De los Celos a las Humillaciones.


—¡Vamos, carajo, esto era necesario! —exclamó Ryusui, alzando su vaso de whisky mientras los cinco reían entre tragos.

Gen sonreía, un poco más relajado. Senku incluso había soltado una leve risa por un comentario de Ukyo.
Todo parecíanormalpor primera vez en días.

Pero esa calma… era solo la antesala del pecado.

Porque Ruri y Kohaku estaban allí.

Mirando.

Acechando.

—¿Quién es esa perra que le sonríe a Gen? —bufó Ruri desde una esquina oscura del bar, invisible para todos excepto su hermana.

—Y esa otra idiota que se está tocando el cabello mientras le habla a Senku —gruñó Kohaku—. Le guiñó el ojo. ¡Le. Guiñó. El. Ojo!

—Oh, no, no… estos mortales creen que pueden flirtear con lo que ya es nuestro.

—Es hora de un castigo.

Ruri lamió sus labios, mientras Kohaku se deslizaba entre las sombras como una serpiente hambrienta.

Minutos después, en el baño del bar…

Gen entró primero, tambaleante, con una sonrisa perezosa por el alcohol.
Pero no estaría solo por mucho tiempo.

Ruri lo empujó contra el lavabo con un gruñido bajo.

—¿Te divertías, Gen? ¿Con esa chica? ¿Pensabas invitarla a tu casa?

—¿Qué…? ¿Ruri? ¡No fue nada!

—Nada es exactamente lo que voy a dejar de ti si vuelves a mirar a otra —le susurró al oído, con voz rota de celos—. Te voy a hacer gritar tan fuerte que esa estúpida sepa que tu cuerpo me pertenece.

Lo empujó dentro de uno de los cubículos, cerró la puerta y se arrodilló.

—No te mereces esto, pero lo vas a tener… porque quiero que recuerdes quién bebe de ti primero. Y último.

Ruri comenzó a masajear fuertemente el miembro de Gen por encima del pantalón que en muy poco tiempo ya estaba completamente duro, desabrochó el cinturón y bajó su cabeza… devorándolo como si se estuviera alimentando de su alma.

—Eres mío, mentalista —murmuró entre jadeos—. Y no pienso compartir ni tu aliento.

Lo indrodujo hasta el fondo de su garganta, succionando con fuerza como si quisiera arrancarle el pene.

Gen se corrió tan fuerte que se le doblaron las rodillas.
Ruri no se separó de él, bebió todo luego se relamió con una sonrisa sucia.

—Tu semen es mío, nene. ¿Quieres que te lo recuerde siempre?

Y en otro de los baños…

Senku se lavaba la cara con agua helada.
Pero cuando se enderezó…

Kohaku lo tenía contra la pared.

—¿Qué te pasa? ¿Te gustó que esa idiota te rozara el brazo mientras reías? ¿Te calientan las chicas borrachas, científico?

—¿Estás celosa Leona?

Kohaku presionó su pecho contra el de él.

—¿Celosa? Enferma. De rabia. De hambre. De ganas de estrellarte contra la pared y hacer que olvides a todas esas humanas inútiles.

Senku intentó hablar, pero Kohaku ya estaba sobre él, con las piernas alrededor de su cintura, frotándose como si buscara fuego entre sus cuerpos.

—Dime que soy mejor. Dímelo mientras te follo como se debe, maldito arrogante.

—No… aquí no…

—Aquí sí. Quiero que salgas de este baño con las piernas temblando y el cuello lleno de marcas. Que todos vean que alguien te devoró.

Y lo hizo. Con los labios, con la lengua, con los dientes. Con un hambre que no tenía fin.

Cuando Kohaku le liberó el pene, se deslizó con mucha facilidad sobre el y se aferró más a Senku para poder sentirlo hasta el fondo de su ser demoníaco.

—Senku… eres tan jodidamente mío que si otra te toca, la quemo viva.

Senku no respondió.

Solo tembló.

Se agarró de sus caderas para penetrarla con más fuerza, mientras Kohaku le mordía de forma dolorosa el cuello dejando marcas muy visibles difíciles de justificar.

Después de unos minutos, Senku se corrió con el nombre de ella en los labios.

Gen llegó primero a la mesa que compartía con sus amigos, tenía la camisa arrugada, las mejillas coloradas y el cuello enrojecido.
Senku lo siguió segundos después, con los ojos semicerrados y el cabello húmedo.
Ambos…destrozados.

—¿Están bien? —preguntó Ukyo.

—Demasiado bien —susurró Gen con una risa nerviosa.
Senku no dijo nada. Solo pidió otro trago.

Desde la esquina, Ruri y Kohaku los miraban, relamiéndose los labios.

—¿Sabes algo, hermana? —murmuró Kohaku—. Me gusta verlos arrastrándose por nosotras.

—Y a mí me gusta más saber… que ellos también lo aman.

Los demonios no comparten. Y menos cuando ya han marcado a sus presas.


La mañana siguiente no fue tan tranquila como ellos esperaban…

Aula 3-B, Facultad de Ciencias Sociales.

Gen se acomodó en su asiento con una taza de café entre las manos. Ojeras leves, camisa medio desabrochada y esa sonrisa de "todo bajo control" que era casi su escudo personal. Pero por dentro... estaba destruido. Exhausto. Satisfecho. Y totalmente arruinado por lo que Ruri le había hecho anoche.

—¿Estás bien? —le preguntó una compañera, con una risita coqueta mientras se inclinaba un poco más de lo necesario, mostrando su escote como si fuera parte del uniforme.
—Perfectamente —dijo Gen con su tono habitual—. Aunque... Ruri fue un poco intensa ayer de noche...

Silencio absoluto. La profesora levantó la mirada. Esa compañera parpadeó.

—¿Qué? ¿Quién es Ruri?

Gen se congeló. Parpadeó. Tosió.

—Ah, perdón. Es... el nombre de una... técnica de meditación... japonesa. Muy intensa.

La clase soltó una risa confusa. La compañera le sonrió, aunque su mirada se volvió un poco fría. Pero Gen ni siquiera la miraba ya. Porque Ruri estaba detrás de él, invisible para todos… lamiendo su oreja.

—¿Así que te gustan las rubias humanas…? —le susurró con celos—. No te preocupes, puedo hacerme ver... si quieres un escándalo.

Gen tragó saliva. Ya estaba perdiendo la compostura otra vez.

Laboratorio de Física, más tarde.

Senku había llegado antes que nadie. Se había cubierto el cuello con una bufanda, algo totalmente ridículo en abril. Pero no tenía opción. Las marcas estaban ahí: rojas, profundas, imposibles de ignorar.

—Parece que alguien tuvo una noche agitada —dijo Chrome, al pasar junto a él.

—Mosquitos —contestó Senku sin emoción.

—¿Doce mosquitos en el mismo lado del cuello?

Senku no respondió. Estaba ajustando unos electrodos, concentrado en ignorar el calor que empezaba a subir por su cuerpo. Porque Kohaku estaba en la sala. Sentada sobre la mesa de prácticas, las piernas abiertas, invisible, pero tan presente como siempre.
—Hay una chica nueva en el laboratorio… ¿ y creo que quiere invitarte a salir, no? —dijo con voz dulce, mientras se inclinaba sobre él, apenas rozando la entrepierna de Senku con la suya.

El científico apretó los dientes.

—No lo hará si aparezco detrás de ti, completamente desnuda y mojada. ¿Quieres que lo haga, Senku?

—No existe ninguna lógica en lo que estás diciendo.
—¿Y si le grito en la oreja cuando intente besarte? ¿Y si le marco la cara con fuego?

—Kohaku…

—No soy celosa, soy territorial. Que no se te olvide.

Senku cerró los ojos. Su respiración se agitó. Sus dedos temblaban. Afuera, la chica nueva le lanzaba miraditas tímidas a través del vidrio.

Pero Senku solo podía pensar en una cosa.

Kohaku lo estaba montando, otra vez. Y esta vez lo hacía mirándolo directo a los ojos, como si supiera que él estaba roto y que no iba a resistirse.

Él pensó que eso sería todo, pero no.

Línea 7, Metro de Tokio. 9:42 PM.

Senku iba de pie, apoyado en una de las columnas del vagón, el cabello despeinado, los audífonos puestos y los párpados pesados por la falta de sueño. No sabía que Kohaku no tenía pensado esperar a que llegara a su habitación.

Un ligero roce lo despertó del letargo. La sensación de una mano invisible deslizándose por su abdomen, colándose bajo su camiseta.

—¿Te relajas cuando estás rodeado de humanos que no tienen idea de lo que te estoy haciendo? —susurró la voz juguetona en su oído.

Senku se tensó de inmediato.

—No. No. Aquí no.

Pero ya era tarde. Kohaku lo empujó suavemente contra el vidrio de la puerta, invisible, como un mal sueño que nadie más compartía. Sus labios recorrieron con dificultad su cuello. Su respiración jadeante era apenas un soplo… pero suficiente para volverlo loco.

—¿Sabías que tu cuerpo se pone más caliente cuando te niegas a mí…? —ronroneó.

Senku apretó los dientes, el puño cerrado, la frente perlada en sudor. El vagón no estaba vacío. Había gente. Muchos. Una mujer con un bebé, dos oficinistas, un estudiante con auriculares… y en el fondo del vagón…

—¿Senku?

Taiju.

El corazón se le detuvo. Literalmente.

—¡Senku! ¡Hace siglos que no te veía! —gritó su amigo, acercándose con su clásica sonrisa escandalosa.

—T-Taiju —dijo Senku, pálido, mientras Kohaku se agachaba lentamente y empezaba a lamerle por fuera el bulto de su pantalón, invisible, hambrienta.
—¿Estás bien? Estás… estás sudando como loco, hermano. ¿Te dio fiebre?

Senku negó con la cabeza. Estaba rojo, muy rojo. Y temblaba. Porque la lengua de Kohaku estaba justo ahí. Justo en su glande humedecida con líquido pre-seminal.

—N-no es nada. Calor, eso es. El vagón… está muy lleno.

—¡Bah! ¡Ni tanto! Aunque ahora que te veo… te tiemblan las piernas, jeje. ¿Seguro que no te estás… desmayando o…?

Y en ese momento, Senku gimió. Bajo. Contenido. Pero inconfundible.

Taiju lo miró como si se le acabara de romper la mente.

—¿...Senku?

—Lo siento —jadeó entre dientes—. No… Koha…

Kohaku, debajo de todo, lo estaba mirando directo a los ojos. Invisible. Sonriendo como una leona traviesa. Moviendo su mano y su lengua con suavidad rítmica y rápida.

—Dame todo, Senku —susurró—. Dame tu semen enfrente de tu mejor amigo.

Y él lo hizo. Se estremeció contra el vidrio. Bajó la cabeza. Respiró hondo y se corrió silenciosamente, mientras apretaba la barra del vagón con tanta fuerza que casi la rompe.

Taiju dio un paso atrás.

—Senku… ¿acabas de…? ¡¿QUÉ CARAJOS…?!

Senku no contestó. No podía. Simplemente cerró sus ojos con fuerza esperando desaparecer en ese momento.
Kohaku se lamía los labios con placer infernal.

—Ups —dijo dulcemente—. Lo arruiné todo. Pero es que sabes tan delicioso…

Taiju se quedó en silencio, no entendía que acababa de pasar, el tren llegó a su parada en ese instante y él simplemente se alejó, dejando solo a Senku en ese humillante estado.


Una semana después del pequeño incidente de Senku en el metro, Gen se encontraba en el museo de arte Moderno de Tokio en busca de información para un proyecto, ahora estaba de pie frente a un enorme lienzo de colores abstractos, fingiendo atención mientras una guía explicaba la composición. Un grupo de estudiantes de estética y filosofía escuchaban en silencio. Gen no. Él ya no podía escuchar nada. Porque Ruri estaba detrás de él.

Inmóvil. Invisible. Y tan cruel como divina.

—Esta pintura… me recuerda a ti —susurró la demonia con un tono casi religioso—. Caótico. Seductor. Incomprendido.

—Ruri, no ahora —murmuró entre dientes, con una gota de sudor bajando por su cuello.

—¿Por qué no? ¿No te gusta cuando los humanos te miran mientras luchas por mantener la compostura?

Sus manos demoníacas se deslizaron por su espalda, bajando por su cintura. Nadie podía verla. Nadie la oía. Pero Gen sí. Gen lo sentía todo. Incluso cuando una de sus manos se coló dentro del pantalón desde atrás.

—¿Quieres ver algo verdaderamente abstracto? —le susurró, ahora al oído, mientras otra de sus manos tomaba su miembro con ternura y malicia.

—Ruri, por favor… —dijo Gen, apretando los dientes, mientras un par de chicas a su lado comenzaban a cuchichear.

—¿Eso es un jadeo? —preguntó una.
—¿Se está tocando…? No puede ser… ¿En un lugar como este?

La guía se detuvo y todos miraron hacia Gen. Él temblaba. Su camisa estaba arrugada. Sus mejillas rojas. Y su cuerpo… más que despierto.

—¿Se encuentra bien, señor Asagiri?

—S-sí… estoy… interpretando la obra —respondió con voz quebrada, casi suplicante.

Pero Ruri no se detuvo. Lo abrazó por delante, besándole el cuello, empujándolo con su cadera contra su erección, como si lo estuviera follando allí mismo, frente a todos. Su voz era un manantial de lujuria refinada.

—Quiero que te corras frente a esta pintura, Gen —susurró—. Quiero que el arte lleve tu esencia.

—Eres un demonio.

—Y tú, un adicto a mí. Hazlo.

Y Gen lo hizo. Apretó la mandíbula, las piernas le fallaron y soltó un suspiro que parecía una plegaria. Nadie lo vio venir. Nadie entendió el espasmo súbito de su cuerpo, la forma en que se inclinó hacia el cuadro, como si se desmayara ante la grandeza del arte.

—Impresionante interpretación emocional —dijo la guía, aplaudiendo sin saber.

Las chicas se rieron. Un guardia lo miró con sospecha. Y Ruri… simplemente se relamió los dedos invisibles.

—La próxima vez, te haré eyacular sobre una escultura —susurró con satisfacción—. Te lo mereces.

Gen se dio la vuelta con las piernas temblorosas, la entrepierna húmeda, y una sonrisa torcida.

—…Esto es arte contemporáneo, ¿verdad?

Se alejó de allí como si nada.

Pasillos de la Universidad, esa misma tarde.

Gen y Senku caminaron juntos por el pasillo, sin hablarse. Ambos con los ojos algo abiertos, los cuerpos tensos, las ropas ajustadas como si quisieran cubrir lo imposible. Pero las demonias caminaban a su lado, encantadas, radiantes y completamente satisfechas.

—¿Crees que todo esto las cansará algún día? —murmuró Senku, sin mirarlo.

—Si ese día llega… no sé si quiero vivir para verlo —respondió Gen, con una sonrisa nerviosa.

Detrás de ellos, Ruri y Kohaku se tomaron de la mano. La mayor acariciaba su cabello con dulzura, mientras la menor no dejaba de mirar el trasero de Senku.

—Son nuestros, ¿verdad?
—Lo son.
—Entonces… vamos a hacer que lo recuerden cada segundo de sus días.

El científico y el mentalista caminaron hasta un salón apartado y vacío para poder descansar. Hasta ese momento, cuando ambas demonias estaban juntas con ellos en algún lugar privado, se comportaban de una manera más relajada.

Un viento gélido recorrió el salón, haciendo que las luces parpadearan.

—Tontos —ronroneó Kohaku, acercándose a Senku con pasos de felina—. Creen que pueden contenernos. Creen que pueden esconderse…

Ruri se deslizó junto a Gen, con una sonrisa tranquila que ocultaba una hambre feroz.

—No importa cuán inteligentes sean —susurró ella, acariciando el aire frente a la mejilla de Gen, como si pudiera traspasar la barrera invisible—. Ya son nuestros.

Senku dio un paso atrás, el corazón bombeándole con violencia. Gen tragó saliva, sintiendo el dulce perfume de Ruri envolverlo, narcótico, inevitable.

Kohaku rió bajito, entre dientes.

—¿No lo entiendes, Senku? —susurró, su voz casi un ronroneo seductor—. Nunca tendrán la ventaja. Somos la sombra bajo su cama, el latido detrás de su cuello.

Ruri inclinó la cabeza, ojos brillando con algo peligroso y sensual.

—Y cuanto más luchan... —susurró— más deliciosos se vuelven.

Senku y Gen se miraron, un breve instante de pánico compartido, sabiendo —en lo más profundo, en lo más prohibido— que no querían escapar.

La puerta del salón se cerró sola con un estruendo.
El silencio en el salón era espeso, cargado de electricidad oscura.

Senku, todavía racional hasta en el desastre, levantó una mano, buscando imponer algo de lógica a la locura.

—¡Alto! —ordenó, su voz resonando con más autoridad de la que sentía—. ¡Queremos paz!
—Sí —añadió Gen de inmediato, alzando las palmas en señal de tregua, con su sonrisa nerviosa temblando—. Paz... menos humillaciones... un poco de espacio personal, por favor...

Durante un segundo, las hermanas demoníacas parpadearon. Luego, como si compartieran un chiste silencioso, rieron juntas.

Antes de que pudieran reaccionar, Kohaku se lanzó sobre Senku, empujándolo contra la pared con una fuerza que no parecía natural para su cuerpo esbelto. Senku apenas logró soltar un gruñido de sorpresa antes de que los dientes de Kohaku atraparan su labio inferior, tirando de él en un gesto posesivo que no dejaba lugar a dudas: él ya no tenía elección.

Gen no tuvo mejor suerte.

Ruri se deslizó hasta él con una gracia hipnótica.

Sin decir una palabra, tomó su rostro entre sus manos suaves, obligándolo a mirarla. Sus ojos azules brillaban con una lujuria tranquila, devastadora.

Luego deslizó sus brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia ella como si fuera un simple juguete.
Su beso fue diferente al de su hermana: lento, profundo,devastadoramente sensual. Ruri exploraba la boca de Gen con una paciencia cruel, como si saborearlo fuera un ritual.

Las manos invisibles de las hermanas parecían multiplicarse: acariciaban, atrapaban, reclamaban.

Senku abrió los ojos un segundo, solo para ver a Gen atrapado igual que él, jadeando bajo el beso de Ruri.

Estaban perdidos.

Y las hermanas lo sabían.

Kohaku separó sus labios de los de Senku apenas unos milímetros, lo suficiente para susurrar sobre su boca:

—Nunca tendrán paz. Solo nos tendrán a nosotras.

—Ahora nos deben obediencia —murmuró Ruri, acariciando el rostro de Gen con una sonrisa letal—. Y vamos a cobrárnoslo... centímetro por centímetro.

El salón parecía latir junto a ellos, vivo de deseo prohibido.

Senku jadeó, su orgullo destrozado en pedazos bajo el peso invisible del deseo que Kohaku derramaba sobre él.
Gen se rindió al calor de Ruri, sabiendo que sus propios trucos mentales no serían nunca rival para dos demonias decididas a poseerlos.

Y luego con un chasquido de dedos…

Las ropas de Gen y Senku desaparecieron.

De un segundo a otro, ambos estaban completamente desnudos. Frente a frente. Cuerpos tensos. Erecciones evidentes. Marcas aún frescas en los labios, torso, muslos.

De repente la puerta del pasillo se abrió.

—¡¿Senku?! ¡Gen?! ¿Están ahí? —era la voz de Taiju.

Ambos se miraron. Sudando. Empalados por la situación.
Y las demonias… ya no estaban.

Solo quedó la risa lejana. Y el olor a azufre y deseo.

—¡SENKU?! ¿GEN?! —La voz de Taiju se intensificó.

Senku se giró con los ojos muy abiertos, completamente desnudo. Gen apenas logró cubrirse con ambas manos, el rostro lo tenía completamente desencajado.

—¡NO ENTRES! —gritó Senku, pero ya era tarde.

La puerta se abrió , la luz entró. Taiju se detuvo en seco.

Y los vió.

A los dos.
Desnudos.
Jadeando.
Frente a frente.

El rostro de Taiju se transformó. Se puso en blanco, luego en rojo, luego una mezcla absurda entre horror, confusión y pudor.

—¡Lo siento lo siento lo siento! ¡No vi nada! ¡No es mi asunto! —gritó Taiju mientras se daba media vuelta y salía corriendo, como si huyera de un crimen.

—¡TAIJU, NO ES LO QUE PARECE! —gritó Senku, aún cubriéndose la entrepierna.

—¡No ayudes, Senku! —reclamó Gen, ofendido— ¡ESO LO HACE PEOR!

La puerta se cierra. Silencio absoluto. Solo se escucha el eco de sus respiraciones y el murmullo residual de las risas de Kohaku y Ruri, ya desaparecidas.

Cada vez era más difícil sobrellevar esa situación humillantemente excitante.