Disclaimer 1: Fanfic sin ánimos de lucro. The Loud House es creación de Chris Savino, propiedad material de Nickelodeon Intl, y está bajo licencia de Viacom International Media y Jam Filled Entertainment.
Disclaimer 2: Los materiales referidos y/o parodiados son propiedad intelectual y material de sus respectivos creadores.
Disclaimer 3: basado en los sucesos del universo de Tierra de Sombras, de El Caballero de las Antorchas
Fiat tenebris
Familia Chang
Las puertas del infierno
Great Lakes City, Illinois
18 de febrero de 2018
Ahora recuerdo
Como me llamaste como
Siempre he sido tu diamante
¿Soy cortés ahora?
¿Soy especial ahora?
¿Soy tu pequeño niño prometedor?
-Danielle Mazza, compositor italiano
Los Chang, cuando empezó todo, apenas y habían llegado al vecindario. Tal vez la amistad entre su hija mayor y la menor de la familia Santiago no haya comenzado tan bien como esperaban, pero el tener cosas en común resultó ser un fuerte alivio para las tensiones que el confinamiento les trajo consigo. Lo mismo, aunque de forma diferente, había sucedido con Adelaide, su hija menor, y Carl, el tercero de los Casagrande.
Tal fue la compenetración entre ambos grupos que, cuando el zoológico de la ciudad anunció su cierre temporal, Becca se ofreció como voluntaria para cuidar de los animales en tanto la situación mejoraba, los Casagrande prometieron apoyo, y más cuando la respuesta que recibió fue tan cortante que la despidieron luego de hacerle firmar una carta de renuncia.
Agradecen que los trenes hayan tenido cierto respiro, pero con los recortes en los recorridos debido a intermitencias en el suministro de energía era cada vez más frecuente que los convoyes del subterráneo fueran más espaciados en sus traslados, procurando que estén lo más pronto en la estación más cercana de su recorrido. Por si fuera poco, los días de los recorridos expresos habían quedado en el pasado, cosa que provocó malestar entre las masas.
En todo el tiempo que ha durado la contingencia, los Chang no han estado tan inquietos. Desde el inicio de los toques de queda, Becca solo maldecía por el cierre de actividades no esenciales ya que era zoóloga y dependía de su trabajo en el zoo de la ciudad, y más todavía cuando le anunciaron del pago de liquidaciones. Muchos de esos animales los vio nacer, los tuvo entre sus brazos un tiempo, y ahora terminaron como cría de engorda en cuanto le comunicaron que sus servicios ya no eran requeridos. Stanley, por su parte, llegó a trabajar prácticamente en rondas de veinticuatro horas con apenas seis entre rotaciones que, simplemente, no bastaban ni para ir a casa y volver.
-¿Aunque sea podemos salir a la azotea? -preguntó Sid, hastiada como siempre de estar encerrada en el edificio.
La adolescente yace recostada sobre un viejo puf de panda que era propiedad de Adelaide. En ese momento, ubicado en la sala, le pareció a Sid un momento una buena posición para tener a su madre en postura para negociar. Si bien los animales suelen ser su vida, desde el cierre del zoológico las únicas relaciones positivas con estos son afiches, documentales, sus libros de veterinaria y zoología y, si acaso, los pequeños contactos que ha tenido en sus salidas, cada vez más esporádicos por la gran matanza de gatos y palomas, la cada vez mayor proliferación de las ratas y de los pequeños dinosaurios como los Mononychus (pequeños raptores emplumados de manto blanco y cara amarilla de apenas más de un pie) y los procompsognathus y las brutales incursiones de estos en busca de comida en cualquier casa que se viera deshabitada. Estas últimas, contra lo que pudiera parecer, estuvieron en algún momento a nada de costarle la vida, lo que por suerte no ha ocurrido aún siendo su madre una australiana dura de roer.
Para tener ya sus cuarenta y cuatro, Becca no se ve mal. Quizá algo rellena, merced del peso ganado por la relativa inactividad que ha tenido. Vistiendo su viejo uniforme sin los distintivos del zoológico de Great Lakes City, sigue lidiando con su despido, lo que indica que algo con ella no anda bien.
-Ya viste lo que ocurrió el año pasado -resopló Becca, cargando a Albóndiga, un camaleón que rescató a duras penas junto con parte de una familia de titíes y unos huevos que encontró en el nido de una grulla coronada-. ¿Te recuerdo cómo es que acabó el hermano de Ronnie Anne cuando saquearon la tienda de su abuelo?
-Iugh, no -respondió Sid.
-Y ahí tienes tu respuesta, Siddo. ¿Por qué no me ayudas con Madelaine y Maurice dándoles de comer? -ofreció Becca.
-Encontré otra cría muerta -replicó Sid-. Ya ni me molesto en enterrarlos porque se acabaron las macetas en el edificio.
-¿Y qué hiciste con él? -preguntó Becca mientras se escuchó un chillido desde el departamento 4-D y un golpeteo adicional- Ahí tengo la mía.
-Solo quedan Madelaine, Maurice, Monique y el tío Monty -señaló la chica-. Adelaide los tiene en su cuarto.
-Bien, será mejor que me ayudes con ellos si no tienes nada mejor que hacer -sugirió Becca, distrayéndose de ver a Sid mientras procura darle un puré de fruta a una de las crías sin nombre de Madelaine.
Resultaba irónico. Alimentar a los pocos animales supervivientes de la carnicería del zoológico le está costando la mitad de sus propias reservas, prácticamente la totalidad de la fruta fresca que la familia debería de ingerir. No pone muchas objeciones pero, siendo que muchos de los animales que tienen a su resguardo son sobre todo frugívoros con relativa preferencia a los insectos, incluso lo que estos recibían se estaban viendo mermado tanto por la cada vez más aguda escasez como por la creciente falta de nutrientes de unos y otros.
Ni bien le fue hecha la sugerencia, Sid se levantó y salió veloz por la puerta del pasillo.
-Esta niña -sonrió Becca, poco complacida por la ayuda que pudo haber tenido.
Viendo la cesta, Becca concluyó que las crías de tití no durarían mucho con una dieta de mangos, fresas y moras. No pueden comer solo fruta, razón por la que muchos de los recién nacidos e incluso tres de los ejemplares maduros fallecieran por deficiencias nutricionales y atrofias musculares por su confinamiento en jaulas.
Bajando por la escalera, a Sid le parecía muy injusto que nadie pudiera salir. Que se hayan querido meter a la casa de los Casagrande por la habitación de Ronnie Anne ya le parecía absurdo incluso si era para robarles el mes pasado, tanto más a ella o a la señora Kernicky del departamento de arriba.
Asomando por el rellano de la escalera, logró ver a Ronnie Anne en la planta baja. Plantada frente a la puerta, veía que se la pasaba rebotando una pelota de goma contra la pared una y otra vez. Dado que el Mercado estaba ocupando el lugar de dos departamentos enteros, era en teoría fácil colarse de no ser porque no han sido pocas las veces que ha habido gente dispuesta a entrar a robar o a ultrajar.
-¿Otra vez te atraparon? -preguntó Sid.
-¿Qué comes que adivinas? -respondió sarcástica Ronnie Anne, hastiada-. ¿No tienes monos qué alimentar?
-La verdad, no -negó Sid.
Estaban en su límite. Si hubieran estado en una pandemia, habrían hecho lo posible e incluso algo imposible para pasar el rato, pues las comunicaciones no estaban tan comprometidas. Siendo realistas, hace apenas una semana que se enteraron de que varios artistas se habían enclaustrado en alguna propiedad por su cuenta, pensando en que la tempestad pasaría.
Algunos, como Mick Swagger, tuvieron la suerte de largarse del país, a Inglaterra en el caso de aquel rockero, y están resistiendo bastante mejor que otros. Caso contrario al de 12 Is Midnight, quienes pensaron que un penthouse en el barrio Gangnam de Seúl estarían a salvo con todo su personal. Un grave error, pues un misil lanzado desde la frontera norte del país "como ultimátum" acabó destruyendo el edificio y matando a todos los que se encontraban a su alrededor en la desastrosa ruina que precedió a una brutal embestida que acabó en horas con Corea del Sur y dio paso a la Corea Popular Democrática, la autoproclamada Gran Fortaleza de la Humanidad. Otros más habían querido hacer frente o cayeron en extremismos, pero la mayoría de celebridades, ya sea mundiales, nacionales o regionales, hicieron lo que pudieron, ya sea para mantenerse ocultos, sobrevivir o incluso dirigir movimientos con éxito variado.
Con el tiempo, hasta el K-pop no era suficiente para llenar sus ratos de ocio. Mientras que a los chicos Santiago y Casagrande todavía les hacían responder sus cuadernos de actividades en casa por la escuela, a Sid y Adelaide les dejó de importar si no era en zonas que cada una consideraba de mayor interés. A la menor, si bien le interesaba la lectura, por momentos la escritura y el cálculo fueron un dolor de cabeza que decidió mandar al cuerno. Sid, por su lado, se enfocó más en la robótica, aunque la cada vez mayor falta de componentes críticos y la improvisación excesiva en cuanto a suplir estos con cintas, clips y goma de mascar vieja le hizo gastar incluso sus paneles solares y baterías más deteriorados.
-¿Crees que podamos subir a la azotea? -preguntó Sid.
-No lo creo. Mi abuela tapió esa entrada porque no quiere que se vuelva un nido de ratas -respondió Ronnie Anne.
-Pero si ya casi no hay ratas -observó la mestiza.
-Que no quiere a nadie arriba -corrigió Ronnie Anne.
El resto de la tarde la pasaron tratando de ver las nubes a través de los barrotes que Rosa, Carlos y Héctor se esforzaron en colocar hace unos meses. No era una actividad muy divertida para pasar con amigos y la sensación de libertad se estaba perdiendo de a poco, pero al menos el tiempo se fue pasando con más calma.
El día siguiente, algo cansadas de su situación, decidieron forzar los goznes de la puerta de la azotea. Sid había dicho -en medio de una agria discusión entre Stanley y Becca- que iba a ayudarle a Ronnie Anne con un cuaderno de trabajo de Ciencias, mientras que esta tuvo que elaborar mejor su coartada pretextando una visita al sótano con su tío Carlos. Este, sabedor de que su sobrina estaba más que harta de sus lecciones para este punto, accedió con la única condición de que él mismo tuviese un tiempo con ellas para descansar con relativa tranquilidad.
-No olvides que los taquetes son parte del agarre de la puerta -reconvino Carlos-. Tu abuela sabe reconocer que algo está fuera de lugar cuando ella anda metiendo mano a las reparaciones.
-Tranquilo, tío. Yo no soy tan obvia como Carl -minimizó Ronnie Anne, extrayendo el penúltimo tornillo de su respectivo taquete.
-¿Cuánto falta? -preguntó ansiosa Sid- Creo que hasta tengo marcas de bronceado de cebra en los brazos.
-Ya no falta mucho… -celebró Ronnie Anne antes de toparse con una complicación-… tenemos un problema.
-¿De qué se trata? -preguntó Carlos.
-El último tornillo está pegado al taquete con pegamento industrial -señaló Ronnie Anne-. Necesitaremos un disolvente o arrancar la puerta.
-No es pegamento -corrigió Carlos mientras hace un examen visual-. Es un tornillo oxidado. Y hay más… la cabeza está barrida.
-Pues no hay de otra -dijo resuelta Ronnie Anne.
Tomando un poco de impulso, la chica latina descargó una fuerte patada que empujó el gozne todavía fijo y lo hizo temblar. Tres o cuatro golpes similares más y, estimaron, la pieza cedería.
No ocurrió. Les tomó dos patadas más de lo previsto, pero la puerta por fin cedía. Para alivio de las chicas y pesadumbre de Carlos, el estrépito fue tal que pudo haberse escuchado aún con audífonos con supresión de ruido por todo el edificio. Tuvieron que dejar pasar al menos un minuto entero, pero la única persona que asomó fue Corey, del 4-D. Dado que este parecía algo alterado, apenas y pudieron guardar silencio para que no los pudiera descubrir nadie.
-Escuchen, niñas. No sabemos qué hay ahí -teorizó Carlos en susurros-, pero quiero que mantengan la cabeza baja. Que nos movamos a rastras si es necesario. ¿De acuerdo?
Ambas asintieron.
El panorama de la azotea era muy diferente a lo que recordaban. Siendo la primera vez que el sol les da de pleno desde que empezó la contingencia para Sid y su encuentro con los compsognatus para Ronnie Anne y Carlos, esperaban que siguiera igual, pero nada más tirar de la puerta exterior un cuerpo congelado y algo carcomido cayó de espaldas. Tanto Carlos como Sid retrocedieron, no así la latina. Tantos años de historias de urgencias de su madre la curtieron en ese sentido, con todos los detalles de fluidos y huesos astillados o heridas abiertas valieron la pena, incluso para estudiar los restos del occiso con relativa facilidad.
El cuerpo vestía una camiseta verde y un pantalón entubado de mezclilla. La cabeza apenas y tenía algo qué hollar en ella, pero la cara seguía en su sitio, no así lo que pudiera haber en el abdomen y los brazos, ya desprovistos de carne por los cuervos que revolotean en el aire. Por lo visto, estos apenas y encontraron una comida mucho mejor que los desperdicios del basurero en los restaurantes hace meses.
-No era nadie que conocíamos -declaró Ronnie Anne, subiendo de vuelta el cuerpo.
Atendiendo a la indicación que le diera su tío, se mantuvo casi pegada al suelo y se movió hasta apenas alcanzar la pared antes de ver un espectáculo tétrico.
Dos cadáveres dejados en los huesos, astillados y que parecían haber muerto luchando entre sí, un hacha de caza y un cuchillo de tipo Bowie con el recazo dentado y la hoja mellada por un par de muescas en la curva daban fe de lo que pudo ser una batalla singular entre desesperados que no pudo atestiguar un cuerpo, este sí en los huesos y con la poca ropa restante hecha girones.
-No toquen nada -ordenó Carlos justo cuando Sid estaba a punto de agarrar el cuchillo-. No queremos alarmar a tu abuela.
-Entiendo -resopló Ronnie Anne, guardando el cuchillo de uno de los muertos antes de asomar la cabeza para tener una vista clara de lo que acontecía varias calles a la redonda.
El tener al lado el paso elevado del subterráneo siempre fue de ayuda para tener el paisaje urbano tan abierto como era posible. De ese lado, podía ver que alguien, seguramente Carl, con un grupo de gente en torno suyo, mientras que Sergio hacía un escueto vuelo que le permitía saber algo que todavía le da bastante curiosidad averiguar. Sid hizo lo propio con miras al parque, que hoy estaba bastante tranquilo a diferencia de otros tantos días que, escuchara decir a Ronnie Anne, tuviera actividades por algún linchamiento o algo similar. Dirigiendo su mirada al local donde solía estar Burger Blast, este definitivamente estaba tapiado. Nadie sabía ya que los dueños se habían ido apenas el mes pasado, por lo que esa vista y molestias que tuvieron no duraron mucho tiempo.
Carlos, por su lado, veía intranquilo en todas direcciones, como un ratón que saliera de su madriguera por primera vez en mucho tiempo tras el invierno y no reconociera ningún lugar de vista.
-Lo echaba de menos -afirmó este, mirando al sureste un poco.
-¿Por qué lo dice, señor Casagrande? -preguntó Sid.
-Por allá -respondió Carlos, señalando al noreste, algo melancólico- está la universidad. Ahí fue donde conocí a Frida. La semana pasada fui por más cosas y ya no me dejaron entrar. Y un poco más a la derecha -señaló al este-, ahí está la Arena de la ciudad. Ese día me encontré con Bla… con La Tormenta en los pasillos, y aunque no lo pareciera se tomó el tiempo para una selfie de la que tu tía no sabe nada.
-¿Y qué es esa columna de humo? -preguntó Ronnie Anne.
-Allá están el estadio y, un poco más lejos, el antiguo auditorio Narciso Grillo. Supongo que en el estadio se está quedando alguna familia que fue desalojada o algo.
-¿Y esa gente? -preguntó Sid, viéndose ansiosa y señalando al suelo.
-¿Cuál gente?
-Por allá, lejos del paso del subterráneo.
Mirando hacia donde señaló Ronnie Anne, Carlos y Sid se agolparon. Así como los carámbanos que se formaron bajo la ventana de Sid y la de Ronnie Anne, nadie que no tuviera vista a la calle Rivera no adivinó ni en sus sueños más oscuros.
Primero como un murmullo y luego con el sonido rítmico de docenas y luego cientos de pies, el relativo silencio de la ciudad al ver interrumpida su actividad se vio roto por esa ominosa melodía y una maldición soltada al azar.
-¡Largo de aquí! -alcanzó a gritar Margarita, despeinada y solo vestida con una bata de baño- ¡Aquí no hay nada para ustedes, ladrones!
-¡A otro lado, desgraciados! -gritó ofensiva la señora Flores.
-¡Vayan a robarle la comida a otro pueblo, salvajes! -rugió el nuevo dependiente de la tienda de Hong, de tez oscura y con una polera roja bajo el mandil del anterior dueño, lanzando huevos que cayeron primero sobre una familia de piel aceitunada y ojos achinados de cabello negro.
Así, entre insultos, tanto Sid como Ronnie Anne, que apenas está cayendo en cuenta, atestiguaron la llegada masiva de refugiados. Entre algunos rostros, la latina alcanzó a reconocer algunas caras antes familiares, como la maestra Allegra, el entrenador Pacowski (seguido de una mujer bronceada de cabello castaño oscuro, misma que no recordaba), la anciana dueña de la heladería e incluso ese idiota de Chandler. Por lo menos, agradece Ronnie Anne, él tuvo la dignidad de devolver los insultos con la rutina de un payaso que no dejaba de mejor humor a casi nadie.
-¿Quiénes son todos ellos? -preguntó Sid, ansiosa.
-¡Son gente de Royal Woods! -exclamó Ronnie Anne, no menos ansiosa.
-¿No ves al tendero, Fippo o como se llame? -preguntó Carlos, buscando con la mirada- Recordé que sus tiras de carne seca me provocaron una…
-¡Con que ahí estaban! -dijo la ominosa voz de Rosa tras ellos.
-Mamá, ellas no… -empezó a responder Carlos cuando sintió un tirón de la oreja que apenas aguantó.
-No quieras defenderlas m'ijo -cortó Rosa con brusquedad-. De seguro te convencieron de venir aquí arriba aunque se los tenía prohibido.
-¿Quieres dejarme hablar, por favor? -pidió Carlos, zafándose del agarre-. Yo les dije que lo hicieran.
-¿Qué?
-Ellas ya tienen edad para que no las trate como niños -respondió Carlos, arreglándose un poco-. Lo parecerán y todo, pero ellas pronto van a crecer y quizás no tengas oportunidad de verlas hacerlo porque creo que no las dejarás crecer.
-Tú creciste y nadie te dijo nada -dijo Rosa con firmeza.
-¡Porque me tenías muy atado! No me dejaste quitarle las ruedas entrenadoras a la bicicleta del mercado porque temías que me cayera hasta los quince, no me dejaste hacer nada por mi cuenta hasta que me casé. ¡Me interrumpiste en mi noche de bodas preguntando si no quería mi chocolate! ¡Hace años que el doctor me lo prohibió porque entonces estaba prediabético! Y si quieres que Ronnie Anne se quede igual o peor que yo, entonces yo voy a cargar con su educación mientras María no está.
-Es mi casa y voy a educar a mis nietos como mejor me parezca.
-¿Y qué tal si necesitas un doctor? -cuestionó Carlos- Ahí no podrás decir ada, como ahora con Ronnie Anne o mis hijos.
-¿Y qué va a saber un doctor?
-¡No me interesa eso! Ahora es sobre tu nieta.
-¡Mi casa, mis reglas!
-Solo mira a tu alrededor, mamá -dijo Carlos con contundencia impropia de él-. La sociedad se está cayendo a pedazos, el mundo está cambiando para mal ¡y a ti te preocupa que todo vuelva a ser como antes! ¡Jamás vamos a volver a tener ningún día normal! ¡Ni tus reglas ni las mías servirán de nada en un futuro que está naciendo de la peor forma!
El momento estaba tenso. Por un lado, Carlos se sentía avergonzado por hablarle a su madre sin respeto por primera vez en su vida, aunque en contrapeso estaba extasiado por hacerlo. Rosa, por su parte, solo tenía en sus saberes el único remedio que le había servido para todo lo que la "ciencia" no podía corregir.
-¡Todos adentro! -empezó a gritar molesta la matrona, fustigando con su "chancla" a diestro y siniestro- ¡Vamos, ya! ¡Métanse! ¡Y todavía tengo mucho que decirte de tus reglas, Carlos!
Todavía dentro siguió el concierto de golpes. Aún llegando al departamento 3-A, el de los Chang, a Sid le tocó directo con el tacón antes de que azotaran la puerta.
-¿Y a ti qué te pasó? -preguntó Adelaide con una leve preocupación.
-La abuela de Ronnie Anne, eso pasó -respondió Sid con acritud, doliéndose del golpe en la cabeza-. ¿Y mamá?
-Salió hace rato -respondió Adelaide-. Dijo que iba a buscar comida.
En realidad, Becca caminaba sin rumbo aparente. Compraba algunas cosas para que no sospecharan de ella, pero lo cierto es que, de unos días para hoy, teme porque algunas cosas se salieran de control. Le dijo aquello a Adelaide para tranquilizarle, igual que le pedía a Rosa que le echara un ojo a sus hijas por si algo acontecía.
Cuando los refugiados y exiliados de Royal Woods hicieron su llegada, estaba en el mercado de pescados de los muelles. Había tenido días muy tensos encerrada, y la verdad está de muy pocos ánimos para tener que soportar lo que una de las pescaderas llamaba "gorrones".
No pasó mucho tiempo para que empezara a haber problemas mucho más serios.
-Por orden del ayuntamiento -empezó a vocear un militar desde una Hummer del ejército por medio de altavoces, unos días más tarde-, los racionamientos de alimentos y medicinas se recortarán un poco. Todo ciudadano que desee mantener su registro en el padrón de racionamiento debe presentarse a título de su familia, pruebas en mano. Se seguirá dando prioridad a familias con ancianos, niños y enfermos de la ciudad; los refugiados serán empadronados a su tiempo, pero hasta entonces se les alimentará en los campamentos.
-¿Oyeron eso? -preguntó el dependiente mientras Becca tomaba unos lichis para los titíes- Van a darle de comer a esos holgazanes.
-¿Y por qué mejor no los echan? -escuchó responder a una mujer morena unos años mayor que ella misma- Escuché que unos niños salvajes atacaron a la señora Casagrande cuando bajó con comida para su nieto.
-¿De dónde dicen que son? -preguntó alguien que no reconocía.
-De Royal Oak o algo así según ellos -respondió una mujer de leggins y franela-, yo los oí. Dijeron que su pueblo fue arrasado por locos que querían empezar un reino.
Becca entendía bien uno de los principios de la psicología social, imprescindible entre las conductas de los animales que solía estudiar. Cuando una información se propaga, esta a menudo se magnifica a niveles propios de la exageración que, bien o mal, se dan por buenos, lo suficiente para dar pie a romper toda comunicación racional y se emprenden acciones. Estampidas, manifestaciones, agresiones… ya en el actual contexto, todo vale.
La discusión que tuvo horas después con Rosa sobre los métodos "primitivos" que la anciana usó para disciplinar a Sid derivó en el fin de las salidas de sus hijas al pasillo. A partir de ese día, Ronnie Anne era persona no grata en el hogar de los Chang, del mismo modo que la latina tenía prohibido hablarle a cualquiera de los mismos. Por consiguiente, la amistad que hubiera entre ambas familias fue echada por tierra. Esto a Becca le parecía ridículo, pero con la anciana Casagrande ya no cabía negociar, y por añadidura tenía otras preocupaciones en mente.
Los refugiados, lejos de atender a los llamados a empadronarse y buscar mejorar su situación ya como ciudadanos de Great Lakes City en regla, no solo desdeñaron las convocatorias, sino que incluso algunos que se autoproclamaron "dirigentes" empezaron a protestar por el trato que los habitantes les dispensaban. En particular, algunos de los exiliados de Royal Woods se pusieron algo beligerantes, al grado de organizar secciones de los campamentos a modo de ghettos donde concentraban a los que, pensaban, no debían ser considerados primero bajo ninguna circunstancia.
Del mismo modo, como contramedida, militares y defensas civiles terminaron algunas de aquellas resoluciones y protestas a ambos lados bajo principio de Ley Marcial. Así, tanto un tendero de la calle 300 como una mujer que Bobby había reconocido como la directora de la secundaria de Royal Woods acabaron colgados en un improvisado patíbulo, como si se tratara de criminales de guerra.
Ello no caló bien entre los residentes. Con un cada vez menor suministro, la única opción de los Chang era mudarse o resistir y buscar mejorar su situación. Dado que los Casagrande devolvieron la cortesía de romper todo lazo con ellos, el Mercado no era ya una opción.
Todo eso se aglomeró hasta los últimos días de febrero, tiempo en que Stanley presenció un accidente en las vías que colapsó su ruta. Un convoy chocando de lleno con el expreso de las 5 en el entronque de las líneas rojas y azul cerca de la estación Nueva Lennox causó que toda la ruta paró "para la retirada del convoy dañado" según la Autoridad de Trenes de Great Lakes, mas ya no tenían el suficiente personal técnico para realizar siquiera maniobras paliativas, lo que significaba degradación a personal de apoyo o el simple despido, lo que terminó sucediendo.
-Siempre puedes pedir que te cambien de ruta -reprendió Becca durante la cena, consistente en unos bollos bao de pescado una hora después de que Sid y Adelaide comieran-, no es nada del otro mundo.
-¿Crees que es así de fácil? -objetó Stanley, levantándose de la mesa- No hay repuestos, no hay operadores calificados para retirar los trenes chocados ni mucho menos. ¿Para qué seguir con una línea que se accidentó cuando tienes siete más para las que hay operadores?
-Puedes ayudar a que otras se agilicen.
-¡No hay trenes que yo pueda operar! ¿O crees que es tan fácil como eso?
-A veces te pones… infantil con eso.
-¿Te gustaría que las niñas nos vieran discutir? ¡Porque estás armando todo un espectáculo para ellas!
-¡Ah, claro! ¡Ahora te proteges usando a las niñas como excusa!
-¡Yo no las uso como excusa para protegerme!
-¡Las usas todo el tiempo!
Ignorantes en su discusión, tienen a Sid como audiencia. En toda su vida jamás los había visto pelear… excepto por aquella vez hace casi siete años que parecían haberse ido a los golpes casi nueve meses antes de que naciera Adelaide, soltando un lenguaje espeluznante y que, a pocas horas después de que estos la vieran, terminaron por explicarle ciertos procesos usando un documental de la BBC.
Tomando sus cosas, Becca salió sin decir nada. Su vieja mochila del tiempo del zoológico estaba en la entrada, ya preparada para cualquier eventualidad que pudiera suceder.
-¿A dónde vas? -preguntó Stanley, todavía molesto por la discusión.
-A la isla de Atino -dijo Becca, harta.
-¿Atino?
-¡A ti no te importa lo que haga! -añadió la rubia, saliendo y azotando la puerta en el proceso.
-¿A dónde va mamá -preguntó Adelaide, saliendo en pijama y con Sid tras ella.
-Solo va a descargarse -dijo Stanley-. ¿Recuerdan que su mamá dijo que estaba cansada de no encontrar trabajo?
-Creo que si -contestó Sid.
-Esto es lo que pasa cuando llegas a tocar fondo -lamentó Stanley, teniendo de inmediato una idea para evitar pensar en los problemas de su familia-. ¿Quién quiere ver una película?
-¿Podemos ver El Señor de los Ranitos? -pidió Adelaide.
Ante los ojos de su progenie, Stanley no podía decir que no. Teniendo ya un buen tiempo que no veía a sus hijas, lo único que le preocupa es que Becca no cometa una tontería.
Sid no estaba de humor para nada en realidad. Desde aquél día de febrero, cualquier intento que hiciera por salir chocó de lleno con pared. Incluso, dos días después del incidente que marcó el fin de su amistad con Ronnie Anne, escuchó ruidos de abajo y pensó que podría ser su amiga queriendo subir, hecho que le costó haber sido azotada por primera vez en su vida, perder definitivamente sus privilegios con él teléfono y que, a partir de entonces, la mantuvo en el interior del departamento.
Las medidas a las que estaban atadas eran, con todo, lo que consideró bárbaras. Sin modo de comunicarse con el exterior, el humor tan alegre que mostró al llegar ya hace más de un año se deterioró en algo poco menos que un aspecto casi cadavérico con el que su tono natural de piel no fue ninguna ayuda.
Una vez salida Becca y con Stanley y Adelaide ocupados con su película, Sid hizo un intento por salir sin éxito.
-¿A dónde ibas? -preguntó Stanley.
-A… a ver si encuentro a alguien -mintió Sid.
-Ya sabes lo que dijo tu madre. No pueden salir -dijo Stanley, negando con la cabeza-. Es por lo que pasó con ella -añadió, negando incluso una mención del nombre de Ronnie Anne.
-No es justo -negó Sid.
-Nada es justo en la vida -declaró Stanley-. Ayer me acusaron de querer espiar a la señora Casagrande y me negaron el servicio en el mercado cuando bajé por comida.
Stanley no mentía. En cuanto llegó apenas para dormir, fue recibido por la intempestiva queja de Frida, indignada por un supuesto fisgoneo, y una prohibición en redondo que tanto sus hijas como él y Becca ya tenían de ser atendidos. Eso lo dejó desconcertado hasta que se enteró, horas después, de que Sid "convenció" a Ronnie Anne de salir por el techo para ayudar a los posibles saqueadores a entrar. Tal acusación lo molestó tanto que, a efectos prácticos, ya los tenía en la lista negra de los Casagrande.
-Solo ayúdame con tu hermana -pidió Stanley-. Es todo lo que te pido.
-Al menos ella tiene vida social -resopló Sid.
-Tampoco puede salir -apuntó Stanley, algo decepcionado-. Tu travesura la hizo pagar y no podemos salir si de verdad no es necesario.
Ello se había confirmado en los días recientes. Por seguridad, nadie podía bajar al sótano a lavar fuera de horas, y dado que ya no tenían tan libre acceso al detergente de la expendedora que apenas instalaron, el gasto, que era sin cargo para los empleados en sectores laborales críticos, de pronto los golpeó con todo, forzando incluso a reusar el agua de hasta dos cargas de lavado para tener la ropa lista.
Desganada, Sid se refugió como pudo en su habitación. Con la ventana ya totalmente cegada, la luz del sol poniente ni siquiera le rozaba la piel, por lo que tocó hacer un esfuerzo por imaginar lo que sería de su día a día si ella y Ronnie Anne no hubieran convencido a su tío de querer salir.
.
Tuvo mucha suerte de que nadie la viera o la siguiera. La tarde había estado algo tranquila para ser un día de ambiente tenso, pues ha habido días que una o ambas hijas le daban alcance antes de llegar al vestíbulo del edificio.
No hoy. No esta vez.
Para ser la primera vez que sale a pasear, genuinamente pasear, ve las cosas muy cambiadas. Negocios cerrados y saqueados, algún cuerpo que nadie se tomó la molestia en recoger, esqueletos blanqueados por el sol de alguno u otro animal… en teoría, el mundo de verdad dio una vuelta desagradable y hace mucho que dio con un punto de no retorno. De hecho, lo presenció el día que Ernesto Estrella murió, cuando intentó hacer algo para aliviar el sufrimiento de ese infeliz. No era la primera vida a la que daba fin ni la única que no lamentó, pero si la primera vez que le enseñó la clase de mierda que puede haber en las personas cuando la estupidez y la malicia se reúnen.
A donde quiera que miraba y escuchaba, no faltaba nadie echando pestes de los refugiados que llegaron ya una semana atrás. No mucha gente los tenía en buena consideración, y para colmo los que se veían en mejor forma eran, de cuando en cuando, sometidos a lo que parecía ser una probadita de lo que se esperaba de un régimen considerado totalitario. En un parque, incluso, se veía que a algunos de estos estaban siendo azotados por pandilleros que hicieron valer su ley en esa zona. La vista no era agradable, y menos porque uno de los ajusticiados era un chico cuya camiseta, a franjas horizontales blancas y rojas, estaba hecha girones por la brutalidad de la azotaina que le tocó.
No sabe por cuánto tiempo ha vagado. Cuando salió, veía un gran movimiento de tropas a cinco cuadras del edificio, quizá a detener un levantamiento del que escuchó en Hola y compre cuando buscó bolas de tamarindo sin éxito. Ahora, estaba a unas calles del estadio de los Gatos, que había sido reacondicionado como un campo de refugiados.
Escasez
Hambre
Ruina
Muerte
Esas cuatro palabras, por ruin que le pareciera, tuvieron un único origen. Y ese estaba en los habitantes de ese lugar, la (para muchos incluyéndola) infame Royal Woods.
Revisando la pantalla de su teléfono, reparó en la fecha. Era ya 25 de febrero, y entre las notificaciones que recibió había un par que eran de su interés. La primera, de las dos la menos relevante, era que varias naciones de la OTAN, las pocas que en teoría quedaban en pie, debatían si decretar la Ley Marcial dentro de las próximas cien horas o ceder a los cuantiosos pliegos petitorios de los alzados en sus territorios. Qué supiera, de Washington seguía sin haber noticias, París ya había caído junto con Italia, la Reina estaba en retirada y, cosa improbable pero cierta, tanto Alemania como Rusia se mantenían en pie, merced de un brutal endurecimiento de sus leyes.
La segunda, el aviso del traslado de varios refugiados, los que se lograron empadronar en medio del desorden, a varios campamentos donde ya había una gran saturación. Esto era, para muchos, una infamia, pues según versaban las malas lenguas y los rumores se les darían ciertas facilidades que al resto les retrasaría. Y que al grueso de los habitantes establecidos les costaría ceder recursos que no están nada dispuestos a compartir, menos aún con quienes -acusan- podrían traerlos a la ruina de la sociedad.
Esto terminó por hacer germinar una idea en la cabeza de Becca. No podía ubicar a Royal Woods en ningún lado en los mapas de la región, pero el haber escuchado a Sid decir que mucha de esa gente venía de ese lugar le hizo preguntarse. ¿No pudieron largarse a Cleveland o a Indianápolis? ¿No era mejor ir a ciudades más cercanas que prácticamente cruzar Michigan y quitarles recursos? Era obvio que no conoce a nadie de allí, por lo que no tiene ningún interés en preguntar por nada a nadie de allí qué fue lo que les hizo abandonar su hogar. Lo único que querría era que esa gente se fuera y a ellos los dejen en paz.
-¡Abran fuego! -oyó a alguien gritar a lo lejos.
Desde un edificio a cien metros de donde está parada, una bola de fuego surcó los aires y cayó contra una sección de las gradas, seguida de otras que caían sin mucho orden ni concierto sin que los agredidos tuvieran mucho tiempo para refugiarse.
Los gritos y lamentos de las victimas no se hicieron esperar. La confusión era inevitable, y su mente le gritaba que corriera a esconderse, pero allí se quedó. Plantada, estoica e inconmovible ante el infierno que estaba por procesar.
Las pocas patrullas que quedaban funcionales empezaron a acudir en tropel, así como el equipo antimotines de la ciudad en los únicos dos autobuses que el sector tenía disponibles, pero aunque la cantidad de atacantes no era relativamente grande sus armas eran variadas, pero en general todas eran sobre todo improvisadas. Palos, tubos, macanas arrebatadas a la policía, bombas caseras y otras eran suficiente, a juicio de los agresores, para intentar algo gordo por echar de la ciudad a los refugiados.
Inexpresiva, Becca dio la vuelta y empezó a ver que la ciudad donde hizo su vida marital abrió su propia puerta al infierno de sus más abyectas y retorcidas ensoñaciones, mientras alguien desde el techo, sosteniendo un violín en sus manos, parecía dirigirse a un teléfono conectado a un gran amplificador. El músico, un sujeto latino en sus treintas con el cabello largo atado en una cola de caballo y lentes, y usando una camisa celeste con un pantalón negro, solo miraba consternado cómo una ciudad tan populosa se empieza a colapsar.
-Damas, caballeros -dijo afectado el violinista, limpiando sus lentes y poniéndolos en su cara antes de tomar su arco-, fue un honor tocar con y para ustedes…
Acorde a doce octavos, larghetto. Una ominosa melodía inició su lento y grave marco hacia la locura mientras Becca, consciente de que todo se acaba de ir a la mierda, camina sin rumbo aparente. Si eso era una pieza propia de un funeral, ¡que mejor! Complementa a la perfección la tragedia en que se había convertido esa zona de la ciudad, como si fuese un delirio de la mente del propio Dante. Y más cuando, a su paso, ocurrían hechos que confió más suerte de esa imaginación tan retorcida que a una película de Hollywood.
Calle 35 y avenida Cleveland, veía a una niña, tal vez tailandesa o hija de esa gente, ardía en llamas en medio de un caos generalizado mientras sus padres tratan de sofocar ese fuego. Si eran residentes o refugiados, le interesaba muy poco.
Calle 35 y la vía San Antonio, un grupo de gente quiso abrirse camino para salir, en medio de maldiciones de varios atacantes que cargaron contra ellos, chocando en su carga suicida contra los miembros de la fuerza antimotines que buscaban proteger tanto como fuera posible a los atacados.
Calle 35 y la avenida César Chávez, pudo reconocer la cabeza de un fanático suyo que siempre le pedía una foto con cualquiera de los reptiles de su tienda y con los cocodrilos del zoológico. Aunque no se bañara tan seguido como debiera, al menos este sujeto, recordó, tenía sus modales.
Poco antes de dar vuelta en la 45 para torcer a Rivera, avistó un grupo de pequeños gorgonópsidos, reptiles con un gran acercamiento a los mamíferos, hocico alargado y prominentes colmillos saliendo de sus espantosas bocas, disputando los girones de los restos que debían ser del jefe de Stanley… ese hombre jamás le agradó mucho, en realidad, pero mientras estos se daban un festín con el cadáver un dinosaurio que jamás había visto ni en reconstrucciones de museo, un carnívoro más o menos alto se piel rojiza con el hocico rematado por un cuerno, saltaba sobre las infelices criaturas y les robó la comida, matando a uno de los predadores pérmicos en el proceso.
Calle 45 y H. M. Stanley, una banda de saqueadores estaba asaltando una tienda de electrónica… pobres idiotas ilusos. Incluso si el violinista de calles atrás ya había callado por uno de los tiros que se escuchaban a la lejanía, esa ominosa melodía sigue resonando en el aire, con un crescendo que preguntaba "¿cuál es mi culpa?" y suplicando un perdón que jamás llegará.
Llegada a la calle Rivera, se alegró de que las cosas sigan en calma. No le importó cruzarse con Carlos, el vecino del departamento 2-B, pese a haber roto toda relación. Todo lo que quiere es acostarse y tratar de arreglar lo que se pudiera arreglar con Stanley. Su marido, decidió Becca, no estaba ni en sus facultades ni en condiciones para añadir un fiasco matrimonial a su lista de errores. El parque ya parecía despejado, pero si la impresión inicial era que condujeron a los refugiados a otro lugar esta se disolvió en la mente de la rubia. Tiendas quemadas, cosas abandonadas, heridos que ya no tenían remedio… incluso la pareja de asiáticos de tez bronceada de hace un rato hacía lo posible por arrastrar a una niña, posiblemente su hija, a un auto de aspecto abandonado. Al demonio lo que pudieran recoger, si la idea era salvar a esa niña, mejor que se largaran de la ciudad en cuanto eso pase.
En su vuelta sobre el tiro de la escalera, Becca se había mantenido tal cual desde que empezó su andar. Para los vecinos que se encontraban a su paso, el olor a humo y el hollín de su ropa solo podía indicarle que el paseo había sido poco menos que interesante.
Su familia, entretenida en la misma película con que Stanley había decidido distraer a sus hijas cuando salió, está dormida, y eso fue lo que caló hondo. Rostros serenos, pacíficos… incluso el de su esposo se ve calmado a pesar de estar a las puertas del desempleo. Eso la obligó, una vez fuera de alcance de miradas indiscreta, a visitar el armario de su recámara y sacar algo que, en otras circunstancias, no quería volver a usar en su vida.
Al sacar del armario una carabina M4A, le da una sensación de repulsión. Hace de ello meses que no quería verla tras conseguirla "por protección", pagando por ella con dos horas sobre el mostrador del dueño mientras este se tomaba total libertad para hacer lo que le vino en gana. Sabe que, pese a ser un arma de uso regular en el ejército, no pocas personas solían usarla como un arma de caza. Sea un cazador "deportivo" que desea la foto para impresionar a sus conocidos antes de mostrar su sala de trofeos o un traficante de marfil, le repugna la sola idea de matar un animal si no es necesario.
"Lo haré por ellos", pensó mientras empacaba toda la ropa y comida que cupiera en cuatro maletas. No quiere exponer a sus hijas a una eventual matanza que tarde o temprano podría llegar a suceder en el barrio, así tenga que abrirse paso a tiros.
Apenas y terminó la tercera maleta (la que destinó para guardar frascos con una especie de bolas de cereales, legumbres, frutas y miel que equivalen a la comida de un día, según un vídeo en internet) cuando escuchó primero llamados de auxilio desde la calle, cristales rotos y lo que temía. Gritos e insultos que llamaban al saqueo de la forma más brutal y primitiva posible. Con toda la calma del mundo, buscó algunas cosas más que pudieran servirles en la que, decidió, sería su partida. Sin amigos y sin nadie más a su lado, Becca decidió que la ciudad se puede ir al demonio sin ellos.
En los siguientes días, Becca hizo lo posible por encontrar lo que necesitaba. Entre frijoles de soya que obtuvo de un robo bastante bien planeado, maní, maíz, lentejas, garbanzos, frijoles rojos, miel de abeja y algunos plátanos verdes, preparó algunas bolsas y frascos más con aquellas bolas de cereales y legumbres. Ya solo sería cuestión de tiempo para tener que salir, y para ello ya tenía
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Ronnie Anne no la pasó nada bien. Entre clases a las que de plano ya no prestaba atención y el verse solo con Nikki, Casey, Sameer y Laird en el Mercado era un leve alivio a su falta de vida social. Bien podría hacerlo con Corey Nakamura o con Alexis Flores, pero los dos son muy dispares entre sí y de ella. El primero, prefería pasarlo pretendiendo con su padre que no estaba pasando nada tan grave, evitando prácticamente cualquier interacción si no era indispensable. El segundo, muy joven, relleno y demasiado amable para su gusto, igual que Sid.
Eso lo notó Carl. El chico también se había visto afectado, pero a diferencia de su prima el chico se vio más relajado. Sid no le agradaba mucho si no era para sacarle numerosos beneficios que vio cortados cuando supo que su madre fue despedida del zoológico, mientras que Adelaide era el último freno que tenía a muchos de sus impulsos más rapaces. Y en cuanto el lío con Bobby, intentó hacerle sentir mejor a su estilo, lo que gracias a Carlota no se dio. Por ello, el niño pasó a su plan B.
-Oye, prima, necesito que me digas algo -dijo Carl, entrando y pretendiendo sonar como un cholo y vistiendo como tal, a la usanza de un pandillero de San Diego-. ¿Se me ve bien?
Al ver Ronnie Anne cómo iba vestido, con pantalón algo acampanado, camiseta de algodón blanca bajo una camisa azul rey y adornado con una banda sobre el cabello y unos lentes oscuros, no puede sino darle la espalda.
El día anterior, pocas horas después de que viera desde la mirilla de la puerta a la señora Chang subir la escalera con un fuerte olor a humo y pólvora quemada, recibió la noticia de que el camión de sándwiches cubanos del padre de Casey fue atacado y estalló en llamas. Creyendo que su amigo estaba muerto y con su amistad con Sid rota por su propia necedad y la de hasta hace un rato su mejor amiga por salir a la azotea, no podía estar peor. Su cara se veía algo desmejorada, pero su ánimo parecía haber sido golpeado con todo lo peor. Y la ironía de todo esto, todo cuanto llegó a saber por Sergio (antes de que Rosa lo metiera en una jaula por recibir un mensaje de Sid que se fue por el retrete) fue que ambas compartían relativa miseria.
-Con lo que me importa -negó Ronnie Anne, visiblemente afectada.
-No puedo verme tan mal, ¿verdad? -insistió Carl, con tono un tanto chulesco que no cuadraba con lo que pretendía imitar.
-Tú no tienes amigos -dijo cortante Ronnie Anne.
-Tal vez solo Alexis Flores, ¿pero qué si no los tengo?
-¿Y por qué no hiciste nada por Casey? -preguntó Ronnie Anne, cubriendo su cabeza- Sameer dijo que te vio ayer en la plaza donde murieron.
-¿Yo, afuera? Eso es una mentira y lo sabes. ¿Cómo voy a salir si me tienen vigilado como a ti?
-Mentiroso… -remató Ronnie Anne, encogiéndose para no darle la cara a nadie.
En la noche, Ronnie Anne estaba a nada de dormir tras una tarde pesada ayudando a Carlota con el aseo de la casa cuando sonó su teléfono.
-¿Diga? -bostezó, cansada.
-¿Ronnie Anne? ¡Ya era hora! -dijo la aletargada voz de Nikki- ¡Te estuvimos llamando hace días!
-Ahora no, Nikki -dijo Ronnie Anne, dejándose caer sobre la cama.
-Es sobre Casey -dijo excitada la rubia.
-El ya murió, no me jodas con eso -respondió la latina, queriendo colgar.
-¡Está vivo…!
Colgando, no quiso creerle nada a Nikki. Nadie, ni siquiera un personaje de videojuegos, sería tan poderoso como para sobrevivir a una explosión como la que podría causar un camión de comida en llamas.
Apagó el teléfono. Lo último que quería es que sus amigos le tomen el pelo como ella lo hacía con Lincoln. Una nueva llamada justo antes de apagar todo le hizo dejar el aparato, pero a la mañana siguiente, en cuanto lo encendió de nuevo, vio algunas fotos de ambos, de Nikki y Casey, en la casa de esta.
"No mentía…"
Sin esperar a que nadie además de Rosa estuviera despierto, Ronnie Anne buscó la excusa de ir a sacar la basura para, a la menor oportunidad, botar la carga y buscar a Sid. Poco le importaba que fuera ya alguien fuera de los límites de ella, lo necesitaba. De verdad, necesitaba a alguien que no fuera de su familia para abrirse, alguien que haya sido familiar de elección.
No lo lograría. En cuanto alcanzó el tercer piso, vio la puerta del departamento 3-A abierta de par en par. Entrando como si fuera su propio departamento, buscó por doquier, teniendo un muy mal presentimiento aderezado con el aroma de granos y legumbres tostados, plátano y miel que quedó en el aire.
-¿A dónde fueron? -preguntó sin esperar respuesta.
Toda la alegría que pudo haber tenido por la noticia de la supervivencia de Casey al ataque contra el camión de su padre, en cosa de segundos desapareció junto con el panorama desolador al que se enfrentaba, siendo la jaula vacía de Cam, aquella serpiente camaleónica que a la semana de instalados les dio problemas con el señor Scully, el cuerpo ya sin vida de un tití muy robusto y, al menos mientras se adentró en el interior, la mayoría de las cosas que los Chang no pudieron cargar. Sobre todo muebles y, por extraño que le pareció, buena parte de la ropa que podría parecer muy innecesaria por lo delgada o ligera de esta.
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-No es justo que tengamos que irnos -protestó Adelaide, ojerosa por amanecer muy temprano-. Ni siquiera me diste tiempo de despedirme del tío Monty.
-Teníamos que irnos temprano -reprochó Becca, también ojerosa pero con un pésimo humor-. Teníamos que ir primero con el señor Scully y dejarle las llaves.
-¿Y qué pasará con… todo? -preguntó bostezando Sid.
La pregunta no era tan válida. Queriendo decir "con todos nuestros conocidos", no contó con que el agotamiento con el que estaba haría mella.
-Estará allí para quien lo necesite -contestó Becca, no menos agotada pero más decidida-. De todos modos ya no me sentía a gusto allí…
"… con esa gente", omitió por necesidad.
Lo cierto, al menos para Becca, es que en la última semana prefirió pedirle al casero que ya no le mande a Rosa ni a nadie del edificio para atender el mantenimiento después del incidente de Sid con la familia Casagrande. Con más razón, decidió cortar de tajo no solo sus propias relaciones en la ciudad sino las de sus hijas sin importar para nada si viven en el mismo edificio o no. Incluso llegó a encontrarse con la hija menor de la anciana, dejándole muy en claro que ya no contaran con ellos para nada.
En cuanto a las chicas, Adelaide no tuvo mayor problema con eso, pues las dos personas con quien tenía mejor relación, Alexis y Carl, tenían sus asuntos, y el gordito, aunque amable, no tenía mucho que hacer además de acompañar a su madre cuando salía al no tener con quien quedarse que no fuese alguien taimado. Sobre Carl, la regla era bastante obvia, pero por mucho que le agrade decidió ser bastante práctica y cortar todo lazo.
Sid, por contrario, se dejó abatir al cuarto día, y al quinto ya parecía empezar a asimilar la idea de una partida inminente, teniendo tan poco tiempo para ella y su ya casi inexistente vida social que solo tuvo una visita unas horas antes. Becca le había hecho el comentario de que las bolas de grano y miel que preparaban eran una suerte de raciones de emergencia, aunque la verdad no tenían buen aspecto y mucho menos un sabor distinguible claro sin ser desagradable.
Stanley simplemente no podía soportar ver que sus hijas se vean miserables. Pero dadas las condiciones y los términos en los que quedaron con los Casagrande luego de que lo acusaran sin razón alguna de espiar a una de sus vecinas cuando volvía de un triple turno muy estresante por un suicida que no dudó en llevarse a varios infelices consigo lanzando, a la hora que tomó su vida, un par de granadas incendiarias según un reporte del sistema. Y para bien o para mal, los pocos tratos que les quedaban en toda la ciudad eran ya solo nominales, meras formalidades que ya no eran necesarias.
Por suerte para los Chang, los cuatro fueron parte de uno de los dos grupos de afortunados que no vieron el fin de los tiempos como se conocieron en alguna ciudad. Suerte con la que, por desgracia, algunas personas con quien se toparon en las afueras, ya conocieron muchos de los refugiados de los que Becca abominó de puertas para afuera.
-Identifíquese -dijo uno militar en un puesto de vigilancia en cuanto los detuvieron.
-Yo me encargo… -cortó Becca, un tanto marcial-… nos estamos yendo de aquí.
-Nombres y motivo de su salida.
-Becca y Stanley Chang -respondió Becca, relajándose y tanteando-. Llevamos dos menores.
-¿Destino?
-Cuanto más lejos de aquí, mejor. ¿Tiene alguna recomendación?
-Eso depende. ¿Quieren morir rápido o esperar lo mejor que pueda pasar?
-La segunda opción está bien -respondió Stanley, nervioso.
Sin esperarlo, un arma apuntó hacia el auto.
-Responda cuando le hablemos -dijo el militar-. Pierde su tiempo si va a Michigan, señora. Hace más de un mes que Detroit quedó silenciada, y hace más de una semana llegaron supervivientes.
-Si, no traen más que problemas -dijo escueta Becca.
-Mire, señora. Yo no me haría muchas ilusiones si lo que quiere es ir a otra ciudad -dijo el militar-. Están rechazando a todos los refugiados que llegan. De hecho, aquí los últimos aceptados fueron los de Royal Woods.
-¿Roya-qué? -preguntó Sid, siendo silenciada por una mirada de su madre.
-Lo mejor que podrían hacer es ir a buscar ayuda al norte -continuó el militar-. Hay rumores de que la gente está cruzando la frontera a Saskatchewan y a Manitoba. Las opciones a este lado del norte se reducen a Green Bay y cruzar por Chippewa o tomar al sur, girar hacia Berrien e ir hasta Alpena, pero creo que ya estará siendo tarde.
-Bien… entiendo -dijo Becca, haciéndose a la idea.
Una vez estando ya a una buena distancia, Becca le entregó sus teléfonos y algunas baterías de emergencia. Para desgracia de Sid, este había sido por completo formateado y ya no podía comunicarse con nadie de Great Lakes City. La protesta subsecuente fue sofocada rápidamente, pero a los pocos días, estando por salir de Green Bay, les llegó un par de noticias.
La primera, bastante mala, Canadá cerró y militarizó su frontera incluso a la navegación. Ello significaba que no había escapatoria al norte, juzgando por los reportes de autos, camiones de pasajeros e incluso trasbordadores que terminaron en las heladas aguas del lago Michigan al intentar escapar al norte, así como por la enorme cantidad de tropas que estaban apostadas tanto en barcas y lanchas de la Marina canadiense como de soldados apostados en trincheras recién excavadas y puestos de control a lo largo de la línea fronteriza.
La segunda noticia, que golpeó más a las niñas durante la más que frugal comida en un motel abandonado, fue que Great Lakes City entró en una brutal Ley Marcial. Una rápida explicación que le dieron a Sid bastó para hacerle entender que, pase lo que pase, podrían hacerse a la idea de que no les quedaba nada qué hacer allí. Eso empezó a provocar en Sid que la inocencia que tenía respecto del mundo tuviese un no menos descarnado final.
~o~
Viernes 28 de febrero de 2025
5to. aniversario del anuncio de primer caso de COVID-19 en México
Y las fallas y malas intenciones tuvieron su fruto. Mis disculpas, pero esto debía salir como la antepenúltima actualización de 2024. Entre el trajín de la temporada, algunos fuertes problemas familiares, una Ship Week que todavía tengo pendiente de acabar y una gripe de la que me cuesta salir, apenas y tengo excusas.
Aunque originalmente este capítulo en su momento no estaba planeado, la idea de ¿cómo habrán pasado los Chang por el trance? quedó en el aire. Y debo admitir que, con todo, este particular viaje ha sido uno de los más convulsos. Más que nada por las rupturas visibles que a más de uno dejan pensando. Añado que esta no será la última vez que veamos ala familia en este desastre que, la verdad sea dicha, va para largo.
¿Algo que añadir?
La historia de los Chang es una que deje de lado al momento de crear Tierra de Sombras. No pensé en ellos sino hasta el momento de hacer la retrospectiva de Ronnie Anne. Y solo puse que se fueron para ahorrarme tiempo.
Sin embargo, con el tiempo he pensado en que les pudo pasar, por lo que le di a Sam The Stormbringer el premio por tan buena labor al hacer esta historia que encargarse de ello. Él tiene vía libre para contar que paso con ellos luego, yo solo deje una indicación. Por lo que su destino será una sorpresa para todos.
Gacias, viejo.
Sobre el título y la cita. Es obvio que con el primero toco ya la antesala del infierno en que, dicho por El Caballero de las Antorchas, se convirtió el hogar de los Casagrande. Con la segunda, procedente de la canción Titanism de la banda italiana Ancient Bards, toco directamente a Becca sobre si ella misma estaba haciendo bien las cosas para proteger a los suyos.
Hablando de música, la pieza que iría tocando aquel intérprete es Lacrimosa, del Réquiem de Mozart, la llamada "pieza inconclusa" del compositor que terminó el músico Franz Xaver Süssmayr... cosa curiosa, el pasado 5 de diciembre se cumplieron 233 años de su deceso.
Sobre las bolas de grano que la familia se obligó a preparar, son de origen tibetano. Su nombre es Tsampa y, hasta donde sé, pueden guardarse indefinidamente. Una de esas bolas equivale a la ración de comida de un día, según se versa.
Respondiendo sus reviews...
coven, lamento mucho decepcionarte, pero la cosa que voy a tomar de la película de los Casagrande es la procedencia de la familia de Rosa, Michoacán. De ninguna manera entraba ni entrará en planes hacer mención a Punguari, y de hecho ni la voy a tocar porque soy de la idea de no apoyar contenido donde aparezcan actoes y actrices relacionados de forma directa con el crimen organizado. Caso consulto, Kate del Castillo vinculada con el Cártel de Sinaloa y protagonista de La Reina del Sur, serie que está en mi lista negra.
Citando al Hades de Disney, ya basta de preliminares, ¡vamos al evento principal! *en la penúltima edición ve que es día de alineación planetaria casi total* Ah, carajo, pues me mamé hoy, ¿que no?
Sigan sintonizados
Sam the Stormbringer
y
El Caballero de las Antorchas
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Finales de noviembre...
Sentado en la escalera que lleva a la azotea de su casa, Sam mira con desprecio hacia donde, pensó, se encuentran las instalaciones del América.
-Este año... -musitó Sam con voz quebrada-... ¡Era el bueeenooooo! TnT
Si... le robaron gacho al Cruz Azul.
