Estoy recuperando una vieja historia que escribe en otra cuenta, esta historia se trata de una verdadera villa, no habra obra buena sin castigo ni acto malvado sin un premio, advertencia de body horror.

CAP 1: El Jardín del Abuelo

Desesperación, eso era todo lo que Taylor Hebert había llegado a conocer, desesperación al perder a su madre, la única luz constante en su vida, desesperación al ver a su padre apagarse día tras día, consumido por la pena y la rutina, tan cerca y a la vez tan distante desesperación por la traición de quien alguna vez llamó hermana en todo menos en sangre cuya puñalada por la espalda deja más profundas que cualquier herida física, desesperación ante una campaña de terror silencioso y metódico, orquestado para quebrarla, para arrancarle todo atisbo de esperanza, para convertirla en una sombra, desesperación al buscar ayuda entre adultos ciegos, entre compañeros sordos, etc solo para encontrar que cada palabra pronunciada en busca de auxiliar cavaba su tumba un poco más profunda, y ahora desesperación en encontrar encerradasolaen su casillero convertido en un sepulcro vivo.

Últimamente, el trío de sus sádicas acosadoras se había acostado tranquilo, por primera vez en meses, Taylor sintió algo parecido a la esperanza, tal vez, solo tal vez, se habían cansado de su pequeño entretenimiento, tal vez, su tiempo de soportar había terminado.

Pobre niña ilusa, jamás había estado tan equivocada.

Sin saberlo, sus torturadoras llevaban semanas recoglectando inmundicia de los baños de mujeres, acumulándola, fermentándola en un miasma asqueroso, preparando su magnum opus de crueldad y ahora, justo antes de las vacaciones de invierno, el momento había llegado, llenarían su casillero con esa masa pestilente y esperarían a que su presa cayera en la trampa.

El día se cierra gris y pesado sobre el colegio, como si el universo mismo conspirase para aumentar el sufrimiento de Taylor Herbert, mientras el timbre de salida anunciaba el final de las clases, Taylor permanencia en el alumno en su pupitre, con los dedos aferrados al borde de la mesa, temerosa, como si cada movimiento la conducjera a un abismo sin final, Fuera, en los pasillos, etc etc las risas estridentes de los estudiantes se entremezclaban con el crujido metálico de las taquillas al cerrarse, en esa algarabía ajena se escondía una única certeza de que pronto estaría sola y la soledad, en su macabra lógica, le ofrece el único refugio seguro frente a quienes la despreciaban.

—"Herbert, el salón no es tu casa"— diario la señora Knott, con voz cortante que parte el silencio como un látigo.

Taylor asintió de manera mecánica y con movimientos lentos, comenzó a grabar sus cosas, cada segundo que ganaba era un segundo menos en los que ella correía el riesgo de llamar la atención, sabía muy bien que, en ese ambiente hostil, cuanto más invisible se mostraba, menos posibilidades de ser objeto de las burlas y atracciones de ellas.

Pero ese día, el destino tenía otros aviones.

Mientras se dirige ahora hacia su taquilla, Taylor lo sintío antes de verlo, el hedor atroz impregnaba el pasillo, tan fuerte que parece tener forma, una miasma viscosa que se adhería a la piel y al alma, todo en su ser le pedía que se alejara, que corredera.

Pero algo más profundo, algo intangible, la llamada hacia adelante, arrastrado sus pies en un trance involuntario.

Se detuvo frente a su casillero, temblando. El olor era insoportable, un golpe físico a los

sentidos, y sin embargo, su mano temblorosa se alzó para abrir la puerta.

"No." murmuró, al percibir cómo un líquido oscuro se filtraba insidiosamente por las rendijas de la puerta.

Con las manos temblorosas, giró la combinación. Al abrirse la taquilla, se revela una imagen de pesadilla, en su interior se había acumulado una masa informe de tampones usados, toallas sanitarias podridas y manchas de sangre coagulada, todo fusionado en una sopa espesa de descomposición donde diminutos gusanos se retorcian como pequeñas serpientes. Tal acto no era fruto del azar, sino de la fría y calculada crueldad de sus acosadoras.

"Bonito, ¿no?" la voz de Sophia Hess resonó justo detrás de ella, seguida de un empleo brutal que la lanza de bruces contra el interior de la taquilla, su rostro chocó contra la repulsiva mezcla, y en ese instante, el sabor metálico de la sangre se fundió con la podredumbre en su boca, antes de que la puerta se cerrara de golpe, sumiéndola en una oscuridad total.

Oscuridad La

Los primeros minutos en ese claustro infernal fuerzan de pánico puro, Taylor arañó el metal, hasta que sus uñas se quebraron, gritó con desesperación hasta que su garganta se perdió, golpeó la puerta con furia, intentando romper el sello implacable, pero nadie estudió a auxilarla, Nadie vende.

Mientras el tiempo se diluía en la inmensidad sombra del casillero, su mundo se reducjo a un ciclo de terror y agonía, cada minuto, el hedor se impregnaba más en su piel, cada segundo la entronizaba en una espiral de sufrimiento. Sin embargo, poco a poco, algo empezó a cambiar en el abismo de la oscuridad, el olor ardiente se fue atenuando, los insectos que se arrastraban sobre su piel dejó de provocarle asco, y hasta el frío del metal que la rodeaba perdó la capacidad de hacerla temblar, fue como si la desesperación misma le ofreciera una tregua retorcida. Entonces, en medio de ese silencio perturbador, una risa profunda, cálida y casi paternal comienza a resonar en su mente, no era la burla de sus crueles agresoras, sino un tono sereno y paternal, capaz de acariciar hasta la herida más honda, esa risa la hizo detenerse, mássus sentidosembotados por el dolor, empezaron a prestar atención a algo nuevo y desconocido.

En un parpadeo, el casillero se transformó, la oscuridad claustrofóbica dio paso a una visión casi onírica, Taylor se encontró en un paisaje surrealista y repulsivo, donde el horror de la descomposición se mezclaba con una extraña belleza macabra. Ante sus ojos se extienden pantanos interminables de aguas verdosas y estancadas, salpicados de árboles podridos en cuyos rincones colgaban líquenes respiraciones y hongos luminoscentes, el ambiente, a pesar de su repulsión, emanaba una paz inquietantemente acogedora, como el abrazo de un oscuro consuelo.

Entre la maleza y la espuma de los pantanos, criaturas grotescas danzaban con desenfreno, sapos de ojos bulbosos y cuerpos hinchados; insectos del tamaño de gatos, zumbando pesadamente en el aire nauseabundo; peces de carne abierta y brillante nadando en aguas verdosas y espesas, era un lugar de descomposición... y de alegría, los seres que habitaban estos parajes no lloraban su estado, reían, jugaban, danzaban sobre la podredumbre, etc etc celebrando la vida en la muerte.

Eran seres formados por carne en descomposición, con pústulas reventadas y fragmentos de hueso expuestos, pero lejos de lamentar su suerte, se regocijaban en una fiesta macabra donde, saltaban y se movían con una energía casi infantil, celebrando la decadencia como si fuera un don divino.

En el centro de este inmenso jardín pestilente, como si fuera el epicentro de un milagro perverso, se alzaba una figura colosal. Una masa informa y grotesca de carne corrupta, con llagas, supuraciones y plagas hechas carne, revolvía su gran calibre con una cuchara de hueso, su risa sacudiendo el aire como una tormenta cálida, pero con una presencia tan imponente que cualquier palabra de repulsa se contrarrestaba con una inusitada sensación de seguridad, frente a ella, Taylor pudo divisar a Nurgle el Abuelo Peste señor de la decadencia y protector de los desesperados...Y su atención estaba fija en ella.

Nurgle había sentido el llanto de una niña mortal a través de las barreras de la realidad, más allá del Inmaterium, hasta el vacío donde ni los dioses podían llegar, pero esa alma era diferente, radiante en su dolor, hermosa en su desesperación.

La vio y la amó, no como un amo a su siervo, ni como un dios a su súbdito sino como un abuelo ama a su nieta, queriendo protegerla, nutrirla, y llenarla de regalos que sólo él podría comprar, inmunidad al dolor, poder sobre la podredumbre, compañía eterna.

Con una sonrisa que parece derretir la miseria, Nurgle revolvía su gran calibre, del cual emergían nuevas y turbias formas de vida, enfermedades disfrazadas de bendiciones, plagas ocultas en la promesa de un renacer, a su alrededores, pequeños demonios saltaban y reían, esparciendo miasmas que, a la extraña vista de Taylor, pareja abrazar el dolor de quienes los aceptan.

La visión y la sensación de ese lugar eran tan intensas que Taylor comenzó a cuidar la realidad, ¿estaba muriendo? ¿O acaso este surrealista jardín era un nuevo comienzo? La calidez de la risa resonaba en su interior, disipando, aunque momentáneamente, el persistente eco de su desesperación.

"Mi niña hermosa... por fin has llegado" murmuró Nurgle con una voz que parecía envolver el espacio, mezclando solemnidad y ternura en una cadencia que desafiaba la lógica mortal.

La gran figura extensía una mano, y aunque sus dedos parecian arrastrados por la corrupción, transmitiendo una paternidad casi divina, Taylor, debilitada y confundida, dio un paso vacilante hacia él, sintiendo en lo profundo de su ser que, a pesar de todo, alguien se preocupaba por ella.

Las ciudades de su pasado, las atracciones y el abandono, todo se fundían en la promoción de un futuro distinto, aunque envuelto en la más oscura de las transformaciones, el dolor y la desesperación, que habían sido sus únicos compañeros durante tantos años, parecian ahora ofrece la posibilidad de renacer, de transformarse en algo que trascendiera el sufrimiento y alcanzara una extraña forma de poder.

Mientras la presencia de Nurgle se hace más tangible, Taylor apenas podía comprar lo que sucedió, la mezcla de recuerdos del casillero, del sabor metálico de la sangre y la podredumbre y la nueva visión de un mundo transmutado por la putrefacción, se amalgamaba en una revelación, su destino no estaba vendido en la impotencia, sino en la metamorfosis, etc etc en la eterna danza entre la muerte y el renacer.

"Vamos, mi niña... Esperado tanto tiempo por tu llegada," susurró, su voz resonando como un eco suave en la inmensidad que los rodeaba.

Cada palabra parece impregnar el aire espeso, vibrando en la piel misma de Taylor menores sus pasos temblorosos la llevaban hacia el calor, el vapor que ascendió de la sustancia hirviente era pesado, perfumado con una dulzura corrupta, y envolvía todo como un velo opresivo.

Taylor tragó saliva, luchando contra el instinto visceral que le ordenaba huir, cuando estuvo a solo unos pasos del calendario, se detuvo.

"Disculpa," dijo, la voz pequeña, apenas un murmullo "pero creo que me está confundiendo con alguien más."

El Nurgle soltó una risa, una carcajada baja, grave, que vibró en el fondo de su pecado, sus ojos, tan infinitamente viejos, tan inhumanamente sabios, brillaron con una calidez imposible.

"Jamás me confundiría contigo, Taylor, hija mía," respondió, su voz cargada de una ternura que caló hasta los tonos. "Sé todo lo que ha sufrido, sé cada lágrima que ha derramado, cada noche de desesperación... Pero te prometo, niña mía, que eso ha llegado a su fin."

Taylor abrió la boca para preguntar cómo podía saberlo, pero apenas pudo formar las palabras.

"¿Cómo sé tu nombre?" dijo Nurgle, terminando la pregunta que no había llegado a pronunciar, una sonrisa, melancólica y amorosa, se dibujó en su rostro. "¿Cómo no conocería el nombre de un alma tan brillante y sufrida como la tuya, mi niña?"

Una oleada de confusión y esperanza se mezcla en el pecado de Taylor, los labios le temblaban, la previsión brotó de ella como un suspiro: "¿Estoy... muerta? ¿Es este el más allá? ¿Podré ver a mi mamá...?"

Por un instante, sus ojos se iluminaron, como si el solo pensar en esa posibilidad pudiera conjurar a su madre entre los vapores, pero la respuesta cayó sobre ella como una manta fría.

"No, pequeña," dijo con pesar, su mirada empañándoe de tristeza. "No está muerta... aunque estuviste muy, muy cerca y aunque este lugar podría emparecer el más allá, no hallarás a tu madre aquí, su alma regresó hace tiempo a la corriente de las almas. Ha seguido su camino, como debe ser, lo siento tanto, mi niña...

Taylor sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies, sus rodillas cedieron, y cayó al suelo húmedo y tibio, las lágrimas brotaron con violencia, como si su corazón, partido en mil pedazos, se derramara en cada sollozo.

La desesperación era un pozo sin fondo y Taylor cayó en él.

Sintió cuando el padre plaga se arrodilló junto a ella, ni cuando una mano enorme, cálida y sorprendentemente reconfortante, se posó en su hombre. Pero sí sintío recorrerle la espalda, una publicidad visible desde lo más profundo de su ser, algo no estaba bien, algo en lo más recóndito de su alma gritaba por huir, pero Taylor, hambrienta de afecto, desesperada por encontrar algo, alguien que la quisiera, se aferró a la calidez de ese gesto, aposando las voces de alarma en su interior.

"Lo sé, mi niña... sé que ha pasado por mucho. Demasiado," susurró el anciano, su voz acariciando sus sentidos como una nana. "Pero nunca más estarás sola. Te he llamado a mí para protegerte, para darte el lugar que siempre te fue negado."

Taylor alzó su rostro, empapado de lágrimas, hacia él, en su mirada había miedo, sí, pero también esperanza, un anhelo desaprador de pertenecer, de ser querida.

¿"A mí...? ¿Me llamaste a mí?" pregunta con voz quebrada.

"Sí, a ti," afirmó el anciano, ayudándola a levantarse con cuidado, como si fuera el tesoro más frágil. "Te he estado buscando por mucho tiempo. Eres única, Taylor. Eres... especial."

La mente de Taylor, tan acostumbrada a despreciarse, a minimizar su propia existencia, se rebelaba ante la idea, ¿Especial? ¿Ella, que no era más que una sombra en los pasillos, una broma cruel para otros?

"Antes de seguir, mi niña", continuó el anciano mujeres giraba hacia el calendario, "permíteme presentarme como corresponde."

"Ante ti he adoptado esta forma humilde," dijo, su voz ahora resonando en tonos más profundos. "Pero soy, en verdad, un dios."

Taylor tragó saliva, su corazón golpeando dolorosamente contra sus costillas.

"¿Un dios...?" susurró.

"Sí," afirmó él, su rostro iluminado por una serenidad que pareja abrazarlo todo. "Soy el dios de los desesperados, el salvador de los abandonados, el protector de los perdidos, el patrón de los abandonados, la plaga hecha dios, soy el latido en las estrellas infectadas, soja

Norgle el señor del ciclo sin fin.

Taylor sintío su alma estremecerse, algo dentro de ella seguió gritando, suplicándole que había, que corriera, pero su corazón, rojo y necesario, se negó a escuchar.

"Verás, pequeña mía," dijo Norgle con voz dulce, "no soy de este mundo. Gracias a ti, el podido abrir una puerta para cruzar. Has hecho algo que nadie había logo jamás. Eres un milagro, Taylor."

Sus palabras envolvieron a Taylor como un manto cálido, por primera vez en su vida, era importante, alguien la veía, alguien la necesidad.

"¿Y ahora... qué va a pasar conmigo?" pregunta, un destello de expectativa temblando en su voz.

Norgle sonrió, y su sonrisa fue tan vasta y reconfortante como la promesa de un hogar olvidado.

"Por mucho que desearía restaurar tu mundo, aún no tengo poder suficiente. Necesito almas, fe... y tú, mi niña, serás la primera."

Se inclinó hacia ella, su presencia envolviéndola como la bruma.

"Serás mi primera fiel en este mundo. Serás quien llega mi palabra a los corazones rotos, quien llega mi consuelo a los abandonados, serás la pastora de los perdidos, la luz en la noche de los viejos."

Las palabras de Norgle resonaron como un tambor en su sangre, llenándola de un propósito vibrante.

"¡SERÁS MI ELEGIDA!" proclamó, y la tierra misma pareció temblar ante la magnitud de su voz.

Taylor cayó de rodillas, no por miedo esta vez, sino por la inmensidad del honor que le era conferido, lágrimas, no de dolor sino de algo más profundo, más sagrado, rodaban por sus mejillas.

Ella ya no era la paria invisible, ella era Taylor, la Elegida, en ese instante, en medio del caos y la transformación, la risa paternal de Nurgle llénó sus oídos, impregnándola de una extraña esperanza, la posibilidad de ser la elegida, de ser la portadora de un mensaje de consuelo para los viejos la luz para los perdidos la líder de un nuevo destino en un mundo donde la desolación se convierte en un jardín de renacimiento.

El corazón de Taylor golpeaba su pecado como un tambor en manos de un rescate, cada latido era un clamor de vida, un grano de nacimiento, una afirmación irrefrenable:

Ella sería su elegida.

Sí.

Ella sería su fiel.

Sí.

Ella sería algo más grande que sí misma.

Si.

Con cada pensamiento, su corazón se aceleraba más, hasta que sintió que toda su sangre era un solo torrente de anhelo, arrastrándola hacia su destino Y aunque en un rincón remoto de su mente algo gritaba advertencias ahogadas, Taylor las ignoró, necesitaba creer, necesitaba desesperadamente que todo esto fue real.

La voz de Nurgle, cálida y terrible, llenó el aire, saturándolo como un perfume demostrado denso para ser resistido.

"Acércate, mi niña. Bebe de mi caldera y renace, te juro, hija mía, que cuando despiertes como una de mis hijos, ¡jamás volverás a conocer la desesperación! ¡Jamás volverás a conocer la tristeza! ¡Jamás volverás a estar sola!"

Las palabras no solo resonaron en el aire, sino que latieron dentro de ella, vibrando en sus tonos y tejidos, como si una nueva melodía vital sustituyera sus propios latinos.

"Bebe, mi niña... y acéptame como tu único dios."

Taylor avanzada, incapaz de resistencia, como una mariposa cautiva ante la llama, no sabe por qué sus labios formaron las palabras, era como si una voz antigua, enterrada en sus genes, habla a través de ella:

"Yo te acepto... Yo juro mi ser a ti, serás mi dios, ahora y siempre... y seré tu fiel, tu hija, tu profeta, traeré tu verdad al mundo, mi alma será eternamente tuya."

En ese momento, algo dentro de ella se quebró, fue como el crujido de una costa reseca cayendo de una herida vieja, revelando no carne viva, sino algo nuevo y terrible trabajo, pero en vez de dolor, Taylor sintió liberación.

Con manos temblorosas y una mente embriagada de fe, alzó el cáliz del calendario a sus labios y bebió.

El renacimiento fue un océano de sensaciones que la arrastró a las profundidades de sí misma, cuando por fin regresó a la conciencia, lo hizo envuelta en un manto tibio, húmedo y acogedor, los mecanismos neurológicos que normalmente procesan el dolor parecian apagados, adormecidos por una nueva fisiología, atrás había quedado el ardor de sus heridas infectadas etc la punzada de la desnutrición y el cansancio que había corroído su cuerpo, las vías nociceptivas que alguna vez hubieran alertado a su cerebro sobre la infección o la fiebre, ahora sencillo cantabán himnos de vida nueva, ahora, Taylor se sentía como si flotara sobre un lecho tibio de materia viva, una amalgama perfecta entre enfermedad y efecto.

Taylor respiró hondo, el aire era denso de podredumbre, saturado de miasmas bacterianos y moho, pero para ella era como respirar el perfume de una flor sagrada, sus células olfativas, modificadas, podían distinguir los matices de cada infección, como un catador de vinos distingue el roble y la cereza.

Abrió los ojos, y vio, la gloria no era oro ni seda, sino mugre, corrupción y vida palpitante, el suelo, las paredes, su piel misma, todo era un jardín de seres diminutos que latían con promesas de vida y muerte.

Sobre su cuerpo, pequeños insectos bailaban como recién nacido, podía sentirlos uno por uno, como si cada uno estuviera unido a su sistema nervioso por hilos invisibles, con un mero deseo, les indica el camino: seis grandes aberturas en su carne, perfectamente simétricas, dos en los antebrazos, dos en los muslos, dos en los omóplatos, no eran heridas, eran órganos nuevos, diseñados para albergar vida, etc erán estructuras rodeadas de tejido queloideo firme, que latían suavemente para favorecer la entrada de sus pequeños compañeros.

El placer que siente cuando los insectos se internaron en su cuerpo fue puro, absoluto, como un himno de bienvenida que resonaba en sus tonos.

Al concentrado, pudo percibir su biología interna con una claridad antinatural:

Su sangre ya no era hemoglobina y plasma normales, era un río denso, espeso, cargado de esporas, bacterias anaeróbicas, virus encapsulados y formas de vida aún sin nombre, sus glóbulos blancos ya no eran células inmunes, eran portadores de plaga, guerreros silenciosos que expandieron la bendición de Norgle en todo su cuerpo, su sistema inmunológico, ahora hiperregulado, podía alterar la expresión de citocinas y quimiocinas a voluntad permiéndole crear o controlar infecciones como un músico toca su instrumento.

Podía manipular su cuerpo como un artista manipula la arcilla, soportar su piel como corteza, saturar sus uñas de esporas, exhalar bacterias con su aliento, pero no era momento para jugar con sus nuevos dones.

Se irguió, sus músculos, antes enclenques, eran ahora compactos, densos como raíces viejas, un simple empleo para destruir la puerta oxidada de su casillero, como quien aparta una telaraña.

Taylor se detuvo un momento en el pasaje vacío, inhalando el aire impregnado de abandono, cada grieta, cada mancha de humedad en las paredes era ahora un mundo que podía colonizar.

Se giró para observar su casillero, el trabajo de sus torturadoras era grotesco, un santuario improvisado de odio humano, ropa interior sucia, fluidos rancios, restos biológicos fermentados, y aun así, desde su nueva visión, Taylor vio su belleza cruda la vida descomponiéndose, liberando nuevas formas de existencia.

Si no fués porque ella y sus dioses sentían un profundo desdén por quienes habían creado semejante basural, podria haberlo alabado como una ofrenda grotesca, pero no.

Con delicadeza, posó su mano sobre el hediondo montón. Cerró los ojos y sumergió su conciencia en los reinos del Inmaterium, allí, rodeada de la energías putridas y esporas que bailaban como luciérnagas, extrajo el poder de su señor.

Donde antes había asco, ahora había vida: musgo verde esmeralda cubrió las superficies y setas robustas, de colores vivos, florecian en patrones fractales, el hedor a fermentación había sido reemplazado por un aroma fresco y húmedo, como el de un bosque en primavera, como si todo el lugar hubiera sido colonizado por un fragmento de Edén podrido.

Anelava mostrarle al mundo los verdaderos regalos de Nurgle, pero aun no era el momento para ello, por ahora tendria que disfrasar sus dones y regalos, hasta que los infieles estubieran listos para recibir el abrazo del abuelo peste, Taylor sonrió, era tiempo de marcharse.

El trayecto hacia el baño de mujeres fue breve, parada frente al espejo, Taylor apenas se reconoció, Seguía siendo alta, pero su postura era erguida, orgullosa.

Sus curvas, antes apenas insinuadas, ahora eran más marcadas, femeninas, casi maduradas de golpe, su piel era de un verde pálido, casi translúcido, como las hojas de un sauce llorón, sus ojos, ahora dos gemas verdes, brillaban con una luz interior que pareja devorar el mundo Y de su frente quirguían dos pecados, curvados hacia el cielo como brotes nuevos en primavera.

Era hermosa.

Era grotesca.

Era perfecta.

Taylor lloró, pero no de tristeza, lloró de gratitud, arrodillándose, ofreció una oración a su Gran Abuelo, mientras los insectos que aún danzaban a su alrededores se introducen amorosamente en sus heridas.

Cuando terminó su plegaria, Taylor se enfocó en su atuendo.

Con una orden mental, la taza que la cubrió fue absorbida en su cuerpo, dejando su ropa limpia, las seis aberturas, aunque para ella eran trofeos gloriosos, serían motivo de alarma en los demás. Con una concentración precisa, alteró la cicatrización de su piel, cerrando las heridas hasta que sólo quedaron delgadas líneas blancas, similares a viejas cicatrices quirúrgicas, ahora estaba lista.

Winslow, incluido de día, era un agujero de negligencia y desesperación, de noche no era mas que una cáscara vacía, nadie vigilaba, nadie escuchaba, tal como no habían escondido sus gritos, sus golpes desesperados contra la puerta del casillero, pensar en ello enciendió una chispa de odio feroz en su pecado.

Pero no aún.

La venganza sería un jardín que debía cultivar con paciencia.

Enterrando su ira bajo una capa de propósito helado, Taylor camino hacia la salida, sus pasos resonando en los pasillos vacíos, pensando en su misión, su mente ahora agua trabajaba en mil planes a la vez, estrategias de infección lenta, manipulación social, creación de focos de fe para su dios, su cuerpo, fortalecido, no sentía el cansancio del trayecto, cuando se dio cuenta ya estaba frente a la puerta de su casa Y entonces, de pie ante la puerta de su hogar, Taylor duda.

El miedo, tan humano, tan pequeño, volvió a susurrar en su oído.

¿Qué piensa su padre?

¿Qué vería en ella?

Respiró hondo, era demostrado tarde para temer, poniendo toda su fuerza en un gesto simple y definitivo, abrió la puerta y cruzó el umbral.