El frío del metal contra su espalda y el latido acelerado en sus sienes eran las únicas cosas que Alfred podía sentir mientras recorría el pasillo de salida. Tenía el compuesto, y si Ludwig tenia suerte, también el resto de la fórmula para crear una cura. Lo había logrado. Cada paso que daba lo acercaba más al final del riesgo, al regreso, a Arthur.
Pero a solo unos metros de la puerta de seguridad, la voz que emergió del fondo del corredor hizo que el mundo se congelara a su alrededor.
—¿Alfred?
Se detuvo en seco.
Conocía esa voz.
Giró lentamente, el corazón apretándosele en el pecho como si ya supiera lo que venía. Frente a él, con uniforme manchado y dañado así como una mirada entre la sorpresa y la decepción, estaba el Teniente Toris, uno de sus antiguos compañeros durante los años de formación en el complejo militar previo a la división de roles. Un hombre endurecido por la experiencia, pero que alguna vez había compartido con Alfred bromas, estrategias... sueños.
—Toris... —dijo Alfred con una sonrisa forzada—. Qué sorpresa verte aquí. Pensé que estabas asignado a la zona de vigilancia del área norte.
—Lo estuve. Pero me reasignaron hace un mes. ¿Y tú? —Toris alzó una ceja mientras daba un par de pasos hacia él, la mirada afilada, desconfiada—. ¿Qué diablos hacías en la bodega de muestras?
Alfred fingió calma. Tenía que mantener el pulso bajo control.
—Uno de los investigadores me pidió que revisara unas etiquetas mal registradas. Dijo que era más fácil si alguien de campo se encargaba.
Toris frunció el ceño. La tensión entre ellos se podía cortar con un cuchillo.
—¿Y por qué demonios te mandaría a ti? No tienes autorización ni rango.
Alfred apretó los dientes. Lo había subestimado.
—Soy parte de un programa de campo experimental. Autorización directa del comando científico de la doctora Xian—improvisó, con tono seguro—. Mando especial. Si quieres, puedes confirmarlo con—
—Cállate, Alfred. —La voz de Toris se endureció, interrumpiéndolo—. Yo te conozco. Y sé cuándo estás mintiendo.
El silencio se volvió más denso. Toris ya tenía la mano en su arma, y Alfred supo que no había marcha atrás. Lo siguiente fue un movimiento rápido: Toris desenfundó su pistola y apuntó directamente a su pecho.
—Suelta lo que llevas. Ahora.
Alfred levantó las manos lentamente. No podía dejar que se llevara las muestras. El equipo de investigación de Scott dependía de ellas. Todos dependían de ellas. Pero sabía que, si hacía un solo movimiento equivocado, no viviría para ver la cura desarrollada.
—Toris, escucha... esto no tiene por qué terminar así. Recuerdas quién soy. No estoy haciendo esto por mí. Hay gente allá afuera, niños, omegas al borde de mutar sin posibilidad de volver atrás. Esto puede ayudarlos.
—¿Y tú crees que eso justifica traicionar a la colonia? —espetó Toris—. ¿Sabes cuántos hemos muerto por seguir las reglas, por mantener el orden? Tú eras uno de nosotros, Alfred. No eres un traidor.
La palabra pesó como plomo.
—No soy un traidor. Soy alguien que ya no pudo seguir cerrando los ojos.
En ese momento, Toris disparó.
El tiro pasó rozando el hombro de Alfred, que rodó al suelo y sacó su cuchillo corto de defensa. Se abalanzó sobre su antiguo amigo, y la pelea cuerpo a cuerpo estalló con violencia.
Golpes secos. Respiraciones entrecortadas. El eco de un combate entre hermanos que el régimen había convertido en enemigos. El suelo quedó manchado de sangre. Alfred logró derribar a Toris brevemente, pero el teniente se recuperó y logró someterlo, con una rodilla sobre su pecho y la pistola de nuevo apuntando a su frente.
—Lo siento, Alfred. No puedo dejarte salir con eso. No después de lo que has hecho.
Alfred cerró los ojos. No por resignación, sino porque no quería ver cómo acababa esto. No así. No por su mano.
Un disparo.
Pero no fue el de Toris.
Fue otro. Preciso. Corto.
El cuerpo del teniente se desplomó sobre él, muerto.
Alfred jadeó, empujando el cuerpo sin vida con esfuerzo. Y allí, al otro lado del pasillo, con el arma aún humeante y la expresión fría como el acero, estabaLudwig.
—Levántate —ordenó, su voz baja, pero firme.
Alfred apenas pudo procesar lo que había pasado. Ludwig guardó el arma con eficiencia militar, caminando hacia él. Alfred, aún con la adrenalina recorriéndole el cuerpo, se puso de pie con dificultad. Miró el cuerpo de Toris con pesar. No había odio en su pecho, solo una tristeza amarga. Había perdido a un hermano más.
—Él fue mi amigo.
Ludwig asintió sin emoción.
—Lo sé. Pero no todos los amigos están dispuestos a cambiar. Y los que no cambian, mueren por el régimen o a manos de quienes intentan destruirlo.
Se giró hacia el pasillo, en dirección a la salida.
—Vamos. No tenemos tiempo.
Alfred se ajustó la mochila con las muestras. El peso ahora parecía el doble. Uno por lo que llevaba dentro... y otro por lo que había perdido en el camino.
Sin decir más, siguió a Ludwig hacia la oscuridad.
El refugio estaba en silencio cuando Alfred regresó.
Nadie lo recibió. Nadie lo esperaba.
El frío del metal de la puerta al cerrarse tras él fue como una sentencia. Una marca final sobre lo que había dejado atrás. Caminó por los pasillos sin hablar con nadie, sin mirar a nadie. Llevaba la mochila con las muestras, sí, pero parecía pesar más que nunca.
No porque temiera haber fallado.
Sino porque sabía lo que había costado.
Al llegar a su nuevo "cuarto", dejó la mochila bajo su camastro y se sentó en el borde del mismo. No se quitó la chaqueta ni los guantes. Solo... se quedó allí. En silencio. Con la mirada perdida y el brazo donde tiempo atrás tenía el rastreador pulsándole de dolor. Las paredes opacas del refugio le devolvían el eco de su respiración. Cada tanto, sus dedos se cerraban en puños, como si aún esperara el siguiente golpe. Como si aún estuviera en ese pasillo con...
Toris.
La imagen de su rostro seguía allí, clara como si lo tuviera enfrente. La rabia en sus ojos. El temblor en su voz. La decepción que no había espacio para ignorar. Y luego... el impacto. El cuerpo cayendo. El vacío que dejó su muerte no fue solo un hueco físico. Fue como una grieta que se abría en el fondo del pecho de Alfred y que no dejaba de ensancharse.
Ludwig había hecho lo necesario. Lo sabía. Si él no hubiese disparado, Toris lo habría matado. Pero eso no quitaba el hecho de que Alfred lo había llevado hasta ese punto. De que su propia decisión lo había arrastrado a un enfrentamiento entre hermanos.
Entre soldados.
Entre pasado y presente.
"No todos los amigos están dispuestos a cambiar."
Las palabras de Ludwig resonaban en su cabeza, pero Alfred no sabía si las odiaba o las entendía demasiado bien. Quizás ambas.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
No respondió.
La puerta se abrió lentamente y, para su sorpresa y decepción, quien apareció no fue Arthur. Fue Scott.
—Recibí las muestras —dijo el científico, con una calma sobria—. Hiciste bien. Esto puede marcar la diferencia para cientos, tal vez miles. Buen trabajo.
Alfred asintió, sin decir nada.
Scott lo observó por unos segundos, percibiendo que algo no estaba bien. Con un suspiro agotador se resignó a su papel de "padre obligado a lidiar con mocosos".
—¿Qué pasó?
Alfred apretó los dientes. Por un instante, pensó en mentir. En decir que todo había salido bien. Que nadie lo detuvo. Que las cosas fueron limpias.
Pero la sangre aún seguía en su bota izquierda y el olor de la pólvora en su rostro.
—Un viejo camarada me interceptó —dijo finalmente—. Sospechó. Me enfrentó. Yo... intenté razonar. Pero no funcionó.
Scott entrecerró los ojos, y entendió.
—¿Murió?
—Ludwig lo mató. Me salvó. Pero fue por mí. Él murió... por mí.
El silencio se hizo más denso. Scott asintió una sola vez. No ofreció consuelo, ni una palmada en el hombro, ni una palabra de alivio. Solo un asentimiento duro y sincero. Como quien entiende que algunas heridas no se deben cubrir, sino dejar abiertas para que respiren.
—Toma el tiempo que necesites. Pero no tardes. El trabajo no espera, Alfred.- se dio la vuelta y avanzo tres pasos antes de detenerse - Pasa al área médica y has que te revisen. El torpe de mi hermano no ha dejado de preguntar por ti.
Y se fue.
Alfred cerró los ojos, con los puños apretados. La rabia, la tristeza y la culpa se entremezclaban en su pecho como un nudo imposible de deshacer. Recordó el pasado: cuando él y Toris compartían bocadillos a escondidas, las bromas en los entrenamientos, las conversaciones sobre lo que harían cuando "fueran elegidos" como candidatos en el centro de recrió.
Ahora, Toris estaba muerto.
Y él... aún seguía vivo. Pero no se sentía así.
Horas después
Alfred caminó hasta el área médica. Entró en silencio, y uno de los omegas, vendado, levantó la cabeza para mirarlo. Había algo en esa mirada —un brillo de esperanza, tenue pero real— que le dio un pequeño empujón. Las muestras que había traído podrían ayudar. Quizá no podría salvar a todos. Pero sí darles una oportunidad más.
Y aún así...
No podía dejar de preguntarse si el precio había sido el correcto. Si salvar cien vidas justificaba acabar con una de las pocas que recordaban quién era, antes de todo esto.
Cien vidas. Una pérdida.
Y un alma partida en dos.
—Alfred... —su voz fue apenas un susurro, pero cargado de una mezcla explosiva de alivio, incredulidad y rabia contenida—. Estás vivo.
Alfred dio un par de pasos dentro de la sala, el rostro más demacrado que nunca, cubierto de polvo, sudor seco y una mancha oscura en el borde del cuello de su camisa. No contestó con palabras, solo asintió, como si no tuviera fuerzas para más.
Arthur tardó un segundo antes de acercarse. No lo abrazó. No todavía. En lugar de eso, le tomó el brazo con cuidado y lo sentó sobre la camilla más cercana.
—Estás sangrando. ¿Dónde te hirieron?
—Hombro... nada grave —murmuró Alfred.
Arthur retiró la camisa con manos firmes. No era la primera vez que curaba heridas, pero esta vez era diferente. Esta vez, Alfred temblaba. No por dolor físico. Sino por algo más profundo.
—¿Fue difícil entrar? —preguntó Arthur, tratando de mantener el tono neutral mientras mojaba una gasa con desinfectante.
Alfred soltó una risa amarga.
—Entrar fue fácil. Salir... no tanto.
Arthur no dijo nada. Sabía que las palabras vendrían solas, cuando Alfred estuviera listo. Empezó a limpiar la herida con suavidad, mientras el silencio entre ambos se hacía denso, cargado.
Finalmente, Alfred habló.
—Me interceptó alguien. Un viejo amigo.
Arthur alzó la mirada solo por un segundo, pero volvió al trabajo sin interrumpirlo, con precisión cambiaba los vendajes de su brazo, los puntos se habían abierto nuevamente.
—No confiaba en la coartada. No me creyó. Intenté explicarle, hacerlo entrar en razón, recordarle lo que éramos... pero ya no quedaba nada de eso en él. Solo el deber. Solo el puto sistema que nos llevó a este infierno.
Hizo una pausa, tragando saliva.
—Luchamos. Él estaba a punto de matarme... y entonces Ludwig lo mató.
Arthur detuvo la mano. No por sorpresa, sino por respeto al peso de lo que Alfred acababa de decir. Lo miró, los ojos fijos en los suyos.
—¿Estás bien?
—No lo sé. —La respuesta fue simple, cruda, sin adornos—. No estoy herido de gravedad. Pero no sé si estoy bien.
Arthur asintió. No presionó. Siguió limpiando la herida, vendándola con precisión.
—A veces el cuerpo tarda más en romperse que la mente —dijo en voz baja—. No tienes que fingir que esto no te está jodiendo por dentro.
—No estoy fingiendo. Solo... no sé cómo soltarlo.
Hubo un silencio largo. Era desgarrador ver como aquel jovial y coqueto soldado de días atrás se convertía en tan lamentable ser. Con culpa y amargura apretó por un momento las vendas en sus manos.
—¿Tú lo habrías hecho? —preguntó Alfred, de repente—. Si te hubieras encontrado con alguien que fue tu amigo. Que aún creía en lo que fuiste. ¿Lo habrías matado?
Arthur dejó caer la venda y se sentó frente a él, los ojos serios. Por un momento el rostro de Romano a pareció en su mente, recordar el dolor de lo sucedido con su gemelo lo hizo tartamudear.
—No lo sé. Quizá sí. Quizá no. Pero si lo hubiera hecho, me dolería igual que a ti ahora. Y eso es lo que te hace seguir siendo tú, Alfred. Que aún te duele.
Alfred desvió la mirada. Se frotó los ojos con la mano vendada. Por un segundo, pareció más un niño perdido que un soldado fugitivo.
—Quiero pensar que esto vale la pena. Que ese compuesto, esa jodida mochila con tubos de cristal... vale más que él.
—Lo vale —afirmó Arthur, con una firmeza inesperada—. No porque lo diga yo, sino porque hay personas aquí que mañana podrán seguir viviendo gracias a eso.
Alfred lo miró, Arthur bajó la cabeza y se permitió un suspiro. Luego apoyó la frente contra la de Alfred, un gesto simple, silencioso... pero íntimo.
—Estás vivo. Eso es suficiente por ahora.
Y en ese espacio pequeño, entre las vendas y los murmullos del refugio, Alfred se permitió cerrar los ojos.
Solo por un instante lo único que importaba eran ellos dos, en ese momento.
Notas del autor
En un inicio pensaba dejar como teniente a Cole, pero viendo la serie nuevamente en estos días de descanso decidí cambiarlo por Toris (Lituania).
