Las paredes del túnel eran estrechas, cubiertas de hongos bioluminiscentes que latían como si tuvieran pulso propio. El aire era denso, cargado de algo más que humedad.
Alfred, al frente del escuadrón, avanzaba con el arma en mano, pero su atención estaba en Gilbert, que caminaba lento, como si escuchara algo que los demás no podían oír.
Vash observaba en silencio, pero su dedo no se apartaba del gatillo.
—¿Estás bien? —preguntó Ludwig a su hermano.
Gilbert respondió sin mirarlo:
—Están aquí abajo. No sólo los sujetos... tambiénél.
—¿Yao?
—No. Ivan.
Todos se detuvieron.
—¿Qué? —dijo Alfred—. ¿Ivan? Pero si...
—No está al mando. No del todo —interrumpió Gilbert—. Forma parte de la red mutada. No la controla. Es uno de ellos. Solo que... no lo sabe completamente. A veces es consciente, otras solo repite lo que la red desea.
Ludwig cerró los puños.
—¿Y eso lo hace peligroso?
—Más que nunca —respondió Vash—. Es como un nodo descompuesto... puede romper la red, o matarnos a todos si lo tocan mal.
Una luz parpadeó al final del pasillo. El núcleo estaba cerca.
—Prepárense —dijo Alfred—. Aquí es donde todo cambia.
Refugio –Laboratorio principal
Arthur y Francis trabajaban sin descanso, monitoreando las señales de la red mutada gracias a la conexión que Scott había instalado.
-Una frecuencia baja comenzó a repetirse.- comento uno de los asistentes beta- No es código binario. Es un patrón biológico.
Francis frunció el ceño. Se acerco al beta y le arrebato la tableta.
—¿Qué demonios es esto? ¿Ritmo hormonal?
Arthur palideció, leyendo el gráfico que emergía de las muestras omega más recientes.
—Oh, no... No puede ser. La red... está reaccionando a la cura. Está activando un celo forzado para defenderse. Como si supiera que su final se acerca.
—¿Estás diciendo que...?
Un estruendo sacudió la sala.
Gritos. Puertas cerrándose. Cuerpos cayendo al suelo.
Los omegas del refugio estaban entrando en celo. Todos. Al mismo tiempo.
Arthur corrió hacia la consola y activó el aislamiento de emergencia.
—¡Ciérralo! ¡Cierren los pasillos!
Pero era tarde. Algunos ya habían sido alcanzados. Los alfas, sensibles a las feromonas, empezaban a perder el control también. Incluso los betas se veían afectados por la intensidad de la reacción biológica.
—¡Esto no es solo deseo! —gritó Francis—. ¡Es defensa! ¡La red está usando los cuerpos para generar caos!
Arthur jadeaba, a pesar de que su celo había terminado hace días, su cuerpo se retorcía de dolor, sintió un escalofrió cuando de entre sus piernas una sustancia viscosa comenzaba a resbalar, impotente observaba viendo a través del vidrio cómo los pasillos se transformaban en un campo de conflicto corporal.
—Tenemos que cortar la señal.- Exclamo Francis quien junto con los pocos asistentes en la habitación inyectaban en su muslo lo que parecía ser una dosis de inhibidores.
—¡No podemos sin desconectar a Gilbert!
Silencio.
Ambos se miraron. La tensión se volvió un nudo.
Arthur tragó saliva.
—Entonces, solo hay una forma. Tenemos que completar la cura y dispersarla ya.
Francis estaba acostumbrado al desorden.
Caos emocional. Caos romántico. Incluso caos físico cuando las cosas se salían de control con algún amante impulsivo.
Pero esto...
Esto era distinto.
Los sensores en el laboratorio parpadeaban con una intensidad peligrosa. Las señales de emergencia se superponían a los gráficos biológicos. Las pantallas mostraban niveles de feromonas que se disparaban a velocidades alarmantes.
Y en medio de todo eso, Arthur, inclinado sobre la consola, temblaba.
Francis lo miró desde su estación, sus dedos moviéndose sobre la interfaz con rapidez mientras trataba de terminar el ajuste final a la fórmula de dispersión.
—Arthur —dijo, tratando de sonar casual—. ¿Cómo vas?
Arthur no respondió de inmediato. Tenía los labios apretados, la frente sudada y el pulso claramente acelerado.
Francis se acercó un paso. Luego otro.
El omega apenas se mantenía de pie.
—No estás bien.
—Estoy... —jadeó Arthur—, estoy trabajando.
Francis apoyó su mano en el respaldo de la silla.
—Estás entrando en celo. No es tu culpa. No puedes seguir así, Arthur.
—La red... está forzando esto... —murmuró entre dientes—. No puedo dejar que me controle.
—Y no lo hará —dijo Francis con más firmeza de la que solía usar—. Porque yo no lo voy a permitir.
Volvió a su consola, tecleando con rapidez. La última fase del neutralizador estaba casi lista.
Tenían la cura, sí. Pero dispersarla era el reto. El aire del refugio estaba cargado de partículas feromonales. Si no creaban una nube de liberación estable y controlada, podrían provocar un colapso orgánico masivo.
Y no tenían tiempo.
Desde afuera, los gritos seguían. Alfas exigiendo entrar, omegas llorando, peleas estallando en los corredores.
Francis alzó la voz sin dejar de trabajar:
—¡Equipos tres y cinco, a posición! ¡Sistema de dispersión en marcha! ¡Zona dos será la primera en recibir la dosis!
Arthur se dejó caer en una silla, respirando con dificultad. Francis se arrodilló frente a él.
—Mírame, mon chéri.
Arthur levantó los ojos apenas. Estaban dilatados, inyectados de rojo.
Francis tomó su rostro con ambas manos, sin seducción ni juego esta vez. Solo cuidado.
—Tú eres más fuerte que esto. ¿Me entiendes? No eres una víctima de tu biología. Nunca lo fuiste. Y si caes... todos los que te siguen, caerán contigo.
Arthur parpadeó, con esfuerzo. Luego asintió, apenas.
—La cura... dispersa el modelo C-7. Usa la presión térmica. Va más rápido... —murmuró.
Francis sonrió con una mezcla de alivio y dolor.
—Así me gusta, hablando de química cuando deberías estar gritando de dolor. Eso es tan tú.
18 minutos después
El sistema vibró al activarse. Los conductos empezaron a liberar la cura en forma de niebla ligera, cargada con nanodispersores que seguirían las feromonas y neutralizarían sus efectos en los cuerpos afectados.
Francis seguía los niveles en la pantalla, mientras Scott coordinaba desde la consola central por radio.
—Zona uno estabilizada. Dos... aún en rojo. Tres, casi lista.
Una sacudida.
La puerta del laboratorio tembló.
—¡Abran! —gritó una voz del otro lado—. ¡Está ardiendo! ¡No puedo pensar! ¡Ayuden! ¡Por favor!
Francis cerró los ojos un instante.
Era fácil olvidarse de que los alfas también sufrían. No era deseo. Era hambre química. Dolor. Locura.
La puerta seguía vibrando.
Arthur, aún en la silla, se tensó.
—No... los dejen entrar... solo si tenemos la dispersión completa.
—Y la vamos a tener —dijo Francis, sin mirar atrás—. Aunque tenga que soltar el resto a mano.
5 minutos después – Dispersión completa
El silencio fue lo primero.
No inmediato. Pero sí notorio.
Los gritos se apagaron como llamas bajo lluvia.
La presión en el aire cambió. Se volvió tranquila. Limpia.
Los sensores comenzaron a marcar niveles hormonales normales. Un omega en celo dejó de temblar en el pasillo, cayendo de rodillas. Un alfa que golpeaba su propia cabeza contra la pared se deslizó al suelo, respirando con calma por primera vez en horas.
Arthur, en la silla, exhaló un suspiro profundo... y sus ojos se cerraron.
Francis se acercó, cubriéndolo con su abrigo de laboratorio. Lo sostuvo sin decir nada. Solo lo abrazó. No como un amante. No como un compañero de trabajo.
Sino como un amigo que decidió no soltarlo en medio de la tormenta.
Francis, de pie frente al monitor, activó la línea abierta hacia Scott.
—Aquí el refugio. Dispersión completada. Arthur está estable. Zona despejada. Repito: el refugio está bajo control.
Una pausa.
Y luego, la voz de Scott, con interferencia:
—Bien hecho, Francis.
Francis sonrió. Una sonrisa cansada. Pero real.
La señal se cortó.
Y el silencio volvió, esta vez como un respiro.
