Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling. La historia es de Inadaze22.

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Capítulo cinco: Granger

2 de abril de 2011

En realidad, el invernadero no era un invernadero.

Era una cabaña hecha de cristal, madera y metal. Fabricada con hechizos extensibles, el exterior no era imponente; era lo bastante pintoresco como para mezclarse con el paisaje que rodeaba el huerto.

El interior era espacioso, las plantas podían crecer y había un camino a través del rico follaje. Algunas plantas estaban en macetas, otras en la tierra y algunas colgaban del techo. El lugar rebosaba color. Las plantas estaban organizadas y ubicadas en secciones; Hermione había dispuesto metódicamente sus plantas. Los árboles frutales al fondo, algunas flores en los costados, las verduras que no sobrevivirían al aire libre estaban en el medio y una selección, cada vez mayor, de hierbas para sus pociones estaba sobre las mesas.

Las superficies vacías le recordaban su condición de obra en construcción.

Quizá algún día podría tener más hierbas, pero hasta entonces, utilizaría lo que tenía para ayudar a su manera.

Hoy estaba soleado, pero el viento refrescaba el ambiente. Las nubes altas suavizaban la luz e impedían que se formaran sombras. Dentro, el invernadero era cálido y exuberante, gracias a la luz natural y a los encantamientos para controlar la temperatura. Al entrar, Hermione se despojó del jersey y lo dejó en un banco junto a la puerta.

Con un movimiento de su muñeca, brotó agua sobre los árboles frutales mientras Hermione contemplaba la posibilidad de añadir un árbol de mango enano a la arboleda formada por perales, limones, higos y su última incorporación: mandarinos. A los niños les gustaría. Pasó a revisar las flores, las frutas y las verduras antes de centrar su atención en la razón principal por la que había montado el invernadero: las hierbas.

Sobre todo, las destinadas a las pociones.

Su primera parada fueron las plantas de dittany, que habían estado al borde de la muerte durante el último año. Su actual intento de cultivar otra planta permanecía obstinadamente en el alféizar de la ventana de su despacho, negándose a brotar. Seguía teniendo un aspecto sombrío, pero resistente. Neville probablemente tendría que llevarla a su invernadero para rehabilitarla.

La ortiga fue la siguiente, pero la cuidaba con guantes de piel de dragón. El asfódelo, la seta saltarina, el nimbo de la India (neem), la ipecacuanha y el ajenjo tenían buen aspecto. Las plantas de acónito tenían su propia mesa y habían crecido bastante desde que Daphne había empezado a recolectarlas para Hermione; pronto podría utilizarlas para poder preparar Wolfsbane para los pacientes de Padma.

Estaban prosperando, principalmente gracias a los esfuerzos de Neville, sus enseñanzas y un fertilizante especial.

Hermione acababa de regarlas cuando las puertas se abrieron y entró Daphne. Justo detrás de ella, Neville llevaba su última adquisición.

Siempre un caballero.

—Calotropis (arka).

Hermione tocó reverentemente las hojas de la planta con la mano enguantada cuando Neville la colocó a su lado. Era un complemento maravilloso que ayudaría a crear pociones para aliviar el dolor producido por la Maldición Cruciatus. También era un ingrediente para varias pociones para Narcissa.

Ella no había pedido la planta, pero llegó en el momento perfecto.

—¿Dónde la encontraste?

Daphne esbozó una sonrisa socarrona.

—Anoche en la extravagante fiesta de cumpleaños de George, un pajarito me dijo que tienes un nuevo paciente y que el arka es un ingrediente para algunas de sus pociones.

Hermione dirigió sus ojos hacia Neville, que era la única persona que conocía sus necesidades de ciertos ingredientes porque había visitado su invernadero antes de la fiesta.

Él silbó inocentemente antes de dedicarle una sonrisa torcida.

—El pajarito vino conmigo. —Daphne puso los ojos en blanco—. ¿Dónde la vas a poner?

—Deberíamos darle un poco de espacio y ponerla lejos de las demás. —Neville la llevó a la última mesa vacía de la fila.

Hermione se volvió hacia Daphne.

—¿Cuánto te debo?

—Nada. Ha sido todo muy oportuno. Siempre le hago saber a Neville cuando adquiero una planta. Simplemente coincidió con tu suerte; el dueño murió y pude negociar... ¡Oh! —Daphne se metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsita de hierbas secas—. Kava, tal como me pediste.

Algo que Hermione había necesitado, ya que utilizaba una pequeña cantidad de las infusiones que preparaba para sus nuevos pacientes. Siempre los ayudaba a calmar los nervios.

—Intenté encontrarte la planta, pero mi vendedor no estaba dispuesto a desprenderse de ella ni a proporcionar un recorte. Al parecer, eso dañaría la planta.

—Gracias. —Hermione guardó la hierba y su varita en el bolsillo de su delantal.

—Blaise vendrá más tarde con el resto. Está ocupado negociando por un raro cuadro para un cliente.

Cuanto menos supiera, mejor, a juzgar por la expresión de Daphne.

Daphne y Blaise llevaban en el negocio de las compras más tiempo del que Hermione llevaba dedicándose a la jardinería. Comenzó como un pasatiempo que rápidamente se convirtió en un trabajo. Una elección extraña, pero al parecer Daphne tenía un don para encontrar cosas. Había conseguido ingredientes casi extintos con los que fabrico el antídoto para Molly y lo había hecho con tiempo de sobra.

Su negocio no se limitaba a rastrear rarezas herbales; trabajaban con una serie de coleccionistas privados. Desde Magizoólogos que buscaban rescatar criaturas mágicas inusuales del comercio ilegal hasta ministerios de todo el mundo que les pedían objetos raros. Daphne le dejaba el trabajo práctico a Blaise y sus subordinados, mientras ella se centraba en hallazgos menos complejos y en investigar lo que buscaban, sobre todo desde que se había enterado de que estaba embarazada.

Neville examinó la planta arka y tomó una muestra de la tierra.

—Está extremadamente sana. Mejor de lo que noté durante el primer examen. Podemos dejar que se asiente durante una o dos semanas y luego volver a plantarla. Tendrá que ser exactamente en la misma tierra para no arruinar la planta.

Hermione le echó otra mirada por encima de su hombro a la planta.

—¿Cuánto necesitará para que pueda usarla?

—¿Un mes?

—He conseguido lo que necesitas mientras la planta crece —dijo Daphne antes de que pudiera empezar a preocuparse. Después de todo, había pasado los dos últimos días trabajando en sus pociones y la idea de que le faltaran ingredientes le producía un cosquilleo de ansiedad.

Excelente.

Primer problema resuelto.

Hacía bastante buen tiempo fuera, no llovía ni hacía demasiado viento, así que agarraron mantas, bocadillos y se aventuraron a salir al prado que había detrás de la casa. Hermione transformó una mala hierba en un horrendo sofá amarillo mostaza, pero después de encogerse de hombros con Daphne, ambas se tumbaron en extremos opuestos bajo una manta compartida. Neville, mientras tanto, extendió una manta en el suelo delante de ellas y se tumbó boca arriba, apoyando las manos detrás de la cabeza. Hermione le lanzó un rápido hechizo calentador.

Se quedaron así, disfrutando de la extraña paz mientras se repartían la bolsa de patatas fritas. Silenciosamente acordaron dejar que Daphne se comiera la mayoría.

Después de todo, estaba comiendo por dos.

—¿Dónde está Luna? —preguntó Hermione. Normalmente venía con Neville.

—Limpiando nargles en la casa de Harry. Al parecer, tiene una infestación.

—Ah.

—Agradécele de mi parte por los regalos para el bebé, pero creo que no acertó con el color. —Daphne se rió—. Estoy bastante segura de que voy a tener un niño.

Querían que fuera una sorpresa; a Hermione no le parecía práctico. Ella creía que cosas como la preparación y los nombres eran importantes. No es que importara. Todos pensaban que iban a tener un niño, por la forma de su barriguita, pero Hermione no era una experta.

Luna creía firmemente que tendría una niña. De hecho, su creencia era tan profunda que, mientras todas proponían nombres masculinos en la Noche de Chicas, a ella solo se le ocurrió uno.

Halia.

"En recuerdo de un ser querido".

Mucho más apropiado que la insulsa sugerencia de Cho: Paul. Que hizo que Pansy la mirara como si fuera una enferma mental.

Neville se encogió de hombros.

—A lo mejor vas a tener una niña.

—Claro que estarás de acuerdo con tu novia. —Daphne sacudió la bolsa de patatas fritas y suspiró tras darse cuenta de que se habían acabado—. Se las comieron todas.

Levantando la cabeza, dispuesto a argumentar lo contrario, Hermione llamó la atención de Neville. Sería mejor que no lo hiciera. Hubo lágrimas de verdad cuando Parvati comentó en voz alta que Daphne se había comido dos bolsas de patatas fritas de una sentada.

—Ah, lo siento. ¿Quieres quedarte a comer?

—Supongo que podría comer —Daphne resopló—. ¿Pero habrá tarta?

—Puedo hacer una.

Después de no haber podido comer mucho durante su primer trimestre, Daphne parecía realmente emocionada.

—Oh, voy a empezar el jardín para las abejas de Kingsley pronto. —La noticia de Neville hizo que Hermione se animara—. Estoy viendo cómo conseguir las plantas ahora mismo y tengo que elegir entre los alumnos que se ofrecieron como voluntarios en cuanto se enteraron de que era para él.

—Comprensible. —Daphne se estiró—. Si es para Kingsley, avísame si necesitas que Blaise y yo busquemos algo —cuando ambos la miraron, ella se encogió de hombros—. ¿Qué? Me cae bien. Si volviera a ser ministro, no me opondría.

Había todo un movimiento clandestino dedicado a que eso ocurriera.

—Bueno, si necesito algo, te lo haré saber. —Neville se sentó, cruzando las piernas mientras se apoyaba en las manos; una brisa le alborotó el cabello—. Entonces... ¿Tu nueva paciente?

—Sí —Daphne se animó—. ¿Qué te hizo cambiar de opinión? Pansy dijo que la habías rechazado.

—¿Qué tan mal habló de mí?

La rubia no dijo nada, pero su mirada le dijo que podría escribir tomos con todo lo que su amiga dijo.

Hermione hizo una mueca.

—¿Tan mal?

—La frase "perra testaruda" fue dicha, pero creo que ella lo dijo en un sentido cariñoso... —Era dudoso, pero Daphne ofreció un encogimiento de hombros antes de resignarse—. Ella respeta a Narcissa por razones que no entiendo, pero puede que sean mis prejuicios los que hablan.

—¿Por tu hermana y tu sobrino? —preguntó Hermione automáticamente.

—Sí. Y por Draco.

Las cejas de Neville subieron aún más que las suyas.

—¿Malfoy?

El suspiro de Daphne sonó exactamente como el de Harry cuando se preparaba para lanzarle una perorata inspirada en Malfoy. Tuvo la oportunidad de darle una mirada a Neville para instarlo a cambiar de tema, pero encontró que el hombre estaba intrigado con el tema.

—Trató a mi hermana como a alguien insignificante, esperando que muriera para encontrar a alguien mejor que ocupara su lugar como la próxima matriarca Malfoy.

El disgusto en su voz atrajo a Hermione en lugar de repelerla. Esto era pertinente para aprender más sobre la dinámica en la que se estaba metiendo.

Hasta ahora, no era bonita.

—Ya he dado mi palabra sobre atenderla —dijo Hermione para trazar cuidadosamente la línea entre lo personal y lo profesional.

—Y nunca me interpondría con mis opiniones. Puede que no me caiga bien, que su lenta muerte me parezca horriblemente irónica, debido al trato que le dio a mi hermana —sacudió la cabeza—. Pero para que Scorpius no pierda a alguien más, estoy dispuesta a dejar mis sentimientos de lado.

Hablaba como alguien que lo amaba demasiado.

Familia.

—Solo estoy estabilizándola para darle tiempo. O lo intentaré. Estoy resolviendo los detalles.

Esos detalles implicaban juntar muchas piezas. Pociones e ingredientes. Tomando ideas de los métodos de tratamiento que Narcissa había rechazado. Pero también había que averiguar la dinámica familiar para determinar lo útil, o difícil, que sería Draco Malfoy a la hora de cuidar de su madre.

Los ojos azules de Daphne estaban fijos en ella; llenos de emociones tan vívidas y complejas que no existían palabras para describirlas.

—Pase lo que pase, si sirve de algo, me alegro de que seas tú.

Hermione bajó los ojos hacia la horrible manta de colores que la mantenía abrigada.

—En cuanto a Astoria, mis agravios son profundos —confesó Daphne—. Tener a Scorpius no cambió su relación con Narcissa, pero creo que la apaciguó. Le dio a alguien más en quien concentrarse —eso no sonaba como algo bueno—. Draco estaba lleno de trabajo y estaba tratando de protegerlos. Hizo lo que pudo. Astoria se ocupó del cuidado de Scorpius tanto como pudo. Y cuando ella murió, Narcissa se hizo cargo con sus tontas reglas, su riguroso horario y sus exageradas. ¡Tiene cinco años!

—Él es... —Hermione frunció el ceño.

—¿Has visto a Scorpius?

—Brevemente.

—¿Y qué te pareció?

Hermione no había pensado demasiado en ello durante los días transcurridos, pero ahora que volvía a estar en el foco, había notado algunas cosas.

Bueno, varias cosas.

—Es muy educado y obediente. Se ve extrañamente perceptivo. Ah, y muy callado.

—Todo lo que Narcissa cree que debería ser, excepto una cosa: un niño.

Ahora que lo mencionaba... Había una cosa más.

—Creo que no lo oí decir una palabra.

—Y no lo harás —Daphne sonaba apenada—. No puede hablar.

—¿No puede? —preguntó Neville.

—No, no quiere. Es tímido con los extraños, por supuesto, pero solía hablar incesantemente con la familia. Unos tres meses antes de que mi hermana muriera... Es como si se hubiera dado cuenta de lo que pasaba y se hubiera apagado. Simplemente... Se detuvo.

El dolor hacía eso, especialmente en un niño.

Daphne se pasó una mano áspera por el cabello. Como no tenía nada que ofrecer, Hermione apretó la suela de su zapato contra el de Daphne en señal de apoyo silencioso, lo que fue recompensado con una mirada apreciativa. Apoyando una mano en su barriga, Daphne miró hacia el bosque. Los árboles se mecían con la brisa.

—Verlo apagarse fue angustiante para Astoria. Prometí vigilarlo de cerca, pero... —Daphne sacudió la cabeza. Su promesa incumplida permanecía en el aire, pesando sobre sus hombros.

Hermione la observó mientras seguía capeando el temporal de emociones; cada ola era más fuerte que la anterior. Daphne intentaba mantenerse a flote. Pero se hundió en las profundidades de la honestidad.

—Ha sido duro, apenas me mira. Es casi como si no pudiera hacerlo.

—Dale tiempo —sugirió Neville—. Mis padres siguen vivos y a veces me cuesta...

Se quedó mirando al cielo. Sus palabras no dichas dejaron el aire pesado con dolor y pérdida. Esta última, Hermione la conocía; adoptaba muchas formas. Era difícil distinguirla o clasificarla en orden de magnitud.

Pero aún había esperanza.

La gente llevaba sus luchas de diferentes maneras; la mayoría lo hacía en soledad, pero era asombroso cómo algunos eran capaces de tender la mano con facilidad, no solo para ayudar, sino para solidarizarse.

Neville hacía eso, había estado haciendo eso, por Daphne desde la muerte de Astoria. Nunca habían sido unidos, pero ahora su vínculo era una mano ofrecida y, en una muestra de confianza, ella aceptó su apoyo.

—Dale tiempo —repitió Neville.

—¿Cuánto tiempo?

—Tanto como necesite.

El tiempo pasó en un borrón de pensamientos y cavilaciones internas.

En algún punto intermedio, Daphne soltó la mano de Neville y él volvió a observar las nubes en el cielo.

Probablemente, no era el momento, pero había una pregunta que rogaba ser formulada. Hermione trató de que las palabras se quedaran dentro de su boca, pero salieron de todos modos.

—Entiendo tu predisposición por tu hermana y sobrino, pero... ¿Por qué Malfoy? —Hermione se subió la manta hasta el cuello, captando el frío del aire a pesar de los hechizos calentadores imbuidos en la tela. Daphne no tenía tanto frío; probablemente se calentaba por dentro a juzgar por el fuego de sus ojos.

—Las acciones, o inacciones, de Draco afectan directamente a Scorpius. No estoy segura de que sepa lo perjudicial que es la distancia emocional que mantiene. Scorpius está dolorosamente inseguro a su alrededor y necesita hacer más. Draco no me habla de sus razones, pero... —La expresión de Daphne se endureció—. No tiene que hacerlo. Draco es producto de su educación y del camino que se ha visto obligado a recorrer. Es difícil para mí mirar a Narcissa y no culparla por ambos.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

4 de abril de 2011

Hermione leyó una vez en alguna parte que el secreto del éxito en las negociaciones consistía en encontrar puntos en común y actuar como observador en lugar de oponente.

Razonar con ellos, pero nunca lanzar una amenaza.

La mejor manera de ganar era contar con la información necesaria, exponer las opciones y presentar la situación con una buena dosis de aplomo y lógica. Eso le recordaba a las lecciones de ajedrez mágico que Ron le había dado, lecciones que memorizó para entrar y salir del laberinto político que era el Ministerio. Nunca se apiadaron de ella. Ron siempre le repetía que la clave para ganar era pensar varias jugadas por adelantado y sacrificar solo las piezas que no fuesen vitales.

Había dos problemas:

Uno: Hermione era una pésima jugadora de ajedrez.

Dos: Era demasiado testaruda para sacrificar sus piezas.

Y por eso ella y Narcissa estaban sentadas en un silencio que amenazaba con tragárselas enteras.

Pero a ella no le asustaba en lo más mínimo.

Hermione iba por su tercera taza de té mientras Narcissa terminaba la segunda, que parecía gustarle aquella mezcla mentolada. Bajo las órdenes de su hijo y jefe, los guardias no apartaron la vista de su protegida en ningún momento. Así pues, cada uno estaba posicionado en un rincón de su despacho. Uno se balanceaba sobre sus pies mientras el otro admiraba su pequeña planta de higuera abisinia que aún no estaba lista para entrar en el invernadero.

Narcissa bebió otro sorbo de té.

Hasta el momento no había sido una reunión tan mala.

Ambas habían empezado firmando el acuerdo original. Hermione ya lo había leído detenidamente y Percy le había dado el visto bueno la noche anterior durante la cena, como hacía con todos sus documentos legales. Por supuesto, había hecho sugerencias que maximizarían los beneficios para Hermione, pero ella no las mencionó. El sueldo ya era astronómico y ella no quería más, excepto fines de semana libres y vacaciones.

El acuerdo también incluía al personal privado de Narcissa, los Sanadores de cuidados paliativos, y Hermione se recordó a sí misma que debía programar una reunión con ellos lo antes posible para que se unieran a su plan... Tan pronto como terminara de crearlo.

Por primera vez en su carrera, Hermione Granger estaba improvisando.

Según Charles, estaban tratando los síntomas y no el origen de la enfermedad, lo que significaba que tenía que ser creativa y esperar lo mejor. El especialista parecía tener un plan que ella podría utilizar; solo debía quitarle la medicina muggle.

Por ahora, eso tendría que servir hasta que pudiera convencer a Narcissa de que permitiera que un especialista muggle formara parte de su plan de cuidados.

Después de firmar el contrato, Hermione realizó una batería de pruebas para establecer una línea de base para Narcissa. Pruebas cognitivas y sensoriales, tanto con la ayuda de la magia como sin ella. Acompañadas por sus guardias, dieron un paseo por la orilla del arroyo que había frente a su casa. Hermione puso a prueba su equilibrio, sus reflejos y su fuerza mediante diversos métodos que parecieron irritarla, pero al menos no se quejó demasiado. Cuando estuvieron de vuelta en su despacho, Narcissa le mostró sus pociones, lo que le dio a Hermione la información que necesitaba para preparar su régimen medicinal.

Todo estaba yendo bien, hasta que las preguntas de Hermione pasaron de las pociones que consumía Narcissa a su agenda y comentó lo muy, muy llena que estaba.

Para alguien que no formaba parte de la sociedad londinense desde hacía años, Narcissa Malfoy era una mujer muy ocupada. Aunque su estatus de sangre seguía siendo importante para mantener el prestigio en la sociedad, después de la guerra, el escalón superior del orden social del mundo mágico se transformó, ampliándose para incluir a mestizos acomodados y a nacidos de muggle que fuesen muy influyentes.

Prueba de la tolerancia.

La visión de futuro.

Una señal de cambio.

Hermione había asistido a varios actos antes de cambiar de profesión, pero no desde que era Sanadora. Tenía un vago conocimiento práctico de cómo funcionaba la alta sociedad. Lo rigurosa que era cada temporada: las galas y bailes, eventos benéficos y deportivos, espectáculos y festividades en jardines mágicos, cenas y fiestas del té. No era raro que hubiera una actividad cada día durante un mes entero. Cuando le había dicho a Narcissa que redujera su actividad social hasta que su régimen de pociones estuviera resuelto...

Bueno, habían vuelto al inicio.

Hermione estaba cualificada, preparada y estaba decidida a durar más que los otros médicos de Narcissa en este prolongado impasse. Era más un regalo que un desafío y Hermione utilizaría su tiempo sabiamente para establecer un horario diario para Narcissa y resolver los tecnicismos de su régimen de pociones.

Para eso, necesitaría tiempo para investigar y, posiblemente, otra llamada con el Sanador Smith. Estaba calculando mentalmente la diferencia horaria cuando oyó un carraspeo.

Fue un sonido recatado y agudo.

Hermione levantó la cabeza para ver de dónde vino el sonido y arqueó una ceja al encontrarse con la fría expresión de Narcissa.

—¿Sí? —pretendía sonar paciente hasta el punto de rozar la condescendencia.

Los ojos de Narcissa se convirtieron en fragmentos de hielo.

Hermione había dado en el blanco.

—Estoy dispuesta a negociar una reducción, señorita Granger. Sin embargo, creo que no comprende que la posición de una persona en la sociedad requiere algo más que riqueza e influencia. Es importante para mí y para el futuro de mi familia, pero no espero que entienda nuestra tradición.

Hermione apretó la mandíbula. Estaba claro que Narcissa no tenía ningún problema en decir lo que pensaba. Hermione no se hacía ilusiones de que fueran a convertirse en algo más que Sanadora y paciente, pero esa afirmación reforzaba su idea.

Qué encantador.

—Tienes razón, no lo entiendo. Sin embargo, mi desconocimiento tiene poco que ver con mi estado de sangre. Estuviste ausente durante años de todos los círculos de la sociedad.

—Lo que hace imperativo que me vean.

—Estoy segura de que tu hijo puede ocupar tu lugar —sugirió Hermione moviendo la mano de forma despectiva—. No me cabe duda de que lo has preparado y entrenado bien para que sea un miembro perfectamente respetable de la alta sociedad —miró a Narcissa con dureza—. Ciertamente lo educaste para que se creyera superior por su apellido y la pureza de su sangre. Estoy segura de que encajará perfectamente.

Narcissa se erizó como un gato que fue salpicado por agua, pero Hermione mantuvo su mirada imparcial. No fue la intención de Hermione, pero la expresión en el rostro de Narcissa demostraba que había tocado un punto sensible.

Tal vez era la fuente de su vergüenza.

Interesante.

—Supongo que me lo merezco.

—Te lo merecías —Hermione no se anduvo con rodeos—. Sé que estás acostumbrada a que te hablen de cierta forma, pero mientras pueda, estoy aquí para cuidar de tu cuerpo y preservar tu mente, no tus sentimientos —dejó que sus palabras calaran hondo—. Te mostraré el mismo respeto que tú me des, pero espero que podamos llegar a una especie de cordialidad durante mi tiempo como tu Sanadora.

Si hubiera parpadeado, Hermione se habría perdido el leve fruncimiento de cejas de Narcissa.

—Tal vez podamos.

Eso sería suficiente.

Juntó los dedos y puso las manos sobre el pergamino.

—Ahora, estábamos discutiendo sobre disminuir tus actividades en la Sociedad a favor...

—Draco no es una opción —el tono de Narcissa trazó una línea tan clara en la arena metafórica—. Tiene poco interés en la Sociedad y piensa que es una pérdida de tiempo.

Había algo más, tenía que haberlo, pero Narcissa se lo guardó para sí misma.

Hermione no estaba en desacuerdo con Malfoy, pero en sus años en la política del Ministerio desarrolló su cara de póquer. Hermione llevó la conversación lo suficientemente bien como para que Narcissa continuara hablando, notando el sudor en su frente y el pequeño temblor en su mano cuando levantó la taza de té.

—Cuando se requiere su presencia, Draco asiste, pero se niega a socializar. No baila, ni habla, no paseará, ni siquiera se lo verás mostrarle atención a una bruja elegible, lo que es el propósito...

La atención de Hermione se desvió hacia el silencioso dúo de guardias. Uno estaba mirando el cuadro abstracto que tenía sobre la chimenea y el otro bostezaba. Controló su sonrisa cuando él volvió a centrarse en su paciente, que seguía hablando de su hijo.

—Draco es viudo y necesita una esposa, pero solo cuando sea apropiado que vuelva a tomar una. Estoy usando esta temporada de socialización para prepararme. No soportaré que nadie hable mal de él... Al menos no mientras yo tenga todas mis facultades.

Hermione necesitó de todo su autocontrol para no poner los ojos en blanco.

—Por desgracia, mi hijo es... Hay algo que se agita en su interior. Ha estado creciendo desde la muerte de Astoria y no se calmará. Tengo la esperanza de que se case antes de que eso salga a la luz por completo. —Su declaración atrajo la atención de Hermione y le produjo una pequeña sacudida que desapareció rápidamente—. La cuestión es el momento. Asiste a las citas matrimoniales que yo organizo, no porque quiera, sino por obligación. Tengo una gran limitación de tiempo en lo que respecta al cumplimiento de la misión, así que he estado reuniéndome con varios prospectos en los eventos de sociedad para concertar citas. Como puede ver, señorita Granger, mi presencia es vital.

Hermione bebió su té para tragarse todas y cada una de sus réplicas, que intentaban salir a la superficie, pero se encontró sin té e irritada.

No era asunto de él.

De verdad, no lo era.

Hermione repitió la frase para sí misma, pero, bueno, se había excedido tanto que incluso quería corregirla; seguía cayendo por el precipicio hacia un territorio que no le incumbía.

Era peligroso.

El pensamiento la acosaría sin descanso, así que tendría que encargarse de ello. Hermione le permitió el paso a través del puente de su mente, luego lo encerró con los cientos de otras cosas que nunca le diría a Narcissa.

Astoria no llevaba ni seis meses muerta y ya estaban intentando casar a Malfoy... Pero solo cuando fuese apropiado. Hermione se pellizcó para evitar hacer una expresión de disgusto. No sabía lo suficiente sobre la cultura de los sangre pura como para juzgarlos. Por lo que sabía, una segunda esposa era la respuesta habitual cuando había un hijo huérfano de madre de por medio.

Parecía ser la respuesta de Narcissa.

Pero, ¿qué sabía ella sobre ello?

Pansy decía que concertaban sus matrimonios, a veces antes de nacer, así que un nuevo matrimonio arreglado no sería una idea descabellada. Narcissa no quería que se quedara solo después de que ella se fuera, pero Cho tenía razón, eso parecía frío.

La amargura de Daphne ahora tenía sentido.

Las amenazas. Un trabajo que parecía una misión personal. Una esposa fallecida. Un hijo selectivamente mudo. Una madre moribunda.

Las circunstancias de la vida de Draco Malfoy eran estresantes y complicadas. Añadir un matrimonio, nacido de la fuerza y no de la elección, sería como echar acelerante a un incendio.

Todo ardería sin control.

Narcissa parecía ignorar deliberadamente las posibles consecuencias de sus actos. Probablemente, por pura terquedad; reconocerlas no le serviría de nada.

Lo que la condujo directamente a otro pensamiento: independientemente de la situación en la que se encontrara Malfoy tras la muerte de su esposa, tal vez, si su madre no obligara a un hombre adulto a asistir a citas matrimoniales, él podría encontrar a alguien por su cuenta.

A su tiempo. A su manera. Con una persona de su elección. Si eso le estuviera permitido.

Sintiéndose mucho mejor ahora que esos pensamientos habían corrido libres, Hermione cerró esa puerta mental y le puso llave.

Se concentró en su verdadero objetivo.

—Narcissa, soy razonable y estoy dispuesta a negociar.

Al oír eso, su paciente, que jugueteaba distraídamente con el collar que llevaba en el cuello, pareció intrigada.

—Te controlaré a diario durante las primeras semanas mientras continúas tu vida con normalidad. Estableceré una línea de base bajo este nuevo régimen de pociones. Sin embargo, debes mantener tus niveles de estrés lo más bajos posible mientras estés en esos eventos. Además, debes tomarte un día para relajarte; cualquier día de la semana, no me importa lo que hagas ese día. Te sugiero que asistas a un spa o que te dediques a un pasatiempo que no sea físicamente agotador, pero que sí sea mentalmente estimulante. Por último, como solo puedo imaginarme cuánto te esfuerzas en esos eventos, asistiré para observarte, pero me mantendré al margen. Iré solo a aquellos a los que yo también haya sido invitada, ya que tengo la impresión de que tu enfermedad es un secreto. ¿Estoy en lo cierto?

—Lo es. Y pretendo mantenerlo en secreto hasta que no pueda más.

—Lo sabe Mal… ¿Draco?

—Lo sabe, pero... —Mientras se ponía sombría, un suspiro acompañó su mirada—. De todos modos, lo averiguaras, pero mi relación con mi hijo es... Complicada. Vivimos juntos en la casa de nuestra familia, pero rara vez lo veo, a menos que tengamos que hablar sobre algo relacionado al cuidado de Scorpius o nuestras numerosas discusiones en torno al tema de su eventual matrimonio. Por un sinfín de razones, no nos llevamos muy bien. Dudo que le importe mi enfermedad. No ha preguntado ni una sola vez por mi salud desde que se lo conté.

—Ah.

La respuesta real de Hermione, por sorprendente que fuera, no habría sido bien recibida.

Ella debería haber esperado que este trabajo sería tenso y denso. Se trataba de los Malfoy.

No había necesitado conocer el estado de la relación entre Draco y Narcissa para darse cuenta de que navegaba en aguas turbulentas. Pero Hermione tenía un plan para bordear los problemas y ese era no ser cercana a ellos. Estaba resuelta a cuidar de Narcissa y darle el tiempo que quisiera para arreglar lo que se había roto.

Más adelante podría trabajar con Malfoy para elaborar un plan.

—¿Estás disponible para una visita a domicilio? Me gustaría ver tu casa para saber si necesitaré usar mi propia cocina para preparar tus comidas.

—¿Comidas? —Narcissa no ocultó su escepticismo.

—Sí, comidas. Preparo los alimentos para mis pacientes, ya que creo que la comida cura y, con tu condición, tu dieta es tan importante como las pociones que te recetaré.

—Bueno, tal vez con los elfos domésticos y la magia...

—Yo no cocino con magia y no tengo elfos domésticos.

—¿Entonces cómo cocinas?

El desconcierto en el rostro de Narcissa era cómico. Hermione se preguntó si alguna vez había comido una comida que no fue preparada con magia.

—En la cocina. Con recetas, medidas y un horno. Puede que use un cuchillo. En cuanto a la comida, uso ingredientes de mi jardín y horneo mi propio pan con harina que le compro a un granjero muggle que vive cerca de mi casa —si era posible, Narcissa parecía aún más escandalizada—. Me gustaría iniciarte en una dieta completa, pero comprendo lo difícil que será, así que estoy dispuesta a que empecemos con una comida al día y aumentemos a partir de ahí.

—¿Por qué? —Era como si intentara alimentar a Narcissa con acónito.

—Hay mucho que no sabemos sobre tu condición en personas con magia, pero con la versión muggle de tu enfermedad, la investigación muestra que mantener una dieta saludable es importante. A medida que declines, tu estado de ánimo cambiará, al igual que lo que puedas comer, por lo que puedes sufrir de desnutrición, pérdida de peso y deshidratación.

Notó cómo Narcissa se estremecía y tuvo que recordar que, aunque hubiera aceptado su destino, hablar de lo inevitable no era un tema fácil. Hermione suavizó sus palabras a modo de disculpa, con el objetivo de reconfortarla.

—Creo que cuanto más agresivo sea el tratamiento y mientras más controlemos tus síntomas, más despacio avanzará la enfermedad. Me gustaría que comieras más alimentos que sean antioxidantes y antiinflamatorios, por eso voy a empezar a prepararte comidas. Tengo una lista preparada para que la revises, por si deseas hacer sugerencias basadas en tus preferencias.

—Eso me gustaría, gracias.

—No ofrezco garantías. Voy aprendiendo sobre la marcha. —Hermione le ofreció otro pergamino que ella aceptó con manos vacilantes—. Ya casi he terminado de crear tus pociones, pero he descubierto que hay algunos ingredientes cuyos beneficios se potenciarán al combinarlos con ciertos alimentos.

—Y estoy dispuesta a hacer los cambios necesarios... Por poco convencionales que sean.

Lo que abrió una brecha para una conversación que necesitaba suceder.

—Y el especialista...

—No.

—¿Puedo preguntar por qué? Los estudios muestran...

Nada muggle, no quiero a sus especialistas. —Narcissa escupió las palabras como si fueran veneno—. Si no puedes acatar mis deseos, encontraré a otro Sanador que sí pueda.

La declaración dejaba claro quién creía que mandaba aquí. Y aunque eso podría haber funcionado con su Sanador de cabecera, no lo haría con Hermione.

—Es libre de hacer lo que quiera, señora Malfoy —señaló la chimenea—. Tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que ayudar a alguien que no está dispuesta a ayudarse a sí misma.

El rostro de Narcissa se tensó y Hermione se preparó para una pelea, una de las muchas que tendrían; estaba segura de eso, pero la discusión nunca llegó. Soltando un par de suspiros, se relajó visiblemente; una alarmante blancura cubrió sus pálidas facciones.

Ambas se miraron confundidas.

—¿Quién eres tú?

La comprensión sacudió a Hermione como un trueno, pero se obligó a mantener la calma. Paciente. Comprensiva.

—Me llamo Hermione Granger —le ofreció un pañuelo a Narcissa para que se limpiara la frente, sin dejar de mirar a los guardias, que ahora estaban muy atentos.

Después de secarse la línea del cabello, los ojos de Narcissa recorrieron la habitación, concentrándose, como si tratara de captar pistas. Le temblaban las manos, pero no de frío. Entonces su mirada volvió a posarse en Hermione.

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

—Soy tu Sanadora. Este es mi consultorio.

—Por supuesto, por supuesto —Narcissa respiró hondo varias veces, colocándose las yemas de los dedos en las sienes—. Continúe, señorita Granger. —Con una pequeña inclinación de cabeza, pareció volver en sí, pero era evidente que seguía conmocionada por su olvido.

Seguir adelante la habría enviado a través de la chimenea, como ella le había dicho que hiciera, pero Hermione no era cruel ni insensible.

La discusión podía esperar. Tendría que esperar.

—¿Te gustaría retomar esta conversación más tarde?

—No soy una inválida.

Ah, entonces ella estaba completamente lúcida. Y hosca.

Vulnerable.

—Por supuesto que no —Hermione contestó finamente—. ¿Con qué frecuencia ocurre esto?

—Más de lo que me gustaría.

—¿Desde hace cuánto?

—Poco después de que me diagnosticaran.

—¿Eso fue antes o después de que eligieras tus nuevas pociones?

La falta de respuesta de Narcissa fue todo lo que Hermione necesitó saber.

—Este tratamiento no va a estar exento de efectos secundarios y puede que no te gusten —dijo Hermione—. Lo importante es que sigas el plan.

No era ingenua. Narcissa Malfoy presionaría. Era su forma de ser.

Terca y orgullosa, no estaba acostumbrada a ceder el control. Nunca más, si es que podía evitarlo. Sin importar la razón o el costo.

Aunque complaciente, Hermione sabía que eso no era lo normal.

—Me gustaría que hicieras ejercicio. Te ayudará a mantener el equilibrio y reducirá el riesgo de caídas. Los masajes ayudarán a aumentar la circulación sanguínea, así que también los recomiendo. Igualmente, me gustaría ver dónde puedo guardar tus pociones durante mi visita para comprobar la capacidad de tu cocina. Prepararé suficientes lotes para que te duren una semana y así asegurarme de que las consumas frescas. Me aseguraré de llevarlas junto a las instrucciones de cuándo y cómo tomarlas. También tendré que reunirme con tus Sanadores de cuidados paliativos.

Narcissa asintió, con los ojos fijos en la lista que tenía delante. Pasaron varios minutos en silencio antes de que ella pareciera volver completamente a la normalidad.

Su inminente discusión quedó olvidada para siempre, pero Hermione guardó el tema para más tarde.

—Señorita Granger, en poco tiempo, ha pensado mucho en este plan de cuidados sobre una enfermedad con la que no está familiarizada. Sé que no soy la paciente más fácil con la que se ha topado... —Ese era un enorme eufemismo—. Sin embargo, le agradezco que tome mi caso, a pesar de nuestra historia.

—Una vez que me comprometo con algo, no me rindo. Recuerda eso.

Fue tan fugaz que Hermione podría no haberlo notado si hubiera apartado la vista, pero percibió un atisbo de respeto en la mirada de su paciente.

Mucho más respeto que al principio de la conversación.

Era más de lo que esperaba, si debía ser sincera consigo misma.

Pero al igual que las plantas, todo empieza como una semilla; las personas también comienzan a madurar de una cosa minúscula.

Y allí, en su despacho, un lunes por la tarde, parecía un buen lugar para que Narcissa Malfoy comenzara a crecer.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

6 de abril de 2011

Hermione salía con alguien importante...

Con ella misma.

Todos los meses tenía citas. La mayoría de las veces iba a teatros para ver obras, al cine para ver películas, al ballet o a conciertos o a cualquier otro evento que le interesara. A veces paseaba por el parque y se maravillaba del mundo que la rodeaba, o tomaba un libro para leer hasta que oscureciera. Se compraba regalos, pequeños caprichos que rara vez se permitía. Flores. Dulces. Baratijas. Otras veces, iba al mercado y compraba todo lo que necesitaba para pasar una noche tranquila comiendo una excelente comida. Y todo eso lo hacía con una gran compañía...

Con ella misma.

A la mayoría le parecía extraño que tuviera esas citas, pero a Pansy y Parvati les parecía liberador; ellas también habían empezado a hacerlo. Ron se invitaba a sí mismo en algunas ocasiones, cosa que ella siempre rechazaba, ya que eso desvirtuaba el propósito de salir sola.

Salir consigo misma le permitía ponerse en contacto con lo que esperaba de sí misma y, potencialmente, con lo que necesitaría en una eventual pareja. Le permitía conectar consigo, podía mejorar sus hábitos de autocuidado y le brindaba la oportunidad de satisfacer sus propios deseos sin depender de otra persona.

En realidad, Hermione quería salir más, pero un día al mes era todo lo que podía permitirse.

Tal vez eso cambiaría en el futuro, pero por ahora, un día funcionaba.

No había podido tener su salida en marzo y estaba decidida a no hacer lo mismo en abril, pero la noche de la cita cayó posiblemente en el peor día.

La tormenta de la noche anterior había destrozado un cristal de su invernadero. La reparación mágica había sido rápida, pero había trastocado su horario matutino de jardinería.

Entonces, el nombre de Theo apareció en su agenda para una reunión de emergencia, pero se olvidó de mencionar el hecho de que se encontraría con una emboscada llamada Roger Davies.

—¡Te robaste a mi paciente!

No tenía sentido mentir.

—Lo hice.

Roger vaciló, desconcertado por su franca confesión. Su humor pasó del asombro a la ira.

Nunca pensé que fueras capaz de hacer algo así. De todas las personas, Hermione, creía que tenías una moral más elevada y que no ibas a espaldas de tus colegas para arrebatarles a su paciente. ¡Un paciente que rechazaste! Es descortés, poco profesional y...

Hermione dejó de escucharlo y dejó que sus ojos se desviaran hacia Theo.

Para el observador casual, parecía indiferente. Esa era exactamente la actitud que quería transmitir. Pero ella sabía que no era así. Había un brillo en sus ojos que indicaba lo entretenido que estaba Theo con la perorata de Roger. Hermione también lo sorprendió sonriendo contra su taza de té; se notaba que no tenía intención de detenerlo.

La falta de respuesta de Theo solo significaba una cosa: la estaba poniendo a prueba.

A veces lo hacía por aburrimiento, pero la mayoría de las veces era por diversión. Tenía cierto complejo de dios al ser la persona más observadora de la sala. A Theo le encantaba ver a la gente retorcerse, pero sobre todo a Hermione, porque se la consideraba imperturbable. También le gustaba ponerla a prueba porque, por mucho que ella rechazara la oferta, él no había dejado de creer que Hermione algún día dirigiría el Ministerio.

Aunque estaba muy equivocado, Hermione nunca había fallado un examen en su vida y, desde luego, no iba a empezar a hacerlo ahora.

Así que hizo sus exámenes y se maravilló de lo fácil que le resultaba sacar buenas calificaciones.

Roger había sido un punto en su radar cuando tomó el caso de Narcissa, uno pequeño en el gran esquema de las cosas. Sabiendo que no se tomaría muy bien el robo, Hermione ya había preparado un pequeño discurso que apuntaba a las cosas que Roger más valoraba: su trabajo y su ego.

—Narcissa Malfoy necesita empezar el tratamiento de inmediato, en lugar de dentro de unos meses mientras haces pruebas para determinar el origen de su enfermedad. Su progresión es demasiado rápida como para que perdamos el tiempo.

—Es insultante que no creas...

—¿Sabes lo que pasaría si Narcissa Malfoy, o Draco, se llegaran a enterar de que, de algún modo, tus retrasos en el tratamiento le han costado el tiempo que quiere para estar con su familia?

La amenaza era parcialmente vacía, pero él no estaba dispuesto a ponerla a prueba.

Se hizo el silencio y Hermione lo aprovechó para recalcar esa idea.

—Solo la exposición a la responsabilidad desacreditaría tu carrera y pondría en entredicho toda tu investigación, Roger. Así que... Sí, acepté su caso —se cruzó de brazos—. Y rompí mis propias reglas para hacerlo. Espero que tu ego no te impida ver que te he hecho un enorme favor para proteger tanto a nuestro departamento como a nuestro trabajo en su conjunto. Ah, y a ti.

Roger se frotó la nuca, como hacían la mayoría de los hombres cuando se sentían culpables.

—Yo... Yo no lo veía así. —Sus mejillas se tiñeron de rosa—. Revisaré su expediente, si es que me facilitas una copia. Y si necesitas ayuda, estaré a tu disposición. También me gustaría investigar su historia familiar. Quiero explorar una posible causa...

—Puedo encargarme de eso cuando tenga todo listo para tratarla.

—Muy bien, entonces —miró su reloj—. Tengo una reunión.

Cuando Roger se marchó, Theo dejó la taza de té y se irguió. Primero se arregló los gemelos y luego se pasó una mano por la camisa blanca, alisó su corbata azul marino.

—Bien hecho.

El hecho de que la felicitara no impidió que Hermione lo mirara con molestia.

—Una advertencia habría sido apreciada.

Nunca iba a suceder.

Llamaron a la puerta.

Padma asomó la cabeza, sorprendida, pero feliz de ver a Hermione.

—Necesito ayuda.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

La tarea acabó llevándole tres horas, un número agotador de pruebas y, finalmente, el diagnóstico: envenenamiento por plata. Luego había encontrado la marca de la mordedura, por la cual Padma hizo la llamada y denunció que un nuevo hombre lobo fue creado.

Para cuando Padma le dio una lista con la terapia que necesitaría y el Ministerio iniciara su investigación sobre cómo habían sido mordidos, ya eran más de las cuatro y Hermione solo tenía una hora para ir a su reunión con Narcissa y sus actuales Sanadores.

Hermione planeaba ir a un espectáculo en la ciudad, uno que empezaría a las ocho, pero se dio cuenta de que no llegaría a tiempo a menos que fuera directo de la casa de los Malfoy.

Así fue como Hermione acabó en la espaciosa cocina un jueves por la noche, vestida con un vestido de cóctel de encaje verde oscuro y tacones nude. Con la ayuda de un poco de Sleekeazy, llevaba el cabello suelto, largo y rizado.

Narcissa le había dedicado una mirada de aprobación.

Se reunieron en la larga mesa de nogal de la cocina; era más grande que su mesa de comedor. Hermione dispuso el plan de tratamiento de Narcissa, el pergamino de investigación y las pociones que había preparado la noche anterior. Estaban separadas en: mañana, tarde y noche. Eran nueve en total.

Keating y Sachs, los Sanadores de cuidados paliativos de Narcissa, estaban sentados frente a ella. Por lo que ella sabía, venían cada pocos días y la acompañaban a los eventos como miembros de su personal. Esas funciones tendrían que cambiar en los próximos meses y años.

Leyeron las instrucciones sobre el régimen de pociones y el plan de comidas de Narcissa mientras esta hojeaba su copia. Extrañamente callada y sin quejas. Hermione dejó de lado la observación de su paciente y se dedicó a evaluar a los Sanadores privados.

Eran perfectamente adecuados. No tenían nada particularmente especial. Eran mayores que Hermione, pero más jóvenes que Narcissa. Similares a la mayoría de los Sanadores privados, con rasgos olvidables; eran todo lo que necesitaban ser: capaces de seguir instrucciones y tener el talento suficiente para hacer su trabajo. Eran leales a Narcissa y Hermione no tenía forma de determinar si eso sería una ventaja o un problema, pero lo que sí sabía era que se mostraban escépticos ante la presencia de Hermione.

Y su plan de tratamiento.

—Sanadora Granger —dijo Sachs después de que Hermione preguntara si había alguna duda—. Esta es una extensa lista de pociones, ¿cómo sabe que no se contrarrestarán entre sí?

Había hecho su maldita investigación, así era cómo lo sabía, pero Hermione no le dijo eso.

—El plan no lo he desarrollado yo. Estoy siguiendo un régimen de trabajo de una referencia.

Y lo dejó así.

Narcissa tosió con delicadeza.

Keating tomó el segundo de los nueve frascos que había dispuesto para mostrarles el aspecto de todas las pociones.

—Y quieres que tome...

—El horario está claro. —Hermione mantuvo un tono profesional.

—Aquí dice que proporcionarás las comidas —Sachs señaló el pergamino.

—Lo haré. Una comida al día por ahora, a partir de mañana —a decir verdad, no había tenido energía para preparar comidas y pociones. Esto último le había llevado más tiempo del esperado. Probablemente, no fue su mejor trabajo, pero no se había equivocado.

—No entiendo por qué los elfos domésticos ya no pueden preparar todas sus comidas.

Pacientemente, Hermione señaló los pergaminos cuidadosamente ordenados.

—Por favor, revisen mi investigación, ya que responde a todas las preguntas que pueda tener. Puede llamarme para resolver cualquier consulta adicional que tengan o cualquier cosa que deseen añadir. Quisiera los próximos treinta días para vigilar a Narcissa; lo haré exclusivamente. Pero una vez que pasen esos días, espero que ambos vuelvan a sus horarios normales. Disfrutad de estas vacaciones.

—Pagadas —añadió Narcissa.

Los dos se alegraron ante sus repentinas vacaciones y de la generosidad de su jefa.

—Es todo lo que tengo que decir por hoy. —Hermione les dedicó una sonrisa—. Estoy deseando trabajar con ustedes. —Se intercambiaron apretones de manos antes de que ellos recogieran sus pergaminos y se marcharan.

—No parece que te agraden mis Sanadores, señorita Granger.

Hermione aún no tenía una opinión de ellos. Solo una evaluación preliminar, y probablemente, añadiría nueva información a medida que los conociera mejor como Sanadores y como personas.

—Trabajo sola, así que será... Diferente.

Pero no en el mal sentido. Su presencia le permitiría a Hermione tener una vida fuera del trabajo y para la elaboración de pociones una vez que las cosas empeoraran.

Lo de sus lealtades seguía preocupando a Hermione.

—¿Desde cuándo trabajan para tu familia?

—Cuidaron a Astoria mientras estuvo enferma. Están entrenados en cuidados terminales.

Ah.

Años, entonces.

La lealtad podría ser un problema, si Narcissa se desviaba de su plan de tratamiento. Ninguno tendría la fortaleza para enfrentarla. Eso sería un problema si ella decidía dejar de cumplir, lo cual era probable dado el avance de su enfermedad.

El hecho de que los Malfoy tuvieran un elfo doméstico era positivo.

Si algo sucedía, Hermione sería alertada.

Hablando de elfos, Hermione recorrió la sala con las cejas ligeramente fruncidas.

Lo último que hizo antes de dejar el Ministerio fue convencer al Wizengamot de que votara a favor de la emancipación de los elfos. Eso había causado un gran revuelo entre las familias ricas y en los elfos pasaban de generación en generación. Con la nueva ley, las familias debían liberarlos y ofrecerles una opción de recontratación: remunerada y con condiciones de vida dignas.

Además, antes de permitirle a una familia retener a un elfo, había que presentar una amplia documentación al Ministerio. El Ministerio realizaba controles sobre los elfos indocumentados: llamaban a los Aurores si la División de Bestias o Seres encontraba algún problema. Las multas y la vergüenza pública hacían que no valiera la pena infringir las normas.

Hermione incluso había iniciado los planes para crear un pequeño santuario en Escocia para que vivieran libres de servidumbre, con permiso para ir y venir a su antojo en busca de trabajo, en caso de que decidieran no vivir con la familia.

Se preguntó si el plan habría seguido adelante.

—Señorita Granger, si busca a nuestro elfo doméstico, solo empleamos a uno a tiempo parcial. Draco cree que esta casa es demasiado pequeña para tener a más personal. Principalmente, hace la limpieza y ayuda con los planes nocturnos de Scorpius.

Hermione no había tenido la oportunidad de explorar la casa, pero basándose en la cocina y la sala de estar adyacente, dudaba que los Malfoy vivieran en algún lugar que pudiera describirse como pequeño.

El diseño era moderno para una familia tan tradicional; otra alteración en su percepción de ellos. Narcissa, con su túnica de color ciruela, un collar dorado y el cabello peinado bajo el elegante sombrero a juego con su túnica, se veía fuera de lugar y pasada de moda.

El espacio en sí era limpio, abierto y luminoso, con ventanas que dejaban entrar mucha luz y paredes blancas. El suelo de madera clara compensaba los armarios de color oscuro de la cocina y las encimeras de granito hacían juego con la isla.

En el salón había sofás de color gris oscuro y una mesa de centro; todos estaban separados adecuadamente de la chimenea de la que había salido hacía más de treinta minutos. Había obras de arte por todas partes y Hermione vio que había más cuadros en las escaleras al otro lado de la habitación. Sabía que Narcissa no había decorado el lugar. También había muchos elementos decorativos que eran del gusto de Pansy en la habitación, pero eso no explicaba lo moderno que era.

Y se encontró preguntándose...

—¡Zippy! —Narcissa llamó cortésmente y el elfo se materializó; llevaba una pajarita negra y tenía un aspecto muy saludable.

—Sí, señora.

—Esta es la señorita Hermione Granger.

Hermione saludó cortésmente con la cabeza al elfo, que la miró con ojos grandes, llenos de reconocimiento. Y... Admiración.

—Ella me atenderá junto con Keating y Sachs —dijo Narcissa—. Harás lo que ella te indique como si fuera un miembro más de esta familia.

—Será un honor.

Narcissa miró a la pequeña criatura antes de que sus ojos se deslizaran hacia Hermione.

—Gracias, Zippy. Ahora, por favor, ponme al día sobre la progresión del horario de Scorpius.

—El joven señor está terminando la lección de etiqueta. La señorita Prichard lo vestirá con el atuendo apropiado para la cena y estará listo en breve. El señor Draco no me necesitará. Me iré a casa.

—Gracias. Disfruta de tus vacaciones.

Zippy hizo otra reverente inclinación de cabeza y desapareció con un chasquido de sus dedos.

Hermione estaba desconcertada en tantos niveles que ni siquiera iba a intentar señalarlos todos para no confundirse aún más. No solo era una sensación horrible, sino que era un concepto completamente extraño. Pero lo que empeoraba las cosas era que, aunque Hermione intentaba no pensar en aquello, se dio cuenta de que era como aguantar la respiración: muy pronto la tensión sería demasiado grande y tendría que respirar desesperadamente.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Sus pensamientos se desbordaron.

Zippy hablaba bien para ser un elfo doméstico. Mejor que Kreacher. Reverente, así debía tratar la mayoría de las familias para las que trabajaba, pero trabajaba a tiempo parcial; tenía casa y días libres.

Aquello fue un gran shock y le duró mucho tiempo, pero las sorpresas inquietantes seguían acumulándose.

¿Lecciones de etiqueta para un niño de cinco años? A Ginny le costaba que Albus terminara de comer sin que se manchara la ropa. Enseñarle a usar los cubiertos adecuados mientras comía sonaba como una hazaña imposible.

Por suerte, después de aquello, los engranajes de su cerebro se ralentizaron lo suficiente como para captar y escupir sus dos últimos puntos de confusión: el moderno hogar y, mierda, ellos... Pero no pudo realizar un análisis sobre ninguno de esos dos puntos.

Para eso necesitaría tiempo.

Mucho tiempo.

Y una pizarra.

Hermione se dio cuenta de que estaba pensando muy alto en aquel silencio tras la partida de Zippy porque notó que Narcissa la miraba con una ceja levantada. Tenía la cabeza ladeada; estaba preparada para otra discusión. Para ser justas, las discusiones que se producían debido a sus filosofías opuestas ya parecían ser pan de cada día, incluso después de solo un par de interacciones.

No era una relación tan profesional como ella quisiera, pero era mejor de lo que esperaba; además, pasarían una gran cantidad de tiempo en compañía la una de la otra. Hermione tenía una regla: solo jugaba a la defensiva. Las acciones ofensivas quedaban en manos de Narcissa, que jugaba tan bien que solo hacía preguntas para poner a prueba los límites de Hermione, pinchándola para ver cuánto podía aguantar antes de llegar a su límite.

Cada paciente ponía a prueba su paciencia profesional; hasta ahora, ninguno lo había conseguido.

—Dígame, señorita Granger, ¿esperaba algo diferente del elfo doméstico?

Por su tono, su tenso lenguaje corporal y sus labios fruncidos, Hermione sabía que no debía responder a esa pregunta con tanta sinceridad como hubiera hecho en otras circunstancias. Narcissa parecía más dispuesta a empezar una guerra que a hacer las paces.

—Estoy deseando trabajar con él.

Esa fue la respuesta incorrecta.

—Sé que mi familia no tiene la mejor reputación. —Eso sería quedarse corto, por no decir otra palabra. Narcissa dobló el pergamino con sus planes de tratamiento—. Sin embargo, le aseguro que Zippy recibe un trato justo. No está ligado a mi familia, ya que también trabaja para la familia Greengrass. Los tiempos han cambiado, señorita Granger.

—Lo han hecho —asintió Hermione con un leve movimiento de cabeza, pero como no pudo evitarlo, añadió—. Por ley.

Narcissa clavó sus talones en el piso.

—Sea como fuere, eso debería hablar por el hecho de que cumplimos dicha ley. Siempre hay formas de eludir cualquier norma.

Ambas lo sabían mejor que nadie.

—Cierto, pero no cumplirla atraería una atención no deseada hacia tu familia, cosa que no necesitas si quieres mantener el estatus que tanto te ha costado recuperar en la sociedad, lo cual parece ser importante para ti. Así que tu conformidad es solo táctica y, por lo tanto, significa poco para mí. —Hermione hizo una pausa—. Sin embargo, es agradable verlo.

Luego se puso de pie, tomando los nueve frascos de pociones que había colocado antes sobre la mesa y deslizándolos con los demás en la cesta de mimbre que había traído. Hermione fue a buscar un lugar donde guardar los frascos.

Narcissa no le quitaba los ojos de encima mientras recorría la larga hilera de gabinetes de nogal. Los gabinetes sin puerta estaban repletos de artículos decorativos de cocina. Hermione abrió el que tenía delante.

Vasos, tazones, tazas de té. La cerró.

—Señorita Granger... —El tono de la señora Malfoy era pensativo; parecía que llevaba un rato contemplando lo que iba a decir—. He notado en nuestras interacciones que eres muy obstinada y haces muy poco por censurarte.

—No te equivocas, pero en ese aspecto creo que nos parecemos más de lo que te gustaría admitir.

Narcissa hizo un gesto despreocupado con su delicada mano.

—A mi edad, creo que me he ganado el derecho a decir lo que pienso, ¿no te parece?

—Tienes ese derecho, igual que yo tengo derecho a decir mi opinión. La edad no significa que tengas carta blanca, ni que estés exenta de rendir cuentas por tus palabras y actos.

—No pretendo ofenderte, por supuesto. Solo estoy tratando de conocerte mejor, ya que vamos a estar cerca la una de la otra en un futuro próximo. —Narcissa se aclaró la garganta como si quisiera decir algo más, pero se detuvo.

Hermione la miró por encima del hombro, con una ceja levantada, expectante.

—Continúa.

—Es que, durante nuestras interacciones, me he dado cuenta de algunas cosas. Tienes la edad de Draco, ¿verdad?

—Por lo que recuerdo, soy casi un año mayor, pero casi. Cumpliré treinta y dos en septiembre.

—¿Estás casada?

—No.

—¿Divorciada? —notó un anticuado disgusto en su voz ante esa palabra.

—No.

—¿Comprometida?

—No, estoy soltera.

—Desde hace años, me imagino, ¿cierto? —la pregunta sonaba inocente, pero había algo de condescendencia ahí—. Tu falta de respuesta significa que es un sí. Interesante. —Narcissa se pasó los dedos por el collar, que a menudo desentonaba con su atuendo—. Tiene sentido que estés soltera a tu edad. Tu actitud intransigente es impropia de una mujer que busca marido.

—No todo el mundo quiere casarse.

Miró a Hermione con complicidad.

—Eres muy liberal, señorita Granger —era el mismo tono de voz que alguien con dinero usaría para llamar a otra persona pobre—. Sin embargo, eres una mujer. Está en nuestra naturaleza el querer casarnos, formar una familia, sentar cabeza y ser una esposa.

Había dos opiniones muy diferentes compitiendo en la cabeza de Hermione.

La primera era la molesta verdad de que Narcissa no estaba equivocada. Hermione había tenido la idea de comprometerse para construir una vida con alguien y tener sus propios hijos, pero no había funcionado.

Si debía ser sincera, después de Ron no lo había intentado más.

Tal vez fuera por miedo a cometer errores o por las dudas que tenía sobre el compromiso.

Sin embargo, la segunda idea fue más fuerte y estaba irritada por la acusación de Narcissa.

Hermione era, en efecto, una mujer. Aunque no juzgaba a nadie que quisiera seguir ese camino, porque sería su elección, ella tenía aspiraciones más elevadas que ser solo una esposa, el estar casada con el único propósito de ser madre.

Pero como profesional, se negaba a dejar que Narcissa la provocara. En lugar de una respuesta, siguió buscando un lugar para guardar las pociones semanales.

Eso no le impidió formular al menos diecisiete respuestas en su cabeza.

Porque una no era suficiente.

—El armario de la esquina superior está vacío y servirá.

Mientras Hermione empezaba a colocar cuidadosamente los frascos etiquetados en fila y a organizarlos, Narcissa se aclaró delicadamente la garganta como si estuviera a punto de dirigirse a un público.

Ya nerviosa por tener que censurarse a sí misma, Hermione se tensó y apretó los dientes.

—¿?

—Debo confesar que me intrigas, señorita Granger. —No estaba segura de si eso era bueno o malo, pero decidió que lo mejor sería dejar que Narcissa continuara sin interrumpirla. Si su voz hubiera sido un poco más aguda, hubiera sonado igual que Umbridge—. Veo mucho de mí misma en ti y por eso he decidido darte un consejo de amiga. Algo que mi madre me dijo una vez.

Hermione ignoró la forma en que las palabras de la mujer la hicieron sentir como si fuese una rata que había aprendido a apretar un botón sin haber sido adiestrada.

—No estoy acostumbrado a tu cultura, señorita Granger, pero los magos no quieren una esposa que los castre, que los desafíe en todo y que sea demasiado capaz de cuidar de sí misma. Que estén demasiado acostumbradas a estar solas. Los magos quieren ser necesitados. Adorados. Que los atiendan. Quieren liderar, no ser liderados. Aunque tengas que fingirlo, señorita Granger, te sugiero que aprendas a bajar la cabeza si alguna vez esperas casarte.

Hermione hizo una pausa en la colocación de las últimas pociones de la mañana en una fila ordenada en el estante mientras decidía si responder o fingir que no había oído.

No era la primera vez que alguien le decía eso, así que las palabras no la irritaron tanto. De hecho, Hermione le dio las gracias en silencio a la señora Weasley, que, durante todas sus charlas mientras salía con Ron, la había preparado sin darse cuenta para una situación actual.

Hasta su respuesta había preparado.

Sí, una respuesta, porque ya no podía mantener la tranquilidad cuando la habían perturbado tan profundamente.

Sencillamente, no estaba en su naturaleza ser sumisa.

Hermione colocó un frasco en el estante y continuó trabajando, terminando de ordenar el último de los frascos de la mañana antes de inhalar, exhalar e invocar la calma en su voz, cosa que ni siquiera ella había esperado poder hacer.

—Esa es la diferencia entre nosotras, supongo.

—¿Oh?

Hermione empezó con los viales de la tarde, todavía de espaldas a Narcissa.

—A diferencia tuya, yo no fingiré ni interpretaré un papel solo para atraer o complacer a un hombre. Sí, hombre, porque los magos son hombres. No hay distinción entre los dos. Si un hombre me quiere, me querrá como soy y querrá lo que en el futuro quiera ser. Estoy en constante crecimiento y cambio, cosa que espero que él haga también. No se sentirá intimidado ni castrado por mi poder, ni por , porque el hombre que yo elija será eso: un hombre. No, un niño inseguro —intentó disminuir la energía que acompañaba a sus palabras, pero no lo consiguió—. El hombre que elija estará seguro de sí mismo y de los papeles que desempeñaremos el uno en la vida del otro. Y cuando lo complazca, no será porque esté apelando a su ego, sino porque quiero hacerlo. Porque lo amo y lo respeto a él y a lo que compartimos. Cuando él elija liderar, yo le seguiré, no ciegamente ni como un acto de apaciguamiento, sino que lo haré por elección. Antes que nada, seremos compañeros, lo que significa que confiaré en que no tomará decisiones que nos afecten a ambos sin consultarme primero. Será nuestro deber del uno con el otro y él...

—Draco, ¿cuánto tiempo llevas ahí parado?

Esta metedura de pata podría haberse evitado si Hermione hubiera estado más atenta a lo que ocurría a su alrededor y no hubiera estado completamente inmersa en su desvarío. Fue como un viento que desvaneció las velas de su argumento; la energía detrás de sus fervientes palabras murió en su garganta ante la interrupción. Luego perdió el equilibrio, tanto en sentido figurado como literal; su tacón perdió agarre y trastabillo.

El grito ahogado de Narcissa fue lo único que oyó cuando consiguió mantener a salvo un frasco y no arruinar una noche de trabajo al apoyar los codos en la encimera.

—Señorita Granger, ¿se encuentra bien? —Narcissa tuvo la decencia de sonar preocupada.

—Estoy bien. —Hermione se incorporó y reanudó su tarea. El tobillo le dolía tanto como su orgullo, pero prefería romperse un hueso que admitir que no estaba bien—. Voy a terminar aquí y me iré. Volveré por la mañana con tu comida.

—¿Estás segura...?

—¡Estoy bien! —Eso sonó demasiado brusco; Hermione volvió a intentarlo, aún de espaldas—. Gracias por tu preocupación, pero estoy perfectamente bien.

El silencio que siguió fue tan largo como ensordecedor. Podía sentir sus ojos clavados en ella. Se le calentaron las mejillas, pero Hermione se tomó su tiempo y se serenó mientras seguía colocando los frascos de pociones en el estante. Al darse cuenta de que se le estaban acabando las excusas para no darse la vuelta, se sintió aliviada cuando Narcissa empezó a hablar con su hijo.

—¿Cuánto tiempo llevas en casa, Draco?

—No mucho. ¿Cómo estuvo Scorpius hoy?

Lo primero que Hermione notó fue que sonaba más maduro; por supuesto que sí. Ya no eran niños asustados en bandos opuestos de una guerra. Tenía sentido que su voz fuera diferente, que su tono se hubiera vuelto más grave, que su tenor fuese más seguro y rico. Seguía sonando elegante, eso era algo que nunca cambiaría, pero a Hermione le resultaba extrañamente tranquilizador saber que, aunque algunas cosas podían cambiar, otras seguían siendo igual.

—Se portó bien y no hubo incidentes. No es que debas preocuparte.

La frase hizo que Hermione ladease la cabeza antes de ignorar la punzada de curiosidad. Le quedaban diez minutos para terminar su visita e irse al teatro para la función. La tensión en la cocina había subido tanto que sabía que no debía atraer la atención sobre ella. Ni sobre su tobillo lastimado.

—Bien —suspiró de forma audible y Hermione entrechocó con cuidado dos viales para ocultar que estaba escuchando—. ¿Dónde está?

Había un matiz de algo en su voz que no pudo definir.

—Lo llevaré a cenar a la finca Greengrass —dijo Narcissa—. Supongo que trabajarás hasta tarde...

—Así es.

Se hizo otro silencio, pero no duró tanto.

—Por favor, aféitate ese espantoso vello facial. He programado una reunión para un futuro matrimonio con la hija mayor de los Sayre. Ahora tiene veinticinco años y, aunque me parece que ya es muy mayor, tú...

—Cancélala —el tono de Malfoy contenía una especie de orden que Hermione rápidamente comprendió. La conversación había terminado—. Esta noche trabajaré en mi despacho.

—Al menos podrías aparecer en la cena…

No. Disfruta de la velada.

—Sé que Scorpius va a sentarse a tu despacho por las noches. No lo mantengas despierto hasta tarde, Draco. Tiene un horario que cumplir. La niñera dice que últimamente ha estado gruñón por las mañanas.

—¿Qué quieres que haga, madre? —la pregunta sonó hueca. Vacía. Y fue seguida de una pausa tensa—. ¿Quieres que lo rechace?

—Draco...

—Hemos terminado.

Hermione seguía de espaldas, pero la tensión que percibía era fuerte y rabiosa. Visceral. Pero esa tensión provenía de Malfoy y era lo suficientemente tangible como para que ella pensara que podía alcanzarla y tocarla. Pero no lo haría. Sabía que no debía. Parecía que Malfoy habló en un tono tan controlado, pero sabía que alguien tan intrínsecamente volátil seguramente explotaría con el menor descuido.

El sonido de Narcissa moviéndose llegó hasta ella justo antes de que oyera sus tacones tocar el suelo de madera.

—¿Necesita algo más, señorita Granger? —había una capa de cansancio en la voz de Narcissa que no había estado allí antes—. Tengo otro compromiso que atender.

—Claro —contestó Hermione, solo después de un pequeño silencio mientras intentaba, en aras de la decencia, no parecer que estuvo escuchando a escondidas.

Y así fue.

Sinceramente, ¿cómo podían esperar que alguien no los escuchara?

Hermione era entrometida. Demasiado para su propio bien. Con una insaciable sed de conocimiento, incluso quería saber cosas que no le concernían; mantener una conversación críptica en su presencia era como poner un vaso de Firewhisky delante de un alcohólico y decirle que no bebiera.

Una hazaña imposible.

Cuando lo consideró, Hermione llegó a una excelente pregunta: ¿Se podía considerar que estuvo espiando cuando ellos hablaron tan libremente delante de ella?

La respuesta era sencilla: No.

Se aclaró la garganta.

—Terminaré aquí y te veré por la mañana.

—Muy bien.

Los tacones de Narcissa resonaron en el suelo de madera al salir. Hizo una pausa, pero luego continuó; sus pasos se desvanecieron en la nada. Hermione se relajó y puso el último frasco en el estante; después recordó algo importante.

No estaba sola.

Cerró el gabinete y se dio vuelta con cuidado, sin apartar los ojos del suelo para no pensar en su tobillo dolorido. Apoyó las manos en el borde de la encimera de granito mientras levantaba la mirada hacia el Malfoy que quedaba; estaba parcialmente oculto por la isla que los separaba.

A pesar de los recientes desvaríos de Parvati sobre que Malfoy era un bombón, durante el último año y medio, Hermione había estado escuchando a Harry vocalizar sus quejas sobre su comportamiento y carácter. Las quejas de Harry, unidas a cómo ella lo recordaba, habían creado en la cabeza de Hermione una imagen detallada de cómo se suponía que era Draco Malfoy: un imbécil, delgado, pálido y mordaz, de fríos ojos grises, que llevaba el cabello como su padre, al que pretendía emular.

La versión real no se parecía en nada a su imagen mental.

Salvo por su actitud, Malfoy nunca había sido descrito como feo. En todo caso, el paso del tiempo solo sirvió para hacerlo estéticamente más atractivo. La idea era tan ridícula que Hermione la rechazó al instante. Por si fuera poco, quemó la noción de lo prohibido, barrió mentalmente las cenizas en un montón y las tiró a la basura.

Barrer siempre dejaba residuo, pero no lo suficiente como para que importara.

Malfoy era más alto de lo que recordaba, quizás más que Harry. Aún era delgado y pálido, pero no de forma casi translúcida como había lucido después de vivir el infierno de tener a Voldemort como huésped. Hoy se veía más fuerte. Serio. Equilibrado. Se mantenía erguido; se notaba mucho más seguro de sí mismo. Hermione supuso que eso lo había logrado con la edad, porque Malfoy había madurado, al menos físicamente.

El tiempo y un poco de vello facial habían afilado sus rasgos, haciéndolo más refinado. Pero no lo suficiente como para parecerse a su padre. En ese sentido, Malfoy llevaba el cabello rubio de forma diferente a lo que ella esperaba; no era largo como lo usaban otros hombres de sangre pura, sino corto y bien peinado.

Le... Sentaba bien.

Estaba...

Caminaba hacia ella.

Sus zapatos resonaban en el suelo de madera.

Hermione no apartó la mirada, consciente de que lo estaba mirando con descaro. Pero él le devolvió la mirada, con ojos grises ilegibles. Tenía un ligero tic en la mandíbula y un destello de lo que parecía ser una extraña mezcla de curiosidad y sospecha pasó por su rostro cuando se detuvo en el extremo opuesto de la cocina.

Por la forma en que estaban ahora, uno frente al otro sin ninguna isla entre ellos, parecía como si se estuvieran preparando para un duelo.

Se le aceleró el pulso, preparándose para la lucha. Su varita; ansiaba sentir su fiel madera de vid en su mano, pero la varita estaba dentro, en su bolso de cuentas, lejos de ella.

Hermione se separó de la encimera, caminando con normalidad y confianza, a pesar del dolor punzante en el tobillo. Tomó su bolso y volvió a mirar al hombre que no había movido ni un músculo, fijándose en pequeñas cosas: la forma en que estaba de pie, su anillo de sello, la manera en que la observaba, como si fuese un maestro de ajedrez que analizaba los movimientos de su oponente. Pero, sobre todo, Hermione se fijó en su lenguaje corporal: relajado y completamente opuesto a la intensidad que desprendía.

Tenía que decir algo.

El aire entre ellos estaba demasiado tenso como para permanecer en silencio, así que Hermione optó por algo sencillo.

—Malfoy.

Lo miró a los ojos, pero no vio nada perceptible... Excepto el momento en que él dejó de mirar y empezó a ver.

El peso de su mirada sobre ella era inquietante. Hermione luchó contra la incómoda sensación, apenas reconociéndose a sí misma en este escenario en el que debería haber podido decir muchas cosas, pero era incapaz de hablar.

Los ojos de Malfoy pasaron rápidamente de sus pies a su rostro, pero a Hermione no se le escapó el hecho de que, en aquella mirada, él la había evaluado completamente.

Un rápido vistazo al reloj de la pared que había detrás de él, junto con una extraña sacudida, le indicaron que era hora de irse.

Girando sobre sus talones, Hermione se aseguró de mantener el dolor fuera de su rostro y de su andar, y se alejó. Con pasos cuidadosos, pero no demasiado. Sentía sus ojos clavados en ella como alfileres. Eso hizo que quisiera irse más rápido.

Su estrategia de huida fue casi un éxito hasta que él dijo una palabra.

Granger.

Hermione tardó hasta el intermedio de la obra en darse cuenta de que algo más había cambiado en él.

Malfoy no había dicho su nombre como si fuese una maldición o una palabra sucia que tuviera que escupir.

En cambio, sonó como un acertijo.

Uno que pretendía resolver.

El principio de la sabiduría es llamar a las cosas por su nombre

Proverbio

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Notas: ¡Hola! ¿Cómo están? ¡Uf! Siento que los primeros días del mes se me pasaron volando y no tuve tiempo para nada relacionado con los fics. Tuve que sacrificar una horita de sueño, pero al fin pude terminar las actualizaciones para este mes. Nos estaríamos viendo nuevamente el próximo mes.

Naoko Ichigo