Sam es un nuevo enfermero en el Asilo Monte Val donde conoce a James Barnes, un señor de 107 años que asegura ser un Sargento que peleó al lado de un tal Capitán América. También cree que Sam es un ángel.


Delirios.


La habitación a la que ingresaron era amplia, limpia y carente de cosas personales, tenía la simple decoración estándar del lugar. Justo frente a la ventana estaba un hombre anciano con cabello blanco y pronunciadas arrugas, en silla de ruedas y sin brazo izquierdo.

—¿Señor Barnes? —saludó la enfermera Carla después de tocar la puerta—. Señor Barnes, quiero presentarle a su enfermero.

—Te dije que no lo necesito, Carla —gruñó el hombre, con voz ronca y sin siquiera moverse.

—Yo creo que podría gustarle —sonrió ella. El hombre resopló y negó.

—A menos que sea de las que traen comida con nada más que un bikini brillante, no estoy interesado —protestó mientras presionaba un botón de su silla, esta de inmediato comenzó a girar para darle la espalda a la ventana—. Debe ser muy guapa, alta y… Sam.

El nombre se le había escapado como una exhalación incrédula. La mirada traviesa que brillaba en sus ojos se esfumó en el mismísimo instante que sus ojos encontraron la figura masculina y uniformada de púrpura junto a Carla.

—Sí, señor, mi nombre es Sam, Sam Wilson —asintió el enfermero mientras sonreía.

—¿Cómo…? ¿Por qué te…? ¿Tú estabas…? ¿Todo este tiempo tuve…? —murmuró y balbuceó con los ojos estáticos en Sam, su mano formaba un puño que presumía de fuerza y rabia. Giró su rostro hacia el hule que pretendía ser un espejo, pronto su mirada se iluminó en ira antes de volver a mirar a Sam y gritar: —¡Hijo de puta! ¡ERES UN MALDITO HIJO DE PUTA! ¡MALDITO DESGRACIADO HIJO DE PUTA!

El señor Barnes gritó con una voz altísima, grave, iracunda y rabiosa. Su rostro estaba enrojecido, su cuerpo temblaba y los bramidos no paraban.

—¡DESGRACIADO! ¡JODIDO DESGRACIADO! ¡MALDITO!

Carla había corrido para intentar tranquilizar al Señor Barnes mientras Sam volvía al pasillo para conseguir un tranquilizante. Los gritos del Señor Barnes no tardarían en perturbar al resto de los residentes y crear un caos.

Sam regresó con un líquido transparente en una jeringa, se acercó con precaución al señor Barnes, cuidando que no le lanzara un golpe descuidado, y simplemente lo hizo. Perforó la piel con la aguja y presionó el émbolo, el líquido se vació y el señor Barnes disminuyó sus movimientos mientras bajaba el volumen de sus gritos, aunque no se contuvo de seguir hablando hasta el último segundo.

—Ese maldito. Hijo de puta. Lo mataré. Mataré a Strange. Es un maldito hijo de puta. Él sabía todo. Él sabía que estaba aquí. Jodido Doctor Strange. Lo mataré. Lo haré. Lo arrastraré al maldito infierno. Lo juro. Yo mismo lo haré, lo llevaré…

Entonces se detuvo. Sus párpados no se mantuvieron abiertos por sí mismos, su cuerpo quedó flácido en la silla de ruedas y su cabeza cayó hacia un lado sostenido por la palma de Sam.

—Te presento a tu paciente, Wilson, él es el señor James Barnes —anunció Carla, con la respiración agitada y facciones cansadas—. Hombre de 107, veterano de guerra, retiro gubernamental, estrés post-traumático, pérdida del brazo izquierdo y constantes delirios —suspiró y le mostró una sonrisa apretada—. Bienvenido a Monte Val.

Sam había sido asignado a Monte Val muchísimo antes de que llegara a Brooklyn, durante el verano, mientras arreglaba la vieja tienda de sus padres. Había discutido con Sarah al respecto, ella insistía en que podían vivir con lo que los desayunos y la pesca les dejaba, pero Sam siempre ha sido un visionario y creyó que una remodelación de la tienda sería perfecta para ayudar a sus sobrinos a descubrir su camino mientras ganaban unos dólares.

El correo electrónico llegó justo cuando terminó la compra de un par de estantes por eBay, anunciaba que su nueva locación de trabajo sería en la Residencia Monte Val de Brooklyn. Sam ni siquiera se molestó en revisar si había vacantes en Nueva Orleans, no la quería, estaba feliz si salía de ese lado del país. Otra cosa por la cual discutió con Sarah.

Así que aprovechó el verano y dejó la tienda funcional antes de terminar el mes de agosto, en septiembre ya estaba en la fila de taxis del aeropuerto esperando su turno para dirigirse al asilo Monte Val.

Tenía que admitir que era un buen sitio, era cercano a la naturaleza, alejado del excesivo ruido de la ciudad, accesible a rutas conocidas, pintoresco, iluminado y bastante habitado. Desconocía el total de residentes, entre pacientes, enfermería, doctores y administración debían ser un montón, pero la verdad es que no le interesaba mucho en su primer día.

Se concentró en escuchar a su jefa, Melina Vostokoff, memorizó alas, salones, secciones, numeraciones y áreas. Recibió su uniforme púrpura, identificación oficial, la llave de su habitación, horario y generalidades de su paciente.

—Sección tres, habitación seis, James Barnes —leyó Melina, apenas lanzándole una mirada para asegurarse de su atención—. Carla Tate se encargará de presentarlo, Wilson.

Sam asintió y se retiró detrás de Carla, una enfermera joven y delgada que saludaba con una sonrisa amable a cualquiera que pasaba a su lado mientras comentaba distraídamente sobre lo mejor de la cocina y los juegos de mesa menos aburridos.

—Vamos, te presentaré y te daré unas instrucciones a seguir con el señor Barnes.

Sam era un hombre optimista, pero no estúpido, sabía que todo estaba a punto de ponerse difícil cuando el hombre que lo recibió en la habitación ni siquiera lo miró, cuando insinuó que quería a una chica en bikini para atenderlo, cuando le gritó que era un hijo de puta y cuándo declaró un par de veces que mataría a un supuesto Doctor Stange.

—Bienvenido a Monte Val —le repitió Carla cuando su turno finalizó y Sam se volvió el único enfermero a cargo del Señor Barnes.

Mentiría si dijera que no estaba intrigado, ciertamente preocupado, pero sumamente curioso por ese hombre. Comenzando porque tenía 107 años y se veía tan sano como cabría esperar, porque llevaba un tiempo siendo paciente de Monte Val y no tenía muchas pertenencias, porque era un hombre delirante y Dios sabía que Sam adoraba el mundo de mentes existentes en el planeta. El señor Barnes era, sin duda, el hombre más intrigante que había conocido en su carrera, y cada comentario que recibía sobre él sólo aumentaba su curiosidad.

Sam volvió a encontrar al señor Barnes despierto y tranquilo hasta las siete y cuarto de su primer día. Sentado de costado a la ventana, notó cuando Sam entró a la habitación.

—Nunca he sido bueno con las primeras impresiones, Sam, ya debes saberlo —resopló el hombre como saludo. Sam le sonrió y se acercó con cautela.

—Está bien, escuché que no esperaba a nadie, señor Barnes —comentó Sam—. A decir verdad, tampoco soy bueno con las primeras impresiones.

—Tonterías —aseguró con media sonrisa—. ¿Por qué no vas por unas galletas de avena a la cocina y nos conocemos un poco? Para mejorar la primera impresión.

El señor Barnes le guiñó un ojo y Sam le devolvió una sonrisa cómplice antes de acceder.

Las galletas de avena no sabían ricas, pero Sam lo atribuyó a ser un fanático del azúcar y esas galletas no son más que avena y canela molidas. Al señor Barnes le gustaban, y le dieron tiempo a Sam de responder a sus preguntas mientras las comía.

—Tiene muy buena vista, señor Barnes —señaló Sam cuando terminó de hablarle de su antiguo trabajo en Luisiana. Recordó que el señor Barnes no necesitó más que ver su gafete para decir su nombre en su primer encuentro.

—Tal vez James —dijo con un asentimiento y voz ronca, como si estuviera hablando para sí—. Deberías llamarme James, Sam, el señor Barnes era mi padre —aclaró con una media sonrisa.

—Claro —le sonrió de acuerdo, considerando que tal vez era su turno de hacer preguntas—. ¿Recuerda mucho a su padre, James?

—Perdí muchos recuerdos —suspiró el anciano, un suspiro que tal vez tenía la intención de ser un gruñido—. Pero tengo buena memoria —añadió rápidamente—. Recuerdo lo mejor y lo peor de la guerra, de muchas. Recuerdo a mi madre y su espectacular sopa de patatas, tan espectacular como podría ser en aquellos años. Recuerdo la risa de mi hermana, también su feo conejo de peluche. Recuerdo algunos amigos, prisioneros. Y la guerra fue… pues inolvidable.

Parpadeó en dirección a la bandeja de galletas vacía y bufó antes de extenderla hacia Sam.

—Tal vez te gusten más las galletas de vainilla que hacen los jueves.

—Si no tienen una buena cantidad de azúcar, lo dudo mucho, James.

—¿Acaso quieres matarnos, Sam?

—Ni soñarlo.

Sam ya había comprendido que el señor Barnes, James, estaba más que acostumbrado a no tener un enfermero. En realidad tenía razón al decir que no lo necesitaba, él parecía perfectamente capaz de hacer todo por su cuenta, sin importar la silla de ruedas o la ausencia de su brazo.

A primera hora de la mañana James ya estaba vestido y desayunando en su habitación, él mismo se encargaba de ir a la cocina por su plato bien caliente y llevarlo junto a su ventana. Iba al baño por su cuenta y se escabullía al salón de artes por alguna cosa para entretenerse.

Así que en realidad parecía que el trabajo de Sam era más bien hacerle compañía y extenderle sus medicamentos en la hora correcta; James solía fingir recordarlos de repente, pero en realidad prefería no tomarlos.

No preguntó por su actitud o capacidades cuando recogió su primer cheque.

Sin embargo, sí pidió un par de permisos.

—No creo que pueda salir a este lugar, Sam —comentó James con una sonrisa aparentemente divertida.

—Es parte de la propiedad de Monte Val, James, no lo meteré en problemas.

—No me preocupaba por mí —murmuró mirándolo de soslayo. Sam rió y negó con la cabeza sin dejar de empujar la silla por el césped.

—Oh, no, tampoco tendré problemas. Yo me encargo de alimentar a estos amiguitos, Melina me dio su consentimiento.

Era algún lunes alrededor de las nueve de la mañana, Sam llevaba cerca de veinte días siendo enfermero del señor Barnes en Monte Val, y no podría estar más encantado por ello.

Antes de que James pudiera preguntar de qué hablaba, Sam avanzó el último tramo hasta un montón de árboles con copas enormemente frondosas y coloridas. De las ramas colgaban casillas de madera coloridas, todas con al menos dos pajarillos posados en ellas y picoteando la comida.

—Uh, con que aquí llegan todas las manualidades de los viernes —observó divertido. Sam rió y asintió—. Melina seguramente convirtió el alimentarlos en un programa de rehabilitación o algo así.

—Actividad de contacto con la naturaleza para los residentes —recitó Sam, riendo ante el resoplido de James—. Hasta ahora somos dos miembros, usted y yo, James. Bienvenido a la naturaleza.

—Me temo que serás sólo tú, Sam. No le agrado a los animales.

—Tonterías. Traje algunas galletas insípidas, con algo de comida en las manos no tendrán más opción que agradarle, James.

—Espero que esas no sean mis galletas de avena.

—¿Lo ve? Hasta pueden compartir la merienda.

Cuando James no estaba juzgando las aves y lanzándoles trozos de galleta demasiado grandes, estaba mirando el cielo, lo hacía como quien jamás ha visto un cielo tan claro, como esperando algún cometa o una lluvia de estrellas. Miraba con el entrecejo fruncido y gestos de anticipación. Sam no se atrevió a mencionar que no había pronóstico de lluvia, lo dejó mirar, y se preguntó vagamente si acaso es por eso, por lo que sea que pase por su mente cuando ve el cielo, que prefiere mirar el paisaje detrás de su ventana.

No le preguntó tampoco.

—¿Has pensado qué se siente volar? —preguntó James.

Era una de esas tardes en las que salen al patio y prefieren escuchar a las aves en lugar de alimentarlas. Sam ha cargado una mesa de metal bajo un árbol, ha calculado y acertado en que tendrían sombra en asientos frescos bajo este a la hora precisa de su paseo. James le mostraba cómo jugar un juego de cartas que Sam aún no comprendía y sobre el que estaba seguro de que James hacía trampa.

—Ya lo se —rió Sam, haciendo un ademán para restarle importancia.

James apartó la mirada de sus cartas y lo observó con ojos estrechos, pero Sam se atrevería a decir que lucían algo impresionados y curiosos.

—¿De verdad?

—Claro —exclamó divertido—, todo el tiempo sueño que puedo volar con un par de alas enormes y asombrosas.

James suspiró como desinflándose y bajó sus cartas con un juego ganador. Sam resopló y bajó una muy patética jugada.

—Desearía que pudieras hacerlo, Sam —suspiró James, con su mirada puesta en un par de aves revoloteando sobre las copas de los árboles—. No serías como uno de esos pajarillos, tu serías un ángel.

Sam dejó de barajar las cartas y le sonrió agradecido.

—Lo agradezco, James, es muy halagador.

James no le respondió, mantenía la mirada en las aves y en el cielo hasta que comenzó una nueva partida de cartas.

Sam llevaba alrededor de dos meses cuidando del señor Barnes, lo había recibido bien y tenían una relación amable, amistosa y profesional. Recordaba constantemente que era un hombre al que no le agradaban los enfermeros que lo cuidaban y, aunque desconoce los motivos, imaginaba que a eso se debe el que lo vea como un ángel.

Le gustaba, le hacía sentir bien, apreciado, halagado y agradecido.

Así que lo presumió con su compañera Penélope y lo que escuchó a cambio no era lo que esperaba.

—Vaya, yo creí que ya había mejorado con los delirios.

—Bueno, no ha habido nada bajo mi cargo —refutó dubitativo. Penelope sonrió suavemente, casi que apenada.

—Oh, Sam, el señor Barnes habla constantemente de ángeles, guerras, galaxias y hechicería —suspiró—. Especialmente de su ángel, pasó mucho tiempo medicado por ello.

Sam estaba confundido. No creía ni por un segundo que el señor Barnes tuviera delirios como para medicarlo, en especial no creía que llamarlo "ángel" sonara como un delirio.

Seguía siendo un veterano de guerra, sin brazo y sobre una silla de ruedas. Quizá no estaba delirando, tal vez, sólo tal vez, estaba sufriendo de estrés postraumático. Le horrorizaba la fatídica idea de un hombre traumatizado siendo sometido a tratamientos que definitivamente no servían para nada más que vaciar su cerebro poco a poco.

Es así que Sam terminó escabulléndose a la habitación de James un sábado por la noche, después de su última medicación y antes de su último chequeo de Glc. Sam sostenía el glucómetro cuando abrió la puerta sin llamar, requirió de toda su cordura para no dejarlo caer en cuanto vio a James.

—Usted…

—Cierra la puerta, Sam —pidió James con voz tranquila y baja.

—Estás de pie —exhaló sorprendido.

—Sam, cierra la puerta —repitió.

—Tú… tú puedes caminar… estás de pie —continuó Sam torpemente.

—Entra y cierra la puerta de una vez —ordenó con el entrecejo fruncido. Sam obedeció porque quería una explicación, no porque James le estaba dando una orden.

—No está en posición de exigir, James, requiero una explicación porque se están violando varias reglas.

—¿Por la estúpida silla de ruedas? —bufó malhumorado—. Ya saben que no la necesito, sólo la usan para mantenerme aquí.

—¿Qué? —masculló incrédulo, porque era imposible, ridículo, absurdo y una completa mierda. James no pudo haber sido arrastrado en esa silla de ruedas desde que ingresó sin necesitarla. No era posible.

Pero el hombre anciano suspiró y se encogió de hombros, caminando perfectamente desde el frente de la silla hasta su cama, se dejó caer en ella y volvió a suspirar.

—Escucha, Sam. Tal vez Carla no habló mucho contigo sobre mi, está bien, en realidad sabía mucho menos que tú, pero sí sabía que la mitad de cosas que recibo no las necesito —explicó en tono sombrío y resignado. A Sam le dio escalofríos—. No estás en problemas. Melina sabe que no tengo inconvenientes para caminar, pero se ha firmado en mi ingreso que debo usarla.

—¿Por qué? ¿Quién carajo lo pondría en esa silla sin necesitarla? —exclamó Sam, escandalizado e indignado—. James…

—Está bien, Sam. Puedes preguntarle a Melina. Estoy bien con la silla.

Sam no respondió en absoluto. No se trataba de estar de acuerdo, se trataba de consentimiento, veracidad, certeza y un maldito diagnóstico adecuado. Después de la insinuación de medicación contra alucinaciones que probablemente no era más que estrés postraumático, Sam no se podía quedar de brazos cruzados.

Revisó y registró los datos de James sin mayor interacción, le deseó una buena noche y se dirigió con Melina.

—El señor Barnes, él… En su expediente no menciona la silla de ruedas, Melina —dijo atropelladamente, sin esperar a saludar ni mucho menos. La mujer lo miró por encima de sus gafas y negó.

—No. La silla es parte de sus pertenencias —respondió con desinterés—. Su sobrino Jhon lo trajo a Monte Val en ella junto con una maleta que perdió cuando lo cambiaron de habitación.

—¿Y nunca investigaron si era necesario utilizarla?

—Sam, sabes que los pacientes tienden a tener objetos de apoyo, desde peluches hasta retratos, y no hay estudio que lo explique. No podía arriesgarme y apartarlo de su silla de ruedas con la incertidumbre de perjudicarlo. Barnes ya había tenido un ingreso muy duro sin mi ayuda.

Pero a Sam no le constaba nada de eso, y no podía sólo pararse frente a su jefa y exigir respuestas que no ella parecía tener.

—Sé que te has encariñado con él, Sam, pero fue un largo camino tener así de estable al señor Barnes. No lo presiones —más que una sugerencia, sonaba como una orden.

Pidió un día libre lo antes posible, y en cuanto la administración le hizo saber el día, llamó a Carla, la antigua enfermera de James.

Brooklyn se mantenía frío y húmedo incluso en el atardecer, incluso dentro de una cálida cafetería, incluso con la sonrisa gentil de Carla frente a Sam.

—Me alegro de que tu trabajo vaya bien, Sam, se nota que te gusta esto.

—Me gusta ayudar —asintió antes de mostrar una sonrisa apenada—. Pero no quería hablar de mi.

—Jamás —concordó Carla—. Dime, Sam, ¿qué puedo hacer por ti?

—Háblame del señor Barnes. De sus delirios —pidió lenta y claramente.

Carla se mostró ligeramente sorprendida, pero su sonrisa no desapareció.

—Oh, no me digas que él no te ha deleitado con sus historias —rió suave—. La verdad es que las extraño, aunque siempre las repetía. Parecía creer que… actuaba como si pudiera olvidarse de ellas repentinamente. No paraba de contarlas.

—Es que él no… nunca ha hablado de eso conmigo —admitió con el pecho oprimido, se sentía desilusionado, casi engañado.

Y su rostro debió evidenciarlo porque Carla extendió su mano sobre la mesa para apretar la de Sam, quizá intentaba consolar su decepción o apaciguar la fea opresión de sentirse engañado.

—Sam, ¿no crees que eso demuestra su mejoría? —preguntó en voz baja, actuando cautelosa como si algún estruendo fuera a perturbar a Sam.

—Es que no creo que algo tuviera que mejorar, Carla —suspiró tembloroso—. Ese hombre es lo más alejado a lo delirante que puedo imaginar. Sólo he tenido el percance del primer día, el resto ha sido normal. Ni siquiera puedo entender por qué carajo tiene tanta medicación, está más sano de lo que piensan. Yo… yo sólo no lo entiendo.

Carla imitó el suspiro tembloroso, recorrió su rostro minuciosamente con la mirada mientras apretaba su mano un poco más. Ella había sido su enfermera desde el primer día, a lo mejor no lo era de tiempo completo, pero no había nadie más que pudiera conocerlo tan bien.

—Haremos esto, pregúntale por su ángel —propuso en un ligero tono optimista—. Con ello debería comenzar a contarte un montón de historias heroicas. Y si no lo hace, llámame, prometo contarte sobre sus delirios.

Sam apretó su mano de vuelta y asintió. No estaba del todo convencido de que James le diría algo, ya había demostrado ser hábil ocultando cosas; pero esperaba que el hombre pudiera dejarlo ver más allá para comprender su comportamiento. ¿Por qué creía que lo tenían atrapado en Monte Val? ¿Por qué todas sus historias eran consideradas delirios? ¿Por qué nadie creía importante la parte de ser un veterano de guerra?

—Te lo agradezco mucho, Carla.

Monte Val sólo tenía las tenues luces de pasillo cuando Sam volvió por la noche. El día libre que pidió todavía no terminaba oficialmente, pero Sam no le dió importancia, se puso su uniforme y acompañó al enfermero en turno a cargo del señor Barnes.

—Traje su medicina, señor Barnes —anunció el enfermero, inmutable ante el bufido molesto de James, luego añadió—: También traje a alguien que podría animarlo.

James estaba en la misma posición en la que Sam lo conoció por primera vez: sentado en su silla frente a la ventana, de espaldas a la puerta y gruñón. Igual que aquella vez, James presionó el botón de su silla y giró hasta encontrarse con la mirada de Sam, no hubo gritos esta vez, solo un extraño silencio mientras el enfermero trabajaba. El señor Barnes tomó su medicina bajo la atenta mirada de Sam, quien fue el único en responder a la despedida del enfermero.

—Volviste —masculló James, sonando molesto e impresionado.

—Sí, aquí trabajo —intentó bromear. Era inútil, James todavía lucía malhumorado.

—Imaginé que te habías ido —se encogió de hombros, como si su pensamiento fuera desinteresado y no estuviera oprimiendo el pecho de Sam.

—No lo dejaría, James —confesó con verdad absoluta.

El señor Barnes debió percibirlo porque una sonrisa se formó en su rostro, acentuaba las arrugas de sus ojos, mejillas y cuello, pero también hacía que sus ojos lucieran más brillantes y despiertos.

—Me gusta pensar eso —admitió en un ronco murmullo.

Sam le sonrió y se acercó hasta quedar de cuclillas frente a él. No sabía cómo comenzar a hablar, ni siquiera estaba seguro de querer compartir sus pensamientos sobre el tratamiento que ha estado recibiendo. Pero tenía que comenzar por alguna parte.

—James, necesito que sea honesto conmigo para entender todo el panorama. Monte Val no es malo, de verdad busca ayudar, pero si usted no está siendo… sincero respecto a usted mismo… no creo que pueda ayudarlo.

Esperaba que el señor Barnes entendiera lo que quería decir, no podía permitirse expresarlo abiertamente, no mientras él no estuviera dispuesto a cooperar.

James suspiró y se reclinó en su silla, pasó su mano por el rostro y la detuvo sobre su boca, la dejó ahí sin apartar la mirada, cuando alejó su mano de la boca, mostró una cápsula rodando en su palma.

—No necesito esto —agitó el medicamento sobre su palma.

Sam suspiró como desinflándose y asintió, decidido a no escandalizarse en ese preciso momento, tomó la cápsula de la mano anciana y la metió en el bolsillo de su uniforme; investigaría el diagnóstico detrás de cada medicamento si era necesario, pero también le creería a James.

—Lo haré, Sam. Seré honesto contigo —aseguró con seriedad arrolladora.

Había una emoción extraña en el pecho de Sam, podría ser alivio, quizá anticipación o tal vez incertidumbre. No podía distinguirlo con facilidad, no con tantas ideas arremolinadas en su mente, pero la emoción se extendía desde el pecho hasta sus extremidades y culminó escapando por una sonrisa.

El señor Barnes no necesitaba de ningún medicamento.

Sam se había escabullido a los archivos de Monte Val, alegando que buscaba una nueva propuesta de clasificación y quería darle un vistazo, se escapó de la secretaría a cargo en cuanto tuvo oportunidad, tomó la carpeta de James Buchanan Barnes y salió de ahí agradeciendo exageradamente.

El archivo era vago, parecía que estaba ahí con el único propósito de cumplir con el protocolo de archivo, y no porque fuera realmente útil.

El único familiar anotado era un tal John F. Walker de Georgia, con cero visitas registradas además del ingreso del señor Barnes. En los papeles de ingreso se mostraban estudios médicos con perfectos resultados, como si fueran los de un hombre en sus cuarentas y no pasando los cien. De hecho, parecía que su salud se había deteriorado después de su ingreso, después de que el tal Walker firmara aprobando la aplicación de medicamentos de todo tipo.

A Sam le pareció imposible sostener la mirada de la enfermera en turno de farmacéutica, pero sus manos no temblaron cuando entró en la habitación del señor Barnes y metió cada tableta en el bolsillo de su uniforme.

James no decía nada, a Sam le parecía que estaba fingiendo no darse cuenta; sin embargo, las miradas cada vez más claras, despiertas y sobre todo lúcidas, le hacían saber que el señor Barnes lo sabía y que era lo correcto.

Sam era consciente del deterioro en la salud del señor Barnes a raíz de la administración de medicamentos que no necesitaba, sin mencionar aquellos que fueron destinados a tratar sus supuestos delirios, así que se esforzó el doble por cuidar de él de todas las maneras posibles que no involucraban medicamentos.

El señor Barnes le agradecía cada vez, con la misma mirada de anticipación perdida en el cielo, luego de un rato volvía su atención a Sam. Le preguntaba por su hogar, por su antiguo trabajo, por los pantanos de Luisiana, por su familia y qué opinaba de Brooklyn; se mostró más interesado que nunca por escuchar a Sam, sin desviar su mirada al cielo o interrumpir, James simplemente se sumergía en la conversación.

Había momentos brillantes y cálidos que se daban especialmente en el jardín trasero, cuando estaban rodeados de las avecillas cantoras y lanzaban trozos de galleta insípidos al césped; era en ese ambiente tan apacible y sereno que James solía hablar de él mismo.

—Me caí de un tren —dijo repentinamente, bajito y tembloroso.

—¿Cómo dijo, James? —preguntó suave, porque James había apartado la mirada a un pajarillo gris particular.

—Así perdí mi brazo —recordó sin mirarlo todavía—. Durante la guerra. Me caí de un tren. Estaba en movimiento y yo trataba de ayudar a un viejo amigo a combatir a los alemanes.

—Oh, lamento mucho que haya estado ahí.

—No —sonrió James, mirándolo de soslayo por breves instantes—. No lo lamentes. De lo contrario no te habría conocido.

El tono de voz que había usado, como si aquello fuera un secreto con una complicidad única entre ellos, le había dado un vuelco al estómago de Sam, porque sentía que se había perdido de algo. Fue eso, su voz y el sentimiento arremolinado en su interior lo que lo llevó a hablar.

—James, ¿quién es su ángel? —cuestionó con voz neutra y baja, no se atrevió a apartar la mirada del rostro arrugado, temeroso de perderse algo.

—Entonces ya escuchaste los rumores de los pasillos —bromeó con tono jovial, dejando ver una sonrisa divertida en sus labios y encontrando la mirada de Sam finalmente —. ¿Qué dicen en estos días sobre el delirante anciano del seis?

—Lo lamento, James, yo no… jamás me atrevería a… las personas de aquí…

—Basta, basta, Sam, está bien —rió—. Te prometo que está bien. Si fuera una de esas personas en los pasillos, bueno, también me parecería muy delirante

Ambos compartieron una risa antes de que James suelte un suspiro profundo y observe el horizonte con nostalgia.

—A mi ángel lo conocí cuando volví de la guerra, de todas a las que fui y todas las que comencé. Él incluso fue una de ellas —resopló—, era un imbécil que hacía estupideces por gente idiota. Yo fui uno de esos idiotas por mucho tiempo. Luego me salvó como sólo un ángel podría.

Lo miró de soslayo y sonrió.

—Era un soldado de la fuerza aérea —continuó—. Mi buen amigo Rogers lo conoció mucho antes que yo, a mi ángel, y él pasó mucho tiempo buscándome para poder salvarme. Me temo que fue necesaria la muerte de mi buen amigo para poder escuchar a este ángel mío, lo hice pelear, lo hice alejarse y lo ayudé a convertirse en un gran Capitán. Todo un héroe.

Su voz se fue apagando hasta convertirse en una débil exhalación resignada, demasiado floja para ser un suspiro, pero rebosante de nostalgia y tristeza. Las facciones contraídas en abatimiento lo hacían lucir más anciano y completamente devastado. Sam no estaría sorprendido si algunas lágrimas escapaban de sus ojos brillantes.

—¿Se encuentra bien, James? —preguntó bajito.

—Si. Sólo lo extraño —contestó después de varios segundos silenciosos— . ¿Puedo contarte un secreto, Sam?

Sus miradas volvieron a encontrarse, igual de vulnerables y desgarradoras. Sam asintió mucho antes de hablar.

—Por supuesto que sí, James.

Le tomó un par de respiraciones revelar su secreto, pero lo hizo sin apartar la mirada, y Sam no se perdió ni un instante de la increíble transformación de emociones en sus ojos, pasaron del dolor y la nostalgia a un auténtico amor y alegría.

—Estaba perdidamente enamorado de él. Y lo extraño todo el tiempo, no hay ni un instante en el que no lo recuerde.

Era una revelación con tintes de declaración, una completa avalancha de información que amenazaba con enterrar a Sam. Quizá por la cruda honestidad en la voz ajena, por los sentimientos tan desnudos en su mirada o por las implicaciones de todo ello.

No lo sabía, pero intentó averiguarlo abrazando al hombre anciano. Él correspondió su abrazo de buena gana sin decir algo más.

La avalancha continuó arrastrándolo con las declaraciones, pequeñas y aparentemente inofensivas, enormes y definitivamente impresionantes. Como fueran, dejaban a Sam sin palabras cada vez.

—Me asignaron a la 107 —reveló a modo de saludo una mañana nublada—. Me enviaron al frente y me tomaron como un rehén porque buscaban al Capitán América.

—¿El de los promocionales para enlistarse? —preguntó incrédulo, vaciando las tabletas en su bolsillo y entregando el vaso con agua. James rió y asintió mientras tomaba el vaso.

—Ese mismo. Me salvó y peleamos contra los alemanes —se encogió de hombros, le dio un largo trago al agua y suspiró con pesadumbre—. Creí que ganaríamos.

—Lo hicimos, James —se apresuró a animar, James negó y apartó el vaso.

—No. Él ganó —suspiró y miró hacia su izquierda, justo donde debería tener su brazo—. Yo me caí del tren y los alemanes me atraparon. Esos que se hacían llamar Hydra. Hydra me llevó.

—¿La de tres cabezas? —cuestionó dudoso.

—Eran un millón de cabezas —corrigió en un asentimiento después de resoplar—. Quitaron lo que quedaba de mi brazo y me dieron uno nuevo, uno de metal brillante y capaz de asesinar. Yo era su arma. Me hicieron el puño de Hydra.

—¿Usted… usted mataba para ellos? —titubeó con el entrecejo fruncido.

James le dedicó una larga y profunda mirada antes de arrastrar una sonrisa por su rostro.

—Increíble, ¿cierto? Justo después de pelear una guerra contra ellos. Quizá por eso no me han dado un brazo nuevo —rió sin humor—. Deben creer que voy a matarlos.

Sam rió incluso cuando supo que esto algo era algo para recordar.

—Mi amigo Rogers era el Capitán América —soltó de pronto, apartando el plato de sopa y mirando a Sam—. Él le dio el escudo a mi ángel cuando se volvió muy anciano para usarlo.

Estaban en el jardín de los pájaros, Sam había pedido ayuda para traer la comida del señor Barnes a la mesa donde solían jugar cartas, tan pronto como su compañera entró de vuelta en el edificio, James comenzó a hablar.

—¿Se retiró? —intentó adivinar Sam.

—Algo así. Viajó en él tiempo y se quedó justo donde quería. Con quien amaba. Luego volvió con arrugas, cabello blanco y pecas, le dio el escudo a mi ángel y murió poco después —bufó sonriendo, como si recordara un viejo malestar—. Vaya desgraciado, ¿no?

Su tono era bromista, pero el insulto era honesto. Sam se encogió de hombros.

—Supongo que estaba cansado, James.

—Si, yo también lo creo —asintió para sí mismo.

No hubo más declaraciones, sólo conversaciones sobre Sam y Monte Val entre pequeños bocados de sopa que a Sam le parecían demasiado pocos.

Más tarde, cuando Sam le llevó su cena y acomodó su cama para la hora de dormir, James bebió su té y le sonrió a la taza antes de hablar bajito.

—Mi ángel entregó el escudo a un estupido museo, y yo lo culpé mientras él se ocupaba de salvarnos a todos —susurró con indignación—. Me mostró su mundo, Sam, me abrió las puertas de su hogar y yo fui un cobarde. Por eso me salvó. Me enseñó a perdonarme y a cambio yo le mostré que merecía el escudo más que nadie. Debiste verlo en su traje —sonrió y miró a Sam con ojos brillantes—. Era un ángel.

—Suena como un buen hombre —comentó conmovido, impresionado por esta parte tan tierna del señor Barnes.

—El mejor que he conocido —declaró rotundamente. Suspiró y apartó la taza—. Está bien así, Sam. No tengo mucha hambre esta noche.

Sam le dedicó una larga mirada antes de asentir y sentarse a su lado, dispuesto a quedarse hasta que el hombre durmiera.

Sentía que algo no andaba bien.

Tenía razón.

Un par de noches más tarde, Melina lo llamó alrededor de la cuatro de la madrugada para comentar el delicado estado de salud del señor Barnes.

—¿Cómo? —logró articular con torpeza.

—Lo lamento, Sam —suspiró Melina—. El señor Barnes ha empeorado durante la noche. Hay que mantenerlo vigilado y esperar que se estabilice.

Algo sobre PA y Glc elevadas. Pero no tenía sentido, James estaba bien, Sam seguía monitoreando su salud precisa y rigurosamente, híper consciente de que James sigue siendo un anciano que requiere asistencia, no era posible.

Sam vigiló a James el resto de la noche, y cuando consiguió él abrir los ojos sin lucir agotado, se acercó apresurado a su lado.

—Hola, ¿cómo te sientes? —habló lentamente, no muy seguro de si el sonido de su voz sería bien recibido.

James movió lentamente su mano, tal vez en un intento por hacer un ademán para restarle importancia. No respondió su pregunta.

—Hazme un favor, Sam —pidió con voz estrangulada—. Pero antes respóndeme, y sé honesto conmigo.

—Absolutamente, James —prometió con efusivos asentimientos.

—¿Crees que lo que digo son delirios de un hombre anciano?

Sam miró sus ojos, exhaustos, cansados, enfermos y resignados.

No necesitaba mirarlo para que sus historias volvieran a la superficie de su memoria, sobre la guerra, sobre hombres capaces de sostener helicópteros o de volar con alas de metal, sobre peleas provocadas y detenidas por un Soldado formado en Rusia, sobre sueños bajo el hielo, sobre metales resistentes y países tecnológicos, sobre Capitanes y Sargentos, sobre enemistad, desagrado, empatía, confianza, amistad, orgullo y amor por alguien mejor que sí mismo.

Sí, sí creía que todo eso era posible y real, pero había algo más, tenía que haberlo, de otro modo no había una explicación razonable para que el mundo no enloqueciera en esas guerras que James mencionaba.

—No, James, creo que hay verdad en lo que dice pero… creo que no está siendo del todo honesto conmigo —acusó en el mismo tono bajo y lento.

—No. No lo he sido —asintió y agitó su mano para apuntar hacia abajo—. Ahí, bajo mi cama. Revisa debajo. Hay madera suelta, levántala.

Sam obedeció de inmediato. James decía la verdad, había tres maderas visiblemente flojas del resto del piso. Sam las removió sin esfuerzo y lo que encontró lo dejó sin aliento: un maletín metálico amplio, ancho y alto.

De inmediato dedujo que esa era la maleta que mencionaba su archivo, la que dijeron que se había extraviado en un cambio de habitación. No era cierto, James la había ocultado. Ese era su verdadero cofre de secretos.

—Vamos, sácala, Sam, sé que te mueres por abrirla —animó el anciano, sonando divertido en medio de su respiración agitada.

Sam resopló una risa y sacó la maleta con cuidado, no podía ni imaginar qué había dentro como para guardarlo con tanto cuidado y recelo. Después de intercambiar una mirada de aprobación con James, Sam quitó los broches y lo abrió.

—Mierda —masculló, porque lo que veían sus ojos era un jodido brazo de metal.

Había más cosas esparcidas dentro, pero Sam no podía apartar sus ojos de las líneas doradas y las placas negras, una a una, intercaladas y perfectamente organizadas iban formando un preciso brazo izquierdo.

—Mierda —repitió. Era incapaz de formular algo más en su cabeza porque, de pronto, todo lo que James le ha estado contado definitivamente no era un delirio, ahora era una realidad inexplicable.

Tragó y se obligó a mover sus ojos del brazo metálico para reconocer el resto de los objetos. Eran un par de placas de identificación, una billetera desgastada, una postal de Nueva York firmada por "CP", un cuaderno antiquísimo, un teléfono roto, un cuchillo militar y un anillo de acero brillante.

—¿Estás bien? ¿Quieres irte? —preguntó James, arrastrando cada sílaba fuera de su boca. Sam volvió a tragar y asintió.

—Sí, no. Estoy bien, sólo… mierda.

—Sí —resopló el anciano. Esperó hasta que Sam volviera a mirar en su dirección para continuar hablando, e incluso cuando sus miradas se encontraron, se demoró un poco más en decir algo—. Estoy muriendo, Sam.

—James…

—¿Puedo pedirte ese favor? —interrumpió en un susurro. Sam asintió de inmediato, todavía lanzando miradas curiosas a los objetos del maletín—. ¿No vas a enloquecer?

—Lo intentaré —admitió con voz pequeña.

Por primera vez desde que conoció al señor Barnes se sentía como un chiquillo inseguro frente a un hombre mayor rebosante de sabiduría, incluso cuando ese mismo hombro tenía dificultades para mantener los ojos abiertos.

James cerró sus párpados y movió sus ojos debajo de ellos por largos instantes, luego los abrió y miró a Sam con una disculpa impresa en todo el rostro.

—Mira las placas —indicó lentamente.

Sam le dio una mirada más a James sólo para asegurarse, después de su asentimiento tomó las placas de identificación y las giró sobre su mano para leer su grabado. En cuanto las letras fueron visibles y cobraron sentido en su cabeza, Sam perdió el aliento.

Eran suyas.

Es decir, de él, de Sam. Y de James, del señor Barnes.

No había duda, era su nombre completo, su tipo de sangre y, peculiarmente, el número que lo identificaba como enfermero en Monte Val fungía como el número de identificación militar, ni un dígito más o menos.

Sam se esforzó por tragar y, sin mirar a James o pedirle permiso esta vez, tomó la billetera y la abrió; en el espacio cubierto por un extraño hule, delante de una identificación a nombre de James Buchanan Barnes como setenta años más joven, estaban ellos: una foto del mismo James joven de la identificación junto a Sam, ambos frente al bote de sus padres. No el bote que Sam recordaba dejar en agosto a cargo de su hermana y sobrinos, no, era el bote que Sam dejó cuando comenzó sus estudios de enfermería hace años, el que aún manejaban sus padres.

No sabría decir cuánto tiempo admiró la foto y todas las anomalías detrás de la identificación de James, la cabeza incluso le comenzaba a palpitar porque no tenía sentido que James presumiera de ciento siete años y luciera como de cuarenta en su identificación oficial del maldito Nueva York.

—Necesito que busques al doctor Strange, Sam —volvió a hablar James, arrancando a Sam fuera de su revelación—. Necesito que lo busques y le muestres esa postal.

Una postal que parecía fuera de lugar dentro de todos los objetos que James atesoraba con preciosa cautela, porque no estaba dirigida a ninguno de ellos y la firma claramente no les pertenecía.

—No voy a dejarte —negó de inmediato, con ojos enormes y labios temblorosos. No podía irse, no ahora que había decidido abrir tan literalmente su corazón, no ahora que estaba tan enfermo.

—Sólo tengo una oportunidad, Sam, y esa es Strange —gimoteó pesadamente.

—Pero…

—Te prometo que no moriré —aseguró con una sonrisa floja—. No en tu guardia, ángel.

Sam necesitó de toda su fuerza de voluntad para ponerse de pie, requirió de muchísima astucia para conseguir permiso de ausencia y ordenó la mayoría de sus sentimientos para poder conducir con seguridad hasta Nueva York.

El doctor Stephen Strange era un neurocirujano famosísimo por sus exitosos casos de alta complejidad, a Sam no le interesaba nada de eso, sólo en qué maldito rincón de la enorme ciudad podía encontrarlo. Sin embargo, el dato de su fama resultó relevante porque lo llevó a una conferencia donde Strange sería el ponente estrella.

Gracias al tráfico de la gran ciudad, Sam llegó justo cuando un montón de doctores abandonaban la sala.

—¿Doctor Strange? —lo llamó mientras bajaba las escaleras a sus espaldas.

—Bueno, son las doce, la conferencia ya terminó así que soy sólo Stephen —respondió carismática y distraídamente, recolectando carpetas del escritorio—. ¿Necesitaba alguna aclaración?

—Algo así, sí —farfulló Sam. Strange rió y asintió antes de girarse a mirarlo—. Soy…

—Wilson —interrumpió el doctor—. Sam Wilson, qué sorpresa, ¿cómo va el trabajo? ¿Ya te acostumbraste?

—Uhm, sí, es bueno, sólo… disculpe, pero tengo que entregarle esto —habló torpemente, extendiendo la postal de Nueva York hacia Stange con mano temblorosa.

El doctor parpadeó hacia Sam y luego a la postal, lo tomó entre manos y la leyó en un murmullo: —Te extraño y espero verte cuando vuelvas de ese retiro en el templo. CP —parpadeó un par de veces más antes de mirar a su alrededor con el entrecejo fruncido, Sam intentó no alarmarse por los gestos cada vez más confundidos del doctor, parecía estarse dando cuenta de dónde estaba justo en ese momento—. Christine —suspiró finalmente.

—¿Significa algo para usted? —interrogó Sam, con ojos enormes y el corazón latiendo fuertemente contra su pecho.

Confiaba en James, en que él confiaba que este hombre podría ser la solución de la que hablaba; pero no confiaba en estar lejos cuando su salud era tan precaria. Se sentía terriblemente ansioso.

—Es… es de Christine Palmer —murmuró para sí mismo, levantó su mano izquierda, increíblemente temblorosa y cubierta de cicatrices, lucía un anillo de oro en el dedo anular—. Es de Christina, de mi esposa —continuó con voz agitada.

—¿Doctor? —susurró Sam, temeroso de romper el hilo de pensamientos que estuviera teniendo y arruinar la oportunidad de Bucky en el intento.

—¿Sabes quién soy, Sam? ¿Me conocías antes de tener que entregarme esto? —preguntó con urgencia y desesperado, agitaba la postal en su mano frente a su rostro. Sam se tuvo que contener de darle un manotazo para alejarlo.

—Lo lamento, yo sólo… no. No lo conozco, ni lo conocía, pero necesito que me ayude —anunció con la mayor serenidad que pudo reunir.

—No sabes quien soy —masculló para sí mismo antes de observar a su alrededor, girando sobre sus pies y alzando los ojos hasta las gradas más altas—. No es real.

Sam no había cuestionado ninguna de las pequeñas observaciones que hacía el doctor Strange, sólo lo seguía con pasos apresurados entre personas y pasillos, confiando en que el doctor sabría a dónde ir para resolver lo que sea que debiera ser resuelto.

—¿A dónde…? —se atrevió a preguntar, sólo para verse bruscamente interrumpido.

—Llévame con Bucky.

—¿Bucky? —repitió confundido.

—Barnes. Necesito que me explique qué carajo pasó.

No preguntó por qué rayos le decía Bucky a James, no tenían tiempo qué perder, sentía que debía volver con él cuanto antes así tuviera tres nombres diferentes. Recitó la dirección y nombre de Monte Val, no muy seguro de qué serviría saberlo si estaban en un maldito cuarto de limpieza; pero entonces Strange se puso un anillo rarísimo y formó círculos con su mano, de pronto había un enorme agujero en medio de la habitación. El agujero mostraba el pasillo que Sam ha recorrido un montón de veces, el pasillo que lleva al jardín en Monte Val.

Strange lo miró y cabeceó hacia el círculo. Sam hizo lo mejor que pudo para no enloquecer respecto a la ciencia improbable detrás de todo lo que ha estado viviendo en las últimas horas y caminó a través del círculo. Con esos simples pasos ya estaba en el silencioso pasillo de Monte Val.

Ni siquiera esperó a ver cómo desaparecía el círculo mágico y antinatural, Sam dio por sentado que Strange lo seguiría y se apresuró a la habitación de James.

Recorrió el mismo camino que los últimos meses, pero justo en esos momentos se sentía tan oscuro y extenso que temió haber tomado el camino equivocado, se volvió irracional hasta que estuvo dentro de la habitación prácticamente jadeando y ordenandole al enfermero a cargo que se fuera porque ya había vuelto. Debió parecer un desquiciado porque salió sin protestar y no mencionó nada sobre la presencia de Strange.

Sam se apresuró al lado de James, lucía terriblemente pálido, con los labios secos y los ojos cerrados.

—James. James. Oye, ya volví. Strange está aquí —lo llamó con suavidad, aunque él mismo podía distinguir la desesperación en su voz. Agitó su hombro derecho y sostuvo su mejilla, James abrió los ojos lentamente, le costaba dejarlos abiertos—. Oye, oye. Mantén los ojos abiertos para mí. Vamos, Strange tiene algunas preguntas.

—Hijo de puta —balbuceó. Sam no debería reírse en esas circunstancias, pero no pudo evitar sonreír con alivio.

—Sargento Barnes, necesito que me diga qué fue lo qué pasó para poder solucionar esto.

James soltó una respiración temblorosa, tragó con visible dificultad y cerró los ojos un segundo antes de mirar a Stange con fastidio a través de la pesadez de sus párpados.

—Todo se fue a la mierda. No pude salvar a nadie.

Si Sam creía que ya había escuchado todas las historias increíblemente heroicas y catastróficas que James tenía para relatar, estaba muy equivocado.

James comenzó a hablar como si su cuerpo no estuviera pidiendo a gritos por un descanso, contando el último recuerdo de su realidad, el primero de sus delirios.

No había opciones en ninguna parte. El Capitán América estaba luchando por llegar a donde un psicótico Doctor Strange mantenía prisionero al Doctor Strange conocido por este lado de Nueva York. El grupo de Thunderbolts hacía lo posible por detener la inmensa esfera anaranjada que crecía amenazante a cada instante sobre la ciudad. Los Vengadores y varios grupos de hechiceros ponían a las personas a salvo mientras buscaban interferir con la energía del Strange Psicótico y su esfera.

El Sargento Barnes jugaba a la par que el Capitán América, pero él lo hacía desde el edificio que tenía prisionero al Strange conocido.

Barnes corría por los pasillos sin perder de vista los vitrales que le permitían ver qué rayos sucedía entre los dos hechiceros. Buscaba la forma de llegar al techo para lanzarse contra el Psicótico sin ser objeto de espeluznantes hechizos.

El camino a la azotea era largo, solitario y gris. El Sargento subió con sigilo porque no sabía si el doctor Psicótico podría oírlo desde algún punto específico.

Cobarde —dijo el Strange Psicótico al Strange Conocido y prisionero entre varillas mágicas—. Te rendiste.

No hay universo donde…

¡Pudiste tenerlo! ¡Pudiste estar con ella! ¡La bruja te lo ofreció! ¿Y qué fue lo que hiciste?

¡No estamos destinados a estar juntos!

No, no lo estamos —asintió el Psicótico—. Y ahora, por tu culpa, por tu cobardía tendré que arreglar todo.

El Sargento presionó el auricular de su oreja y observó el cielo en busca del Capitán.

Oye, Cap —llamó en voz baja—. Tengo a Strange en la mira. Al que está desquiciado.

No te muevas, Barnes, no hagas ninguna estupidez —respondió el Capitán en su oído.

Debe ser en serio si me llamas Barnes —rió el Sargento, manteniendo el tono bajo y su escondite—. ¿Qué ves?

La esfera sólo crece. Va estallar en cualquier momento y ninguno de los hechiceros sabe qué mierda está pasando ni qué pasará cuando lo haga —gruñó. El Sargento podía verlo volar junto a su robot Redwing sobre la esfera, probablemente analizando sus propiedades o buscando un punto débil para destruirla.

¿Cómo lo hace? —murmuró el Sargento para sí mismo—. No veo que haga algo para alimentarla —dijo al comunicador mientras observaba la brillante esfera—, no hay conjuros, no hay rayos, nada. Él solo está… —pausó—. Cap, se fue.

¿Qué? ¿Cómo que se fue?

¡Desapareció!

Sal de ahí, Barnes. No estás a salvo. Muévete —ordenó el Capitán.

El Sargento apagó el auricular y se arrastró hasta el otro extremo del techo, necesitaba un lugar que lo cubriera para buscar al Strange Psicótico sin que lo notara tan cerca.

Su misión se vio interrumpida por una repentina sacudida en sus piernas, de un momento a otro estaba colgando de los tobillos y con las manos unidas sobre su cabeza, sujeto por una cuerda naranja muy brillante y muy mágica.

Frente a él, igualmente de cabeza, estaba el Strange Psicótico, sonriente y divertido.

El Soldado del Invierno —exclamó el hechicero, como saboreando su nombre—. Un hombre perdido, encontrado y utilizado en el tiempo. ¿Sabes en qué universo logras ser… feliz? ¿Imaginas en cuántos consigues serlo?

No me interesa —respondió tajante.

Oh, yo sé que no. Pero te contaré —sonrió—. La felicidad, en tu caso particular, es irrelevante. Tienes razón, no te interesa. Diría que la crees muy sencilla. Es que es un hombre sencillo, Soldado.

No me interesa oírlo —gruñó mientras forcejeaba para intentar soltarse, estaba convencido de que esta era una artimaña para distraerlo de algo importante.

Justo eso, Soldado —asintió con una sonrisa impresionada mientras apuntaba a sus inútiles movimientos y sacudidas—. De una u otra forma, siempre buscas la libertad.

Eso pareció captar la atención del Soldado, no por lo que decía, sino por cómo lo aseguraba. Esa pizca de atención fue suficiente para que Strange mostrara una sonrisa torcida.

Bueno, la espera terminó, Soldado.

Y la esfera estalló en calor y luz cegadora. La cuerda mágica dejó de sostener a Bucky y cayó, ya no había azotea, no había edificio, no había nada.

—Creí que había muerto. Sentía que estaba debajo de un edificio, pero sólo estaba viejo —resopló James—. Sin suero.

—¿Despertaste y ya? —intervino Strange.

—Después de caer, sí —afirmó—. Fue como estar cayendo de gran altura otra vez. Y cuando me estrellé todo era diez veces más pesado, abrí los ojos y el maldito Jhon Walker estaba seguro de ser mi sobrino, me pidió perdón y me trajo aquí con la silla y el brazo. Dijo que me había prometido no separarme del maletín y por eso lo dejaría conmigo. Yo sabía por qué me había dejado con el brazo y el resto de las cosas, ese imbécil sabía que eso era todo lo que alguna vez me había hecho libre.

—James… —exhaló Sam, inseguro de cómo continuar porque se sentía al borde de la locura.

—Después de mucho, mucho tiempo llegó Sam —continuó James, con la respiración más pesada cada vez—. Y entendí que esto no era real, no podía serlo. Yo no pude haber inventado todo lo que he vivido, Stange.

Strange tenía las manos temblorosas hechas puño, sólo escuchaba y asientía; Sam era incapaz de leerlo.

—No creo que Maximoff esté involucrada, ella no había estado en escena desde hace mucho tiempo —concluyó James. Suspiró y miró a Strange con dureza, tanta como su anciano y moribundo cuerpo le permitió—. Estoy muriendo, Strange. Tienes que hacer algo para arreglar esta mierda.

—Lo haré –aseguró con múltiples asentimientos—. Sólo… resiste.

James hizo un vago intento por rodar los ojos y miró la postal a la que Strange se había estado aferrando desde que Sam se la entregó.

—Eso cayó de su capa —aclaró—. Llegó aquí conmigo.

Con un ultimo asentimiento y más promesas de solucionar esto, Strange abrió un nuevo círculo en la habitación, lo atravesó y se cerró en cuanto lo cruzó.

Sam dejó de mirar para centrar su atención en James, quien ahora tenía los ojos sobre él, suaves, dulces y contentos, completamente opuestos a como miraba a Strange.

—¿Sabes por qué estás tú aquí, Sam? ¿Por qué terminaste en Monte Val conmigo? —preguntó pausadamente. Sam negó, sentándose en el espacio libre de su cama y tomando la mano de James entre las suyas. El anciano rió y ladeó su cabeza, de alguna manera su mirada había logrado expresar más cariño del que Sam podía manejar—. Porque tú también me hiciste libre, ángel. Me salvaste incontables veces y… me dejaste amarte.

—Oh, James, esto se va a arreglar, verás que…

—Tal vez tú no lo creas —continuó débilmente—. Tal vez pienses que son sólo ocurrencias y delirios. Pero créeme, Sammy, créeme cuando te digo que me salvaste, que te volviste mi hogar, que te amé con cada fibra de mi ser, que moriría por tí y que no importa el universo en que me encuentre, siempre serás con quien sueño incluso cuando estoy despierto. Créeme que eres el mejor de los hombres, el mejor de los compañeros, el mejor de las competencias, el mejor de los amigos, el mejor de los consejeros, el mejor de las parejas. Créeme, Sam, que siempre serás mi ángel.

—Esto suena mucho como una despedida, James, por favor detente —suplicó Sam, con voz rota, manos y labios temblorosos—. Se va a arreglar, vas a volver y será como antes, James.

James asintió, pero Sam sabía que no lo creía. Se estaba despidiendo porque de verdad se estaba dando por muerto.

—Lo lamento, ángel —balbuceó, dejando que un par de lágrimas rodaran por su sien hasta perderse en el cabello blanco—. No estaré cuando vuelvas y lo lamento con todo mi ser.

—Shh —siseó—. Estarás bien.

—Tienes que saber que te amo y que nunca dejé de hacerlo, ni siquiera cuando pensé que tal vez sí había perdido la cabeza y estaba delirando, incluso cuando creí que te había imaginado…

—Por favor, James…

Pero en realidad no sabía qué pedir por favor, no podía pensar en nada, su mente repetía que esto se arreglaría, que Strange le pondría fin y entonces comprendería la realidad de Bucky, entonces volvería a ser ese Sam del que hablaba, ese Capitán y ese ángel, entonces James estaría bien.

Excepto que no podía hablar. Su corazón iba demasiado deprisa, su cuerpo casi zumbaba y los bordes de su vista estaban empañados de lágrimas. Los ojos de James se habían quedado cerrados a pesar de los balbuceos inentendibles, luego los balbuceos se detuvieron, el monitor cardíaco se volvió loco: emitía pitidos irregulares, parpadeó y finalmente soltó un pitido largo, constante y mortífero.

Sam se escuchó a sí mismo sollozar mientras las luces de la habitación se encendían a pesar de la hora, a pesar de la luz solar, a pesar de todo. Sam sólo podía mirar el cuerpo pálido y muerto frente a él, tétricamente iluminado por las luces cada vez más brillantes de la habitación. La luz lo hacía parecer fantasmal.

No entendía porqué nadie venía a ayudarlo, por qué las luces no funcionaban ni por qué no podía dejar de temblar, por qué no podía moverse para hacer algo por James. No entendía y su cabeza estaba a punto de explotar, se sentía como si lo estuvieran partiendo en dos, o como si estuvieran intentando presionar su cabeza contra una pared para fusionarlos.

Él sólo quería llorar y salvar a James.

—No me dejes, Buck —se escuchó murmurar.

Demasiado tarde se dio cuenta que lo había llamado de otra forma. La forma correcta.

El aire salió de sus pulmones repentinamente antes de ser devuelto con fuerza, como si le hubieran lanzado a volar con sus alas sin avisar. Su cuerpo sufría de espasmos en diferentes puntos, luego todo le dolió, como si se hubiera caído y rodado por suelo terroso. Su vista era borrosa, estaba rodeado de polvo, había demasiada luz y mucho movimiento, era como si estuviera mareado. Había mucho ruido a su alrededor, voces, gritos, golpes, jadeos, como si estuviera en medio de una pelea.

Si lo estaba.

No sabría cuánto le tomó sacudirse la confusión, pero cuando lo logró pudo darse cuenta que en realidad sí había estado volando cuando algo lo detuvo e inmediatamente fue lanzado de nuevo a volar, con el mismo impulso, velocidad y energía, pero sin la consciencia de ello; por lo tanto se había caído y estrellado contra el suelo empedrado, había rodado y golpeado su cabeza, así que sufrió algo de mareos y desorientación. Había más personas a su alrededor, desorientadas, arrancadas y devueltas de sus actividades así como él, por eso no había visibilidad y todo estaba lleno de ruidos confusos, todo era un caos.

Pero por encima de todo, estaban dos hechiceros lanzándose múltiples cosas alteradas y transformadas por la magia. Intercambiaban palabras, gritos y gruñidos, pero Sam no alcanzaba a escuchar ni entender.

Seguía confundido y desorientado cuando una ráfaga de imágenes imposibles atravesaron su mente, casi partiendo su cabeza en el proceso: asilo, ancianos, un barco, pajarillos, medicamento, el brazo de Bucky, Melina Vostokoff, Brooklyn, enfermeros, él, Bucky anciano, Bucky muriendo.

—Bucky —jadeó.

Se apresuró a incorporarse y mirar alrededor. Estaba en la azotea donde el Loco Strange había capturado al Strange que sí conocían, la misma azotea donde había atrapado a Bucky antes de que la esfera estallara, la misma a la que Sam se dirigía para salvar a Bucky.

Giró sobre sus pies, luchando contra el malestar de su cabeza y forzando la vista para buscar al sargento. Le ordenó a Redwing buscarlo también, el robot se demoró apenas seis segundos en encontrarlo detrás del final de la puerta de emergencia, el robot no pudo concluir si estaba vivo o no. Sam se apresuró a correr a su lado, deteniéndose a tiempo para no caer sobre él cuando se llegó.

—Oye, Buck, despierta. Vamos, Bucky, mírame —pidió apresurado y torpe, con el corazón latiendo contra sus oídos y sus ojos comenzando a arder. Tenía el eco de su voz, arrastrada y teñida de cariño mientras se despedía. No podía ser real—. Por favor, por favor, por favor.

Se oía a sí mismo repetirlo, en esa azotea y en una cama, junto al sargento con brazo de vibranio y el sargento anciano sin brazo.

Esta vez sí sabía qué pedía por favor.

—Por favor quédate conmigo. No te vayas. No te vayas —repitió, deslizando cada cierre y deshaciéndose de cada broche de su traje táctico, necesitaba escuchar su corazón, necesitaba reanimarlo, necesitaba hacer algo—. Bucky, por favor no me dejes, no te atrevas a irte.

Esa voz rota, húmeda y suplicante sin duda era suya, no tenía tiempo ni ánimo de disimular, estaba perdiendo a quien más amaba y no sabía qué hacer para impedirlo.

—Cariño, por favor, por favor, quédate conmigo —balbuceó entrecortado, finalmente abriéndose paso entre prendas hasta dar con el pecho inmóvil de Bucky.

Se inclinó hasta que su oreja tocó su pecho, contuvo la respiración y se esforzó por dejar de temblar.

Uno, dos, tres. Cinco, seis, siete. Once, doce, trece. Dieciséis, diecisiete… un latido. Uno, dos, tres. Cinco, seis, siete. Once, doce, trece. Dieciséis, diecisiete… otro latido.

—¿Buck? —susurró con los ojos muy abiertos, parpadeaba con insistencia para deshacerse de las lágrimas—. ¿Cariño? —intentó de nuevo, más bajo, menos esperanzado.

—No me iré —respondió Bucky, apenas separando los labios y sin abrir los ojos—. No bajo tu guardia, ¿recuerdas, ángel?

Sam se aferró al cuero de su traje táctico antes de dejar caer la cabeza sobre su pecho una vez más, atento a los latidos del corazón ajeno que se hacían cada vez más constantes. Dejó que su cuerpo temblara y que las lágrimas finalmente cayeran sobre el pecho descubierto. Dejó que el alboroto continuara a su alrededor sin intervenir. Dejó que Bucky pusiera su mano de carne sobre su cabeza y lloró en silencio por eso. No podía importarle ahora, nunca nada podría importarle más que Bucky.

Como ya sabían, había todo un multiverso allá afuera. Aparentemente el doctor Strange no era pareja de Christine Palmer en ningún universo, pero no todos los doctor Strange estaban de acuerdo con eso. Aparentemente una adolescente con la habilidad de hacer viajes multiversales había enviado al Strange Desquiciado a un universo para encarcelarlo con ayuda de su doctor Strange. Aparentemente la vida que todos parecían haber formado en muchísimo tiempo en aquel universo, había transcurrido en cortas fracciones de tiempo en su universo original, también parecía que todos habían estado atrapados en la misma historia alternativa, sólo que con diferentes caminos a partir de que Strange y Christine estuvieran destinados a estar juntos.

Sam no entendía muy bien y cuando su equipo lo encontró visiblemente afectado sobre Bucky, tampoco se molestaron en explicar los detalles.

Bucky fue quien lo hizo. Una vez que lo habían revisado, asegurándose de que todos los medicamentos ingeridos no lo habían perjudicado y que el suero seguía funcionando correctamente, Bucky tomó las manos de Sam entre las suyas y lo observó con cariño, amor y ternura desbordantes.

—Deberíamos pensar en retirarnos en alguna residencia, Samuel, en realidad son muy cómodas —comentó alegre. Sam apoyó la barbilla sobre sus manos unidas con gesto perturbado.

—No bromees con eso, Buck, fue horrible. Pensé que te había perdido —murmuró angustiado.

Bucky presionó sus manos unidas y negó con una pequeña sonrisa.

—Pero no lo hiciste —resolvió simple, encogiéndose de hombros y recuperando una mirada divertida—. Y aunque lo hicieras, ángel, ¿qué más pruebas necesitas para entender que no puedes deshacerte de mí en ningún universo?

Sam le devolvió una sonrisa pequeña mientras besaba las manos ajenas sin apartar la mirada.

—Debió ser aterrador, Buck, llegar a pensar que esto no era real —suspiró.

—Sólo al inicio, Sam. No entendía qué estaba pasando y dudé de todo. Pero luego llegaste y, como es tu costumbre, me salvaste de caer en la locura.

—Hmm, me hubiera gustado saber que eras tú.

—¿Sí? —susurró Bucky, dejando escapar una nota de inseguridad en su voz—. ¿Me habrías querido así de viejo? ¿Con todos esos delirios?

—Ya eres un hombre delirante, Barnes —resopló divertido, animándose a besar nuevamente sus manos—. También ya eres un anciano.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí, sí lo sé.

Pero la verdad es que no había una respuesta que no sonara desbordante de amor irracional e incondicional.

Sam no era nadie para guardarlo, no después de esto.

—Si hubiera sabido que eras tú, habría buscado la forma de devolverte a como eres ahora. O habría hecho que yo fuera tan anciano como tu, cariño. Haría lo que fuera necesario para mantenerme a tu lado siempre.

Bucky soltó sus manos para acariciar el rostro de Sam con su mano de metal. Tal vez habían sido instantes en este universo, pero Sam sentía que habían pasado eternidades desde la última vez que pudo sentirlo.

—Te amo, ¿sabías? —mencionó bajito, sonando sencillo y relajado, como si la declaración no retumbara en lo más profundo de Sam.

—Algo escuché —rió él.

Se incorporó sobre Bucky y unió sus labios sin preguntar, deslizando su mano sobre su pecho hasta dar con las placas de identificación a juego con las que él mismo llevaba alrededor del cuello. Las de Bucky, sin embargo, estaban acompañadas por un brillante anillo de acero, carecía de algún grabado, relieve o diseño, era un simple aro al lado de las placas.

Era curioso que la misma mano que jugueteaba con ese anillo tuviera uno idéntico adornando su dedo meñique, sin grabado, relieve o diseño. Solo un aro alrededor de un dedo.

A ese primer beso le siguieron dos más, cada uno más profundo que el anterior, deseosos, brillantes y desesperados. Si pudieran hablar a la par que comparten besos en un vaivén de lenguas, como si no se conocieran hace años, estarían gritando cuánto se extrañaron.

—También te amo, Buck —susurró Sam sobre los labios ajenos, incapaz de alejarse, incapaz de dejar de sentir el cálido tacto del otro—. Y no podrías imaginar cuántas veces me has salvado tú a mi.

Bucky fue a por sus labios una vez más, sosteniendo la mandíbula y nuca de Sam con sus manos, creyendo ingenuamente que Sam sería capaz de apartarse. Suspiraron y respiraron contra sus rostros, negándose a detener el roce de labios, la caricia de sus manos y el dulce sabor de un beso ansiado por eternidades y a través de universos.

Sam no sabía cómo comenzar a contarle todo lo que pasó por su cabeza en aquel universo, así que sólo lo besó, sumergiéndose en cada movimiento y rincón bien conocido como si en realidad fuera un primer beso.

—Debes saber que me enamoré de ti una vez más, ángel —confesó divertido.

—No digas eso porque yo no lo hice, estaba demasiado preocupado por ti —bufó con gracia. Bucky rodó los ojos y repartió besos por la mejilla de Sam antes de dejarlo ir.

—Está bien, Sam —suspiró contento—. Ya quedó claro que siempre caeré primero que tú.

Y si Sam decidió pasar el mayor tiempo posible sobre los labios de Bucky, murmurando lo bien que se veía a su edad con voz burlona y ligeramente provocativa, bueno, quedaría entre él y el hombre acusado de constantes delirios.