—¿Rin? —Tomó el pequeño rostro entre sus manos sopesando los daños infligidos por él mismo.
—Estoy bien… pero, —Tenía los ojos cerrados y pequeñas lágrimas escapaban de ellos, él podía sentir cómo las paredes vaginales intentaban expulsarlo de ahí con contracciones… y eso se sentía glorioso —¿podrías salir un momento?
—Espera… creo que voy a venirme si me muevo…
—A… ¿y el condón? —Rin por fin abrió los ojos francamente mortificada. Bueno ahora él también lo estaba, se le había olvidado por completo ese detalle con todo el drama previo a ese momento. Cerró los ojos y se concentró en una horrible escena que tenía reprimida en su memoria; la maestra Kaede con el señor Totosai en el ático del dojo. Los había cachado sin querer una vez que se quedó de ver con Yura para meterle los dedos y que ella lo aliviara con su mano, pero la escena fue lo suficientemente perturbadora para que ambos acabaran tomando café afuera del konbini con los ojos desorbitados.
Exhalando se retiró del cuerpo de Rin exitosamente y sin percances.
—Están en el bolsillo de mi chamarra —alcanzó a escucharla, pero sus ojos estaban fijos en su ensangrentado miembro, no era mucho, pero sentía culpa por ser el causante de su dolor. Con la mente un poco más fría después de recordar aquella horrible escena y ver la sangre de su querida Rin, tanteó el bolsillo de la chamarra sobre la que ella descansaba y los encontró.
Una vez instalada la protección, volvió a enfundarse en aquella calidez ahora con la certeza de que todo estaba en orden. Al inicio el vaivén fue lento, entre que quería que Rin pasara de la incomodidad al placer y entre que no quería venirse en los primeros minutos… pero falló; solo bastó un ligero gemido de ella y una contracción involuntaria lo suficientemente fuerte como para hacerlo perder el poco control que le quedaba.
—Rayos —murmuró ocultando su rostro en el cuello de Rin y ella rio cual campanita de viento.
—Bueno, pero podemos hacerlo otra vez, ¿no?
—Solo espera y verás —juró saliendo de ella y agarrando otro condón, volviendo con renovadas fuerzas.
Sesshoumaru no mentía cuando la amenazó, para el segundo round inició lento y duce, besándola en los labios y abrazándola fuertemente contra él. Se sentía hermoso y delicioso al mismo tiempo; escuchar los ligeros suspiros masculinos en su oído, la normalmente fría piel de Sesshoumaru ahora ardiente contra su piel y aquel enorme trozo de carne que se deslizaba contra el hueso de su pelvis provocándole sensaciones completamente nuevas.
Ella comenzó a gritar y gemir, no reconocía su propia voz mientras sus piernas aprisionaban a su novio instándolo a que le diera más duro. Él obedeció y ella ya no duró mucho, sintió cómo su cuerpo intentaba succionarlo y amarrarlo para siempre dentro de ella. Lo último que alcanzó a escuchar fue su nombre saliendo de los labios de Sesshoumaru.
Recobró el sentido cuando el mokomoko se sacudió como si fuera un perro y los copos de nieve que habían caído sobre ellos se dispersaron. Tenía todo menos frío, ahora entendía a Kagome cuando dijo que una vez que pruebas la droga; ya no hay vuelta atrás. Se mordió los labios avergonzándose de sus propios pensamientos y sintió cómo las paredes de su vagina reaccionaban en automático estrujando al ahora suabe miembro de Sesshoumaru.
—¿Acaso piensas ordeñarme hasta el alma? —Preguntó él, sin importarle lo vulgar que sonaba eso.
—Perdón, fue sin querer —se justificó ella y sintió al falo volver a crecer y palpitar dentro de ella.
—Puedes controlarlo a voluntad, concéntrate como si quisieras evitar hacer pipí.
Rin lo intentó y de inmediato sintió las paredes contraerse, robándole una exhalación de placer a su novio.
—Aprendes rápido, espera, déjame cambiar el condón.
Ella trató de ocultar su sonrisa llena de felicidad tras sus manos, no quería verse como una urgida depravada, pero la verdad es que sí lo era.
En la tercera ronda Sesshoumaru pareció seguir sus instintos, ya que la acostó boca abajo, levantó sus caderas y la tomó como el buen perro que era. Esta vez las muestras de cariño se habían esfumado y fueron reemplazadas por pura lascivia, se notaba que esa posición sacaba lo salvaje de él y la verdad es que a ella le encantaba que la tratara así.
No solo él parecía fuera de sí jalándola de sus brazos hacia él haciendo que sus pieles sonaran con cada colisión, las estocadas de Sesshoumaru pegaban en un punto que la estaba volviendo loca y rápidamente reconoció aquella sensación; iba a correrse.
Ahogó un gemido cuando sintió sus piernas mojarse, por fin Sesshoumaru liberó sus brazos y ella pudo acostarse sobre su pecho. Él volvió a tomarla así y ella lo mojó una y otra vez hasta que sintió pequeñas mordidas en su hombro al mismo tiempo que las embestidas se volvían más torpes, entonces lo escuchó reprimir un gruñido gutural, como si tuviera algo en la boca.
La obscuridad de la noche los rodeaba y una uñita de luna brillaba contra el blanco de la nieve. Rin estaba muerta, exhausta y a punto de quedarse dormida sobre el pecho de Sesshoumaru, cuando él habló —Ya van a dar las 9 de la noche y está nevando más fuerte, te llevaré a tu casa.
Ella quería contestar, pero no tenía energías ni para eso. Él le puso la chamarra y la cerró, fue en busca de los guantes, también se los puso, las botitas, todo; ella se sentía como muñeca de trapo. Intentó sentarse, pero dolió demasiado, así que desistió.
Vio de reojo que Sesshoumaru desintegraba su ropa rota junto con los condones usados haciendo uso de su veneno —Oye, me gustaba mucho ese sweater.
—Es tu culpa, tu viniste a sabiendas de que perdería el control.
—…O sea sí, pero…
—Te compraré uno nuevo.
Cuando estaban a punto de llegar a su casa, Sesshoumaru le pidió si podía quedarse a dormir, ella no lo cuestionó y aceptó de inmediato. —En cuanto puedas abre la ventana, no te apresures.
—De acuerdo.
Rin se adentró en su casa caminando como becerro recién nacido y rogó a todos los dioses que su abuela no le preguntara nada. Llegó a la cocina que todavía tenía las luces prendidas y solo asomó la cabeza para no arriesgarse —Abuela, ya llegué, me voy a bañar, ¿ya se bañaron todos?
—Llegas muy tarde Rin, el agua del ofuro ya se desechó.
—No importa, con un regaderazo está bien. —Antes de que su abuela pudiera contestar algo más, Rin cerró la puerta y caminó el largo pasillo hasta el fondo, donde estaban unas escaleras que llegaban al pequeño ático. Abrió la ventana y Sesshoumaru entró en seguida.
—La tina ya se vació, pero vamos a echarnos un regaderzo, con cuidado de no hacer ruido —explicó en voz muy bajita, mientras le entregaba una playera over size —No creo que te quede ningún pantalón de los que tengo… mejor ponte de nuevo tus pants —Sesshoumaru asintió, salieron a hurtadillas y sin percance alguno llegaron al baño.
—¿Qué te pasó ahí? —Preguntó Rin con la voz más bajita que tenía, Sesshoumaru tenía una especie de moretón con pequeños hoyos en el brazo izquierdo.
—Me dieron ganas de morderte más fuerte, pero si te inyecto mucho veneno puedes morir, así que me mordí a mí mismo, soy inmune a mi propio veneno, mañana habrá desaparecido.
Rin asintió, la verdad es que le encantaba cuando la mordía, pero el veneno era peligroso, lo mejor era no arriesgarse.
Todo iba muy bien hasta que ella comenzó a jugar con el pobre pene irritado de Sesshoumaru, en lugar de solo tallarse mutuamente con jabón. Él como advertencia le soltó pequeñas mordidas y ella se rio muy bajito en su opinión, pero… —Rin, ¿qué haces ahí dentro? ¿De qué te ríes? —La primera puerta del baño* se abrió y en automático Sesshoumaru se pegó a la pared más lejana, para que su silueta no se alcanzara a distinguir a través de las puertas con ventanas texturizadas del ofuro.
—P p perdón abuela, es que me hice unos peinados bien cool con el shampoo y me dio risa, ya me voy a callar.
—Hmmm ya no hagas ruido que los gemelos ya están dormidos y tu abuelo está cansado.
—Sí abuela, perdón, descansa.
La abuela a no contestó y cerró la puerta. Sesshoumaru la regañó con la mirada y terminaron de bañarse en silencio.
Una vez que estuvieron bañaditos, sanos y salvos en su cuarto, Rin prendió el calentador de keroseno y como Sesshoumaru no tenía pantalón limpio decidió que lo mejor era dormir desnudo de la cintura para abajo, ella le insistió que no pasaba nada si se metía con ropa de calle al futón, pero él se negó.
Rin estaba tan cansada que en cuanto su mejilla hizo contacto con el pectoral de Sesshoumaru y el mokomoko la arropó; se quedó completamente dormida.
