N/A: Los únicos mensajes y comentarios que recibo son de "commission artist", sé que es muy poco probable que lo lean, pero por si acaso les pido respetuosamente que por favor ya no me remitan estos mensajes.


Capítulo 23: Conversación

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No era habitual que se despertase sin el sonido de su despertador, pero el aroma que llegó a a su nariz era tan delicioso que abrió los ojos.

Ai miró su reloj y vio que eran las once y cuarenta de la mañana. Solía levantarse más tarde, pero su estómago le reclamó algo de comida, más precisamente algo delicioso como lo que olía.

Fue a la cocina entre bostezos hasta que oyó a alguien hablando.

Arrugó el ceño y se asomó por la puerta, viendo que Kyoko atendía algo en la cocina y luego giraba hacia la mesa, hablando y mirando algo.

—¿Tú que crees, Evelyn? —interrogó cabizbaja—. ¿Qué es lo que debería hacer? No puedo solo ir y decirle que…

Ai avanzó, de repente solo la oía murmurar. Buscó a quien o a qué hablaba y descubrió una muñeca de hada, apoyada por el centro de mesa. Pestañeó, sorprendida. Kyoko, sin embargo, no la notaba aunque estuviera a solo un metro de ella.

—¿Kyoko-chan?

Kyoko pegó un grito tan fuerte que la asustó y casi la ensordeció.

—¿A-A-Ai-san?

—Lo siento, Kyoko-chan —dijo recuperándose del susto—, no pretendía asustarte.

Desvió la mirada hacia la muñeca y luego de nuevo a ella, y entonces la vio enrojecer de pies a cabeza.

—N-No es lo que piensas…—tartamudeó abochornada—. S-Solo necesitaba hablar con alguien…o…

Ai la desatendió al fijar la mirada en la muñeca. Se acercó a ella, tomándola delicadamente entre sus manos. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Me estaba por volver loca con mis pensamientos —Seguía hablando Kyoko, nerviosa—. Entonces…

—Es preciosa —comentó mirándola a los ojos—. ¿Quién te lo regalo?

—¿Eh? —Kyoko se paralizó—. ¿Cómo supiste que fue un regalo, Ai-san?

—No suelo percibirlo a menudo, pero con esta muñeca vi…—Calló y le extendió la muñeca—. Es su aroma, siéntelo.

Kyoko la tomó en su mano izquierda y la acercó a su rostro. Olía a almendras dulces con un toque de vainilla. En realidad, ya lo había olido muchas veces. Cada que lo hacía su fragancia y su adorable rostro la reconfortaba y la dejaba sonriente. Evelyn, más que un hada de la suerte, le parecía un hada de la felicidad.

—Es dulce y cálida —susurró enternecida—. Es mágica.

—La persona que te lo obsequió fue quien roció esa fragancia. Probablemente ha elegido ese aroma para ti.

Kyoko volvió la mirada a su amiga y luego a la muñeca.

Primero se había paralizado con la vista fija en la hada, luego las mejillas se le habían ruborizado intensamente.

Cuando Ai la vio dejar la muñeca en la mesa y atender la comida, totalmente sonrojada y ceñuda, le miró extrañada.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

Kyoko sacudió sus hombros y emitió un quejido de dolor.

—N-N-Nada —tartamudeó dejando sin querer caer un poco de caldo por el borde de la olla.

—Solo mírate, ¿qué haces cocinando cuando hace apenas dos días te operaron de un brazo roto? —Se acercó a ella y miró lo que preparaba. Había hecho algunas guarniciones que se veían y olían riquísimas junto al salmón. Lo que calentaba en la olla era una sopa de miso que parecía estar casi lista—. Huele delicioso —admitió en un murmullo, salivando.

—Siento haber usado sin permiso tu cocina —Se disculpó, inclinándose.

—Para nada, hace mucho que no comía algo decente —Tragó saliva y subió nuevamente la mirada a su amiga—. Entonces, ¿quién te lo regaló?

—¿Q-Q-Qué? —Kyoko parecía inquieta, hasta un poco nerviosa.

—La muñeca. ¿Qué pasa con esa muñeca que de pronto actúas tan extraña?

—N-No pasa nada con la muñeca—dijo con una media sonrisa temblorosa. Apagó el fuego y cuando dio media vuelta, intentando no hallarse con su mirada, Ai la cogió del cachete.

—Eres una mala mentirosa —murmuró entre dientes.

Kyoko se sobó la mejilla apenas la soltó.

—¿Fue un hombre? —dijo de repente Ai, tomándola desprevenida.

Ella abrió más grande los ojos y eso la delató.

—¡¿Fue uno de los bastardos?! —interrogó Ai acorralándola contra la encimera.

—¡No, no, no, no! —Lo negó vehemente.

—¡¿Es un nuevo interés romántico?! —chilló ruborizándose, y girando hacia la muñeca—. ¡¿Fue uno de esos h-hombres guapos que te visitaron en el hospital?!

La actriz se estremeció ante la palabra romance y sacudió con la cabeza en negativas, pero su amiga ya no la miraba y había cogido la muñeca, con aire ensoñador.

—¡Oh, por Dios, Kyoko-chan! La verdad es que me he estado reprimiendo todo este tiempo por como estabas, pero...pero… —Giró nuevamente a ella, ruborizada—. ¡Había muchos hombres guapos! ¡Takuma Ito, Ren Tsuruga, su manager Yukihito Yashiro, y aunque no pudo quedarse después de la operación, pude ver por unos minutos al presidente de Lme, Lory Tarada! ¡Estás rodeada de hombres guapos!

Kyoko pestañeó, atónita por su inusitado éxtasis, y Ai se inmovilizó, enrojeciendo al percatar su arrebato.

—Es que fue…la primera vez que vi a tantos hombres guapos y famosos juntos—se justificó, abochornada, dejando la muñeca nuevamente sobre la mesa.

—¿Estabas ahí cuando sucedió? —exclamó Kyoko.

—¿Qué cosa?... Ah, eso —Ai asintió con la cabeza mientras reía entre dientes—. Así que no recuerdas nada de nada.

—¿Qué ocurrió? —preguntó preocupada de oírlo.

—Después de que terminaron con tu cirugía, te trajeron y despertaste aún bajo los efectos de la anestesia. Te pusiste tiernamente sorprendida cuando nos viste a todos alrededor de ti; te emocionaste y gritaste que estabas rodeada de criaturas mágicas y brillantes.

—¡¿E-Eh?! —Chilló escéptica.

—Estabas alucinando, mi princesa. De repente todos éramos hadas —rió cuando Kyoko cubrió su rostro, avergonzada—. Si no fuera porque estaban esos hombres guapos y famosos ahí, te hubiera grabado.

—No puede ser, no puede ser —repetía con incredulidad.

—¿Y sabes quién fue el hada de la alta realeza?

—¡¿Q-Qué?! ¿Q-Quién?—tartamudeó alzando la mirada y tragando en seco ante el suspenso que creaba con su largo silencio.

Ai sonrió ampliamente.

—Su belleza es inconmensurable, es la criatura mágica más brillante de todas—recitó riéndose—. Es lo que dijiste, ¿te imaginas quién es? —Silenció, viéndola callar y sudar frío—. Por tu reacción supongo que lo sabes —sonrió—. Es Takuma Ito-san, el hada de la alta realeza —enfatizó con humor.

—No…—palideció como un fantasma, y se sostuvo de la encimera, sintiendo que las piernas le fallaban— ¡Nooooooooooo!

…..

—Estoy rodeada de brillantes y mágicas criaturas, ¿eso quiere decir que sigo siendo pura?

Todos silenciaron, perplejos por la repentina alucinación apenas la joven abrió los ojos. Sin embargo, Reino rió entre dientes por lo último dicho, y Takuma le dio un leve codazo en las costillas para que callase y no provoque la ira al actor número uno de Japón, que se encontraba parado al otro lado de la cama, ya mirando con desdén al vocalista.

No, ¿no soy pura? musitó la joven comenzando a sollozar—. ¿Pero por qué les puedo ver a todos ustedes?dijo parando de llorar.

Llamaré a la enfermera informó Yashiro, saliendo.

El hada de la eficiencia es muy diligente dijo Kyoko parpadeando, hasta que desvió la mirada hacia Ai y abrió la boca, emocionada—. Es el hada del amor y la amistad.

¿K-Kyoko-chan? murmuró su amiga ruborizada, pero la joven de repente se quedó mirando a Takuma.

¿También soy un hada? preguntó él, entretenido.

La…La criatura más brillante de todas musitó hasta que su mirada se dirigió a su lado, viendo a Reino—. Es un demonio pervertido disfrazado de hada exclamó santiguándose.

La enfermera viene en un minuto comunicó Yashiro entrando a la habitación.

Kyoko ladeó la cabeza y se encontró con el rostro de Kuon Hizuri.

Un príncipe…Los ojos de Kuon se agrandaron sutilmente—. Un príncipe falso

Se oyó una pequeña risa y Kuon entornó los ojos, viendo como Takuma cubría su boca y carraspeaba.

¿Qué clase de hada soy, Kyoko-san? preguntó Takuma con seriedad.

La criatura mágica más brillante de todas…

¿Más brillante? dijo curioso.

Su belleza es inconmensurable mencionó estupefacta—. Debe ser usted un hada de la alta realeza, ya que posee una belleza sobrenatural.

¿Para ti soy el más guapo? bisbisó muy bajo, mientras una sonrisa amplia se estiraba entre sus labios. Se acercó más a ella y le susurró al oído. Usted también debe ser un hada ya que posee una inmensa belleza, princesa.

Las mejillas de Kyoko enrojecieron intensamente.

…..

—¿Qué pasa con esa sonrisa?

Una voz lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Qué sonrisa? —Deshizo su sonrisa, tomando sus palillos para terminar con su plato.

—¿Escondes algo, Takuma? —Le dijo Risa con una sonrisa maliciosa—. Tal vez ese aroma que huelo en el aire es el aroma del amor.

—Si el amor es y huele a katsudon diría que estás en lo correcto.

Takuma se rió entre dientes y Risa le dio un leve codazo en reprimenda.

—No puedes al menos mentirme y decirme que hay una mujer —le dijo llevando una porción de arroz a su boca.

—Hey, dijiste que ya no molestarías con eso —le recordó—. Come tranquila, yo me adelanto.

Hizo un amago de levantarse, pero Risa lo cogió de la manga, reteniéndolo.

Él suspiró y la vio tragar rápido lo que tenía en su boca.

—Takuma —Ella observó sus ojeras con preocupación—. ¿Estás descansando bien? ¿El trabajo te está estresando?

—No es nada de eso. Sabes que con esta clase de trabajo todo resulta muy divertido, no te preocupes.

Risa lo miró por largos segundos hasta que sonrió.

—Sabes que puedes hablar conmigo cuando quieras. Si algo te está estresando o dando ansiedad puedes solucionarlo con ejercicios, una buena ducha, una terapia hablada…

—Y un rico postre con una taza de té —terminó sonriente—. Lo sé, te hablaré cuando lo necesite, por ahora no tienes que preocuparte—Se levantó, pero luego se agachó para darle un beso en la mejilla—. Nos vemos, cerdita —dijo intentando minimizar su muestra de afecto.

Risa frunció el ceño al oír el apodo, le pegó con un puño el brazo y él salió riendo.

Había comido rápido con la intención de llegar primero y así resultó para su suerte. Por si acaso, miró los alrededores para asegurarse que nadie esté y, una vez verificó que estaba solo, sacó su celular y marcó un número.

Aquella era la solución para calmar su ansiedad, si la veía seguramente podría por fin dormir tranquilo.

En cuando le contestó, saludó y calló por unos segundos, un poco nervioso por lo que estaba por pedir.

—Kyoko-san… —pausó, inspirando profundamente—. ¿Podemos vernos hoy?

—¿Ocurre algo?

Ai había regresado del baño, encontrando a Kyoko en una actitud extraña, pero el que haya hablado, había provocado que su amiga saliese de trance, asustándola y haciendo que suelte un grito. En respuesta, Ai también se asustó.

Soltó una blasfemia.

—Kyoko-chan, si continuas asustándote así nos vas a provocar un paro cardíaco —le dijo llevando una mano a su corazón.

—L-Lo siento —le dijo avergonzada.

Ai se sentó a su lado en el sofá. Hace minutos habían terminado de comer y ya era hora de que hablen de todo. Si Kyoko seguía reteniendo todos sus pensamientos en esa cabecita, estaba segura que su cerebro podría comenzar a humear.

—Dime, ¿qué ocurría por esa cabeza para que reacciones así? —le interrogó.

—P-Pues nada importante —dijo ruborizándose.

Ai entrecerró los ojos.

—No pasó nada —le repitió la actriz, tomando la taza de té que aguardaba en la mesita.

Kyoko tomó un sorbo de su taza y vio suspirar a su amiga. Sabía que no le había creído, pero no quería que supiese que estaba así por la llamada que recibió de Takuma. No entendía por qué quería verla. Conociéndolo sabía que podía esperar su compasión y bondad, así como también podía esperar un cambio repentino de conducta que lo llevaría a él a hacer una acusación por acoso sexual.

Acercó la taza entre sus labios y la rojez subió hasta sus mejillas.

Lo había besado en la boca y, para su bochorno, se había enterado de que lo nombró: La criatura más brillante y bella del mundo mágico de las hadas. ¡Lo hizo frente a todos!

—Kyoko-chan —susurró suavemente Ai para no asustarla. La llamó y la llamó hasta que ella pestañeó y ladeó la cabeza para mirarla—. Princesa… —le dijo con detenimiento y cuidado—. Quisiera que hablemos de lo que sucedió ayer.

Kyoko apretó los labios y asintió.

Se sentía muy avergonzada de hablar sobre la relación que tenía con Reino, pero le contó todo lo que sucedió desde que lo aceptó como novio temporal, culminando con las palabras que la lastimó y la hizo escapar para terminar en su casa.

Ai no parpadeó y la miró durante largos segundos sin decir nada.

—Que…Que imbécil —soltó finalmente enojada.

Kyoko, sin embargo, negó con la cabeza.

—Aunque me disgustó y…me humilló lo que me dijo…—Apretó los puños y bajó la mirada —, el Beagle tiene razón.

—No hace falta que lo defien…

—No lo estoy defendiendo. Ai-san —interrumpió, mirándola agitada a los ojos—. Yo…yo…—Tomó aire y deshizo sus puños—. Aunque él me haya hecho cosas imperdonables, aunque antes lo haya odiado por sus canalladas, la verdad es que él me ha ayudado y protegido muchas veces. Incluso ha arriesgado su vida por mi seguridad, pero…yo solo estoy… —calló, sintiéndose terrible por el peso de la culpabilidad.

—¿Estás enamorada de él?

Los ojos ambarinos enrojecieron, pero de ellos no cayeron las lágrimas.

Negó con la cabeza y Ai la miró fijamente a los ojos.

—¿Segura? —le dijo con seriedad.

—Aunque no sepa mucho de él, no estoy muy curiosa por conocerlo mejor, tampoco me pasó las horas pensando en él o en que quiera verlo pronto. Mi corazón no late por él al menos que estemos teniendo intimidad. Ai-san… —Inspiró bruscamente sintiendo que su corazón se oprimía—. He estado enamorada y he amado antes. Ni siquiera puedo confundir los sentimientos que tengo por él para sentirme mejor.

Se sentía horrorizada consigo misma mientras más lo pensaba. Si la compasión fue un motivo para aceptarlo, también lo fue el alivio que le causaba estar con alguien a quien no amaba. Temía volver a amar, y aun así, egoístamente, prefirió sentir la calidez del amor de alguien a quien no correspondía.

—Kyoko-chan, no tienes por qué sentirte mal, él ya lo sabía…, él ya lo sabe —dijo Ai tratando de consolarla.

—Ai-san, me siento muy avergonzada de mi misma… —Juntó la manos y miró sus dedos, sintiendo un nudo crecer en la garganta—. E-En realidad quería sentir cómo era ser amada por un hombre —confesó y sintió que una lágrima corrió por su mejilla—, le compadecí por no corresponderlo, y tal vez quería intentar amarlo, quería intentarlo… —Se le escapó un sollozo y sacudió su cabeza—. Pero soy una hipócrita, por dentro estaba aliviada de no amarlo, porque si lo estaba sé que estaría aterrorizada por el dolor que me podría causar.

Ai la atrajo hacia su hombro y acarició su espalda.

—Sé que lo que te voy a decir no te hará sentir mejor, pero… —Resopló—. Ese…¿Beagle?...cree que lo que siente por ti es un simple enamoramiento y que una vez se acueste contigo en algún momento dejará de desearte.

Kyoko se rió entre dientes.

—Es un tonto… —Tomó el pañuelo que le pasó su amiga y se sonó la nariz—. Un hombre así no daría su vida para protegerme.

—Lo sé, eres su primer amor.

—Aunque él no lo sepa y jamás quiera admitirlo muy en el fondo tiene un buen corazón.

—¿Sí? —interrogó Ai con una ceja enarcada.

Kyoko sonrió tristemente y asintió.

—Y creo que es muy bueno con…el sexo —Murmuró sonrojada—. Nunca he estado con otro hombre, pero él sabe bien dónde y cómo tocarme...para que...tú sabes —bisbisó avergonzada.

Ai carraspeó.

—Bueno… Hay que admitir que ya solo en apariencia y en voz es muy sensual el muy bastardo.

—Aunque muchas veces puede ser un mezquino… Aún sigo enfadada con él.

—Después del bastardo número uno, viene el bastardo número dos…—Le recordó—. Es lo que es.

Se miraron a los ojos y se echaron a reír.

—Por cierto, ¿quién es el bastardo uno y tres?

Kyoko se paralizó y empalideció.

—Ai-san, ¿te gustaría acompañarme? —dijo levantándose del sofá—. Tengo que ir a comprarme ropa interior.

—Kyoko-chan, solo dime que no es ninguno de esos guapos hombres del hospital —La siguió y al no oírla responder, se puso pálida—. ¿Kyoko-chan?

—¡Te lo diré más tarde, ahora tengo que vestirme para salir! —exclamó buscándose ropa en su maleta.

—No puede ser… —musitó, cubriéndose la boca—. Aún tenemos muchas cosas de que hablar —dijo, espabilando—. No se te ocurra escapar.

Kyoko se dejó caer en la silla, completamente agotada.

Primeramente había ido a dejar su maleta en la casa de Reino, y después junto a Ai, había ido a comprarse los sostenes que le faltaban. Había confesado casi todo, desde la identidad del bastardo uno y tres, hasta quien fue el que le obsequió la muñeca de hada. Su amiga había quedado perpleja, y emocionada con lo último dicho. Kyoko tuvo que aclararle más de una vez que Evelyn solo fue un obsequio de compasión. Ai, en cambio le puso al tanto de algunas cosas que desconocía: Ella se encargaría de hacer el ritual para anular la protección que resguardaba a Reino; ambos estaban investigando cómo hacerlo para garantizar un resultado definitivo sin efectos contraproducentes.

El mesero de la tienda en la que entró, le acercó la rebanada de pastel y el té que pidió. Le agradeció y, comiendo una cucharada de pastel, sintió que volvía a la vida. Aquello sería el último capricho en el que gastaría; con los gastos de la cirugía, medicamentos, otras deudas y su falta de trabajo, tenía que buscar algo con lo que ganar dinero para subsistir ese mes.

Eran pasadas las siete y ya oscurecía.

Desvió la mirada hacia la puerta y suspiró con alivio.

Takuma le había pedido que se encuentren allí, no obstante, hace minutos le llamó disculpándose porque llegaría tarde. Se adelantó con el té como se lo pidió, ya que tenía hambre y necesitaba energía para enfrentar cualquier posible situación adversa que lo llevará su mala suerte. Situaciones como una acusación de acoso sexual, por ejemplo.

Su estómago se revolvió y dejó la cuchara en el plato. La ansiedad iba en aumento.

Fue al sanitario. Se lavó el rostro y se miró al espejo. Además de llorar, no había descansado bien, se le veía en los ojos.

Desde que decidió hacer esos maleficios la mala suerte le seguía pisándole los talones, y aun así le entró la locura de besar al hombre con el que siquiera debía soñar.

Sus mejillas se encendieron al solo recordarlo.

Estúpida, estúpida, estúpida, ¿por qué tuviste que besarlo?

Así como una vez le regaló chocolates para disculparse, que le haya obsequiado una muñeca por compasión debía ser el preludio para lo que en verdad le esperaba: La incriminación.

Salió tensa del sanitario y caminó hasta su mesa, cuando de repente sintió una mirada clavándole en la espalda. Alguien la observaba.

Giró velozmente la cabeza encontrándose con unos intensos ojos azules y una sonrisa deslumbrante.

—¡Kyoko-san!

Sus piernas se hicieron gelatina, y con un paso más tropezó con sus propios pies.

No pudo reprimir un aullido de dolor cuando cayó boca abajo. El dolor en su brazo enyesado fue espantoso así que se mordió con fuerza el labio inferior.

Enseguida sintió que unas manos la ayudaron cuidadosamente a girar hasta lograr sentarse en el piso.

—Por Dios... ¿Te duele el brazo? ¿Te duele mucho? —exclamó él angustiado.

—Es…Estoy bien —respondió Kyoko pausadamente.

—¡Pero si estas lagrimeando!

—¿Eh? —Se palpó bajo el párpado y sintió la humedad de sus lágrimas entre sus dedos.

Takuma la tomó entre sus brazos y la alzó.

Kyoko jadeó bruscamente, sorprendida, sintiendo que el calor inundaba su cara.

—No hace falta que me cargues, puedo caminar sola —dijo abochornada de que otras personas la viesen así—. Puedo aguantar bien el dolor, por favor bájeme —pidió, percatando confusa que se dirigía hacia la puerta de salida.

—Que aguantes el dolor no significa que no te duela. No creas que no te vi cuando te rompiste el brazo —Él ladeó la cabeza hacia atrás, y entonces Kyoko recién se dio cuenta que el mesero que le había servido los seguía cargando con su cartera y su bolsa de compras—. Muchas gracias, Aoi-san —le dijo él cuando el mesero le abrió la puerta.

Kyoko se sintió llena de vergüenza cuando salieron a la calle y todos parecían mirarlos.

—Por favor, bájeme, Takuma-san —le bisbisó, queriendo esconderse bajo tierra. Pero él no le hizo caso, y solo la bajó cuando llegaron a su coche, justo en el asiento del copiloto. Él tomó la cartera y el bolso que le pasó el mesero, y se despidió, agradeciéndole.

—¿Te duele muchísimo? ¿Deberíamos ir al hospital? —le preguntó él frente a su puerta.

—No hace falta que exage... —Cerró su boca y contuvo la respiración cuando él se acercó tanto a ella que invadió su espacio personal.

Takuma ajustó la tira de su cabestrillo, elevándole más el brazo.

—Te ayudará con el dolor y la hinchazón —le dijo mirándola a los ojos.

Cuando él pasó su pulgar por su mejilla para secar los rastros de lágrimas, Kyoko tragó en seco.

—¿Q-Qué le está pasando? ¿No me iba a incriminar…? —pensó con perplejidad y nervios por su inusitada cercanía.

—¿Es un dolor intenso? —interrogó él con severidad—. No te atrevas a mentirme.

—Duele mucho —murmuró, sintiéndose repentinamente muy tímida—. Pero ya no es muy intenso…

—Compraré una bolsa de hielo, si no pasa el dolor iremos al hospital.

Kyoko asintió, alelada. Él cerró la puerta y condujo hasta encontrar una tienda de conveniencia.

Le estaba tratando muy bien y ella había pensado lo peor. Tal vez fue ella quien exageró cuando creyó que venía para incriminarla de acoso sexual. Takuma estaba siendo tan atento, cuidadoso y gentil, que si no fuese por el fuerte dolor diría que estaba soñando todo aquello.

Cuando él salió y regresó con la bolsa de hielo, se lo colocó cuidadosamente dónde más dolía.

—No hace falta que te reprimas el dolor—dijo Takuma, de repente rompiendo el silencio.

—Ah... —Kyoko alzó la mirada de su brazo, encontrándose con la seriedad y molestia en sus ojos—. No...No me estoy reprimiendo.

—Tus labios... —Alargó su brazo y pasó su pulgar por su labio inferior—. Está sangrando —susurró.

Kyoko alejó su cabeza como si el contacto de su dedo le hubiese quemado. Y en realidad, parecía que sí lo hubiese hecho. Su rostro estaba ardiendo.

—No...No...No me di cuenta —bisbisó, intentando retener el movimiento de su mano izquierda que quería ir junto a sus labios para frotárselos. Si se los tocaba, estaba segura que su cara se arrebolaría como un rojo tomate y haría una expresión que le haría a él malentender. Un hombre no debería tener esa clase de gestos con una mujer a quien le costaba aún no ser tan pudorosa.

Pasó su lengua por su labio inferior y lo descubrió mirándola.

Su corazón saltó contra su pecho. Estaba observándola demasiado que la estaba poniendo nerviosa.

—Dime qué está pasando —Kyoko dio un ligero respingo al oír su voz. Lo miró y agradeció que haya hablado y mostrado una expresión diferente a aquella intensidad con la que antes la escudriñaba—. ¿Acaso estás maldita? —interrogó él entrecerrando los ojos.

—¡¿Eh?!... ¿C-Cómo lo sabes? —dijo perpleja de que lo haya descubierto.

—¿De verdad existe algo así? —Takuma inspiró y exhaló con un resoplido—. Bueno, supongo que sí… Después de todo yo...

—¿Qué has dicho...? —No había oído lo último porque él lo había murmurado.

—No es nada —Él se acomodó en su asiento, poniéndose más de costado para verla mejor—. Kyoko-san, desde que te conocí he notado que has tenido muy mala suerte y también te han sucedido extraños accidentes. Es normal pensar que una persona así está maldita.

—¡Es la primera vez que conozco a alguien que cree en esto! —exclamó emocionada. Aunque siendo primo del Beagle, tal vez él no se mostraba sorprendido porque ya conocía sobre sus peculiaridades sobrenaturales—. El día de la audición le confesé a Yashiro-san que estaba maldita —comentó—, pero él me miró como si estuviese loca. Estaba segura que si le decía a alguien más que estaba maldita, terminarían por llevarme a un hospital psiquiátrico.

Takuma se rió.

—Las personas son muy incrédulas con estas cosas —Se acercó un poco a ella y desplazó la bolsa de hielo hacia otro lado de su brazo—. ¿Ya has visto a un chamán que pueda revertir la maldición?

—¿Eh...? —Kyoko pestañeó, atónita—. Ah, sí —Le era extraño hablar de su maldición con una persona que no sea Reino o Ai. Aunque debería ser normal que le haya sugerido ver a un chamán, le parecía algo inusual—. Cuando haya un eclipse lunar se hará un ritual —le respondió, prefiriendo no contar mucho más. Aún no podía confiarle toda la historia y sus secretos, y además el dolor en su brazo no cesaba y le comenzaba a preocupar.

—¿No te pasa el dolor? —dijo percatando que miraba preocupada hacia su brazo.

—Duele un poco menos —mintió, esperando que con decirlo se hiciese realidad.

—No me mientas, esto es importante —le reclamó molesto—. Si te sigue doliendo, debes ir a que te lo revisen.

Kyoko apretó los labios.

—No me ha pasado el dolor, es el mismo, pero yo no…

—¿Qué pasa? —interrogó acercándose más.

—Creo que se me pasará luego —dijo apresurada—. No tienes que preocuparte.

—¿Hay alguna razón por la que no quieras ir al hospital?

Kyoko bajó la cabeza, avergonzada.

—Dime —insistió él al no oírla contestar.

—No tengo…Quiero decir tengo que…

Takuma frunció el ceño. Apenas podía oírla, así que se acercó hasta quedar cerca de su cara.

—Sabes, eso…—murmuró ella, sacudiendo una mota de polvo inexistente en su falda—. El dinero… No tengo trabajo ahora… Tengo muchas deudas y no creo que me alcance...

Kyoko sintió que se ruborizaba.

—¿Qué...?

—¡Que no tengo dinero! —exclamó abochornada, levantando la cabeza—. ¿Lo oís...te? —Cerró la boca y contuvo el aliento al ver y sentir su cara demasiado cerca a la suya.

Takuma se alejó rápidamente y se sentó en su asiento, pasando una mano nerviosa por su cabello.

—Lo siento, antes no te oía bien—murmuró con un carraspeo.

Kyoko asintió y desvió la mirada hacia el parabrisas.

¡E-E-Eso me asustó! —Su corazón palpitaba el doble de rápido y parecía que se le saldría del pecho. Por un momento sus labios parecían estar demasiado cerca a los suyos y sus ojos azules estaban...

Sacudió la cabeza.

—Puedo prestarte el dinero —Kyoko se paralizó y volvió su mirada a él—. Si es que no pasa el dolor —dijo Takuma seriamente.

—P-Pasará —aclaró su garganta y apartó de su mente lo sucedido hace un minuto—. Debe pasar. Pasará —repitió esta vez en voz alta.

—Estas maldita —le recordó.

—No puedo tener tanta mala suerte…¿no? —dijo repentinamente dudosa. La realidad era que el anillo parecía protegerla contra la maldición, pero no contra el karma que pagaba por los maleficios.

Takuma le sostuvo la mirada sin decir nada, así que Kyoko abrió y cerró la boca no sabiendo que decir ni donde mirar.

—Hay algo que no sabes —dijo de repente él, respirando hondo—. Hay algo que puedo hacer para ayudarte.

—¿Q-Qué?

—¿Dejarías que te abrace?

Kyoko parpadeó lentamente. Su cerebro parecía que tenía problemas para decodificar el mensaje, porque seguramente debía descifrar o interpretar para entenderlo bien.

¿dejaríasquete...?

¿Dejarías que te...?

¿Dejarías que te abra..?

...abrace?

¿Dejarías que te abrace?

Echó la espalda hacia atrás con la turbación estampada en su cara.

—Q-Qué... ¡¿Q-Qué?!

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