El día había comenzado sin sobresaltos, pero nadie confiaba en la calma. Después de lo vivido con Gilbert, el laboratorio seguía funcionando sin pausas, y el ala médica se mantenía en tensión constante.
Pero en la entrada del refugio, donde el metal oxidado se enfrentaba a la escarcha del exterior, un guardia golpeó la alarma una sola vez, lo suficiente para alertar sin causar pánico.
—Tenemos movimiento —se escuchó el anuncio por las bocinas viejas del refugio
Alfred y Ludwig estaban revisando suministros en el almacén cuando escucharon el aviso. Arthur, aún con las mangas de su bata arremangadas, levantó la mirada con el ceño fruncido desde la terminal médica.
—¿Nos encontraron? —preguntó a su pelirrojo hermano
-No lose, quédate aquí y si la alarma suena evacua el lugar por la zona del subterráneo de la zona R.
Scott salió del lugar con pasos rápidos pero decididos saco el arma oculta en la parte trasera de su pantalón. Pronto se reunió con algunos colegas, entre ellos estaba Antonio.
-¿Qué ves?- pregunto Oliver un viejo comandante de Iván que deserto y fundo este refugio
El viejo veterano dudó antes de responder.
—Solo una figura. Sola. Viene caminando... y levantó las manos.
Antonio dirigió una mirada a Oliver y después de asegurarse salió primero. Le bastó ver la figura encapuchada que se acercaba con paso firme para sentir cómo una vieja pieza encajaba en su memoria.
Vash.
No lo había visto desde aquella noche en la que su pequeña hermana era arrastrada por la plaza como traidora al encubrir a su vecina, una mujer omega embarazada.
—El inexpresivo, estoico, inquebrantable Vash— vocifero una voz detrás de Scott,
-¿Lo conoces Francis?
-Por supuesto, el desvió las cámaras de vigilancia y abrió la puerta de emergencia sin decir una palabra.
Francis se adelantó hasta la reja, desactivándola. El aire helado le golpeó el rostro justo cuando el visitante se quitó la capucha.
Los mismos ojos serios. La misma expresión contenida.
—Vash... —murmuró Antonio.
—Creí que estarías muerto —dijo Vash sin emoción aparente.
—Yo también —respondió Francis, sonriendo un poco.
Arthur llegó en ese momento, sin aliento, y al ver al recién llegado se quedó inmóvil por unos segundos. Vash lo miró directamente, y hubo un leve —casi imperceptible— gesto de asentimiento.
—No sabía si ustedes dos habían logrado salir —dijo el rubio—. Me quedé para cubrir los rastros. Luego tuve que desaparecer... hasta ahora.
Antonio se apartó para dejarlo pasar. Vash no traía mochila ni armamento visible, pero sus ropas estaban cubiertas de polvo, sangre y una sustancia de dudosa procedencia. Había venido a pie, desde quién sabía dónde.
—¿Cómo encontraste el refugio? —preguntó Arthur.
—Sigo recordando cosas importantes —dijo Vash con sequedad—. Como quiénes me deben una cerveza.
Antonio soltó una risa seca.
—¿Tú, bebiendo? El mundo sí se acabó.
Sala común – minutos después
Todos se reunieron mientras Vash se sentaba frente a un pequeño mapa que Oliver desenrolló sobre la mesa. Con dedos tensos, señaló la zona este de la colonia.
—Hace dos días, los rebeldes tomaron los tres puntos de distribución de energía. Ivan contraatacó con armas químicas, pero se descontrolaron. Las zonas mutadas... comenzaron a tragarse a su propio ejército.
—¿Y el Consejo? —preguntó Scott.
—Disuelto. Ivan perdió apoyo. La mitad de los mandos huyeron. El resto fue... convertido.
Arthur tragó saliva.
—Entonces, ¿Ivan ya no controla la colonia?
Vash negó con la cabeza.
—Su influencia se redujo a la cúpula central. El poder real está en manos de su asesor científico. El nombre que más escuché... fueYao.
El ambiente se volvió más denso. Scott cruzó miradas con Arthur.
—Ese nombre aparece en las primeras investigaciones de las mutaciones —dijo—. Nunca firmó directamente, pero todos los documentos usaban su lenguaje clínico. Frío, preciso... brutal.
—Él dirige ahora el centro de investigación y el centro militar —añadió Vash—. Ha tomado control de los sujetos mutados. Los clasifica, experimenta con inhibidores... y comienza a seleccionar mutaciones "útiles" para crear nuevas unidades de control.
—¿Una nueva clase de soldados? —dijo Alfred, apretando los dientes.
—No soldados —aclaró Vash—. Monstruos con obediencia condicionada. Quieren que sean la fuerza definitiva. Su excusa es que así podrán "purificar" las zonas contaminadas.
Un silencio cayó como un telón de plomo.
Arthur finalmente habló:
—Entonces el mundo allá afuera aún cree que Ivan dirige todo... pero es Yao quien lleva las riendas.
Vash asintió.
—Y está empezando a limpiar todo lo que lo delate.
—¿Qué tipo de limpieza? —preguntó Ludwig, serio.
—Centros de recrió destruidos. Testigos ejecutados. Informes falsificados. Para el resto de la colonia... todos los que causaron alboroto durante el ataque están muertos.
Alfred se cruzó de brazos, los ojos ardiendo.
—Perfecto. Entonces si estamos muertos, nadie nos va a ver venir.
Scott sonrió levemente.
—El laboratorio funciona. Tenemos una base. Y ahora tenemos información.
—Y aliados —añadió Arthur, mirando a Vash—. ¿Te quedarás?
El rubio se encogió de hombros.
—No tengo a dónde volver.- menciono con amargura- Si esto es guerra... prefiero luchar por los que aún tienen alma.
Por primera vez, su voz dejó ver algo más. Dolor. Convicción. Humanidad.
Horas después – zona medica
Gilbert se removía en su camilla. Aunque más estable, su cuerpo aún mostraba los estragos de la mutación. Ludwig estaba a su lado, en silencio. Pero entonces, los sensores pitaron una alerta.
Los niveles de neuroactividad se disparaban.
Scott corrió a revisar la pantalla. Arthur lo siguió.
—¿Qué pasa ahora?
El monitor mostraba una aceleración repentina. No era crisis. Era algo nuevo.
—Su cuerpo... está intentando absorber la mutación —murmuró Arthur—. Pero a su manera. Como si estuviera buscando adaptarse... en lugar de resistirse.
Los ojos de Gilbert se abrieron.
Y por un segundo, su pupila se dilató de forma inhumana.
Arthur retrocedió un paso.
—Dios mío... ¿y si no estamos curando?
Scott lo miró con gravedad.
—¿Y si estamos transformando?
El aire olía a desinfectante y a sudor. A vida que se aferra con uñas rotas. A cambio inevitable.
Gilbert respiraba con dificultad, pero no como antes. Su cuerpo, aunque aún marcado por las venas oscuras, comenzaba a estabilizarse. Lo anormal seguía ahí —en la forma en que su piel brillaba bajo ciertas luces, o en la forma extrañamente nítida en la que escuchaba conversaciones del otro lado de la sala—, pero ya no lo devoraba desde adentro.
La mutación ya no era un castigo.
Era... una fusión.
Ludwig no sabía si eso lo aliviaba o lo destruía.
Sentado junto a la camilla, con los puños cerrados y la mirada fija en su hermano, apenas podía reconocer al hombre que una vez lo arrastró del campo de batalla con la risa en la boca. Ahora, ese hombre jadeaba con los ojos entrecerrados y una voz que parecía surgir desde muy lejos.
—Ey... —murmuró Gilbert, con una sonrisa débil—. No llores, idiota. Que no estoy muerto todavía.
Ludwig bajó la cabeza. Sus hombros temblaban. Nunca lo había visto así.
Alfred, de pie en el umbral, observaba la escena en silencio. No hizo ruido al entrar. Solo caminó despacio, hasta arrodillarse junto a Ludwig.
—Lo siento.
Ludwig no respondió.
—Si no hubiera insistido en esa incursión... si no me hubiera separado del grupo —continuó Alfred, con la voz baja pero firme—, tal vez nada de esto habría pasado. Gilbert estaría sano. Tú no estarías sufriendo. Y Arthur no estaría encerrado días enteros en el laboratorio intentando detener lo que desaté.
Ludwig giró el rostro hacia él, los ojos rojos, pero no por rabia.
—Si no hubieras traído esas muestras... —dijo, con la voz quebrada— Gilbert estaría muerto.
Alfred se quedó en silencio.
—Tú no creaste esto, Alfred. Pero diste una opción donde no la había.
Gilbert rió muy bajo desde la camilla.
—Miren nada más... al robot soltando frases filosóficas. ¿Dónde quedó el soldado sin emociones?
Ludwig apretó los labios, y Alfred soltó una pequeña carcajada que parecía dolerle salir.
—En algún lugar entre la tercera prueba de suero y la noche sin dormir número diez —respondió.
Gilbert cerró los ojos. Su respiración era máslenta, más profunda. Pero no rendida. Era fuerza... en proceso de transformación.
Perímetro Este – misión de reconocimiento
Vash se movía como una sombra entre los restos del puesto de vigilancia. Su chaqueta oscura se confundía con las ruinas, y sus pasos eran precisos, limpios.
Junto a él, un pequeño dron emitía señales en silencio, proyectando un mapa térmico de las ruinas. Lo que encontraron fue peor de lo esperado.
Las instalaciones no solo estaban abandonadas: habían sido selladas desde adentro. Y, según el escáner, había movimiento dentro.
—Sujetos vivos... o mutados —susurró Vash por el comunicador.
—¿Cuántos? —respondió Oliver, desde el refugio.
—Cuatro señales. Inestables. No se mueven con ritmo humano.
El veterano chasqueó la lengua con preocupación.
—Entonces no entres. Solo marca las coordenadas. Arthur querrá analizarlas antes de tomar decisiones.
Vash miró una marca en el suelo: sangre seca... con un símbolo pintado encima.
—Entendido —dijo.
Pero no se marchó de inmediato. Observó en silencio unos segundos más.
Sala común – Refugio, más tarde
La puerta se abrió con un golpazo suave. Todos voltearon, preparados para más malas noticias.
Pero quien entró fue Francis Bonnefoy, con su bata sucia, el cabello grasoso atado de forma descuidada, y una carpeta bajo el brazo. Atrás quedaba el hombre recatado y orgulloso de su apariencia.
—¿Interrumpo algo? —preguntó, con una sonrisa entre agotada y triunfal.
Arthur se levantó como impulsado por un resorte.
—¡Francis! ¿Qué haces aquí?
—Volví del puesto del área medica de la zona K. Traigo buenas noticias.Muybuenas.
Todos lo rodearon mientras abría la carpeta. Scott ya había llegado del laboratorio, y Alfred, aún con los ojos hinchados por la emoción de antes, se acercó también.
—¿Te acuerdas del primer lote de inhibidores que usamos con los omegas voluntarios? —preguntó Francis a Scott, extendiendo una hoja con gráficos—. Hubo una mejora significativa en su sistema inmune. Pero eso no es lo sorprendente.
—¿Qué lo es? —preguntó Arthur.
—Que algunos de ellos empezaron a generar anticuerpos compatibles con variantes alfa.
El silencio fue inmediato.
—¿Estás diciendo...? —murmuró Alfred.
—Digo que podríamos usar sus muestras para fabricar una cura. No solo un inhibidor. Una cura completa.
Arthur parpadeó, como si aún no procesara la magnitud de lo que escuchaba.
—¿Y cuánto tiempo necesitarías?
—Depende de ti, Arthur —respondió Francis, sonriendo—. Tú tienes los datos más completos. Tú y Scott. Si trabajamos juntos, podríamos probar un prototipo funcional... en días.
Por primera vez desde que todo comenzó, la esperanza entró al refugio por la puerta principal.
Y se quedó.
