En el corazón de Castle Rock, la luna llena bañaba con su luz fría las torres del castillo de los Hermanos de la Sombra. En la sala principal, el fuego crepitaba en la chimenea, pero el aire estaba cargado de tensión, como si cada sombra en las paredes susurrara secretos oscuros. Sesshomaru Taisho, el Alfa, permanecía de pie junto a una mesa de roble macizo, sus ojos dorados brillando como brasas encendidas mientras se fijaban en Miroku, su beta y mejor amigo.

Sesshomaru era un hombre de más de 150 años, en el mundo de los humanos no aparentaba más de 40 años; 190 de estatura, su cuerpo era el de alguien que conocía el peso del esfuerzo y la disciplina. Fornido, cada músculo de su anatomía parecía esculpido con la precisión de un artista obsesionado con la perfección. Su piel, blanca como la nieve, contrastaba con el plateado de su hermosa cabellera, unos ojos dorados profundos, terriblemente fríos. Sus subditos decían que era despiadado.

—Han cruzado nuestra frontera otra vez —dijo Miroku, su voz grave y contenida. Cada palabra parecía pesar como una piedra en el ambiente—. La manada Sangre de Hierro no teme provocar una guerra.

Sesshomaru presionó los puños, sus garras amenazando con emerger. Su semblante era una máscara de calma férrea, pero el brillo en sus ojos delataba la tormenta que rugía en su interior. La rivalidad entre ambas manadas había escalado peligrosamente desde la muerte de su padre, y los Sangre de Hierro parecían ansiosos por poner una prueba al joven Alfa.

— ¿Cuántos? —preguntó finalmente, su voz baja pero cargada de un filo cortante.

—Cinco. Cazadores. Dejaron marcas en los árboles como advertencia —respondió Miroku, cruzándose de brazos.

Sesshomaru soltó un gruñido bajo, un sonido gutural que reverberó en la sala como un verdadero contenido. Su mente trabajaba rápidamente, evaluando posibilidades, trazando estrategias. Sabía que cualquier movimiento en falso podría desencadenar un conflicto que arrasaría con todo lo que había jurado proteger.

—No responderemos todavía —dictaminó Sesshomaru tras un prolongado y tenso silencio, su voz cargada de una autoridad que no admitía réplica—. Pero quiero que refuercen las patrullas. Si vuelven a cruzar, no habrá piedad.

Miroku inclinó ligeramente la cabeza en señal de asentimiento, pero su postura rígida revelaba que algo más lo inquietaba. Permaneció inmóvil, con los labios apretados, como si luchara contra las palabras que pugnaban por salir. Finalmente, tras un instante de vacilación que pareció eterno, habló:

—Se ha detectado un aumento de avistamientos de rastreadores cerca de la universidad de Stanford.

Sesshomaru alzó la mirada de inmediato, sus ojos encendidos fijándose en los de Miroku como cuchillas al rojo vivo. La sola mención del lugar subió una alarma en su interior. Stanford no era un sitio cualquiera; muchos de los lobos más jóvenes estudiaban allí, inocentes y vulnerables. Y él mismo, aunque ya no impartía clases, mantenía una conexión con la facultad de Derecho. Su presencia en el campus era ocasional, pero significativa. Aunque era un lugar neutral, eso no le daba buena espina.

—¿Rastreadores? —murmuró, su voz baja y cortante como el filo de una hoja mortal.

—Si, como si estuvieran buscando a alguien —confirmó Miroku, con un estremecimiento apenas perceptible.

El silencio que siguió fue espeso, casi tangible. Sesshomaru apartó la mirada y caminó hacia la ventana, observando la luna llena que colgaba en el cielo como un ojo vigilante.

—Sesshomaru… —comenzó Miroku con cautela — Los miembros del ministerio requieren que encuentres a tu compañera o escojas a una joven para emparejarte.

— No quiero hablar de eso en este momento —gruñó Sesshomaru, girándose con los ojos encendidos de furia. El eco de su voz llenó la sala antes de desvanecerse en el crepitar del fuego — ¡Vete!

Miroku retrocedió un paso, sorprendido por la intensidad del estallido. Pero no insistió. Con una inclinación respetuosa de la cabeza, salió de la sala, dejando a Sesshomaru solo con sus pensamientos.

Cuando el sonido de los pasos de Miroku se desvaneció en el corredor, Sesshomaru dejó escapar un suspiro temblor oso y apoyó las manos sobre la mesa. Había algo roto dentro de él, algo que ni siquiera el poder del Alfa podía reparar. Desde hacía años, una sombra lo seguía donde quería que fuera; la ausencia de su compañera. Cada Alfa tenía una compañera destinada por el vínculo ancestral, un ser que completaba su alma y le daba fuerza para liderar.

Había quienes susurraban que estaba maldito, que el linaje de los Hermanos de la Sombra había sido condenado desde la muerte violenta de su padre. Otros decían que simplemente no había buscado lo suficiente. Pero Sesshomaru sabía la verdad; sin ella, estaba incompleta, vulnerable… y lo odiaba.

La idea de necesitar a alguien lo consumía por dentro. Había aprendido a ser fuerte por sí mismo, a cargar con el peso del liderazgo sin ayuda. ¿Por qué entonces esa necesidad latente lo devoraba cada noche? ¿Por qué sentía ese vacío constante, como si una parte de él estuviera perdida en algún lugar lejano?

Cerró los ojos y apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. No tenía tiempo para esas debilidades. La manada dependía de él. Pero aún así… las palabras de Miroku resonaban en su mente como un eco persistente: "Como si buscaran a alguien".

Horas más tarde, cuando las sombras se alargaban y el castillo dormía en un silencio inquieto, Sesshomaru salió al bosque solo. La luna iluminaba su camino mientras avanzaba entre los árboles altos y oscuros. Sus pasos eran firmes, pero su mente estaba llena de dudas y recuerdos.

Se transformó al momento al momento y recorrió el vasto bosque que formaba parte de tu territorio.

No comprendía porque la manada Sangre de Hierro había estado probando sus límites, si se avecinaba una guerra, el estaría listo.

Yako, su lobo. Corría por el bosque sintiendo el delicioso viento en su cara. Soltó un aullido de dolor, por la falta de su compañera.

Pero protegería a su manda cueste lo que cueste. Con su compañera o sin ella.