Kagome llegó al pub pasadas las seis de la tarde. El aire frío de octubre la había acompañado durante todo el trayecto, y ahora, al cruzar la puerta, sintió el contraste inmediato del calor acogedor del lugar. El pub tenía ese estilo inconfundible de los bares londinenses: paredes de ladrillo expuesto, luces cálidas y una atmósfera que parecía susurrar secretos en cada rincón. La música ambiental era lo suficientemente baja como para no competir con las risas y el murmullo de las conversaciones. Kagome respiró hondo, dejando que el aroma a madera vieja, cerveza y especias la envolviera. Había algo reconfortante en ese lugar, aunque no podía evitar un ligero hormigueo de nerviosismo en su estómago.

Había optado por un atuendo sencillo; unos vaqueros negros ajustados, una blusa blanca y una chaqueta vaquera azul que le quedaba ligeramente grande, pero que adoraba por su comodidad. Sus Adidas blancos estaban algo desgastados, pero eran sus favoritos, le traían suerte o al menos eso creía ella. Su cabello azabache ondulado caía suelto justo al inicio de su trasero, era su orgullo, apenas llevaba maquillaje, salvo un toque de rímel que hacía resaltar sus ojos azules. Mientras recorría el lugar con la mirada, buscó a sus amigos entre las mesas llenas de grupos animados y parejas susurrándose confidencias. Finalmente los vio, en una mesa al fondo, junto a dos chicos que no reconocía. Uno de ellos llevaba una chaqueta de cuero negra que parecía brillar bajo las luces cálidas del techo.

Kagome avanzó hacia la mesa con paso decidido, aunque sentía cómo su corazón latía un poco más rápido de lo normal. Al acercarse, sus ojos se encontraron con los del chico azabache. Fue un instante, apenas un parpadeo, pero suficiente para que una extraña sensación recorriera su cuerpo. Sus ojos eran de un azul tan profundo que parecían contener secretos insondables. Su cabello azabache tenía reflejos azulados que brillaban bajo la tenue luz del pub, y su piel era tan pálida como la porcelana. Por un instante fugaz, Kagome sintió una punzada de desconcierto. Si no supiera que era hija única, podría haber jurado que aquel chico podría pasar por su hermano. Había algo inquietante en la forma en que su mirada se clavó en la suya; era como si él también la estuviera estudiando, como si supiera algo que ella no.

—¡Kagome! —La voz alegre de Ayumi rompió el hechizo del momento. Su amiga la saludaba con una sonrisa radiante mientras hacía un gesto para que se acercara—. Mira, ellos son Hiten y Koga. También son compañeros de la facultad.

Kagome asintió con una sonrisa tímida y murmuró un breve "hola". Su voz sonó más débil de lo que le hubiera gustado, pero no pudo evitarlo; aún sentía el peso de la mirada del chico azabache sobre ella.

—Un gusto —dijo Koga mientras se levantaba de su asiento con movimientos gráciles y apartaba una silla junto a él para que Kagome se sentara. Había algo casi teatral en su gesto, una cortesía que parecía sacada de otra época.

Ella tomó asiento con una leve inclinación de cabeza a modo de agradecimiento. Mientras lo hacía, notó que las manos de Hiten eran sorprendentemente pálidas, casi translúcidas bajo la luz del pub. Un escalofrío le recorrió la espalda sin razón aparente, pero trató de ignorarlo.

—¿Ya supieron la noticia? —La voz grave de Hojo interrumpió el momento mientras le extendía una cerveza fría.

Kagome aceptó la botella con una sonrisa automática, aunque su mente seguía atrapada en el misterio de Koga. ¿Por qué sentía esa extraña conexión con él? Y más inquietante aún ¿por qué él parecía tan cómodo con ello?

—No, ¿qué ha pasado? —preguntó Ayumi mientras jugueteaba con el borde de su vaso.

Hojose inclinó hacia adelante, bajando la voz como si estuviera a punto de compartir un secreto prohibido.

—Dicen que encontraron algo en el lago cerca del campus —murmuró, mirando a cada uno de ellos con expresión seria.

Kagome sintió cómo el ambiente en la mesa cambiaba al instante. La música y las risas del pub parecieron desvanecerse en un segundo plano mientras todos los presentes se inclinaban ligeramente hacia Hojo, expectantes.

—¿Qué encontraron? —preguntó el joven de ojos cafés casi negros que tenía por nombre Hiten, con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

Hojo hizo una pausa dramática antes de responder.

—Un cuerpo —dijo finalmente—. Una chica. Nadie sabe quién es aún.

Kagome sintió cómo un escalofrío le recorría la columna vertebral. La noticia era impactante, pero lo que realmente le inquietaba era la forma en que Kogareaccionó al escucharla. Mientras todos los demás mostraban expresiones de sorpresa o horror, él simplemente sonrió. No era una sonrisa amplia ni evidente; era apenas un leve movimiento en las comisuras de sus labios, pero suficiente para hacerla estremecer.

— Qué terrible — murmuró Ayumi mientras se llevaba una mano al pecho —. ¿Sabemos algo más?

Hojo negó con la cabeza.

—Solo rumores por ahora. Dicen que fue un accidente, pero también hay quienes piensan que podría haber algo más detrás.

Kagome notó que Koga giraba ligeramente su cabeza hacia ella, como si estuviera esperando su reacción. Sus ojos azules parecían brillar con una intensidad casi antinatural bajo las luces del pub.

—¿Qué piensas tú? —preguntó él finalmente, dirigiéndose a Kagome por primera vez.

Su voz era suave pero firme, con un tono que parecía deslizarse directamente hacia sus pensamientos más profundos. Kagome tragó saliva antes de responder.

—No lo sé… Es horrible pensar que algo así podría pasar tan cerca —dijo finalmente, tratando de mantener la compostura.

El asintió lentamente, como si estuviera evaluando su respuesta.

—Sí, es horrible, pero también fascinante, ¿no crees? —murmuró, inclinándose ligeramente hacia ella.

Kagome sintió cómo su corazón daba un vuelco. Había algo en la forma en que lo dijo, en la manera en que sus palabras parecían acariciar el aire entre ellos, que le provocó un nudo en el estómago. No estaba segura de sí era miedo o algo más.

La conversación continuó alrededor de la mesa, pero Kagome apenas podía concentrarse en lo que decían los demás. Sus sentidos estaban hipersensibles; el roce del vidrio frío contra sus dedos mientras sostenía la botella de cerveza; el murmullo distante del bar; el calor cercano del cuerpo de Koga junto al suyo. Cada tanto él hacía algún comentario casual o lanzaba una mirada fugaz en su dirección, y cada vez Kagome sentía como si todo el mundo se desvaneciera por un instante.

Cuando finalmente decidieron marcharse, Ayumi y Hojo caminaban delante del grupo, intercambiando pequeños arrumacos y risas cómplices. Hiten caminaba junto a Kagome mientras Koga se mantenía un paso detrás de ellos, silencioso pero presente. Su sombra parecía alargarse bajo las luces parpadeantes de las farolas.

—¿De dónde eres, Kagome? —preguntó Hiten casualmente mientras avanzaban por las calles empedradas.

Kagome agradeció la pregunta; hablar con Hiten le daba un respiro del magnetismo inquietante de Koga.

—De San Diego —respondió con una pequeña sonrisa—. ¿Y ustedes?

Hiten intercambió una mirada rápida con Koga antes de responder.

—Nosotros somos de aquí, de esta ciudad —dijo Hiten mientras una risa breve escapaba de los labios de Koga.

Kagome notó esa risa y no pudo evitar sentir una punzada de incomodidad. Había algo en ella que sonaba casi burlón, aunque no podía estar segura.

—¿Tus padres? —preguntó Koga entonces, su voz suave pero cargada de interés genuino.

Kagome bajó un poco la mirada antes de responder.

—Solo somos mi madre y yo —dijo en voz baja—. Mi padre murió antes de que yo naciera. Vivimos todo el tiempo con mis abuelos.

Koga asintió lentamente, como si procesara cada palabra con cuidado. Había algo inquietante en la forma en que escuchaba, como si cada detalle sobre ella fuera importante para él por alguna razón que escapaba a su comprensión.

—Debe haber sido difícil crecer sin tu padre —comentó Koga después de un momento.

Kagome lo miró con cautela. Había algo extraño en su tono; no era exactamente compasión lo que transmitía, sino más bien… curiosidad. Como si estuviera intentando entender algo sobre ella que iba más allá de las palabras.

—Lo fue —admitió finalmente, aunque no estaba segura de por qué sentía la necesidad de ser honesta con él.

La conversación derivó hacia temas más ligeros mientras continuaban caminando juntos por las calles desiertas. Sin embargo, Kagome no podía sacudirse la sensación de que algo había cambiado esa noche. No solo por la noticia del cuerpo encontrado en el lago, sino por la forma en que Koga parecía estar siempre un paso adelante, siempre observándola como si supiera algo que ella aún no entendía.

Cuando finalmente llegaron al cruce donde debían separarse, Koga se detuvo y le dedicó una última mirada intensa.

—Nos vemos pronto, Kagome —dijo simplemente antes de desaparecer en la noche junto a Hiten.

Kagome se quedó allí por un momento, mirando cómo las sombras los engullían por completo. El aire nocturno estaba cargado de humedad y misterio, y aunque intentó convencerse de que todo estaba bien, no podía ignorar el leve temblor en sus manos ni el extraño vacío que sentía en el pecho.