El beso se rompió con una brusquedad que dejó a Kagome tambaleándose, como si el aire mismo hubiera sido arrancado de sus pulmones. Sesshomaru la miraba fijamente, sus ojos dorados ardiendo con una intensidad que parecía consumirla.

Antes de que pudiera decir algo, un golpe fuerte resonó en la puerta del faro, sacudiendo las paredes de piedra.

—¡Kagome! ¡Abre la puerta! —rugió la voz de Bankotsu, cargada de furia.

El corazón de Kagome se detuvo un instante. Sesshomaru no se movió; su expresión seguía serena, casi despectiva, como si la interrupción fuera apenas una molestia menor.

Ella, en cambio, dio un paso atrás, atrapada entre dos fuegos.

—¡Sé que estás ahí! ¡Abre! —Bankotsu golpeó de nuevo, con más fuerza.

—Debo... debo abrirle —susurró Kagome, apenas audiblemente.

Sesshomaru alzó una ceja, su mirada cuestionándola en silencio.

Con manos temblorosas, Kagome se acercó a la puerta y giró la llave.

La puerta se abrió de golpe, y Bankotsu irrumpió como una tormenta desatada. Su cabello oscuro revuelto, sus ojos azules chispeando con una furia apenas contenida.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —escupió, sus ojos saltando de Kagome a Sesshomaru, que permanecía imperturbable junto al escritorio.

—Bankotsu, yo… no es lo que piensas —intentó decir Kagome, pero su voz se quebró cuando él levantó una mano, cortándola en seco.

—¿Qué hace él aquí? —gruñó, señalando a Sesshomaru con un dedo tembloroso de ira.

Sesshomaru dio un paso hacia adelante, su sola presencia devorando el espacio.

Su voz llegó baja, cortante como un filo.

—Eso debería preguntártelo yo —dijo—. Aunque dudo que puedas comprender la respuesta.

Bankotsu frunció el ceño, avanzando con los puños cerrados.

—¿Te crees mejor que yo, bastardo? —gruñó—. ¿Qué haces aquí, metiéndote donde no te llaman?

Sesshomaru lo evaluó con la mirada, como si fuera un insecto irrelevante. Su respuesta fue tan serena que solo alimentó más la furia de Bankotsu.

—Estoy aquí porque alguien debe cuidar lo que tú has descuidado.

Bankotsu rugió y lanzó un puñetazo que Sesshomaru esquivó con una elegancia casi felina, como si simplemente se deslizara fuera del camino.

No cambió ni su respiración.

—¿Eso es todo lo que tienes? —murmuró Sesshomaru, una sonrisa casi imperceptible curvando sus labios.

—¡Maldito arrogante! —bramó Bankotsu, atacando de nuevo.

Esta vez Sesshomaru lo detuvo con una sola mano, atrapándole la muñeca. La fuerza que transmitía era tan aplastante como invisible.

—No voy a ensuciarme las manos contigo —sentenció, su voz helada—. Pero te advierto: no lo intentes de nuevo.

Fue Kagome quien rompió el hechizo, interponiéndose entre los dos.

—¡Basta! ¡Los dos! —gritó, su voz temblorosa pero firme, retumbando en el reducido espacio.

Sesshomaru soltó la muñeca de Bankotsu y retrocedió un paso, aunque su mirada seguía clavada en él con gélida superioridad.

Bankotsu, por su parte, respiraba agitadamente, luchando consigo mismo.

—¿Por qué lo defiendes? —preguntó Bankotsu, su voz rota—. ¿Qué significa esto para ti?

El dolor en sus palabras atravesó a Kagome, pero también encendió su furia.

¿Con qué derecho? ¿Después de lo que ella había visto en estos días?

—Quiero que se vayan —dijo, apenas un susurro, pero tan claro como una sentencia.

Bankotsu parpadeó, atónito.

—¿Qué?

—Lo que oíste —repitió Kagome, ahora más firme—. No puedo hacer esto. No puedo lidiar con ustedes... no esta noche.

Sesshomaru la miró por un largo momento, leyendo su alma como solo él sabía hacerlo. Luego asintió, una sombra de resignación en su mirada dorada.

—Como desees —murmuró.

Se giró y salió del faro con pasos silenciosos.

Bankotsu observó su partida con labios apretados y luego volvió su mirada a Kagome.

—¿Esto es lo que quieres? —preguntó, la rabia cediendo lugar al dolor.

Kagome cerró los ojos, abrazándose a sí misma.

—Sí... Necesito tiempo. Para pensar.

Un gruñido frustrado escapó de Bankotsu antes de que también se diera media vuelta y saliera, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en todo el faro.

Kagome se dejó caer al suelo, sola bajo el cielo abierto, mientras las lágrimas finalmente se desbordaban, cayendo silenciosas sobre la madera gastada.

Esa noche Kagome estaba tan agotada que cayo rendida en un sueño profundo.

A la mañana siguiente la luz del amanecer se colaba a través de la cúpula abierta del faro, tiñendo las paredes de tonos dorados y cálidos. Kagome abrió los ojos lentamente, sintiendo el leve fresco de la mañana acariciar su piel. El peso de la noche anterior seguía ahí, enterrado en algún rincón de su pecho, pero decidió que no dejaría que la consumiera.

Se levantó despacio, estirando sus brazos hacia el cielo rosado.

Con calma, fue hasta su pequeño armario, escogiendo un vestido ligero de lino blanco y unas sandalias cómodas. Dejó su cabello suelto, apenas desenredado por sus dedos, y se puso unos lentes de sol grandes.

No era momento de pensar, sino de respirar.

Con paso firme, bajó las escaleras del faro y salió al aire libre. La brisa marina olía a sal y a promesas de un día nuevo.

Cagliari despertaba vibrante a su alrededor: calles empedradas, balcones repletos de flores, puestos de frutas frescas llenando el aire con aromas dulces. Mientras caminaba por la vía Roma, Kagome se sentía pequeña y libre entre los colores y la música de la ciudad.

—¡Kagome! —gritó una voz femenina a la distancia.

Giró y vio a Sango agitándole la mano, acompañada de Kikyo y Ayame. Las tres llevaban bolsos ligeros y gafas de sol, con sonrisas traviesas que solo podían significar una cosa.

—¡Hoy es día de chicas! —anunció Ayame, colgándose de su brazo—. Y no aceptamos un "no" como respuesta.

Kagome sonrió, sintiendo cómo la tensión de su pecho empezaba a disolverse.

—¿A dónde vamos? —preguntó, dejándose arrastrar sin oponer resistencia.

La primera parada fue un pequeño mercado de artesanías.

Las chicas revolvían pulseras de cuero, bufandas teñidas a mano y pendientes de cristal mientras se reían por tonterías.

—¡Mira esto! —exclamó Sango, sacando un sombrero ridículamente grande y poniéndoselo de forma dramática.

Todas estallaron en carcajadas mientras Kagome le tomaba una foto.

Kikyo, más seria como siempre, encontró un puesto de perfumes artesanales y todas se turnaron oliendo pequeñas botellitas. Kagome se enamoró de una fragancia de jazmín y se la compró sin pensarlo dos veces.

—Te queda perfecto —le dijo Kikyo, sonriendo apenas, pero con calidez sincera.

Siguieron caminando hasta llegar a una boutique de ropa luminosa y abierta, donde los vestidos flotaban en perchas como si bailaran con el viento.

Ayame convenció a todas de probarse conjuntos ridículamente extravagantes solo "por diversión". Kagome terminó en un vestido rojo pasión que jamás se atrevería a usar, y Sango se envolvió en un conjunto de lentejuelas doradas.

—¡Desfile de modas improvisado! —anunció Ayame, haciendo que todas caminaran por el pasillo de probadores como si fuera una pasarela.

La risa fue contagiosa, tanto que incluso la encargada de la tienda las animó a seguir.

Kagome se miró en el espejo y, por un instante, se vio radiante.

Feliz.

Cuando ya les dolían los pies de tanto andar, buscaron un lugar donde comer.

Se instalaron en una terraza frente al mar, donde el menú olía a pan recién horneado, aceitunas y queso derretido.

Pidieron de todo: pizza margarita, raviolis de ricotta, focaccia rellena de jamón y ensalada caprese fresca.

Kagome saboreó cada bocado como si fuera un regalo. El sol acariciaba sus mejillas, y las risas de sus amigas llenaban el aire.

—Esta es la vida —suspiró Ayame, brindando con una copa de limonada helada.

Kagome levantó su vaso también, sonriendo de verdad por primera vez en días.

—Sí. Esto es lo que necesitaba.

Cuando ya terminaron de comer, el sol comenzaba a inclinarse en el cielo, tiñendo las calles de Cagliari con un resplandor dorado y suave.

Decidieron caminar un poco más, paseando sin prisa entre callejones pintorescos llenos de macetas colgantes y murales de colores vivos.

—¿Vamos a esa librería? —propuso Sango, señalando un pequeño local de fachada azul, donde un letrero escrito a mano anunciaba Libri Rari e Novità

Las chicas no dudaron. Empujaron la puerta de madera, que soltó un tintineo dulce de campanitas, y se encontraron dentro de un lugar mágico: estantes abarrotados de libros, alfombras persas deshilachadas, y un aroma embriagador a papel viejo, café y madera antigua.

Kagome sintió su corazón calmarse aún más. Acarició con los dedos los lomos de algunos libros mientras caminaban entre los pasillos estrechos.

—Miren esto... ¡hay de todo! —exclamó Ayame, hojeando un libro de recetas sardas con dibujos antiguos.

Kikyo, metódica como siempre, se detuvo en la sección de novelas contemporáneas. Sus ojos se iluminaron de pronto al sacar un volumen brillante de tapa dura.

—¡No lo puedo creer! —exclamó, sujetando el libro como si fuera un tesoro.

Sango y Ayame se acercaron de inmediato, curiosas.

—¿Qué encontraste? —preguntó Sango, mordiéndose el labio para no reír anticipadamente.

Kagome se acercó más despacio, sintiendo el calor subirle a las mejillas.

Kikyo alzó el libro como una bandera de triunfo.

—¡Una novela de Shikon no Toma! —anunció emocionada—. "Sombras en Flor". ¡La edición especial de aniversario! ¡La he estado buscando por todas partes!

Kagome tragó saliva discretamente, escondiendo su rostro tras una estantería de libros de viajes.

Sango, por su parte, apenas pudo contener la risa, fingiendo examinar un volumen de historia antigua.

—¿Y quién es Shikon no Toma? —preguntó Ayame con curiosidad.

Kikyo rodó los ojos, como si fuera obvio.

—Es una de las mejores autoras jóvenes de los últimos años. Escribe historias preciosas, intensas, llenas de emoción. ¡Y nadie sabe quién es en realidad! —añadió, acariciando la portada con reverencia—. Publica bajo un seudónimo. Es todo un misterio.

—Qué interesante —murmuró Kagome, haciendo un esfuerzo heroico por sonar neutral.

Sango disimuló su risa tosiendo en su puño.

—¿Quieres que te ayudemos a buscar más libros de ella? —ofreció, lanzándole a Kagome una mirada divertida que solo ella entendió.

—¡Sí! —exclamó Kikyo, entusiasmada—. ¡Me encantaría hacer una colección completa!

Kagome sonrió, sintiendo una mezcla extraña de vergüenza y orgullo, mientras fingía buscar otros títulos, todo mientras su novela descansaba en las manos de su amiga, como un secreto palpitando entre ellas.

Salieron de la librería con bolsas de papel en las manos, las campanitas de la puerta sonando alegremente detrás de ellas. Kikyo abrazaba su nuevo libro contra el pecho como si fuera un amuleto de buena suerte, su rostro iluminado de pura felicidad.

—Creo que voy a empezarlo esta misma tarde —anunció mientras caminaban por la acera de piedra, esquivando a turistas y locales.

—¿Aquí o en la playa? —preguntó Ayame, sonriendo mientras se acomodaba las gafas de sol sobre la cabeza.

—Mmm... en la playa —decidió Kikyo tras pensarlo un segundo—. ¿Se imaginan? El sonido del mar, el sol, y este libro... —alzó el ejemplar como si invocara una bendición.

Sango lanzó una mirada rápida a Kagome, quien disimuladamente se cubría la boca fingiendo estarse limpiando un suspiro, aunque en realidad se estaba mordiendo la sonrisa.

Sango, con la naturalidad de quien disfruta de un chiste privado, añadió:

—Espero que sea tan bueno como dicen.

—Lo es —se le escapó a Kagome antes de poder detenerse.

Kikyo y Ayame se giraron hacia ella.

—¿Ya lo leíste? —preguntó Kikyo, curiosa.

Kagome parpadeó, improvisando.

—Eh… una amiga me lo recomendó —dijo, encogiéndose de hombros—. Dicen que tiene capítulos muy… intensos.

Sango soltó una carcajada disimulada detrás de su bolsa de libros.

—Entonces vamos a necesitar también helado —sentenció Ayame con entusiasmo—. Para compensar toda esa intensidad.

—¡Apoyo esa moción! —respondió Kikyo, con el libro aún abrazado.

Entre risas, caminaron por las callecitas empedradas hasta encontrar una pequeña heladería artesanal. El escaparate exhibía montañas de gelato de colores vibrantes: limón, pistacho, frambuesa, tiramisú...

Cada una pidió su sabor favorito. Kagome optó por un cono de pistacho y limón, mientras Sango elegía avellana, Ayame se decidía por frambuesa y Kikyo pedía uno de chocolate amargo.

Se sentaron en un muro bajo frente a una plaza soleada, dejando que la tarde corriera lenta, entre bocados de helado, comentarios sobre tiendas lindas que habían visto, y planes para visitar el mercado local al día siguiente.

Kagome, saboreando el dulce fresco del pistacho, sintió que por fin podía respirar.

En ese instante, rodeada de amigas, risas y pequeñas aventuras simples, pensó que quizá, solo quizá, podía encontrar momentos de felicidad incluso en medio del caos que era su vida.

Y sonrió, de verdad.

Con los helados ya terminados y las bolsas llenas de tesoros, decidieron caminar hasta la playa antes de que el sol se escondiera.

La costa estaba bañada en una luz dorada, las olas rompían suavemente contra la arena, y la brisa marina les enredaba el cabello. El aire olía a sal y a promesas de eternidad.

Extendieron unas mantas sobre la arena tibia, quitándose las sandalias para sentir la textura suave bajo sus pies.

Kikyo, apenas se acomodó, abrió su libro con la emoción vibrando en su rostro.

Ayame se tumbó de espaldas, cerrando los ojos y dejando que el sonido del mar la arrullara, mientras Sango sacaba una botella de té frío de su bolso.

Kagome se sentó un poco apartada, abrazando sus rodillas mientras miraba el horizonte.

La luz del atardecer pintaba el cielo de tonos naranjas y rosas, reflejándose en el agua como un espejo líquido.

Sintió una paz extraña, como si todos los nudos dentro de ella se aflojaran poco a poco.

A su lado, escuchaba pasar las páginas del libro de Kikyo, las risas suaves de Ayame cuando una ráfaga de viento le desordenaba el cabello, y el murmullo de Sango comentando algo sobre un cangrejito que había pasado corriendo.

Era un cuadro perfecto, de esos momentos que uno no sabe que va a atesorar hasta mucho después.

Kagome se recostó sobre la manta, dejando que la brisa fresca le acariciara el rostro. Cerró los ojos por un momento, grabando en su memoria el calor del sol, la arena bajo sus pies, y la certeza de que, al menos por hoy, todo estaba bien.

El sol se despidió lentamente, hundiéndose en el mar con un último destello dorado.

Kagome abrió los ojos justo a tiempo para verlo desaparecer, y sonrió.

Una sonrisa verdadera, sin pesar, sin máscaras.

Por ahora, eso era suficiente.