Cuando llamaron a Bucky para hacerle saber que Sam estaba al borde de un edificio y a punto de cometer suicidio, supo que era su culpa.
Un montón de culpas.
La llamada se la había hecho Joaquín, sumido en la angustia y el terror, soltaba palabras mal pronunciadas, frases incompletas y tantísimos sollozos. Bucky ni siquiera pudo enfadarse con él, no cuando organizó y comprendió cada sílaba hasta encontrarle sentido a su llamada.
—Sam está a punto de lanzarse de un maldito edificio.
Torres siguió llorando acerca de no tener sus alas ni acceso al edificio, pero Bucky ya no le prestó atención después de escuchar la dirección.
Conseguiría multas por manejar de forma tan imprudente e ilegal,m. La verdad es que ni siquiera le dió importancia. Su corazón estaba acelerado por Sam, muy alejado al sentimiento de amor que solía amenazar con hacerlo estallar, está vez latía con miedo y actuaba dispuesto a salir disparado de su pecho.
El edificio era como cualquier otro en Nueva York, llamativo, repleto de ventanas y con una altura escandalosa. Incluso cuando Bucky todavía estaba conduciendo, alcanzó a ver una figurilla en la azotea; era evidente que estaba al borde, una ráfaga de viento podría empujar esa caída libre, y era terriblemente obvio que quien caería era Sam. Llevaba su ropa de civil, esa que Bucky vio por la mañana antes de que saliera deprisa, sin alas, sin escudo, sin paracaídas, sin él, sin posibilidades de volver con vida,
—Carajo.
Bucky se detuvo antes de llegar a la multitud que observaba desde abajo, sería imposible que consiguiera llegar y pasar a tiempo entre ellos, sobre todo si Joaquín afirmaba que las puertas estaban cerradas. No tenía tiempo que perder.
Su moto terminó arrojada y olvidada junto a la acera, frente al edificio vecino al de Sam. Bucky ni siquiera se detuvo a mirar si había seguridad, simplemente destrozó picaportes, agujeró puertas y corrió por las escaleras hasta que pudo llegar a la azotea.
El edificio de Sam era ligeramente más bajo y estaba tan lejos como para que no pudiera escucharlo si intentaba gritar. No parecía estar tan lejos para saltar y no resultar herido, no siendo un súper soldado.
Con la sangre corriendo furiosamente contra sus oídos y la respiración todavía agitada por la carrera en las escaleras, Bucky retrocedió lo más que pudo y, sin detenerse a tomar un respiro, salió disparado por el borde de la azotea, saltó sobre el inmenso final, aterrizó con sus pies sobre el suelo donde estaba Sam y cedió a la fuerza que lo empujó a rodar sobre su cuerpo.
Casi de inmediato sacudió la cabeza y se incorporó de un salto, ignorando cada sentido que le pedía detenerse un momento, estaba listo para correr hacia Sam y arrojarlo lejos del borde.
Pero Sam ya lo miraba, sonreía mientras lo hacía, sonreía a pesar de que su mirada reflejaba una profunda decepción.
—Sam —jadeó Bucky, sorprendido e indignado.
—No debiste venir —lamentó.
—Esto es mi culpa —aseguró, aunque no evitó que su tono fuera dudoso.
—No —negó Sam, tajante y sólido—. Siempre es mi culpa. Todo es mi culpa. ¿No lo crees?
—No, ni por un segundo —replicó, añadiendo la furia al montón de emociones que le taladraban el pecho y hacían doler su cabeza.
Sam soltó una risa suave, balanceándose ligeramente sobre la orilla en el acto, desmoronando un poco más a Bucky con cada aliento y cada movimiento.
—Claro que sí —susurró, tan bajo que bien pudieron ser las palabras de alguien más arrastradas por el viento.
Bucky tomó una respiración profunda, un vago intento por tranquilizar su agitación y la carrera de pensamientos, miró hacia abajo con aprehensión antes de volver su mirada a Sam, quien seguía mirando hacía abajo con ojos vidriosos.
Tendría que escucharlo para entender, tendría que pararse ahí y contener el aliento mientras Sam explicaba cómo carajo terminó ahí con un montón de culpas empujándolo al final.
—En D.C. dejé de volar y te perdí. Fui a buscarte y un maldito androide destruyó una ciudad. Dejé de buscarte y apareció el jodido Zemo para manipularte. Me encarcelaron y volviste a dormir. Huí del país y se desató una guerra. No acompañé a Steve y él se fue. Devolví el escudo y me odiaste. Luego lo recuperé y no he parado de pelear.
—Sam —gruñó como una advertencia.
Porque le constaba que Sam no se sentía así realmente, ellos habían hablado de todo esto en algún momento y Sam no se sentía así en absoluto; eso, enumerar misiones fuera de contexto en su lado más oscuro, atribuirse tal mérito, asegurar que era su culpa, estaba peligrosamente cerca de la arrogancia y Sam no tenía ni una célula arrogante respecto a su trabajo. Que se atreviera a insinuar aunque sea un atisbo de culpa hacía que un sentimiento frío y afilado se escurriera por cada grieta que Sam había hecho en su ser.
—Seguirá siendo mi culpa. Me lanzaré desde aquí y arruinaré el legado de Steve. Te dejaré, Buck —sentenció, mortalmente serio y sereno.
Tan serio y sereno como quien tiene la situación bajo control. Bucky parpadeó y se tambaleó sobre sus pies. Filtró la inseguridad en medio de la esperanza y habló.
—No estarías aquí si no me hubiera ido —pronunció con voz trémula—, si no te hubiera dejado, si no me hubiera postulado, si no…
—Eso también fue mi culpa, ¿verdad? —insistió, acercándose peligrosamente a la realidad, al filo del edificio y de la cordura de Bucky—. Yo te incité a hacer todas esas cosas. Yo te dije que te fueras. Te grité que me dejaras.
Bucky volvió a parpadear, dejó que sus labios temblaran con auténtico miedo y tragó sobre su garganta seca. Estaba comenzando a perderse y a confundirse, a creerle, porque sus palabras sonaban muy reales y dolorosamente certeras.
—Y aquí estás —murmuró Sam entre dientes, como un reclamo, pero Bucky lo conocía mejor que eso.
—No voy a dejarte —aseguró a pesar de la presión en su pecho y garganta.
—Sí, lo harás.
Y en esa afirmación derramaba tanta, tantísima determinación en cada letra y en su mirada penetrante, que Bucky se estremeció.
Si este era un juego, no lo seguiría, no se metería en ello. Él no quería jugar una mierda.
—No —gruñó, consiguiendo liberar algo de molestia en su voz—. Estás siendo estúpido. Si te atreves a dar un paso más, te lo juro, Sam, me lanzaré detrás de ti.
No era una amenaza, era una jodida promesa.
—Lamentablemente, Congresista Barnes, eso es algo que no puedo permitir —dijo una voz masculina detrás de ellos, lejana, oculta bajo las sombras creadas por los edificios a su alrededor. No se movió, sólo dejó claro que estaba ahí, orquestando, supervisando—. La Ley de Maximoff no puede ser aprobada, caballeros. Una vez que el Capitán América sea un patético hombre suicida, el fantasma de un intento de héroe, bueno, la Ley ya no tendrá mucho sentido, ¿verdad? Y los Acuerdos de Sokovia seguirán en pie, exigiendo que el gobierno controle a todos los seres mejorados que devastan al mundo. Lo siento mucho, Capitán, pero el Congresista nunca debió llegar aquí.
—Buck —lo llamó Sam, bajo y firme, notando que su atención ya no estaba sobre él.
—Arruinaré la Ley —espetó Bucky, ignorando a Sam e inmerso en encontrar algo a través de la oscuridad—. Haré que la desacrediten, que la borren, que la… ni siquiera habrá votación, sólo… sólo déjalo.
—Bucky —volvió a pronunciar Sam. Bucky lo siguió ignorando, moviendo sus ojos de un lado a otro para encontrar a alguien en las sombras.
—Es curioso, Congresista —suspiró el hombre, sonaba divertido más que afligido—. Despisté a cada miembro del gobierno que pudiera interferir. Me esforcé bastante en mantener alejado a Falcon por todos los medios. Luego le dije al Capitán que su pareja estaba a punto de cometer una locura para traerlo aquí, y no dudó en subir —contó con voz fingiendo exagerada curiosidad—. Comienzo a tener la impresión de que Wilson creyó que se trataba de usted, Barnes. Aunque ya no son una pareja de batalla.
Ah, ahí estaba la nota que denotaba burla, una declaración como prueba de que él sabía tanto como ellos mismos sobre quiénes era realmente. Lo que significaban el uno para el otro: una pareja más allá del campo, una pareja de verdad.
—Te doy mi palabra que la Ley Maximoff no llegará ni siquiera a una transcripción. Déjalo —pidió, apuntando a Sam con mano firme a pesar del temblor que lo sacudía por dentro.
—Ahora veo que usted, Congresista, de hecho es la pareja romántica del Capitán América —continuó la voz en las sombras, neutra casi fría.
—Déjalo.
—La política particular de un congreso nunca ha ido bien con la abnegación propia de un héroe —declaró el cobarde oculto, ahora se oía casi triste—. De verdad lo siento, caballeros.
De entre las sombras, Bucky apreció como la mano de un hombre se extendía y presionaba un botón entre sus dedos, de inmediato el cuerpo de Sam tembló bajo una corriente eléctrica naciente de una plaquita metálica en su espalda. Toda consciencia de estar parado al borde, evitando avanzar y caer, se perdió entre las electrizantes convulsiones.
El cuerpo espasmódico de Sam finalmente cayó.
—¡SAM! —se escuchó gritar Bucky, crudo, desesperado, aterrorizado.
Y, tal como prometió, se lanzó tras él.
Sin importarle la ola de disparos que chocaban contra su brazo de metal y rozaban su espalda, Bucky cayó en dirección al suelo.
La gravedad lo jaló sin piedad o clemencia al terror que recorría su cuerpo. Podía sentir viento contra su rostro, no sabía si sus lágrimas se debían a sucias partículas irritando sus ojos, o a que podía ver sus manos estirarse en un intento por alcanzar el cuerpo de Sam. A diferencia suya, él caía flojo, lánguido, débil, suicida, todo lo que Sam Wilson no era.
Bucky alcanzó la muñeca de Sam antes de que algo metálico se estrellara contra ellos. Una armadura con reactor. Supo quien era en cuanto el metal tocó su cuerpo, pero no se sintió aliviado.
Rhodes los envolvió y atravesó uno de los muchos ventanales del edificio con fuerza y nula delicadeza. Los cristales llovieron a su alrededor, sobre su cabeza, hombros y zapatos. Rhodes los soltó todavía sin delicadeza y con mucha prisa lejos del desastre afilado, Bucky no rodó en el torpe aterrizaje esta vez sino que sus rodillas se doblaron y cayó sobre su espalda, se retorció hasta que pudo rodar sobre su costado para acercarse a Sam, que estaba muy quieto y silencioso sobre su espalda.
—Vendrán por ustedes en un momento, me encargaré de desbloquear las…
—Hay un hombre arriba —interrumpió Bucky, desconcertado de su propia voz agitada—. Él trajo a Sam aquí. Tienes que encontrarlo. No dejes que se vaya.
Rhodes asintió a través de la armadura de metal y salió por el mismo agujero de cristal que había formado.
—Sam —llamó Bucky, sacudiendo el brazo del hombre con insistencia—. Sam.
Ya no tenía espasmos ni electricidad, permanecía bajo una aterradora quietud y un tétrico silencio.
—¡Sam!
Se escuchó el eco de su alarido, luego hubo en quejido, un gruñido y un ligero movimiento en la nuez del moreno.
—¿Sam? —intentó nuevamente, conteniendo el aliento para no confundirlo con la respiración de Sam.
—Ya te oí —balbuceó.
Bucky soltó el aire que contenía en los pulmones y dejó que sus manos subieran al cuello y mandíbula de Sam, sintiendo el pulso bajo su tacto, el calor único que delata la vida y la cercanía que pudo perder.
—¿Estás bien? —consiguió preguntar sin parecer estar siendo estrangulado. Sintió un nuevo movimiento en la garganta de Sam antes de un asentimiento, pero esperó por una respuesta verbal.
—Sí. Sólo asustado.
—Mmm —tarareó Bucky, inclinándose lo justo para besar su frente sin soltar su rostro—. Yo también.
Sam tardó unos momentos más para abrir los ojos, cuando lo hizo encontró la mirada de Bucky de inmediato, como imanes, levantó su mano hasta que atrapó el brazo de Bucky y presionó ligeramente.
—No quiero que me dejes. Pero quiero que hagas lo que realmente quieres hacer. Y eso no es estar en el campo conmigo —habló Sam mientras negaba, tenía las comisuras de sus labios apenas hundidas en un intento de sonrisa—. Creí que habías subido ahí para hacer algo estúpido —confesó bajísimo.
—¿Lanzarme? —sugirió en un pobre intento de broma.
—Derribar a alguien. Por mi —aclaró después de suspirar—. No quiero eso para ti, Buck. Por eso te grité que te fueras. Que me dejaras. Hablaba de trabajo y de lo que realmente quieres hacer.
—Lo sé —murmuró, volviendo a inclinarse para besar su frente, pero esta vez no se apartó de inmediato, sino que dejó sus labios acariciando su piel mientras hablaba—. Pero cuando no lo sabía… Sam, realmente dudé que estuvieras allá arriba por algo más que tú mismo. Te escuché y pensé…
—Yo jamás voy a dejarte —interrumpió, ahora tomando ambos brazos de Bucky y presionando, demostrando que estaba ahí con sus manos y con su nariz acariciando su mentón—. Mientras tú me quieras, Buck, yo estaré justo aquí. Nunca haría algo así.
—Lo sé —repitió agudo, porque estuvo muy cerca de creer no saberlo.
Volvió a besar su frente y acariciar su rostro sin decir algo, sólo sintiendo su presencia y calidez, asegurándose de que estaba ahí, a salvo, con él.
—¿Te lastimaste? —cuestionó Sam, recorriendo sus brazos con la característica gentileza y suavidad que usa sólo con él. Bucky negó y alejó su rostro, aunque no apartó las manos del cuerpo de Sam, todavía sentía que debía asegurarse de que estaba ahí de verdad.
Permitió que Sam lo recorriera con la mirada desde su sitio, no se movió, se dejó observar en silencio; el bullicio del exterior era el único recordatorio de dónde estaban, de que los últimos minutos en realidad sí habían sido sólo minutos y no los días que sentía en su mente y su cuerpo.
Sam atrapó la mano de Bucky y la acercó a sus labios, besó su dorso, nudillos, palma y dedos. Bucky lo siguió dejando.
—Sam —lo llamó bajito, como el susurro de alguien más traído por el viento a través del cristal roto.
—Mmm.
—Jamás haría algo que me alejara de tu lado —declaró desbordante de tenacidad.
Sam le sonrió y volvió a besar su palma antes de apoyar su mejilla contra esa palma.
Se observaron por larguísimos segundos, inmersos en tantas cosas que sabían y en un montón de culpas fantasmales, nada de eso importaba, estaban juntos, estaban ahí y estaban dispuestos a llegar a la cima de un edificio, pararse al borde y saltar uno detrás del otro.
Jamás se dejarían.
Bucky se inclinó y atrapó sus labios en un beso superficial, labios acariciando labios y dejando claro cada pensamiento y ahuyentando cada posible tormento.
—Lo sé.
