Laboratorio central

Cristales centrifugados. Monitores vibrando con datos a cada segundo. El olor a metal caliente y desinfectante flotando en el aire.

Arthur, con el rostro hundido en fórmulas y notas, se movía entre mesas sin mirar ni hablar. Cada célula analizaba, cada partícula contaba. El tiempo ya no era tiempo. Era urgencia.

Francis parecía menos agotado de lo que debería, manteniendo su usual elegancia desordenada mientras organizaba frascos por color y viscosidad.

—Si ajustamos el equilibrio de pH a 6.4, el estabilizante se vuelve aceptable para alfa—murmuró.

—Pero inestable en omega —replicó Scott, desde su monitor—. No podemos permitir que la cura colapse en uno para salvar al otro.

Arthur gruñó bajo, frustrado.

—Y si no logramos la dosis exacta, Gilbert podría sufrir una recaída. O peor... mutar de forma irreversible.

—O conectarse completamente —añadió Francis.

Arthur lo miró, confundido.

—¿Conectarse?

Francis tomó una tableta y mostró una gráfica:

—Mira esto. Las ondas cerebrales de Gilbert han comenzado a emitir impulsos similares a los primeros casos mutados... pero con una diferencia: él parece recibir algo. No solo cambia, escucha.

Scott se giró en seco.

—¿Estás diciendo que hay... comunicación?

—Tal vez no verbal. Tal vez... una red biológica. Las mutaciones pueden estar enlazadas, compartiendo información. Lo que Gilbert ve, lo que siente... podría no ser suyo.

Arthur tragó saliva.

—¿Y si están usando su conciencia para proyectar... recuerdos?

Francis asintió con gravedad.

—O advertencias.

Área médica – Camilla de contención

Gilbert estaba quieto, pero su mirada no estaba allí. No en esa sala.

Estaba viendo algo más.

Un pasillo de metal. Rostros sin ojos. Y una voz. Una que se arrastraba por sus pensamientos como un murmullo antiguo.

"El experimento continúa. Unidad 07 inestable. El sujeto no responde a estímulos. Proceder a prueba de obediencia."

Gilbert jadeó. La voz no era la suya. Pero algo dentro de él la recordaba. Como si su cuerpo, su nueva biología, estuviera recuperando fragmentos ajenos. Historias que no vivió... pero que ahora ardían bajo su piel.

Ludwig lo vio mover los labios.

—¿Qué dices, Gilbert?

Gilbert abrió los ojos. Eran claros. Humanos. Pero su voz... era otra.

Lo vi, Lud. Vi el lugar donde nacen los monstruos. Está bajo el centro de investigación... Yao los controla desde abajo. Literalmente.

—¿Desde abajo? —repitió Ludwig.

Gilbert asintió.

—Hay algo más profundo. Un laboratorio secreto. Ahí perfeccionan a los "obedientes".

Perímetro exterior

Vashentró al refugio cubierto de polvo. Su chaqueta rasgada, las botas manchadas de lodo seco.

Traía algo en la mano: una unidad de almacenamiento de datos.

—Encontré esto en el borde del sector 4 —dijo, lanzándola a Oliver—. Venía con un mensaje cifrado. Uno que solo puede abrir alguien con acceso antiguo.

Oliver conectó el dispositivo al servidor. Arthur se acercó rápidamente. Una imagen apareció en la pantalla:

Yao.

Su rostro calmado, como siempre. Sus ojos fríos.

"Si ves esto, es porque no pudiste evitarlo. Pero incluso si llegas hasta mí... el núcleo ya está activo. El orden ha cambiado. El futuro pertenece a la nueva especie."

Arthur se quedó helado.

—Lo sabía. Él no buscaba curar. Solo pretendía controlar. Moldear a los humanos en algo... obediente.

Vash cruzó los brazos.

—Y ahora tenemos prueba de que lo hace en secreto. Con suerte, aún podemos acceder a ese "núcleo" desde el sistema de soporte subterráneo.

Oliver miró al equipo.

—Es hora de preparar la incursión. Pero esta vez, no será para robar. Será para exponerlo, erradicarlo. Y terminar con esto.

Laboratorio – esa misma noche

Las luces estaban bajas. Solo el brillo tenue de los monitores iluminaba la sala. Arthur estaba solo, revisando los datos una y otra vez.

La puerta se abrió sin hacer ruido.

Alfred.

Se acercó sin decir nada, deteniéndose a su lado. Arthur ni siquiera volteó. Solo habló en voz baja:

—¿Y ahora qué? ¿Una última aventura suicida?

Alfred sonrió un poco, aunque su expresión era grave.

—Solo una más. Pero esta vez... no quiero que terminemos como antes. Huyendo. O callando lo que sentimos.

Arthur levantó la vista.

—¿Alfred?

El alfa se inclinó lentamente, apoyando su frente contra la de él.

—Cuando esto termine —susurró—, quiero que dejemos de fingir que esto es solo una amistad.

Arthur tragó saliva, con los ojos entrecerrados.

—¿Y si no termina?

Alfred sonrió, su voz ronca.

—Entonces pelearemos juntos. Hasta que termine. Y después... nos quedamos.

Arthur no respondió con palabras. Lo besó.

Firme. Decidido. Sin temor.

Ese beso fue una promesa.

Y por primera vez en semanas, Alfred creyó que habría un "después".

Gilbert no dormía. Pero tampoco estaba despierto.

Estabaconectado.

Los cables en sus sienes no registraban actividad habitual. Lo que se activaba en su mente no respondía a los patrones de sueño. Era otra cosa. Algonuevo.

Pasillos oscuros. Cámaras frías. Voces sin rostro: "Inhibición fallida. Sujeto 12B no responde. Reasignar a experimento mental Torisctivo."

Gilbert caminaba por memorias ajenas. Rostros y cuerpos que no eran el suyo. Pero él los sentía. Uno tras otro. Omega. Alfa. Niño. Anciana.

Todos unidos por un mismo dolor.

"Yao vigila. Desde abajo. Yao alimenta la red."

En medio de ese océano mental, una figura se giró hacia él.

Un niño, con los ojos blancos. Una voz que no era voz:

Tú puedes hablar por nosotros.

—¿Quién eres?

Somos todos. Y si tú vives... algo de nosotros vivirá también.

Laboratorio

La luz del amanecer apenas rozaba las placas metálicas del refugio, pero dentro del laboratorio el día ya había comenzado horas antes.

Arthur, Francis,Scotty todo el equipo de investigación se movían como una unidad sincronizada. Cada paso, cada mezcla, cada anotación era un eco de la noche anterior.

—¡Estabilizado! —gritó Francis, sus ojos brillando de emoción—. Los anticuerpos se fusionan sin rechazo. Ni en alfas... ni en omegas.

Scott no celebró de inmediato. Estaba enfocado, concentrado en la última lectura.

—Fase final del test de compatibilidad cruzada...

Los segundos parecían arrastrarse como siglos.

Entonces, la pantalla emitió unbeepclaro. Verde.

—¡Aprobado! —exclamó Arthur—. ¡Funcionó! ¡Realmente funcionó!

Francis se dejó caer en una silla, riendo en compañía de los demás científicos, agitando una hoja de resultados como una bandera.

—Meses...no, años de pesadillas... y ahora tenemos la cura.

Scott asintió. Su voz fue más tranquila, pero no menos sincera:

—Ahora, sí podemos salvarlos a todos.