El cuerpo de Gilbert descansaba. A simple vista, parecía dormido.
Pero dentro de su mente, los fragmentos se entrelazaban como notas sueltas en un viejo piano.
Y entre ellos...él.
El aire olía a café caro y barniz de madera. La habitación estaba iluminada por lámparas cálidas, y al fondo, un viejo piano vertical dominaba el silencio con su imponente presencia.
Roderich Edelstein, beta, alto, de figura delgada y rostro severo, estaba sentado frente a las teclas. Tocaba con una elegancia casi distante, como si el mundo no existiera más allá de estas paredes.
Gilbert, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y el pecho desnudo en una clara demostración de coqueteo, lo miraba desde el otro lado de la habitación, con una sonrisa ladeada.
—Sabes, pensé que los betas eran más aburridos.
Roderich ni lo miró.
—Y yo pensé que los alfas eran menos ruidosos.
—Touché —murmuró Gilbert, acercándose con pasos lentos.
El pianista siguió tocando, como si la presencia del alfa no lo perturbara en lo absoluto. Pero Gilbert ya lo había notado: los dedos temblaban apenas al presionar una nota más suave. Un leve titubeo en la línea de su mandíbula.
Le afectaba. Solo que no lo decía. Ese pequeño acto enternecía el corazón del alfa albino.
—¿Cómo puedes tocar algo tan tranquilo en este mundo de mierda? —preguntó Gilbert, con voz más baja.
—Porque si dejo de tocar —respondió Roderich finalmente, sin girarse—, solo oiré lo que queda allá fuera.
Gilbert se sentó a su lado, sin permiso. envolvió su cadera cubierta por el suave camisón y emitió algunas de sus feromonas. Roderich era beta, pero aun así a su corazón libre no le importaba su segundo genero. Para Gilbert aquel delgado beta era la única luz en ese mundo cruel.
—¿Y no te molesta tener a un alfa aquí?
—Me molesta más que huelas a pólvora —replicó—. Aunque... también hueles a frustración.
Eso hizo reír a Gilbert.
—Tal vez porque solo estoy esperando a que empiece el segundo round- contesto el alfa contra su cuello recién marcado, mientras la mano en la cadera del beta se aventuraba entre sus muslos
Roderich alzó una ceja, todavía sin mirarlo del todo tratando de mantener su fachada impasible, aunque sus temblores y sonrojo creciendo por todo su cuerpo lo delataba.
—¿Y si lo hiciera?
—¿Qué?- contesto pícaro mientras besaba su marca
—Si te dijera que siento algo por ti. ¿Qué harías?
Gilbert se quedó en silencio, no esperaba tal confesión, ¿Por qué lo era? ¿Cierto?
—Entonces... dejaría de bromear.- el agarre sobre el beta aumento restringiendo el poco espacio que quedaba en ese pequeño taburete.- Y jamás dejaría que alguien te dañara.
Por primera vez, Roderich giró la cabeza. Sus ojos violetas eran serios, intensos.
—No necesito que me protejas, Gilbert. Solo... no medejes solo cuando esto se acabe.
Gilbert abrió los ojos con lentitud. La sala estaba en calma, pero su pecho pesaba.
No estaba seguro si ese recuerdo era real o una reconstrucción nacida de su conexión Torisctiva.
Pero lo sentía verdadero.
Recordaba el olor del café, el roce de su hombro contra el de Roderich, la forma en que su corazón se aceleraba cuando sus dedos casi se tocaban al pasar una página de partituras.
Ese recuerdo no era un eco de la mutación. Era suyo.
Y ahí, en esa calma compartida, comprendió algo.
Las mutaciones no buscaban solo transformar el cuerpo. Buscaban borrar el pasado. Anular emociones, romper lazos... convertir en obediencia lo que alguna vez fue amor, deseo, dolor.
Yao no solo había creado una red biológica. Había intentado construir un mundo sin humanidad.
Gilbert se incorporó lentamente. Sentía cada fibra de su cuerpo vibrar, pero ya no como debilidad.
Era conexión. Una corriente viva de voces, emociones y recuerdos... y en medio de todo eso, él seguía siendo él.
—Roderich... —susurró, apretando los puños.
El nombre todavía dolía. No sabía si estaba vivo. Si había logrado escapar de la colonia. Pero si había algo que podía hacer ahora, era asegurar que nadie más perdiera lo que él perdió.
Y en ese instante, sintió algo nuevo: la red mental que lo conectaba con otros mutados respondía. Como si sus pensamientos fluyeran hacia ellos. Como si una sola voluntad —la suya— pudiera marcar la diferencia.
No obediencia.
Se levantó, respirando hondo.
—No vamos a obedecer, Yao. Vamos a recordar. Y cuando todo esto termine... tu mundo será polvo bajo nuestras memorias.
Sala de reuniones
El mapa del laboratorio subterráneo estaba proyectado sobre la mesa. Vash lideraba la exposición, con Oliver y Scott a su lado. Alfred, Arthur, Francis, Ludwig y un par de centinelas del refugio rodeaban la mesa.
—La entrada más segura es por las cloacas del sector industrial —explicó Vash, señalando el lado este del mapa—. Pero no estarán solas. Los sistemas de ventilación cruzan con el área de aislamiento, donde mantienen a los "obedientes".
—¿Y qué hay del núcleo que mencionó Yao? —preguntó Arthur.
Scott amplió la imagen:
—Aquí. Tres niveles bajo la base principal. Es donde se almacenan los archivos y registros. Si logramos tomar esa sala... podemos revelar todo.
Francis frunció el ceño.
—¿Y si nos están esperando?
Vash respondió sin dudar:
—Entonces es mejor que crean que nos tienen atrapados. Porque no van a ver venir lo que traemos con nosotros.
Alfred se cruzó de brazos.
—Esto es todo. Entramos, descargamos la información, inyectamos la cura y lo exponemos al resto de la colonia, y ponemos fin al juego de Yao.
Arthur miró a todos con calma, pero con un fuego firme en el pecho.
—Tenemos la cura. Ahora necesitamos algo más difícil: libertad.
Salida del refugio
La luz roja de las compuertas bañaba al equipo en un resplandor tenue. Todo estaba listo.
Las armas cargadas. Las rutas trazadas. Los respiradores preparados para los niveles bajos.
La calma antes de la tormenta.
Alfred ajustaba su guante de protección cuando Arthur se le acercó con paso firme. El alfa sonrió, aunque en sus ojos había más gravedad que entusiasmo.
—No es un adiós —dijo Arthur, antes de que él hablara.
—Pero suena como uno —respondió Alfred, con una sonrisa triste.
Arthur le tomó la cara entre las manos, sin importarle quién los mirara.
—Tú vas a volver. Porque me prometiste un lugar cuando todo esto acabe.
—Y lo cumpliré —susurró Alfred, bajando la frente para tocar la suya—. Te lo juro, Artie.
Se separaron a regañadientes. Y justo entonces, la voz de Scott rompió el momento:
—¡Ey! ¡No me hagan llorar que no traje pañuelos! Y no pienso ver a mi hermano menor llorando babosamente antes de salir a una misión suicida.
Alfred gruñó entre risas.
—Cállate, viejo.
Scott alzó una ceja, apoyándose con despreocupación en una caja de suministros.
—Solo digo, si vas a ponerte cursi, al menos hazlo con estilo. ¿Sabes la cantidad de gente que quiere ver a tu amante sin camisa dando discursos motivacionales?
—No lo animes —bufó Arthur, ocultando una sonrisa.
Francis, que se unía al grupo en ese momento, sacudió la cabeza.
—Dios, ustedes y sus dramas sentimentales. En mis tiempos, antes de despedirme lo hacía con un buen beso... o tres. Recuerdo a un tal Ángelo en el área de genetista... ese sí que sabía despedirse.
Arthur resopló.
—No quiero saber cómo terminó esa historia.
Scott suspiró.
—Bueno, ahora que hemos soltado tensión... falta uno.
Las puertas se abrieron con un levehisss.
Y ahí estaba Gilbert, caminando con paso seguro.
Cubierto con una chaqueta negra reforzada, sus ojos brillaban con una claridad renovada. A su lado, Ludwig caminaba serio pero firme.
El silencio se apoderó del lugar por un instante.
—¿Estás loco? —exclamó Arthur, avanzando un paso—. ¡Gilbert, tú no puedes ir!
Francis se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.
—No deberías estar de pie siquiera. ¡No sabemos si tus capacidades son estables!
Gilbert alzó una ceja.
—Y sin embargo, aquí estoy. Conscientemente, sin alucinar, sin transformarme en una masa venenosa o con varios tentaculos. Diría que eso es un avance.
Ludwig habló por él.
—No puede quedarse. No con lo que sabe. Y lo que... siente.
Scott observó en silencio, hasta que finalmente sacó un pequeño estuche metálico del cinturón.
—Cinco dosis de emergencia. Reguladores neuronales. Si pierdes el control, Ludwig sabrá qué hacer.
Francis alzó las manos, sorprendido.
—¿¡Le estás dando tu aprobación!?
—Gilbert está vinculado a la red mutada —respondió Scott con tono bajo—. Si lo que dice es cierto, podría ayudarnos a navegar el sistema desde adentro.
Arthur aún dudaba, pero no dijo nada. Solo bajó la mirada.
Gilbert lo entendió.
—No voy para destruir. Voy a asegurarme de que lo que hicieron con todos ellos... nunca vuelva a pasar.
El grupo estaba completo.
Alfred, Ludwig, Vash, Gilbert y dos centinelas se alistaban para descender. Francis y Scott monitoreaban desde la consola móvil. Arthur estaba a unos pasos, apretando un frasco de muestras.
—Este núcleo que buscan —dijo Arthur— contiene datos, pero también un sistema de bloqueo biológico. Probablemente esté ligado a los sujetos mutados. Cuidado con cualquier interfase que los reconozca.
Alfred le guiñó un ojo.
—Lo haremos rápido.
La compuerta se abrió.
El descenso comenzaba.
Y con ello, la caída del nuevo régimen de Yao se acercaba.
