Refugio subterráneo – laboratorio principal

El olor a desinfectante y sangre todavía colgaba en el aire, mezclado con el rastro ácido de feromonas alteradas que ni siquiera los filtros lograban purgar del todo.

Francis pasaba una gasa sobre el cuello de un joven omega inconsciente. El chico temblaba aún, no por fiebre, sino por el eco químico del celo inducido. Su piel estaba marcada por venas oscuras que la cura aún no había terminado de revertir.

Arthur, con guantes hasta los codos, recogía muestras de sangre y tejidos, su mirada ausente, meticulosa. No hablaban mucho. No necesitaban hacerlo.

El silencio lo decía todo.

—Estos niveles hormonales están… estabilizándose. Pero a un ritmo extraño —dijo Arthur, revisando una de las tabletas—. Como si su sistema no supiera si seguir resistiendo o entregarse por completo.

Francis asintió sin mirar.

—El cuerpo recuerda el trauma antes que la mente. Como nosotros.

Un grupo de betas se movía por la zona, ayudando a mantener a raya a los afectados, sedando a quienes aún se resistían a la neutralización. Algunos lloraban. Otros simplemente temblaban.

Arthur dejó la tableta.

—Necesitamos saber si la reacción fue un efecto colateral de la dispersión o una respuesta controlada por la red.

—Lo sabremos cuando veamos qué pasa con Ivan —murmuró Francis.

Núcleo central de la red – Sala de soporte

El soporte vital de Ivan parecía una crisálida gigante, viva y palpitante. El líquido dentro del domo vibraba con energía lumínica, como si su sangre misma fuera una red eléctrica.

Alfred sostenía la jeringa especial, creada por Arthur y Scott, diseñada para inyectar la cura directamente en el flujo orgánico que lo mantenía conectado a la red.

A su lado, uno de los centinelas que Scott había entrenado —una beta de mirada dura y precisión quirúrgica— vigilaba con el arma lista.

—Estás seguro —dijo ella, sin emoción—. Esto puede matarlo.

—O liberarlo —dijo Alfred—. Y si muere, tal vez también muere la red con él.

La aguja penetró la capa translúcida del soporte.

La sustancia entró.

Y el mundo gritó.

Ivan arqueó el cuerpo, los cables tirando de su espalda como si quisieran partirlo en dos. Sus ojos se abrieron, rojos y brillantes. Pero no gritó.

La red lo hizo por él.

La sala tembló. Los sistemas chillaron. Alarmas apagadas desde hacía años se encendieron.

Y entonces…

Una figura emergió del fondo.

Caminando, tranquilo, con las manos detrás de la espalda.
El cabello oscuro recogido en una trenza perfecta. Su uniforme inmaculado.
Yao.

—Tan precipitados… —dijo, deteniéndose justo antes de entrar a la luz—. Tan arrogantes. Pensaron que atacar al corazón era suficiente.

Alfred apuntó su arma.

—¿Qué hiciste con él?

—¿Con Ivan? Nada que él no deseara. —Yao sonrió, con esa calma escalofriante que solo tienen los fanáticos que creen tener razón—. ¿De verdad creían que el gran líder fue víctima de la red? Él la fundó. Su mente… su presencia… es el núcleo emocional de toda la red mutágena. Su devoción se convirtió en fe. Y su fe… en control.

El sistema lo necesita vivo. Y creyendo.

—¿Entonces si lo desconectamos…?

—Colapsa. —Yao dio un paso más—. Pero también lo hacen los cuerpos enlazados. Miles. Tal vez más. ¿Están dispuestos a matarlos?

El centinela junto a Alfred tensó su mandíbula.

Yao extendió una mano hacia una consola.

—Por eso me preparé. Por si llegaban a tanto.

Presionó un solo botón.

La pared del fondo se abrió.

Cinco mutantes acondicionados salieron. No eran como los demás. Se movían con disciplina militar. Sus ojos eran como vidrio fundido. Piel reforzada, músculos tensos. No gemían. No rugían.

Protegían al dios de la red.

Yao murmuró:

—Ellos son los guardianes de Ivan. Nacidos para evitar que ustedes rompan la fe.

Alfred se preparó para disparar. Pero fue Gilbert quien se adelantó, saliendo desde un túnel lateral.

—No. Déjenlos a mí.

Alfred giró, sorprendido.

—¿Gilbert? ¿Qué estás…?

—No hay tiempo. Si Ivan es el núcleo emocional… —Gilbert se detuvo frente al soporte, observando a Ivan convulsionar, atrapado entre redención y red—. Entonces yo necesito entrar allí. Necesito desviarlo. Alejarlo de los demás. Ganar tiempo.

—¡No sabes si podrás salir!

—Tampoco sabía si podía amar. Y aún así, lo hice.

Gilbert cerró los ojos, tocó uno de los cables que colgaban del soporte, y sin más, se dejó llevar.

Su cuerpo se desplomó.

Y en las pantallas de control… una nueva señal se encendió.

Una presencia ajena había entrado en la red.

Oscuridad líquida. Calor suave y envolvente.

Gilbert sintió cómo sus pensamientos se desconectaban de su cuerpo, sus latidos se volvieron electricidad pura. Lo envolvía una marea de voces, recuerdos, fragmentos. No había suelo ni cielo. Solo una red infinita de luces titilando como sinapsis. Y en el centro de todo…

Ivan.

No el Ivan atrapado por cables. Sino el Ivan de su memoria como cadete. De carácter firme, pero carismático con sus camaradas. Irreal.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el anterior regente, sonriendo como si no hubiera un mundo pudriéndose afuera.

—Vine a despertarte. O a romperte.- contesto con una sonrisa hueca

Ivan caminó hacia él, descalzo, como un espectro. A su alrededor, los recuerdos flotaban como vidrios: imágenes de guerras, manifestaciones, rostros de omegas llorando, cuerpos mutados al nacer.

—¿De verdad crees que esto es control? —gruñó Gilbert—. Esto es locura disfrazada de salvación.

Ivan no respondió. Solo levantó una mano.

Y todo cambió.

Gilbert se vio a sí mismo, más joven, riendo a carcajadas en el centro de la plaza principal. Y frente a él, tocando un viejo violín con torpeza y elegancia al mismo tiempo…Roderich Edelstein.

El beta que lo desafió sin alzar nunca la voz. El que lo hizo enamorarse sin ni siquiera tocarlo.

—¿Por qué me muestras esto? —susurró Gilbert.

—Porque esto te ata —respondió Ivan, ahora apareciendo a su lado—. Ese amor. Esa debilidad. Quieres salvarlos a todos… pero sabes que no puedes.

Gilbert cerró los ojos. Dejó que el sonido del violín lo llenara, el mismo que Gilbert y su hermano repararon para él. La música era real. El sentimiento era real. Lo demás… solo ruido.

—No es debilidad. Fue lo único que me sostuvo —dijo, con fuerza—. Mientras tú te volviste un dios de mentiras, yo encontré algo que valía la pena recordar.

Y las luces alrededor de Ivan comenzaron a parpadear.

Plano Externo:Centro de la Red

—¡Lo está alterando! —gritó la centinela beta, con el comunicador pegado a su oído—. Está dentro del sistema. Ivan se está desestabilizando.

Detrás de ella,Alfreddisparaba contra uno de los mutados condicionados, cubriendo a un segundo grupo de centinelas que intentaban mantener la puerta sellada. El calor era insoportable. Todo el núcleo parecía enloquecer con la presencia de Gilbert dentro.

—Grupo de supresión, ¿me copian? Cambio —dijo la centinela.

Un leve zumbido… luego la voz grave y segura de Scott:

—Aquí Scott. Ubicación recibida. ¿Estado?

—Gilbert dentro. Ivan colapsando. Ataque inminente. ¡Necesitamos refuerzos!

Scott no dudó. Se giró hacia el "cielo" abierto en el sector oeste de la colonia y encendió una bengala rojo.

—Todos los grupos aliados. Al centro. Repito:¡Diríjanse al centro ahora!

A lo lejos, se escucharon motores activarse. Grupos de alfas y betas voluntarios corriendo por los callejones. Las radios comenzaron a chillar con actividad. El contraataque había comenzado.

Dentro de la red

Ivan gritaba ahora. El mundo emocional temblaba.

—¡NO PUEDES QUITÁRMELO! ¡SOY EL PILAR!

Gilbert avanzó hacia él, las imágenes de Roderich brillando detrás como estrellas en formación.

—Eres un hombre. Solo eso. Y yo no tengo miedo.

Ivan se arrodilló, su rostro desmoronándose como vidrio agrietado. Su cuerpo temblaba.

—Pero si tú te vas… todo colapsa. Todos ellos mueren.

—No, tú sigues, nadie sobrevive.

Y con eso,Gilbert se fundió con la por un momento. El código se agitó. La frecuencia cambió. Y desde el núcleo físico,una onda expansivarecorrió toda la red.

Afuera

Los mutados comenzaron a temblar. Algunos colapsaron. Otros soltaron gritos de rabia como si les arrancaran una voz interna. Alfred corrió hacia el soporte.

—¡Está funcionando!

La beta alzó su comunicador.

—Scott, ¡la red está rompiéndose! ¡Gilbert lo está haciendo!

Del otro lado, Scott observaba mientras los cielos de la colonia se teñían con el rojo del humo y el gris de las ruinas.

—Entonces que todos se este es el principio del fin.