Disclamer: Los personajes de Shingeki no Kyojin pertenecen a Hajime Isayama.

Capítulo 4

"Ecos del Exterior"

(2 años antes del juicio)

Misión diplomática en la República Federal de Nidelmir

Salón de Cristal, Palacio de Concordia, Nidelmir Oriental

El vino espeso descansaba en copas de cristal tallado. El suelo de mármol pulido reflejaba las luces tenues del candelabro, y las melodías de un cuarteto de cuerdas acompañaban la velada diplomática. A simple vista, la paz se respiraba como un perfume artificial.

Armin Arlert alzaba su copa, atento, mientras el presidente Derain finalizaba su discurso:

—Y que este brindis selle nuestra intención de paz… y la voluntad de una nueva era entre nuestros pueblos. ¡Bienvenidos a la civilización!.

Las palabras, disfrazadas de cortesía, llevaban veneno entre sílabas. Jean entrecerró los ojos. Reiner mantuvo el rostro neutro. Annie ni pestañeó. Pieck sonrió con calculada gracia.

—Gracias, Presidente Derain —respondió Armin, diplomáticamente—. Paradis ha cometido errores, como todo el mundo. Pero no venimos a justificar el pasado, sino a construir el futuro. Juntos.

Unos segundos de silencio, luego los aplausos suaves llenaron el salón.

Pero en las afueras del palacio…Los gritos de la multitud aumentaban. La seguridad reforzaba las barreras. Las pancartas decían: "¡Asesinos!" "¡Eldians, fuera!" "¡Nunca olvidaremos Shighra!"

Jean murmuró:
—Lo mismo de siempre. Nos sonríen mientras nos afilan el cuchillo.

Pieck le dio un codazo.
—Calla y sonríe. Estás en un palacio, no en el comedor de entrenamiento.

Las puertas del salón se abrieron de golpe. El embajador Azmar, de la Unión Occidental de Zheir, un país que había sufrido durante el Retumbar, cruzó con pasos firmes.

—¿Así celebramos la paz? ¿Con vino y mentiras? —dijo, deteniéndose a metros de la delegación.

El presidente Derain frunció el ceño. —Embajador Azmar, este no es el momento…

—¡Es precisamente el momento! —rugió Azmar, señalando a Reiner—. Ese hombre destruyó ciudades. ¿Y ella? —mencionó a Annie—. ¿Cuántos soldados hizo trizas como titán? ¡Estos no son embajadores, son armas!

La sala se congeló. Un murmullo cruzó el salón. La tensión era cortante.

— El poder de los titanes ya no existe Sr. Azmar, hace un año exactamente. - respondió Annie con mucha firmeza.

— No se dirija a mí con tanta confianza, o tendremos una masacre aquí.- Le instó Azmar con alta voz acercándose a ella.

Annie entrecerró los ojos.
—Un paso más y tendrás tu masacre, esta vez con razones.- lo miró con fiereza.

Armin le tocó el brazo.
—No.

Reiner avanzó hasta el centro del salón. Su voz fue más grave de lo usual:

—Es cierto. Fui un monstruo. Uno muy útil para tu gente, mientras sirvió a sus intereses. ¿Ahora somos el enemigo eterno? Qué conveniente.

Azmar replicó:
—La justicia no caduca.

—¿Y la hipocresía? —disparó Reiner.

Un silencio incómodo.

Armin respiró hondo, se acercó al podio improvisado, y habló sin papeles.

—Nos juzgan por lo que fuimos. Por lo que hicimos cuando el mundo se desmoronaba. No esperamos perdón. Pero sí queremos algo más útil que el odio: entendimiento.

Hizo una pausa.
—Visité ruinas. Abracé huérfanos. Vi cómo Paradis también ardió. La diferencia entre ustedes y nosotros no es tan grande. Pero mientras nos llamen "demonios", el mundo seguirá girando con miedo… y el miedo nunca construyó nada duradero.

Miró a Azmar directamente.

—La pregunta no es si somos culpables. La pregunta es: ¿quieren que sus hijos vivan en guerra siempre… o que construyan un futuro nuevo?..

Nadie habló por varios segundos.

El presidente Derain intervino luego de limpiar su garganta:
—Este encuentro… continuará en privado. Gracias por sus palabras, embajador Arlert.

La música volvió. Las tensiones quedaron flotando como humo invisible. Los embajadores de la paz abrieron una pequeña grieta, se había abierto en el muro del odio.

Nidelmir Oriental — Afueras del Palacio de Concordia

Los manifestantes, muchos con rostros cubiertos, agitaban antorchas y piedras. Un contingente antidisturbios intentaba contener la furia. Una pancarta era especialmente llamativa:

"¡Nunca más demonios entre humanos!"

—Esto va a terminar mal —dijo Connie, desde la ventana del piso superior.
—Ya empezó mal —respondió Pieck, con voz seca.

Jean se asomó también.

—¿Ves a ese chico delgado con el megáfono? Lo he visto en tres ciudades. Este no es un movimiento espontáneo. Hay dinero detrás.

—Y discurso —agregó Reiner—. Y odio bien cultivado.

En el interior del palacio, el ambiente seguía tenso.

El bullicio de los manifestantes apenas alcanzaba los jardines interiores del Palacio de Concordia, como un murmullo lejano, molesto pero ahogado por las hojas de los naranjos en flor. El perfume dulce flotaba en el aire tibio de la tarde. Armin caminó hasta uno de los bancos de piedra, cubierto de musgo en las esquinas, y se sentó con el cuerpo vencido hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas. Se frotó las sienes.

La tensión del día lo aplastaba. La escena con Azmar en la sala de protocolo aún giraba en su mente: el tono agresivo, la forma en que lo señaló frente a todos como si fuera el único culpable del pasado. Aquello había removido no solo la inseguridad, sino también una profunda fatiga moral. ¿Cuántas veces más tendría que justificar que deseaba la paz?

Los pasos suaves de Annie rompieron su concentración. No hizo falta girar la cabeza para saber que era ella. Su presencia tenía ese silencio particular: pesado y afilado, pero no hostil. Se detuvo a pocos pasos de él.

—¿Te escondes o reflexionas? —preguntó con su tono habitual, sin burla, pero tampoco suave.

—No estoy seguro de que haya una diferencia —respondió Armin, con una sonrisa débil que no llegó a sus ojos.

Ella dudó un instante, como si sopesara si debía quedarse o seguir de largo. Finalmente se sentó a su lado, sin mirarlo, dejando que el silencio hablara primero.

—A veces me pregunto si esto sirve de algo —dijo Annie, tras varios segundos—. Hablar de paz en palacios donde se deciden guerras. Poner la cara frente a quienes solo quieren un culpable.

Armin entrelaza los dedos, sin levantar la vista del suelo.

—No lo sé. Pero si nos callamos, ellos ganan. Y lo que construimos, lo que sacrificamos… se perdería.

—¿Y si ya se perdió, Armin? —murmuró ella, apenas audible—. ¿Y si lo único que hacemos es prolongar lo inevitable?

El viento agitó suavemente las ramas del árbol sobre sus cabezas. Un par de pétalos cayeron entre ellos, y ninguno se movió para quitarlos.

—Entonces al menos lo intentamos. No por ellos. Por nosotros —dijo él—. Por la versión de nosotros que quiere creer que aún somos algo más que herramientas. — La observó de perfil y una sombra de ternura se apoderó de él. Lucía vulnerable.

—Annie...En verdad necesito aferrarme a que hay esperanza, no solo por mí, sino por todos los compañeros que cayeron. Ellos dieron sus vidas, yo debo dar mi esfuerzo.

Annie cerró los ojos brevemente. Luego habló, sin dureza, como si confesara algo sin importancia.

—No estaría aquí si no creyeras en esto. En la paz, en las segundas oportunidades… en mí.

Armin giró la cabeza para mirarla nuevamente. Annie aún miraba al frente, pero había un leve temblor en su mandíbula, apenas perceptible.

—Nunca pensé que volvería a confiar en alguien, Annie. Pero tú... me hiciste desear que todavía podemos ser algo distinto.

Ella respiró hondo. Su voz salió más baja esta vez.

—Entonces no me decepciones.

Se levantó sin esperar respuesta y caminó de regreso al edificio. Armin la observó irse, con el corazón más ligero, pero el pecho cargado de nuevas emociones. Tal vez la paz no era una promesa externa, sino algo que se construía de a dos, con silencios compartidos, heridas reconocidas y la voluntad de quedarse… incluso cuando el mundo aún no ha cambiado.

Sala de aislamiento de los embajadores. De vuelta al presente.

El eco de pasos resonaba con un ritmo inestable entre las galerías, como si los muros mismos temblaran de anticipación. La luz del ocaso entraba oblicua por los vitrales del ala norte del recinto legislativo, tiñendo de rojo tenue las columnas marmóreas.

Armin Arlert apoyó ambas manos sobre el mármol frío del pasillo. Había vuelto del recuerdo, pero el aroma del naranjo aún parecía flotar en su memoria, impregnado en su ropa como una marca invisible. Su conversación con Annie, años atrás en Nidelmir, era ahora un faro y un peso. En aquel momento, hablar de paz parecía tener sentido. Hoy, ese ideal pendía de un hilo.

Se incorporó con lentitud. Los murmullos al otro lado de la gran puerta de la Asamblea Nacional eran cada vez más fuertes. Delegados, senadores, ministros, oficiales. Todos esperaban. Algunos ansiosos por venganza. Otros, por justicia. Muy pocos por reconciliación.

En un rincón más apartado, Pieck observaba desde un banco de piedra junto al ventanal. Sus ojos seguían a Kael, el capitán de la policía militar, que se movía entre los corredores reforzando la seguridad del recinto. Su presencia era solemne, apuesto y elegante, pero su mirada —firme, vigilante— se cruzó brevemente con la de Pieck, como si le diera una señal muda. Él también sabía que algo más se cocinaba tras ese juicio.

Reiner se apoyaba contra la pared, el cuerpo pesado, el rostro envejecido por el peso de la culpa. Había bajado la cabeza, pero sus ojos no parpadeaban. Observaba sus propias botas como si en el barro que traían pudiese leerse el futuro.

Connie y Jean, hablaban con Thalia, una joven y bella periodista que trataba de obtener algunas impresiones de los "héroes embajadores". - Jean ajustaba su corbata y respondía con galantería a sus preguntas.

Mirok, recién nombrado capitán de la división táctica de la policía militar, permanecía junto a una columna. Su encomienda era la seguridad del evento en el recinto de la Asamblea. Sus brazos cruzados, el rostro sereno. Nadie reparaba en él, pero su mirada sí reparaba en todos.

La gran campana de la torre sonó una vez.

Era la señal.

Los acusados entrarían de nuevo a la sala central de la Asamblea, pero no para hablar esta vez. Solo para escuchar.

El veredicto estaba por revelarse… pero el ambiente no era de resolución. Más bien, parecía el preludio de una nueva etapa aún más incierta.

El golpe seco del martillo de madera sobre el estrado retumbó con fuerza. El silencio fue inmediato. El portavoz del Alto Consejo Militar, escoltado por miembros de la Policía Militar y del gabinete real, se puso en pie.

La reina Historia, desde lo alto, sostenía una expresión imperturbable. Los embajadores del exterior no pestañeaban.

Recibida la señal de la Reina, el portavoz comenzó su pronunciamiento:

—Luego de sesiones intensas de deliberación, tras escuchar testimonios, examinar contextos excepcionales y sopesar el valor histórico de los acusados para con el pueblo de Eldia...
Se procede a leer los cargos y dictar sentencia conjunta para los ciudadanos Armin Arlert, Jean Kirstein y Connie Springer, acusados formalmente de:

Cargos:

Alta traición al aliarse con potencias extranjeras sin autorización oficial.

Participación en el asesinato del líder supremo Eren Jaeger, mediante acción coordinada con fuerzas enemigas.

Desobediencia reiterada a la cadena de mando durante operaciones críticas.

Colaboración con fuerzas invasoras.

Representación no autorizada de Eldia ante la comunidad internacional.

Atenuantes:

Se reconoce que actuaron bajo un vacío institucional extremo.

Su rol en la defensa final de Paradis, luego de la desaparición del Fundador, aunque no fue autorizada, ha mantenido a rayas a los enemigos.

Han demostrado compromiso con la preservación de la vida eldiana en momentos clave.

Sentencia:

Cinco (5) años de reintegración forzada a las Fuerzas Armadas de Eldia.

Asignación a brigadas de reconstrucción civil, resguardo de zonas fronterizas y operaciones de limpieza táctica en regiones devastadas.

Servicio obligatorio en misiones diplomáticas de bajo riesgo como observadores, bajo supervisión militar directa.

Custodia activa de la Policía Militar, con monitoreo de comportamiento y reportes periódicos al Alto Mando.

Inhabilitados para ocupar cargos de mando o representación política durante el período de condena.

Cualquier infracción será penalizada con prisión militar prolongada.

—Este fallo representa una oportunidad de redención, pero también una advertencia. El servicio, no la absolución, marcará el camino hacia el perdón.

Se procede ahora a leer los cargos y dictar sentencia conjunta para ex guerreros del Antiguo Estado de Marley: Reiner Braun, Annie Leonhart y Pieck Finger:

Cargos:

Infiltración prolongada en estructuras estratégicas eldianas.

Participación en la caída del Muro María y la masacre de civiles.

Ataques terroristas en zonas urbanas, con pérdidas humanas y estructurales irreparables.

Espionaje, sabotaje y asesinato de oficiales de la Policia Militar y Legión de Reconocimiento.

Uso ilegal de habilidades titánicas en territorio Eldiano.

—Estos actos constituyen crímenes de guerra, y en tiempos distintos, habrían sido respondidos con ejecución inmediata.

Consideraciones:

Se reconoce su participación en operaciones recientes de contención y desarme.

Su colaboración fue clave en evitar enfrentamientos diplomáticos más graves.

Sentencia:

Diez (10) años de custodia militar domiciliaria en la zona de seguridad de Shiganshina.

Participación obligatoria en brigadas de reconstrucción y reparación simbólica de daños bajo supervisión directa del Ejército en zonas afectadas por el Retumbar.

Prohibición parcial del porte de armas y equipos tácticos sin aprobación de La Secretaría de Defensa Nacional.

Restricción de movimiento bajo perímetro estricto, con reportes semanales y vigilancia continua.

Podrán ser convocados como consultores tácticos, pero no como soldados activos ni voceros internacionales.

Evaluación bianual de conducta por parte del Alto Comisionado de Seguridad Nacional.

—Esta sentencia no significa olvido. Significa asumir el peso del pasado y cargarlo hasta que el presente sea habitable para todos.

Un miembro de la Asamblea cerró la lectura con tono firme:

—Ni absolución ni exterminio. Hemos elegido el camino más difícil: construir sobre escombros, no enterrarlos. La sentencia se ejecutará de manera inmediata. Con el permiso de Su Majestad damos por concluida la sesión.

Un leve gesto de Historia dio el permiso para cerrar formalmente la sesión. Dos golpes fuertes del martillo confirmaban la orden.

Los acusados no hablaron. Solo escucharon.

Jean apretó los dientes. Armin tragó saliva, sereno pero tenso. Connie apenas asintió en silencio. Pieck bajó la cabeza. Annie se mantuvo rígida. Reiner no apartó la vista del suelo.

Historia y Armin cruzaron miradas, su expresión parecía decir: "Ahora empieza de nuevo".

El portón de hierro crujió cuando se abrió para dar paso a los condenados. Una fila de figuras marcadas por la historia, empapadas bajo una llovizna suave pero constante. No había multitudes esperando. Solo un puñado de soldados de la Guardia Central, y algunos curiosos que se atrevían a mirar desde la distancia.

Jean pasó sin mirar a nadie. No quería ver los rostros, ni siquiera los de aquellos que no le juzgaban. Connie se detuvo al sentir las gotas golpear su cuello descubierto. Cerró los ojos. "Sigue caminando", murmuró Reiner a su lado. Y así lo hizo.

Armin salió en el centro del grupo. Su andar era recto, pero su mirada estaba baja. A cada paso, sentía que el peso del mundo se repartía entre sus hombros y los de los que caminaban a su lado.

Annie y Pieck salieron en silencio, casi sincronizadas, pero sin hablarse. El barro comenzaba a marcar sus botas, una metáfora adecuada de lo que serían los años por venir.

Reiner fue el último. Al pisar la tierra mojada, su mirada se cruzó con la de una joven con uniforme de enfermera. Bajó la vista cuando ella dio un paso atrás, por miedo, tal vez por desprecio. No dijo nada. ¿Qué podía decir que no sonara como una excusa?

Un viejo carruaje de transporte militar les aguardaba al final del sendero al cual llegaron escoltados por Gustav y Anka. La seguridad de los embajadores era esencial para garantizar sus vidas. Aunque Eldia estaba fortalecida militarmente, un enfrentamiento con lo que quedaba del Exterior no convenía, al menos por el momento.

Desde una ventana del segundo piso la Reina Historia les observaba, su rostro estaba sereno, pero apretaba sus dedos con fuerza en el alféizar de piedra. A su lado, la Ministra Calia tomaba notas en un cuaderno con encuadernado de cuero.

—¿Crees que ha sido la decisión correcta, Majestad? —preguntó la ministra sin mirarla.

Historia tardó en responder. Finalmente murmuró: —A veces, lo justo y lo necesario no caminan juntos.

La ministra no replicó. Simplemente anotó esa frase, como quien sabe que esas palabras podrían necesitarse más adelante.

Afuera, los condenados abordaron el transporte. El conductor, un joven soldado nervioso, arreó con un fuerte latigazo a los caballos sin dirigirles la palabra. El carruaje avanzó lentamente por el camino de piedras, alejándose del Recinto, dejando tras de sí un eco húmedo y grisáceo.

Se les permitió alojarse unos días en la casa de Azumabito, para luego ser llevados al cuartel de retención en las afueras de Shiganshina, donde iniciarian el cumplimiento de su condena. Reeducación, trabajo forzado, vigilancia constante… pero también, una delgada línea de oportunidad para redimirse.

En otra ala del edificio, donde los muros aún rezumaban humedad de épocas más oscuras, el General Prats descendía por una antigua escalera de piedra. La luz de unas lámparas de aceite proyectaba sombras irregulares en las paredes, como si el lugar mismo respirara.

Lo escoltaban su hijo, el capitán Prats Jr., y dos oficiales de confianza, hombres sin nombre en el papel, pero imprescindibles en los planes que nunca se pronuncian en voz alta. Bajaban en silencio, como si supieran que cada escalón era un pacto sellado con el destino.

El general se detuvo al llegar al último peldaño. A su alrededor, el aire era más denso, más frío. Allí no llegaban los aplausos ni las arengas del juicio; solo quedaba el eco sordo del poder en su forma más cruda.

Volvió la vista hacia su hijo, luego hacia los oficiales. Sus ojos no mostraban furia ni decepción. Solo una calma peligrosa, de esas que preceden al desastre.

—La Reina ha tomado su decisión… —dijo, con una voz baja, firme, cargada de una resolución implacable—. Ahora nosotros tomaremos la nuestra.

El silencio que siguió no fue de obediencia, sino de alineación. Como piezas encajando en un engranaje que había estado esperando demasiado tiempo. El capitán Prats Jr. asintió levemente. En sus labios se insinuaba una sonrisa, tan leve como letal. Uno de los oficiales cerró una pesada puerta de hierro detrás de ellos. El sonido metálico retumbó como un presagio.

Desde lo profundo de esa ala olvidada del edificio, el mundo que Historia Reiss intentaba sostener comenzaba a crujir. No con un estallido. Con un movimiento silencioso, quirúrgico.

No se trataba de venganza.

Era estrategia.

Y ya había comenzado.