó a trompicones a la cocina. En su silencio, la sola idea ronda por su cabeza, martillando cada rincón que pudiera haber hasta dar con una obviedad.

Recordó una clase de la maestra Bernardo. Leyendo a Shakespeare, la tragedia de Romeo y Julieta le parecía, como a todos, la cumbre más alta que el romanticismo Isabelino alcanzó y que jamás volverá a levantarse. Un fraile, acompañando a uno de los criados de los Montesco, había llegado demasiado tarde al fatal encuentro entre el joven Montesco, envenenado y la bien amada Capuleto, apuñalada por su propia mano. En eso, por desgracia, vio un crudo paralelismo con su situación.

"Esto es por Paz, ¿verdad?", preguntó doliente para sí mismo Bobby, buscando entre los cubiertos y utensilios algún cuchillo bastante afilado. "¿Es por ella? ¡Sí! ¡Lo es! ¡La pusiste en mi camino y dejaste que me llevara a su cama, maldito viejo demente! ¿Eres bueno? ¡¿Lo eres?! ¡Pues si esa es la bondad que tienes, métete tu bondad por el culo si tienes! ¡Eres un maldito viejo demente, Dios! ¡Eres un maldito anciano que quiere verme sufrir por mis acciones! ¡No me queda nadie a quien le importe de verdad!"

Bobby pensó rápido y recordó las charlas incómodas de Ronnie Anne y su madre cada que esta última regresaba del hospital. Un cuchillo, sin importar si es de hoja afilada o serrada, es demasiado piadoso, aún si cortaba sus muñecas y se dejaba desangrar. El gas reventaría el edificio, un corto circuito en la bañera quemaría más la red eléctrica y no quiere hablar de lo difícil que es hacer un nudo corredizo con una cuerda.

Rendido de todo esfuerzo, pensó en la que, creyó, una salida muy fácil. En el acto, buscó una lata de insecticida en aerosol, recordando que por Carlitos lo tenían bajo llave, no como el raticida. Últimamente las ratas se descararon demasiado, al grado de tener que expulsar algunas tan grandes como conejos y ver cómo algunos procompsognathus daban cuenta de ellas hasta dejarlas en los huesos. De ahí que compraran cantidades casi ingentes de raticida.

La única pregunta que quedaba por resolver todavía quedaba en el aire.

"¿Con qué puedo hacerlo más rápido?"

.

Durante la noche, Carlota no podía dormir. Aunque su preocupación por Bobby era genuina, este la tomó muy mal, como si quisiera sacarle un chisme muy jugoso. No debió, por tanto, sobreestimar sus propias capacidades de deducción y subestimar a su primo.

Sin dormir, la cena de esta noche fue demasiado para que ella y Bobby estuvieran en el mismo sitio. Carlota se mató las manos preparando una cena para los once como para que Carl dijera que "sabía a los calzones sucios de CJ", no queriendo de ninguna forma indagar en ello, y su primo estando sumido en ese llanto por Lori. Lo entiende, ella misma vio morir a un exnovio de la peor manera, quedando en muy malos términos y sin oportunidades de arreglar las cosas.

Se molestó bastante con su hermano. Por lo general Carl no tenía quejas mientras se pudiera comer, pero preparar unos taquitos dorados de pollo no era nada fácil para ella, menos cuando ella decidió hacerlos más sanos al tostarlos… lo que en retrospectiva fue una pésima idea que casi todos se tuvieron que comer más con cierta duda que por gusto.

Escuchando un ruido sordo que debía venir del departamento 3-A, Carlota supuso que debía ser alguna de las hijas de los Chang. Ya que gracias a Ronnie Anne no podía hablar con nadie del dicho departamento, supuso que Becca y Stanley podrían estar amorosos entre ellos.

Más ruido, está vez un golpe sordo sobre el mismo piso, pero ese resultó más cercano. No quería interrumpir a sus padres, pero si tenía que hacerlo, les pediría que bajen el volumen para evitarse traumas como el que tuvo la noche que, calculó, Carlitos fue concebido.

Nada en la habitación de sus padres, pero el olor de Frescura del Mar del limpiador que Rosa suele usar para trapear el baño y lavar las ventanas, a esta hora, no le gusta nada. Menos viniendo de la habitación de…

-Bobby, ¿estás bien? -llamó a la puerta en voz baja antes de recular y abrir con su copia de la llave del departamento- Ok, no estás bien. Solo vine a ver si…

Lo que viera la hubiera conmocionado y obligado a gritar aterrada. Con todo lo vivido desde el año pasado, no cabría sino tratar de reaccionar. Bobby, tirado sobre el suelo de su cuarto, tenía la mirada vidriosa y perdida en el techo. Sin embargo, tuvo la rapidez de buscar ayuda, pues la mayoría de lo que había en el botiquín eran las medicinas de Héctor para la digestión y las de Rosa para el dolor de articulaciones que venía padeciendo desde la noticia de la muerte de Ernesto Estrella.

-¿Carlota? -preguntó Ronnie Anne, apenas entrando al baño- ¿Qué buscas?

-¡Bobby! ¡Se está muriendo, pendeja! -respondió Carlota, aterrada- ¡Se chingó media taza de limpiador y un raticida!

-¿Qué? -bostezó Ronnie Anne.

-¡Lo que estás viendo! -maldijo Carlota, sacando a su prima del baño y señalando el lado brazo de Bobby en el suelo.

Ronnie Anne no tardó más en reaccionar. Recordó la vez que su madre le contó que ella misma, a los cinco, confundió un vasito de jabón líquido con aroma de cerezas con jalea y se sirvió dos cucharadas en una rebanada de pan. Ese día, recordó lo que le fue contado, su padre buscó carbón activado en su botiquín y se lo dio a cucharadas hasta que pasó el peligro.

Viendo que no había lo que buscaba, apenas atinó a quemar sobre la hornilla de la estufa tres tortillas que quedaron del intento de "taquitos dorados ligeros" de pollo y las pasó por un colador en cuanto empezaron a arder, escuchando una tos persistente por el vómito que Carlota había inducido.

La mañana, aparentemente, había sido relativamente tranquila. Salvo por Ronnie Anne, nadie se enteró por suerte de lo pasado en la madrugada, y entre primas se guardaron lo ocurrido. Para encubrirlo, Ronnie Anne dijo que le pegó sin querer a una rata con una botella y la mató, explicando la falta de limpiador. En cuanto al raticida, simplemente añadió que hizo lo que pudo para meterle varios churritos del mismo al cadáver antes de botarlo por la ventana. Salió castigada, pero valió la pena para que su hermano no saliera perjudicado

La primera cara que vio Bobby no era la que esperaba, pues fue la de Carlota y no la de Lori en el cielo. Y la angelical sensación de estar entre algodones que tenía en sueños, lo que llegó a considerar en su subconsciente eran nubes, se convirtió en el -pensó- mezquino cobertor con la estampa de un tigre rampante, su colchón y su almohada. Eso solo podría significar que alguien hizo algo que no debía.

-¿Por qué lo hiciste? -preguntó Carlota en cuanto empezó a moverse. No respondió- No lo entiendo.

-¿Hacer qué? -preguntó Bobby con ronquera producto de la irritación del limpiador.

-No te hagas el tonto, Bobby -dijo afectada Carlota-. Sé bien lo que hiciste anoche.

-No tengo de qué hablas.

-Es por Lori, lo sé -dijo cortante Carlota, tratando de medir sus palabras-. Hablé con Ronnie Anne en la madrugada.

-Lo que sea que ella dijo, no es…

-Me dijo lo que se pasaron preguntando a los recién llegados -dijo Carlota-. Claro, como la abuela ya le prohibió ver a Sid y a su familia, no me extraña que quisiera ayudarte.

El silencio entre ambos fue algo incómodo. Lo peor es que había algo que, Bobby ignora, empezó a tranquilizarlo apenas Carlota empezó a acariciar su cabeza.

-Supe… lo de Lori -continuó Carlota-. La gente que llegó ha estado viniendo al Mercado. Una mujer como de treinta me dijo que venían de Royal Woods y me dijo que, si los Loud no pudieron salir, lo más seguro es que… que puede que se hayan escondido.

-No me des esperanzas -renegó Bobby, acostándose dando la espalda a su prima y mirando a la pared.

-Como quieras. No es lo que Lori habría querido -dijo Carlota queriendo picotear un poco y, por alguna razón, buscando animarlo.

-¿Y qué sabes de lo que ella quería? -increpó Bobby- Tú no la conociste…

-¿Cómo tú? -cuestionó Carlota, sentándose en la cama- Si, no la conocí tan bien, pero si ella estuviera en tu lugar seguro no se sentaría a llorar. De hecho, dudo que ella se quede llorando porque tiene detrás a sus hermanos si sus papás murieron. Y si lo hizo, debió hacerlo protegiendo a su familia.

Bobby pensó un poco en eso. El escenario que imaginó lo que fuera -creyó- la última lucha de la familia Loud no podía ni comprarse a lo que en realidad pasó, pero dadas las circunstancias, el ejercicio mental fue una pequeña ayuda para asimilar mejor la idea. Las más dóciles, como Leni y Lucy, encadenadas y arreadas como ganado mientras que el resto de quienes se pudieran haber defendido habrían sido ejecutados. ¿Los señores Loud? Muertos armas en mano ante un desesperado asalto por la gente del pastor Ryker o cualesquiera que hayan sido los asaltantes que pudieran sobrepasar las defensas de Lisa, ignorando si las luces que le describiera Carol eran de verdad algo que pudo tener relación con la caída de los aparatos eléctricos. Y última de todos, Lori, todavía resistiendo y mordiendo antes de recibir…

-No quise decirte esto -añadió Carlota-. Re… recuerdas lo que pasó esa noche. La del dinosaurio en los hangares.

-¿Qué tiene que ver? -preguntó desganado Bobby.

-Estuve allí esa noche -dijo Carlota, sincerándose y tomando valor para confrontar lo ocurrido-. Solo mi papá lo sabe, pero… ví morir a un exnovio.

-¿Tú? No te creo -desestimó Bobby, queriendo mantener la idea de no saber nada al respecto.

-De verdad. Desde que lo aplastó esa puerta no pasa un día que no me pregunto si debí ser yo la que debía quedarse bajo esa puerta, y cuando hablo con mi papá… él me dice que viva por lo que hubiera sido de haber seguido.

Sin reparos, Carlota se levantó y alcanzó la puerta, no sin antes volver hacia los ojos de su primo.

-Lo que sea que tengas planeado, hazlo como si ella estuviera contigo -sentenció Carlota-. Aunque ella ya no esté.

Una vez que la puerta se cerró tras ella, Bobby volteó a ver a su escritorio. Sobre este, estaba el desayuno, consistente en unos molletes, una jarra con jugo de toronja fresco (todo un lujo, ya que los cítricos prácticamente escaseaban en todo el norte del continente) y un par de salchichas hervidas. Algo bastante inusual, pero con el estómago reclamando por su abandono de días y el hecho de que tenga que reponerse de un envenenamiento con el que pretendía reunirse con Lori, trató de hacer lo mejor que pudo por comer por su cuenta y con moderación con poco éxito.

Fuera, Carlota sonreía un poco para sí misma. Se aseguró de que no hubiera nadie cerca, pues entre Carl tratando de escabullirse, CJ y Ronnie Anne con su padre en clase, sus padres ocupados en el Mercado y Carlitos en teoría bajo su cuidado y dormido, quería dejarle las cosas claras a Bobby. Necesitaba algo de consuelo, si. Pero también superar cualquier mala noticia de Royal Woods y darle algo por lo que vivir. Y sin saberlo, ella misma empezó a sanar sus propias heridas.

~o~

14 de noviembre de 2024

¡Para eso me gustabas, rata cusca!

¿Quién lo diría? Ok, no me respondan eso. Bobby pintando cuernos, mantenerse fiel... si, el lío del Tramposote, al menos aquí, se hizo canon.

Admito que ese capítulo fue muy difícil de trabajar. No tanto por amplitud como por el hecho de que se trate de manejar una infidelidad con visos de intentar hacer algo para que no se tiñera con la tragedia. Y el tener que ir sincronizando con eventos de la anterior cita y de la siguiente (que espero logre salir en tiempo y forma la semana del Día del Pavo yanqui) me anda dejando en un callejón de que hay muy pocas salidas. A eso sumen que esta entrada debía salir a más tardar el día primero del mes... de ahí que se me empalmaran fechas, olvidara compromisos... a veces eso es frustrante.

Un par de detalles más. Los primeros contactos de Frids y Bobb fueron la maestra Johnson y Sergei, el dueño del Aloha Camarada. En cuanto a la noticia de rebelión en Inglaterra, la breve descripción de lo visto en pantalla fue un pequeño y muy personal tributo a la película 2012, de Roland Emmerich, la que considero como la película que mató el cine de desastres.

La cita con que abrimos no es mera casualidad. Los que me conocen saben que Robert Swindells es, gracias a su libro Hermano en la tierra (un libro que recomiendo pese a lo crudo que pudiera ser), un autor que se ganó a pulso un sitio en mi cabecera. Sin hacer spoilers graves, hay gente que siempre ha pensado seriamente que tuvimos un paraíso que teníamos que cuidar y, con las acciones que tomamos, lo hemos perdido por completo. Tal vez no van tan perdidos.

Veo que no hay nada en la caja de comentarios. Les recuerdo que la retroalimentación es algo necesario. Por favor..

Tururú... Próxima estación, desastre con los Chang.

Nos vemos luego. Por ahora...

Sigan sintonizados

Sam the Stormbringer

y

El Caballero de las Antorchas