El ritual comenzó, como todas las mañanas, en silencio y a la luz del amanecer, cobijado el cuarteto detrás del cobertizo de la escuela. Kenji se deslizó ligeramente sobre la esquina de la pared, haciendo de campana, mientras Daisuke extraía de su mochila el preciado cargamento. Le entregó una caja a cada uno de sus amigos, que rápidamente las abrieron y tomaron un cigarro cada uno.

Yasunari mordisqueó la colilla, sosteniéndola entre sus labios finos mientras se ataba el cabello, para luego extender la mano, recibiendo el encendedor de Hiroaki. A pesar de su evidente comodidad, todos tenían cuidado de que ni la más ínfima ceniza tocara sus blancos uniformes gakuran adornados con ornamentos lilas y botones dorados.

–Entonces, ¿me cubrirás el próximo viernes? –dijo Daisuke mientras exhalaba una bocanada de humo.

–No tengo mucho más que hacer. No me vendría mal uno que otro billete de más.

–¿Qué es de la vida de tu hermano? –preguntó Kenji, mientras encendía su cigarro–. ¿Es cierto que va a abrir un nuevo negocio?

–Un nuevo autoservicio, más cerca de la estación Tachibana, sí. Desde que su mujer dió a luz, está como loco tratando de rascar dinero de alguna parte –explicó Daisuke–. Aunque no puedo quejarme. Quizás nos dé un pequeño aumento a Yasunari y a mí si llega a buen puerto.

–Ideal para despilfarrarlo todo en el arcade –Yasunari sonrió de lado mientras compartía una mirada de complicidad con Kenji, cuyos lentes reflejaban el carmín de la mañana con intensidad.

–¿Y eso? –cuestionó Hiroaki.

–Mi primo pasó el dato: Van a poner una nueva máquina de King of Fighters –dijo Kenji con su típico aire jovial.

–Hombre, lo había olvidado. ¿Será que los maricones del B nos ganen de mano haciendo guardia en el salón arcade como la última vez? –dijo Daisuke.

–No si nosotros lo hacemos primero. Mira, así, así –Yasunari añadió, luego fingió dar unos golpes en el hombro de Hiroaki, a lo que se sumó Daisuke.

–¡Salgan, salgan, enfermos! –se quejó Hiroaki, blandiendo su cigarrillo como una antorcha–. Se los voy a enterrar en un ojo.

Yasunari cambió a una expresión seria por un segundo, luego alzó su mano simulando una pistola y bajó el pulgar repetidamente, mientras imitaba con una sonrisa estúpida el sonido de un disparo de caricatura, llevando sus dedos casi a hacer contacto con la cara de Hiroaki. Yasunari tenía la costumbre de responder con tamaña tontería cuando alguno de sus amigos lo rebatía o lo insultaba, y siempre tenía el mismo efecto.

Hiroaki lo apartó con una media sonrisa, mientras los otros dos negaban con la cabeza, entretenidos por ese despliegue de mentalidad infantil por parte de quien podía considerarse su caudillo.

Yasunari revisó su reloj; faltaban diez minutos para ingresar al curso, y aún le quedaba medio cigarro.

–Ya que tocaron el tema, antes de demostrar que son retrasados –dijo Hiroaki–, ¿qué es tan urgente que ahora Yasunari tiene que perder un día de entrenamiento para cubrirte la otra semana?

–No es que quiera condenar a mi amigo y compañero a perder su valioso tiempo de entrenamiento, pero tengo un compromiso que no puedo posponer.

–Los padres de Sakura se van de viaje unos días –dijo Yasunari, exhalando una bocanada de humo.

Kenji y Hiroaki lanzaron una leve exclamación en conjunto y sonrieron, mientras se hacían a la idea de que los planes de su amigo eran combustionados exclusivamente por su implacable líbido.

–Míralo nada más, escapando del ring para verse con la niña bien de la clase –bromeó Hiroaki.

–Hagan sus apuestas ahora –propuso Yasunari–. Yo digo que sí se depila.

–¡Oye, cabeza de glande! –espetó Daisuke–. Mucho cuidado con las ideas que dejan entrar en sus mentes, eh. Además, si lo supiera no se los diría a ustedes. Sakura es una chica muy limpia y seria, que les baste con eso, maricas.

–Dos meses con la misma chica y ya se convirtió en pedestalero –se quejó Kenji, mientras daba una última pitada y pisaba la colilla–. Lo estamos perdiendo.

–¿Por qué no me imitan y se consiguen a alguien para pedestalear? Sobre todo ustedes dos –Daisuke señaló a Kenji y a Hiroaki.

–¿Para terminar como tú? –cuestionó Kenji.

–Dales tiempo –dijo Yasunari–. En tu favor, Sakura parece ser la única chica cuyo físico es proporcional a su estabilidad psíquica. ¿Con quién deberían irse? ¿Con Minami? ¿O con Hayase? –Yasunari hizo énfasis en ese último nombre, como si fuera una blasfemia.

–No me asustes, hombre, la vas a invocar –dijo Hiroaki.

–Realmente, Takayuki es el único tan pobre tipo como acercarse a ella por motus propio –dijo Daisuke.

–Supongo que Shinji y él estarán más acostumbrados. Quién sabe, quizás encuentren encantadores sus arranques de neurosis –opinó Yasunari.

El humo de los cigarros se apagó, y con eso, todo sonido que hasta entonces estuviera presente. Una sensación de ultratumba se aferró al grupo de muchachos. Kenji se empujó los lentes con el índice y Hiroaki miró a sus costados con una recién parida inseguridad. Sopló, de pronto, un viento helado que sacudió el cobertizo y levantó algunas hojas secas. Una sombra se manifestó detrás de Yasunari. Al unísono sus tres amigos se agruparon delante de él, que levantó una ceja con un suspiro. La sombra de retorcía y pulsaba, rodeada por un aura de horror y pesadez que hizo sudar a Daisuke, Kenji y Hiroaki. Una voz quebró la mañana, secando el rocío y pelando los árboles.

–¡Yasunariiii! –estalló el aullido.

Sin inmutarse, el chico ladeó su cuerpo a la derecha sin voltearse. Un proyectil voló a la altura de su mentón, podría haber jurado que lo hizo a velocidad sónica.

El impacto dio de lleno en la frente de Daisuke, que chilló, se tambaleó y parpadeó repetidamente antes de recomponerse y gritar:

–¡Idiota! ¡Me diste a mí! ¿Alguna vez te han metido un tizazo en la frente?

–La semana pasada fue un borrador –dijo Yasunari, pensando en por qué ese día había habido un cambio de munición.

–¡¿No era que los nadadores son atletas natos?! Aprende a controlar tu brazo, maldita gorda.

–¿Qué fue eso? –Hayase inquirió con veneno en la voz.

Shinji Taira se interpuso entre ella y el grupo de Yasunari, seguido por Takayuki Narumi.

–Vamos, Hayase, contrólate, estos tipos solo estaban bromeando –dijo Shinji.

–Míralos, ahora no nos saludan por estar ocupados cuidando de su ama –objetó Kenji.

–¡No nos estás ayudando! –replicó Takayuki.

Yasunari sonrió y envolvió con sus brazos los cuellos de Takayuki y Shinji, empujando a Hayase con la cadera.

–Vamos, no hay por qué ponernos así tan temprano. Dentro de poco termina el año y ustedes, pobres diablos, se van a convertir en hombres-silla, ¿no es así?

–Ya, no me lo recuerdes –dijo Shinji, mientras se liberaba del agarre y palmeaba derrotado el hombro de Yasunari–. No dejo de estudiar ahora, qué me quedará para los exámenes de ingreso…

–Si te hace sentir mejor, no eres el único –dijo Kenji–. Excepto, claro, por Yasunari.

–Mira que empezar a estudiar un año antes de los exámenes. Ustedes están enfermos –dijo Hiroaki.

–¡¿Eh?! ¡Así que era verdad que vas a ser el único virgen de título! –exclamó Hayase, con las greñas azules de su cabello arremolinándose a su alrededor–. Bueno, virgen de todo, ¿no? Qué pena que tu única vocación sea partirle la nariz a la gente, eh, eh. Si lo intentaras, podrías sacarle algo de verdad valioso a tus habilidades deportivas.

Hayase sonrió mientras daba unos suaves tirones al cabello atado y azabache de Yasunari. Una tirada de líneas azules tapizó los rostros de todos mientras Hayase continuaba con las burlas y los tirones.

–¿Cuál es tu récord máximo de contusiones, eh? ¿A cuántas chicas plantaste por estar muy ocupado golpeando y sudando con otros hombres? ¡Eso no es muy masculino de tu parte, Yasunari! ¡Eh, eh! ¿Será que quizás tienes un fetiche con el fracaso?

La mayoría de alumnos del Instituto Hakuryo tenía por costumbre hacer tiempo hasta el primer timbrazo no muy lejos de sus salones, normalmente sentados a un costado en el pasillo o apoyados en los marcos de los ventanales que daban a la entrada, cuyo callejón principal, adoquinado con piezas onduladas y de muy poco gusto estético, estaba delimitado por una tirada de cerezos que se extendía desde el portón hasta la escalera de ingreso.

El alboroto era normal, pero nunca bienvenido. Puntualmente, en el curso A del tercer año, se hacían resentir los gritos de la estrella de la natación del instituto cuando ella entraba en fricción con Yasunari.

Hayase exhaló una carcajada ligera mientras sus zapatos traqueteaban contra los escalones, seguida de cerca por Yasunari, cuyos ojos bullían y habían adoptado un siniestro color rojo, sombreados por un manto negro que le cubría el resto de sus facciones. Hayase giró a mitad de la escalera y subió dos peldaños de un salto, volteó y se jaló el párpado inferior mientras le sacaba la lengua a Yasunari. La falda blanca y lila de su uniforme revoloteaba como una vela al viento sobre sus muslos esbeltos.

–¡Virgen de título! –chilló.

–Deja de huir –espetó Yasunari.

–¡Hayase! –gritó Takayuki–. ¡Déjenlo ya los dos! Todo el mundo nos está viendo.

–A este luchador le falta mucho cardio. ¡Qué lástima! –Hayase llegó al segundo piso, faltaban apenas diez metros hasta el final del pasillo para alcanzar el salón, que indiscutiblemente se trataba de la zona de no-agresión entre los alumnos.

Yasunari avanzó a grandes zancadas que lo llevaron al segundo piso en apenas un par de pasos.

–¡Ya verás cuando te agarre, zorra! –volvió a gruñir Yasunari, sin dejar de correr.

Hayase de pronto dobló en dirección al salón del curso B. Era, si se lo podía considerar como tal, terra nullius para los del curso A, a raíz de la infundada pero férrea enemistad que existía entre los cursos. Yasunari la siguió, más pendiente de castigar la insolencia de su amiga que de desencadenar un enfrentamiento entre los belicosos adolescentes que, cada cual desde su territorio, seguía atentamente la persecución. El sol había salido completamente, y le ardió el rabillo del ojo cuando se precipitó en línea recta nuevamente. Oyó un grito, posiblemente de Kenji. Yasunari volteó el cuello para comprobar si sus amigos le seguían la pista. Daisuke hizo un gesto con la mano y Shinji le gritó algo. No abandonó su carrera durante este breve cambio de foco, precipitándose al desastre. Oyó un chillido, luego chocó con algo seco, pero ligero y blando. Se tambaleó con un suspiro, mientras Hayase se detenía al final del pasillo, mutando su expresión de picardía en una de consternación, volviendo sobre sus pasos con un trote apresurado.

Yasunari vio a sus pies una pila de papeles desperdigados, una carpeta y un excelente ángulo de la ropa interior de una compañera de año, más no de curso, ya que no la reconoció al primer vistazo.

–¡Haruka! –exclamó Hayase.

–Carajo –Yasunari se agachó y comenzó a recoger los papeles.

La chica sacudió la cabeza y resopló. Con la vista desenfocada, tanteó el suelo, buscando el papeleo que debía entregar en la preceptoría.

–¿Quién…? –musitó Haruka.

–Lo siento, no te vi –dijo Yasunari–. ¿Estás herida?

–Uhm, no. Solo me… ¿Eh? –Haruka enfocó directo al rostro de Yasunari, que ya había juntado, aunque con una notoria falta de orden y simetría, los papeles.

Yasunari levantó una ceja cuando ella, aún medio sentada sobre el vinilo, se cubrió la boca con una mano y escupió unos tartamudeos bajos y finos. Su voz era comparable a la de un ratón intentando contener un ataque de hipo.

Sin entender por qué, Yasunari balbuceó una disculpa más larga, pero las palabras no salieron adecuadamente y se disolvieron poco después de abandonar su garganta. Daisuke y el resto del grupo alcanzaron a Yasunari, pero no emitieron palabra.

–¿Estás herida? –repitió Yasunari. Era difícil distinguir si estaba al tanto de que lo había hecho por segunda vez.

–¡No! Para nada… estoy bien –Haruka balbuceó, aunque con mayor fluidez, incorporándose para recibir los papeles.

Yasunari le extendió la mano, tirando con algo de brusquedad, alzándola del suelo como si levantara un palo de escoba adherido a una piola. Era tan ligera que se preguntó si realmente no se había roto nada, aún con un choque tan corriente. La notaba frágil, fina, insoportablemente liviana y enclenque en sus movimientos, pero más temblorosa aún en su expresión ruborizada. Tenía, aún así, la gracia y delicadeza de una escultura de cerámica de Imari.

–¡Idiota! –gritoneó Hayase–. ¿Estás bien, Haruka? ¡Pídele disculpas inmediatamente, tarado!

–Mitsuki, está bien –dijo Haruka.

–Maldita sea, hombre –jadeó Hiroaki.

–Qué papelón que se armaron ustedes dos –dijo Daisuke.

–Eso no es excusa para lastimar a mi amiga. Oye, Yasunari, ¿vas a disculparte o no? –retomó Hayase.

Haruka agachó la vista y repitió:

–No es necesario. No me he hecho nada –dijo, mientras intentaba con modestia ordenar el papeleo en sus manos.

–Lo lamento, de verdad –dijo Yasunari.

Sus amigos esperarían una sonrisa a medias después de un episodio tan vergonzoso, al igual que cómico. Pero Yasunari mantuvo un tono perfectamente medido, casi reservado, ocasionalmente rasqueteando el encendedor en su bolsillo y mirando al suelo, levantando la vista espasmódicamente, como si una idea le surgiera de pronto y se evaporara tan rápido como llegó.

–Tu nombre… –musitó Yasunari.

–Suzumiya, ¿entiendes, tarado? Su-zu-mi-ya –silabeó Hayase, pinchando con su índice la frente de Yasunari.

–¿Necesitas ayuda con eso, Suzumiya? –preguntó Yasunari.

–¡No! Digamos… No, gracias –sonrió ella, frotando sus dedos frenéticamente–. No es nada que no pueda hacer sola.

–Eh, ¿no es del curso B? –susurró Hiroaki al oído de Shinji.

–Sí, es la mejor amiga de Mitsuki –respondió Shinji.

Una tropelía de pasos se avecinó por el pasillo, seguidos de un gruñido ahogado y quejoso.

–¿Qué hacen aquí? ¿Quién llamó a estos? –rezongó un joven de hombros anchos, ojeroso y de corte militar.

Daisuke se cruzó de brazos, exhibiendo una notable desidia. Takayuki le hizo un gesto a Hayase para que se acercara, a lo cual ella obedeció reluctante. Yasunari alzó una ceja.

–Están de nuestro lado, ¿lo sabían? –habló un chico algo más bajo que el primero, ligeramente cachetón, pero de complexión estándar.

–Suzumiya, ¿acaso te están molestando? –preguntó el primero.

–No… –balbuceó ella.

–Hideki, este no es asunto tuyo –dijo Hayase–. Deja de pensar que todo lo que pasa en el instituto es casus belli por una vez, ¿quieres?

–Dices que no es asunto mío, pero yo aquí veo a un montón de inadaptados acosando a Suzumiya. Y para colmo ¡en nuestro lado del instituto!

–No es así… –dijo Suzumiya–. Fue un accidente, nada más.

Daisuke dio un paso al frente. Un tercer muchacho, alto y despeinado, de mirada torva, lo encaró.

–Solo es un malentendido –dijo Daisuke–. Ellos dos pueden resolverlo por su cuenta. Nosotros solo estábamos yendo detrás de Hayase y Yasunari.

–No necesito que me defiendas, Daisuke –habló por fin Yasunari, disparando un unánime "ya se estaba tardando" entre sus compañeros. Su voz volvió a ser calma y altiva–. ¿Hay algún problema si quiero pisar este basural, maricón?

–¿Quieres hacerlo aquí, huerfanito? –sonrió el alto.

Haruka suspiró por lo bajo y apretó los papeles contra su pecho. Yasunari enfrentó al muchacho alto. Hideki y su compañero de mejillas rellenas se acercaron también. Haruka miraba a cada bando y cada vez que cambiaba de enfoque soltaba un leve "¡eh!". Hiroaki y Kenji se sumaron a la tensa escena, luego Shinji y Takayuki.

Hayase se colocó al lado de Haruka.

–¿Qué está pasando? –preguntó Haruka.

–Son idiotas. Creen que están en una zona de guerra. Por alguna razón más de la mitad del instituto lo cree.

Hayase tomó el hombro de Haruka y le dio una suave palmada. El timbre estalló en los oídos de todos los alumnos, dando por tierra la pequeña disrupción del orden.

–Mucho cuidado por dónde andan, y más aún, a quién molestan –dijo Hideki.

–A calentar la silla, maricón –espetó Yasunari.

–Ya fue suficiente. Nos vamos –dijo Daisuke.

El grupo volvió por donde había llegado, seguidos de cerca por Hayase y Haruka. Hiroaki, Kenji y Shinji intercambiaban bromas y comentarios sobre el otro curso. Daisuke y Hayase iban en silencio, cada tanto compartiendo una mirada de desaprobación. Yasunari, a ojos de Hayase, fingía demencia, mientras que para Daisuke debía estar craneando algo muy serio, o muy simplón.

Llegaron al salón. Todos ingresaron sin más, menos Hayase y Yasunari.

–Suzumiya –dijo Yasunari, sacándole un sobresalto.

–¿Sí?

–¿Te has hecho daño?

–No, para nada –Haruka trató de esconder su rostro detrás de la carpeta y los papeles.

Hayase entornó los ojos, mirando a su amigo.

–Supongo que está bien. Lamento importunarte. Nos vemos.

–No ha sido nada. Suerte, Hagakure.

Yasunari se giró con una ceja arqueada. La adrenalina de la persecución y el cortisol liberado durante la discusión subsiguiente habían inundado sus arterias y su mente, obturando la idea de presentarse con propiedad. Estaba seguro de no haber cruzado palabra con ella jamás hasta el momento en que se la llevó por delante. Cuando Haruka lo notó, emitió un chillido y se escondió una vez más detrás de la carpeta. El vapor subía desde su sesera y sus mejillas brillaban enrojecidas. Hayase dejó caer su mandíbula con los ojos en blanco, incrédula, pero entretenida.

Yasunari se limitó a asentir y entrar al curso, al tiempo que Hayase volvía en sí para tomar a su amiga por la muñeca, arrastrándola en dirección a la preceptoría.

Daisuke acusó en silencio el hecho de que Yasunari permaneciera callado, en aparente calma, tomando nota durante la clase de historia. A lo largo de la primera hora no hubo chascarrillos ni comentarios filosos sobre la creciente alopecia del profesor ni su irritante voz gangosa. Hayase también estaba gélida, hasta el punto de lo inquietante, y ninguna maniobra furtiva de su parte, de Shinji o de Kenji surtió efecto alguno. Hiroaki era de aquellos que prefería respetar, por lo menos de manera puramente protocolar, el orden durante las horas de clase. O quizás, siguiendo una teoría propia de Yasunari, temía que el acento osaqueño heredado de sus abuelos lo forzara a hablar más alto de lo debido y atrajera la atención del pelado.

La hora del almuerzo trajo algo de paz al grupo, ya más repuesto, que comía ávido mientras recuperaba su habitual jovialidad.

–Digan, ¿quién de aquí ha elegido su carrera ya? –preguntó Shinji.

–Ingeniería –habló Hiroaki, mientras deglutía su pan de carne picante.

–Antropología, sí señor –dijo Kenji, empujando sus lentes con el índice.

–Por el momento, contaduría –sonrió Daisuke, obviando el hecho de que su decisión aún no era definitiva.

–Takayuki y yo aún no nos decidimos, pero… debería ir siendo hora, ¿no? –dijo Shinji, logrando que su amigo lo apoyara con un movimiento de cabeza.

Todas las miradas se posaron sobre Yasunari, que estaba más preocupado oyendo los testimonios de sus compañeros y separando una pieza de gyūtan, rociándola con un chorro de jugo de limón que solía llevar en un frasquito de cristal, que en pensar su eventual respuesta.

–Pues por el momento seguiré trabajando en el local de Asuma y me dedicaré a entrenar para el próximo torneo.

–Yasunari, ¿no te aterra lesionarte durante un combate? –cuestionó Takayuki.

–El kick boxing es un deporte exigente pero bello. Quienes lo practicamos apreciamos el peligro como un gaje más del oficio que contribuye a nuestra formación –replicó Yasunari sin soberbia.

–Además, trabajamos muy duro para, justamente, evitar lesiones o derrotas –añadió Daisuke.

–¿Quién los entiende? –dijo Hayase, jugueteando con sus bollos de arroz y palitos de centolla–. Ustedes le encuentran la gracia a romperse el tabique en un cuadrilátero.

–Poco sorprendente. Las artes marciales reflejan la actitud guerrera que naturalmente desempeñamos los hombres. ¡Una chica no puede entender la virtud de la violencia! –exclamó Kenji, quien era el más efusivo y el menos atlético del grupo.

Kenji se ganó un empujón de su cara contra la mesa por parte de Hayase, sacándole una risotada al grupo todo.

–Pues yo no le encuentro la gracia a nadar de un lado a otro como una foca ciega, si vamos al caso –bromeó Daisuke.

–No es para tanto. Toda disciplina tiene su toque de belleza, ¿no? –sonrió con complicidad Yasunari.

Hayase sopló un mechón de cabello que se derramaba sobre su nariz, sin responder.

Yasunari ladeó sus labios, intentando dilucidar qué sucedía. Quizás seguía resentida con él y su actitud reactiva que desembocaron en un incómodo comienzo de día lectivo para su amiga del otro curso. No descartó la idea de que fuera culpa de los maricones (como él acostumbraba motejarlos) de dicho curso. Podía tratarse simplemente de una fecha inadecuada biológicamente. Ciertamente, Hayase era difícil de leer, incluso para alguien que formaba parte de su círculo interno en el instituto. Cuestiones de psicología femenina, enredada y contradictoria, concluyó, para luego darse gusto con su dulce pieza de lengua vacuna, receta que tanto le había costado perfeccionar.

Dieron por fin las tres y media. Soplaba una brisa con olor a lluvia, a pesar de que la luz mortecina del sol alumbraba el tapiz de nubes con un color coral incandescente.

–¿Cómo vamos de tiempo? –preguntó Daisuke.

–Son diez minutos a pie hasta la estación. Llegamos sobre la hora –replicó Yasunari, atiborrando su mochila con los pocos y desgastados útiles que tenía, echando mano al bolso donde llevaba su ropa deportiva.

–Pues yo me voy a casa –dijo Shinji.

–Kenji –dijo Hiroaki.

–Desde luego –dijo Kenji.

–Ah, otra vez al arcade… –sonrió Yasunari.

–Comeremos en el camino. Estuve esperando desde hoy para viciar a The House of the Dead.

Hayase negó con la cabeza. Quizás estaba olvidando el incidente de la mañana.

–¿Qué les parece un karaoke hoy a la noche? –dijo ella.

Los chicos la miraron con una ceja arqueada, y luego compartieron una sonrisa grupal.

–A las ocho –estableció Hayase.

–Ocho, en la estación Tachibana –añadió Yasunari.

El grupo estaba por cruzar el portón de entrada. El de seguridad, un tipo cuarentón, canoso y de mirada hundida les echó una mirada rápida y protocolar, apoyado contra un pilar de ladrillo. Sabía bien que, apenas esos chicos doblaran la esquina encenderían un cigarro y se burlarían de él o de las autoridades académicas.

Kenji y Hiroaki se despidieron primero, y luego Shinji y Takayuki. Daisuke, Yasunari y Hayase bordearon la avenida con paso apretado. Las clases de kickboxing eran de cuatro a seis de la tarde, lo que les daba el tiempo justo para volver a sus hogares, ponerse medianamente presentables y volver a tomar el tren.

Hayase vivía en el distrito Heian, al cual llegaba tomando el mismo tren que llevaba a Yasunari y Daisuke al gimnasio, teniendo ellos que bajarse unas pocas paradas antes que ella.

Heian era el distrito más turístico de la ciudad. En él se había establecido el mayor centro comercial de la región. Abundaban los hoteles y restaurantes de carne asada, las concesionarias de Nissan y salas de karaoke muy bien renombradas y, por lo tanto, exclusivas y fuera del alcance monetario de los alumnos de Hakuryo. En el centro del distrito se ubicaba un antiquísimo templo dedicado a Kannon, que conectaba directamente con un palacio del Período Edo, en cuyo portón se habían emplazado estatuas de piedra lisa ataviadas como samurái que custodiaban a los visitantes, impasibles y con naginata en mano, la vista siempre al frente, y la lanza siempre al cielo.

Yasunari iba mordisqueando su Hope, embebido en explicarle a Daisuke los aspectos más destacables de un disco llamado Theatric Symbolisation of Life, que había conseguido por puro azar, aunque en condiciones sorprendentemente buenas y a un precio irrisorio, en una disquería del centro, atendida por un vietnamita malhumorado y carero. Hablaba de distorsión, gritos, micro canciones y comunismo. Hayase carraspeó, estando a pocos pasos del andén. Olía a humedad, una pestilencia claramente estimulada por los regadores que una plaza cercana encendía cada cierto tiempo. Apestaba a barro y flores agridulces, cuyo aroma la brisa llevaba directo hacia la estación.

–¿Podemos hablar, Yasunari?

El chico se volteó. Hayase acusó que se veía pasmado. No le hacía ilusión que interrumpieran sus reflexivos análisis artísticos. En una fracción de segundo cambió a unos ojos más amigables y asintió. Daisuke se quedó terminando su cigarro cerca del andén, ojeando a alguna chica distraída que esperaba junto a él.

Hayase y Yasunari se pararon detrás de una columna. La chica se reclinó, como si fuera presa de una fatiga súbita.

–¿De verdad irás hoy? –Yasunari no entendió el tono ni el punto de la pregunta.

Parecía demasiado banal para ser un asunto tan secreto. Hayase jugueteó con una hebilla dorada de su camisa, a la altura del cuello.

–¿Por qué no iría? –cuestionó en réplica.

–Bien. Porque no tienes opción –Yasunari se cruzó de brazos.

–¿En qué estás pensando ahora?

–Tienes que compensarla.

–¿A quién? –Yasunari se encogió de hombros, algo molesto.

–A Haruka.

–Claro, claro. Aunque no eres muy buena fingiendo exagerar, fue un buen intento.

–Lo digo en serio.

–Hayase.

La chica miró al suelo y dejó caer su bolso con la ropa de natación.

–¿Te molesta?

–Ya sé que me equivoqué, me disculpé y ella no se hizo daño. Dime por favor que es una broma mal planteada.

–Hazlo por mí –Yasunari resopló y dio una larga pitada.

–Desarrolla –dijo, revisando la hora en su muñeca.

–Haruka y yo somos amigas de la infancia. Nos conocemos desde preescolar, y le tengo un aprecio infinito. Pero esta tonta guerra entre nuestros cursos me ha separado de ella, y estamos perdiendo contacto. Quiero incluirla en nuestro grupo.

–Pues inclúyela. Me da igual. Sabes que el problema no es con ella. No me cuadra en dónde entro yo pagándole una salida al karaoke.

–Ella es muy tímida. Y no es por tomar un partido, pero los descerebrados de su curso no se esfuerzan por conocerla, y ella está aislada ahí. ¿Qué harías tú si Daisuke o Kenji estuvieran en una situación similar?

–Lo entiendo, pero si quieres acercarte a ella, ¿por qué no lo pagas tú? Hayase –Yasunari la nombró con especial pesadez–. Sabes que estoy especialmente seco ahora.

–Lo sé, y te prometo que te devolveré el favor. Pero a mi entender Haruka se sentirá más inclinada a formar parte del grupo si alguien nuevo le da un pequeño empujón.

–¿Eso fue a propósito? –preguntó Yasunari. Hayase resopló, divertida.

–No quiero darle la falsa idea de que siento pena por ella.

–¿Y por eso tengo que hacer de cuenta que yo sí lo hago?

–¡Ella no pensará eso! –sonrió Hayase con una renovada efusividad y picardía–. Verás que se pondrá muy contenta. Jamás la he oído opinar mal de nadie.

–Vaya, entonces es todo un encanto, a diferencia de alguien que conozco –la vena de la frente de Hayase se hinchó, pero ella mantuvo su sonrisa inocente y simplona.

La receptividad de Hayase a las bromas había vuelto a su estándar, y eso tranquilizó la mente desordenada de Yasunari. No podían ser ciento cincuenta yenes de más. Y aunque no admitiría esto delante de Hayase, una pequeña cepa de remordimiento hacía metástasis en la boca de su estómago; le avergonzaba haber puesto en peligro –¿realmente lo había?– a alguien tan pequeño y débil. Se sentía mal la sola idea de hacerlo, igual que se resiente el matar una rata a cadenazos.

El timbre esclerótico y angustiado de Haruka se repitió en sus oídos una y otra vez, enunciando su apellido con una confianza fugaz pero sincera.

–Lo siento por lo de hoy –dijo–. La culpa fue mía por no medir mi fuerza –sonrió negando con la cabeza–. Qué más da. Esta es la retribución de la que siempre habla el Maestro Torii. Dile a Suzumiya que estaremos aquí a las ocho.

Hayase inhaló emocionada. Las gemas azules que tenía encerradas en sus escleróticas lechosas centellearon. De abanicó con una mano, dando un perfil triunfal.

–Parece que el combate anula el pensamiento, pero no el corazón –alardeó ella.

Yasunari chupó lo último que quedaba de su cigarro y escupió el humo con apatía en el rostro de ella.

–Si te vuelves presumida se te achicarán los pulmones –Hayase batió su brazo, disipando la nicotina, carcajeándose por conseguir la reacción que esperaba.

–Para eso ya te tengo a ti. ¡Yasunari, realmente eres predecible! –exclamó ella entre risas.

La bocina del tren, seguida del alarido de los frenos y la voz de Daisuke llamándolos enmudeció las risas de Akane, que volvió hacia el andén lista para pasarle el parte de los planes para la noche a Daisuke, aún luciendo su inmortal sonrisa de victoria.

Yasunari contó brevemente antes de subir al tren: le restaban 18 cigarros. Y por costumbre y disciplina, jamás fumaba inmediatamente antes ni inmediatamente después de entrenar.

Yasunari esquivaba los golpes exhalando con control y periodicidad. Ante cada jab echaba el cuerpo hacia abajo y hacia el costado contrario, sin descuidar su guardia. Yuki, el cinta verde que lo atacaba, echaba miradas furtivas al viejo Kaminari, que los observaba sentado en una reposera de mimbre, vistiendo una musculosa negra y unos joggings de microfibra negra. Yasunari, por el contrario, no arrancaba la vista de la de su adversario.

Yuki adelantó una patada baja que Yasunari rechazó doblando su rodilla, levantando la pierna con la firmeza de una columna de mármol. Yuki amagó, avanzó y estiró un jab seguido de un cross. Esta vez logró golpear en el costado de la cabeza de Yasunari, que a duras penas llegó a reforzar la guardia para absorber el impacto.

–La cintura –exclamó el viejo Kaminari–. Hazlo usar la cintura. Estás rígido, Yasunari.

En los altavoces, distribuidos los cuatro en cada esquina del gimnasio, sonaba Ride the Lightning. Una decena de muchachos de entre catorce y dieciocho años se repartía los ejercicios, turnándose entre hacer bolsa, físico o golpes sombra con algún compañero. Un tipo fornido y bajo pero de rostro pétreo y barba descuidada, de nombre Tsunetomo, los supervisaba. Él, junto con un ainu corpulento y risueño, de nombre Torii, eran los entrenadores que se encargaban del gimnasio. Torii gustaba de hacerse llamar "maestro" por los muchachos que asistían, quienes accedían, quizá persuadidos por su larga cabellera azabache y su barba tupida que recordaba a la de un ermitaño, dando pie a la idea de haber acumulado más conocimiento en una sola reflexión que todos ellos en todas sus vidas.

Olía a sudor. Algunas luces de tubo parpadeaban con timidez, sin afectar demasiado la pálida pero completa iluminación del recinto.

Yasunari empujó a Yuki con una patada frontal, pasando a pivotar en el lugar y sacudir sus pies. Yuki sabía que era una invitación. Acortó la distancia con un fugaz jab, que fue contestado por una patada giratoria al pecho que lo devolvió a su posición inicial. La planta del pie de Yasunari lo dejó sin aire por lo que parecieron minutos.

–Imprudente –farfulló el viejo Kaminari.

–Pero ha mejorado –expuso Daisuke, sentado a su derecha.

–Su técnica desde luego ha avanzado mucho, pero me desesperan sus contraataques sorpresa. Expone su cuerpo a cualquier cambio de táctica que el oponente pueda inventar.

Daisuke prestó atención al combate. Sin duda alguna Yasunari sabía dar y recibir golpes. Parecía disfrutar de manera equitativa ambas situaciones. Por otro lado, esquivaba en la medida de lo estrictamente necesario. Le gustaba ir al frente usando sus piernas como látigos para mantener a raya al oponente y forzarlo a intentar avances más directos, o acosándolo con ráfagas de puñetazos cortos y molestos, exponiendolo al combate cercano, en el que se lucía, ignorando las oportunidades de ataque que brindaban un esquive a melé. Era más por costumbre y comodidad, aunque no faltaba orgullo en su estilo de pelea.

Quedó comprobado su análisis cuando Yasunari lanzó dos patadas altas, una con cada pierna, en una rápida secuencia. El ring temblaba bajo los cambios en la distribución de su peso y de su juego de pies. Las cuerdas se tensaron contra el lomo de Yuki, que había tropezado, confundido por el rápido movimiento de Yasunari. La iluminación parpadeó tenuemente. Yasunari estaba encima de Yuki, acribillándolo con jabs, cross y uppercuts que no dañaban como tal, pero restringían el margen de maniobra de Yuki, que ahora estaba acorralado contra una esquina. Kaminari se puso de pie, bebiendo un sorbo insípido y tibio de café instantáneo.

Yuki se clavó en el suelo con la guardia pegada al cuerpo. Yasunari alternó entre un jab, un cross y un rodillazo que chocó contra el escudo que formaban los antebrazos de Yuki. El cinta verde intentó quebrar en diagonal y escapar. Había bajado la guardia; cobró una patada baja en el muslo y un cross le recorrió medio rostro. Yasunari se le abalanzó de nuevo con el codo en punta. Yuki inhaló y tacleó a Yasunari. Los brazos de ambos se enredaron y anularon ataque y contraataque. La rodilla de Yuki estalló contra el costado izquierdo de Yasunari, que alejó a Yuki con una frontal y se contrajo con un rápido y único espasmo.

–Tiempo –anunció el viejo–. Daisuke e Ishigami, arriba.

Yasunari y Yuki chocaron guantes, luego se los quitaron junto con los protectores bucales y el casco.

Kaminari le indicó a Yasunari que se sentara junto a él a ver la pelea.

–¿Cómo va la escuela? –preguntó.

–Corta de tiempo. El mes que viene comienzan las vacaciones, y a nadie parece importarle demasiado el cumplir con su tarea. No es que me queje de un semestre fácil –dijo Yasunari, que seguía con atención el desempeño de su amigo.

Yasunari había redactado una lista mental detallando el estilo de combate de cada uno de sus compañeros.

Daisuke: Confía mucho en la rapidez y potencia acumulada en sus brazos y no explota sus piernas como es debido, aunque sus rodillas son asesinas.

Yuki: Elusivo y precavido como un gato; sabe esquivar sin daños incluso sin ver correctamente qué técnica se le viene encima.

Ishigami: Directo y aburrido. Es fácil de predecir, pero no de contrarrestar. Piernas y brazos igual de versátiles.

–Hayase nos va a arrastrar al karaoke por ser viernes –acotó Yasunari.

–Qué mocosa indomable. Dile que se pase un día de estos. Hace bastante que no los acompaña a entrenar.

–Dice que se aburre, pero que vendrá a visitar cuando acaben los exámenes de fin de ciclo.

–Es bueno saberlo. No olvides que en dos meses comenzará la preparación para el torneo. Sería bueno que todos los de tu grupete te apoyaran a ti y a Yorōi, lo vas a necesitar.

Yasunari sonrió y bebió ávidamente de su botella de agua.

El viejo Kaminari era un personaje querido en el vecindario, y ostentaba su propio manto de misticismo que caracterizaba a muchos cincuentones como él, que logran hacerse conocer y apreciar tanto por su antigüedad como por su historia. El recinto que ahora ocupaba el gimnasio siempre había formado parte de su vida. Su familia lo había comprado a un precio de caballo desdentado después de que cayera la bomba de Hiroshima, y emplazaron ahí un incipiente taller textil de condiciones tecnológicas victorianas, que dio trabajo a la mayoría de familias del vecindario durante la hambruna post-guerra, aunque jamás alcanzó una capacidad realmente competitiva dentro de la economía local. El abuelo del viejo lo había llevado a trabajar allí desde que tuvo edad para atarse los cordones. En la década de los 80s, cuando el viejo comenzaba a avanzar en su primera veintena, falleció su abuelo, y su padre mandó cerrar el taller para costear el funeral con lo que pudiera conseguir vendiendo el recinto, que era poco más que una estructura rectangular de cemento con el revoque erosionado y techo de acero. Nadie supo jamás cómo, pero el viejo logró comprarle el recinto a su padre, y con el tiempo evolucionó de un gimnasio sin más a una modesta asociación que impartía clases de kickboxing, karate y muay thai.

Una historia que, de haber sido contada en detalle por su protagonista, habría dado de qué hablar. Pero el viejo Kaminari prefería confirmar y desmentir versiones al azar y porque sí, sin ninguna simpatía ni resentimiento aparente por una ni otra. Que si vendió reliquias que había heredado de su abuelo, que si la Yakuza le había prestado dinero, que si se había metido de mercenario en Medio Oriente o en Centroamérica, que si había viajado a América para robar bancos y volver sin que nadie lo notara.

Con la edad llegan el cinismo y la misantropía, decían algunos.

Yasunari apoyaba esa mordaz forma de encontrar un sano pero engañoso entretenimiento en la mitología local, por más que eligiera creer, al menos por pura mística, la versión de que había aprendido artes marciales reventando alawitas o sandinistas, hundido en barro cenagoso y maloliente hasta el ombligo, o bien azotado por tormentas de arena de proporciones metropolitanas.

Los golpes iban y venían, igual que los inconvenientes; Hayase debía tener algo cociéndose en su mente predatoria e insidiosa. Rara vez ella le delegaba un trabajo sencillo a alguien más.

"Qué incordio" pensó Yasunari.

Daisuke se movía con dureza, quebraba a los costados rápidamente y desviaba los golpes con fugaces movimientos de muñeca. No en vano lo habían apodado Yorōi, pues era compacto e imponente como una coraza.

Yasunari pensó que, incluso un tipo grande y formado como Daisuke, dejaba ver muchas falencias en su técnica, de la que se enorgullecía, lo cual solía ganarle un correctivo por parte del viejo Kaminari. Efectivamente estaba muy por detrás de sus compañeros, y tenía mucho que aprender. Pero era demasiado pronto para preocuparse por ello.

Yasunari no tardó más de media hora en ducharse y vestirse para el karaoke. No era un joven particularmente elegante ni vivido por su aspecto.

Calzó unas deportivas negras, un jean azul bastante impoluto que mantenía de reserva para ocasiones especiales y una camisa blanca y lisa. Algo centelleó en el rabillo del ojo. Atardecía, y la poca iluminación sanguínea que se filtraba por la ventana derramaba de lleno sobre la cama y la mesa de luz. Allí, descansando junto al velador, lo llamaba en silencio la Orden del Tesoro Celestial. Se acercó y la tomó con cautela.

Su abuelo, al que nunca conoció, había sido galardonado con la insignia posterior a que se estableciera la República de Manchukuo, en la cual había tenido una notable participación durante su conquista y posterior administración.

El arte marcial había sido el alma y el motor de su familia durante generaciones. Su abuela, una viejecita huraña pero bromista y muy alegre, se había encargado de atiborrar su mente infantil con historias sobre su linaje, que según ella podía rastrearse su origen a la prefectura de Miyagi, en el seno de una rama menor del legendario Clan Date. La familia Hagakure había resistido los embates de los Uesugi, contra quienes lograron grandes victorias. Lucharon bajo el estandarte de Masamune Date en Shiroishi, Hasedo y Sekigahara, por lo cual fueron ampliamente recompensados una vez unificado el país. Durante la pax Tokugawa se encargaron de militar e impulsar políticas para combatir a la creciente población cristiana que amenazaba la tradición shintoísta, de la que nunca se desligaron hasta tiempos modernos. Incluso afirmaba, aunque no sin cierta picardía, que sus ancestros habían ayudado a rechazar a los mongoles de Kublai durante la Era Kamakura. Su bisabuelo había combatido contra los rusos, con especial participación en la Batalla de Tsushima, y su abuelo se había granjeado una reputación de ilustre comandante durante la guerra contra China y los Aliados. Había combatido en Manchuria, Birmania y Filipinas. Se había desempeñado como inspector del sector industrial siderúrgico en Mongolia Interior en pleno apogeo del plan quinquenal impulsado por el poder real japonés en Manchukuo; la condecoración de la Orden del Tesoro Sagrado llegó en 1935, junto con una estampa aterciopelada en su uniforme que lo justificaba como coronel. A lo largo de toda su carrera fue herido 15 veces, dos de ellas dejándolo con un pie en la tumba, habiéndolas recibido, afortunadamente, en sus primeros años en la fuerza, y perdió los dedos índice y anular de la mano izquierda en la espesa y ácida selva birmana, a manos de un guerrillero al que estaba dando caza después de un motín en una prisión. Los Hagakure cayeron en desgracia, como tantas otras familias, al momento de la ocupación americana y la completa sumisión del país y, por consiguiente, de su ejército, aunque su abuelo siguió siendo un hombre respetado por la comunidad. Contaba la leyenda que, al poco tiempo de haber concluido la guerra, un americano, o bien un comunista nativo –su abuela siempre desmintió esta versión– según quien relatara, lo había increpado una tarde mientras paseaba con su esposa en el distrito Tachibana. Su abuelo, decían, le pidió amablemente a su esposa que tomara asiento en un banco cercano, y a los pocos segundos el insolente yacía tieso y con el cráneo partido en mitad de una plaza pública. Un arranque de cuyas consecuencias se libró gracias a sus contactos en las destartaladas pero aún influyentes esferas militares del país,

Yasunari encontró divertido que, quizá, eso explicaba perfectamente su afición por el combate; no era más que pura memoria genética.

Y ahora, los pocos tesoros que aún susurraban sobre la trágica gloria que le corría por las venas eran esa insignia de radios dorados y una bayoneta envainada que dejaba descansar contra la pared, al costado de su cama, a la que se tomaba el tiempo en ocasiones de limpiarla con todo el respeto y el cuidado que le eran posibles, protegiéndola del polvo y del óxido. Era extraño ser el último y el más patético eslabón de una cadena histórica de guerreros, aristócratas, incluso magistrados. Apreciaba su herencia, y añoraba rendirle tributo llevando una vida que le hiciera justicia. Eventualmente volvía en sí y se encontraba allí, contemplando una medalla y una cuchilla. Cualquiera que lo hubiera conocido diría que lo tomaba con humor para eludir lo repugnante que le resultaba esa realidad. A veces él mismo lo decía.

Con un gesto ceremonial, aunque triste, tomó la insignia y la encastró en el bolsillo pectoral de su camisa. Se ató el cabello, que suelto no bajaba más allá de los hombros, y se metió las llaves, la billetera y los cigarros. Hope no era su marca favorita ni por asomo; prefería los Peace, mientras que Daisuke y Kenji optaban por los Seven Stars, y Hiroaki era un férreo defensor de Camel. No podía quejarse, siendo que Daisuke tomaba lo que podía y sobrara en el autoservicio de su hermano, y eso rara vez era sinónimo de calidad, al menos para sus estándares.

En el living sonaba por lo bajo un episodio de Bonanza. La pantalla de tubos catódicos encaraba un sofá ocre y simplón que se sostenía sobre un tatami verduzco. La casa era, justamente, un espectáculo bastante deprimente y moderno. Las puertas y paredes no tenían ningún diseño o particularidad que las hiciera resaltar, exceptuando unos pocos cuadros que su abuela había pintado en su juventud, retratando a miembros ilustres de su familia, entre los que claramente no figuraban él, su padre borracho ni su madre vividora.

La cocina era pobre y gris, aunque no tanto como el contenido del refrigerador, con un solo foco colgante de luz fría que tintineaba, como burlándose de su dueño.

Era un ambiente limpio y escueto, pero vacío. Se sentía más muerto que un hospital.

Bajó aún más el volumen, encendió la luz de la entrada y echó llave a la puerta.