La madrugada se filtraba como una brisa tenue por las rendijas del refugio. O al menos eso era lo que su poca imaginación podía recrear para no pensar en el hecho de que estaban en una habitación compartida con otros alfas y betas. Aunque Alfred estaba acostumbrado a compartir espacio con otros soldados, para Arthur un omega soltero que evitaba demasiado el contacto con desconocidos no era tan sencillo, sin embargo el compartir catre con el enorme alfa rubio lo hacía sentir a salvo... aunque fuera por un momento.

Estaban acostados de lado, cara a cara. Alfred tenía su brazo vendado alrededor de Arthur, y sus piernas se entrelazaban de forma casi natural, como si el mundo entero hubiera estado esperando a que se encontraran de esa manera.

Arthur, con los ojos aún algo hinchados por la falta de sueño, murmuró contra el pecho de Alfred:

—Creí que no volvería a oír tu corazón.

Alfred soltó una risa suave, sin burla, solo cansancio.

—Creí que no volvería a tocar tu trasero.- dijo mientras lo apretaba ligeramente, Arthur soltó un gemido bajo avergonzado.

Ambos callaron por un instante, uno de sus "compañeros" de habitación se removió en su catre, cuando todo pareció tranquilo de nuevo Arthur levanto su rostro y mordió ligeramente su cuello, El rubio solo esbozo una sonrisa complacida. No hacía falta decir mucho. El olor de la piel del otro, la respiración sincronizada, la presión leve de dedos que buscaban aferrarse en un mundo que todo el tiempo cambiaba... eso bastaba.

El lado omega de Arthur, sensible, receptivo, vibraba bajo el peso firme de Alfred. No era solo necesidad física —aunque la tensión estaba allí, palpitante—. Era ese anhelo animal, profundo, de sentirse protegido, de confiar. Su cuerpo se relajaba con cada caricia leve del alfa, con cada roce de nariz, con cada palabra apenas murmurada.

—No sé qué pasará mañana —susurró Arthur—. Pero si tengo que romperme, quiero que seas tú quien me junte.

Alfred respondió bajando el rostro hasta su cuello, besando la piel con una ternura que dolía. No era posesivo. Era... promesa. Presencia.

—Si el mundo vuelve a arder —dijo en su oído—, yo arderé contigo.

Y justo cuando el momento se volvía demasiado denso, demasiado real, la puerta se abrió de golpe con el rechinido más innecesariamente estridente de todo el refugio.

—¡Ah, carajo, lo sabía! —exclamó Scott, tapándose los ojos con una mano pero sin moverse del marco—. ¿Por qué tienen que ser tan obvios? ¿Un cartelito de "no molestar" era mucho pedir?-dijo con sarcasmo

Arthur, sin separarse demasiado de Alfred pero con una ceja peligrosamente arqueada, murmuró:

—¿Piensas mirar toda la mañana o solo viniste a arruinarnos el momento?

-¡Oh vamos, estaban en la mejor parte!- la voz provino de uno de los soldados betas detrás de nosotros, algunas risas y quejas siguieron en camarería

Scott bufó dramáticamente y bajó la mano de los ojos, aunque su sonrisa burlona seguía ahí. Arthur se sonrojo completamente, tan absorto estaba que se había olvidado de su pequeño "publico".

—Relájate, Shakespeare. No vengo a interrumpir tu luna de miel con el Capitán Problemas. Pero si es que quieres seguir salvando vidas, tu cerebro me es más útil que tus glándulas. Vamos, al laboratorio.

Arthur suspiró, se sentó en el catre y le lanzó una mirada fugaz a Alfred, que simplemente sonrió con ese gesto de "lo siento, pero si quiero ganarme a tu hermano debo quedarme aquí". Arthur se puso la bata y, antes de salir, le rozó el rostro con una caricia silenciosa.

—No te duermas sin mí.

—No puedo —dijo Alfred—. Tu olor quedó en las sabanas.

Arthur se giró para lanzar una amenaza visual que prometía consecuencias... pero sonrió igual. Y se fue con Scott, dejando atrás los abucheos y palabras de aliento de los demás soldados.

Horas después – Área médica

La calma del refugio se veía interrumpida por un solo sonido: una respiración demasiado agitada.

Gilbert estaba sentado en una camilla, el brazo izquierdo envuelto en vendajes manchados de un gris verdoso. Sudaba frío, y su piel mostraba un ligero temblor que no había estado ahí antes.

—¿Cómo va eso, hermano? —preguntó Ludwig desde la entrada, su rostro serio, aunque con preocupación tras la máscara.

Gilbert levantó la mirada, forzando una sonrisa que apenas sostenía.

—Podría cantarle un soneto a mi bello pianista.- contesto con una sonrisa

Pero su cuerpo decía otra cosa.

Los bordes de la herida estaban oscuros, con venas que se extendían como raíces, marcando patrones inhumanos bajo la piel. Y sus ojos... uno de ellos comenzaba a mostrar un reflejo anómalo, entre azul y violáceo.

Ludwig apretó los puños. Sabía lo que estaba pasando. La mutación había comenzado.

Y ahora, incluso con la muestra en manos de Arthur y el equipo de Scott... el tiempo estaba en su contra.

Laboratorio del refugio

El zumbido constante del generador se mezclaba con el chasquido de tubos de ensayo al ser colocados con rapidez sobre la mesa. Arthur revisaba los resultados de las últimas pruebas con el ceño fruncido, su bata ya manchada con líquidos de distintos tonos, mientras Scott tecleaba frenéticamente en la terminal portátil. A sus costados algunos asistentes betas revisaban y mezclaban algunos tubos de ensayo. La tensión y el cansancio era palpable para cada uno de los que componían ese pequeño equipo de trabajo.

—¿Cuántas combinaciones probamos ya? —preguntó Arthur, sin despegar la vista del microscopio.

—Cuarenta y ocho... no, cuarenta y nueve —respondió Scott—. Y de esas, solo dos mostraron efectos inhibidores parciales. Pero ninguna detiene la mutación de forma estable.

Arthur se frotó las sienes con los dedos entintados de azul.

—Maldita sea... no tenemos tiempo.

Scott se detuvo. Lo miró. En su mirada, por una vez, no había sarcasmo ni calma calculada. Solo preocupación de hermano mayor.

—Escúchame. La estabilidad celular de los alfas es más resistente, pero también reacciona peor a los inhibidores si se aplican tarde. Y Gilbert... está tarde. Muy tarde.

—¿Quieres que me rinda?

—No. Quiero que seas realista. Necesitamos un catalizador externo. Algo que active las proteínas correctas antes de que su sistema nervioso colapse. O vamos a perderlo.

Arthur apretó los labios. En su mente, ya no trabajaba por ciencia. Trabajaba por Ludwig. Por Gilbert. Por Alfred. Por no volver a ver en otro rostro lo que había visto en Romano cuando le habló de su hermano.

—¿Y si usamos el plasma almacenado? El que sacamos de las muestras alfa de las mutaciones que capturaron.

Scott levantó la mirada. Lo pensó.

—Si funciona, solo funcionará una vez. Después el cuerpo desarrolla resistencia.

—Una oportunidad es mejor que ninguna, en especial si esta nos da tiempo.

Scott asintió y se puso en marcha con rapidez.

—Entonces vamos a dársela.

Sala médica

Gilbert se retorcía en la camilla, los dientes apretados mientras Ludwig lo sostenía con una toalla húmeda en la frente. El sudor empapaba su cuerpo, y su respiración se hacía más errática con cada minuto.

Alfred, de pie junto a la mesa de instrumentos, tenía la mandíbula tan tensa que parecía a punto de partirse. No podía hacer nada, y eso lo mataba. Cada espasmo de Gilbert lo hacía retroceder a los peores días del campo fuera de la colonia.

—¿Desde cuándo? —preguntó en voz baja.

Ludwig no lo miró. Seguía con la vista fija en su hermano.

—Desde que fue herido en la misión del perímetro. Creímos que lo habíamos limpiado a tiempo. Pero... ya estaba en la sangre.

Gilbert soltó un gruñido bajo, casi inhumano. Su brazo izquierdo temblaba descontroladamente, y las venas mutadas comenzaban a expandirse hacia el cuello.

—No vamos a dejarlo así —dijo Alfred, acercándose, decidido—. ¿Lo escuchas, Gilbert? Aguanta. Están trabajando en eso ahora mismo.

—Alfie... —murmuró Gilbert, con los ojos apenas entreabiertos, una risa temblorosa—. ¿Aún hueles a miedo... o ya te acostumbraste?

—Idiota —respondió Alfred, apretando su hombro sano—. Cuando te mejores, te voy a hacer tragar esa broma.

Gilbert sonrió, por reflejo. Pero luego su cuerpo se arqueó con violencia.

—¡Sujétalo! —gritó Ludwig.

Ambos lo sujetaron mientras un nuevo espasmo lo atravesaba. De su brazo, parte de la piel comenzaba a mostrar un brillo iridiscente, antinatural, como si una capa cristalina empezara a cubrir los huesos.

—¡Necesitamos a Arthur ahora! —gritó Alfred, mientras que una de las enfermeras salió del lugar.

Justo cuando las cosas se ponían serias Arthur y Scott irrumpieron en la sala médica. Scott cargaba una caja metálica con una válvula de refrigeración. Arthur tenía en las manos una jeringa precargada con el compuesto experimental mezclado con el plasma estabilizante.

—¡Muévanse! —ordenó Arthur.

Alfred y Ludwig lo soltaron mientras Scott conectaba el lector a los signos vitales de Gilbert. La línea del monitor era caótica. Arthur se acercó, miró a Gilbert, y por un momento dudó. Pero no había tiempo para vacilaciones.

Insertó la aguja justo en la arteria principal del brazo, entre las venas mutadas. El líquido bajó lentamente por el tubo. Gilbert jadeó con fuerza, el cuerpo sacudido por una última convulsión. Y entonces...

Silencio.

El monitor marcó una línea estabilizándose. La piel iridiscente se detuvo a medio camino. Las venas ennegrecidas parecieron retroceder milímetros. Pequeños, pero visibles.

Gilbert respiró.

Y no gruñó. No chilló. Solo... respiró.

Ludwig se dejó caer en la silla más cercana, sudando frío.

Scott lo miró.

—No es una cura. Pero lo detuvo.

Ludwig bajó la cabeza. Alfred se apoyó en la pared, sintiendo que su pecho por fin se descomprimía.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Alfred.

Scott suspiró.

—Horas. Tal vez un día. Pero ahora tenemos una base real. Y si seguimos, podemos salvarlo. Podemos salvar a todos.

Arthur levantó la mirada hacia Alfred, sus manos temblaban, entre ellas la jeringa parecía tan pesada, solo cuando las feromonas de Alfred rodearon su cuerpo pudo respirar con normalidad. En medio del caos no se había dado cuenta de la cantidad de feromonas de angustia, dolor y miedo en la habitación lo habían afectado tanto. Aun así la determinada mirada de Alfred se convirtió en su ancla.

—Esto no termina aquí.

Arthur asintió.

—Lo sé. Pero ahora, al menos, tenemos una forma de empezar.