Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)
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Capítulo 29 Un alma en pena (que necesita despertar)
Cantares 8:6:
«Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor; duros como el Seol los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama».
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El juicio se prolongó por días, luego semanas, y cuando se cumplieron poco más de dos meses desde que Kioran debió abandonar la línea temporal de Gohan, finalmente la audiencia había tomado una decisión que no la dejaba en absoluto tranquila, únicamente le daba más tiempo para refinar sus planes de emergencia.
El alegato de Trunks fue extenso. En él, se explayó acerca de cómo Towa y el Imperio Oscuro corrompieron específicamente ese pergamino como una trampa destinada a encerrarlo en ese mundo, imposibilitando que pudiera defender ciudad Conton mientras recibía un ataque sorpresa. Considerando ese factor, más el atenuante de haber pasado allí un año completo, llevaron a Gosen Zosama, Chronoa y el jurado a tomar dos determinaciones: la primera, que Kioran estaba suspendida indefinidamente de sus funciones en la Patrulla del Tiempo. La segunda, que el pergamino continuaría bajo observación en la Bóveda del tiempo, protegido dentro de la pequeña cúpula de cristal que lo había contenido durante la corrupción. Esto significaba que la vida dentro de ese mundo continuaría su curso… siempre y cuando se mantuviera estable, pues el veredicto incluía también la advertencia de que, si llegaba a producirse algún cambio vital que afectara finalmente otras líneas temporales, sería destruido de inmediato.
—Por ahora puedes estar tranquila —le aseguró Chronoa mientras elaboraban su decisión—, el pergamino seguirá intacto si todo sigue sin cambios.
Sobra decir que Kioran no se relajó en ningún momento. Mientras no le aseguraran que no lo iban a destruir, no podría bajar la guardia en ningún momento y sus planes seguían en pie. Como fuera, no permitiría que Gohan fuera destruido.
Mantener ese rollo del tiempo intacto se convirtió en el único motor de su vida. Volver a ser o no Patrullera le daba exactamente igual. Bastó una breve conversación con Trunks para que este lo notara, añadiéndole una nueva preocupación pues él tampoco quería que destruyeran el pergamino y se había propuesto impedirlo utilizando su influencia como líder de la Patrulla. Sin embargo, también estaba bastante atado de manos justamente por el puesto que ostentaba en ciudad Conton.
El tiempo debía estar a su favor. Confiaba en que no ocurriría nada que les hiciera reconsiderar su decisión.
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El concepto de «libertad» había desaparecido para Kioran. No era una Patrullera, pero tampoco un civil. A pesar de que ya no portaba la pulsera que suprimía su poder, solo tenía permitido moverse dentro de los confines de Ciudad Conton. Aunque agradecida por no estar ya en la celda que la albergó por el tiempo que duró el juicio, pronto Kioran descubrió que la rutina a la que estaba obligada no era mucho mejor.
Había vuelto a la habitación que le asignaron desde que llegó junto a Trunks con la promesa de saber qué había ocurrido con su madre. Al entrar, descubrió que le resultaba completamente ajena.
A veces se quedaba mirando el techo durante horas, sintiendo que ese espacio no le pertenecía. No era su pequeña casa cápsula, ese rincón que la había acogido con sus espacios curvos, pequeños y perfectamente optimizados, donde cada cosa ocupaba un lugar preciso sin estorbar ni entorpecer al resto de la estructura. Echaba de menos la mesa de centro que rompió (y que olvidó reponer), el rincón de su habitación donde se encogía para dormir (en el que su espalda parecía calzar a la perfección), el pequeño salón (que jamás estaba ordenado), la diminuta nevera donde guardaba comida (que pasaba vacía), el minúsculo y completo baño donde podía pasar mucho rato observándose al espejo (y odiando su imagen), entre tantos otros detalles que se acumulaban uno a uno en su mente.
Pero sin duda lo que más extrañaba, y que más se resistía a reconocer, era sentarse en el exterior con la espalda apoyada en la puerta… y Gohan a su lado, ya fuera en silencio o hablándole de cualquier cosa.
Eran noches en las que él se explayaba acerca de constelaciones, mitología, dioses y héroes de leyendas terrícolas que Kioran jamás había escuchado hablar. Y aunque no entendía ni la mitad de lo que él con tanto entusiasmo le explicaba, pues en su opinión las estrellas no eran más que eso, la manera en que Gohan hablaba, con esa cadencia tan tranquila, la mantenía hipnotizada.
—¿Sabes? —le dijo él en una oportunidad—. Cuando era niño, mi mamá solía señalarme las estrellas. Decía que cada una de ellas representa a un guerrero del pasado, luchando su propia batalla. Me gustaba pensar que todos estamos conectados a esas estrellas de alguna manera… que todos contamos una historia reflejada en alguna parte del universo.
Kioran, que normalmente habría soltado algún comentario sarcástico o minimizado el tema, se quedó en silencio. No porque estuviera interesada en unos supuestos «guerreros estelares», sino porque no quería romper ese momento. No quería que él dejara de hablar. Su ritmo pausado siempre la hacía sentir en paz.
Tras un rato, Gohan giró la cabeza hacia ella.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Kioran lo miró, sus ojos encontrándose con los de él por un segundo demasiado largo. Se sintió vulnerable, pero no lo suficiente como para apartar la vista. Algo en la forma en que Gohan la estudiaba, con esa calma inquebrantable, la hacía querer quedarse allí, en ese pequeño refugio que habían construido sin darse cuenta.
—En que los terrícolas tienen demasiada imaginación —respondió, intentando sonar indiferente.
Gohan la recompensó con esa increíble sonrisa inocente que le brotaba en el rostro cada vez que decía algo que le hacía gracia…
La guerrera sacudió la cabeza, notando que había vuelto a sumergirse dolorosamente en sus recuerdos. Para tratar de evitar ser devorada por completo gracias a la nostalgia, pasaba largas horas en la cámara de entrenamiento saiyajin. Golpe tras golpe, entrenamiento tras entrenamiento, la adrenalina la mantenía en pie, su único escape del vacío que sentía dentro. Era algo que podía soportar, al menos por un tiempo… pero conforme avanzaban los días y las semanas, el vacío empezó a volverse inaguantable.
La ausencia de Gohan, que en un inicio era solo una molestia, una incomodidad con la que creía que podría lidiar, pronto se transformó en una tortura constante. Por más que entrenaba o intentaba concentrarse en otra cosa, el dolor seguía presente, constante, agudo. Cada imagen de él que cruzaba su mente, cada palabra que habían compartido, cada gesto, cada sonrisa, se sentía como una herida abierta que nunca sanaba.
No podía evitarlo. Cerraba los ojos y lo veía: abrazándola con fuerza antes de partir al que era su destino; a punto de morir, desatando por fin su poder y alcanzando el nuevo nivel de su transformación en Super Saiyajin; acariciándole el cabello el día en que se atrevió a salir de su casa luego de semanas encerrada, volviéndose loca porque él estaba condenado… Para cuando dejaba de recordar, todo lo que sentía en su interior era el maldito vacío que Gohan le había dejado.
Era como si su corazón hubiera sido arrancado de su pecho, latiente y sangrante, abandonado en ese pergamino del tiempo. Un dolor tan profundo que sentía que sus entrañas se retorcían, que su cuerpo estaba desgarrado desde adentro. Y cada día que pasaba, esa sensación se intensificaba. Ya no era solo una melancolía insoportable; era un sufrimiento sin pausas, un abismo oscuro que la estaba consumiendo.
Kioran, que nunca había tenido miedo de enfrentarse a sus enemigos, se encontraba ahora con un adversario que no sabía cómo derrotar: la ausencia de Gohan, la pérdida de lo que más había llegado a valorar. No había entrenamiento, no había fuerza que pudiera mitigar esa sensación. Nada llenaba ese vacío.
Se preguntaba, a menudo, cuánto más podría soportarlo. Qué más debía pasar para que ella, o bien terminara como un cascarón sin alma, o superando por fin su ausencia. Se atrevía a creer que la segunda opción nunca iba a llegar, en vista de cómo reaccionaba cada vez que un recuerdo asaltaba su mente o que observaba la foto que llevaba siempre en el bolsillo de su uniforme como un talismán.
Así que se limitó a seguir habitando ciudad Conton como alma en pena, yendo de su habitación a la cámara de entrenamiento, ida y vuelta, sin desvíos de por medio. Evitaba el contacto con los demás, a Chronoa no la veía desde la última audiencia, y con Trunks… la verdad era que no sabía ni cómo tratarlo, por eso, empezó a evitarlo también.
Cierto era que Trunks había intentado mantenerse presente en su vida, consciente de lo que la ausencia de sus funciones como Patrullera y el encierro emocional que estaba experimentando podrían provocarle. Al principio, la acompañó a entrenar algunas veces, una excusa para tratar de reconectar con ella, pero nunca logró hacerlo. Ya no era la misma Kioran que había conocido antes de que quedara atrapada en el pergamino del tiempo.
Previo al incidente, entre ellos había una dinámica… distinta. Kioran solía coquetearle sin reparos, lanzándole bromas subidas de tono cada vez que podía, siempre con esa chispa juguetona que la caracterizaba. A veces era un simple comentario, otras una sonrisa cargada de intenciones que nunca terminaban de concretarse, pero que siempre estaban presentes entre ellos. A veces, simplemente era descarada, rompiéndole las camisas y sugiriendo que había llegado la hora de que «se aparearan» y gozaran un poco de la vida.
Era parte de su dinámica. Parte de lo que los hacía funcionar juntos. Pero desde que había vuelto de ese pergamino, ese lado de Kioran había desaparecido por completo. Ahora solo quedaba camaradería, incluso amistad, sin doble interpretación ni segundas intenciones.
Lo que más le desconcertaba era cómo ella hablaba del «pequeño príncipe». Trunks sabía perfectamente que ese apodo era para él, solo que destinado a su versión más joven. Pero cada vez que Kioran lo mencionaba, lo hacía con una ternura que él nunca había experimentado de su parte. Y cuando le preguntó cómo eran las cosas con ese Trunks, Kioran sonrió de una forma que lo dejó sin palabras. Era una sonrisa suave, cálida, casi maternal.
—Bueno, siempre estábamos compitiendo —afirmó, como si estuviera enfadada pero no lo suficiente—. No me dejaba en paz, era un verdadero dolor en el trasero: preguntón, impetuoso, sarcástico… —Aunque parecía una queja, la calidez de su tono lo desmentía.
Trunks se quedó pensando luego de escucharla. ¿Era así a los doce o trece años? No estaba muy seguro. Quizás, podría ser, pero no recordaba haberse comportado así con Gohan. Sin embargo, no tenía dudas de que Kioran decía la verdad. Gracias a esa conversación, llegó a la conclusión de que cuando ella le hablaba ya no lo veía a él, sino a su versión más joven. De alguna manera, eso lo había cambiado todo.
No podía negar lo evidente: Kioran había desarrollado un vínculo profundo con esa versión de él mismo. Y, aunque intentaba no darle más vueltas al asunto, no podía evitar preguntarse qué significaba eso para ellos dos. ¿Había perdido algo en ese proceso? ¿Algo que nunca podría recuperar?
Por eso trató de seguir acompañándola a entrenar. Pensaba que con el tiempo las cosas volverían a ser como antes. Que tarde o temprano, Kioran volvería a lanzarle una de esas sonrisas coquetas, o lo provocaría con alguna de sus bromas. Pero los días pasaron, y nada de eso ocurrió. Ella entrenaba con la misma intensidad de siempre, pero sin nada más. No había ni un atisbo de ese fuego juguetón que solía iluminar sus interacciones.
Y Trunks, poco a poco, comenzó a resignarse y a hacerse a un lado.
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Pasando el tercer mes en ciudad Conton, el peso de la soledad se le había vuelto sencillamente insoportable. Durante semanas, Kioran dio todo de sí misma para mantener la compostura, continuar su monótona rutina, entrenando en la cámara saiyajin y vagando sin rumbo, pero la verdad era que estaba completamente ahogada por la ausencia de Gohan.
Sin poder evitarlo, terminó preguntándose con afán obsesivo un sinfín de «por qué»; por qué no podía dejar de pensar en él; por qué todo lo que hacía era recordándolo; por qué él había llenado un vacío en su interior que ni siquiera sabía que existía hasta que lo conoció, y ahora que no estaba, ese vacío era como un agujero negro que absorbía todo lo demás, dejándola completamente perdida. Cada recuerdo que tenía junto a él la quemaba por dentro, y por más que intentara distraerse, nada lograba calmar esa necesidad desgarradora de volver a verlo. Era como si su vida misma dependiera de ello.
A veces sacaba la foto que guardaba con celo, esa bendita foto que en un impulso se llevó antes de pedirle que no peleara con los androides, y la podía observar por horas sin aburrirse, resiguiendo la figura de ese mestizo bondadoso con la yema de los dedos.
Una tarde, incapaz de soportarlo más, Kioran tomó una decisión impulsiva. Rompiendo el obediente encierro que había mantenido hasta entonces, se dirigió directamente a la torre de control de la Patrulla del Tiempo. Sabía que no debía estar allí, y también que era muy probable que su presencia causara problemas, pero en ese momento nada le importaba. Necesitaba ver a Gohan. Lo necesitaba más que continuar con vida.
Al llegar a la torre, su presencia llamó la atención de inmediato. El operario que vigilaba el pergamino del tiempo que a ella le interesaba era un hombre mayor que ya la conocía, y la observó acercarse con una mezcla de sorpresa y temor. Recordaba bien la furia que se había desatado en ella cuando el pergamino se corrompió meses atrás, y no quería ser el blanco de su ira nuevamente.
—S-señorita Kioran —balbuceó el operario, con un nudo en la garganta—. Usted n-no debería...
—¡Cierra la boca, viejo! —espetó, lanzando una mirada feroz hacia el panel de control que él manipulaba. La ira y la impaciencia se apoderaban de ella, odiando no haber prestado atención a las lecciones que Trunks le dio sobre el uso de esos controles—. Muéstrame la Capital del Oeste —ordenó, señalando la pantalla con un dedo firme.
El hombre tragó saliva, asustado.
—P-pero…
—¡Hazlo ya! —rugió ella, haciendo que el operario pegara un respingo.
Su mirada severa lo atravesaba, y sin más opción, comenzó a teclear con dedos temblorosos, accediendo al panel para mostrar la ubicación solicitada. Pronto, la imagen de la Capital del Oeste apareció en la pantalla frente a ellos. El hombre se giró hacia Kioran, buscando algún tipo de aprobación o una indicación de qué debía hacer a continuación.
Kioran clavó los ojos en la pantalla, ignorándolo mientras murmuraba para sí misma, tratando de encontrar alguna pista que la guiara.
—Es de día… a esa hora, estábamos entrenando o rescatando civiles… —susurró, más para ella misma que para el hombre que la acompañaba. Los recuerdos de su tiempo en ese mundo le causaban una punzada dolorosa en el pecho, pero no se detuvo a procesar esa emoción.
Además, desde que los androides fueron aniquilados por Gohan, seguro que él y Trunks habían modificado sus rutinas, dedicándose a ayudar en la reconstrucción de ciudades, por ejemplo. Estaba segura de que en eso gastaban su tiempo ahora.
Quería ver más, pero con ese hombre ahí no tenía libertad de hacerlo.
—Viejo, muéstrame cómo moverme. Quiero encontrar a alguien. ¡Rápido! —exigió, su voz impregnada de urgencia.
El pobre operario, tembloroso, intentó explicarle rápidamente cómo utilizar los controles de ubicación geográfica, hablando de altitud, latitud y otros detalles técnicos que solo lograron irritarla más.
—¡No sé qué mierda es eso, solo quiero moverme por el mapa como si estuviera allí! —chilló, agitando los brazos de manera impaciente.
Finalmente, tras una breve demostración, Kioran comprendió lo suficiente como para hacer lo que quería. No necesitaba más que eso. Sin perder tiempo, despidió al operario con una amenaza poco sutil:
—Si vuelves aquí antes de media hora, te juro que romperé tu estúpida colección de tazones —gruñó, haciendo un gesto con la mano que dejó en claro que no estaba bromeando.
—¡Mis tazones no! —gimió el señor, pensando en lo mucho que le había costado conseguir uno en particular que cambiaba de color con el agua caliente…
Así que no esperó a escuchar más; salió escopetado de la sala, dejando a Kioran sola frente a los controles, su mente consumida por un único pensamiento: encontrar a Gohan. Y mientras sus dedos comenzaban a deslizarse por los comandos, su corazón latía desbocado, aferrándose a la esperanza de verlo, aunque fuera solo una imagen en una pantalla.
Ya podía encontrar muchas señales de reconstrucción en aquellos paisajes que tan bien conocía. La ciudad, antes en ruinas, ahora mostraba evidentes signos de que los edificios empezaban a ser levantados poco a poco otra vez. El pasto frente a la Corporación Cápsula, antes apenas un montón de tierra con hebras muertas, lucía algunas tonalidades verdosas en él.
Kioran tragó saliva, sintiendo cómo su garganta se cerraba de golpe. El tiempo seguía pasando, la humanidad estaba en proceso de recuperarse de esos trece años de terror gracias a los androides… la idea hizo que Kioran se abandonara a la angustia al comprobar que el tiempo allá en el pergamino, y en ciudad Conton, seguía transcurriendo sin que ella pudiera hacer nada por detenerlo.
«¿Y si… ya me olvidó?», pensó, con el pecho oprimido. Gohan le había prometido recordarla, le había asegurado que siempre lo haría. Pero ¿y si eso había cambiado? ¿Y si, con la restauración de la ciudad y los nuevos desafíos que seguramente habría enfrentado, ella ya no era más que un eco lejano en su memoria? La sola idea de que Gohan la hubiera olvidado era como si alguien le estuviera estrujando el corazón. Sentía las lágrimas amenazando con salir, pero se negó a dejar que cayeran. Llorar era para maricas, maldita sea. Aunque Gohan le hubiera dado un significado diferente a la frase, ahora necesitaba aferrarse a las enseñanzas de Raditz, que nunca fueron tan útiles como en ese momento.
Movió los controles del mapa, desplazándose por los distintos lugares que solían visitar. Decidió por instinto partir con el claro donde solían entrenar juntos. Allí habían pasado tantas horas entrenando, discutiendo, riéndose con las infaltables competencias que hacía con el pequeño Trunks…
Pero ahora, el claro estaba vacío.
La imagen la golpeó dolorosamente. Cerró los ojos por un instante, enfocada en el recuerdo de esa madrugada en la que ella y Gohan compartieron sus memorias, un momento que lo había cambiado todo, porque pudieron comprenderse de una forma que las palabras nunca habrían logrado.
Kioran sacudió la cabeza con fuerza, intentando despejar esas imágenes que solo le causaban dolor. No tenía tiempo para eso. Necesitaba encontrarlo, necesitaba saber que estaba bien, que seguía siendo el Gohan que conocía. Que no la había olvidado.
Movió los controles con más urgencia, recorriendo cada rincón de la ciudad, las zonas rurales, cualquier lugar donde podría estar haciendo su invaluable aporte a ese mundo. Su corazón latía con fuerza en su pecho, acelerado por el temor de que algo, o alguien, interrumpiera su búsqueda antes de conseguir su objetivo. Era consciente de que estaba rompiendo las reglas al estar allí, de que en cualquier momento Trunks o Chronoa podrían aparecer para castigarla por su imprudencia. Pero no le importaba. En ese instante, solo Gohan importaba. Y hasta que no lo viera, no iba a detenerse.
Su mirada recorría cada centímetro de la pantalla, rogando en silencio que estuviera allí, que no la hubiera olvidado, que todavía quedara algo de lo que compartieron.
Después de lo que parecía una eternidad de búsqueda desesperada, finalmente lo encontró. Kioran parpadeó incrédula al ver la imagen en la pantalla. Ahí estaba él, Son Gohan, tal como lo recordaba, con esa misma presencia cálida y heroica que lo hacía destacar en cualquier lugar.
Gohan estaba ayudando a una pareja de ancianos que había volcado su automóvil en una zanja. La calma en su rostro contrastaba con la angustia que latía en el pecho de Kioran. Vio cómo se acercaba a ellos, revisando que estuvieran bien, sonriendo con esa naturalidad que lo caracterizaba, antes de levantar el vehículo con facilidad y colocarlo frente a ellos sin nuevos daños. No era un aerocoche sino un modelo muy antiguo. Los ancianos lo miraron con agradecimiento, despidiéndose con palabras que Kioran no alcanzaba a escuchar, pero que sabía eran de pura gratitud. Gohan les devolvió la sonrisa, una de esas sonrisas que ella conocía demasiado bien, y que ahora le dolía ver.
Esa sonrisa…
Kioran sintió como si algo explotara dentro de su pecho. Su respiración se volvió errática, entrecortada, y antes de darse cuenta, sus manos comenzaron a temblar. Todo su cuerpo temblaba. Sin pensarlo, acarició la pantalla con dedos temblorosos, deseando poder atravesarla, poder sentirlo de verdad, estar allí, a su lado. La imagen de él, tan perfecto, tan intacto, mientras ella… se desmoronaba por dentro…
No podía permitirse llorar, pero por dentro sentía que iba a explotar en cualquier momento. El alivio de verlo bien, de saber que seguía siendo el mismo Gohan de siempre, se entremezclaba con un dolor profundo y desgarrador. ¿Por qué no podía estar allí con él? ¿Por qué solo podía observarlo desde la distancia, como si fuese una estúpida voyeur, relegada a ser una mera espectadora de su vida?
Gohan seguía cumpliendo su rol, ayudando a la gente, sonriendo con esa bondad inquebrantable que lo definía, mientras ella se moría de dolor, incapaz de entender por qué lo necesitaba tanto, por qué arriesgó todo solo para verlo, aunque fuera a través de una pantalla. ¿Por qué, por qué? ¿Qué era lo que Gohan le había hecho para que se sintiera tan dependiente de su presencia, de su sonrisa, de los malditos recuerdos de ese increíble año?
El dolor pronto mutó hacia la ira. Una ira tan feroz que la obligó a apretar los puños con fuerza, hasta que sus uñas casi perforaron la piel de sus palmas. Era injusto, todo era terriblemente injusto. Él seguía allí, sonriendo como si nada hubiera pasado, como si todo estuviera bien, mientras ella se deshacía por dentro, consumida por una necesidad que no lograba comprender.
—¿Qué mierda me hiciste, híbrido? —masculló en voz muy baja, la voz quebrada, pero llena de furia.
Quería respuestas. Quería que él le explicara por qué lo necesitaba tanto, por qué era incapaz de dejar de pensar en él, por qué esa dependencia insana había echado raíces en su corazón, por qué estaba así de obsesionada. Necesitaba saber qué la había llevado a este estado de desesperación, por qué solo su presencia lograba calmar el agujero negro que se lo llevaba todo a la extinción.
Su ira, sin embargo, se desmoronó tan rápido como había surgido. De pronto, Kioran llevó las manos a su rostro, apretando con fuerza, como si quisiera arrancarse la piel de cuajo. El dolor era insoportable, profundo, desgarrador. La imagen de Gohan seguía grabada en su mente, pero ahora, en lugar de consuelo, solo le traía sufrimiento. Estaba demasiado lejos, y eso la destruía.
Con un movimiento brusco, apagó el monitor. El silencio que siguió era ensordecedor, pero no podía quedarse más tiempo allí. No podía soportarlo. No podía seguir enfrentándose a sus propios demonios en esa jodida torre de control. Necesitaba liberar su ki, gritar, golpear algo, lo que fuera para expulsar la ira, la tristeza y el dolor que la estaban devorando viva.
Salió del cubículo sin mirar atrás, dirigiéndose con pasos decididos a la cámara de entrenamiento saiyajin. Era el único lugar donde podía ser ella misma, donde podía desatar su energía sin preocuparse por dañar a nadie, donde no habría preguntas, ni miradas curiosas, ni castigos.
Salió de la torre a zancadas y despegó sin importarle la ridícula cantidad de energía que expulsó para ello. No le importaba nada en ese momento, nada en absoluto.
Desde una esquina alejada, Chronoa y Trunks habían observado todo en completo silencio. Ninguno de los dos quiso intervenir cuando Kioran se plantó frente al operador y exigió que la dejara visualizar el pergamino. Chronoa, más perceptiva, sabía que no era el momento; la guerrera necesitaba liberar sus emociones de alguna manera, y esto era parte de su proceso.
Trunks, en cambio, había permanecido en tensión, con los labios apretados. No entendía del todo lo que acababa de presenciar, pero algo dentro de él le decía que Kioran no estaba simplemente buscando consuelo. Había algo más, algo que se le escapaba.
Cuando salió volando en dirección a la cámara de entrenamiento, ambos soltaron un suspiro casi al unísono.
—Pobre chica, la está pasando muy mal —dijo Chronoa en voz baja, rompiendo el incómodo silencio que se había instalado entre ellos—. Me gustaría poder ayudarla, pero...
—Sí, lo sé —murmuró Trunks, que creía entender lo que ella decía.
La Kaio-shin le dedicó una mirada inquieta. Sus pensamientos iban en una dirección completamente distinta, pues había llegado a la conclusión de que Kioran estaba enamorada desde que la vio en el pergamino junto a Gohan. El problema era que ella ni siquiera parecía haberse dado cuenta. O tal vez no quería admitirlo. Y, desde luego, esa verdad no haría más fácil la relación con Trunks. No quería que él se sintiera mal por lo ocurrido, sabiendo que antes hubo algo sin nombre entre ellos… algo que no llegó a concretarse.
—Chronoa —le dijo de pronto, sacándola de sus reflexiones—, he estado pensando que podríamos traer a Gohan para incorporarlo a la Patrulla del Tiempo.
—No es buena idea —retrucó—. Si íbamos a hacerlo, debía ser en el momento que iba a morir originalmente. El que Kioran cambiara su destino arruinó esa posibilidad.
—Tú podrías hacerlo —la instó, observándola con toda intención.
—Sabes que no debemos jugar con el tiempo.
Chronoa era una diosa, algo que resultaba fácil de olvidar por su apariencia infantil. No obstante, existían ocasiones en las que se mostraba como lo que era: la deidad encargada de mantener el orden en el flujo temporal. Aunque ostentaba un poder sin límites sobre este, tenía una responsabilidad tan grande sobre sus hombros que no se tomaba su rol a la ligera. Por mucho que doliera, cada una de sus decisiones debía estar plenamente calculada.
El primogénito del príncipe Vegeta compuso una expresión arrepentida.
—Lo siento. No quería pedírtelo así. Pero es que Gohan…
—Sé lo que significa para ti, créeme. —Le apretó un brazo con afecto—. Lo que pasó también me afecta.
Él asintió, con la mirada fija en el suelo.
—El pergamino se ha mantenido estable todo este tiempo. ¿Y si levantan la suspensión de Kioran? Ahora es mucho más fuerte. La podemos enviar a misiones distintas.
—Hmmm… puede ser —farfulló Chronoa tras una pausa, aunque su tono dejaba claro que estaba respondiendo por decir algo—. Aún es muy pronto para tomar esa decisión. Necesito seguir observando. Por cierto, ¿cómo van las cosas entre tú y ella? —Cambió de tema con fluidez.
Trunks frunció el ceño, luego se encogió de hombros.
—Bien, supongo. Normal.
—¿Cuántas veces al día están discutiendo?
Él parpadeó, sorprendido por la pregunta. Esa era una conversación que no esperaba.
—Ya no discutimos —admitió en tono bajo—. Desde que volvió, no hemos peleado ni una vez.
Chronoa se puso frente a él. Su rostro evidenciaba tristeza, preocupación, e incluso culpabilidad.
—Te prometo que encontraré la forma de ayudarlos. Aún no se cómo, pero lo haré.
—Gracias.
Él no sabía bien a qué se refería con «ayudarlos». Solo esperaba que esa ayuda mantuviera el pergamino intacto, porque se le apretaba el corazón de solo pensar en la alternativa…
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N. de la A.:
¡Feliz sábado de Más allá! Un poco tarde, pero aquí estoy. ¡Gracias a todos por el apoyo constante a la historia!
La vida dentro del pergamino sigue su curso. La vida fuera del pergamino también. Y Kioran está sufriendo tanto que podría cometer una locura en cualquier momento. Esperemos que no lo haga o va a complicarlo todo.
La próxima semana nos vamos a adentrar en el pergamino. Va a ser un capítulo 100% Gohan. Yo también lo estoy echando de menos xD
Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!
Nos vemos en el siguiente…
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
