El zumbido de los pasillos de la facultad era como un río desbordado, un torrente de voces, risas y pasos apresurados que resonaban en las paredes. Kagome caminaba con sus libros abrazados contra su pecho, intentando no perderse en la marea humana. Sin embargo, había algo diferente en el aire ese día, algo que la hacía sentir viva, alerta... como si el universo le estuviera preparando una sorpresa.
Su corazón latía con fuerza, acelerado por una mezcla de nerviosismo y expectación. Sabía que Koga estaría cerca. Su sola presencia tenía el poder de encenderla desde dentro, como si una chispa invisible recorriera su piel cada vez que él estaba a su lado. Koga... su nombre era suficiente para hacerla suspirar.
Al doblar la esquina, lo vio. Allí estaba él, apoyado contra la pared con una despreocupación que parecía ensayada pero que era completamente natural en él. Su chaqueta de cuero negra abrazaba sus hombros con perfección, y su cabello dorado, ligeramente despeinado, brillaba bajo los rayos del sol que se filtraban por las ventanas. Sus ojos azules, profundos como el océano, parecían buscar algo... o a alguien. Cuando sus miradas se encontraron, Kagome sintió que el mundo entero se detenía.
—Hola —dijo ella, apenas un susurro, sus labios temblando ligeramente.
—Hola, preciosa —respondió él con una sonrisa ladeada que hizo que las piernas de Kagome flaquearan. Su voz era cálida, grave, y tenía un tono íntimo que parecía acariciar cada rincón de su ser.
Antes de que pudiera responder, una figura apareció de la nada. Una chica pelirroja, con curvas espectaculares y un aire descarado, se colgó del cuello de Koga como si le perteneciera. Kagome sintió cómo el calor subía a sus mejillas mientras observaba a la chica besar a Koga con una intensidad que parecía fuera de lugar en medio del pasillo. Kagome apartó la mirada, pero no pudo evitar notar los detalles: el cabello rosa de la chica con raíces castañas visibles, sus ojos verdes brillando con picardía y su atuendo punk que gritaba rebeldía. Todo en ella era opuesto a Kagome.
—Koga, cariño —dijo la chica con una voz melosa mientras se aferraba a él—. ¿Quién es tu amiguita?
Koga apartó las manos de la chica con suavidad, pero firmeza. Su gesto fue suficiente para que Kagome sintiera un pequeño alivio... hasta que escuchó las palabras de la desconocida.
—Ayame —dijo él con un suspiro—, ella es Kagome. Kagome, ella es Ayame.
—Su prometida —añadió la chica con una sonrisa maliciosa que atravesó a Kagome como una daga.
Kagome sintió que su corazón se encogía. ¿Prometida? ¿Cómo era posible? Intentó mantener la compostura mientras su mente se llenaba de preguntas y su pecho ardía con una mezcla de celos y confusión.
—Deja de decirle a la gente que eres mi prometida, Ayame —sentenció Koga con un tono frío y autoritario que hizo que incluso Kagome sintiera un escalofrío recorrer su espalda.
Ayame frunció los labios, pero no discutió. En cambio, se despidió de Koga con un beso peligrosamente cerca de sus labios y una mirada cargada de desprecio hacia Kagome antes de desaparecer entre la multitud.
El silencio entre Koga y Kagome fue pesado, incómodo. Ella intentó mantener una sonrisa educada mientras su mente luchaba por procesar lo ocurrido. No quería parecer afectada, pero por dentro ardía. ¿Cómo podía competir con alguien como Ayame? Ella misma era una chica sencilla, siempre impecable en su apariencia, pero sin los aires provocadores de esa chica. Aun así, no podía negar lo que sentía por Koga... ni lo mucho que le dolía ver esa escena.
—Entonces —dijo él finalmente, rompiendo el silencio con su sonrisa característica— ¿te unes a nosotros para comer?
Kagome negó con la cabeza rápidamente, forzando una sonrisa.
—No puedo. Tengo clase —mintió. En realidad, lo único que quería era alejarse para recuperar el aliento y calmar el torbellino de emociones en su interior.
Cuando intentó girarse para marcharse, sintió cómo él tomaba suavemente su brazo. Su tacto era cálido, firme, y envió una descarga eléctrica por todo su cuerpo.
—Kagome —dijo su nombre con tal intensidad que ella se detuvo en seco y lo miró a los ojos. Había algo en su mirada, algo profundo y magnético que no podía ignorar—. Quería preguntarte algo.
Ella tragó saliva, sintiendo cómo un nudo se formaba en su estómago.
—¿Sí? —respondió con voz temblorosa.
—¿Qué harás esta noche? —preguntó mientras su mano subía lentamente hacia su rostro.
Kagome contuvo el aliento cuando sintió cómo sus dedos rozaban suavemente su mejilla antes de deslizarse hacia su cabello. Con un gesto delicado, apartó un mechón detrás de su oreja, y ese simple contacto la hizo sentir como si estuviera flotando. Su piel hormigueaba bajo su toque; era como si cada célula de su cuerpo respondiera a él.
—Pensaba estudiar un poco... —murmuró mientras mordía nerviosamente su labio inferior.
Koga sonrió al verla hacer eso. Sus dedos rozaron el borde de su blusa antes de subir hacia su barbilla y acariciar suavemente su labio inferior con el pulgar. Kagome dejó escapar un pequeño gemido involuntario, y sus mejillas se encendieron al instante.
—Vamos a cenar esta noche —dijo él finalmente, inclinándose un poco más cerca—. Paso por ti a las ocho.
Antes de que pudiera protestar o siquiera procesar lo que había dicho, sus labios encontraron los de ella. Fue un beso suave al principio, lleno de ternura y promesas no dichas. Pero había algo más bajo la superficie; una intensidad latente que amenazaba con desbordarse. Kagome sintió cómo una corriente cálida recorría todo su cuerpo mientras se entregaba a ese momento.
Era como si todo desapareciera: el ruido del pasillo, las miradas curiosas de los estudiantes... incluso Ayame. En ese instante solo existían ellos dos. Sus labios encajaban perfectamente, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Y aunque el beso no duró mucho tiempo, fue suficiente para dejarla sin aliento.
Cuando se separaron, Koga le dedicó una sonrisa traviesa y le guiñó un ojo.
—Nos vemos esta noche —dijo antes de alejarse con esa confianza arrolladora que lo caracterizaba.
Kagome se quedó allí parada, tocándose los labios con la punta de los dedos mientras trataba de recuperar el aliento. Su mente estaba hecha un caos: celos, deseo, confusión... todo se mezclaba en un torbellino incontrolable. Pero había algo claro en medio de todo: Koga tenía un poder sobre ella que nadie más tenía.
