El crepúsculo teñía el cielo de tonos anaranjados y púrpuras, pero Kagome apenas lo notaba. Caminaba con el paso arrastrado hacia el edificio de admisiones, un bloque sombrío que parecía absorber la luz del día, como si el lugar conspirara para mantenerla en la penumbra. El viento húmedo le acariciaba el rostro, pero lejos de reconfortarla, solo acentuaba la sensación de desamparo que llevaba días arrastrando. Sujetaba con fuerza el folder con los documentos, como si ese simple acto pudiera anclarla a la realidad, pero su mente estaba en otra parte, atrapada en un remolino de pensamientos que no podía controlar.
Hombres lobo. Las palabras de Hojo seguían resonando en su cabeza como un eco persistente. No era que no creyera en lo sobrenatural; siempre había sentido una fascinación infantil por lo oculto. Pero esta vez era diferente. Esta vez, esa fascinación se mezclaba con un miedo visceral que no lograba explicar.
A medida que se acercaba al edificio, el crujir de las ramas bajo el viento se hizo más intenso, casi ensordecedor. Fue entonces cuando lo vio. Una figura alta y oscura se apoyaba contra la puerta de entrada, como si el lugar le perteneciera. Su postura era relajada, pero había algo en su presencia que la hacía sentir observada, atrapada, como un ratón bajo la mirada de un gato.
Era él. Sesshomaru.
Kagome lo reconoció al instante, desde su pequeño breve encuentro hace unos días, ella no había podido dejar de soñar con él. Su cabello plateado brillando con la puesta de sol y sus ojos dorados brillaban con una intensidad que parecía desafiar las leyes naturales. Pero no era solo su apariencia lo que la desarmaba; era algo más profundo, algo que parecía vibrar en el aire entre ellos, una energía que la hacía sentir desnuda, vulnerable.
Cuando sus miradas se cruzaron, sintió un nudo en el estómago que la dejó sin aliento. Sesshomaru esbozó una media sonrisa, pero no era una sonrisa cálida ni tranquilizadora. Era fría, casi cruel, como si supiera algo que ella no.
—¿Vienes a entregar papeles? —preguntó con voz grave, su tono impregnado de un desdén que parecía diseñado para hacerla sentir insignificante.
Kagome asintió torpemente, incapaz de encontrar su voz. Era como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso, más pesado.
—Adelante —dijo él, apartándose de la puerta con un movimiento tan fluido que resultaba casi hipnótico.
Cuando pasó junto a él, sintió un calor extraño emanando de su cuerpo. No era el calor normal de una persona; era algo más intenso, más primitivo. Pero no solo era calor; había una energía cruda y salvaje que parecía envolverla, atraparla como una red invisible.
Entró al edificio con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas y dejó escapar un suspiro tembloroso. No se había dado cuenta de que estaba conteniendo el aliento hasta ese momento. Mientras caminaba hacia el mostrador de admisiones, trató de calmar el torbellino de emociones que la invadía. Pero era inútil. La sensación de estar siendo observada no desaparecía, como si Sesshomaru hubiera dejado una marca invisible en ella, algo que no podía sacudirse por mucho que lo intentara.
Después de entregar los documentos, salió del edificio con la esperanza de que él ya no estuviera allí. Pero ahí estaba, apoyado contra un árbol cercano, observándola con los brazos cruzados sobre el pecho y esa mirada dorada que parecía perforar cada rincón de su alma. Su presencia era abrumadora, como una tormenta contenida a punto de desatarse.
—¿Todo listo? —preguntó con un tono casual, aunque sus ojos decían otra cosa.
—Sí —respondió Kagome, aunque su voz temblaba ligeramente.
Hubo un silencio incómodo entre ellos. Kagome sentía cómo su piel se erizaba bajo su mirada, como si él pudiera ver más allá de lo visible, más allá de lo humano.
—No eres lo que esperaba —dijo finalmente Sesshomaru, inclinando ligeramente la cabeza mientras la estudiaba con detenimiento.
Kagome frunció el ceño, confusa y molesta al mismo tiempo. Había algo en su tono que la irritaba profundamente, como si estuviera siendo evaluada por algo fuera de su control.
—¿Qué quieres decir? —preguntó finalmente, tratando de mantener la compostura, aunque sentía cómo sus manos temblaban a sus costados.
Sesshomaru sonrió de nuevo, pero esta vez su sonrisa tenía un filo peligroso, casi depredador.
—Nada —respondió con indiferencia—. Solo una observación.
Antes de que pudiera replicar, Kagome sintió un escalofrío recorrer su espalda. Miró rápidamente a su alrededor, pero no vio nada fuera de lo común. Cuando volvió la vista hacia Sesshomaru, él ya no estaba allí.
La rabia comenzó a hervir dentro de ella mientras permanecía sola bajo el árbol donde él había estado momentos antes. ¿Quién demonios se creía que era? ¿Qué derecho tenía para comportarse como si ella fuera un objeto de estudio o una pieza en algún juego retorcido? Apretó los puños con fuerza, sintiendo cómo sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos hasta casi romper la piel.
Pero lo peor no era su actitud; lo peor era cómo él la hacía sentir: pequeña, vulnerable… atrapada en algo que no entendía y que no había pedido. Esa sensación la enfurecía más allá de lo razonable porque sabía que era cierto: había algo en Sesshomaru que tiraba de ella como una fuerza invisible e implacable. Y aunque odiaba admitirlo incluso para sí misma, una parte de ella quería saber más. Quería entender por qué él ejercía ese poder sobre ella, por qué su presencia encendía algo dentro de ella que nunca antes había sentido.
Mientras caminaba hacia el camino principal del campus, trató de convencerse de que debía olvidar a Sesshomaru y todo lo relacionado con él. Pero sabía que eso era imposible. Él había dejado una marca en ella, una atadura invisible que no podía romper por mucho que lo intentara.
Y lo peor de todo es que Sesshomaru lo sabía.
