El túnel final no era silencioso.
Era hostil.

Los sensores de Vash se dispararon primero. Una vibración sorda corrió bajo sus botas. Luego vinieron los gritos—inhumanos, múltiples, distorsionados. Las luces parpadearon sobre sus cabezas mientras el grupo entraba en un corredor donde las paredes parecían haberse fundido con cuerpos. Sujetos mutados, empotrados en la estructura como si hubieran nacido de ella.

Y entonces atacaron.

No con fuerza bruta, sino con precisión. Como células defendiendo a un organismo.

Gilbert fue el primero en reaccionar, empujando a Ludwig hacia atrás mientras un mutado se lanzaba desde el techo. La criatura tenía un rostro borroso, ojos múltiples, y dientes donde debía haber mejillas.

Alfred disparó. Dos impactos. Nada.

—¡No están reaccionando a las armas estándar! —gritó, mientras otro mutado surgía desde el costado del corredor.

Vash activó su cuchilla térmica, cortando limpiamente la extremidad de una figura que intentó embestir a Francis. Un grito— ¿De dolor? ¿O de rabia compartida?—retumbó por toda la estructura.

Gilbert, entre jadeos, murmuró:

—Están sincronizados. Es la red. Nos está sintiendo más cerca del núcleo. Nos quiere fuera.

El grupo formó un círculo defensivo. Ludwig y Alfred repelían desde los flancos. Gilbert se quedó quieto. Sus pupilas vibraban, como si escuchara algo que no era sonido.

Y entonces, entre las sombras más profundas... una figura caminó hacia ellos.

Vash se giró, cuchilla en alto. Luego se congeló.

—...No.

Una mujer, delgada, cabello corto, rubio, vestía el uniforme de la prisión, se aproximó con la calma de un sonámbulo. Su rostro estaba marcado por líneas negras que serpenteaban desde sus ojos hacia el cuello, y su piel tenía el tono grisáceo de los mutados, pero no era una monstruosidad.

Era... humana aún.

—Erika... —susurró Vash.

Todos giraron.

Erika Zwingli. La hermana de Vash. Desaparecida hacía años. Arrestada por ayudar a una vecina omega embarazada. Declarada "traidora al régimen" y enviada al centro de reeducación en la prisión. Vash tenía años sin poder verla, incluso aunque se enlisto como uno más de los perros de Iván, nunca más se supo de ella.

Hasta ahora.

—Hermano —dijo, con una voz extrañamente serena, aunque modulada como si otra estuviera hablando a través de ella—. No deberías haber venido.

Vash bajó la cuchilla, pero no del todo.

—¿Qué... te hicieron?

Erika dio un paso más.

—Nos liberaron. Nos limpiaron del error biológico. Ahora somos parte de algo más grande. No tienes que tener miedo. Solo ríndete.

Gilbert avanzó un paso, la mirada fija en ella.

—No está del todo conectada... aún piensa. Pero no por mucho.

Vash apretó los dientes.

—¿Esto es lo que querías? ¿Esto es libertad?

Erika sonrió, o algo parecido.

—Esto es paz.

Una mutación en su brazo comenzó a extenderse. Garras de cristal oscuro reemplazaron los dedos.

Ya no había opción.

—¡Ahora! —gritó Alfred.

La pelea fue corta pero brutal. Ludwig inmovilizó dos mutados por el lado este, mientras Alfred y Vash mantuvieron a Erika ocupada, sin herirla letalmente. Erika no gritaba. No sentía. Solo defendía la red.

Finalmente, Gilbert alzó la mano. Una onda energética, como una interferencia eléctrica, estalló en el corredor. Los mutados se congelaron. Por un segundo, la red perdió la sincronía.

Vash corrió hacia su hermana, tomándola por los hombros.

—¡Erika! ¡Mírame, por favor!

Ella parpadeó. Una lágrima descendió por su mejilla sin expresión.

—...Vash.

—Estoy aquí. Te voy a sacar.

—Demasiado tarde —murmuró—. Ya estamos adentro. Todos.

Y cayó inconsciente.

Gilbert se acercó y puso una mano en el hombro de Vash.

—Tenemos que seguir. El núcleo está cerca.

Vash no respondió, pero levantó a su hermana y la cargó con él.

A pocos metros, las compuertas al núcleo se abrieron.

Y ahí estaba.

El corazón del sistema.

Un domo de metal y cristal, pulsando como una bestia dormida.
Y dentro de él, suspendido por cables orgánicos que temblaban con cada respiración...

Ivan.

Ubicación: Sector norte de la colonia – zona habitacional restringida

Scott respiraba por la boca, con el rostro cubierto por una máscara de filtración. El aire estaba denso, cargado de esa humedad densa que siempre presagiaba problemas.

A su lado, Oliver, revisaba los viales cargados con la versión móvil de la cura. Le habían llamado "Núcleo Dispersor 3", aunque él prefería simplemente decirle "esperanza líquida".

—Zona dos asegurada. Nos movemos a la tres —dijo uno de los betas médicos.

Scott asintió, pero no bajó la guardia.

Sabía que la red mutágena no se limitaría al núcleo. Sabía que ya estaba extendida.
Por eso estaban allí: para vacunar, dispersar, proteger a los civiles antes de que la red reclamara más cuerpos.

—Recuerden: una dosis por sujeto, prioridad para alfas sin marcas visibles y omegas inestables. Si presentan signos de conexión, los sedamos primero —indicó.

Oliver chasqueó la lengua, divertido.

—Sigues siendo mandón, chico.

—Tú sigues siendo una maldita cucaracha que no muere —respondió Scott con una sonrisa de medio lado, y el grupo avanzó por la avenida desierta.

No fue hasta la tercera cuadra que lo vio.

Un grupo de civiles esperaban bajo una marquesina improvisada. Niños, dos omegas en shock y un puñado de betas sin armas. Uno de los voluntarios inyectaba con cuidado a una mujer mayor cuando una figura familiar emergió del callejón.

Alto. Ancho de espalda.
El cabello rojo oscuro recogido en una trenza gruesa.
Cejas marcadas, como dos líneas de furia natural.

Gronw.

Scott se detuvo en seco.

El hombre parpadeó. Lo miró. Y durante un instante, su cara seria y endurecida por los años se quebró.

—Scott.

El tono seco. Pero con una grieta suave.

Scott no se movió. Solo tragó saliva. Sabía que ese momento algún día iba a llegar. Nunca pensó que sería en medio de un operativo biológico contra una red mutante.

—Hola, Gronw.

—Maldición... pensé que estabas muerto. —Gronw dio dos pasos, y sin más lo atrajo a un fuerte abrazo. Scott se tensó al principio, pero luego lo devolvió. Rápido. Discreto.

—Estuve preso. Luego bajo tierra. Ayudando como pude.

—¿Y Arthur?

—Con vida. Trabajando en la cura.

Gronw asintió. Tenía esa mirada de quien absorbe mil emociones pero las guarda bajo llave. Solo sus manos —grandes, ásperas— temblaban ligeramente.

—Papá estaría orgulloso.

Scott bajó la mirada.

—No lo creo, fue mi culpa que nos descubrieran en el aquel entonces. Fui un imbécil. Le costé todo a Arthur. Mama. Los gemelos. A ti.

—No —interrumpió Gronw, con firmeza—. Papá sabía que hiciste lo correcto al ayudar a todos esos omegas. Y aunque la perdida de nuestra familia era inminente. El jamás te culpo, lo que él tuvo que sufrir después de que te llevaron era nada, a comparación de lo que te harían a ti en ese lugar.

Scott se quedó en silencio.

Un zumbido rompió el momento.

—¡Tenemos movimiento! —gritó uno de los centinelas—. Al sur, tres entidades mutadas, corriendo en formación.

La red había llegado.

Gronw maldijo entre dientes. Apretó el brazo de su hermano.

—Lo hablaremos luego. Ahora mueve a tu gente.

Scott asintió, recuperando el control.

—¡Oliver! ¡Distribución en doble velocidad! ¡Betas, dispersión en abanico! ¡Gronw, protégenos si los mutados rompen la línea! ¡Si alguno conecta con la red, ¡lo sedamos o lo perdemos!

—Entendido —respondió Gronw, girando hacia los civiles.

Pronto la escena se volvió una coreografía urgente.

Niños llorando. Una madre gritando. Las jeringas pasaban de mano en mano. Oliver y los médicos trabajaban a toda velocidad, mientras Scott dirigía el flujo como un general silencioso.

Gronw se mantuvo como una muralla. En sus ojos, la ira de alguien que había perdido demasiado. Que no pensaba perder más.

Uno de los mutados llegó.

Scott lo vio doblar la esquina. Piel blanca como cera. Sin ojos. Sin voz. Solo hambre.

Gronw se interpuso, sacó un bastón electrificado del cinturón, y lo lanzó con fuerza suficiente para atravesar el cráneo de la criatura.

Cayó.

Pero venían más.

—¡Aún no hemos terminado! —gritó Scott— ¡No dejen de inyectar!

Finalmente, tras minutos que parecieron horas, las últimas dosis fueron administradas. Las nubes químicas comenzaban a estabilizar el aire. Los sensores portátiles marcaban una caída en la actividad neural no orgánica.

La red retrocedía.

Gronw se acercó, cubierto de polvo, la sangre de un mutado marcando su antebrazo.

—¿Todos están bien?

—Civiles protegidos. Y nosotros... vivos —dijo Scott, jadeando.

Gronw lo miró.

—Cuando todo esto termine... debemos hablar. Los tres. Arthur, tú y yo.

Scott sonrió, cansado.

—Me encantaría.

Pero ambos sabían que eso solo pasaría si sobrevivían.

-Muy bien, supongo que es mi turno – exclamó Gronw mientras exponía su musculoso brazo.