Núcleo de la Red – Minutos después

El cuerpo de Ivan se desplomó al fin.
Los cables se soltaron como si lo abandonaran, y la luz del soporte vital se extinguió con un suspiro sordo.

La red mutágena... murió.

Y en ese instante, como si una cuerda invisible se rompiera en todo el sistema, Yao cayó de rodillas en el corredor superior, observando la descomposición de su obra maestra.

—No… no… sin Ivan, no pueden obedecer… no…

Los mutados a su alrededor —los últimos condicionados, los más fieles, los más leales— comenzaron a mirarlo.

No con devoción.

Con hambre.

—Ustedes me pertenecen… ¡Yo los salvé! ¡YO LOS HICE LIBRES!

Pero no lo escuchaban.
Ya no eran su ejército.

Uno de ellos lo sujetó. Otro lo desgarró.

Y así, Yao desapareció entre los brazos de sus propias criaturas.

La red se rompía no solo en sistemas, sino en ideología.

La colonia entera tembló… y por primera vez en años, respiró sin miedo.

Refugio Central – Laboratorio médico

Los refugios comenzaron a abrirse. Las compuertas selladas cedían, y con ellas emergían los rostros del encierro.

Omegas y betas que nunca habían visto la luz del exterior, alfas cuyos cuerpos aún temblaban por la mutación contenida. Algunos despertaban como de un trance.
Otros lloraban.

Francis no ocultaba sus lágrimas.
Arthur, aunque agotado, seguía estabilizando niveles hormonales.

—Están volviendo… los que quedaron con humanidad, están volviendo —murmuró Arthur, sin dejar de observar a los pacientes.

Francis lo miró.
—¿Y tú, Arthur?

Arthur sonrió con un brillo tembloroso en los ojos.

—Yo… estoy volviendo a casa.

Entrada al refugio, más tarde

La noche caía, pero la colonia no estaba dormida.

Los fuegos del combate se apagaban. Los sobrevivientes se abrazaban. Algunos cantaban. Otros simplemente se dejaban caer al suelo, sin decir una palabra.

Y entre ellos… Alfred.

Sangriento. Sucio. Exhausto. Pero vivo.

Sus ojos buscaron entre los rostros.
Y lo encontró.

Arthur, con la bata abierta, los guantes colgando de un bolsillo, caminando hacia él como si nada más existiera.

No se dijeron nada.
Se encontraron.

Los brazos de Arthur rodearon el cuello de Alfred, y Alfred lo sostuvo como si nunca más pensara soltarlo.

Los besos fueron torpes al principio. Luego desesperados. La adrenalina, la vida, el dolor, la necesidad… todo se mezcló.

Se refugiaron en una habitación apartada, de esas donde antes almacenaban suministros.

Ahí, por fin, pudieron amarse sin miedo.
No como Alfa y Omega.
Sino como sobrevivientes. Como compañeros.

Perímetro de evacuación – Más tarde

Gilbert, con una manta sobre los hombros, apoyado en Ludwig, observaba el caos transformarse en calma.

Gente salía de los túneles. Niños. Ancianos. Betas desnutridos. Omegas marcados por la red.

Y entonces…

Una voz.

No un grito. No un canto.
Solo un nombre.

—Gilbert…

Su cuerpo se tensó.

Giró.

Entre la multitud.
Delgado. Ojeroso. De pie con esfuerzo.
Roderich.

Los ojos de Gilbert se abrieron como si lo hubiera imaginado.

Pero no era un recuerdo esta vez. Era real.
Roderich estaba vivo.

Ludwig soltó lentamente su brazo. No dijo nada.

Gilbert dio un paso. Luego otro.
Y cuando finalmente llegó hasta él…

No hubo palabras. Solo un abrazo.

Un reencuentro largamente esperado. Gilbert entonces pudo liberar su carga, entre lagrimas, sujeto aquello que por un momento creyó perdido.

-Eres un imbécil-murmuro Roderich molesto

El ligero ardor de los dientes del beta en sus glándulas le dio una prueba mas de que Roderich no era un sueño.

-¿Por que no vamos a una cama vacía y te demuestro lo mucho que lo lamento?- contesto con picardía. El beta solo pudo encogerse entre sus brazos mientras soltaba una leve carcajada.